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Mostrando entradas con la etiqueta Anestesia ética [Dany Ruz]. Mostrar todas las entradas
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  • 17.11.20
Desde hace un tiempo me pregunto el motivo principal del auge de la ultraderecha y de los nacionalismos extremos y debo confesar que no tengo una respuesta clara y concisa sobre ello. Pero sí tengo algunas sensaciones y reflexiones que me gustaría compartir en este espacio. No obstante, mi intención no es juzgar ni situar el límite entre el bien y el mal. Tampoco justificar ni excusar a nadie. Tan solo quiero compartir algunos aspectos que llevo observando durante meses.


Pienso que uno de los motivos principales del auge de la ultraderecha es la gran crisis de identidad que ha sido provocada, en gran parte, por la globalización. Este hecho ha permitido conectarnos de forma inmediata entre todos los habitantes del mundo, generando una gran red de comunicaciones y de comercio. 

Ahora nos puede influir directa e indirectamente lo que ocurre en otro lado del globo. Un ejemplo es la importación de la cultura norteamericana a Europa: si vemos las películas con más recaudación en España en los últimos años, podemos observar que los primeros puestos están siempre copados por las grandes producciones estadounidenses.

La globalización nos permite nutrirnos de la cultura y el quehacer de otros países y continentes. Pero ocurre desde hace muchos años que este trasvase provoca una sustitución de la cultura propia por la cultura que se importa desde fuera. Esto está causando, de forma indirecta, una gran crisis de identidad.

Conceptos como "identidad nacional", "patria" o "sentimiento patriótico" están asentándose en los mensajes políticos porque la población, realmente, no tiene un sentimiento de pertenencia o de identidad. Y no es algo que esté ocurriendo tan solo en España: está pasando en diferentes países que, a priori, son referentes democráticos. Ser español o francés ya no nos dota de una personalidad y de unos valores en concreto: tendemos más hacia la homogeneización de la cultura.

Esta crisis de identidad hace que no tengamos claro cuáles son nuestros principios ni nuestros valores, cuál es la herencia que hemos recibido ni a qué grupo pertenecemos. Me gustaría compartir un ejemplo que clarifica un poco más esta reflexión: en los años ochenta y noventa vivimos el auge de grupos suburbanos de pequeños grupos de población, como los punks, heavies, emos, canis, raperos, rastafaris... Todos vinculados a un estilo musical que determina unos valores, una estética y un comportamiento en concreto y que surgen, en la mayoría de casos, como movimientos-protesta o en contra del Estado, con ánimo de cambiar el sistema imperante. 

Las nuevas generaciones ya no se ven identificadas con estos grupos y colectivos, pues ahora estos grupos suburbanos están más relacionados con la identidad, con unos valores en concreto que tienen que ver con cómo te sientes o quién eres. 

Podríamos decir que los nuevos “grupos suburbanos” –y las comillas no son caprichosas en este caso– serían el colectivo LGTBI, los ecologistas, las feministas, los animalistas... Movimientos que surgen no como oposición sino como reclamación de derechos e integración.

En las tribus que se daban antes existía una influencia, por así decirlo, de afuera hacia dentro: ahora, estas tribus se definen más por lo que ocurre dentro de nosotros y lo expresamos hacia fuera. Es una cuestión mas de identidad individual que de pertenencia a un grupo. No se definen tanto por un estilo musical o por una estética en concreto. Lo determinante es la identidad. 

Y el hecho de que no pertenezcas a alguno de estos grupos no significa que vayas en contra de ellos. Para las personas que rechazan estos movimientos ya existe un grupo: la ultraderecha y los nacionalismos extremos, que defienden la identidad patriótica, la identidad única de un grupo de personas que pertenece a un territorio en concreto.

La globalización ha traído diversidad y la diversidad desencadena en heterogeneidad. Cuando en un país conviven tantas personas de diferentes pensamientos e identidades, renace el sentimiento de identidad nacional para resaltar nuestro sentimiento nacional que define cómo somos y hacia dónde debemos ir.

DANY RUZ
  • 3.11.20
Llevamos meses escuchando a medios de comunicación y a personas de nuestro círculo más próximo decir algo así como: “Pobrecitos los jóvenes de hoy en día, que no han salido de la crisis del 2008 y ya están entrando en otra peor”. Confieso que me siento identificado con esta afirmación, pero no me representa porque en esa frase hay una lamentación implícita con un ápice de compasión.


Y que la sociedad sienta compasión por la juventud sería admitir que se ha criado y se ha educado a toda una generación débil, pasiva y sin instinto de mejora. ¿Qué generación lo ha tenido fácil? De sobra son conocidas las “batallitas” de nuestros abuelos y abuelas, compartiendo con nosotros sus aventuras de postguerra y cómo pudieron sacar adelante a sus familias, pese a las circunstancias. Sin saberlo, nos estaban contando cómo hicieron para tener la sociedad y los avances que hoy disfrutamos. 

Así que, cuando se nos pase por la cabeza pensar que “el coronavirus nos va a robar los mejores años de nuestra vida” estará bien responder con un par de preguntas: “¿Y cuántos años nos han regalado? ¿Cuánto hemos luchado, nosotros los jóvenes, para conseguir lo que tenemos?”. 

La queja, siempre que no esté acompañada de una solución, no sirve para nada. Pienso en todo lo que he recibido de mis padres, de mis abuelos y, definitiva, de todos mi antecesores. Y me siento muy afortunado. Porque no he tenido que levantar la voz para poder optar a unos estudios o a un sueldo digno: los que se han levantado a primera hora de cada mañana han sido mi padre y mi madre, todos los días, para conseguir un sueldo y, a través del mismo, la posibilidad de darme una vida aún más digna. 

Y la mejor forma que tengo de agradecerles su esfuerzo es seguir esforzándome yo para tener mejores condiciones de vida. Pero ocurre que cuando me relaciono con mis iguales (cuando digo "iguales" me refiero a un grupo de personas situadas en una franja de edad entre los 20 y 40 años), las conversaciones que me encuentro son de queja, sin solución aparente, y rebelándose contra “Papá Estado”, sin ser muy conscientes de que, realmente, todos formamos parte de tal entidad, y que la mejora de nuestras condiciones parte de nosotros mismos. 

Porque entendemos que ser rebelde hoy en día es no ponerse la mascarilla, saltarse el toque de queda, quedar con un grupo de amigos para beber, reír y bailar hasta las 6.00 de la mañana y, con el vaso en la mano, decir: “Por mucho que quieran los políticos, a mí no me van a quitar los mejores años de mi vida”. 

Esto no es rebeldía, no. Esto es cobardía. Porque nos han regalado todo lo que tenemos, porque nos quejamos de que nos pueden quitar lo que nos han regalado y, nosotros, lo único que hacemos es quejarnos entre nosotros para alimentar la visión de que todos los derechos laborales, sociales, judiciales e individuales se nos deben poner en bandeja como los Ferrero Rocher a Isabel Preysler: sentaditos, con el brazo estirado y la palma de la mano bien abierta, esperando a recibir lo que consideramos nuestro. 

¿Cuándo hemos salido a la calle a reclamar unas mejores condiciones laborales? Nuestra generación, nunca. Nos hemos ido a otros países a generar economía. ¿Pero a la calle a luchar por mejores condiciones? Nunca. Como generación “maltratada”, nunca hemos salido a la calle a poner al sistema entre las cuerdas. Y quien me lea me dirá: “¿Y qué significó entones el 15-M?”. 

Al cabo de los años he descubierto que los precursores del 15-M utilizaron el malestar general de una generación como herramienta para crear un nuevo partido político. Nos hicieron ver que la única forma de cambio estaba en la organización de las personas que habitan la queja y llevan esa queja al Parlamento a base de votos. 

¿Y si toda la energía puesta en todos esos movimientos hubieran desembocado en la acción de barrio? Pues seguro que tendríamos una sociedad mucho más activa. Dudo que fuéramos mejores, pero tendríamos una actitud productiva, conociendo los problemas de nuestro vecino, teniendo contacto en la rutina con los que nos rodean y proponiendo soluciones reales a problemas reales. 

¿De qué me sirve hablar de la bajada del PIB si tengo personas que conviven conmigo que no tienen para pagar el recibo de la luz? Tras estos movimientos del 15-M a los jóvenes se nos alineó de una forma muy inteligente hacia un nuevo modelo político, situándonos como agentes del cambio siempre y cuando les votáramos. Nos querían hacer ver a toda una generación que tendríamos portavoces dentro del Gobierno, pero eran portavoces de quejas, simplemente, no de soluciones. 

Y es lógico, porque las soluciones depende de nosotros: de nadie más. La solución solamente depende de cada uno de nosotros, siendo conscientes de que la rebeldía se tiene que actualizar de acuerdo con la época. Ser hoy rebelde no significa lo mismo que serlo en los años de la Transición. 

Ser hoy rebelde sería montar una empresa, comprar una casa o crear una familia, porque las circunstancias no lo permiten y no favorecen ninguna de estas tres cosas. Ser rebelde, por mucho que nos duela, no es estar de fiesta saltándonos el toque de queda con un vaso en la mano, quejándonos de todas las restricciones. Nunca hemos tenido tantos derechos para poder seguir consiguiendo libertades. 

DANY RUZ
  • 20.10.20
En la sociedad actual, los límites de concepto "artista" no están bien definidos, pues se confunde la fama con el arte, como vimos en el anterior artículo. Por eso ahora me gustaría compartir con vosotros mi visión sobre el arte y el concepto de "artista".

Estamos en un momento de la humanidad en el que muchos conceptos necesitan ser reformulados para que su significado coincida con la utilidad práctica. Y en el caso de los límites tan difusos del arte, tenemos que detenernos y reflexionar sobre este concepto, para poder diferenciar bien la artesanía del arte, el artesano del artista. 

Para mí es muy importante diferenciar el arte de la artesanía. En ambos casos hablamos de objetos creados, manufacturados y/o editados por el ser humano. Y para que sea arte, antes ha tenido que ser artesanía. La principal diferencia es la utilidad temporal que tiene la obra. 

Me explico: cuando un carpintero realiza un mueble con una manufactura precisa y detallada, no lo vemos como una obra de arte sino como una obra de artesanía. Lo concebimos como un objeto que tiene una utilidad concreta, realizada con las técnicas, herramientas y diseños que impera en ese momento. 

Estéticamente nos puede agradar más o menos, pero sobre todo valoramos la utilidad práctica de dicho objeto. Al adquirirlo, sabemos que es una obra de artesanía y que lo compramos por una necesidad concreta. Dicho con otras palabras: una obra de artesanía es un objeto que es útil y satisface la necesidad de una o varias personas en una franja temporal concreta.

Si este mismo mueble, hecho con unas técnicas y diseños propios de una época, sigue siendo útil a las generaciones venideras, este mismo objeto se convierte en arte. El valor temporal y la utilidad a lo largo de los siglos y generaciones es lo que convierte la artesanía en arte. 

Esta definición quizás sea difícil identificarla en un simple mueble de un carpintero. Por eso os voy a poner otro ejemplo, quizás un poco mas ilustrativo. Todos conocemos a unos de los grupos españoles referentes en el pop de la primera década del siglo XXI: El Canto del Loco. Este grupo puso voz a toda una generación adolescente, pues recogía las preocupaciones, motivaciones y sentimientos de muchos jóvenes y las convertía en canciones. En su momento fue realmente útil para estos jóvenes, ya que el grupo convertía sus emociones en música y palabras. 

Con el paso del tiempo, estos mismos jóvenes pasaron a edad adulta y han venido nuevas generaciones. Los que ahora son adultos, miran hacia atrás y ven esas canciones como himnos de una época pasada pero no se ven ya representados en sus letras. 

Y los nuevos jóvenes se sienten ahora identificados con otros referentes musicales que conectan con los problemas y sentimientos que los jóvenes tienen hoy. Por tanto, El Canto del Loco es un grupo generacional, que fue útil en una franja de tiempo concreta a un grupo de personas en concreto. No valoro si el grupo fue bueno o malo: solo la utilidad de su obra. Y la utilidad, como ya hemos visto, ha sido finita. El Canto del Loco fue un grupo totalmente generacional, como otros tantos. Sus canciones, como ocurre con las obras de la Movida madrileña, sirven de recuerdo de una época. Nada más. Por lo tanto, la obra de El Canto del Loco sería, según esta lógica de pensamiento, puramente artesanal. 

En cambio, si tomamos como ejemplo a The Beatles, vemos que este grupo sí ha trascendido a la generación del momento y sigue dando voz a los problemas y emociones de las distintas generaciones. Técnica y estéticamente ha podido haber grupos y músicos mucho mejores que ellos, pero no han pasado de generación en generación porque su obra no es útil ni atemporal: satisface unas necesidades y a unos individuos en concreto, en una franja de tiempo concreta.

¿Qué quiero decir con todo esto? Simplemente que el hecho de hacer música, o un vídeo, o un cuadro, o una escultura, o un poema no te convierte automáticamente en artista: te hace ser artesano y, como tal, satisfaces una necesidad en especial: ya sea la tuya o la de cualquier persona que se exponga a tu obra Pero, eso sí, únicamente en una franja de tiempo en concreto. 

Para que esa misma obra de artesanía se convierta en arte tendrá que seguir siendo útil en el tiempo a diferentes generaciones futuras. Por tanto, una persona que se autodenomine "artista", está pecando desde mi modesto punto de vista de vanidad y de soberbia. Porque deberá ser el tiempo y los que vengan detrás los que determinen si, en efecto, eso era arte o no. Y si no, echemos la vista atrás y veamos qué pasó con Vincent Van Gogh.

DANY RUZ
  • 6.10.20
A lo largo de mi vida me han llamado a partir de muchos apelativos. Unos cariñosos, otros no tanto; algunos definen mi personalidad y otros, mi estilo de vida. Todos los he aceptado e integrado en mi vida. Menos uno: artista. Para mí, el concepto "artista" es muy elevado, ya que considero que debería otorgarse a alguien por parte de diferentes generaciones que no han convivido en una misma época y, siempre, en función del tiempo transcurrido y de la utilidad de su obra. Por ello me gustaría compartir mi opinión y definir al artista de hoy en día y ver qué diferencias hay entre el arte y la artesanía.



El ser humano es, ante todo, comunicativo. Para ello, utiliza el lenguaje verbal, la expresión corporal, los códigos o los símbolos. Pero hay ciertas emociones y sentimientos que son imposibles de comunicar a partir de este tipo de lenguajes.

Ante esta necesidad de expresión nace el arte. Tal expresión, que no tiene palabras sino conceptos, se genera en lo más profundo del ser humano, ahondando en la persona como ser, como especie. Es aquí donde Kant recoge una de sus máximas al analizar el arte y la belleza: "Para que sea arte debe ser tan individual que se convierta en universal". ¿Pero cuándo es arte y cuándo es artesanía? ¿Cómo diferenciamos a un artista de un artesano? ¿Qué significa hoy ser artista?

Desde mi punto de visto, creo que hoy en día hay mucha confusión en torno a los conceptos de arte y artista. Para ilustrar con un ejemplo, os invito a hacer una búsqueda en Google escribiendo lo siguiente: "Artistas mayores de 50 años".

Como podéis comprobar, hasta la página 10 de resultados de búsqueda no aparece un listado de artistas “reales” que superan esa edad. El resto son un listado de famosos, actores y actrices que superan dicha edad. Es decir, en la sociedad actual, los límites del concepto de artista no están bien definidos y, de hecho, se confunde la fama con el arte.

El artista del siglo XXI ha dejado de hacer arte, de representar en obras sus emociones y que aquellas personas que se expongan a su obra se sientan atraídas por ella porque expresa aquello que siente y que no puede explicar con palabras.

El artista ha convertido su propia persona en la obra. Como bien dice la investigadora italobrasileña Claudia Giannetti, hemos dejado abandonada la visión neorromántica del artista, como un observador externo, un nómada, un voyeur, un creador autónomo y subjetivo: un purista intelectual, un excéntrico.

Ahora se va imponiendo la consciencia de su aportación, como un agente interno, que vive y trabaja en el contexto de su sociedad. El artista actual ya no tiene nada que ver con el de hace doscientos años. Ya no buscamos representar algo bello, sino provocar y comunicar de una manera personal una realidad o un sentimiento íntimo que, al mismo tiempo, te refleje a ti y al mundo una nueva forma de ver.

En consecuencia, pienso que el nuevo significado que va tomando el concepto de artista en la actualidad es mas próximo al de artesano que al de artista. Lo veremos en una próxima entrega de esta Anestesia ética.

DANY RUZ

  • 22.9.20
Todas las personas que formamos parte del ámbito de la cultura alzamos en estos días la voz en protesta por la delicada situación de nuestro sector, por las pocas ayudas que se aprueban por parte de las instituciones y por las graves restricciones que sufrimos para desarrollar nuestro trabajo. Pero me surge una duda: ¿Desde cuándo la cultura ha disfrutado de una situación laboral digna en España?



A no ser que seas un artista con renombre, un técnico que pertenece a los grandes circuitos culturales nacionales o un productor consagrado durante los años óptimos de la cultura, has estado compaginando tu pasión con otros oficios. Esta es la realidad de la cultura en España.

Ya estábamos mal mucho antes de que explotara la crisis sanitaria del coronavirus. Ya nos dábamos por abandonados por las instituciones tras las crisis del 2008. La subida del IVA Cultural lapidó un poco a los artistas principiantes y generó una fractura enorme entre artistas consagrados y noveles.

Internet y las nuevas plataformas de generación de contenidos hizo que la cultura tomara una nueva dimensión, dando pie a un sinfín de contenidos culturales digitalizados. En este paradigma digital prima la cantidad y no la calidad. Y ante este panorama cultural, tuvimos que desterrar de la ecuación el apoyo hacia la cultura y encontrar un aliado en el público.

El consumo de cultura ha cambiado de unos años a esta parte, haciendo un mercado cada vez más competitivo y democrático, en el que el flujo económico es cada vez más indirecto para el autor, que se ha convertido en un mero generador de contenidos que percibe ingresos no por la obra en sí, sino por la cantidad de personas que la visualizan o por los productos comerciales que aparecen en sus obras. El hecho de cobrar un caché se está quedando obsoleto.

Encontramos, pues, un público con acceso infinito a contenidos culturales y que cada vez gasta menos en cultura. Toda persona con acceso a internet se convierte indirectamente en consumidor cultural. Ir a un concierto sin conocer al artista se ha transformado en todo un acto heroico y sibarita, ya que arriesgas tu dinero al consumir algo sin un conocimiento previo.

Y si entramos en el fondo del debate, creo que el público de una zona rural, a grandes rasgos, se deja llevar más por el “compadreo” que por la calidad real de lo que está consumiendo. Es decir, una persona va a un concierto, a una obra de teatro o a una exposición porque el artista es un conocido o un familiar.

Quizás en una gran ciudad haya un público más comprometido. Y esto puede ser porque la oferta cultural es más amplia y se vive tras el anonimato. Sé que esta afirmación puede generar estupor entre los lectores pero voy a compartir una frase que me ha acompañado desde el inicio de mi andadura en este bonito sector: “¿Cómo? ¿Qué la obra de teatro vale veinte euros? Por ese dinero me voy a Córdoba y veo allí una obra de calidad y en un teatro de verdad”.

Este tipo de actitudes me sorprenden muchísimo por varios motivos. ¿Acaso en un pueblo no puede haber teatro de verdad? ¿Ir a ver una obra a una ciudad garantiza la calidad e ir a un pueblo es sinónimo de principiantes? ¿Por qué pagar en una ciudad veinte euros parece barato y, sin embargo, en un pueblo, nos resulta carísimo?

Si antes estaba asentada esta idea, a partir de la crisis del coronavirus se ha acentuado aún más, por culpa de las restricciones y de los aforos limitados en los espacios escénicos. Y doy por hecho que el abandono por parte de las instituciones va ser una realidad, ya que no van a asumir el riesgo y la responsabilidad de contagios en un futuro.

Por tanto, el sector cultural queda al amparo del público, de la forma de consumir cultura y de la iniciativa privada. Dependemos del público para no caer: es nuestro colchón. Si el cantautor del pueblo, que está empezando, da un concierto en un bar, lo ideal es que vayamos a apoyar a ese establecimiento que arriesga y que apuesta por la cultura; que vayamos a apoyar a ese músico que no ha elegido esa profesión porque vaya a ganar mucho dinero, sino porque no conoce otra forma de ganarse la vida.

Eso genera una sinergia en tu localidad a largo plazo. Y, además, en ese ratito tu alma se alimenta. Pero si solamente vas a la obra de teatro de tu amiga o de tu vecino, al concierto del sobrino de tu cuñado, a la presentación del libro de tu compañero de colegio o a la exposición de tu prima, lo siento, pero eso no es consumir cultura: eso es compadreo.

Si no cambiamos nuestros hábitos de consumo de la cultura, para nada sirven las manifestaciones, las ayudas institucionales, las campañas por redes sociales o ver a los artistas consagrados reclamar más apoyo. La cultura vive a partir de quien la consume: no hay más. Siempre ha sido así.

La cultura sin el público está condenada al vacío. Y, para ello, el público deber tener cultura. Siento que la solución está en reconciliar al público de todo tipo con la cultura de todo tipo. Y que conste que la cultura nunca va a desaparecer porque es la expresión del alma. El día que dejemos de ser humanos será el momento en el que la cultura se esfume.

Mientras tanto, sentiremos la necesidad de expresar aquello que, con palabras, no podemos transmitir a nuestros semejantes. Y estamos en un punto de inflexión que va a determinar de qué forma vamos a disfrutar de lo único intangible que ha creado el humano.

DANY RUZ
  • 8.9.20
Ya ha pasado todo un verano. Un verano totalmente atípico en el que cada uno de nosotros ha luchado por encontrar un atisbo de la “antigua normalidad” que nos pertenecía. De todas formas, confieso que en estos meses he encontrado una pseudonormalidad aplastante. Y es que estoy abriendo camino ante la adversidad, sintiendo fragilidad y debilidad, reconociendo tales emociones y dándoles cabida.



Es como estar atrapado en mí mismo sin tener la oportunidad de salir. Y aprovechando que estoy en mí mismo, ordeno todo aquello que no estaba en su sitio. Y una de las cosas que no estaban en su sitio es un concepto que a todos nos pertenece y al que pertenecemos a su vez: la libertad.

La libertad es un concepto muy abstracto, intangible y volátil. A partir de esta cuarentena he podido crear mi propio concepto de libertad: poder caminar por el campo sin sentir miedo. Eso es libertad, al menos para mí. No es poder salir a la calle a comprar, quedar con amigos o sentirse seguro.

La libertad no se rige por la seguridad; no se rige por lo que puedes consumir ni con quién puedes estar. Todo son estigmas que se apegan a la libertad como una garrapata al pelaje de un perro. Son fracciones de una realidad que apenas comprendemos.

En el momento que nacemos, estamos a merced y bajo el yugo de la propia vida. ¿Podemos alcanzar de manera individual una total libertad? Yo soy, a la vez, el que se aprisiona y el que se libera. Las circunstancias no las puedo cambiar, pero sí puedo exprimir este momento para entender que todo lo que me ocurre no depende de mí.

Y creo oportuno hacer una analogía para explicar esta idea mejor. Imaginemos que cada persona, antes de nacer, es una hoja caduca de un árbol, que ha crecido sobre una altura superior al suelo y que, tras haber cumplido la función de cubrir al árbol de su desnudez, cae sobre el agua de un río. Inerte, vaga flotando sobre las aguas, a veces turbias y a veces cristalinas.

Por mucho que quiera ser libre, por mucho que quiera ir a contracorriente, por mucho que le impulse su voluntad, el agua es la que dirige la hoja. Esa caída del árbol es mi nacimiento y el transcurso del agua, mi vida. La hoja soy yo.

En el momento que nazco estoy a merced de la vida, a merced del agua. No puedo hacer otra cosa que dejarme llevar, tratando de entender, eso sí, por qué me dejo llevar. Ejercer una fuerza que rompa la inercia me haría daño. Cuando viene el agua turbia, debo aceptar que, por mucho que mire al fondo, no entenderé nada. Y ahora, estamos en momentos turbios en los que no podemos ver qué hay debajo de nosotros.

Creo que, en estos momentos, todos compartimos unos mínimos y que, de forma individual, cada uno llega a sus máximos. Hasta ahora todo han sido emociones y ha pasado muy poco tiempo como para poder racionalizarlas. Pasan los días sin pena ni gloria, sin ajetreo y sin ver más que las nubes pasar o La Tierra dar una vuelta sobre si misma.

Y pienso muchas veces si esto es lo que de verdad se llama "vida". Conectar con nuestras emociones. Emociones que, a su vez, están generadas por la interacción con lo que nos rodea. Es extraño porque tenemos la sensación de miedo pero no vemos al "enemigo": tenemos la sensación de vulnerabilidad pero no sabemos cómo protegernos.

Entiendo que esta situación sea nueva para nosotros, sin unos precedentes claros de cómo gestionar estas emociones que no han quedado registradas en nuestra memoria colectiva aún. Creo que en estos momentos vienen a la cabeza, inevitablemente, muchos recuerdos y vivencias de lo que fuimos en el pasado. El otro día me vino a la cabeza un pensamiento: "Ahora tenemos tiempo para volver a ver las fotos del pasado y saber así quiénes éramos”.

Me vienen recuerdos muy intensos de cuando era muy pequeño: recuerdo los olores, los sabores... Muchas sensaciones juntas. Me gusta mucho tener estos recuerdos porque son la base de lo que soy, donde reside mi libertad. Creo que hay que mirar atrás para saber a donde vamos; coger el pasado de inspiración para construir el futuro. Siempre he pensado que el futuro se construye de acuerdo al presente. Y me gusta dejar al presente que sea el presente.

DANY RUZ
  • 28.7.20
Me cuesta mucho confiar en alguien que, a la pregunta de si cree en Dios, contesta de forma inmediata y con seguridad. Me es indiferente si es un “no” rotundo o un “sí” cargadísimo de fe. Dudar de la idea de Dios es uno de los actos que nos pertenecen como humanos. Y parece que lo establecido como normal en los tiempos que vivimos es negar su idea, bien desde el ateísmo o bien desde el agnosticismo.



Creer en Dios, como un ente hacedor de todo, como un demiurgo, como punto de referencia del Bien, ya no es útil. La palabra "Dios" ha sido sustituida paulatinamente por “energía”, al menos a partir de la Generación Millennial y las que le siguen.

Durante muchos años se ha asociado a Dios con la Iglesia, o así nos lo han hecho ver, ya que han actuado en su nombre y han creando manchas imborrables sobre una concepción de Dios que hoy por hoy no nos representa. Como bien dijo Nietzsche, "Dios ha muerto". Pero hay que especificar un poco más esta reflexión: puede que lo que haya muerto ha sido el concepto que hemos heredado de Dios.

La respuesta más habitual que me encuentro ante la cuestión de Dios es la siguiente: “No creo en Dios, pero sí creo que hay algo. La energía”. El Dios antropomórfico es el que hemos matado, pero sigue viviendo su “energía”. Lo que ha muerto es el contenido del concepto y nos ha dejado huérfanos de creencias. Si no es demostrable empíricamente, no existe. Todo lo basamos en pensamientos racionales, olvidándonos de que hay estímulos sensitivos que adquirimos que no logramos comprender ni racionalizar.

Ahora nadie habla de creencias y cobra mayor importancia todo lo cuantificable. Por eso no me fío de una persona que responde de manera firme a la pregunta de si cree en Dios. Y no me fío porque no duda de su razón; no duda de los estímulos que percibe; no duda del pensamiento imperante; no duda de la cultura que hemos heredado...

No utiliza su razón en base a lo que siente, no indaga en los sentidos. Para mí resulta indiferente si crees o no crees: para mí lo importante es que dudes y apliques la razón a merced de los sentidos y no lo sentidos bajo el yugo de la razón. Y cuando llegues a la respuesta, duda de nuevo, porque cada día recibimos estímulos nuevos. Porque un día nos levantamos con una ardua creencia en Dios y, al día siguiente, lo desterramos de nuestra creencia.

Creo que en el pensamiento occidental ya no es tan útil Dios como lo era antaño, ya que hemos creado un sistema racional donde podemos dar explicación a los hechos que ocurren a nuestro alrededor. Y cuando no entendemos o no logramos explicar un hecho concreto, se abre paso la conspiración.

El ser humano necesita dar explicación a lo que le rodea, ya que no contempla el azar como explicación lógica. El hecho de tener consciencia nos dota de cierta autoridad para entender lo que observamos, para construir una concatenación de hechos que nos han llevado hasta este preciso instante.

Lo que al principio fueron los Dioses para dar explicación a los hechos meteorológicos e “irracionales” (todo aquello que no podíamos dar explicación a partir de la lógica primitiva), la ciencia avanzó y se aunó todo en un solo Dios para dar explicación a todo aquello a donde la ciencia no podía llegar.

La conspiración caminaba junto a los dioses, junto a una explicación que diera sentido a nuestro lugar en el mundo y cómo el mundo interacciona con nosotros. Ahora que Dios ha muerto, que no tiene cabida en una sociedad sin tiempo para reflexionar, destinada a producir, es la conspiración la que da sentido a los hechos que nos rodean.

Atribuimos al ser humano el carácter místico y calculador que antes pertenecía a Dios. Hemos dotado al hombre y a la mujer de poderes para controlar y gestionar el mundo tal y como lo conocemos. Y esto ocurre, en mi humilde opinión, porque desatendemos el azar, desatendemos que nosotros estamos formados por miles de partículas que se mueven por azar, sin un motor consciente y sin un fin al que llegar.

El azar como elemento naturalizador. La conspiración como elemento desnaturalizado. Dios como elemento común entre todos los seres humanos. La consciencia y la duda como hábitat de Dios. Pero… ¿Dios existe?

Estoy en plena búsqueda de Dios, en una duda constante. Y confieso que es de los ejercicios más divertidos a los que le dedico tiempo. Siento que fuera un camino que no tiene fin y que cuanto más avanzo más consciente soy de que nunca llegaré al final. Quizás por eso ya nadie se cuestione la idea de Dios.

DANY RUZ
  • 14.7.20
Me pregunto concienzudamente qué retos y qué compromisos debemos adquirir los jóvenes para poder construir la sociedad que queremos. En la ecuación encajan muchas variables y todas deben convivir con la incertidumbre. Los jóvenes que hemos nacido en la década de los noventa somos hijos de aquellos que vivieron la movida de los años ochenta. Así que una mezcla de alegría, alivio y libertinaje es nuestra herencia.



Supongo que en la década de la movida se esnifaban en el aire las emociones que emergieron a partir de la entrada a la democracia que tanto se anhelaba. No se planteaba tanto la reconstrucción de una nación sino hacer todo aquello que antes no estaba permitido.

Nosotros, los jóvenes nacidos en los años noventa, recogemos el legado de un país que se ha preocupado más de la modernización y de encajar dentro de los países del Primer Mundo que de la construcción de nuestra idiosincracia propia, esa que debe guiar a las generaciones futuras. Nosotros hemos estado sumergidos en la incertidumbre de quiénes somos y, ahora, nos ha engullido la incertidumbre de no saber qué vamos a hacer.

Y confieso que nos hemos acostumbrado a esa incertidumbre: la adoptamos como una cualidad más en todos los ámbitos de nuestra vida. Cuanta más libertad de elección, más incertidumbre. Si viviéramos en la Edad Media, cada uno de nosotros estaría tranquilo porque, desde que el mismo momento del nacimiento, sabría a qué atenerse y a qué se iba a dedicar durante toda la vida. Tendría claro qué rol necesita la sociedad que interpretemos, esto es, el conjunto por encima del individuo.

Por suerte o por desgracia, ahora tenemos la posibilidad de elegir lo que nosotros sentimos que queremos ser y hacer. Nosotros elegimos qué rol interpretar dentro de la sociedad, dejando a un lado lo que la sociedad necesita de nosotros, es decir, el individuo por encima del conjunto.

El hecho de tener esta posibilidad de elección debemos considerarlo como un derecho y un deber que otros no pueden obtener, por lo que la posibilidad se convierte en responsabilidad. Tener el derecho a elegir quiénes somos y qué queremos hacer no significa que hagamos ni que seamos lo que nos apetezca. Pienso que debemos tener un compromiso y una alienación entre lo que queremos y lo que necesitan de nosotros.

Y nosotros que, como ya he dicho en otras ocasiones, somos la generación mas cómoda de la historia, será muy difícil que revisemos nuestros valores y adquiramos un compromiso que sacrifique los deseos individuales por las necesidades del conjunto.

Estamos acostumbrados al progreso, a la diversidad, a los cambios paulatinos y a los cambios bruscos, por lo que puedo llegar a entender que el momento que estamos viviendo ahora mismo lo interpretemos como otro cambio más de paradigma, en el que nosotros no podemos hacer nada. Tenemos más derechos que deberes y entendemos que las soluciones pertenecen a otras esferas de la sociedad.

Quizás sea el momento de dar un paso hacia delante, decir que los cambios son normales, que la incertidumbre forma parte de la vida, que los valores nacionales no son estáticos en el tiempo, que nosotros podemos crear el país que queremos… Quizás sean estos los principales retos y compromisos que debamos adquirir.

Pero para que ese momento llegue, primero tenemos que aprender a andar, después correr y, más tarde, disfrutar del paisaje mientras corremos. Es decir, primero debemos tener compromiso con nosotros mismos, interpretar lo que la sociedad necesita de nosotros y, por último, alinear nuestras necesidades con las necesidades del conjunto.

Sí, es una utopía. Pero las utopías sirven para poner el ideal bien alto, para intentar llegar a través de nuestras acciones.

DANY RUZ


  • 30.6.20
Me gustaría utilizar esta columna de opinión como un ejercicio de maduración, de compresión y de aprendizaje sobre la realidad que estamos viviendo. Los cambios nos inundan cada día y adaptarnos requiere un esfuerzo titánico y sin garantías, ya que pueden suceder cambios de forma constante y diaria. Por eso me gustaría pensar en voz alta y compartir esta reflexión sobre el mundo laboral que nos espera, sobre todo en el ámbito en el que me gano la vida: la cultura.



Estamos viviendo un momento de incertidumbre, un momento de cambio muy brusco de paradigma. Pero aunque el paradigma cambie, las personas seguimos siendo las mismas, a pesar de que el tiempo que hemos estado encerrados no nos ha afectado a todos por igual: cada uno hemos tenido una visión de lo que está ocurriendo, de cuál es nuestro papel dentro de este juego y si formamos parte de un modo pasivo o activo.

La sociedad como conjunto cambia pero el individuo permanece. Todos tenemos un mínimo (el mismo tiempo encerrados a causa de la cuarentena) pero cada uno alcanza su máximo (momento de reflexión, interpretación de las causas y las consecuencias o cómo se ve afectado en su trabajo). Y en este máximo encontramos diferentes visiones, perspectivas y, sobre todo, necesidades.

La función de este ejercicio reflexivo no es más que identificar cuáles son y serán las principales necesidades y, a partir de ahí, aunar las diferentes visiones y perspectivas. Creo firmemente que sería un error atender a un único sector productivo, ya que esta crisis nos ha tocado a todos y no entiende de clases, ni de segmentos de población en concreto.

Lo que está ocurriendo es el mínimo común denominador para la sociedad española, por lo que debemos mirar bajo esas gafas y entender que la especialización vertical no sería más que un paso atrás. Por ello, una de las propuestas que me parecen más interesantes es la sinergia horizontal: incluir y relacionar sectores que, a priori, no tienen relación directa.

Un ejemplo: los grupos de música necesitarán un local de ensayo y las tiendas de ropa necesitarán poner música y atraer de nuevo a los clientes. La sinergia horizontal permitiría que el grupo utilice este establecimiento como lugar de “ensayo” y la tienda utilice a la banda como cebo para atraer a clientes. Reconozco que se trata de un ejemplo loco e imprevisible y que, quizás, no sea válido, pero tengo claro que es importante crear relaciones atractivas tanto para el comercio como para la cultura.

Como decía antes, creo que dar pasos ahora mismo de acuerdo a nuestra especialización es ir con desventaja. Ahora es momento de entender la sociedad como un todo sin segmentar. Las necesidades mínimas serán comunes a todos.

Como hemos visto en redes durante todos estos días y veremos en los próximos meses, se han creado iniciativas culturales para amenizar, divertir y entretener a los usuarios de estas plataformas sociales. Podemos sacar muchas conclusiones a partir de aquí, entre ellas, que la cultura es un arma para “huir” de la realidad, para proponer soluciones a los problemas.

Así, podemos considerar la cultura como motor de avance intelectual; como puro entretenimiento; como herramienta para entender lo que ocurre,; para expresar las emociones que sentimos. En definitiva, la cultura es una propuesta de soluciones constantes.

Mi propuesta es relacionar e introducir la cultura en ámbitos donde antes no estaba tan presente. Ahora hablo en primera persona: yo me considero un artesano que intenta utilizar diferentes géneros y disciplinas para expresar lo que siente.

Para mí ha sido tan necesarios el arte y la cultura en estos momentos como la medicina, salvando las distancias, claro está. Intento explicar esto un poco mejor: la medicina cura lo físico, puede modificar el transcurso de una enfermedad o, simplemente, alargar la vida de alguien. Pero ¿quién cura lo metafísico?

A mí me gusta hablar del “alma”, pero entiendo que existen grandes posibilidades de que el alma, tal y como la entendemos de forma generalizada, no exista. Por lo tanto, hablo de aquello que podemos sentir pero que no es físico: de lo metafísico, en definitiva.

El arte y la cultura es la medicina del alma, la medicina de lo metafísico. Por ello, creo firmemente que, en los tiempos que estamos, es tan necesaria la cultura y el arte como la medicina. Ambos, en su conjunto, nos curan. Y a mí el arte me ha curado el alma en estos momentos de angustia, de ansiedad y de incertidumbre.

Quizás sea esa la solución mas acorde a lo que estamos viviendo: llevar la cultura y el arte a los sectores comerciales más afectados, creando una sinergia horizontal, dejando una huella positiva en nuestro entorno que tenga como arma la cultura. Y quizás la fórmula pasaría por aprender un poco del cultivo ecológico y trasladar su filosofía a otros ámbitos. Porque si a las personas que me rodean les va bien, a mí también me irá bien.

DANY RUZ
  • 16.6.20
Nos enfrentamos día tras día a medios de comunicación que dan cobertura a batallas dialécticas y casi de dignidad entre aquellos altos cargos políticos que hemos elegido. Y debo confesar que ha habido veces que, incluso, me he divertido y otras, sin embargo, en las que esos debates me han exacerbado. Como en cualquier entretenimiento, cuando dejo de tener en frente el estímulo que me entretiene, vuelvo a la “vida real”. No me hace pensar, reflexionar ni cuestionarme nada. Tan solo veo a personas desconocidas increpándose para gestionar a su manera el dinero de todos.



Quedan tan lejos para mí esos hombres y mujeres de chaquetas y maletín que todo lo que hacen y dicen me es ajeno... Me siento inútil cuando los veo recorriendo los pasillos del Congreso, del Senado, de los ministerios, en dirección a sus asientos para tomar decisiones bajo su ideario, sin lograr empatizar con las diferentes realidades que representan la sociedad española. Pero tras pensarlo de forma pausada y fría, me digo a mí mismo: “es normal que sientas impersonal la política nacional. Tu tienes que formar parte activa en la política local”.

Siguiendo las palabras del maestro Julio Anguita, el trabajo del ciudadano no debería terminar al echar el voto en la urna: debiera ser un trabajo continuo de años, para luchar por lo que es nuestro. Porque nadie va a luchar por ti ni por lo que te pertenece. Si tú quieres conseguir lo que es tuyo, lúchalo.

Pues siguiendo esta premisa me vuelvo a repetir a mí mismo: “tú tienes que formar parte activa en la política local”. Y a esta difícil empresa he dedicado el último lustro de mi vida: a combinar mi faceta profesional formando parte activa de la política local, pero desde una perspectiva ciudadana. Y me he encontrado con muchas sorpresas. Entre ellas, que el debate que está asentado en la política nacional se fragmenta y se adapta a la política local.

Muy lejos está la política local de satisfacer las necesidades de sus habitantes si se aplican medidas que no son acordes al municipio. Por ejemplo, ¿por qué se aplican en un pueblo de la Campiña Sur cordobesa medidas que se han aplicado en París? Se me ocurren muchas explicaciones y, entre ellas, no sitúo como causa real la necesidad.

Posiblemente, se apliquen porque se trata de una medida innovadora que ha cambiado el paradigma de un núcleo urbano y cosmopolita como es París. Puede que se haya aplicado, quizás, por combatir el cambio climático en un foco importante de contaminación. O puede ser porque esa medida está alineada con las necesidades que en ese preciso momento tienen las habitantes de esa ciudad.

Pero, ¿por qué mi alcalde o concejal ha importado una medida diseñada para una gran ciudad a un territorio muchísimo menos poblado? ¿Será para que todos veamos lo moderno que es nuestro pueblo? ¿Ha implantado esta medida para crear un gran titular para las redes sociales?

¿Cómo cubre mi Ayuntamiento mis necesidades como ciudadano si aplica medidas que satisface las necesidades de un parisino? ¿Para qué quiere un pueblo con una alta tasa de habitantes situados en la tercera edad una aplicación móvil para ver si el parking está libre o está lleno?

Soy un gran defensor de las influencias entre territorios, culturas y naciones, pero no de los “copia y pega”. Está bien inspirarse en lo que hacen los demás pero habría que mirar un poco hacia nosotros mismos, ver qué están haciendo mis vecinos para saber cuáles son sus necesidades.

Si un municipio tiene una cultura radicada en lo rural, no vale de nada aplicar medidas digitales directamente. Antes hay que pasar por una transición. Y por lo que he vivido, siento que no están alineadas las acciones políticas desde los ayuntamientos con las necesidades de los municipios.

Tomando a Platón como referente, vamos a analizar dos tipos de medidas: las sensibles –o, dicho de otra forma, las medidas acordes a la realidad– y las inteligibles –las que pertenecen a una realidad ficticia–. Cuando un ayuntamiento sigue un camino basado en un ideario que huye de la realidad de su pueblo está destinado a tener una vida en paralelo de sus conciudadanos: avanzan juntos, sí, pero nunca se llegan a tocar. El poder político pasa a otra esfera y deja un hueco que rellenan las asociaciones y los colectivos ciudadanos.

Son las asociaciones y los colectivos los que viven la realidad y los que forman parte activa del cambio. Son ellos los que dejan una huella positiva dentro del municipio. Y no pienso que esto sea algo negativo sino justo lo contrario: si las asociaciones y colectivos saben interpretar lo que necesita la población, desde la Administración hay que protegerlos, facilitar  recursos y herramientas.

Aunque sea un ideal utópico, tengo una imagen muy clara de este proceso: el Estado hace unas leyes y administra las riquezas de las comunidades. Las comunidades, bajo la interpretación de esas leyes y de acuerdo con las necesidades de cada una de ellas, administra el dinero. Los ayuntamientos, por su parte, ejecutan el dinero para cubrur necesidades propias del municipio. Los autónomos emprenden; el tejido asociativo propone. Y todo esto debería ir en un sentido bidireccional, un trabajo conjunto y piramidal.

Y ahora, en el momento que vivimos, somos los jóvenes los que tenemos que pasar a un modo activo, formando parte de la solución. No podemos dejar en manos de la Administración nuestro futuro. Debemos sentirnos responsables y dueños de lo que está por venir. Porque el político que está sentado en el Congreso le habla a su votante, no a la población; y el que está sentado en el ayuntamiento no vive en la realidad de su pueblo, por lo que debemos liderar nuestro hoy.

Pero, claro, siendo nosotros la generación "más cómoda" de la historia humana, que siempre nos han puesto un plato en la mesa sin preocuparnos de nada más, tenemos que dar un paso hacia adelante e impulsar una perspectiva nueva a la realidad. Porque la realidad, creo, es siempre la misma. Me imagino la realidad como un trocito de queso con agujeros y que cada agujerito pequeñito es una persona. Aunque el agujerito se muera, el queso sigue siendo el mismo.

DANY RUZ
  • 2.6.20
Estamos viviendo la perfección de un género comunicativo transversal que se manifiesta en todas las plataformas de los medios de comunicación: el espectáculo de la tragedia. Quizás podamos situar el inicio de este fenómeno a partir de las decapitaciones públicas en la Revolución francesa. Cientos de espectadores en una plaza, esperando para presenciar un acto que duraba un segundo.



La espera en sí se convertía ya en un espectáculo. El final era lo de menos: todos saben cómo sería. Lo que generaba interés era comprobar cómo sufría el condenado hasta su ejecución definitiva. La satisfacción del morbo de ver a alguien sufriendo hasta su muerte. Y esta sería, para mí, la definición del “espectáculo de la tragedia”.

Es cierto que estos actos se han cultivado de forma similar a lo largo de las diferentes culturas que se han sucedido durante siglos, como en el Imperio romano con los gladiadores. Pero cada vez más se fue perfeccionando este formato hasta llegar a la guillotina.

Los gladiadores, en definitiva, tenían como fin la lucha por el honor, utilizar su propio cuerpo para obtener una vida digna, para sobrevivir al espectáculo de la sangre. Había, aunque fuera nimia, una posibilidad de salvar la vida. El público, supongo, viviría esto con pasión, jaleando y concentrado para no perderse ni un movimiento gelatinoso de los luchadores. La muerte de alguno podía llevar a la decepción a gran parte del público y a la alegría al resto.

La guillotina, en cambio, es el sumun y, por ende, la perfección de este formato: público enfrente de un escenario expectante para ver rodar la cabeza de un condenado a muerte. No hay dignidad ni honor que salvar, ni posibilidad alguna de sobrevivir. Las personas agolpadas, con un gusanillo en el estómago por ver caer la cabeza, el chorro de sangre y, dubitativos, comprobar si esta vez la boca amagaría un gesto de dolor.

Se me enreda por la cabeza una idea. Y es que desde la aparición de la prensa escrita, la radio y la televisión, este hecho fue migrando paulatinamente hacia los medios de comunicación y, a lo largo del tiempo, han sido los medios los que obtienen el derecho a cortar cabezas y a retransmitirlo. Hoy vemos cómo ofrecen en directo cualquier tragedia.

Uno de los ejemplos más recientes es el caso de Julen Roselló, el niño que cayó a un pozo de prospección en la localidad malagueña de Totalán. Cámaras en directo para poder seguir cualquier avance de la tragedia. Ahora, en plena pandemia, los medios están llegando a un grado de perfección mayor que con la guillotina: nos llevan a casa la tragedia, sin levantarnos del sofá, sin necesidad de limpiarnos tras la salpicadura de la sangre.

Inician debates y tertulias. Comentan cada decisión como si de un partido de fútbol se tratara. Nos hacen ver que somos dos equipos enfrentados. Juzgan utilizando los valores como arma. El morbo es un motor para la alienación, para mantenerme enganchado frente a la pantalla, ya sea la televisión o el móvil. Y hablo en primera persona porque siento que es difícil no impregnarse de esta dinámica.

La tragedia siempre hay que retransmitirla en dosis muy bien calculadas, ya que podemos sobrepasar los límites y quedarnos con una audiencia insensible ante la situación. Para dar un respiro hay que dejar hueco para las empresas que se publicitan en los medios. No nos olvidemos que son ellas las que los sostienen y que, al fin y al cabo, los medios son generadores de contenidos para llevar compradores a sus anunciantes. Dicho de otra forma: hay que crear programas y contenidos que atraigan a la audiencia para hacer crecer las empresas que están sosteniendo “nuestro” medio.

Hoy es el morbo de la tragedia el que atrae a la audiencia y, poco a poco, estamos logrando perfeccionarlo. Y hablo en plural porque ninguno podemos sentirnos fuera de este juego. “Nosotros te llevamos la tragedia a casa”, podría ser la idea matriz de la nueva estrategia del conjunto de medios. Y nosotros, como buenos espectadores, la abrazamos.

DANY RUZ
  • 19.5.20
Desde hace meses se viene hablando de que estamos entrando en una nueva normalidad, en un nuevo orden mundial, en un nuevo mundo. El concepto “nuevo” está en boca de todos y estamos intentando atribuirlo a las circunstancias recientes que nos acontecen como herramienta para paliar el impacto en nuestra vida diaria.



Pero este concepto inofensivo, a simple vista, hace que al utilizarlo convirtamos en rutina comportamientos que, de acuerdo a nuestra identidad, nos son extraños y excepcionales. Al utilizar la palabra “nuevo” o “nueva” estamos normalizando cada acción y comportamiento originado dentro del contexto de esta pandemia.

Estos días he salido a la calle por primera vez desde hace meses y confieso que siento que esto no puede llegar a ser la normalidad. No podemos considerar este estado de anestesia de la libertad como algo normal. Y que conste que no escribo esto para criticar las decisiones que se han tomado hasta este punto. Era necesario quedarnos en casa y, en el futuro, será necesario restringir los movimientos. Pero que no se nos olvide que esto no es lo normal: esta situación es excepcional.

Si normalizamos esta realidad corremos el gran peligro de convertirnos en unas piezas de un juego; un juego basado en la producción, sin tener en cuenta la vida. Nos hemos adaptado de forma majestuosa para relacionarnos, para continuar trabajando, para poder seguir siendo productivos, para cuidar de los nuestros. Quizás el eslogan mas real que describe este momento podría ser: “No te contagies, produce y vive”. También valdría: “Muévete para producir. Quédate en casa para vivir”.

El sistema tenemos que mantenerlo en alto para que no caiga por su propio peso y, para ello, debemos ejercer una limitación de nuestra libertad. Me parece cuando menos paradójico que, para vivir, solo debes quedarte en tu casa. Es extraño.

Yo no quiero esta normalidad. Yo quiero poder abrazar a mi familia, a mis amigos, a un desconocido que encuentre en él un espejo. Y en sus ojos. Ahora la sonrisa se desprende del movimiento ocular. Ahora la felicidad está detrás de un trozo de tela. Me da angustia. Me da lástima sentir que esto es lo nuevo.

Me da pena sentir a personas que están tan cerca, tan lejos. Me da pena en general. Y, en concreto, me da pena sentir que quizás el mundo que viene no es mejor. Quizás será mejor en salud; quizás será mejor económicamente o en la red de comunicación. Quizás estaremos mejor preparados; quizás tendremos mayor estabilidad.

Pero nosotros, quizás, seremos peores. Las tensiones que vivimos en estos días se irán polarizando conforme pasen los meses y los años, llegando a la radicalización total de la esfera social. Me da pena. Es algo tan evidente que casi se puede palpar. Ya lo siento, ya viene.

Para terminar, quiero expresar la creación de “nuevas” oportunidades y “nuevas” formas de hacer. Por ahora no quiero nada. La palabra “nuevo”, repito, nos está engullendo, provocando pequeños excesos de olvido de lo que queremos hacer y, ante todo, ser.

Somos personas únicas que entramos en una etapa de homogeneización de la identidad. A todos nos está definiendo algo común: la cuarentena, el confínamiento, la pandemia. Esto nos igualará en altura y en distancia individual, provocando la ausencia de una personalidad referente. Es como meter todos los ingredientes en una batidora, batirlos y, al unificarse y formar uno, no saber identificar cada uno de los ingredientes.

Ahora, bajo la tranquilidad y el reposo, debemos identificarnos a nosotros mismos para saber qué papel estamos interpretando dentro del batido originado y poder potenciarlo a través de la sinceridad y la honestidad con uno mismo, sabiendo dónde están las virtudes y los defectos. Somos piezas con alma de un puzzle que ya no tiene alma. Debemos crear una alma conjunta que alimente nuestra alma individual.

DANY RUZ
  • 5.5.20
Existe una concepción oculta entre nuestras conciencias de que los grandes hechos ocurren en los grandes núcleos de población y que los pueblos y aldeas están destinadas al continuo “estable tiempo”, a la paralización del tiempo. Ante el éxodo rural, que ha diezmado la población en entornos rurales, los pueblos han sido relegados al estancamiento, al no-progreso, a la paralización de actividad cultural, sin esencia primera de la creación.



Existe, pues, la creencia de que en los pueblos vive la tradición más casta y puritana, que provoca la languidez de la inteligencia humana. Al menos, así nos lo han vendido las generaciones que han preferido las grandes ciudades para desarrollarse en lo personal y en lo profesional. Pero siento decir que no es así. Y lo digo porque vivo en un pueblo y puedo experimentar en primera persona las consecuencias que ofrece poder desarrollarse, en lo personal y en lo profesional, en un entorno rural.

Cuando en los telediarios se hacen eco de alguna noticia ocurrida en un pueblo, suele ser porque ha sucedido algo realmente negativo o porque lo que ha pasado es algo insólito, curioso o amable a veces. Se nos olvida que en los pueblos es donde ocurren las grandes cosas.

Y vamos a llamar "grandes cosas" a aquellas que son causa del efecto que ocurre en las grandes ciudades. Voy a poner un ejemplo que carece de rigor histórico pero que sirve para lo que es: para ejemplificar. Imaginemos que los rifles mas fiables de la Revolución Francesa los fabricó Pedro Blanco, en un pueblo perdido de la sierra de Jaén. Dichos rifles fueron entregados al ejército de Napoleón, que impuso por la fuerza un nuevo sistema en Europa.

¿Qué hubiera hecho Napoleón sin esos rifles? Quizás jamás hubiera llegado a tener tal voracidad. Obviamente, sabemos que el militar francés jamás utilizó rifle alguno fabricado por un tal Pedro Blanco, oriundo de un pueblo de Jaén. Pero estoy relacionando hechos y objetos en favor de la metáfora.

Lo que ocurre en un lugar, por minúsculo que sea, desemboca en otro. Y no porque este otro sea de mayor calibre, tiene más o menos importancia. Todos forman parte de uno, de manera que lo que se fabrica en el pueblo termina perfeccionando el concepto en la urbe. ¿Por qué no invertimos el modelo?

Si podemos sacar alguna conclusión sobre esta pandemia es que todos nos hemos colocado al mismo nivel. La ciudad y el pueblo estamos bajo las mismas premisas: el confinamiento. Lejos queda la sensación de vivir en un pueblo y sentirse aislado de los “peligros” de la urbe.

Lejos queda la sensación de vivir en una ciudad y sentir el desenfreno de la vida diaria en la urbe. Se ha parado el tiempo en el asfalto. Pueblos y ciudades, que antes nos eran desconocidos, son nombrados por altos cargos institucionales y por la prensa como protagonistas de la pandemia, como víctimas directas. Ya hemos descubierto que las desgracias se descubren en todos los lugares por igual. Ahora nos toca ver que las gracias, también.

DANY RUZ


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