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  • 1.2.21
Escribe Manuel Vicent que las noticias se han convertido en pócimas inoculadas con una dosis de veneno y falsedad a partes iguales. Tal vez esta afirmación se exceda por demasiado genérica, pero es cierto que, en estos tiempos de posverdad, la realidad se cuece a distintas temperaturas según el medio y las redes.


El mundo que nos cerca no solo lo conocemos a través de los periodistas, también políticos y empresarios se han adueñado de todas las plataformas y escuchamos sus ecos allende nuestras vidas. El coronavirus ha venido, además, para vaciar las redacciones de profesionales y los ha atrincherado en sus casas, provistos de las tecnologías necesarias para realizar entrevistas por videoconferencia en cualquiera de las plataformas posibles y contrastar notas de prensa vía telefónica.

Afuera quedó el mundo, abandonado y deshecho, con sus ciudadanos confinados y perplejos frente al devenir. Con toda probabilidad, muchas páginas de los diarios impresos y digitales se elaboraban desde la redacción del medio, ahíto y sobredimensionado de noticias posibles provenientes de instituciones y organizaciones, ya redactadas previamente para facilitar el trabajo de los profesionales, una mirada ya puesta ante sus ojos, declaraciones servidas al antojo de cada cual, como el chef que sirve la salsa al gusto del comensal para la carne o el pescado del plato más exquisito.

Siempre hubo periodistas de mesa y de calle. Los primeros seleccionaban y ordenaban los teletipos que nos decían cómo venía la actualidad allende nuestras fronteras, diseñaban las páginas del diario y se reunían para ultimar el contenido de la primera página. Los segundos, ataviados de buenos zapatos y una libreta, se echaban a la calle a descubrir y describir el mundo.

El coronavirus les impuso una disciplina que veían absurda, y en verdad lo era, pero la necesidad de contar a los ciudadanos qué pasaba en otras partes, y ahora también en su propia ciudad, metió a la profesión en un crucigrama de soluciones inviables.

Pese a tanta adversidad, y aunque desde nuestra terraza todo parecía encallado o muerto, supimos que la vida seguía a horcajadas allá donde la mirada no nos podía llevar. Tal vez, el periodista tuvo entonces que mirar hacia adentro de él mismo, donde nunca le dio por entrar, porque los libros de estilo le imponían un método y una ética cuya línea pocos se atrevieron a cruzar jamás. Ahora, curiosamente, volviendo la mirada del revés, advirtieron que aquella inmersión hacia sus propios intestinos les llevaba también a historias que les habían pasado desapercibidas hasta el momento.

El periodista, parapetado entre sus compañeros en aquellas redacciones hoy de leyenda, no se planteaba quién leería sus textos, ni para quién escribía, porque, abandonado a su suerte, todos los ciudadanos, supuestamente, están colgados a la actualidad de cada día.

El escritor, sin embargo, sospechaba que, cuando escribe y vacía sus intestinos en un manojo de folios, duda si alguien algún día leerá esas páginas y si compartirá esas dudas indelebles que siempre le ataron a una soledad a prueba de cualquier virus.

El problema en cuestión va más allá, ya que prácticamente todos los periodistas también son escritores, o lo fueron o lo serán alguna vez. Es ahí cuando el mundo empieza a recortarse en sus aspiraciones informativas y se mete adentro de sus vísceras para contrastar si el mundo que se ahogaba en sus adentros se asemeja en algo a la vida que dejó atrás cuando la covid-19 lo encerró en las sensaciones desatendidas de otros días.

Cansados de la realidad, nos vemos atrincherados en la ficción, pero, será por falta de costumbre, nuestros lectores siguen indagando entre párrafo y párrafo dónde dejamos el mundo que a ellos ahora les trae de cabeza. Y piensan que aquellas metáforas más líricas o aquellas confesiones más escurridizas son renglones arrancados a nuestro indestructible yo, a esa otra vida que escondimos entre pulmón y pulmón y que ahorra esa lectora atenta y fiel entiende que esta enfermedad colectiva le ha llevado, como buen malabarista, a sujetarse en equilibrio en el alambre de una sinceridad bien pertrechada.

Y aunque este lector, que siempre lo fue, confiesa por activa y no por pasiva –la voz pasiva está prohibida en el periodismo, aunque estos textos tampoco lo sean, pero el hábito hace al monje– desgañitándose en una retórica de retruécano y de inefectividad que eso que cuenta no es su vida, que es la imaginación la que le inspira.

Pero es probable, claro, que este escritor que siempre lo fue, pero que ahora escribe literatura –llamémoslo así– concibe sus creaciones en una primera persona que no es él. Porque sencillamente piensa: dónde está él, es decir, dónde estoy yo, que ahora escribe en primera persona entre pecho y espalda, abusando de adjetivos y adverbios, con frases retorcidas mancilladas con poesía oscura, incluso profunda, con párrafos llenos de vida, tal vez de una vida inventada, o bien de una vida que él ignoraba que creía ahí donde nunca miraba.

Y ahora sabe por sus lectores, sobre todo por una lectora, que sus narraciones laten como un corazón vivo puesto en mitad de la mesa, que el mundo que ha dejado afuera es parte inalienable de este otro puzle que le atenaza hoy su propia identidad, sus sueños no cicatrizados, sus noches largas de alcohol y amores efímeros, de labios que invitaban a compartir la soledad de un destino desconocido y donairoso.

Ahora ya sabe para quién escribe: para él mismo. Y quién lo diría: también para ella, que lo conoce.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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