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  • 6.5.14
La última semana de abril de hace un año nevó por casi toda España. Hubo un bajón de temperaturas y la helada socarró los frutales. A los que estaban en flor les fue mal y a los que ya tenían el fruto en miniatura aún les fue peor. Pero los que nos quedamos congelados fuimos los españoles cuando Guindos y Montoro nos pusieron delante el panorama más gélido y tenebroso que imaginarse pudiera.

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A España, tras aquella rueda de prensa, le dio un pasmo. No es que se no se hablara, ni por asomo, de los muy desahuciados brotes verdes de su pastoril antecesora, es que se nos situaba en el peor de los desiertos, sin sombra ni cobijo y hasta sin gota de agua.

Fue tan crudo y duro el mensaje, cuya intención parecía estar en la necesidad de afrontar con realismo la situación, que hubo muchas voces que criticaron el excesivo pesimismo y el desanimo y fatalismo que trasmitía. Tanto fue así que hasta hubo de salir el presidente a templarlo un poco. Fue, lo recordarán, tan solo hace un año.

Este año hay otra temperatura, otro clima y no se ha helado la fruta. Eso es lo que nos vienen diciendo y solemnizaron en el consejo de ministros del miércoles, calcado en personajes de aquel pero diametralmente diferente en su mensaje.

La vicepresidenta Sáenz de Santamaría resumía los ejes del cambio. “Hemos evitado el rescate, hemos superado la recesión y hemos comenzado la recuperación”. Y son afirmaciones, sobre todo las dos primeras, difícilmente discutibles, aunque es la tercera la que ahora nos preocupa y será el verdadero eje del debate.

E, incluso aquí, hay que reconocer que lo que debemos discutir y analizar no es el hecho en sí sino su dimensión, velocidad, amplitud y profundidad. Esa es la madre del cordero, el fiel de la balanza, la línea entre el éxito y el fracaso y entre la absolución y la condena. Cuándo, cómo y cuánto vamos a recuperar y crecer. Y lo esencial, crear empleo. Que es la prueba del algodón ineludible de todas las cifras, palabras y proyectos.

El Gobierno de Rajoy considera que ha llegado el momento de la ofensiva. En todos los frentes. Cree que ya ha logrado establecer posiciones y se siente fuerte en ellas. Que incluso ha dado un paso trascendental en la confianza exterior, en Europa y que es el momento de revertir el signo y el ánimo de una ciudadanía castigada, peor que escéptica y, en ocasiones y con razón, sublevada.

El proyecto y estimación que Guindos y Montoro presentaron va para Bruselas pero en realidad era, en su principio y fin, de consumo interno, dirigido, antes que a nadie, a los españoles. Lo dicho, escrito y comprometido es esperanzador. El crecimiento se acelera.

Este primer trimestre, es un hecho, un + 0,4, que en términos interanuales, es de un +0,6 y se prevé que sea al final del año de un 1,2 por ciento del PIB. Eso ya es prospectiva. Como lo es, a aún más futurible, la del 1,8 para el 2015 y no digamos los mas de 2,3 y el 3 de sucesivos años. Eso ya son las cabañuelas.

Sobre ese crecimiento marcan la otra senda: la del empleo. No es que sea algo como para contentarnos, pero dada la angustia actual hasta puede parecer, y a muchos les parece, triunfalista. Lo que vienen a prometer es que se acabará el 2014 por debajo del 25 por ciento y del 23,3 en 2015, justito por debajo del que nos dejó ZP y que con un ritmo un poco más acentuado será en el 2017 cuando se baje ya del 20 por ciento. En magnitudes concretas: que se crearán un total de 800.000 puestos de trabajo en estos dos próximos años.

Eso es lo que dice el Gobierno. Y lo dice con una EPA recién nacida que para bastantes no ha cumplido las expectativas y apunta en mucho peor rumbo que estas propuestas ya de por si mínimas.

Sin embargo el Gobierno ve precisamente en esa EPA un punto de inflexión muy significativo. Dentro de los datos terroríficos, señalan los novedosos y positivos. En nueve años y en este trimestre, sin Semana Santa que computar encima, ha sido la mejor, o la menos mala, de todas.

Y es verdad. Pero la menos mala no es que sea buena, máxime cuando se han destruido 184.000 empleos y que en el computo total y anual de población ocupada con respecto al 2013 se haya quedado, tras la corrección estadística y el nuevo censo aplicado, incluso un pelín por debajo.

Pero en otro sentido hasta esa EPA soporta una mejor mirada. En un trimestre tradicionalmente maldito, la comparación con el mismo de 2013 resulta positiva. Hace un año, el del pedrisco y la helada, fueron 257.000 parados más, para un récord de 6,25 millones, un 26,9 por ciento.

Esta del 2014 ha arrojado la sorpresa, aunque minúscula, de 2.300 parados menos, para una cifra total de 5,9 millones y un 25,9 por ciento de desempleados. En términos absolutos y anuales, un total de 344.000 parados menos que hace un año, cuando se estuvo en lo más hondo y profundo de la sima.

Son cifras, en cualquier caso, espantosas y su corrección, a la mayor velocidad posible, es la urgente y verdadera emergencia nacional en la que debían emplearse todos los recursos y alcanzar la máxima unidad de criterios políticos y sociales posibles. Ojalá de esas reuniones con los sindicatos saliera algún acuerdo en este sentido.

La discusión sobre la EPA ha tenido, como no puede ser de otra manera, un enorme sesgo político. Depende el color del ojo su interpretación. Esa seguirá siendo también la almendra del debate cuando se den a conocer los datos del paro del INEM que, desde hace ya meses y tras un pasado año donde mantuvieron ya secuencias positivas, aspiran a algo todavía más relevante y unido al descenso de los apuntados en las listas del paro, el aumento de los afiliados a la Seguridad Social que ya crecieron fuertemente en el mes de marzo.

Los datos de abril que conoceremos hoy tienen en esta ocasión una relevancia muy especial. Serán el indicativo palpable de esas diferentes visiones de nuestra recuperación, de la lectura de la EPA y si tenemos alguna razón palpable para creernos los pronósticos y los horizontes que nos ha trazado el Gobierno. Me atrevo a avanzarles que van a ser buenos. Hasta puede que mejor absoluta y relativamente que los de marzo.

ANTONIO PÉREZ HENARES

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