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  • 28.7.20
Me cuesta mucho confiar en alguien que, a la pregunta de si cree en Dios, contesta de forma inmediata y con seguridad. Me es indiferente si es un “no” rotundo o un “sí” cargadísimo de fe. Dudar de la idea de Dios es uno de los actos que nos pertenecen como humanos. Y parece que lo establecido como normal en los tiempos que vivimos es negar su idea, bien desde el ateísmo o bien desde el agnosticismo.



Creer en Dios, como un ente hacedor de todo, como un demiurgo, como punto de referencia del Bien, ya no es útil. La palabra "Dios" ha sido sustituida paulatinamente por “energía”, al menos a partir de la Generación Millennial y las que le siguen.

Durante muchos años se ha asociado a Dios con la Iglesia, o así nos lo han hecho ver, ya que han actuado en su nombre y han creando manchas imborrables sobre una concepción de Dios que hoy por hoy no nos representa. Como bien dijo Nietzsche, "Dios ha muerto". Pero hay que especificar un poco más esta reflexión: puede que lo que haya muerto ha sido el concepto que hemos heredado de Dios.

La respuesta más habitual que me encuentro ante la cuestión de Dios es la siguiente: “No creo en Dios, pero sí creo que hay algo. La energía”. El Dios antropomórfico es el que hemos matado, pero sigue viviendo su “energía”. Lo que ha muerto es el contenido del concepto y nos ha dejado huérfanos de creencias. Si no es demostrable empíricamente, no existe. Todo lo basamos en pensamientos racionales, olvidándonos de que hay estímulos sensitivos que adquirimos que no logramos comprender ni racionalizar.

Ahora nadie habla de creencias y cobra mayor importancia todo lo cuantificable. Por eso no me fío de una persona que responde de manera firme a la pregunta de si cree en Dios. Y no me fío porque no duda de su razón; no duda de los estímulos que percibe; no duda del pensamiento imperante; no duda de la cultura que hemos heredado...

No utiliza su razón en base a lo que siente, no indaga en los sentidos. Para mí resulta indiferente si crees o no crees: para mí lo importante es que dudes y apliques la razón a merced de los sentidos y no lo sentidos bajo el yugo de la razón. Y cuando llegues a la respuesta, duda de nuevo, porque cada día recibimos estímulos nuevos. Porque un día nos levantamos con una ardua creencia en Dios y, al día siguiente, lo desterramos de nuestra creencia.

Creo que en el pensamiento occidental ya no es tan útil Dios como lo era antaño, ya que hemos creado un sistema racional donde podemos dar explicación a los hechos que ocurren a nuestro alrededor. Y cuando no entendemos o no logramos explicar un hecho concreto, se abre paso la conspiración.

El ser humano necesita dar explicación a lo que le rodea, ya que no contempla el azar como explicación lógica. El hecho de tener consciencia nos dota de cierta autoridad para entender lo que observamos, para construir una concatenación de hechos que nos han llevado hasta este preciso instante.

Lo que al principio fueron los Dioses para dar explicación a los hechos meteorológicos e “irracionales” (todo aquello que no podíamos dar explicación a partir de la lógica primitiva), la ciencia avanzó y se aunó todo en un solo Dios para dar explicación a todo aquello a donde la ciencia no podía llegar.

La conspiración caminaba junto a los dioses, junto a una explicación que diera sentido a nuestro lugar en el mundo y cómo el mundo interacciona con nosotros. Ahora que Dios ha muerto, que no tiene cabida en una sociedad sin tiempo para reflexionar, destinada a producir, es la conspiración la que da sentido a los hechos que nos rodean.

Atribuimos al ser humano el carácter místico y calculador que antes pertenecía a Dios. Hemos dotado al hombre y a la mujer de poderes para controlar y gestionar el mundo tal y como lo conocemos. Y esto ocurre, en mi humilde opinión, porque desatendemos el azar, desatendemos que nosotros estamos formados por miles de partículas que se mueven por azar, sin un motor consciente y sin un fin al que llegar.

El azar como elemento naturalizador. La conspiración como elemento desnaturalizado. Dios como elemento común entre todos los seres humanos. La consciencia y la duda como hábitat de Dios. Pero… ¿Dios existe?

Estoy en plena búsqueda de Dios, en una duda constante. Y confieso que es de los ejercicios más divertidos a los que le dedico tiempo. Siento que fuera un camino que no tiene fin y que cuanto más avanzo más consciente soy de que nunca llegaré al final. Quizás por eso ya nadie se cuestione la idea de Dios.

DANY RUZ

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