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  • 25.7.20
Aunque estoy de acuerdo con el sociólogo Salvador Giner en que las dos formas más frecuentes de estupidez son el optimismo y el pesimismo, pienso que hay otra tercera, probablemente más extendida en la actualidad: el excesivo realismo. El hombre de hoy está atrapado por la realidad y por sus infinitas consecuencias –pero solo de las consecuencias que abarca su vista–: solo vemos las apariencias externas y a escasos metros; solo percibimos la fachada de los hechos, sus significantes pero sin interpretar sus significados.



Por eso, la mayoría de las veces, concedemos a la realidad más de lo que encierra y más de lo que puede ofrecer. Estar demasiado sometido al mundo, a sus reglas, a sus normas y a sus estructuras, vivir acuciado por la responsabilidad y por el miedo a veces nos puede succionar la dignidad de mujeres y de hombres libres. Aunque es inevitable y saludable que experimentemos la pesadez de lo real, la gravedad de la vida y el lastre de la existencia, hemos de procurar que las cosas no nos hundan con su gravedad.

Para lograrlo hemos de intentar integrar los objetos y las acciones en un proyecto global que nos proporcione unidad y coherencia, que nos trascienda, que nos descubra lo maravilloso en lo cotidiano. Pero la verdad profunda es cuando sólo experimentamos con los sentidos, sin añadir unas gotas de imaginación, de ilusiones, de fe, de esperanzas y sobre todo, de amores, no podemos disimular el aburrimiento y el hastío.

Empujados por cierta vocación de esclavitud, nos sometemos a las dictaduras de una realidad que nos aburre, abruma, esclaviza, debilita, coacciona, nos hastía y nos infunde miedo porque, paradójicamente, con frecuencia otorgamos a la realidad unos poderes tiránicos que nos mantienen en permanente angustia.

Si pretendemos que la realidad no abuse de nosotros y que disminuya su hiriente y cruel dureza, hemos de fortalecer nuestra subjetividad; hemos de relativizar los hechos, jerarquizar los valores, pensar, imaginar, creer, esperar y, sobre todo, amar y soñar.

Os animo, queridos amigos, a que durante este verano durmáis y soñéis más. Los sueños, tanto los que protagonizamos mientras dormimos, como los que elaboramos cuando estamos despiertos, amplían los estrechos límites de nuestras experiencias cotidianas, nos proporcionan mayores goces y si a veces nos producen dolores agudos, evita que suframos las consecuencias realmente negativas de los actos realizados en plena vigilia: nos hacen protagonistas de acciones que "realizadas realmente" nos harían correr peligros graves y amenazarían nuestra salud o, incluso, nuestras vidas. Pero hemos de advertir que, para mantener el equilibrio psíquico, sólo es necesario que aceptemos una condición: que marquemos claramente los límites que separan la realidad del sueño.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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