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COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones [Miguel Ángel Moratinos]. Mostrar todas las entradas
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  • 27.3.14
En los ámbitos de la política exterior y las relaciones internacionales hoy se cuestionan la validez y eficacia de las sanciones a los Estados y de las medidas selectivas o “embargos inteligentes”. Este debate se ha trasladado también a la sociedad civil donde se destaca su ineficacia y el sufrimiento, empobrecimiento social e institucional que se inflinge a sociedades y Estados.

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Desde su implantación en 1960, no han sido un medio idóneo para “imponer democracias”, porque el hecho de la “imposición” niega el propio espíritu de la democracia. Y lo que es peor aún, genera opacidad y arbitrariedades en los procesos político-diplomáticos y en los intercambios entre sociedades civiles, al tiempo que nos retrotraen a los años de tensión de la Guerra Fría.

La encuesta del Atlantic Council, presentada el pasado 11 de febrero en Washington, sobre las opiniones de los norteamericanos del primer y más duradero embargo de la era moderna, Cuba, señala que el 56 por ciento desea un cambio de política hacia la isla y la normalización de las relaciones cubano-norteamericanas.

Este porcentaje se eleva hasta el 62 por ciento entre los latinos y al 63 por ciento entre los residentes del Estado de La Florida, que registra el mayor censo de población de origen cubano. Más del 80 por ciento de los encuestados en este Estado se manifiesta a favor de un mayor diálogo con el Gobierno cubano sobre temas de interés común, como la seguridad o la cooperación en emergencias medioambientales.

Desde el Siglo de Pericles hasta nuestros días, la sanciones se han mostrado ineficaces y los resultados de ésta y otras encuestas e informes de organismos internacionales y ONG prueban que el sistema de embargos es una penalización a la ciudadanía y a los Estados y no evoluciona hacia una dialéctica constructiva.

En algunos casos, las sanciones se utilizan como coartadas y se acompañan de “indiferencia” hacia terceros Estados, lo que introduce aún más incertidumbre y desconfianza en la esfera internacional, así como alineamientos de Estados impropios del siglo XXI.

La Administración Obama ha dado pasos tímidos en la dirección de abandonar el embargo a Cuba, mientras que la Unión Europea se dispone a desmantelar la posición común. Varios Estados europeos han firmado memorandos bilaterales con Cuba que, paradójicamente, contradicen el espíritu y la letra de esta figura, mientras la Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Catherine Ashton, tiene el compromiso de las autoridades cubanas de emprender un diálogo constructivo para profundizar en las relaciones de la Unión Europea con la isla; único Estado de América Latina y el Caribe con el que la UE no mantiene diálogo político.

En el caso estadounidense, ha habido un punto de inflexión con la Administración Obama y el secretario de Estado, John Kerry; este último se ha propuesto una “política creativa” hacia Cuba, mientras se avanza en la liberalización de viajes y el envío de dinero. Estos cambios no son suficientes y así lo transmiten la sociedad y la Administración norteamericanas.

Hoy es posible impulsar la salida de Cuba de la lista de países terroristas, como gesto de buena voluntad, e iniciar el diálogo político para desmontar el régimen de sanciones: “el bloqueo”. Estoy convencido que el presidente Obama sintoniza con las corrientes de opinión que reclaman una nueva política hacia Cuba, pues las generaciones de origen cubano-norteamericano ya no se perciben como un obstáculo.

Según señalan Peter Schechte y Jason Marczak, del Adrienne Arsht Latin America Center del Atlantic Council de Washington, tienen “una visión muy diferente; primero son norteamericanos, orgullosos de su herencia cubana, pero hablan principalmente inglés y consideran a Miami, Newark o Los Ángeles como sus hogares, y ya no a La Habana, Santiago o Mayagüey”.

Por su parte, el presidente Raúl Castro ha iniciado un conjunto de reformas que van más allá de la apertura económica y cumple con su programa para modernizar el país y liderar cambios; también en materia de seguridad y paz, como ha quedado patente en la última reunión de la CELAC en La Habana, del pasado mes de enero.

Si la Administración Clinton puso punto y final a tres décadas de sanciones a Vietnam (1964-1994), probablemente ya haya llegado la hora de abrir un diálogo directo entre las administraciones de Barack Obama y Raúl Castro. Seguramente es el momento de iniciar una nueva política cubano-norteamericana que desemboque en el desmantelamiento del “bloqueo” más largo de la historia y se dé paso al diálogo político y la cooperación.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 20.3.14
Cualquier manual de diplomacia recomienda acudir a la historia y la geografía como ciencias complementarias para extraer un diagnóstico adecuado y aplicar así una política eficaz para la resolución de eventuales conflictos. Sin embargo, hoy parece que se ha hecho oídos sordos de esta práctica habitual de la historia de la diplomacia para afrontar la crisis de Ucrania.

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No seré quien se oponga a la modernización y democratización de Ucrania y, menos aún, a que toda la atención europea hacia este país se oriente a alcanzar su enraizamiento en Europa.

Comparto todos los esfuerzos de la Unión Europea y de su Alta Representante para alcanzar una asociación estratégica de Europa con Ucrania, y así reforzar el Estado de Derecho y las libertades de tantos ucranianos que han denunciado la corrupción y las malas prácticas políticas del presidente Yanukovich, pero también soy de los que piensan que todo avance y progreso en las relaciones con Ucrania debe hacerse tomando en consideración sus relaciones con la Federación de Rusia.

Ucrania ha podido ser, y espero que en un futuro próximo lo sea, uno de los nexos de unión entre Rusia y la Unión Europea, y no lo que dramáticamente se nos muestra; es decir, un campo de batalla para ver quién se hace “dueño” o “protector”, como si los ucranianos no tuviesen la suficientemente madurez para buscar un espacio propio que preserve su doble pertenencia tan necesaria como enriquecedora.

En mi opinión, tanto europeos occidentales como rusos deberíamos buscar el establecimiento de un “status sui generis” para este país. En una de mis visitas a Kiev, tras el fracaso de la “revolución naranja” y ante un nuevo proceso electoral que dio su victoria al presidente Yanukovich, sugerí a mis interlocutores ucranianos algunas ideas de futuro para galvanizar las tendencias enfrentadas entre Europa y Rusia.

A veces se olvida que la Federación de Rusia tiene un marco institucional con la OTAN, el Consejo Rusia-OTAN, que se celebra regularmente al margen de las Cumbres Trasatlánticas, y siempre que no se vean afectados por crisis como de la Georgia.

En estas circunstancias se debiera haber explorado, sobre todo en tiempos de confianza y de reconciliación como los de Yeltsin o la llegada de Putin al poder, para promover una nueva forma de cooperación y partenariado.

La base naval de Crimea habría podido ser el primer jalón de una base conjunta de la OTAN y la Federación de Rusia con el fin de hacer frente a los nuevos desafíos estratégicos y de seguridad del área euro-centroasiática.

En lugar de instalar escudos antimisiles en los países del antiguo Pacto de Varsovia, Estados Unidos y la Alianza Atlántica podrían haber imaginado o promovido alguna iniciativa en la que fuerzas armadas conjuntas hubieran compartido sistemas de seguridad y defensa sobre amenazas comunes.

Desgraciadamente, Crimea es la demostración de que el espíritu y las sospechas de la Guerra Fría perviven. Sólo podremos resolver el conflicto de Ucrania si decidimos dar carpetazo final a la Guerra Fría y, como diría Georges Kennan en su largo telegrama de Moscú de 1946, contribuimos a eliminar “la visión neurótica del Kremlin de los asuntos mundiales y el sentimiento instintivo ruso de inseguridad”. El presidente John Kennedy así lo entendió y en su “Peace Speech” apostó por aquellos que creyeron en un destino común de la Humanidad.

Esta situación en Ucrania se ha visto aún más agravada por la decisión del Parlamento de Crimea de proclamar unilateralmente su independencia y pedir su integración con Rusia. Esta resolución debería evocar algunas de las adoptadas hace años y que, en mi opinión, han conducido a crear precedentes innecesarios.

Aludo concretamente al reconocimiento, por parte de una gran mayoría de países occidentales, de Kosovo. Se apoyó su declaración unilateral de independencia y muchos nos opusimos a ello, a pesar de las fuertes presiones a las que nos vimos sometidos.

Hoy podemos afirmar con serenidad que nuestra decisión fue adecuada. Aún recuerdo cómo la mayoría de mis colegas europeos, exaltados y furiosos, reclamaban a la Federación de Rusia el respeto a la integridad territorial de Georgia y cómo les recordé que en los ámbitos de las relaciones internacionales y el Derecho Internacional se debe mantener la coherencia para no crear precedentes que más tarde sean difíciles de defender y explicar.

Hoy nuevamente nos enfrentamos a un caso muy similar y, cuando los representantes de Crimea proclamen de manera unilateral su independencia qué pueden decir aquellos líderes que se envolvieron en la bandera independentista kosovar. ¿Cuáles son los argumentos jurídicos y de Derecho Internacional que diferencian estas situaciones…?

España y sus respectivos gobiernos, a pesar de las aceradas críticas de los supuestos defensores del pensamiento políticamente correcto, actuaron y actúan conforme a la legalidad internacional y, sobre todo, conocen bien la historia y la geografía de esa región, pues como nos indica el viejo refrán español: “quien siembra vientos, recoge tempestades”.

En cualquier caso, la situación actual de Ucrania sólo puede resolverse por las vías diplomática y política. En primer lugar, debemos rechazar el referéndum de Crimea por su ilegalidad; en segundo lugar, la comunidad internacional debe colaborar a la preparación de las próximas elecciones presidenciales en Ucrania del mes de mayo, con el fin de crear las condiciones objetivas para que el pueblo ucraniano decida su futuro político en libertad y con plenas garantías democráticas. Y por último, la comunidad internacional y la Unión Europea deben buscar el entendimiento estratégico con la Federación de Rusia para evitar una segunda Guerra Fría.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 27.2.14
Tragedias como la de la playa de El Tarajal nos devuelven la cruda realidad de la inmigración y su tratamiento, tanto en Europa como en nuestro país, al tiempo que interpelan a la conciencia europea que se suma ahora 15 nuevas muertes de inmigrantes en aguas del Estrecho.

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Este episodio que se repite con demasiada frecuencia y nefastos o trágicos resultados en los contornos fronterizos de la Unión Europea es sin duda responsabilidad de la Comisión y de los Estados miembros, donde se comienza a criminalizar la inmigración e ignorar su situación, así como los efectos de no intervenir en la ordenación de flujos.

No podemos cerrar los ojos ante un hecho incontrovertible de hondo carácter humanitario. Por ello, parece más que razonable no degradar la posición de las políticas de inmigración y su seguimiento en la agenda europea, y no incidir en “la globalización de la indiferencia”.

La Comisión Internacional de Juristas llama la atención sobre la suficiencia de normas para proteger y regular las migraciones, aunque tanto la comunidad internacional como la UE las incumplen o, sencillamente, las respetan parcialmente o en función de intereses.

Las lecturas parciales de las normas no deben perder de vista que la legislación europea establece que los extranjeros que accedan a la UE tienen el derecho a la solicitud de asilo. El Tratado de Schengen recoge las condiciones en las que un Estado miembro puede denegarla y, por ello, se debe anteponer la obligación de rescate y protección de las personas que se encuentran en peligro en las fronteras de la UE y no abandonarlas a su suerte.

Así se recoge en el Pacto Europeo sobre Inmigración y Asilo, donde la UE se comprometió a desarrollar una política de migración exhaustiva y flexible, centrada en la solidaridad y la responsabilidad.

El Programa de Estocolmo, por una Europa abierta y segura que sirva y proteja al ciudadano, culmina este año y su revisión debe recoger toda la experiencia del cuatrienio y las perspectivas demográficas de la UE para fortalecer sus objetivos de construir una Europa de los derechos y de la justicia, protectora y solidaria.

Las avalanchas de inmigración irregular no se detienen con violencia u hostigamiento, sino con políticas integrales que establezcan mecanismos de coordinación efectiva entre países emisores, de tránsito y destino, con medidas orientadas a la integración, con políticas de cooperación al desarrollo y con instrumentos adecuados y bien financiados.

Así lo entendimos los gobiernos español y marroquí en 2006, fecha en la que propiciamos la convocatoria de la Conferencia Euroafricana de Migración y Desarrollo de Rabat, que tuvo su continuación a finales de ese año en la Conferencia de Inmigración y Desarrollo de Trípoli.

Ambas citas sentaron las bases de una política integral y coordinada en materia de inmigración y desarrollo que, como en el caso español, eran seguidas por el Gobierno los viernes antes de los Consejos de Ministros. Igualmente se desarrollaron instituciones, como la Casa Árabe y la Casa África, e instrumentos estratégicos de planificación como el Plan África.

Los acuerdos de asociación entre la Unión Europea y los países emisores de inmigración agilizaron mucho los procesos de devolución y sus garantías legales, lo que propició una estrecha colaboración con Marruecos que, como es sabido, cuenta en su territorio con más de un millón de inmigrantes no legalizados.

La presión migratoria sobre Ceuta y Melilla no puede ser utilizada por el Gobierno para incumplir la legislación internacional y europea, y tampoco puede convertirse en una coartada para hacer modificaciones en el reglamento de la Ley de Extranjería y dar carta de naturaleza a las “devoluciones en caliente”.

Al margen de recuperar la relevancia de la inmigración en la agenda europea, es posible adoptar medidas como la creación de una sede de Frontex en Andalucía, al tiempo que se refuerzan los medios materiales y humanos en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, pues la UE destina sólo 527 millones de euros a la protección de las fronteras españolas, cuya partida más importante se dirige al mantenimiento del Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE).

Creo conveniente que la Comisión Europea se ocupe de la regularización y las normas de búsqueda y rescate de inmigrantes en las aguas territoriales y que refuerce el enfoque de la inmigración como un asunto de seguridad y protección de los derechos de los ciudadanos europeos. Pero esto no basta.

Todavía se está a la espera de observar una visita de un alto dirigente europeo a países de origen o de tránsito. La inmigración ilegal no se puede encauzar sólo con medidas de justicia e interior, sino con una política exterior europea y de los Estados miembros.

Estamos a tiempo de abandonar las tentaciones de criminalización de la inmigración y su confusión con la delincuencia, así como de frenar el proceso de abandono a la suerte de la frontera de los más desfavorecidos del mundo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 30.1.14
Califiqué el año 2013 como un año de transición y así ha sido. Desde la caída de Lehman Brothers hace cinco años, los europeos y fundamentalmente los países del Sur hemos sufrido una crisis institucional y económica en forma de “w”, y nos aferramos a las previsiones de instituciones y centros que auguran la salida, aunque sea con cautelas y tras unos elevadísimos costes de sufrimiento humano y desigualdad.

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Por ello, 2014 puede inaugurar un ciclo reactivo y proactivo que nos permita zafarnos de la dinámica transitoria de 2013, corregir los efectos de la Gran Recesión y reformar, ampliar y legitimar las organizaciones internacionales que rigen la esfera global. En este año deben iniciarse los trabajos del proceso de control y balance de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y su tránsito a los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2015-2030.

El centenario de la primera guerra mundial, que puso fin al primer gran período de globalización y favoreció corrientes nacionalistas y proteccionistas que culminaron en la segunda gran guerra, podría ser el momento para reflexionar sobre los límites de la globalización y trazar el rumbo de la gobernanza global en el siglo XXI, con los valores fundacionales de la comunidad internacional reforzados; es decir, con garantías contrastables.

Es apremiante pensar los fundamentos de la reforma del sistema institucional internacional, aportar nuevos valores y establecer mecanismos de legitimidad y control políticos en las relaciones internacionales.

Muchos estados, incluidos los desarrollados, atraviesan una fase de introspección y ensimismamiento en su política interior, donde se aprecia la reedición de viejos esquemas de desagregación entre política exterior e interior; enfoques que soslayan la interdependencia y los nuevos y viejos factores y actores que conforman la escena internacional: un mosaico de 194 escenarios. Todos ellos sacudidos por la desconfianza y la elevación de la incertidumbre global. Junto a otros hechos, el caso Snowden ha contribuido a estimular un clima político efervescente.

La puesta al día del sistema de Naciones Unidas no puede detraer energías para avanzar en la reforma del sistema de Bretton Woods y la revisión de las causas que lo propiciaron, pues éstas se han multiplicado y sofisticado en las últimas décadas, y agotan muchos esfuerzos de gestión de estructuras institucionales obsoletas.

La inspiración del sistema de Bretton Woods es deseable: la economía al servicio del empleo; como lo es también que los poderes públicos controlen los mercados financieros, sus derivados y la propia creatividad financiera a través de órganos administrativos independientes y sancionadores, que devuelvan la confianza a la ciudadanía y a los inversores.

La crisis de la primera década del siglo XXI presenta muchas derivadas y la europea es un desafío para aquellos que pensamos que una Europa política reforzará nuestra relevancia y presencia en la comunidad internacional. Considero que la acción política puede equilibrar y favorecer también la vigorosidad de la recuperación.

Los líderes europeos de la izquierda deben presentar un proyecto político de alcance que estimule la participación y el empoderamiento de la ciudadanía; un modelo que presente alternativas innovadoras y razonables para gestionar los procesos de globalización que nos afectan, al tiempo que corrija las tensiones identitarias y sectarias de muchas democracias europeas, algo difícil de entender por nuestro acerbo jurídico, social e histórico.

En el año 2014 Europa tiene una cita con su futuro porque debemos votar por más unión y ampliar las instituciones para avanzar en un sistema de democracias orientadas al desarrollo sostenible y la creación de valor.

La armonización financiera, fiscal y laboral de la Eurozona es un futurible y, probablemente, un objetivo deseable, como también lo es una mayor capacidad de legitimación, responsabilidad política y transparencia de los representantes institucionales y de sus decisiones, o implementar el mandato del Banco Central Europeo para que se ocupe no sólo de la inflación sino también de las políticas de empleo, por citar algunas de las cuestiones que ya se vislumbran en el debate político y podrán determinar el voto el próximo mes de mayo.

Para que la cita electoral de esta primavera sea un éxito europeísta debemos reducir la desafección política y a ello deben dedicar muchos esfuerzos los partidos políticos, los Estados miembros de la UE y la Comisión saliente.

Europa puede y debe avanzar en la construcción política de un modelo social de mercado y, para ello, es muy necesaria la coordinación política e institucional y, sobre todo, establecer más controles democráticos como corresponde a la unión de democracias que recogen los Tratados.

Es razonable que la UE y su política de vecindad acerquen posiciones con Rusia, Ucrania y Turquía, y que se siga muy de cerca el ritmo y la evolución de la Primavera Árabe (elecciones en Egipto, reconstrucción libia, evolución tunecina…) y de los conflictos de Oriente Medio.

Aquí hay que celebrar las conversaciones de Ginebra I y II, así como el lento deshielo de las relaciones entre Estados Unidos e Irán. Este debería ser el año de la paz entre palestinos e israelíes y espero que fructifiquen los esfuerzos del secretario de Estado norteamericano, John Kerry. Todos deberíamos centrarnos en este objetivo y que Palestina ingrese como miembro de pleno derecho en Naciones Unidas como el país número 194.

Mientras que la paz debe ser el objetivo prioritario e irrenunciable de Oriente Medio, los Estados del Golfo continúan con la reflexión sobre su futuro y el África Subsahariana mantiene una evolución sostenida, salvo por la lacra de los conflictos bélicos y étnicos. África está comprometida con la preservación del recuerdo y el legado del recientemente fallecido Nelson Mandela, que animará el avance político, social y económico posible y deseable para los Estados africanos en 2014.

En Asia, Japón inundó los mercados de yenes e inició el camino de la recuperación económica y el abandono de la deflación bajo el impacto de Fukushima, mientras que la Asamblea Nacional Popular eligió como nuevo presidente de la República Popular China a Xi Jinping, en marzo de 2013, sobre quien recae la tarea de estimular la demanda interna y, previsiblemente, reorientar la estrategia de política exterior del gigante asiático más allá de la región.

El año 2013 ha sido muy intenso para América Latina, la muerte de Hugo Chávez y la elección de Nicolás Maduro en Venezuela, la reelección de Rafael Correa en Ecuador y la vuelta a la Presidencia de Chile de Michelle Bachelet, han sido acontecimientos de gran relevancia, como también lo han sido el proceso de paz abierto en Colombia o las reformas iniciadas en México.

Entre los hechos más destacados está la declaración del secretario de Estado estadounidense, John Kerry, en la Organización de Estados Americanos (OEA), donde se comprometió a poner punto y final a la Doctrina Monroe.

Los procesos electorales en América Latina han iniciado un nuevo ciclo y en los dos próximos años tendrán elecciones presidenciales siete Estados. Todas ellas vendrán marcadas por los desafíos regionales y nacionales de gobernabilidad, y por la promoción de la igualdad y, sobre todo, por las necesidades de formación de la ciudadanía y la seguridad ciudadana, así como por la diversificación de las exportaciones.

La descripción del escenario español, según las previsiones del Fondo Monetario Internacional y de la OCDE, es poco halagüeña. Previsiblemente, España necesitará al menos un quinquenio para volver a los niveles de actividad previos a la crisis y nuestra brecha en la UE crece como también lo hace la desigualdad.

El número de parados se aproxima a los 6 millones, más del 26 por ciento de la población activa, lo que nos sitúa, junto a Grecia, a la cabeza de Europa en desempleo y soportamos niveles superiores a la Gran Depresión americana.

El deterioro de las condiciones de vida de los ciudadanos alcanza también a los que aún mantienen su trabajo, porque los salarios han decrecido un 7 por ciento en los últimos tres años y el PIB real por habitante nos retrotrae a niveles de hace una década.

Desafortunadamente, los temas centrales de la actualidad política española seguirán siendo en 2014 el desempleo y la salida de la crisis, la corrupción, el deterioro institucional, la pérdida de influencia en el mundo y la cuestión catalana y vasca. En el escenario nacional, el PSOE no debe retrasar aún más los procesos de primarias así como la búsqueda de nuevos liderazgos para salir reforzado electoralmente e impulsar una nueva narrativa socialdemócrata en estos comienzos del siglo XXI.

Si el año 2013 lo califiqué hace meses como de desconcierto y continuidad, los deseos para 2014 no pueden ser otros que el de poner freno al hambre y la desigualdad, reforzar las democracias y el proyecto político europeo, y que España busque vías de solución al marasmo interior que agudiza su ensimismamiento y recupere la ilusión y su lugar en Europa y el mundo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

  • 23.1.14
De confirmarse las noticias de que la Unión Europea pueda aprobar un marco de cooperación con Cuba para 2015, la posición común podría tocar su fin. Esta excepcionalidad impulsada por los Gobiernos de José María Aznar no sólo se ha mostrado ineficaz, sino que niega el espíritu de diálogo y entendimiento que constituye la espina dorsal de Europa, que mantiene relaciones con todos los países latinoamericanos.

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Como defendí en los Consejos de Asuntos Generales de la Unión Europea, el diálogo constructivo y no el aislamiento es el mejor instrumento para reforzar las relaciones bilaterales y multilaterales, así como para afianzar nuestros lazos históricos, sociales, culturales y económicos.

Siempre he pensado que el aislamiento es el primer paso hacia la indiferencia y España y Europa no pueden ignorar los avances que se han producido en Cuba, así como la buena disposición que han mantenido sus autoridades para el restablecimiento de relaciones políticas y de cooperación. En el año 2010 estuvimos muy cerca de romper la barrera de la posición común, algo muy criticado y rechazado por la gran mayoría del Partido Popular.

Considero que el diálogo político e institucional con La Habana nos situará en una mejor posición para acompañar las reformas impulsadas por los líderes cubanos, reconocidas también por Estados Unidos.

España vive hoy la noticia de construir un marco de diálogo y cooperación con Cuba con la satisfacción del reencuentro y con la esperanza de que Europa acelere el diálogo para profundizar en unas relaciones que nunca debieron encapsularse en la incomunicación. Aplaudo al Gobierno español por haber comprendido finalmente que el diálogo es la mejor vía para construir juntos el futuro entre Cuba, España y Europa.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 26.12.13
La alianza contra Europa suscrita el mes pasado en La Haya entre partidos neofascistas de Francia y Holanda sugiere con urgencia que las formaciones de izquierda y las plataformas ciudadanas comiencen a tener un discurso claro de protección de las democracias y los derechos civiles y laborales en todo el territorio de la Unión Europea. Y que la Comisión vigile y sancione los niveles de cumplimento de los Tratados.

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Si así fuese no formarían parte del paisaje político europeo los partidos que proclaman abiertamente la intolerancia del racismo y la xenofobia. Los que promueven el populismo del odio y el desmantelamiento de Europa.

Probablemente, estos compatriotas son más nocivos que los euroescépticos del otro lado del Atlántico que, por lo general, tienen presente siempre nuestra historia del siglo XX. Europa no puede seguir impertérrita ante la demolición de los Estados de derecho, el avance de las desigualdades y la ascensión de los populismos y la desafección política. Necesitamos más Europa. Y una Europa que se sienta orgullosa de sus principios y valores.

La izquierda debe comprometerse con una Europa que vuelva a abanderar los derechos humanos, los valores democráticos y la solidaridad interterritorial para seguir siendo un emblema global de progreso y bienestar. Y un referente mundial de libertades y derechos.

Sólo un proyecto de gran alcance político puede hacer de Europa un referente de la mundialización. La izquierda europea está necesitada de una nueva narrativa y un proyecto común donde, al igual que se reconocen los techos de gasto de los Estados y de la Comisión, Tratados, directivas y legislaciones nacionales establezcan umbrales mínimos de bienestar. Europa tiene la responsabilidad de aportar a la comunidad internacional buenas prácticas democráticas y buenas prácticas de gobierno.

Los ciudadanos europeos queremos más instituciones y más legitimadas y fuertes, con el fin de construir una Unión política que influya en la regulación de las economías real y financiera, y apueste por ampliar los espacios públicos y mejorar el empleo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

  • 13.12.13
La comunidad internacional está de luto por la muerte de Nelson Mandela, un hombre de convicciones profundas que derribó la frontera del apartheid y, sin duda alguna, nos descubrió la fuerza de la paz y de la reconciliación. En su autobiografía, El largo camino hacia la libertad (1944), comenta de dónde sacó la coherencia y la fuerza de sus convicciones:

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Es de estos camaradas en la lucha de los que he aprendido el significado del coraje. Una y otra vez he visto hombres y mujeres expuestos y torturados sin quebrantarse, demostrando una fortaleza y resistencia que desafía a la imaginación. 

He aprendido que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo del mismo. He sentido miedo yo mismo más veces de las que puedo recordar, pero lo oculté tras una máscara de audacia. Un hombre valiente no es el que no siente miedo, sino el que conquista ese miedo.

En esas memorias nos enseña que la libertad es responsabilidad e implica una lucha diaria, continuada: He recorrido ese largo camino hacia la libertad. He intentado no desfallecer; he tropezado a lo largo del camino. Pero he descubierto el secreto tras subir una gran colina, pues uno descubre que hay otras muchas más colinas que subir. 

He tomado un momento de descanso aquí, para robar una vista a la gloriosa vista que me rodeaba, para mirar desde la distancia a la que he llegado. Pero solo he podido descansar por un momento, porque la libertad entraña responsabilidades, tengo que persistir porque mi largo camino no ha finalizado aún.

Adiós Madiba, y gracias por enseñarnos que la búsqueda de la tolerancia, el diálogo y la paz son un proceso vital y continuado al que nos has invitado desde el ejemplo de la coherencia. Gracias Madiba porque nos has mostrado la importancia de África y has contribuido a su despertar en el siglo XXI. Hasta siempre.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 28.11.13
El acuerdo alcanzado en Ginebra entre Irán y el Grupo 5+1 puede calificarse de histórico porque es un punto de inflexión que puede inaugurar un cambio geopolítico. Ha sido fruto de un largo período de negociaciones y ofrece un gran potencial para redefinir un nuevo equilibrio regional e internacional.

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A él se ha llegado tras muchas horas de negociaciones, iniciadas hace ya 10 años con el impulso de Javier Solana. Estuvo casi cerrado en muchas ocasiones aunque lo impidieron las circunstancias geoestratégicas y la falta de voluntad política de Irán y Estados Unidos.

Fue posible hace unos días por diversas razones y por la lógica política desplegada en el espacio abierto por la diplomacia, pues cuando se busca el acuerdo éste siempre puede encontrarse. Sin la visión de Obama y Rohaní, los intentos de negociación hubiesen sido baldíos.

También ha sido decisivo y hay que felicitar por su trabajo al equipo y a la Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y de Política de Seguridad, Catherine Ashton, así como al ministro ruso, Serguéi Lavrov, por su habilidad política y buenos oficios diplomáticos.

Este éxito demuestra que Europa tiene la capacidad y el saber hacer suficientes para afrontar con garantías un proceso negociador tan complejo como el programa nuclear iraní. Por ello, los europeos deberíamos extraer varias lecciones del acuerdo, recuperar nuestra autoestima y estimular nuestra participación en otras crisis que requieren de soluciones de diálogo y consenso.

Entre las más importantes lecciones del acuerdo de Ginebra está el hecho de comprender e interiorizar su propia fragilidad y la necesidad de ofrecer algún mecanismo que consolide el cambio histórico en la región.

En este sentido, Europa podría ofrecer su experiencia en la promoción de modelos de éxito en momentos de cambios estratégicos de calado histórico. Si en 1975 el Acta de Helsinki sirvió para reconocer a la URSS y garantizar la intangibilidad de las fronteras a cambio de asumir la responsabilidad y el compromiso en favor de los derechos humanos, se podría imaginar una propuesta de conferencia de seguridad y cooperación para Oriente Próximo, con la participación de Israel, y abordar en ella todas las cuestiones aún pendientes en la región. Es decir, desde las capacidades nucleares y de seguridad hasta las cuestiones políticas, sociales, económicas, financieras y culturales.

El Grupo 5+1 ha realizado un gran trabajo sobre un área fundamental para la seguridad de la zona y ahora les corresponde a actores como la UE, los países del Golfo Arábigo y Turquía diseñar un nuevo marco de seguridad colectiva para el siglo XXI en una región vital para nosotros y para la estabilidad internacional.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS


  • 19.11.13
Muchos ciudadanos compartimos que la Unión Europea ha pasado del impasse al marasmo y que las derivas de nuestras democracias y de la propia Comisión sólo han provocado hasta la fecha más desafección política y euroescepticismo. Sabemos que una Europa conservadora antepone la unión económica a la política y que los países del Sur sufrimos en nuestras carnes los efectos de los rescates, parciales o totales, así como las imposiciones de una austeridad devastadora.

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Este ideario nos ha llevado a los estrepitosos fracasos de la troika, mientras que los ciudadanos, cada día más perplejos, nos cuestionamos la legitimidad política de no pocas decisiones que se adoptan en Bruselas, Frankfurt, Berlín o Washington, y que afectan a nuestras vidas cotidianas.

Defiendo que Europa vuelva a inspirarse en sus principios fundadores y en el bienestar como ejes para diseñar el futuro y, lógicamente, tanto la burocracia europea como los conservadores ven en esto una amenaza al statu quo.

Perciben que una nueva Europa puede poner en peligro equilibrios y posiciones que se encaminan, más temprano que tarde, al proteccionismo de Estado en todas sus versiones y amenazan seriamente la construcción de una Europa próspera y relevante en el mundo.

Si bien es cierto que la Gran Recesión se ha llevado por delante muchos gobiernos progresistas, no lo es menos que Europa está dominada hoy por los conservadores mientras que socialistas y progresistas no hemos sido capaces de transmitir nuevas ideas y proyectos, y se han aceptado acríticamente algunos marcos conceptuales conservadores. Por ello, los ciudadanos europeos optan por votar al original y no la copia, como desvelan las encuestas que han publicado diversos medios europeos.

Ante el desmantelamiento de libertades y derechos, así como de las prestaciones sociales, los socialistas hemos alzado una voz tenue y sin convicción. ¿Dónde están las protestas por las insuficientes perspectivas financieras 2014-2020? ¿Dónde las denuncias sistemáticas por la reducción de los recursos destinados a la Europa social o a la investigación, desarrollo e innovación? ¿Cuántas reivindicaciones masivas hemos visto frente al ridículo programa de empleo para jóvenes europeos? ¿Cuántas protestas por los fracasos de la troika?

No basta con expresiones retóricas si éstas no se acompañan de compromiso, ideas, movilizaciones y solidaridad con los ciudadanos que vemos desvanecerse el sueño europeo en paralelo a las clases medias. La Europa del siglo XXI necesita de una nueva narrativa, tanto interna como externa, porque sólo así encontrará un lugar propio y destacado en la globalización, así como una salida a la crisis; cuestión ésta que hoy nos remite al estancamiento y a la activación de nuevas y más dolorosas crisis.

En este contexto, y ante las elecciones europeas de mayo de 2014, los socialistas españoles debemos hacer un esfuerzo y llegar a esta contienda con un debate profundo y clarificador, una organización más ilusionada y un liderazgo futuro claro, porque Europa al igual que España necesita de un PSOE renovado.

Podemos romper el aislamiento individualista y generar una ilusión colectiva para el empoderamiento ciudadano y el impulso de proyectos comunes como redefinir el papel de Europa en el mundo, avanzar hacia una Europa más social y política, e introducir medidas novedosas como la incorporación a Tratados y constituciones de un techo de Estado de Bienestar y medidas para profundizar en la economía social de mercado.

Así podremos hacer frente a decisiones políticas insoslayables, urgentes y de gran calado, como requiere la Unión Europea. Por su importancia es absolutamente urgente que el PSOE aprenda de sí mismo y de los errores de los partidos socialistas europeos (PS, PSF, PASOK…).

No podemos rehuir el debate abierto con la militancia y con aquellos ciudadanos que se sienten progresistas y es más que razonable pedir a la dirección socialista un proceso de primarias abiertas antes de mayo de 2014. Y no sólo porque lo reclame la militancia, sino porque del futuro de Europa depende el de España.

Necesitamos un PSOE fuerte y renovado, y con un nuevo relato europeo que debe ser la espina dorsal del proyecto para España. Dibujamos diversos escenarios políticos y, en el caso del PSOE, todos pasan por la convocatoria de un proceso de primarias previo a las elecciones europeas, donde los socialistas estamos llamados a aportar valor y a crear una nueva narrativa socialdemócrata europea.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
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  • 17.10.13
La semana ministerial de Naciones Unidas en Nueva York dejó a finales de septiembre un elocuente número de secuencias e imágenes políticas del Gobierno y de la acción exterior española, en el marco de la inauguración del período de sesiones de la Asamblea General.

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El inicio del curso político internacional nos ha deparado el comienzo del deshielo de las relaciones norteamericano-iraníes, la desconfianza que envuelve la esfera de las relaciones internacionales, el balance provisional de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y las bases de la nueva propuesta de Objetivos de Desarrollo Sostenible 2015-2030, como hechos más relevantes.

No ha pasado desapercibida la vuelta de España al carril onusiano y así lo atestigua la intervención del presidente del Gobierno español ante la Asamblea General donde, como ha acuñado algún medio de comunicación, ha zapatereado al presintonizar con la trayectoria de la política exterior del Estado.

Afortunadamente se ha recuperado el discurso del multilateralismo, la política de desarme y se ha reconocido la labor de la cooperación española, al tiempo que se ha enarbolado con orgullo la Alianza de Civilizaciones como iniciativa que fomenta la cooperación entre sociedades civiles para avanzar en una convivencia pacífica, respetuosa y segura.

Sin duda, el nuevo curso político internacional tiene una agenda muy cargada y muchos objetivos a corto y medio plazo que requieren del fortalecimiento del sistema institucional de Naciones Unidas. Países como España deben trabajar con espíritu constructivo por dinamizar la comunidad internacional. Estamos de enhorabuena, ¡España vuelve! Y lentamente, con sus claroscuros, la política exterior española se reincorpora al carril onusiano necesitado de apoyo y coraje políticos.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
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