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  • 18.11.14
El año no había empezado bien para los agricultores cordobeses. El día 18 de enero de 1790 se iniciaba un período de inusual sequía que hizo temer lo peor, no sólo a los que se ganaban la vida en el campo sino también al pueblo en general, que esperaba que la crisis no se dilatara demasiado en el tiempo.

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A punto de cumplirse tres meses desde la última lluvia, Cristóbal Rollón, vecino de Lucena, en representación de jornaleros y campesinos de la ciudad, eleva una petición para que la Virgen de Araceli sea sacada en procesión de rogativas para que el líquido elemento pusiera fin a la escasez de alimentos y a la falta de trabajo.

Atendiendo a sus súplicas, el día 18 de marzo, la patrona de Lucena es trasladada en romería desde su Santuario hasta la ermita de Santa Lucía, lugar que, situado a las afueras de la localidad, se utilizaba como primera morada de la imagen antes de su instalación definitiva en la parroquia de San Mateo.

La procesión desde la ermita hasta el primer templo de Lucena se debió hacer con una gran solemnidad, asistiendo en representación todos los estamentos locales, entre los que se encontraban las órdenes religiosas, que acudieron, como era habitual, con sus principales santos, formando un infalible elenco celestial capaz de espantar cualquier calamidad.

Los agricultores encontraron la comprensión de la Santísima Virgen como se deduce de la celebración de una función de acción de gracias por su inmediata intercesión. En efecto, desde el mismo momento en que la Virgen de Araceli fue colocada en sus andas comenzó a formarse una nube que la acompañó como un romero más hasta Lucena, descargando allí su contenido de forma ininterrumpida hasta el día siguiente.

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Tan abundante como el agua resultaron las cosechas que se consiguieron con ella. Cumplida su misión, la Virgen de Araceli fue obsequiada por los labradores con un báculo de plata y retornó a su serrana morada el 10 de octubre del mismo año.

La milagrosa intervención de la Virgen de Araceli no sólo tuvo consecuencias en la localidad de la que es patrona sino también en otros pueblos cercanos. Así, los vecinos de Montalbán, que también necesitaban regar sus cultivos desde hacía tiempo, debieron alegrarse al ver aparecer las primeras gotas de agua.

En cambio, tan intensas fueron las súplicas de los lucentinos que la fina lluvia dio paso a un torrencial aguacero que comenzó a anegar los campos, tornándose la satisfacción inicial de los agricultores en verdadera preocupación ante el peligro que corrían sus mieses. Esperando que no fuera peor el remedio que la enfermedad, se encomendaron a la Santísima Virgen de Araceli.

De este modo, las zonas reservadas al cultivo quedaron, para sorpresa de todos, a salvo de la inundación. Agradecidos por la ayuda, los montalbeños acudieron al Real Santuario lucentino, dejando así constancia de la devoción que le profesaban.

- LÓPEZ SALAMANCA, Francisco, Documentos para una Historia de María Santísima de Araceli (1751- 1800), Lucena, 1995.

ANTONIO RUIZ GRANADOS
FOTOGRAFÍAS: JOSÉ ANTONIO INVERNÓN PORRAS


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