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  • 25.5.13
En su cabeza, a fuego, estaba el consejo que su madre le regaló de pequeño: "tú sólo júntate con los niños buenos". Su madre pasó por alto un hecho que, aunque parezca insignificante, nos marca de por vida. Los mayores cabrones fueron alguna vez, en mayor o menor medida, niños buenos. Sin preocupaciones, sólo la de con quién jugarían en el recreo o en la calle. Por cuántos cromos cambiaría su cromo de edición limitada. Si arriesgaría su canica favorita; qué pondría su madre para merendar.

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La vida es una peligrosa mezcla de coincidencias y suerte. Sobre todo, suerte. Quizás aquel amigo de la infancia sea hoy en día dueño de un banco. Miembro de un Gobierno que se empeña en tener una venda en los ojos, negar la realidad del país que día a día asesinan, cortándole libertades y derechos. Cortándole educación y sanidad.

Declarando ante los medios sin vergüenza alguna que luchar por la dignidad es comparable a las actividades de los psicópatas que asesinaron a más de seis millones de personas en una no muy lejana Europa.

O quizás aquel amigo formaba parte de la oposición. La formada por quienes tienen soluciones para todo, pero que se callaron misteriosamente cuando tenían el poder y la oportunidad de llevarlas a cabo. Quizás, aquel amigo “sólo” sea empresario. Empeñado en salir del barco que se hunde con la mayor cantidad de riquezas en los bolsillos, mientras la tripulación se ahoga sin remedio.

Tal vez, nada de eso, todo lo contrario. Podía haber llegado a ser una pequeña parte de las escalofriantes cifras que dan los telediarios de paro, pérdida de calidad de vida, salir al extranjero a perseguir lo que se negaba en su propia casa...

Todo ello invadía su cabeza mientras cogía el autobús para ir a trabajar. Mientras aceptaba todo tipo de abusos en aquel habitáculo llamado oficina. Debía pagar las facturas. Había que dar las gracias a que convirtieran un derecho en un favor. Era un afortunado comemierda.

No podía levantar la voz, había muchos en peor situación que él. En dos segundos, su silla estaría ocupada por otra persona que aceptaría un sueldo aún más bajo. Después de los años de vida del carajo, llegaron los días de la vida en la jungla. Cuando la jornada laboral daba un suspiro, miraba en su cartera. Lo hacía por ellos. Por aquellas sonrisas que atrapadas en una fotografía, le daban las fuerzas para aparentar los dientes y seguir adelante. Él ya estaba jodido, pero ellos nos tenían que heredar toda esta mierda.

Tenían en común todos aquellos elementos, el político, el banquero, el empresario, el indignado, que alguna vez tuvieron infancia. La época donde la bondad, las ganas de conocer lo que nos rodea, la inocencia, toman protagonismo. Todo problema era vencido por un beso en la rodilla raspada, un consejo, una canción.

Comía y recordaba. "Tú sólo júntate con los niños buenos". No podía evitar la risa. Como si hubiese uniforme especial que separase aquellos niños que se convertirán en buenas personas de aquellos que, por desgracia, serán los hijos de puta del mañana.

Podía dejarse la piel como padre o madre, pero hay algo que por mucho que se sacrificara no podía controlar. En qué personas se convertirán sus hijos. De los mejores padres nacen las mayores decepciones en seres humanos. Y viceversa. Es de esas bromas macabras de las que está llena la vida. Sólo podía asegurar dejar los mejores cimientos posibles. Lo que se apoyará en ellos, sólo lo sabrá el tiempo.

Por fin llega a casa. Ellos salen a su encuentro. Llenan su cara cansada de besos. Sus oídos de las anécdotas del colegio, de cómo han hecho los deberes. De a qué han jugado por la tarde. Llega la noche, se han acostado. Mientras los ve dormir, siente que llegará el momento en que todo mejorará, ellos son su mejor pastilla de optimismo.

Durante demasiado tiempo todo ha estado en manos de antiguos niños convertidos en todo lo contrario que representaba su olvidada infancia. No mañana, ni el año que viene, llegará una generación que conserve esa risa de disfrutar de las pequeñas cosas, de la sana curiosidad de abrir cualquier puerta, sin perder la capacidad de asombrarse por todo descubrimiento. De a pesar de los inevitables encontronazos, pueda más el deseo de estar bien con el prójimo que el orgullo estúpido.

Piensa en ello mientras se mete en la cama. Pone orgulloso su despertador a las seis de la mañana, que les den a esos niños frustrados. Al presidente de Gobierno, a la monarquía, a la prima de riesgo, al Euribor, al IVA, a los impuestos, a las cifras de desempleo, a los bancos, a la hipoteca...

Mañana será otro día. Por muchos tijeretazos y empeños en hacerle creer que todo está perdido, que sólo queda esperar que pase la tormenta a fuerza de sacrifico de unos pocos para que todo vuelva a ser como antes para los responsables del caos actual, sabe que no pueden con las ganas de luchar que le dan esas dos pequeñas personas que duermen tranquilamente en la habitación de al lado.

CARLOS SERRANO
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