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  • 5.6.17
La seguridad personal o colectiva nunca ha estado más expuesta al riesgo que en la actualidad. Los cacos y las bandas criminales de variada tendencia pueden acceder a nuestros hogares y desvalijar nuestras pertenencias con suma facilidad por muchas puertas blindadas o alarmas de seguridad que tengamos instaladas.



Si no lo han hecho ya, si no han invadido nuestras casas, no es por las dificultades que podamos presentarles, sino porque carecemos de bienes de valor que puedan interesarles. De hecho, rara es la semana que no se comete algún robo en nuestro entorno más cercano y que afecta a comercios o viviendas.

Vivimos inmersos en una inseguridad que parece intrínseca de esta sociedad de multitudes, ruidosa y acelerada a la que pertenecemos, en la que coexisten la riqueza y la pobreza, la comodidad y las estrecheces, y el bienestar junto al infortunio, todo lo cual no hace más que agrandar la brecha de desigualdad existente entre sus miembros, haciéndola más profunda e insoportable.

Pero tales injusticias no son, o no han de ser, causas para la delincuencia ni motivos para justificarla o tolerarla, pero sí sirven para explicar una situación que constituye terreno abonado para su mantenimiento y expansión, además de obstaculizar su erradicación.

Pero si en el mundo real, material o físico la seguridad no es, ni puede ser completa, en el virtual estamos más indefensos aun y somos más vulnerables de lo que imaginamos. Prácticamente, estamos vendidos. Un universo virtual en el que nuestras vidas se exhiben en las pantallas del ciberespacio, viajan a través de Internet y forman parte del contenido de las redes sociales.

Y ello es así porque utilizamos la red para comunicamos, entretenemos, comprar, vender y tramitar asuntos de toda índole, desde la declaración de la renta hasta la consulta de nuestras cuentas bancarias...

Por esta razón, nos convertimos en datos que manejan algoritmos complejos con los que pueden seguirnos, controlarnos y gobernarnos a distancia por parte de cualquier instancia interesada, ya sea para bombardearnos de publicidad en los ordenadores como para seducirnos con lo que nos gusta o hacernos caer en alguna trampa o estafa.

Cualquier curioso con nociones elementales de informática, no digo ya si se trata de un temido hacker, puede rastrear con pasmosa facilidad la huella digital que vamos dejando con nuestros móviles y con el uso de Internet. En esa existencia “on line” somos tan vulnerables como niños en medio de una guerra, a campo abierto, donde no es posible esconderse ni defenderse de las formidables armas de la informática.

Y todo en razón de que las tecnologías de la información y la comunicación, las famosas TIC, se han convertido en un elemento esencial de nuestras existencias. Están presentes, potenciándolo todo y haciéndolo más fácil, en nuestros hábitos más cotidianos hasta el punto de que nuestro historial médico está inscrito en el chip de la tarjeta sanitaria, nuestra economía en el de la tarjeta de crédito y nuestra identidad en el del DNI.

Entre chips y conexiones en Internet, estamos sometidos a una visibilidad permanente y, por ende, más controlados que nunca, mucho más que en la vida real. Fundamentalmente, porque somos tan dependientes de esa trama virtual como vulnerables frente a ella.

Si las dos terceras partes de la Humanidad están conectadas en la red, es decir, si millones de computadoras están permanentemente interconectadas en todo el mundo, no existen límites, en ese campo de relaciones tan inmenso, para la intervención “pirata” de nuestra intimidad y para el saqueo de nuestro patrimonio físico y virtual.

El mismo instrumento que favorece la economía, la comunicación, la ciencia, el ocio, el trabajo y la cultura, esos recursos informáticos omnipresentes, también favorece la delincuencia y los ataques cibernéticos.

A estas alturas de la sociedad tecnológica, es imposible sustraerse de las ventajas que ofrece la informática, pero hay que asumir a usarla con precaución y, desde luego, a no exhibirse innecesariamente a través de ella, tomando conciencia como usuarios de los riesgos que se corren en el mundo virtual.

 Del mismo modo que somos proclives a poner cerraduras reforzadas en las puertas de nuestras viviendas, tenemos que impedir o dificultar el acceso de extraños a nuestros correos electrónicos, redes sociales, páginas de Internet y teléfonos móviles. Debemos ser mucho más precavidos en el mundo virtual porque la misma libertad que conlleva requiere, en contrapartida, mayores exigencias de seguridad. Aun en contra de la fuerte presión que nos insta a lo contrario.

Son las empresas del sector las que nos ofrecen constantemente estar más expuestos prometiéndonos móviles cada vez más potentes y rápidos, megacapacidades para una conexión instantánea y sin límites e infinitas posibilidades de comunicación y navegación a precios asequibles o de cómoda financiación.

Pero no nos advierten de que con ello nos tientan a ser más dependientes que nunca y estar más controlados que jamás en la historia. Una dependencia y vulnerabilidad que son sumamente peligrosas, incluso cuando no poseamos nada que pueda interesar a los ladrones, piratas y chantajistas que pululan por la red. Aun así, nos hemos convertido en el objetivo de sus ataques, a veces por mera diversión o para demostrar lo fácil que es atacarnos.

El último ciberataque a más de 200.000 ordenadores de 150 países distintos demuestra la fragilidad de una tecnología a la que confiamos vidas y haciendas. Pone en evidencia la vulnerabilidad de un sistema al que se puede poner en jaque de forma impune, anónima, global y con grandes beneficios mediante un simple virus informático de los muchos que circulan camuflados entre enlaces y reclamos diversos.

Evidencia la escasa seguridad con la que nos aventuramos en el mundo virtual o digital. Y nos enseña una lección: a no confiar y adoptar cuantas medidas de ciberseguridad estén a nuestro alcance y que nos protegen, hasta cierto punto, de algunos peligros.

Pero, sobre todo, a ser más herméticos con nuestros datos o información personales para no dar pistas a los amantes o curiosos de lo ajeno. WannaCry, que no es el primero pero sí el último virus informático hasta la fecha, nos enseña a no ser ingenuos, menos aun en el mundo virtual, donde somos más vulnerables que nunca. Por si acaso no lo sabía.

DANIEL GUERRERO

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