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  • 23.9.19
Licenciada en Derecho y Geografía e Historia, Paloma Sánchez-Garnica (Madrid, 1962) obtuvo con Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido el Premio Fernando Lara 2016. Es autora además de El gran arcano (2006), La brisa de Oriente (2009), la novela El alma de las piedras (2010) y, sobre todo, La sonata de silencio, de la que se hizo una adaptación para una serie de televisión. Ahora publica La sospecha de Sofía.



—Visitó la Berlín socialista antes de la caída del muro. Pensó que pisaba otro planeta, donde el tiempo se había congelado.

—Efectivamente. Cuando crucé el muro, me encontré con una ciudad detenida en el tiempo: gris, lenta, sin apenas pálpito vital. Me sorprendió.

—Ahora recupera ese paisaje en su nueva novela, 'La sospecha de Sofía'.

—Sí. Después de treinta años, me ha servido aquella experiencia como punto de partida para algunas secuencias que viven mis personajes. Porque las he vivido yo.

—Dos hermanos y una mujer, Sofía, se ven envueltos en un 'thriller' emocional que marca las claves del relato.

—Es un matrimonio que vive en Madrid. Él es abogado. Y una mañana se encuentra en su despacho una nota anónima. Él es hijo único. O cree ser hijo único. Una nota anónima que le obliga a hacer un viaje a París. Acude a esa cita a París y allí conoce a una persona con la que va a Berlín Este. Y a partir de ahí, su vida cambia y se transforma absolutamente.

—El relato retrata los secretos y las contradicciones de la España franquista, una constante en su obra que le apasiona.

—La verdad es que saber de dónde procedemos y de dónde venimos la sociedad en la que vivo, me interesa. Yo nací en el año 62 y me interesa saber por qué somos lo que somos a partir de esos orígenes, a partir de ese pasado.

—Sofía entierra sus aspiraciones cuando se casa, como ocurría en la época. Pero ahora ella busca su identidad.

—La novela le da la oportunidad para poder resurgir como ser humano, brillante y talentosa, como es ella.

—La identidad, el sacrificio, la superación. ¿Ecos de 'La vida de los otros' o 'El regreso de Martin Guerre'?

—Bueno, tiene un poco de todo, porque La vida de los otros me ha servido para entender matices psicológicos, sobre todo cómo trabajaban en esa dictadura de corte soviético que era la República Democrática. Y la mujer de El regreso de Martin Guerre es una evidencia de suplantación.

—Desde los ojos de la Stasi, el lector es un 'voyeur' de los secretos y misterios ajenos.

—Sí. Porque en este caso el lector sabe lo que está pasando y espera o está atento a la reacción del personaje, que no la sabe. Lo desconoce. Pero, no obstante, hay unos giros que, yo creo, sorprenden.

—La novela tiene banda sonora propia, que compuso su hijo Javier.

—Sí. Mi hijo es músico. No ha estudiado nunca música, pero le gusta, le ha gustado siempre la música. Es piloto de aviación. Y hace dos años se compró un piano y me dijo que me iba a regalar una banda sonora con lo poquito que le iba contando. Y la verdad es que ha creado una composición bellísima que encaja perfectamente con la historia.

—Este año se cumplen 30 años de la caída del muro y su novela explica qué sucedió desde su construcción hasta su caída en 1989.

—Fueron más de 28 años en los que los habitantes de la RDA se vieron encerrados en su propio país sin poder salir sin la previa autorización. Y desde ese 11 de agosto de 1961, en el que la ciudad quedó partida en dos, hasta esa noche de locura del 9 de noviembre de 1989, en la que de repente pudieron pasar la frontera sin enseñar sus pasaportes, debió ser aquello tan espectacular, tan esperanzador, tan locura, como decían ellos.

—Describe en estas páginas el feminismo comunista. ¿Cómo era?

—Pues engañoso, como todo en una dictadura. Porque sí es verdad que había una igualdad entre el hombre y la mujer. Era un ejemplo de integración de la mujer en el ámbito laboral. Había guarderías en el 98 por ciento de las empresas. Por tanto, las mujeres podían conciliar perfectamente la vida familiar y la vida laboral.

Pero, detrás de esa conciliación, había una trampa. Y es que se doblaba el trabajo para las mujeres. Porque los roles tradicionales se mantenían en las casas. Cuando la mujer llegaba de su jornada laboral tenía que hacer la cena, planchar, cuidar a los niños... Y el hombre se sentaba en su sillón.

—Sus lectores también conocerán el París del mayo 68.

—La verdad es que es un París efervescente, que contrasta con el Madrid represor y represivo que había en esa época, aunque ya empezaban a sacar los pies los estudiantes en las universidades. Pero también en ese París revolucionario había una contradicción con respecto de esa sociedad democrática. Y es que era revolucionario pero, por otra parte, era muy retrógrado, porque era una sociedad jerarquizada, patriarcal, muy machista.

Las mujeres intervienen en sus manifestaciones pero de forma minoritaria y no toman la palabra en las asambleas, que se dieron por cientos. Porque el espacio público no les pertenecía. Tenían asumida la dominación del hombre. Su rol era muy parecido al de las mujeres de España. Lo único que tenían es divorcio. Pero esa revolución, ese mayo, fue la espita que se abrió para una concienciación feminista que fue mucho más fluida de lo que luego nos costó a nosotras con la desaparición de la dictadura. Nos costó muchísimo más quitarnos la costra que teníamos del franquismo.

—Al final, no logró hablar con nadie de la Stasi. Hubiese sido un documento revelador.

—Pues sí. Me hubiese gustado conocer desde el otro lado la historia. No solamente desde las víctimas, sino desde los victimarios, los que llevaban a cabo esos trabajos tan siniestros, ese sistema orwelliano.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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