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  • 2.4.17
Recientemente he recibido un artículo de un buen amigo, Antonio Telo, residente en Cataluña, y que, al igual que yo, nació en el pueblo extremeño de Alburquerque. El artículo llevaba por título Lo hermoso. Todavía no ha sido publicado y la razón de hacérmelo llegar era conocer mi opinión acerca del mismo, pues era la primera vez que penetraba en esta temática, con distintas reflexiones, en las que incluía la personal sobre un pasaje de su vida.



Debo decir que, como arquitecto y profesor de educación artística en la Universidad de Córdoba, de un modo u otro me enfrento de modo habitual, tanto en mi trabajo como persona, a la idea de la belleza, de lo bello o de lo hermoso, tal como titulaba este amigo su artículo.

En cierta forma, y dentro de algunas de las series de los artículos que escribo -arquitectura, arte y mitología, arte y horror- necesariamente tiene que aparecer de fondo el concepto de belleza, porque es algo fundamental en estas temáticas.

Pero en esta ocasión quisiera basarme en algunas de las ideas que expone en su artículo para escribir sucintamente algunas reflexiones sobre un concepto del que no se suele hablar de forma directa, pero que impregna nuestra vida y emociones.

“Hoy ya nadie duda”, apunta Antonio, “que las mujeres, y también los hombres, durante nuestra larga o corta vida, tenemos tendencia a ir siempre buscando la belleza por encima de todo y en todas nuestras manifestaciones. Quizás, algunas veces, ni siquiera sabemos qué queremos decir con ello y tampoco dónde se puede encontrar; pero esa búsqueda siempre está de forma permanente y vigente en nuestro pensamiento…”.

“…Puede que lo que buscamos sea algo que nos dé alguna sensación de bienestar, a ser posible placentero, y un estado de ánimo que muchas veces no encontramos por no estar de acuerdo con nosotros mismos”.

Cierto que lo bello es algo que está ligado a sentimientos placenteros: la alegría de vivir, el disfrute de lo que nos rodea, las emociones que nos dispensan momentos gratos compartidos, la paz interior, la admiración del esplendor de la naturaleza o de las obras que los grandes creadores han generado.

Sobre esto último, podría rastrear en el amplio abaníco de imágenes que diferentes artistas han plasmado y en las sensaciones que se transmiten o nacen internamente a partir de la contemplación tranquila de sus obras. Como posible ejemplo de lo que hablamos traería a colación el cuadro titulado El látigo del pintor estadounidense Winslow Homer (1836-1910) y que realizara en el año 1872.



En esta obra, Winslow Homer se convierte en el cronista de la gente que vive en los pueblos ubicados en las agrestes montañas de ese extenso país, de modo que expresa pictóricamente la estrecha relación que existe entre el paisaje y sus habitantes. Así, un grupo de muchachos disfruta con uno de los juegos tradicionales más antiguos de la humanidad: los colectivos de niños al aire libre.

El lienzo, con alto nivel de realismo naturalista, festeja el mundo de un grupo de adolescentes que, descalzos, juegan girando, como si formaran un látigo, a partir del más fuerte que es sostenido por otro para evitar caerse. Entendemos que ellos no son conscientes de la belleza de la que participan, que no saben que les rodea una naturaleza en plenitud y esplendor, porque la viven disfrutándola de modo alegre y despreocupado.

Pero los tiempos cambian. Los juegos y las relaciones también. Hoy, la sociedad contemporánea, muy marcada por los medios de comunicación y el omnipresente consumo, fomenta un concepto de belleza ligado a la idea de ‘eterna juventud’, ficción que se nos dice que es posible alcanzar teniendo un alto nivel adquisitivo para poder comprar, por ejemplo, cremas anti-edad que supuestamente te mantendrán en esa feliz etapa de la vida.

Así, nos dice Antonio, “en los tiempos que corren, los medios de comunicación -también el cine y el mundo de la moda- crean unos modelos de belleza casi imposibles de igualar. No lo digo solo por las formas, ya que cada época tiene sus iconos, sino porque la ‘guapura’ (llamémosle así) desea permanecer a través del tiempo por medio de las operaciones de estética, simulando una juventud gracias a la piel estirada con la que se pretende una eterna primavera”.

Además, “la vigencia de los nuevos modelos es efímera, a pesar de la insistencia por parte de las modas actuales de obtener, en el ámbito masculino, unos cuerpos musculosos a fuerza de muchas horas en el gimnasio. Y también con la inestimable ayuda del bisturí, que, por un periodo muy limitado, borra las huellas del tiempo pasado…”.

“… Pero no se dan cuenta que llegan a ser sucedáneos de esa belleza y hermosura que desean alcanzar y mantener a toda costa… Quizá, por eso, todo lo que entraña algo de misterio siempre puede resultar atractivo”.

La belleza y lo bello centrado casi exclusivamente en la superficie, en la piel, en lo externo y en la negación del paso del tiempo, se ha convertido en una verdadera obsesión. Decía Carlos Castilla del Pino que “hay bellezas de fuera y de dentro. Las de dentro acaban por emerger y embellecer lo de fuera; y además persisten. Las de fuera, como no son nada, son perecederas”.

En este sentido, Antonio Telo comenta: “La belleza no necesita que la conserven porque no envejece y, mucho menos, muere, dado que siempre la tenemos en nuestros propios recuerdos”. Por otro lado se pregunta:

“¿Qué es lo hermoso? Creo que nadie sabe expresarlo exactamente cuando se ve a una pareja joven con su retoño en un parque jugando todos juntos, o bien una persona que vive ya el otoño de su vida tomando el sol sentado en un banco sin esperar nada más, o la juventud deteniéndose ante el tiempo, como si este no fuese con ellos… Quizás se encuentre en nuestro interior, puesto que, incluso, tenemos tendencia de engendrar belleza al borde del gran naufragio de la vejez…”.

“…Esos sueños maravillosos de belleza nos persiguen como la sombra sigue al cuerpo, para después desvanecerse como se desvanecen todas las sombras. Sin pensar que la sabiduría es el arte de vivir cerca de las cosas hermosas”.

Reflexionando sobre estas últimas consideraciones, me viene a la mente una imagen que ejemplifica de un modo potente esa búsqueda de la belleza, independientemente de la edad que se tenga (o mejor, cuando se ha cubierto un largo tramo de la vida). Me refiero al lienzo que plasmara el pintor del romanticismo alemán Caspar David Friedrich, y que lleva por título Caminante sobre un mar de niebla.



El propio título del cuadro de Friedrich ya nos sitúa ante el hombre en busca del sentido de la belleza, de lo hermoso, por medio de la naturaleza que le rodea. El protagonista de la escena, del que nunca podremos imaginar su edad ya que se encuentra de espaldas al espectador, lo que nos lleva a pensar que en cualquiera de ellas se sigue en ese búsqueda inagotable del placer de contemplar y vivir la belleza que colma nuestro deseo de plenitud.

Así, cuando tras un largo caminar hemos llegado a la cima, desde la cumbre divisamos arrobados la majestuosidad del entorno natural que nos conmueve. De igual modo, cuando se mira desde lo alto de los muchos años vividos, contemplamos el paisaje de la propia vida como un territorio poblado de múltiples escenarios en los que se han desarrollado relatos de los que hemos sido protagonistas o hemos participado en ellos.

Y como el caminante que descubre absorto la inmensidad del paisaje que aparece ante sus ojos, buscamos dentro de nosotros los más bellos recuerdos, rastreamos hasta actualizar aquellos instantes que sirven para iluminar el camino que hemos recorrido, pues, iniquívocamente, los asociamos a esos momentos plenos vividos en los que la belleza y la felicidad se confundían.

AURELIANO SÁINZ

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