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  • 30.11.19
Viendo fotos antiguas de viajes me doy cuenta de cómo ha cambiado. Antes veía tres días juntos y ya estaba buscando una escapada fuera de España con un billete de bajo coste. Todo mi afán era conocer nuevos sitios, moverme, visitar. No me daba pereza nada: daba igual estar todo el día caminando y volver a casa a última hora, aunque al día siguiente tuviera que regresar.



Ahora necesito otras cosas, bueno mejor dicho, una sola: descansar. Entre mis horas de estudio para las oposiciones, que ya están cerca, y mi trabajillos para sobrevivir, cuando me puedo tomar algo de tiempo libre, me gusta dormir, leer en la cama, escuchar jazz... En definitiva, no salir ni a la puerta de mi casa.

Hoy es uno de esos días. Mi compañera de piso se ha ido de fin de semana con su novia y yo he decidido tener un día para mí, para parar y coger fuerzas para la carrera final antes del examen. Lo necesitaba. El atropello que a veces es mi vida no me deja respirar, ni pensar, ni verme. Me maquillo en el espejo casi siempre sin verme y hay días que el rubor de mis mejillas se convierte en dos círculos rosas y no soy consciente de ello hasta que alguien me dice que parezco una Heidi.

Estoy aquí en la camita, me acabo de tomar la leche con galletas y me dispongo a retomar mi libro de Almudena Grandes. Lo he leído miles de veces y aún me sigue emocionando, enseñando y maravillando por la gran historia que esa periodista creó sin dejar ningún hilo suelto. Todo se entrelaza, cobra sentido, y miles de cabos forman una telaraña perfecta.

La primera vez que leí El corazón helado, además de quedarme horas sin dormir porque me había atrapado, me obligó a leerlo una segunda vez de corrido porque no quería salir de su mundo, porque quería buscar otras posibilidades dentro de la guerra civil.

Esta mañana solo pienso hojearlo, buscar al protagonista hasta quedarme de nuevo dormida. Uno de los grandes placeres de la vida para mí es desayunar y volver a dormirme, disolverme, ser sal en el mar o azucarillo en una café caliente.

Hace frío en la calle, mi habitación se ilumina de vez en cuando, cuando el sol consigue asomarse entre las nubes grises que hoy cubren la ciudad. Mi edredón calentito me protege y prepara mi cuerpo para el segundo sueño, lo va llenando de un calor adormecedor. No quiero estar en otro sitio, no quiero salir, mi habitación es mi reino, la isla de la que habla Miguel Bosé que se llama Libertad.

Mis ojos empiezan a desfallecer y te tengo que dejar, querido diario. Este momento es mágico y la magia dura poco. Tengo que sumergirme en este estado de paz y tranquilidad tan difícil a veces de alcanzar...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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