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  • 22.12.19
Madrid, domingo, uno de diciembre

Nos encontramos en los inicios del mes de diciembre. La mayoría de las ciudades y pueblos ya se está engalanando con las luces y adornos navideños que nos anticipan las fechas que cierran el año, al tiempo que las tiendas de todo tipo se decoran como adelanto de unos días con aromas de infancia, familia, nostalgia, buenos deseos y múltiples promesas.



En ese primer día de diciembre, salgo temprano para ir a la estación de Atocha con el fin de cambiar los billetes de tren de regreso a Córdoba, puesto que Flora, mi mujer, no se encuentra del todo bien. Posiblemente, hubo algo de la cena familiar de la noche anterior que no le sentara en condiciones y hoy paga las consecuencias. Habíamos venido con la intención de pasar unos días con la familia, por lo que las comidas se mostraban como los medios ideales de estos encuentros entre hermanos y amigos.

En esa mañana, la atmósfera de la ciudad aparecía limpia y el cielo transparente, puesto que durante los días anteriores había llovido en abundancia en la ciudad, al igual que en la mayor parte del país. Esto nos animaba a ir al centro y aprovechar ese espléndido día.

Pensamos que era buena idea visitar el Museo del Prado, ya que en la ampliación que proyectó Rafael Moneo había una exposición antológica de dos grandes pintoras italianas de los siglos XVI y XVII: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana. Una de las razones que nos movía a realizar esta visita es el hecho de que ambos nos encontramos dirigiendo la tesis doctoral a una profesora acerca de la psicología de los pintores que se plasma en los lienzos cuando realizan retratos de sí mismos, es decir, de los autorretratos.

La cola para acceder al Museo del Prado era enorme. No es de extrañar, ya que acudir a este magnífico museo se convierte uno de los grandes atractivos que ofrece Madrid a quienes visitan la ciudad. No obstante, había bastante agilidad, por lo que no tardamos de adquirir los tiques y entrar en la sala en la que se encontraban las obras de estas dos artistas.

Comprendo que para hablar de ambas pintoras se requeriría al menos un par de artículos; sin embargo, quiero hacer una escueta referencia a la primera de ellas, dado que cuando contaba 27 años se estableció en nuestro país en la corte de Felipe II. A Sofonisba Anguissola le debemos un magnífico cuadro sobre el monarca, bastante conocido por las numerosas reproducciones que se han hecho de él por cualquiera de los medios que en la actualidad disponemos.



Puesto que en la misma zona del Museo del Prado había también una exposición antológica de los dibujos de Goya, pasamos a verlos. En la sala había cientos de dibujos y grabados. En ellos, el pintor de Fuendetodos dejaba plasmada la visión que tenía de la sociedad española del siglo XIX, con todas las crueldades, supersticiones y fanatismos que encontraba un artista ilustrado que acabó exiliándose en Burdeos, dado que no soportaba el régimen despótico de Fernando VII.

Una vez fuera, le pregunto a Flora: “¿Te apetece que vayamos a comer a la Gran Vía, al restaurante en el que conocí a aquella camarera de origen rumano y de la que hice un artículo para Azagala?” Me dice que sí, que está de acuerdo con la idea, por lo que nos desplazamos a la plaza de Callao para dar una vuelta por el centro antes de acercarnos a comer.

Aunque aún es temprano, bajamos por la Gran Vía hasta acceder al local de esta conocida cadena de restaurantes de Madrid. Subimos a la primera planta, ya que desde allí se contempla una espléndida vista de esta ancha avenida. En esos momentos había poca gente. Al situarnos cerca de los ventanales, se acercó a nosotros una camarera rubia y de figura frágil.

“Hola, Valerina, ¿te acuerdas de mí?”, le pregunto a modo de saludo. “¡Pues claro que sí! Hace algún tiempo que usted estuvo en el restaurante comiendo y hablamos un poco de filosofía. ¿Verdad?”, me responde sonriendo, al tiempo que sostiene su agenda electrónica en la mano izquierda, presta para anotar lo que pidiéramos.

“¿Recuerdas que te indiqué que publicaría un artículo de lo que comentamos la vez pasada? ¿Sí...? Pues, lo publiqué en diarios digitales de Andalucía con el título de ‘El taxista y la camarera que leía filosofía’”. “¡No me diga! ¿De verdad?”, exclama algo turbada, al tiempo que en su rostro se dibuja la sorpresa al sentir que ella es la protagonista de un artículo del que me dice que en casa lo leerá por Internet.

Una vez que Valerina toma nota, nos sentamos a comer. Mientras nos llegan los platos, observamos el ajetreo de los vehículos y de la gente que camina por la Gran Vía. Flora ha pedido algo ligero para no tener problemas. Charlamos tranquilamente. Cuando terminamos, abonamos la cuenta y nos despedimos de Valerina hasta la próxima ocasión.



Madrid, lunes, dos de diciembre

Amanece despejado el día, pero con un enorme frío. Tras desayunar en un bar de la plaza de Legazpi, en el que sirven unos exquisitos churros, me dirijo al supermercado de una conocida cadena para hacer algunas compras.

Al acercarme, veo sentado, sobre un pequeño taburete y en un rincón de la entrada, a Robert, un muchacho de raza negra proveniente de Nigeria. Su nombre lo conozco porque el viernes anterior estuve charlando un rato con él. Puesto que sabía poco español, ya que solo llevaba tres meses en España, la mayor parte de las preguntas se las hice en inglés, al ser el idioma oficial, aunque existan cerca de ochenta lenguas nativas en este país.

“Buenos días, Robert”, le saludo, “¿no puedes estar ahí dentro?”, le indico señalándole la entrada en la que se encuentran los carritos, zona que está antes de traspasar la puerta que da al supermercado. Con la cabeza me indica que no.

Me parece poco humano que un muchacho que no está pidiendo, simplemente sentado, con el fuerte frío que hace no pueda traspasar el cristal y quedar en un rincón que no molesta, cobijándose un poco.

Una vez que estoy dentro, saludo y le pregunto a la primera cajera: “Buenos días. ¿Podrías decirme quién es el responsable del supermercado, dado que quería hacerle una pregunta?” Me aclara que la responsable se encuentra en la oficina, pero que se la podría realizar a ella.

En la chapa que porta he leído su nombre. “Laura, ¿es posible que ese chico que está fuera pudiera pasar el cristal y protegerse del frío que hace?” Me indica que no es posible, ya que, a pesar de que comparte conmigo lo que le he dicho, la norma de la cadena de esos supermercados no lo permite.

“Aunque sé que nos es responsabilidad tuya, yo me pregunto, ¿tienen sentido todos estos adornos navideños que cuelgan del techo junto con los villancicos que están sonando? ¿No resulta contradictorio? Además, ¿cómo es posible que hace unos días estuvieran los voluntarios de Banco de Alimentos en el interior de los centros de la cadena y este muchacho, que pudiera ser receptor de esos alimentos, no se le permita protegerse un poco?”

Personalmente me da la razón de lo que le digo. Me dice que lo comparte, pero que lo que ella puede hacer es hablar con la jefa del centro y comunicarle lo que le he indicado, a ver finalmente qué le dice.

Con la esperanza de que lo haga, cojo una cesta con ruedas y entro en el supermercado. Dado que no es mucho lo que tenía que comprar, pronto me sitúo en una de las colas para pagar. Veo que la cajera está hablando con la responsable que le niega meneando la cabeza.

Soy ya consciente de que a Robert no le van a permitir que traspase el cristal del exterior. A la hora de pagar, Laura me dice que lo lamenta, que lo ha consultado, pero que no es posible. Por mi parte, le doy las gracias por haberlo intentado.

Cuando salgo me paro al lado de Robert. Le digo que lo siento, pero que no le permiten entrar en el hall junto a los carritos para protegerse del frío, al tiempo que le entrego una caja de tortas ‘Inés Rosales’ que he comprado para él. Me da las gracias, con una tímida sonrisa. Me despido dándole la mano y le deseo que tenga suerte en este país llamado España, al que ha llegado atravesando todas las penurias inimaginables para, finalmente, arribar a la puerta de un supermercado a pasar un frío que nunca había conocido en su cálida tierra.

Empiezo a alejarme del supermercado. Me subo la cremallera de la cazadora al notar el intenso frío de la calle. Elevo la mirada hacia el cielo límpido de aquella mañana. En mi cabeza aún resuenan las notas de los villancicos que, con voces infantiles, escuché dentro del establecimiento. En ellos nos hablaban de paz y de amor…

AURELIANO SÁINZ

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