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  • 7.10.19
Clara Sánchez (Guadalajara, 1955) publica El amante silencioso, una novela en la que su protagonista, Isabel, recibe una propuesta que va más allá de sus competencias: ir a Mombasa para rescatar a un joven llamado Ezequiel que ha sido abducido por la Orden Humanitaria, una secta que esconde algo turbio. Su autora se expresa así: “Es que la manipulación a través de los sentimientos es la más efectiva de todas”.



Ha publicado además Piedras preciosas (1989), Últimas noticias del paraíso (Premio Alfaguara de Novela 2000), Lo que esconde tu nombre (Premio Nadal de Novela 2010) o El cielo ha vuelto (Premio Planeta 2013). Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas.

—'El amante silencioso' se adentra en el hermético mundo de las sectas. Todo comienza cuando conoces el caso del hijo de una familia amiga captado por una secta. ¿Tan difícil es desprogramarlo?

—Es como un drogadicto, que si no quiere desintoxicarse voluntariamente, pues la verdad es que es sumamente difícil, por no decir imposible. El que no se salva por sí solo, nadie puede salvarlo.

—El mundo es una secta dividida en múltiples microsectas: empresas, equipos de fútbol, la familia, la pareja. ¿Como para tener miedo?

—Como para tener sentido crítico y como para ser reflexivos.

—Tu protagonista, Isabel, viaja a Kenia, en busca de Ezequiel, un joven captado por una secta cuando le abandona la novia.

—Isabel es una chica corriente, inexperta, que se embarca en un viaje a un mundo desconocido donde se va a convertir en una infiltrada en ese mundo y en una infiltrada en la secta donde tiene que rescatar a Ezequiel. En ese mundo ninguno es lo que parece. Tampoco Isabel.

—Isabel tiene motivos para emprender ese viaje. Redimirse por la pérdida de un hermano también atrapado por una secta. Siempre la culpa.

—Sí. Isabel vive con un enorme sentimiento de culpa del que se va a ir descargando poco a poco en ese viaje en que se da cuenta de que en realidad si puede salvar a alguien un poco es a sí misma.

—Tus personajes actúan movidos por el amor. Unos porque lo han perdido y otros para conseguirlo.

—El amor es el que mueve a los personajes. Todos están en la situación en la que están, bien porque han sido rechazados o bien sienten que les falta algo en la vida. El amor, desde luego, es como un superpoder que se nos ha dado a los seres humanos, como volar o como atravesar paredes, por el que podemos llegar al corazón de otro, influirle para bien o para vampirizarlo.

—¿El amor es la principal herramienta que utilizamos para la manipulación?

—Es que la manipulación a través de los sentimientos es la más efectiva de todas. De hecho, desde los grandes poderes económicos, políticos, todos quieren entrar a influirnos a través de los sentimientos. Los grandes poderes económicos, porque explotan el miedo a que podamos perder nuestros ahorros, a que pueda quebrar la economía. Es decir, en el fondo lo que se nos infunde es miedo.

—Otros personajes, como Maína y Said, son reales. Los conociste en Kenia.

—Sí. Hice un viaje a Kenia hace siete años y allí conocí todos los lugares, las casas, los hoteles que aparecen en la novela, y también a las personas. Maína, en la vida real, era una persona muy espiritual, pero no era retorcido como el Maína de la novela.

—Las vivencias de Isabel la van a convertir en una persona diferente. Dices que es una especie de Ulises moderno.

—Sí, claro. Porque sale de su casa para emprender una aventura con un objetivo, que es rescatar a Ezequiel. Y cuando regresa, ya no es la misma persona. La vida, la aventura, todo lo que se ha encontrado, la han cambiado.

—Justificas la manipulación con esta frase: “La libertad es difícil y el alma a veces necesita cárcel”.

—A veces es que nuestra alma necesita ser encerrada un poco. Necesitamos descansar de nuestra responsabilidad y si hay alguien en esos momentos en que estamos cansados de desdecir constantemente, si viene alguien que nos marca el camino, que te dice que no te preocupes, lo que tienes es esto y lo otro, pues a lo mejor nos pescan, ¿no? Porque podemos caer en ese momento de saturación y de debilidad.

—Como decíamos, Maína es real. Un hombre sabio, que hablaba español y al que le encantaba Machín.

—Sí. A mí me contó que había aprendido español porque le encantaba Machín y tenía toda esa carga, ese bagaje, de persona que conoce el mundo desde que ha nacido y que me pareció que, si él hubiese querido, podría haber sido un gurú.

—África es un lugar propicio para que surjan órdenes humanitarias. ¿Por qué?

—Porque es un territorio muy necesitado de la caridad ajena. Y la caridad se puede ejercer de distintas maneras y con distintos objetivos y, sobre todo, la caridad ejercida por los blancos que vamos allí a salvarlos tiene un poco de engreimiento. O sea, el salvador blanco que va allí a decir cómo tienen que vivir es una figura que tendría que ser analizada.

—El calor sofocante y el sol. Turistas blancos, pobreza, voluntarios, salvadores. ¿Te atreverías ahora a definir cómo es África?

—África es muy compleja y, sobre todo, está llena de habitada por seres humanos que no son los que salen en las postales de National Geographic.

—Te llamaron la atención en Kenia las mujeres. ¿Cómo ven a la mujer occidental?

—Nos ven como unas privilegiadas que vamos allí a mirarlas un poco con conmiseración. Y la conmiseración tiene algo de subestimación.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: HOEPLI LIBRERÍA EDITORE

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