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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

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  • 13.12.17
Hay múltiples referencias al calificar a los grandes diplomáticos. Algunos como excelentes negociadores: Talleyrand y Metternich; otros como diplomáticos escritores: Juan Valera y Neruda; otros como embajadores intrépidos y aventureros o, como el caso de Ramón Villanueva: el diplomático narrador.



Es cierto que Ramón Villanueva realizó las distintas funciones diplomáticas de manera relevante pero todos aquellos que le conocimos más de cerca descubrimos en él una especial capacidad en ser capaz de trasladarnos a situaciones históricas y momentos claves de nuestro devenir u acontecimientos en el Mediterráneo y en Oriente Medio con un rigor, una riqueza narrativa, un sinfín de datos, fechas, anécdotas, citas y conclusiones dignas de los grandes historiadores.

Es verdad que los diplomáticos utilizamos generalmente la palabra para declarar, convencer, negociar y defender lo mejor posible nuestros intereses y, sin embargo, es la escritura la manera más habitual para transmitir nuestras actuaciones.

Desde las tabletas en piedra de escritas con caracteres cuneiformes de la época asiria, pasando por los pergaminos egipcios, las cartas de los zares, para llegar a los telegramas cifrados y confidenciales, a las cartas e informes a nuestros superiores para concluir en estos tiempos con la diplomacia del tuit, ésta última poco analítica y eficaz. La escritura es, por tanto, el medio más habitual de información y de trabajo de todo diplomático.

Sin embargo, la diplomacia no puede ni debe limitarse a los textos escritos: queda toda una serie de maneras de informar y trasladar análisis y reflexiones. Y para ello podemos acudir a la trasmisión oral. Creo que Ramón Villanueva debe ser reconocido como el gran diplomático narrador.

Gracias a su trabajo y a su memoria hemos podido conocer la evolución de Oriente Medio. Quién mejor que él para describir los relatos y telegramas del gran arabista español Emilio Garcia Gómez en sus embajadas de Irak, Líbano y Afganistán. Qué decir también de su contribución en Turquía para comprender la evolución hacia la modernidad del viejo imperio otomano.

Nadie puede olvidar, a su vez, el paso por Túnez y la manera en que nos hizo a todos constatar la superposición de distintas culturas y civilizaciones y su modelo de convivencia. Ramón Villanueva defendió siempre una diplomacia cultural para entender y ser capaz de sintetizar las causas profundas de los movimientos sociales y políticos de los países en los que estuvo acreditado.

No obstante, para mí, su mayor contribución fue su compromiso de defender sus ideas políticas y sociales sin que estas menoscabasen en ningún momento su labor profesional, que nadie pudo poner en tela de juicio, aunque sus posiciones ideológicas no le ayudasen a escalar merecidamente puestos de relevancia en su primera etapa como diplomático.

Pero él nunca renunció a servir los intereses de su país y trabajar a su vez por una España más democrática y europea. Sus educadas maneras y su suavidad explicativa no impedían que sus pensamientos y declaraciones defendieran con rotundidad planteamientos radicales.

Deseaba y luchaba por una España democrática y contribuyó de forma esencial para alcanzar este objetivo. Su paso por el Consulado de Burdeos dejó un sello imborrable y los españoles republicanos residentes en esa jurisdicción consular todavía le recuerdan con enorme cariño y estima.

Nuestra amistad fue creciendo con los años. Siempre le consideré una referencia indispensable. Durante mi etapa de ministro de Asuntos Exteriores me orientó y me aconsejó sabiamente. Recuerdo con mucho agradecimiento sus acertadas reflexiones con ocasión de mi primer viaje a Cuba, que me sirvieron para preparar adecuadamente ese desplazamiento necesario y complejo.

Últimamente, sus amigos le intentamos convencer de que debería grabar sus vivencias. Su gran amor y mujer, Vivi, también compartía este deseo. No lo conseguimos, pero estoy seguro de que muchas de sus historias y vivencias seguirán presentes en tantas personas y lugares de este mundo con los que compartió su vida y que él supo describir con tanta delicadeza y afecto.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 31.10.17
El pasado viernes fue un día triste para Cataluña, España y Europa. Es verdad que algunos catalanes celebraron con alegría y cánticos, enarbolando esteladas y senyeras, la equivocada declaración unilateral de independencia (DUI) pronunciada en un semivacío Parlament catalán. Para todos estos ciudadanos fue un momento emotivo y dichoso indudable pero quizás pocos entendieron que estaban viviendo un sueño irreal e ignoraban las consecuencias reales de esta declaración ilegal.



El sábado se levantaron por la mañana y lo lógico habría sido comprobar de forma inmediata el número de países que reconociesen la pseudodenominada República catalana. La sorpresa debió ser mayúscula. Nadie les había reconocido.

El 17 de febrero de 2008, Kosovo declaró unilateralmente su independencia. Con esa declaración se abrió la caja de pandora de las Declaraciones Unilaterales de Independencia (DUI) con unas consecuencias nefastas para el conjunto del sistema internacional.

Años más tarde, tras la crisis entre Georgia y Rusia, Osetia del Sur y Abjasia hicieron lo mismo y, finalmente, Crimea decidió separase de Ucrania y celebrar su referéndum de independencia. La DUI no era hasta entonces un instrumento conocido ni utilizado en el vocabulario político internacional. Se convirtió de la noche al día en un referente atractivo para todos aquellos sectores nacionalistas y separatistas.

Se podrá argumentar largo y tendido acerca de la singularidad de Kosovo, debido a las atrocidades padecidas por los kosovares a manos de los nacionalistas serbios, pero su precedente es el que ha servido como referente esencial para arropar la encantación irracional de un sector del nacionalismo catalán.

Los independentistas catalanes quizás no sepan, o no han querido saber, que declarar unilateralmente la independencia es relativamente fácil: es un nuevo ejemplo de política virtual donde la Generalitat ha sido hasta ahora maestra pero que, al despertar de un sueño irreal, exige como condición política ineludible que haya reconocimientos. Sin reconocimiento internacional, la DUI no vale nada: es papel mojado, son palabras que se las lleva el viento…

En este caso, el resultado es abrumador. Si Osetia del Sur consiguió cuatro reconocimientos, cómo deben sentirse los responsables del Govern sin ningún reconocimiento. 4-0: eso define claramente la imposibilidad y la realidad de una República catalana independiente.

Las DUI solo sirven para tensionar, violentar y hacer más difícil el camino hacia el entendimiento y la reconciliación. Lo señalé y lo dije en múltiples ocasiones frente a la alegría de muchos defensores de la independencia de Kosovo: esta sería un boomerang que nos golpearía con fuerza.

Ante esta situación solo queda una vía: la del respeto a la legalidad del marco constitucional, la de celebrar elecciones autonómicas y la de buscar a través del diálogo respetuoso y constructivo las aspiraciones de muchos catalanes dentro de una España federal. Dialogo sí, dentro del ordenamiento jurídico. DUI no: es un simple ejercicio virtual, rupturista, erróneo e irrelevante.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 30.6.17
Recientemente participé en un coloquio sobre las negociaciones comerciales de la UE y el futuro del Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP), en la sede madrileña de la Comisión Europea. En ese acto participaron distintos portavoces de los diferentes partidos políticos españoles, incluido el PSOE. Todos coincidimos en las virtudes del Canada Comprehensive Economic and Trade Agreement (CETA) y en las enseñanzas que este nos había aportado para poder reiniciar en mejor posición las futuras negociaciones con EEUU sobre el TTIP.



En aquella intervención no solo defendí, con argumentos, la necesidad de alcanzar un acuerdo con EEUU que fuese justo y garantizase adecuadamente los principios, valores e intereses europeos, sino que me inspiré en los logros del CETA para delinear lo que iba a ser una nueva estrategia negociadora europea.

Cuál es mi sorpresa cuando, días después, observo por parte del actual liderazgo del PSOE que, sin argumentos –sí, subrayo que, hasta ahora, no he podido escuchar ningún argumento válido–, se cambia la posición del partido y se defiende la “abstención” sobre el CETA, un acuerdo esencial para el futuro diseño del marco comercial multilateral.

Tanto José Carlos Díez como Xavier Vidal-Folch han desgranado con brillantez las razones de fondo económicas y comerciales que justifican un claro apoyo al CETA. A mí solo me queda añadir que, con esta actitud, el PSOE renuncia a participar en el diseño de una nueva globalización política y solidaria apoyándose en supuestos argumentos simplistas, denuncias demagógicas, todas ellas fuera de la realidad política, social y económica y medioambiental del mundo que vivimos.

Conviene leerse el tratado y, sobre todo, mostrar respeto a los múltiples negociadores europeos, muchos de ellos socialistas, que han enriquecido este acuerdo innovador y que han sabido garantizar el ADN de las políticas europeas.

Xavier Vidal Folch, en uno de sus últimos artículos sobre esta materia, aludió a la fábula de la cigarra y la hormiga para defender el trabajo silencioso y eficaz de esta última que él identificaba con Europa. Sería un craso error que el nuevo PSOE escogiese el camino de las fábulas de La Fontaine y, sobre todo, se equivoque en buscar su inspiración en alguna de estas fábulas y nos dejase como al cuervo, sin llevarnos nada a la boca, por considerarse más zorro que los otros…

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 9.6.17
La última vez que hablé con Juan Goytisolo fue hace tres meses, cuando intenté convencerle de que participase en las Trobades Literaries mediterráneas en homenaje a Albert Camus, en Sant Lluís (Menorca). Su voz me pareció débil y su tono vital un tanto apagado. Pero, como siempre, estuvo cariñoso y con esa amistad que te hacía sentir cómodo al hablar con él.



Sentí una cierta tristeza y decepción al no poder contar con él para que nos ayudase a entender mejor las claves del desencuentro mediterráneo de estos últimos tiempos, pero nunca me pude imaginar que sería la última ocasión que conversaría con esta gran personalidad.

Juan Goytisolo ha sido uno de los grandes escritores españoles y los críticos literarios ya le han ensalzado merecidamente, aunque su obra estoy seguro volverá a renacer y a extenderse aún más en un futuro inmediato, cuando nuestra memoria colectiva quiera acudir a comprender mejor nuestros orígenes y nuestras contradicciones como españoles.

Mi admiración y amistad vienen, por una parte, por todo lo que nos hizo sentir a esa generación española ansiosa de libertad y justicia y deseosa de recuperar nuestras señas de identidad, sin que tuviésemos que exiliarnos. Al leer su obra en mis años de juventud, me sentí muy identificado con sus dudas y sus sufrimientos en esa España franquista que nos tocó vivir.

Pero, además, mi acercamiento a su obra y a su personalidad vino dado por la pasión y la preocupación que siempre otorgó al legado árabe-musulmán y que me permitió, gracias a su claridad interpretativa, comprender mejor esa parte de nosotros mismos que llevamos todos los españoles pero que, en muchos momentos, tratamos de borrar u olvidar. Cuántas veces he escuchado en mi querida Córdoba: "nosotros somos romanos, senequistas, sí… Averroes y la influencia árabe también pasó por esta ciudad, pero no fue lo mismo".

Su avanzado multiculturalismo es hoy una realidad que se impone por su propio peso y que siempre Goytisolo supo describir con tanta fuerza y desgarro al retratar esa vida sórdida de los barrios periféricos parisinos en donde las distintas capas de inmigrantes van acumulándose en esas identidades asesinas, como diría Amin Maalouf.

Fue un enamorado de Marruecos: de su historia, de su cultura y de su gente. Le visitamos en varias ocasiones en su casa de Marrakech casi haciendo esquina con la histórica plaza de Yamaa el Fna. En el pasado, la pseudointeligencia española le criticó por su afecto por Marruecos pero tuvo al final que reconocer su acertada visión de futuro.

Juan Goytisolo apoyó y defendió la acertada Alianza de Civilizaciones cuando en nuestro país surgieron toda serie de críticas ante una iniciativa que consideraban innecesaria y sin razón de ser. Con su desaparición, el pensamiento y la creación literaria española pierden a uno de los grandes.

Nosotros, los que tratamos de seguir defendiendo una mayor y más intensa comprensión entre culturas y civilizaciones diferentes, perdemos ese mensaje tan valiente y visionario de un "mestizaje creador" que Juan Goytisolo siempre defendía. Descanse en paz en ese cementerio de Larache junto a Jean Genet. Le iré a visitar en mi próxima escapada a ese país vecino y amigo de España.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 26.5.17
El pasado 7 de mayo, la mayoría de franceses y de europeos respiraron aliviados ante la elección de Emmanuel Macron. Se cerraba así la puerta a un proyecto político populista, retrógrado y antieuropeo, y se apostaba por un candidato joven, comprometido y con un proyecto moderno y de refundación de Europa.



Para todos los europeístas, la elección del nuevo presidente francés es una buenísima noticia pues fue el único candidato que defendió durante la campaña electoral con valentía y determinación el proyecto europeo. Conviene recordar que si Macron ganó el decisivo debate final televisivo fue en gran medida gracias a su clara defensa del euro frente a la confusión e incongruencias de Marine Le Pen que no supo explicar las consecuencias de una salida de Francia de la zona euro.

El pasado lunes, el presidente de la República Francesa se desplazó en su primera visita a Berlín y allí se encontró con la Canciller alemana Angela Merkel. De ese primer encuentro los medios informativos han dado fiel cuenta del contenido y tono del mismo pero me imagino que en este primer contacto tête à tête los dos principales dirigentes europeos debieron sentir el peso de la responsabilidad y el carácter trascendental de esta primera cita. Podríamos decir que “60 años de historia europea les contemplaban…”.

Lo que está en juego es el futuro de Europa, de una Unión Europea en un mundo en plena mutación donde los nuevos equilibrios de poder están finalmente delimitándose. El histórico y necesario tándem franco-alemán sabe que el futuro de la nueva etapa de construcción europea depende en gran manera de sus decisiones y ambos dirigentes llegan a este rendez-vous histórico en un momento especialmente significativo.

La canciller alemana, con el viento a favor y con la experiencia de más de tres mandatos y la conciencia de haberse convertido en la indiscutible líder europea. La fuerza económica y financiera de Alemania no puede ni debe ignorase.

Hoy ha llegado la hora de replantearse el equilibrio de fuerzas en el seno de la Unión y esto, sobre todo, a raíz de la salida del Reino Unido de la UE. Francia y su presidente Macron llegan a esta cita paradójicamente mejor preparados de lo que los analistas políticos y económicos han pronosticado.

No sólo la voluntad, valentía y la capacidad del nuevo presidente pueden ser factores de cambio de actitud sino que, además en esta ocasión, Francia puede y debe hablar de tú a tú a su vecino del este por su nueva situación político-militar.

La Europa de este siglo XXI tiene dos objetivos ineludibles:

El primero, consolidar su capacidad económica y financiera y avanzar en un eventual Gobierno económico europeo más integrado como acertadamente acaba de proponer el Gobierno español. Pero, el segundo objetivo debe estar vinculado a impulsar su relevancia como actor indiscutible en el mundo, como potencia diplomática y militar.

Para el primer objetivo Alemania es indispensable pero para el segundo, Francia, hoy en día, es el único país de la UE que es miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y es el único de la UE que posee la disuasión nuclear.

El tándem franco-alemán recupera así su equilibrio natural. Europa no se podrá construir sin avances económicos pero Europa no podrá contar en este nuevo mundo sin su relevancia en los centros de decisión diplomáticos y militares.

En definitiva, este nuevo ‘pacto franco-germano’ es el que espero haya podido ser abordado en la primera cena entre los dos máximos dirigentes europeos. Si esto ha ocurrido, el próximo paso es el de convocar a aquellos otros países verdaderamente europeístas como es el nuestro, España, para que apoyen este nuevo comienzo y aporten ideas y capacidades como las recientemente anunciadas por nuestra diplomacia.

España puede y debe, en esta ocasión, estar en el origen de este nuevo capítulo de la historia europea. Históricamente, las circunstancias internas de nuestro país no nos lo permitieron en el pasado. Hoy el Gobierno puede convocar a los principales partidos de nuestro país y diseñar una nueva hoja de ruta para el futuro caminar europeo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 14.3.17
Durante mi campaña a la Dirección General de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en junio de 2011, me comprometí, en caso de ser elegido, a erradicar el hambre en el mundo. Algunos de los candidatos se sumaron a mi promesa y, finalmente, todos coincidieron en defender este objetivo. Esta meta se volvió a recoger como prioritaria en la nueva agenda de sostenibilidad aprobada el pasado 25 de septiembre de 2015. Entre los 17 objetivos, el segundo subraya la necesidad de eliminar el hambre en el mundo.



Han pasado ya cinco años de esa elección en la dirección de la FAO y, sin embargo, la hambruna y las crisis alimentarias siguen estando dramáticamente presentes en el mundo. De nuevo, recientemente hemos vuelto a asistir al anuncio oficial del Gobierno de Somalia declarando catástrofe nacional la situación en su país y la necesidad de actuar urgentemente ante la eventualidad de que más de 260.000 personas puedan morir de nuevo de hambre.

Según los datos que ha publicado la OMS entre Somalia, Yemen, Nigeria y Sudán del Sur más de 20 millones de personas están en riesgo de morir de hambre en estos cuatro países. Añade, además, que más de 6,2 millones de personas, la mitad de la población de Somalia, necesitan ayuda alimentaria y otros 3 millones están hambrientos.

En mi programa durante la candidatura a la FAO denuncié las prácticas e inacción de la antigua FAO. Su incapacidad absoluta de predecir y evitar crisis similares. La falta de liderazgo para prevenir esta situación humanamente inaceptable. Señalaba que de no actuar, las "crónicas de hambrunas anunciadas" seguirían repitiéndose en un futuro y se convertiría en el "pan nuestro" de esta organización y que, por lo tanto, después de más de 70 años desde su creación, era la hora de que la FAO finalmente evitara estos dramas humanitarios.

Parece que no aprendemos y cuando escuchamos estas terribles noticias, al mismo tiempo, se anuncia el aumento en un 10 por ciento del presupuesto militar norteamericano y se eleva este a 639.000 millones de dólares. Frente a este incremento militar, la llamada in extremis del nuevo secretario general de Naciones Unidas para atender las necesidades urgentes de más de 22 millones de personas hambrientas en el cuerno de África cae en el más indiferente vacío.

¿Dónde está la FAO? ¿Cuál ha sido su posición? Hoy no caben excusas. Esta organización debería reflexionar y asumir que al no ser capaz de prevenir, evitar y resolver estas catástrofes humanitarias, la razón de ser de la misma desaparece. Sería mejor dotar a otras agencias u organizaciones la tarea de garantizar que no haya más muertos por hambre en este mundo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 4.10.16
Conocí personalmente a Simón Peres con ocasión de la visita de Estado de Sus Majestades los Reyes de España a Israel en noviembre de 1993. Desde ese momento tuve el privilegio de mantener una intensa relación con el político israelí. Miles de horas de conversación, de negociaciones, de reuniones secretas y de propuestas imaginativas labraron una fuerte amistad y una gran admiración hacia su persona.



Muchos analistas describirán hoy al líder israelí como uno de los arquitectos fundamentales en la creación y consolidación del Estado de Israel. Recuerdo, como embajador de España en Israel, las palabras pronunciadas por Simón Peres, con ocasión de la celebración del XL Aniversario de la constitución del Estado de Israel, y el claro mensaje de que a partir de esa fecha el desafío de Israel sería lograr la paz y la reconciliación con sus vecinos árabes.

Los ciudadanos israelíes, sin duda, deben expresar el reconocimiento por su decisiva contribución a la construcción de su Estado. Los ciudadanos españoles debemos recordarle a su vez por haber sido el firmante del restablecimiento de nuestras relaciones diplomáticas entre España e Israel en enero de 1986.

Su larga carrera política, asumiendo las principales carteras ministeriales, así como la responsabilidad de primer ministro concluyeron durante su última etapa como presidente del Estado de Israel. Fue como un “Padre de la Patria”, otorgando a esa Jefatura de Estado unas funciones y una “Autoritas” más allá de las que le correspondían formalmente.

Pero su verdadera obsesión y contribución fue la paz con árabes y palestinos. Esta visión de paz en la región es la que en mi opinión debe prevalecer como su principal legado. Entendió inmediatamente la necesidad de negociar con los palestinos y tuvo la valentía y la imaginación de convencer al primer ministro Isaac Rabin, el otro gran héroe de la Paz, de negociar secretamente a espaldas de EEUU un principio de reconciliación entre israelíes y palestinos.

Oslo fue una iniciativa innovadora e inesperada que siguió a la conferencia de Paz de Madrid y que permitió imaginar que una paz era posible entre estos dos pueblos. Desde ese momento y hasta sus últimas actuaciones como presidente, Simón Peres buscó y defendió siempre, una solución política y negociada.

Recordemos la propuesta de Simón Peres-Abu Alá que, en mi opinión, puede seguir siendo considerada como la base de cualquier acuerdo definitivo. No tuvo ninguna dificultad en negociar y conversar con Yasser Arafat con el que siempre mantuvo un mutuo respeto y reconocimiento al igual que con el actual presidente palestino Abu Mazen.

Incluso, en los momentos más difíciles de la segunda intifada, Simón Peres siempre trataba de encontrar soluciones como fue el caso que tuve el honor de negociar con él a raíz del asedio a la iglesia de La Natividad. Como presidente trató en múltiples ocasiones de convencer a los últimos primeros ministros en buscar soluciones y propuestas imaginativas.

Quizás el único defecto que podríamos atribuir a Simón Peres era su gran visión de futuro: era un adelantado a su tiempo. Su sueño era construir un Oriente Medio en paz y prosperidad similar a la experiencia europea en el que israelíes, palestinos, egipcios, jordanos, sirios y libaneses pudiesen vivir en una región integrada en donde el comercio, las ideas y los hombres pudiesen circular libremente.

Sus afirmaciones poseían siempre un carácter visionario. Son muchas sus citas famosas que han llegado a definirse como los “peresims”. Recuerdo una de sus más brillantes afirmaciones al señalar que “el siglo XXI sería el siglo final de la agricultura y de las fronteras. Nuestro siglo actual será el de las ideas, de la información y la comunicación que no podrán ser detenidos por barreras físicas”.

Como también, su clara convicción de que “las guerras en Oriente Medio nos serán guerras para recuperar tierra sino guerras por el agua”. Otra de sus citas favoritas que no expresaba públicamente es la de que “hay dos cosas que uno no puede hacer frente a la cámara: el amor y la Paz en Oriente Medio”.

Siempre sorprendía con su capacidad de utilización del lenguaje y su brillantez en los discursos y en sus intervenciones públicas. Tuve el honor de que me dedicase un adiós muy emotivo al término de mi misión como enviado especial de la UE en Oriente Medio. Durante mi misión como enviado especial, nos acostumbramos a vernos todos los viernes en su despacho de Tel Aviv antes del Sàbat para hacer balance de la semana transcurrida y planificar juntos algunas medidas constructivas.

Su empeño fue hasta el final ver la “Solución de Dos Estados” viviendo en paz y seguridad. Simón Peres nos abandona sin que su sueño se haya realizado finalmente. Sus últimos escritos los dedicó a la ciencia y, en particular, al estudio del cerebro al indicar que “la ciencia del cerebro es nuestra próxima gran frontera”. La ciencia no llegó a tiempo para curar su última enfermedad cerebral.

Concluyo estas líneas de reconocimiento y admiración con una de las citas que más me impresionaron cuando denunció el horror de la guerra y del terrorismo: “en la paz, los hijos entierran a los padres; la guerra altera el orden de la naturaleza y hace que los padres entierren a sus hijos”. Enterraremos a Simón Peres pero no a sus ideas ni a su legado ni a su visión de paz y reconciliación entre israelís y palestinos.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 20.7.16
Turquía ha vivido un intento de golpe militar que me trajo a la memoria la famosa declaración del secretario de Estado norteamericano Alexander Haig, con ocasión del frustrado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981: es un «asunto interno». La manifestación del representante norteamericano cayó como una losa sobre el pensar y el sentir de la opinión pública española, en un momento en el que el Rey Juan Carlos y los demócratas españoles estábamos empeñados en defender y hacer valer nuestra joven democracia.



En esta ocasión no ha habido un pronunciamiento similar por parte de ninguna cancillería occidental pero sí han sobrevolado dudas y reticencias a la hora de condenar rotundamente el intento fallido de golpe de Estado en Turquía; salvo las acertadas y valientes declaraciones de la Alta Representante de la Unión Europea, Federica Mogherini, que ha pedido desde el inicio de los acontecimientos «moderación y respeto a las instituciones democráticas de Turquía». Y el claro apoyo del presidente Obama al Gobierno legítimo turco en mitad de la noche.

Las cancillerías europeas y las organizaciones internacionales han mostrado una extraña tibieza, y una actitud sumamente pusilánime. Un golpe de Estado en Turquía no es y no puede ser nunca una «cuestión interna» para Occidente y sobre todo para Europa. ¿Cómo podemos ignorar su «status» formal de país candidato a la UE? ¿Cómo no se condena enérgicamente un golpe militar antidemocrático?

No se han escuchado voces ni se han leído declaraciones en los países europeos que «condenen» rotundamente el ruido de sables, como así lo han hecho todos los partidos de la oposición turca sin excepción. ¿Cómo la OTAN, que se presenta como el valedor de los principios y valores democráticos, no reaccionó con un comunicado de mínimos de inmediato y se limitó a señalar que se «siguen los acontecimientos de cerca y con preocupación», en la línea con lo que mantuvo el secretario general de Naciones Unidas, Ban ki Moon? ¿Cómo la Europa de los valores democráticos puede mantener un sospecho silencio en momentos decisivos cuando la balanza puede inclinarse a favor o en contra de la democracia?

Todo indica que las cosas vuelven a su sitio y que «el golpe» fracasó por la reacción patriótica y democrática de la población turca. A partir de ahora, los europeos deberíamos hacer autocrítica y, de manera clara, definir cuál es la posición real sobre el futuro de Turquía en la UE.

Las dudas, las largas esperas de una noche dramática y angustiosa demuestran cómo afloran los miedos atávicos sobre Turquía en la psicología colectiva europea. Resurgen los fantasmas sobre la incorporación a la UE de un país islámico, mientras asistimos perplejos a una progresiva ruptura entre Oriente y Occidente donde, desgraciadamente, toda representación del mundo musulmán e islámico se incluye en los estereotipos del rechazo y la exclusión.

Mi opinión ha sido siempre opuesta a estos lugares comunes divulgados por políticos poco responsables y medios de comunicación amarillistas, y los acontecimientos han demostrado la victoria de los demócratas. Hoy más que nunca Europa necesita una Turquía europea, democrática, fuerte y dinámica para defender adecuadamente los intereses globales presentes y futuros de una UE que quiere influir en el mundo.

Los acontecimientos del fallido golpe de Estado en Turquía deben estimular la negociación para su entrada en la UE. Y garantizar definitivamente su anclaje y presencia en las instituciones democráticas europeas para abandonar «sine die» el estereotipo del «hombre enfermo de Europa».

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 8.7.16
Tuve el privilegio durante los últimos años de profundizar mi amistad con Michel Rocard. Le conocí cuando ya era eurodiputado y Oriente Próximo nos permitió trabajar conjuntamente en favor de la paz entre israelíes y palestinos. Desde entonces tuvimos ocasiones de encontramos frecuentemente y de reunirme con él en múltiples reuniones y disfrutar de su sentido vitalista en varios almuerzos.



El último no hace mucho, no hace más de dos meses. La enfermedad estaba ya muy presente pero la fuerza interna de Rocard seguía intacta y su ágil y profunda mirada seguía expresando su gran voluntad de compartir análisis y reflexiones sobre el momento actual de la socialdemocracia, de Europa y del mundo.

La prensa y los comentaristas franceses destacan merecidamente hoy de manera unánime su gran valía intelectual y política y con razón se le reconoce, finalmente, su gran aportación a la política francesa y europea. Sin embargo, la mayoría de las referencias se centran en subrayar su carácter pragmático y realista alejado de planteamientos utópicos de la socialdemocracia.

El rigor y la necesidad de resultados concretos en la gestión económica son los valores más destacados por todas las personalidades. Su vocación modernizadora de la socialdemocracia no era de ahora, sino que la intentó y logró aplicar durante sus años como primer ministro.

Se le cita acertadamente por su capacidad de reivindicar la necesidad de adaptar claramente una sociedad en cambio a unos nuevos postulados económicos alejados de lo que era la tradicional ortodoxia socialista y, por ello, se le intentó colgar en muchas ocasiones el “San Benito” de «neoliberal».

Y , sin embargo, Michel Rocard no se expresaba en absoluto en sus últimos años en favor de esta línea neoliberal. Rebosante de experiencia, de conocimiento y de perspectiva denunciaba con amargura las últimas políticas socialdemócratas desarrollada en Europa e incluso en su país. No hay más que leer uno de sus últimos libros, escrito junto al economista francés Pierre Larrouturou, La izquierda no tiene ya margen de error y que pensaba presentar aquí en España en septiembre para comprender su posición actual.

Sus propias palabras son suficientes para entender su posición: «Ya no nos atrevemos a hablar del capitalismo, cuando este sistema está viviendo una crisis fulminante y que a medio plazo es suicida para la humanidad. Nosotros los socialistas deberíamos estar en situación de explicar esta situación y responder a ella.»

Su crítica a la inacción de los últimos gobiernos socialdemócratas era total. Recuerdo con emoción como definió, con una gran visión conceptual, el camino que le queda por recorrer al socialismo en su última y más ambiciosa etapa: la de emancipar al ser humano una vez que las necesidades básicas estén garantizadas por el Estado de Bienestar.

Le corresponderá solo a la socialdemocracia crear una sociedad sostenible, respetuosa con el cambio climático y que sepa reducir las horas de trabajo para que los individuos dediquen su tiempo a una socialización creativa y cultural que les pueda elevar el espíritu y su sentido de solidaridad.

No, Michel Rocard no pertenece a aquellos socialdemócratas que pactan con el centro y las ideas neoliberales, Michel Rocard era un profundo defensor del verdadero socialismo y reclamaba en sus últimos días con fuerza el establecimiento de una nueva narrativa y un nuevo discurso en este comienzo del siglo XXI.

Para él, Europa era el mejor espacio para alcanzar tal sueño y por ello vivió los últimos años con una enorme frustración al contemplar cómo la UE sería incapaz de responder a los múltiples desafíos presentes. En nuestra última conversación se manifestó clara y contundentemente en favor del “Brexit” esperando que por fin los europeos pudiesen alcanzar su sueño federalista sin tener permanentemente que contar con el caballo de Troya británico.

Fue un gran amigo de España. Su contribución fue decisiva en las negociaciones agrícolas finales con Bruselas cuando fue ministro de Agricultura de Francia y como primer ministro desarrolló una extensa colaboración con Felipe González. Tuve el honor junto al ministro Solbes de condecorarle con una alta distinción por el reconocimiento de nuestro país a su labor en defensa de la integración de España en la UE.

Michel, descansa en paz con la satisfacción de haber logrado construir un verdadero legado político. «La politique politicienne» no era lo tuyo. La intriga, el regate corte, las conspiraciones, no formaban parte de tus prioridades y por ello tu herencia descansa con mayor justicia en el Panteón de los grandes hombres de Estado.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 5.7.16
He tenido pocas ocasiones de vivir, en primera persona y en directo, momentos cruciales de la historia de un país europeo salvo aquellos vividos en mi propio país. Sin embargo, estos días he podido seguir in situ el apasionado debate que se ha desarrollado en el Reino Unido acerca de su permanencia o salida de la UE y el tsunami producido por la decisión final de salir de Europa. Las razones para comprender este resultado son múltiples y complejas, tanto en clave de política interior como exterior, pero me voy a referir a tres causas esenciales que en mi modo de ver decidieron este resultado.



La primera, me llevaría a denunciar la falta de visión política de todos aquellos que queriendo oponerse a la salida de Gran Bretaña de la Unión aceptaron ingenuamente el «eslogan» político del «Brexit» sin darse cuenta que, de hecho, legitimaban inconscientemente la posibilidad real de salida. Aquí incluyo a todos los responsables políticos tanto europeos como británicos que adoptaron el «Brexit» como lema de campaña de manera ingenua. Todos ellos, fueron incapaces de contraponer otra denominación positiva que movilizase a los electores británicos en favor de mantenerse dentro de la UE.

Esta incapacidad de proponer en positivo la permanencia en Europa se veía además lastrada por el tradicional euroescepticismo inculcado de manera regular por parte de la mayoría de la clase política británica. Es muy difícil entusiasmar a una población cuando se ha criticado cotidianamente y se ha demonizado a Bruselas y a sus instituciones; incluso el pacto europeo sobre el «Brexit», conseguido por Cameron, llevaba en su esencia dudas e incertidumbres sobre el verdadero ser europeo.

La segunda causa me lleva a comentar la intensidad emocional con la que se ha desarrollado el debate político sobre esta cuestión. Los británicos han vivido jornadas que muchos han comparado con aquellos días críticos de su historia en la que tuvieron que adoptar decisiones transcendentes. El Reino Unido es un país con una población con sentido de la historia y conocen y sienten con responsabilidad cuándo se enfrentan a una cita de tanta envergadura.

En los intercambios dialécticos no faltaron referencias a las experiencias vividas en los años de las dos guerras mundiales y el sentimiento patriótico se utilizó, sobre todo por los defensores de la salida de la UE, para recordar viejas polémicas entre ellas, y en particular, la que surgió entre la política de apaciguamiento de Chamberlain frente la firmeza y la intransigencia de Winston Churchill. Sus sueños imperiales y sus actitudes tradicionales aislacionistas volvieron a entonarse como cantos de sirena de un pasado que les gustaría recuperar inconscientes de los múltiples y profundos cambios que se han producido en su propia sociedad y en el mundo exterior.

Los defensores de la permanencia se encontraron, en este aspecto emocional, desvalidos y sin propuestas imaginativas. En la pasión y la emoción el gana «Brexit», pues enciende sentimientos y nostalgias afectivas que los favorables a permanecer en Europa son incapaces de contraponer con nuevos horizontes de gloria y esplendor para su país en futuros episodios europeos. Las estrellas de la bandera azul no emocionan a la gente y el himno de la alegría de Beethoven no llega al corazón de los británicos. Al contrario, la «Unión jack» y el «God save the Queen» siguen siendo elementos esenciales del ser y el sentir británico.

La tercera causa que hubiera podido contraponer los elementos favorables para los defensores del «Brexit» no fue explicada ni desarrollada adecuadamente: las consecuencias económicas y sociales de la salida. Se dice continuamente que los británicos son realistas y pragmáticos y que sus decisiones se mueven en torno a garantizar su nivel económico y social de vida, sin embargo, los líderes políticos británicos no supieron convencer a su electorado del impacto negativo que todas las clases sociales van a sufrir por la retirada de la unión. Es paradójico que las clases trabajadores y los que se verán más afectadas por la falta de protección social al no tener la red de garantías europeas sean las que se adhirieron al «Brexit» sin contemplar racionalmente su futuro.

Es cierto que los defensores del «Brexit» introdujeron de manera falaz varias obsesiones y nuevos fantasmas. Y entre ellos, la inmigración. Este es el gran problema que va a estar presente cada vez más en el debate político europeo del siglo XXI. Las previsiones del FMI, del Banco Mundial y de los grandes analistas financieros no calaron en la ciudadanía británica y demostraron la ruptura cada vez más flagrante entre la «clase media» y el «establishment». Los británicos no saben o no quieren saber que el Reino Unido, creador de la revolución industrial, ya no tiene industria, ni pesada, ni textil, ni automovilística.

Los británicos parecen ignorar que 13.000 doctores europeos les cuidan en sus hospitales y que toda su economía dinámica y ágil de los últimos años se sustenta gracias a una mano de obra joven y emprendedora europea. Los británicos no se dieron cuenta que al votar NO a Europa hayan podido abrir la puerta a la independencia de Escocia y a la pérdida del petróleo del gas del norte. Los británicos quisieron ignorar la posibilidad de que el problema de Irlanda del norte pudiera reabrirse al votar ésta su permanencia en Europa frente a la mayoría negativa de los restantes ciudadanos del Reino Unido.

Por último, los británicos creyeron que su principal base económica y financiera la «City» seguirá siendo el centro de atracción de capitales e inversiones extranjeras sin comprender que los vientos especulativos y la falta de confianza en estos mercados se mueven con una extremada volatilidad.

Todos estos problemas y realidades son los que no terminaron de calar en el electorado del Reino Unido y se convertirán a corto y medio plazo en los grandes desafíos del futuro gobierno de Gran Bretaña. Pero si estas son las razones y las consecuencias del «Brexit» para el Reino Unido, lo que nos debe preocupar a nosotros como españoles y europeos es cómo reaccionar ante esta nueva realidad . La UE debe, a mi modo de ver, proponer una nueva refundición de Europa.

El «Brexit» no solo es una simple salida de un estado miembro en el que se aplica el artículo 50 del Tratado de Lisboa, como si todo siguiese igual, «business as usual», como si nada grave hubiera pasado sino que tenemos, por el contrario, que aprovechar esta oportunidad para que esta vez, los países verdaderamente europeístas con vocación profunda de integración, ahora ya sin cheque y veto británico, sin «in and out» del Reino Unido podamos proponer un nuevo tratado en torno a la zona euro con un parlamento y unas reglas fiscales, económicas y presupuestarias, que se acompañen con un ejército europeo y un verdadera política exterior europea a cuyo frente se nombre un verdadero Ministro de Exteriores de la Unión.

En definitiva, el “«Brexit» habrá detenido el proceso de europeización que estaba viviendo el Reino Unido. El 64% de los jóvenes británicos entre 18 y 24 años votaron por permanecer y, a ellos, les quedan todavía casi 69 años de vida, los mayores, el 58%, decidieron salir, cuando solo les quedan de media 15 años de vida. Los europeos debemos seguir tendiendo la mano a la juventud británica para que revisen la decisión actual, pero le corresponderán a ellos democráticamente defender su causa.

En cualquier caso, el «Brexit» puede que inicie el comienzo de lo que será una nueva etapa del Reino Unido. Les deseamos lo mejor pero todo parece indicar que la Gran Bretaña del siglo XIX y XX caminará hacia una Pequeña Bretaña como dicen algunos analistas. Nosotros, los europeos, aprovechemos desde hoy el «Brexit» para acelerar el proceso de construcción de forma urgente de una «gran Europa» integrada al máximo y dispuesta a ser un actor esencial y relevante en el nuevo mundo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 24.6.16
La situación política de Venezuela se ha convertido en un asunto de política internacional, regional y española y, lógicamente, está presente en la campaña de nuestras elecciones generales, tanto en la pasada convocatoria del 20 diciembre, como en la del próximo domingo. Dicha situación se ha convertido en un arma arrojadiza entre las nuevas y viejas formaciones políticas españolas y, de manera interesada e irresponsable, se utiliza para desacreditar al adversario sin tener en cuenta la complejidad de la situación venezolana, así como los intereses generales de sus ciudadanos; entre los que se hallan cerca de 200.000 españoles.



Las visitas realizadas por algunos de nuestros líderes a Caracas sólo han perseguido efectos mediáticos y, en vez de contribuir a relajar la tensión, han exacerbado aún más los ánimos y el ruido, al tiempo que han contribuido a elevar el desánimo de muchos ciudadanos venezolanos de buena fe de uno u otro signo.

La República Bolivariana de Venezuela atraviesa una grave crisis social y política, que se ha acompañado de una espiral de deterioro económico que parece no tener fin, que se ha visto agravada por la caída de los precios del petróleo y de la productividad en todo el país.

No hay que olvidar que Venezuela es también sujeto de un bloqueo político-económico que erosiona aún más la calidad de vida ciudadana, las instituciones y la política. Por ello, las presiones y amenazas al actual Gobierno y las vendettas partidarias sólo profundizan en la crisis, que no puede culminar con la violencia y un futuro político incierto.

En este contexto se enmarca la misión mediadora del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, llamado por Unasur para facilitar una vía de diálogo y entendimiento entre venezolanos. Su objetivo no es otro que el buscar un acuerdo que estabilice la situación de Venezuela y logre la convivencia pacífica de sus ciudadanos en un marco de legalidad democrática. A lo largo de los mandatos de Zapatero, éste defendió principios y valores fundamentales para la resolución de crisis: el diálogo político y diplomático, y el respeto a la Ley y a las instituciones.

Así se entienden algunas de las propuestas políticas nacionales e internacionales de sus mandatos, y su voluntad de contribuir ahora a la resolución de la crisis venezolana, donde sobran declaraciones retóricas ampulosas, agresiones al marco democrático y violencia callejera. El acercamiento de posturas entre la oposición y el Gobierno, unido a un enfriamiento del clima de crispación y violencia, son los objetivos prioritarios de la propuesta de Zapatero que se orienta a reforzar la democracia venezolana y su institucionalidad, así como a afianzar la convivencia pacífica en el país.

Su iniciativa recibió todo tipo de críticas y descalificaciones en su comienzo, pocos daban algún crédito a sus posibilidades de éxito y, sin embargo, todos aquellos incrédulos se han sorprendido al ver que el trabajo paciente y perseverante de su labor mediadora empieza a dar frutos. Entre ellos, la sorpresa que supuso el que haya sido la primera personalidad internacional que ha podido visitar y dialogar en la cárcel con el máximo símbolo de la oposición venezolana, Leopoldo López.

Tanto Unasur, como los expresidentes Zapatero, Leonel Fernández y Martín Torrijos, cuentan con el respaldo de la comunidad internacional, de ahí la importancia de que el diálogo fructifique y obtenga resultados tangibles, mientras se estimula el abandono de posiciones enrocadas y condiciones previas para que la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) vuelva a las negociaciones con el Gobierno legítimo de la República, y no se ahonden las fracturas.

Los enfrentamientos en Venezuela no pueden hacer del caos un medio de transformación social y política pues, en última instancia, la política está para promover soluciones consensuadas en el espacio público y el bienestar de los ciudadanos.

François de Callières, el gran maestro de la negociación diplomática escribió en 1717 que "todo Príncipe debe tener como máxima principal no emplear la vía armada para apoyar y hacer valer sus derechos salvo que haya tentado y agotado la vía de la razón y de la persuasión". Esa es la vía que el expresidente trata de agotar para evitar una confrontación civil en Venezuela, que sería nefasta para todos.

Como amigo de muchos venezolanos de distinto signo y promotor de resoluciones de conflictos, sólo deseo que la iniciativa del expresidente Zapatero llegue a buen puerto y que la legalidad y la convivencia devuelvan la normalidad a Venezuela.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 24.2.16
Con o sin ti (with or without you) es el estribillo de una conocida canción del grupo británico U2 que viene al hilo de la dramatización del Brexit en el último Consejo Europeo de Bruselas. Londres, en función de sus apetencias gubernamentales, ha pretendido alterar las reglas del juego europeo en vez de aceptarlas y de profundizar en ellas.



Con ello se ha podido desandar el camino recorrido hasta ahora con gran esfuerzo e importantes concesiones, y despojar a la UE de su matriz política. Lo realmente grave ha sido que el pulso del Reino Unido a la UE ha podido condicionar aún más el futuro de Europa en vez de explorar un acomodo en el proceso de construcción, como finalmente se ha hecho

Downing Street propuso estar a medio gas en la UE y ampliar su margen de influencia, algo que carece de lógica política y, más aún, en el horizonte del referéndum sobre la permanencia en la UE, previsto para finales de junio. El Reino Unido ha ganado parcialmente la batalla en Bruselas, porque se sientan las bases de un peligroso precedente que puede ahondar la brecha del debilitamiento político-institucional y frenar el proceso creador de una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa, como recoge el artículo 1 del Tratado de la UE. Y se empobrece el espíritu de la Unión como comunidad de derecho.

El Estado de la sempiterna excepción europea, que llamó hasta tres veces a la puerta para su ingreso en Europa, ha abierto la discriminación por razón de la nacionalidad en lo referente al empleo y las condiciones socio-laborales. En cierto sentido, la UE ha mirado para otro lado por mantener al Reino Unido en el proyecto europeo y ha rebajado a 7 años esta condicionalidad, aunque el acuerdo parece ignorar que esa discriminación contraviene la Carta Europea de Derechos Fundamentales y que lo acordado esta semana en Bruselas deberá pasar aún el filtro del Parlamento Europeo y, en última instancia, el del Tribunal Europeo de Justicia, pues los europeos no queremos ser extranjeros en Europa.

Afortunadamente, Bruselas ha cerrado el paso a que el Reino Unido condicione también el desarrollo de la Unión Económica y Monetaria, lo que facilita una mayor integración de la eurozona. Y como he mantenido en los últimos años, podría permitir a la eurozona avanzar más rápidamente en procesos de integración política, fiscal y económica; es decir, el Brexit puede ser una oportunidad para abrir la puerta a una Europa de dos velocidades, donde los Estados euroconvencidos podrían acelerar el ritmo de integración.

Esto incidiría también en el fortalecimiento de las instituciones europeas y en la creación de otras nuevas y, lo más importante, se abandonaría el impasse permanente en el que ha estado inmersa la UE en los últimos años. Y permitiría superar el pesimismo y las dudas que han puesto de relieve que la vieja Europa tiene dificultades para renovarse y adaptarse a los nuevos tiempos. Desde esta perspectiva, Europa puede ganar el espacio perdido en la comunidad internacional, afrontar la globalización sin complejos y recuperar su papel de actor global.

David Cameron es consciente de que el estatus de Londres como principal centro financiero de Europa es inviable fuera de la UE. David Cameron ha forzado la máquina en un momento de debilidad político-institucional, pero es consciente de que el estatus de Londres como principal centro financiero de Europa es inviable fuera de la UE; sabe que el Reino Unido necesita 140.000 inmigrantes-año para mantener los costes de una población envejecida y que la salida causaría un gran impacto en la inversión y el comercio a ambos lados del Canal de la Mancha, así como asimetrías y tensiones en materia de política exterior y de defensa.

Con el Reino Unido en la UE y las perspectivas favorables de permanencia que apuntan los sondeos sobre el referéndum se clarificará un poco más el panorama europeo y podremos vivir en una Europa más articulada e integrada, y con mayor influencia en el mundo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 20.11.14
Las últimas semanas nos han traído noticias sobre el reconocimiento del Estado Palestino. Desde el anuncio formal de Suecia de su pleno reconocimiento hasta las decisiones de algunos parlamentos europeos de instar a sus gobiernos a ese paso, junto a las declaraciones de la Alta Representante de la UE, brindan posiciones y decisiones esperanzadoras en favor de una cuestión que debería haberse resuelto hace años.

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El Parlamento español votó este martes una resolución en este sentido, a propuesta del Grupo Socialista, que contó con el apoyo prácticamente unánime de la Cámara. No obstante, el reconocimiento del Estado Palestino no es algo nuevo y, por ello, la opinión pública española y europea deben recordar que, en mayo de 1999, Europa adoptó la Declaración de Berlín en la que se comprometió a reconocer el Estado Palestino en su momento.

Pues bien, parece que el momento ha llegado y que esta decisión política de gran trascendencia puede adoptarse en los próximos meses. Recuerdo que me correspondió negociarla como enviado de la Unión Europea para el Proceso de Paz en Oriente Medio y no puedo olvidar las dificultades y obstáculos con los que me encontré en aquel entonces; años en los que los Estados europeos sólo declararon su compromiso de reconocer un Estado Palestino sin fijar fecha límite y una decisión final.

Hoy las circunstancias han cambiado y merece la pena explicar por qué ha llegado ese momento, y por qué todos los actores implicados en el proceso deben acoger y defender esta decisión de forma favorable, como un paso esperanzador hacia la paz.

Pienso que hay que desmantelar los argumentos contrarios y defensivos que entorpecen el reconocimiento. Principalmente, Israel, apoyado por Estados Unidos y por algunos países europeos sumisos, reitera con firmeza, aunque sin razón, que el reconocimiento del Estado Palestino representa una acción unilateral que contraviene el espíritu y la letra de las negociaciones de paz.

Para estos interlocutores, el Estado Palestino sólo se creará y se reconocerá como resultado final de la negociación. Este razonamiento es inexacto tanto en el fondo como en la forma. Si todas las partes, incluidos Israel, Estados Unidos, la UE y el Consejo de Seguridad, han abogado por la solución de los dos Estados. ¿No fue unilateral la decisión inesperada y valiente, del 14 de mayo de 1948, del primer ministro israelí Ben-Gurión por la que se estableció el Estado de Israel y se solicitó su reconocimiento internacional? ¿Por qué esta decisión no fue unilateral y, en cambio, sí lo es el reconocimiento del Estado Palestino? ¿Por qué no votar y legitimar las aspiraciones de todo un pueblo otorgándoles sus derechos de estatalidad con sus respectivos deberes y obligaciones?

Por el contrario, pienso que la declaración del Estado Palestino puede ayudar a resolver las negociaciones pendientes en pie de igualdad. ¿Qué necesita el pueblo palestino para que se le reconozca su “estatalidad”? ¿No son suficientes los miles de documentos, resoluciones y declaraciones acumuladas en los archivos de Naciones Unidas y en todas las cancillerías del mundo para resolver definitivamente la causa palestina?

Aquellos que se oponen al reconocimiento arguyen la división entre Cisjordania y Gaza, y entienden que esta separación no garantiza la cohesión y la unidad palestina. ¿Pero no percibimos cómo el presidente Mahmund Abbás está haciendo todo lo posible por unificar y controlar todos los movimientos y fuerzas palestinos? ¿Por qué no ayudarle en esta tarea de trasfondo histórico?

Algunos afirman que si no existe una definición clara de fronteras no se puede reconocer un Estado. Pero, ¿es que el Estado Israel tiene una delimitación clara de fronteras? ¿Es que esa indefinición sobre su territorio le ha impedido el reconocimiento internacional?

Es cierto que los palestinos quieren garantías sobre cuáles serán sus fronteras definitivas y, por ello, ha presentado una resolución ante el Consejo de Seguridad en la que se ponga fecha final a la ocupación de los territorios ocupados en 1967, porque entiende que es un elemento complementario al proceso de reconocimiento del Estado Palestino.

No todas estas razones son suficientes porque hay muchas otras que también favorecen a Israel. Su Estado saldría ganando si reconoce a Palestina y si se fijan definitivamente sus fronteras. Esta negociación con Israel es la que se echa en falta en las resoluciones que se adoptaron en Londres o pueden tomarse en Madrid y París.

El reconocimiento del Estado Palestino puede constituir un instrumento diplomático esencial para desbloquear el dramático impasse. Hay que ofrecer a Israel lo que denomino proceso de doble reconocimiento. Europa, Estados Unidos e Israel deben reconocer al Estado Palestino y el mundo árabe el Estado de Israel.

Esta sería la propuesta diplomática para sentar a las partes a la mesa de negociación. Para ello, habría que resucitar la Iniciativa Árabe de Paz y promover una negociación seria durante los próximos meses, máximo un año.

Al término de ésta, bien se habría alcanzado la paz y se procedería al doble reconocimiento o, si fracasa, cada Estado tomaría libre y soberanamente la decisión de reconocer a un pueblo que lleva casi 100 años luchando por su dignidad histórica, y se establecería libremente un Estado Palestino y su reconocimiento internacional. Probablemente, la vía del reconocimiento conduzca a Israel y Palestina a la paz.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 5.11.14
Un año más, y con éste son 23 consecutivos, la Asamblea General de Naciones Unidas ha pedido a los Estados Unidos el fin del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto a Cuba. De los 193 Estados miembros de la Asamblea, 188 han apoyado la supresión del embargo, algo que está en línea con las opiniones que se extienden a lo largo y ancho de ese gran país, en el Estado de La Florida y también en Washington.

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Y así lo recoge la macroencuesta realizada por el Atlantic Council a principios de año, donde se aprecia un rechazo mayoritario al embargo más largo de la historia, que acumula no sólo sufrimiento entre la población cubana, sino también un coste económico superior al billón de euros.

Muchos son los medios de comunicación y las voces que se alzan en Estados Unidos contra el embargo a Cuba y ello obedece fundamentalmente a dos razones; la primera, la ineficacia del bloqueo, y la segunda, el perjuicio mutuo, pues no es sólo la Isla, sus autoridades y ciudadanos los que sufren sus efectos, sino también los norteamericanos.

Como ha reconocido en diversos foros, y en sus propias memorias, la antigua secretaria de Estado, Hillary Clinton, el embargo cubano es un escollo para el desarrollo y el crecimiento de las buenas relaciones político-diplomáticas del hemisferio americano, así como para los intercambios de todo tipo.

Es el momento de suprimir esta vieja figura de la política internacional y de iniciar una nueva era de colaboración entre Estados Unidos y Cuba. Sería muy recomendable que Washington siguiera los pasos de Bruselas y desmantelara el bloqueo; sería deseable que Estados Unidos cogiera la mano tendida y respetuosa que le ha ofrecido Cuba, y se iniciara una política de cooperación entre ambos Estados.

Como todos los países miembros de la comunidad internacional, Cuba y Estados Unidos se enfrentan a retos y desafíos que, como el cambio climático o la seguridad en todas sus dimensiones, requieren de colaboración y confianza mutua en un plano de soberanía e igualdad.

Estoy convencido que las sinergias entre ambos países serían muy variadas y creativas, pues tienen un gran potencial de desarrollo. La colaboración entre ambos Estados tendría repercusiones inmediatas en toda América Latina y en buena parte del mundo, pues la diplomacia sanitaria impulsada por La Habana tiene el reconocimiento de los organismos multilaterales y de muchos Estados miembros de la comunidad internacional.

La crisis del ébola así lo atestigua. Los beneficios que supone el envío de personal sanitario a Liberia, Sierra Leona y Guinea, no sólo incidirá en el control de la propagación del virus, sino también muestra a una Cuba humanitaria y solidaria que capta y suma voluntades en la comunidad internacional, como lo prueban las votaciones sobre el embargo de la Asamblea General de Naciones Unidas.

Desde 1963, la diplomacia de las batas blancas ha situado en América Latina y África a más de 130.000 profesionales cubanos que, al margen de las divisas que ingresan, prestigian a Cuba y muestran su solidaridad internacional a pesar del sufrimiento y las carestías que provoca el bloqueo.

Los sanitarios cubanos que combaten hoy el ébola en el Áfica Occidental trabajan con el ánimo de reducir las previsiones de la OMS que señalan que en dos meses habrá 10.000 infectados por semana. Ellos saben que la colaboración es la mejor arma para luchar contra el virus y para reducir las cifras de muertos.

Creo que el espíritu colaborativo impulsado por Cuba debe trasladarse, con el refrendo de la Asamblea General, a un escenario de diálogo con Estados Unidos, que toma conciencia de la ineficacia del embargo. De este modo, se podrá abrir el bloqueo y dar paso a la colaboración.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 16.10.14
Como todos los años, hace un mes Nueva York acogió el inicio del curso político internacional. Jefes de Estado y de gobierno, junto a ministros, diplomáticos y representantes de la sociedad civil se dieron cita en esta ciudad para confrontar ideas, proponer acciones y encauzar la gobernanza mundial.

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Este año la agenda se centró principalmente en la necesidad de la lucha contra el cambio climático, así como en la preparación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, como propuestas post-2015.

Sin embargo, junto a estos desafíos que merecen un tratamiento singularizado, las mayores inquietudes y preocupaciones se volcaron hacia Oriente Próximo; este Oriente desorientado y desgarrado que, año a año, se fragmenta y se divide cada vez más.

Paralelamente a la ebullición de citas y reuniones, las tranquilas salas del Metropolitan Museum acogieron una magnífica exposición titulada De Asiria a Iberia que, al margen de su interés científico y museístico, recordaba acertadamente los lazos históricos y culturales que esta región mantiene con el mundo occidental.

Sería recomendable que los responsables políticos y militares que se ocupan de esta región visiten la exposición del Metropolitan y extraigan las lecciones de este período, pues contribuye a comprender las profundas raíces y la interacción entre Oriente Próximo y los países del Mediterráneo. Ya que hablar de Mesopotamia, del actual Irak, es evocar nuestro más profundo legado histórico en el que la escritura, el estado, la diplomacia, la religión, el comercio…, en definitiva, el poder y los elementos básicos del orden público occidental, encuentran sus raíces.

Recordar a Ur, a Hammurabi, a los sumerios, Babel, Nabucodonosor o Babilonia, no debe ser algo extraño para un pensador o un político occidental y, sin embargo, esa Mesopotamia, como señaló el politólogo francés, Bruno Étienne, "fue arrasada" en 1992, con la primera intervención americana y, totalmente desvertebrada, a partir de la segunda Guerra del Golfo.

La intervención norteamericana en 2003 es, sin lugar a dudas, el máximo error estratégico de los últimos tiempos y, hasta la fecha, nadie ha asumido responsabilidad alguna. Paradójicamente, hemos asistido, con razón y justicia, a causas internacionales que han condenado a los responsables del conflicto de la extinta Yugoslavia, pero aún se está a la espera de la rendición de cuentas por la participación en un conflicto que abrió la Caja de Pandora en favor de la locura colectiva que estamos viviendo en los últimos años y en los últimos días en el mundo oriental.

De nuevo, Mesopotamia está en llamas y dividida, pero no entre dos ríos como explica su etimología, sino entre comunidades y grupos sectarios manipulados y dirigidos por intereses ajenos al bien general de un Irak próspero, moderno y unitario.

En Occidente se afirma que la coalición internacional, formada mayoritariamente por países occidentales con un apoyo tibio y contradictorio de algunos países árabes e islámicos, está en guerra contra el "Estado Islámico de Siria e Irak".

Tenemos un nuevo acrónimo en inglés, "ISIS", que no debe confundirnos con la diosa del Antiguo Egipto, y constituye el objetivo esencial de toda la nueva operación. Ante ésta, debemos preguntarnos: ¿estamos en realidad frente a un verdadero Estado? ¿Posee ISIS fronteras definidas? ¿Cuál es su verdadera población? ¿Cuál es su proyecto político y de convivencia?

Todas estas cuestiones no tienen respuestas claras. Sin embargo, de manera involuntaria, Occidente le otorga una legitimidad política que no merece, pero que persiguen estos fanáticos. Vivimos momentos de confusión.

En estos años hemos pasado de apelar a la lucha contra el "integrismo islámico", al combate contra el "fundamentalismo islámico", para seguir con la lucha contra el "islamismo radical" y contra al-Qaeda, demonizar el yihadismo, apoyar a los Hermanos Musulmanes, hasta llegar a la confrontación bélica contra el ISIS o, en su última denominación, DAESH; un acrónimo en árabe del Estado Islámico de Irak y Siria (Al dawla al islamiya fil Iraq wal Sham) que se asemeja fonéticamente a un término cuyo significado es "pisoteado" o "aplastado", que utilizan despectivamente los rebeldes sirios y algún que otro jefe de Estado.

Todos estos "ismos" han cambiado en los últimos 20 años y el imaginario occidental los ha sustituido, uno tras otro, en función de la crisis o el conflicto. En su gran mayoría son denominaciones occidentales y reflejan inadecuadamente las construcciones de grupos musulmanes de fanáticos y asesinos.

Lo mismo sucede con los supuestos líderes de estos movimientos. Pensamos que con la muerte o desaparición de Osama bin Laden, el Satán de los satanes, esta amenaza había desaparecido y, sin embargo, hoy asistimos perplejos a la ampliación de la lista de líderes intolerantes que quieren "destruir" Occidente.

En este sentido, el pensamiento de Eduard Saïd recobra actualidad, pues se puede constatar que de nuevo Occidente reinventa su "orientalismo", y quiere dibujar a su imagen y semejanza una región con la que mantiene una involucración profunda, pero a la que debe respetar y permitir que proyecte por sí misma su futuro.

Nadie puede justificar o defender las atrocidades de estos extremistas, pero ¿puede la comunidad internacional desarmar política e ideológicamente a estos grupos radicales y violentos? Ellos buscan crear terror y desolación, y polarizar la difícil relación entre el mundo arabo-musulmán y el mundo occidental. ¿Tenemos que hacerles el juego o debemos buscar nuestra propia agenda para desactivar la auto anunciada profecía del choque de civilizaciones?

La primera cuestión es si lograremos erradicar la amenaza con intervenciones militares. La respuesta es compleja, pues en algunos casos las intervenciones son necesarias e incluso pueden ser efectivas para detener una desestabilización general.

En todo caso, para tener una legitimidad plena y contar con el apoyo firme de la comunidad internacional es necesario el respeto a la legalidad internacional y contar con una resolución del Consejo de Seguridad.

Analistas, expertos, diplomáticos y políticos coincidimos en que la solución militar en esta confrontación ideológico-civilizacional está llamada al fracaso y al sufrimiento. Por ello, es necesario y urgente proponer una estrategia política integral y constituir una verdadera coalición política, que no militar, con todos los países y actores relevantes de la región.

Hoy Oriente Próximo vive de nuevo una profunda recomposición, cien años después del Acuerdo de Sykes-Picot y de la Declaración Balfour, nos enfrentamos a un profundo cambio de equilibrios y de relaciones de fuerza.

El problema es que nadie ha imaginado, ni se ha preocupado, en pensar qué ocurrirá el día después de la destrucción, división y fragmentación de esos territorios. Parece que no se poseen el coraje y la valentía necesarios para proponer soluciones políticas a estas crisis.

Somos conscientes y sabemos que sin resolver el conflicto israelo-palestino, y sin hacer realidad la solución de los dos Estados la inestabilidad, el sentimientos de injusticia perdurará en la región. Sería una paradoja que el Estado 194 de Naciones Unidas fuera el Kurdistán y no Palestina.

La noticia de que Suecia, país europeo influyente en la esfera internacional, haya tomado la decisión de reconocer el Estado Palestino debería movilizar a la UE en la defensa y reafirmación del proceso del doble reconocimiento de la comunidad internacional de Israel y Palestina.

Además, junto al problema específico israelo-palestino, la región necesita dotarse de un sistema de seguridad colectiva en el que todos los estados asuman su compromiso y responsabilidad con el mantenimiento de la paz y el desarrollo sostenible de la región.

Probablemente, nos acerquemos a momentos en los que hay que redefinir y ajustar fronteras, así como fijar mecanismos de cooperación y solidaridad. Para ello, parece urgente que la política y la diplomacia internacionales comiencen a estudiar y a proponer iniciativas que podrían encontrar inspiración en el modelo europeo de Helsinki; donde aliados y enemigos se tendieron la mano y establecieron normas y compromisos para garantizar la paz y la convivencia mutua.

No basta con las intervenciones militares y los acuerdos diplomáticos para reconciliar a estos mundos. Es necesario, sobre todo, avanzar con propuestas similares a la Alianza de Civilizaciones.

Llama la atención el clamoroso silencio de Naciones Unidas y la infrautilización de sus instrumentos y plataformas. Sin caer en la ingenuidad, pues la Alianza de Civilizaciones no habría evitado los escenarios desgarradores y los degollamientos públicos y publicitados de ciudadanos inocentes, hubiera sido más que oportuno escuchar su voz denunciando y proponiendo movilizaciones solidarias de ciudadanos de diversas creencias, en favor de la paz y la convivencia.

La Alianza de Civilizaciones puede y debe hacer mucho más en este sentido, y tiene en estos momentos una gran responsabilidad de acompañamiento de todos los procesos de reconciliación.

Los líderes de opinión y muchos medios informativos nos hacen creer que nuestros dirigentes son valientes porque deciden ir a la guerra; valentía que se difumina y desaparece a la hora de proponer iniciativas de paz. Y, por ahora, todo indica que la cobardía de hacer la paz es mayor que la valentía de hacer la guerra.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 18.7.14
Los últimos acontecimientos en Gaza me devuelven la crueldad y el sufrimiento de una región a la que he dedicado muchos de mis esfuerzos profesionales y personales que, desgraciadamente, no logra poner punto final a más de 64 años de conflicto.

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Del lado palestino son ya más de doscientas personas las fallecidas en la última semana que, junto a edificios destruidos, se instala la desesperación de una población que duerme desamparada cada noche por los bombardeos y sin saber si al día siguiente alguno de ellos o de su entorno habrá desparecido. Del lado israelí, las sirenas de Tel Aviv, que no habían sonado desde la guerra de Irak, contaminan ahora la noche de las familias con temor e incertidumbre.

No quiero indagar aquí el origen o el por qué de esta nueva crisis, si bien nadie puede negar a Israel su derecho a una legítima defensa, aunque esta debe ser proporcionada. Todo el mundo ha condenado el rapto y la ejecución de los tres jóvenes israelíes, al que me he sumado personalmente. Y todos hemos condenado también el horrible asesinato de un joven palestino muerto por la sinrazón y a manos de la venganza de radicales y fanáticos judíos.

Ante esta situación, nos embarga la vergüenza ética y política al asistir impotentes a un despliegue de violencia que parece no detenerse y nos retrotrae a los episodios más dramáticos y tristes de la región.

Esta situación vuelve a mostrar la ausencia de coraje y valentía políticos de la comunidad internacional que está cada día más «cansada» de un conflicto que dura casi 100 años y que parece no tener vías de solución.

Salvo el oportuno y valiente gesto del Papa Francisco, los principales actores internacionales, al parecer, han "tirado la toalla" y no alcanzan una salida definitiva. La Administración norteamericana y el presidente Obama han reaccionado y han lanzado la voz de alarma en la comunidad internacional, mientras tratan de buscar un acuerdo similar al de 2012, junto a Egipto y Catar.

En este escenario, ¿dónde está Europa? ¿Qué hace o dicen los líderes europeos? Hemos leído fuera de las portadas de los rotativos y de los diarios digitales que Europa ha hecho tímidos llamamientos a la contención de las partes. Pero, ¿dónde están las diplomacias europea y española? ¿Qué catástrofe tiene que producirse para que nos movilicemos?

Creo que no debemos esperar ni un momento más a que la trayectoria de un misil produzca una tragedia mayor para que nos saque del letargo. Tenemos que reflexionar y actuar rápidamente para que Gaza no sea condenada a la indignidad de la muerte y el sufrimiento, y las familias judías al temor y la violencia. Hay que actuar con celeridad y movilizar de inmediato a la opinión pública internacional, aparentemente narcotizada por el mundial de fútbol o las vacaciones estivales.

La solución pasa también porque Europa asuma su responsabilidad y proponga un plan de paz que, en mi opinión, debe contener el doble reconocimiento de los Estados de Israel y Palestina, tanto por la comunidad internacional como por todos los Estados miembros de la Unión Europea. Y encauzar las negociaciones de paz para hacer realidad la solución de los dos Estados en convivencia pacífica y segura.

Se trata de movilizar a los principales países europeos para aplicar de forma inmediata la Iniciativa Árabe de Paz aunque, previamente, y de manera urgente, hay que forzar un alto el fuego inmediato y retomar a las negociaciones que, lideradas por Estados Unidos, fracasaron el pasado mes de abril.

Europa está obligada a enviar un mensaje claro a las partes y fijar un calendario hasta finales de año para que estas propuestas puedan dar sus frutos. De no ser así, Europa debe replantearse una revisión total de su política exterior hacia la región y proponer medidas más contundentes para romper el estancamiento del conflicto. ¿A qué esperamos?

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 25.6.14
No es la primera vez que la socialdemocracia en general, y el PSOE en particular, “se enfrentan a momentos difíciles”. Si se leen los editoriales, las informaciones y los comentarios de las últimas semanas parece que el futuro del partido atraviesa uno de sus peores momentos.

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Es cierto que los dos últimos años han sido uno de los períodos más negativos de la larga vida de nuestra organización. Muchos, casi la mitad de los militantes, intuimos que el partido necesitaba un cambio profundo y renovar personas, contenidos y formas.

Lo que hubiera podido ser un nuevo renacer se convirtió en una victoria pírrica en el Congreso fallido de Sevilla. La nueva dirección no integró las voces de aquellos que no compartían plenamente sus ideas, tácticas y estrategias, y no ha sabido cohesionar las distintas sensibilidades del PSOE.

Los resultados han sido nefastos, derrota tras derrota electoral hasta llegar a estas últimas elecciones europeas en las que la desafección ha alcanzado un máximo histórico. Salvamos los dos dígitos porcentuales por los pelos pero la tendencia es inapelable: o cambiamos o desaparecemos.

Ante esta tesitura, el aparato y la militancia están reaccionando de manera distinta. Algunos, los que no desean ver un partido renovado e ilusionante, actúan con prácticas anticuadas y con predicciones apocalípticas y mensajes repletos de escepticismo, confusión y contradicciones para así trasladar un sentimiento de nostalgia: “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Otros desean el cambio pero no se sienten con suficientes fuerzas para desembarazarse de compromisos y pactos del pasado, y temen proponer soluciones innovadoras ante los nuevos y profundos retos que nos acucian.

Otros, bien intencionados, carecen de la convicción para movilizar a la mayoría de los militantes con propuestas de cambio. No obstante, todos ellos aún no han presentado lo que, a mi modo de ver, es lo más importante: un nuevo relato del socialismo del siglo XXI con un programa detallado y que ilusione y gane la confianza de una sociedad que, como la española, está decepcionada y desorientada con un partido cuyas siglas se han deteriorado en el transcurso de los últimos años, así como sus principales señas de identidad. Y lo que es aún más importante, ha socavado su capacidad de presentar proyectos innovadores y adelantarse al futuro.

No es de recibo justificar el desapego de la sociedad hacia los socialistas excusándose esencialmente en la gravedad y envergadura de la crisis económica e institucional. No pueden justificarse los malos resultados si, por una parte, proclamamos y defendemos nuestro ideario tradicional y, por otra, practicamos un pragmatismo neoliberal. No se puede ignorar la confusión que genera cuando, de una parte, acudimos a la crítica recurrente al Gobierno y, de otra, negociamos en secreto un gran pacto PP-PSOE.

Nuestro electorado quiere saber si en verdad tenemos un modelo alternativo, si podemos defender y aplicar políticas de igualdad; si queremos y luchamos por consolidar y hacer avanzar el Estado del Bienestar; si nuestro modelo fiscal es justo, moderno y eficaz; si nuestra capacidad de crear riqueza tendrá un reflejo redistributivo y un mayor compromiso social; si nuestra política de inmigración será represiva y de seguridad o, por el contrario, buscará alternativas en la acción exterior y la cooperación.

La ciudadanía quiere conocer si nuestro modelo de Estado es realmente federal y si lo proponemos con firmeza y convicción y no con “cuchicheos”; si podemos ser un país influyente en Europa y no aceptaremos las imposiciones en contra de los intereses de la mayoría; o si tenemos o no una nueva visión de la organización de los partidos políticos y de cómo atraer y convencer a los militantes y simpatizantes para que se adhieran al empeño y el trabajo colectivo de la reconstrucción del país.

Todas estas cuestiones, y otras muchas, merecerían más tiempo y más espacio para ser tratadas en profundidad y, sin duda alguna, deberán formar parte de ese nuevo relato que tiene que ser discutido y propuesto por la militancia, con mayor participación y transparencia, y sin las trabas orgánicas de la última conferencia política donde se cercenaron las voces disonantes.

Todos los candidatos que hasta ahora han expresado su deseo de dirigir el PSOE tienen la capacidad y el liderazgo para hacerlo, pero ninguno podrá impulsar una verdadera renovación si no logra unir y cohesionar un equipo y diseñar un programa con las aportaciones de todos.

Hoy vivimos en una sociedad compleja e incierta y para responder a sus retos necesitamos de liderazgo, comprensión y ayuda de todos. No podemos cometer de nuevo el error del Congreso de Sevilla. No necesitamos más transiciones. “El PSOE debe resurgir con fuerza escuchando el mensaje de los ciudadanos”, como afirma la secretaria general del PSOE de Andalucía, Susana Díaz, pues nos encontramos en una encrucijada.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 12.6.14
Aunque soy muy consciente de que el tópico es un lugar común y, por ello, en muchas ocasiones pierde significado, pero no por muy repetido que éste sea deja de ser cierto: el mejor embajador de España ha sido el Rey Juan Carlos I. Desde su posición de jefe del Estado, y con gran intuición, destreza y habilidades de buen negociador, consiguió desmantelar el aislamiento al que España fue sometida durante décadas.

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En el ámbito exterior, Don Juan Carlos ha representado con prudencia y acierto al Estado, así como las aspiraciones europeístas y de internacionalización de la sociedad y la política españolas. Su respaldo fue fundamental para acelerar nuestro ingreso en Europa y para relanzar las relaciones con Latinoamérica, Estados Unidos, el mundo árabe o el Mediterráneo.

De él partieron iniciativas para el acercamiento a organismos multilaterales, regionales y Estados. Su conocimiento de la política exterior y la diplomacia, y su carácter abierto, le han sido de gran utilidad a nuestra democracia a lo largo del reinado.

Así pues, podemos destacar su papel en la puesta en escena de nuestro país en el año 1992, fecha en la que tanto en los Juegos Olímpicos de Barcelona como en la Exposición Universal de Sevilla la Corona tuvo una gran implicación en la visibilidad exterior de una España moderna, con imaginación e impulso suficientes para ocupar el lugar que le correspondía en el mundo.

Su papel fue decisivo también en la Conferencia de Paz de Madrid y, tres años más tarde, en la convocatoria de la Cumbre Euro-mediterránea de Barcelona y en su décimo aniversario.

Don Juan Carlos ha sido un Rey profundamente latinoamericano, pues sin su compromiso inquebrantable con esta comunidad de naciones difícilmente se hubiera organizado el sistema de cumbres y la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB).

Su empeño ha servido para que la narrativa española y europea sobre Latinoamérica haya evolucionado. Hoy los Estados latinoamericanos presentan perfiles propios y no se enfocan desde una perspectiva monolítica, por ello, se ha implicado en el desarrollo de sus organismos y asociaciones regionales.

El Rey ha sido siempre cuidadoso con las decisiones políticas y ha asumido su papel constitucional con rigor. Esta práctica se corresponde con los recuerdos que conservo de él después de multitud de viajes, reuniones de trabajo, audiencias y entrevistas.

Siempre ha estado a disposición de los gobiernos y al servicio del país y de la sociedad española. Con diligencia ha efectuado viajes que han ampliado los horizontes de nuestras relaciones políticas y diplomáticas.

A lo largo de mis cerca de siete años de mandato al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, tanto él como la Reina colaboraron activamente en nuestra apertura exterior, así como a trasladar la solidaridad de los españoles a aquellos países azotados por el hambre, el subdesarrollo o las catástrofes naturales.

El respaldo de los Reyes a la política africana fue fundamental para que España fuera ubicada en el mapa y considerada por los Estados del África austral y occidental, y su trabajo nos permitió tener unas relaciones más extensas e intensas con estos países.

Afortunadamente, Don Juan Carlos ha ido siempre más allá de la diplomacia económica en el ejercicio de la Jefatura del Estado y se ha involucrado en abrir las barreras a nuestro idioma y cultura, y también a la solidaridad de los españoles.

Su cercanía ha posibilitado que llegue el calor y el afecto de la ciudadanía española a sociedades empobrecidas. Doña Sofía ha sido punta de lanza de la cooperación española y los Príncipes de Asturias nos han aproximado aún más a la comunidad internacional.

La Corona ha sido fundamental para estructurar la red de diplomacia pública española y siempre ha acompañado la puesta en marcha de nuevos centros del Instituto Cervantes en el mundo, así como la creación de las casas África, Árabe, Sefarad-Israel y Mediterráneo o la puesta en marcha de la Fundación ONUART que posibilitó la realización de la cúpula de Barceló en el Palacio de las Naciones de Ginebra, por citar sólo algunos ejemplos.

Son muchas y conocidas las anécdotas protagonizadas por Don Juan Carlos aunque yo conservo con especial recuerdo el almuerzo con el presidente Obama y la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile, donde se produjo el encontronazo con el fallecido presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

En la Casa Blanca, el Rey demostró sus capacidades políticas y sociales, así como su gran conocimiento de la política internacional. El presidente Obama quedó gratamente impresionado por su personalidad y su claridad de ideas pues, al margen de las relaciones bilaterales, Latinoamérica y, especialmente, Cuba ocuparon un lugar preferente en este almuerzo que actualizó y dinamizó nuestra interlocución con Estados Unidos.

En cuanto a las diferencias con el presidente Chávez, sólo recordar cómo Su Majestad recompuso con serenidad y humor sus relaciones personales con el mandatario venezolano en Marivent, donde éste último le regaló una camiseta con la conocida frase “por qué no te callas” para después indicarle que a él se la había regalado el presidente Bush.

Recuerdo aún mi última reunión con él siendo ministro. Le informé del acuerdo suscrito para el establecimiento de relaciones diplomáticas con Bután, con lo que se culminaba la apertura de España a todos los países representados en Naciones Unidas.

El Rey se encontró con una España aislada y en su reinado nos hemos integrado plenamente en la Unión Europea, en tres ocasiones hemos sido miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se han presidido otras tantas el Consejo Europeo y se han obtenido las presidencias del Consejo de Europa y de la OSCE, al tiempo que hoy formamos parte del G-20.

El Rey ha decidido abdicar y dar paso a una nueva generación para que sea ahora la protagonista de la Historia, y los que colaboramos con él con entusiasmo lo haremos también con los Príncipes de Asturias, lo que realzará aún más su figura y su voluntad de acuerdo, así como los valores de compromiso con los intereses generales de España de los que ha sido su mejor embajador en esta etapa democrática.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 29.5.14
En los últimos años hemos escuchado y repetido en muchos foros y en muy distintos lugares que la Unión Europea atraviesa un impasse (Tratado Constitucional), o que vive un período de ensimismamiento (Tratado de Lisboa y crisis económica y financiera). Curiosamente, el modelo más desarrollado para afrontar los desafíos de la globalización vuelve a cuestionarse nuevamente el quiénes somos y dónde vamos…

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Quizá, porque los conservadores enfocan Europa desde el prisma exclusivo de la paz y el mercado y, por el contrario, los progresistas lo hacemos desde el estilo de vida: el bienestar; unos y otros estamos de acuerdo en que Europa sigue siendo un proyecto necesario y atractivo, aunque las diferencias, la profundidad de la crisis, los dogmatismos económicos, políticos y burocráticos, y el incumplimiento de los Tratados y los equilibrios y dejaciones del ejecutivo europeo, están en la raíz de la desafección y en la reedición de nacionalismos y post-fascismos.

No resulta coherente que la Europa nacida del Plan Marshall y de la CECA, la segunda economía del mundo, no sea capaz de avanzar en el proyecto político-institucional más interesante y complejo de la modernidad, y que no pueda desembarazarse de las tutelas psicológicas que dificultan su construcción y un liderazgo en la escena internacional.

Europa es mucho más que un modelo de éxito y, desde el punto de vista político, no puede permitirse la inmadurez en cuestiones políticas e institucionales. Debe seguir creciendo.

A pesar de que pudiéramos preguntarnos si la UE sufre el síndrome de Peter Pan, considero que probablemente el trastorno es sólo apariencia, pues la Unión Europea parece que se ha quedado sin ideas (abstractas y concretas), pero no es cierto.

Tanto el colegio de Comisarios como las nuevas instituciones emanadas del Tratado de Lisboa no han tenido, o no han querido, tener otras visiones de Europa y han ignorado su espíritu fundacional. Se han enredado en cuestiones técnico-burocráticas, mientras se han deteriorado nuestras democracias y la calidad de vida de muchos europeos, y no sólo del sur.

Europa puede avanzar hacia una mayor integración política, social y económica y, además, es la mejor solución para posicionarnos en una globalización que podemos y debemos moldear para que no destruyan nuestros derechos políticos, sociales y económicos, y favorezca sinergias para el desarrollo de una gobernanza global, que vaya más allá de los intereses meramente económicos.

¿Por qué no elevamos las aportaciones del 1 por ciento del PIB de los Estados a la UE? ¿Por qué las medidas en los ámbitos financiero y monetario se aprueban para luego prorrogarlas? ¿Por qué no nos dotamos de una agencia de calificación y de un Banco Central que incida en el empleo más allá del control de la inflación?

¿Por qué no hay un criterio armonizador de política fiscal en la zona euro y de normativa laboral? ¿Por qué no aceleramos nuestras inversiones en investigación, desarrollo e innovación? ¿Por qué se antepone la seguridad a la cooperación en materia migratoria? ¿Por qué no desarrollamos un esquema netamente europeo en materia de seguridad y política exterior?

Éstas y muchas otras cuestiones apremiantes han quedado en el aire de una campaña diseñada más para criticar las coyunturas nacionales que para informar a la ciudadanía europea, que percibe a la UE como una abstracción de donde comienzan a llegar malas noticias y actuaciones de escaso fundamento democrático.

La desafección (abstención) política no puede atribuírsele a la inmadurez de la sociedad europea, sino al aparente síndrome de Peter Pan que presentan algunos líderes políticos nacionales y europeos, que aún mantienen principios económicos y políticas fracasadas para defender intereses que desenfocan y licuan el futuro europeo.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS
  • 8.5.14
Hace unas semanas se produjo un típico episodio de las siempre turbulentas relaciones hispanoguineanas. Para cualquier observador ajeno, lo sucedido no tiene explicación lógica. El presidente de la excolonia española en África viaja a nuestro país como único jefe de Estado extranjero para rendir homenaje a uno de nuestros más admirados y respetados políticos: el presidente Adolfo Suárez.

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Venía para agradecer la cooperación española en favor de su país, a pesar de que nuestros dirigentes de aquellos tiempos le negaron la seguridad (la Guardia Civil) y el apoyo económico-financiero (la introducción de la peseta como moneda ecuatoguineana).

El presidente se limitó a acudir al funeral, mostró su afecto y respeto, y no pronunció declaración alguna sobre España o los españoles. Al margen de los saludos protocolarios en la catedral madrileña, nadie lo recibió oficialmente, aunque sí recibió descalificaciones personales y duras críticas por su presencia.

Al día siguiente, cuando en la sede del Instituto Cervantes de Bruselas defendió la lengua y la cultura españolas como señas de identidad de su país, al subrayar las raíces hispánicas de Guinea como referente único dentro del continente africano, todas las críticas se centraron en la alusión a una eventual intervención del Rey en la promoción del acto.

A partir de esa mención inexacta, se desató todo un vendaval de críticas, de comunicados y contra-comunicados. El encuentro o no-encuentro, la cena o no-cena con ocasión de la cumbre UE-África concluyeron sin que hubiese una reunión formal entre el presidente del Gobierno español y el presidente Obiang; en definitiva, la “esquizofrenia hispano-guineana” se apoderó de nuevo de nuestras relaciones.

No es la primera vez que ocurre. Hace sólo unos meses, la simple presencia de “La Roja” en Malabo destapó todo un aluvión de críticas. Nadie en aquel momento tuvo el valor de decir lo más sencillo: la verdad. Y la verdad es que la Selección Española visitaba su segunda patria lingüística y cultural, y que los ecuatoguineanos la sienten como propia, la siguen y se alegran con “La Roja”, y querían ver de cerca a sus “héroes”. España había ganado la Copa del Mundo en África y Guinea Ecuatorial quería compartir y sumarse a esa alegría.

¿Y por qué toda esta “esquizofrenia”? Muchos dirán que toda la culpa recae en el presidente Obiang y su Gobierno, que Guinea no merece ser visitada, que su régimen debe ser aislado de visitas de mandatarios y políticos españoles, así como que los dirigentes ecuatoguineanos tampoco sean bienvenidos a nuestro país.

Esta es la opinión más extendida en el ámbito político y mediático español desde hace varias décadas, y parece que la “esquizofrenia” mutua hace imposible transformar esa percepción que no permite diferenciar entre lo real y lo irreal, pensar de manera clara, tener respuestas emocionales adecuadas o actuar dentro de la normalidad en escenarios políticos y sociales.

Sin embargo, muchos conocen cuál fue mi compromiso de revisión y modificación de las relaciones hispano-guineanas en mi mandato como ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación. En todo momento intenté cambiar esa deriva esquizoide a través del diálogo, el respeto y el conocimiento mutuo.

Y aún trato de hacerlo hoy, pues creo que España y los españoles cometeríamos un gravísimo error histórico si abandonamos Guinea, la ignoramos o la despreciamos. España no puede cometer nuevamente un error similar al de Filipinas, donde nuestra lengua y cultura luchan en los últimos años por salir de las “catacumbas” y esquivar la apisonadora de la lengua y el mundo anglosajón.

Con Guinea se trataría de conocer sus últimos cambios, reformas, contradicciones y dificultades. Corresponde a los guineanos, y sólo a ellos, decidir su futuro… Y a nosotros, los españoles, acompañarles en el empeño.

Soy el primero en solicitar avances al presidente Obiang en lo político y en lo social, pero siempre en un marco de respeto y de diálogo constructivo. Lo que sí puedo afirmar hoy es que el presidente Obiang es el primer defensor en su país de las relaciones hispano-guineanas y de las señas de identidad de la lengua y la cultura españolas.

No sé qué puede ocurrir en este sentido con sus sucesores y con las nuevas generaciones de guineanos. Mi sugerencia es que muchos españoles y analistas políticos visiten este país libremente, conozcan los avances sociales y los cambios económicos que se han producido en los últimos años y, al mismo tiempo, asuman la responsabilidad y el legado históricos que España debe mantener con esta nación africana.

La “esquizofrenia hispano-guineana” no colabora ni mejora la situación interna de Guinea en relación con España. Se habla mucho de una política de Estado para las relaciones exteriores, donde los intereses a corto, medio y largo plazo deberían obligar a todos los actores políticos españoles a trabajar por una relación estable y próspera con Guinea Ecuatorial.

Los políticos debemos asumirla y no sucumbir, como casi siempre, a las voces alimentadas por ese “síndrome esquizofrénico” de algunos sectores que parecen no desear que cambien las cosas para bien de guineanos y españoles. A todos ellos les pediría que leyesen los telegramas del embajador de Estados Unidos en Malabo desvelados por Wikileaks y vean cómo otros se felicitan por la “esquizofrenia hispano-guineana”.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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