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  • 24.2.20
Que Palestina está condenada a su eliminación como nación y Estado, mediante una serie encadenada de hechos consumados que progresivamente la aíslan, la asfixian y la absorben cada vez más, no constituye ninguna novedad. Lo relevante, en la actualidad, es el descaro con que ello se produce y la desfachatez con la que los agresores (EE UU e Israel) lo realizan, sin ningún disimulo, ante los ojos del mundo y con total impunidad.



Los que persiguen la eliminación de Palestina ni siquiera camuflan sus intenciones en la hipocresía. Se trata de la historia de una desaparición anunciada desde la propia creación de Palestina, en el año 1947, como un Estado no independiente, dividido, ocupado y constantemente reducido por la entidad que no acepta ni reconoce su presencia, Israel, y que debería compartir un territorio que ambiciona y se anexiona con claro desprecio a la legalidad internacional.

Los hechos consumados significan la desobediencia a las resoluciones de la ONU, la ignorancia de las fronteras acordadas, la ocupación de territorios, la colonización de enclaves palestinos con poblados israelíes, el aislamiento de la población con muros y vallas, la incautación y control de sus finanzas y economía por parte de Israel, el continuo hostigamiento y represión militar de su población para impedirle la libertad de movimientos y de manifestación, la prohibición al retorno del exilio de los refugiados palestinos y la permanente opresión social, política, cultural, económica y hasta racial que soporta el pueblo de Palestina, como constante de una relación desigual e injusta que solo busca “barrer” a los palestinos de una tierra que Israel desea poseer de forma exclusiva.

Pero, por si fuera poco, a todo ello se añade una última bofetada que el imperialismo de la opresión ha propinado a las esperanzas de paz del conflicto judío-palestino. Una bofetada materializada en el plan supuestamente de “paz” de Donald Trump. Todo un insulto a la inteligencia, la historia y la dignidad del pueblo palestino.

Ese “acuerdo del siglo” para Oriente Próximo, como fue calificado por el propio Donald Trump, tras casi tres años de elaboración por parte del Jared Kushner, yerno del mandatario norteamericano y amigo personal del primer ministro israelí Binyamin Netanyahu, nace sin que nadie, salvo Israel, lo apoye.

Y es lógico que solo Israel lo acepte puesto que el plan contempla todas sus demandas territoriales y de control, incluyendo el codiciado valle del río Jordán y la consagración como capital judía de Jerusalén, mientras que a los palestinos se los confina en “guetos” diseminados y sin continuidad territorial, lo que imposibilita el viejo acuerdo de “dos Estados”, a cambio de una inconcreta promesa de millones de dólares, durante diez años, para inversiones en Gaza y Cisjordania.

Un “caramelo” monetario que a nadie engaña. Como el propio presidente norteamericano señaló en su presentación, seguramente sin darse cuenta de revelar sus verdaderas intenciones, el plan está concebido únicamente para resolver “el riesgo del Estado palestino para la seguridad de Israel”.

Todo acuerdo que una de las partes rechaza de manera rotunda es un acuerdo fallido. Para el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbás, el plan resulta tan insultante que, nada más conocerlo, dio por rotas las relaciones con Israel y EE UU. Además, solicitó ante el Consejo de Seguridad de la ONU que sea rechazado por ser un plan que plantea un Estado palestino inviable, con un territorio fragmentado como un queso suizo.

Y para el primer ministro palestino, Mohammed Stayéh, la propuesta de Trump solo “forma parte de las campañas electorales de estos dos líderes (Netanyahu y Trump), por lo que pronto será enterrado por la historia”. También la Unión Europea lo rechaza por no encajar con lo acordado internacionalmente para poner fin al conflicto.

Según Josep Borrell, Alto Representante para la Política Exterior y Seguridad Común de la UE, Europa rechaza el plan por alejarse de las condiciones acordadas en la solución de “dos Estados” que toman las fronteras de 1967 como referencia, la parte oriental de Jerusalén como capital de Palestina y los intercambios equivalentes de territorio que sean necesarios para lograr la convivencia de dos Estados independientes, democráticos y que se reconozcan mutuamente.

Incluso el antiguo negociador de EE UU para Oriente Próximo, Dennis Ross, advierte de que el plan de Trump “no tiene nada que ver con la paz”. Coincide con la apreciación de un predecesor en el cargo, Aaron David Miller, quien afirma que “esta es la primera iniciativa de paz cuyo objetivo no tiene nada que ver con los israelíes y los palestinos”.

Y como cabía esperar, la Liga Árabe también se posiciona en contra del citado plan por “no cumplir con las aspiraciones de los palestinos, no tener en cuenta las referencias legales en relación con Jerusalén, los Altos del Golán, la ocupación israelí y la cuestión de los refugiados”.

En realidad, el plan Trump, descaradamente sesgado a favor de Israel, solo ha sido aceptado por este último país y por los aliados de EE UU en la zona: Arabia Saudí y Egipto. Aún así, la Organización para la Cooperación Islámica (OCI), que cuenta con 57 miembros, entre ellos Arabia Saudita, Irán y Turquía, y que representa a más de 1.500 millones de musulmanes en el mundo, también rechaza el plan supuestamente de paz de Trump por no responder a las aspiraciones mínimas ni a los derechos legítimos del pueblo palestino”.

Y es que la propuesta de la Casa Blanca solo favorece los intereses de Israel en detrimento de los de Palestina, pues el reparto territorial contemplado permitiría la anexión de los asentamientos ilegales judíos de Cisjordania, donde ha construido 140 colonias y 127 puestos avanzados, en los que viven más de 600.000 judíos, y el valle del Jordán como frontera oriental judía a lo largo del río Jordán.

Ello supondría, no solo la fragmentación de Cisjordania en trozos rodeados por asentamientos sometidos a la soberanía israelí, lo que imposibilitaría la constitución de un Estado plenamente soberano, sino que además reduciría a la mitad un territorio que ya era un 22 por ciento de su espacio histórico, dejándolo solo en el 11 por ciento.

Tal propuesta va en contra de las aspiraciones palestinas de tener un Estado independiente propio, que incluya Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este como capital del mismo, conforme a las fronteras basadas en las resoluciones de la ONU y los acuerdos del alto el fuego en 1947 y 1967.

Otra de las controvertidas medidas es que no resuelve el problema de los refugiados palestinos esparcidos por Oriente Medio, por donde se diseminaron más de cinco millones de personas que huyeron o fueron expulsados por las fuerzas judías de sus tierras, en 1948, para crear el Estado de Israel.

Los palestinos reclaman su derecho a regresar, pero los israelíes lo niegan porque tal aumento de la población les perjudicaría demográficamente y conduciría a su fin como Estado judío. De ahí, precisamente, la política de asentamientos judíos en territorios ocupados para contrarrestar el peso de la población árabe y mantenerla siempre en minoría.

Y el estatus de Jerusalén como guinda del enfrentamiento. El plan de Trump contempla que Jerusalén sea la capital indivisible de Israel. Los palestinos también aspiran que Jerusalén Este, donde viven más de 350.000 de ellos, sea la capital de su futuro Estado independiente. Pero por la fuerza de los hechos, Israel ya ha convertido unilateralmente, en 2017, Jerusalén en la capital judía, con el apoyo incondicional de EE UU, que trasladó allí inmediatamente su embajada.

Ya antes, tras la Guerra de los Seis Días de 1967, Israel se había anexionado la parte Este de la ciudad, incluida la Ciudad Vieja hasta entonces bajo administración jordana, lo que llevó a la ONU a reiterar, en 2016, su Resolución 2334, que considera que Jerusalén Este es un “territorio ocupado”. El plan de Trump, por tanto, consolida las pretensiones de Israel para que siga “salvaguardando los lugares sagrados de Jerusalén”, sin especificar dónde se ubicaría una posible capital palestina. La respuesta de Abbás ha sido contundente: “Jerusalén no está a la venta”.

Lo cierto es que el estatus internacional de Jerusalén hace tiempo que no se respeta ni este plan lo rescata. Una ciudad que, según la Resolución 181 de Naciones Unidas, tendría que haber sido desmilitarizada y controlada por la ONU hasta la celebración de un referéndum, cosa que jamás ha ocurrido, ha dejado de ser símbolo para la convivencia pacífica de las creencias religiosas y un enclave para la tolerancia.

Pero ahora, con el plan de 181 páginas elaborado por Donald Trump y en el que no han participado los palestinos, será simplemente la capital del Estado judío, por obra y gracia de su exclusiva voluntad. No es de extrañar, pues, que el “acuerdo el siglo” para el conflicto palestino-israelí sea rechazado por todos, ya que solo ratifica la imposición de los intereses de una parte sobre los de la otra. Se trata de la enésima humillación a Palestina.

DANIEL GUERRERO

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