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Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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  • 15.5.20
Estos días de confinamiento me han ayudado a refugiarme, todavía más, en las páginas de algunos libros. Y, sobre todo, a descubrir las historias de otras obras que fui postergando con los años y que el apremio del trabajo no abría un horario posible donde decodificarlas. Tal vez también la covid-19 nos haya empujado a la lectura para evadirnos de un momento que vivimos y que no logramos entender ni olvidar. Así que me refugié en los clásicos y, ni corto ni perezoso, escogí un volumen de la Biblioteca Clásica Gredos. Y no uno cualquiera: al mismísimo Homero. Tarde o temprano, todo buen lector debe blandir páginas como espadas con o contra o a favor del maestro.



Pero ya en las primeras líneas me tropiezo con la amenaza de una “maligna peste”. La Ilíada narra la cólera de Aquiles, como sabemos. En las primeras páginas de la obra, la Musa cuenta que Agamenón, jefe de los aqueos, desoyó la petición de Crises, sacerdote de Apolo, que le suplicó la devolución de su hija Criseida, que había sido otorgada a Agamenón como parte del botín obtenido al capturar una fortaleza aliada de Ilio. Crises clamó venganza a Apolo, y este envió una peste contra los aqueos.

Las referencias a gripes, pestes y pandemias en la literatura a lo largo de la historia son numerosas. Y creo que sobran los ejemplos, que todos conocemos. Pero hay algunos silencios sospechosos que abren paréntesis inauditos o que no se pueden esquivar. Guillermo Altares escribe que, por ejemplo, la gripe española mató entre 2018 y 2019 entre 50 y 100 millones de personas. La explosión económica después de la Primera Guerra Mundial y la vida loca de los años veinte sepultaron en el olvido las secuelas de esta pandemia.

Apenas se escribieron libros. Tampoco el cine prestó atención a aquel viento de muerte. Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway o John Dos Passos sufrieron el infierno de alguna manera, o por ellos mismos o por familiares próximos. Pero no lo escribieron.

La literatura española tampoco arañó muchas páginas al caos impuesto por la naturaleza. Pla es una excepción. Altares recuerda la frase de Antonio González Macías, entrevistado en 1972: “La gente llamaba a 1918 el año de la gripe, mucho más que el año en que acabó la guerra”. La fiesta loca de los años veinte, que no lograba entenderse con un olvido que se resistía, desembocó en el crash de 1929.

Los europeos, condenados a que el mundo se rindiera a nuestros pies desde muchos siglos atrás, no quisimos ver nunca que la peste, cuando se empeña, echa abajo todos los muros. El magnífico escritor turco, premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, ha escrito que, en los mapas de los siglos XVII y XVIII, la frontera política del Imperio Otomano, donde se pensaba que comenzaba el mundo más allá de Occidente, coincidía con el Danubio: “Pero la frontera cultural y antropológica entre los dos mundos la marcaba la peste, así como el hecho de que era mucho más probable contagiarse al este del Danubio”.

Claro, al parecer los dioses seguían protegiendo bajo su paraguas a los niños caprichosos y crueles de Occidente. De modo que, cuando la covid-19 ya se había metido en nuestras vidas hasta saber cuándo, aquí no supimos reaccionar.

Boris Johnson, antes de sufrir su dolor, negaba su poder de infección. Trump hablaba de virus chino y Bolsonaro los imitaba con semejantes payasadas, con frases de este aliento: “No hay motivo para el pánico”. Después se puso –quién sabe– a contar cadáveres por las noches.

El 2 de marzo Italia sumaba ya 52 muertes y más de mil infectados. En España pensábamos quizás que los chinos morían como chinches porque eran feos, delgados y bajitos. Y que Italia, después de todo, queda muy distante de los Pirineos, nuestra eterna frontera de país chusquero. Si paramos en su día a los franceses en nuestra inmortal guerra de liberación –esbozaría alguien–, cómo no vamos a parar a un simple virus, más chico que un mosquito.

Como no teníamos referencias literarias a las que acudir, recurrimos adonde siempre lo hacemos desde tiempos inmemoriales: los paganos pagarán los destrozos de esta fiesta. Lo grave de las algarabías y de las alegrías prestadas es que no nos dejan escuchar el silencio. Ahora, las lluvias pertinaces clausuran las terrazas que tanto anhelábamos y las calles vacías y solas se muestran ineficaces para engendrar otra posibilidad de entendimiento. Las calles están ahí pero el síndrome de la cabaña nos protege de promesas que nadie entiende y que tampoco queremos escuchar.

Comenzamos a sospechar que el virus vino para quedarse, que debemos inscribirnos en cursos para aprender a hacer sexo con eficacia y con mascarilla, que esperamos como niños el amanecer de un 6 de enero la vacuna que nos inmunizará de ese enemigo del que siempre quisimos desentendernos. Los mensajes iban llegando como cuentagotas: sida, ébola, gripe aviar. De hecho, todavía persiste la malaria en algunos países pobres, incluso la tuberculosis en nuestro propio país.

No hay literatura de referencia que nos distraiga de estos pormenores que nos están matando. O la hay, y nosotros nos empeñamos en dormir con series repetidas que anuncian con acierto los desastres que después la naturaleza nos muestra a sus anchas en nuestras propias vidas. Aunque ya algunas series, como Diarios de la cuarentena, nos acercan, aunque de manera difuminada y con un humor impostado, al espejo que dibuja nuestros rostros. Pienso en las mesas vacías de las terrazas atravesadas por esta lluvia de primavera, y nosotros, como cantara Antonio Machado, viéndolas venir desde nuestras imprescindibles ventanas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

  • 8.5.20
De vez en cuando, un titular en el periódico te saca de tus casillas, o bien se suma a tus propios pensamientos, y ambos, ahí encontrados, en lo más hondo de ti mismo, concluyen lo evidente, lo que se calla: ¿Cómo es el dolor antes del final? El dolor que se derrama por la sangre, por las neuronas, por los poros de la piel. El dolor que nadie ubica, y nadie sabe ubicar, en ningún rincón del cuerpo.



Ese dolor invisible que no sangra y que va matando incisivamente desde ninguno y desde todos los ángulos. La periodista Inés Ballester ha puesto el título: “El virus fue peor que el cáncer”. Sí. Sufrió cáncer de mama y enfermó de coronavirus. Y sobrevivió a las dos enfermedades.

Ella se lo ha preguntado y yo también lo hago estos días. Tal vez es tanto el caos que nos duerme, que no queremos hablar del dolor que nos está atando a la vida, tanto psicológico como físico. Dice Ballester: “Yo misma, antes, informaba del confinamiento, qué horror y tal. Pero he oído poco hablar de lo mal que se pasa. Yo me fui encontrando no mal, fatal. Perdí las zapatillas y por no agacharme iba descalza. Todo era una montaña de cosas que me sentía incapaz de hacer. Son momentos muy duros. De dolor, soledad, depresión, miedo”.

Se sabe que la cefalea, o dolor de cabeza intenso, se ha detectado como un síntoma de alerta cuando se padece covid-19, al igual que la anosmia, pérdida total del olfato. Pero, claro, hay más síntomas: fiebre, problemas respiratorios, pérdida de los sentidos y malestar general. Pero también el miedo y la ansiedad nos pueden conducir inevitablemente a la somatización. Es decir, a mostrar síntomas de una enfermedad que en realidad no tenemos.

Pero nadie describe con precisión literaria, tampoco científica, el dolor que nos mata provocado por el coronavirus. No se habla de ese dolor. Tampoco nos gusta hablar del dolor que derrama la tortura. El azar ha querido, trabajando conjuntamente con la covid-19, llevarse ayer al otro mundo al expolicía Juan Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño.

Acusado de torturas, vejaciones y palizas, sospecho que, en todas sus modalidades, incluida las menos imaginables, el pajarito de la covid-19 le mordió a las siete de la mañana de ayer donde más le dolía: en el último pálpito de su vida.

Ahora las víctimas han perdido toda esperanza de que este ser miserable se siente en el banquillo. Incluso aquí el coronavirus se muestra injusto y predecible. En otros días, la juez argentina María Servini dictó una orden internacional de busca y captura por delitos de lesa humanidad. Esos delitos que, ya se sabe, nunca prescriben, porque no podría ser de otra manera.

Pero él vivió y sobrevivió a sus víctimas, hasta ayer, en España, pese a que la Interpol advirtió a las autoridades nacionales de que este murciélago que, aunque no sabía volar, sí se cobró vidas humanas, demasiadas vidas humanas. Demasiadas.

En los últimos años también estuvo vinculado al caso Villarejo. El ministro Fernando Grande-Marlaska no llegó a tiempo para retirarle las medallas y condecoraciones, algunas pensionadas, con las que había sido distinguido por haber alcanzado el más alto grado entre los principales torturadores de la dictadura, pero también de la transición democrática y más allá, hasta llegar a nuestros días, en que un pajarito le ha picado inintencionadamente en mitad del corazón.

El hombre que imponía el terror en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol. Cuando estudiaba Periodismo y los amigos acudíamos a manifestaciones en defensa de tantos derechos usurpados a la ciudadanía, sabíamos que no nos podíamos dejar encerrar en aquellos sótanos que el franquismo utilizó eficientemente como centro de detención y tortura.

Algunos compañeros conocieron en la oscuridad de aquel infierno el error de amar la libertad. Cuando cruzábamos por la Puerta del Sol y mirábamos las ventanas pegadas al pavimento de las calles, adivinábamos torpemente que el infierno es más cruel que los más sucios y audaces fotogramas de la ficción.

Cada vez que un canalla de estos ha muerto por cualquier causa que no es la aplicación de una justicia pura y dura, el vómito nos tira al suelo. Me ha ocurrido con nazis que morían en los países europeos con más años que Matusalén y más muertos que Napoleón. Me ha ocurrido con militares argentinos y chilenos.

Franco murió desmembrado en una alfombra por que sus sobrinos putativos no sabían qué hacer con el viejo y con un país que se les iba de las manos. Ahora vemos que no. Que todo estaba atado y bien atado. Condecorado por el Estado, Billy el Niño era una leyenda en el Cuerpo por su sagacidad, su memoria, su agresividad y su costumbre de girar la pistola sobre un dedo. Al puro estilo del Far West.

En la brigada político-social, los agentes se conocían no por sus nombres verdaderos, sino por sus sobrenombres. Participó en tantas detenciones y torturas que los movimientos antifranquistas nunca han logrado olvidarlo. Tampoco podrán. Es más. Lo tenían entre sus objetivos más inmediatos para llevarlo ante la justicia. Pero la covid-19 ha venido para poner punto final a esta película de terror.

Eso sí. Se fue sin que nadie le quisiera, con sus pensiones y sus honores impolutos, pero se fue solo hacia un mundo donde la memoria persiste al horror. Y donde el olvido no tiene cabida. Ayer ni la Dirección General de la Policía ni el Ministerio del Interior querían confirmar su muerte. Igual no se lo creían. Pero no.

No era un muerto de ellos. Ya estaba jubilado. Ya nadie quería saber de su historial delictivo y siniestro. Los organismos de los que dependió años atrás no querían ya saber nada de su futuro, de ese futuro donde nadie escribe la palabra tortura con sangre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 1.5.20
Me despierto cansado, con una tristeza extraña que no reconozco. Como si este tiempo nuevo que acaba de nacer, me fuera muy extraño. El confinamiento ya no consiste en estar encerrado contigo mismo. Hasta ahí, plausible. Inquietante. Normal. Soportable. Pero miro el mundo que estaba antes y no lo veo. Y lo peor: no sé si volverá. La vida es tan breve que, cuando pretenden abreviártela aún más, salta la chispa que lo rompe todo.



Cuando los padres dijeron a sus hijos que podían salir a la calle, muchos saltaron por los balcones, otros tuvieron un miedo en sus huesos cuando cruzaron las calles vacías, y otros menos no se atrevían a ver el mundo que les había cejado esta pandemia. Eran felices en ese lugar tan reducido que en otro tiempo tan reciente rechazaban por principio.

Habrá que inventar de nuevo la vida, pero, en esa reconstrucción que me cuesta concebir, adivino un futuro incierto que no alcanzo a diseñar. Miro un paisaje parado en ninguna parte, abrazos imposibles, besos demandados sin la respuesta oportuna. Acaso, viviendo en los rescoldos de lo que ya es el ayer, agonizando aún el presente en las ascuas de un olvido inconcebible, habremos de admitir una derrota nuestra.

Por una vez, aunque solo sea por una vez, el enemigo es tan invisible que solo podemos detectarlo dentro de nosotros. Si eso fuera posible. El escritor cubano Leonardo Padura ha escrito estos días que su afortunada generación, junto a sus tremendos logros científicos, ha sufrido también profundos traumas. Y escribe también que “el mundo que parecía ampliarse y hacerse menos ajeno es hoy un lugar hostil del que debemos apartarnos”.

Hoy desperté con un cansancio eterno, con una tristeza que desconozco y que no quiero. Hoy es más difícil encontrar un cartucho de alegría empaquetada que una mascarilla quirúrgica o unos guantes para acudir a Mercadona. Dónde se puede saber que ahí se acaba el mundo vivido y dónde comienza el diseño de una sociedad que ya no nos interesa o no está.

Quisiera saber cómo, a partir de ahora, una mirada no es mensaje encriptado y cómo un abrazo no es una traición intencionada. Cómo sabré si los besos con mascarilla son capaces de atravesar todas las fibras del corazón o cómo los abrazos aún valen para evitar el frío o el cansancio interior.

Imagino los cines evitándonos, los conciertos vacíos de mecheros encendidos, el metro habitado de murciélagos contaminados y de golondrinas o vencejos contaminantes, las manifestaciones aplazadas, las risas deshabitadas. Hoy no ando para bromas.

Parece como si una cortina de humo dividiera el mundo en dos partes desiguales, como si de golpe se pudiera evaporar el pasado y nadie guardara en el bolsillo un libro de instrucciones para rediseñar el futuro. Nunca como ahora, hubo un antes y un después, una vida deshecha y tirada en el camino que ya nadie recuerda o quiere recordar.

Tiene esta melancolía un pálpito de ahora que necesitamos para sobrevivir, para saltar al vacío, allí donde no hay nada. O, si lo hay, nadie acierta a interpretar su naturaleza. Dicen que, en unos días, los termómetros nos premiarán con las temperaturas que siempre despreciamos, dicen que el calor atolondra a los coronavirus que nos matan.

Entre una sospecha y la otra, el tiempo no tiene fin y, en el tiempo, se esconde siempre la vida que habitamos, la vida que nos abandona y, sobre todo, la vida que no supimos vivir ni apretar entre nuestras manos, como si fuera un gato indefenso que se llevará la última tormenta.

En fin, hoy no estoy para nadie. Me he acostumbrado a estar conmigo mismo. Mañana, tal vez, ella venga a visitarme. Ella sabe que la estaré esperando. O no. El tiempo suele doblegar al olvido. Habrá que inventar o reinventar la vida, me digo.

Lo digo cuando sé que nadie escucha y cuando todos andamos diseñando posibilidades y estrategias, solos cada uno consigo mismo, solos definitivamente ahora, esperando quizás para salir a pasear –porque ese es el premio ahora–, porque pisar la calle es el premio más fantástico para quienes los sueños eran tan volátiles que era imposible apretarlos entre nuestras manos.

Hoy el sueño más hermoso es salir a la calle, beber, abrazarnos o besarnos. Ese sueño tan abrasador y utópico era hasta ayer nuestra vida cotidiana. Y hoy lo vemos como un tiempo distópico y gris. Es lo que tiene la vida: si no te metes de lleno en ella, y te quemas en sus llamas, nadie sabrá después explicarte de qué iba esto.

La vida que viene nadie sabe –o yo al menos no sé– de qué va. Esa no debería ser la única, pero sí nuestra primera preocupación.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

  • 24.4.20
Este hombre, sentado en la terraza de su apartamento, vive un confinamiento apacible. Eso sí, deseando que abran los bares para, guardando las distancias establecidas, beber tres cañas de cerveza helada en el mínimo tiempo posible. Como si se tratara de un concurso, vamos. Mira el tráfico que se ha diluido en ninguna parte y escucha la fiesta de cantos de los pájaros que han invadido las carreteras, las calles y los jardines, tan dichosos de recuperar un paraíso del que serán expulsados en unas semanas.



Vive una soledad medida y buscada estos días, hasta que una llamada al móvil le ha recordado la voz de aquella mujer y se ha metido de lleno a escudriñar las formas tan dispares de cómo se puede hacer compatible el amor con el confinamiento.

Del poliamor en el que se sumerge buena parte de los más jóvenes, hemos sucumbido en el autoamor o en el no amor. Tal vez dependa del amor propio –que no se trata de hacer el amor con uno mismo, precisamente– y de cómo venzamos la ausencia de otras personas, para que salgamos indemnes de este vía crucis con nosotros mismos.

Quienes viven solos, como este hombre que está sentado en su terraza, se acomodan a sus propios horarios, a sus lecturas variadas, a soñar en una salida viable cuando por primera vez de nuevo podamos cruzar las calles a nuestro antojo.

Solteros y solteras se han escondido emocionalmente en las aplicaciones de citas. En Meetic, por ejemplo, la aplicación líder en esta materia, tiene petado el mercado del corazón para nuevas relaciones con propuestas tan variadas como increíbles.

Si atendemos a cuanto se cuentan enamorados/-as y seductores/-as por el móvil, los primeros meses de pospandemia serán un nido de pasiones apretadas y de desbarajustes sentimentales y desordenados que, con toda seguridad, nos darán a conocer nuevos métodos y herramientas plurales que harán más amables y sugerentes las prácticas amatorias.

Los hay también a quienes les ha tocado vivir estos días con la pareja de para siempre, tanto en la enfermedad como en la pandemia. Con toda seguridad, los curas andarán buscando una variante para quienes piensen contraer matrimonio próximamente.

Aquí derivan dos modalidades bien encontradas. Los amores recientes que aún piensan que sobrevivirán a los excesos de las hormonas descarriadas y al Covid-19 a base de alcohol de romero y revolcones sin límite. Y aquellos otros, ya chamuscados por la monotonía del tiempo y la desidia, que aspiran a una soledad mansa como agua de mayo. La fecha de mayo, claro está, será puro azar. Aquí la ciencia no propone apuestas.

En el diagrama de otras posibilidades habría que reseñar a aquellas otras parejas que les ha tocado en suerte vivir en ciudades distintas o en país colindantes o no. También aquí podríamos incluir a aquellos amores que no han hecho nada más que nacer, que apenas se abrazaron y se revolcaron en cualquier motel cuando la ley les impuso injustamente la vigilia como el peor de los castigos. Hay en estos amantes una espera incontenida, en la que la desesperación y la esperanza no abren paso a la desesperanza.

Y una tercera posibilidad –muy excepcional, por cierto– podría ser la de aquellos amores ya muertos por inanición que refulgen por puro azar o por el miedo a otros tiempos que desconocemos. La apunto, solo, por si a nadie se le ha ocurrido y le ocurriera u ocurriese por mor de las hadas o de las brujas. Mi dirán que no es tiempo de milagros. Y llevarán razón.

Pero a este hombre que, sentado en su terraza, mira un paisaje quieto, no se le puede ubicar en ninguna de las categorías ya mencionadas. No le ha llamado suspirando su exmujer. Tampoco ninguna de sus amantes apremiando con que acabe el tiempo muerto y volvamos a la misma jugada, que el fin del partido apremia. Y eso que las amantes tampoco fueron pocas.

Al instante ha reconocido la voz de esa mujer. Hace tiempo, tanto tiempo que no sabe de ella. En otros días pudieron haberse amado, pero los vientos del desatino soplaban entonces en la misma dirección. Hubo miradas y frases para incluir en el mejor libro de amor de estos tiempos. Hubo mensajes subterráneos, frases de doble sentido, alguna broma certera que la hizo sonreír.

Desde entonces no sabe de ella. Ahora, sí. Ahora ella también vive sola. Es feliz a su modo, engañando a los años para que no mancillen su inquebrantable belleza de criatura maravillosa. Ella le dice que, durante todo este tiempo de ausencias, supo de él por los periódicos, por las imágenes emitidas en los telediarios.

Le dice ella que no hubo nada entre nosotros, pero que no logró olvidarlo. No sabe bien por qué. Él, observando un sol que maniobra por escapar de entre las nubes en un día gris, le ha dicho antes de apagar el móvil que él tampoco la olvidó. Le ha dicho que se verán cuando todo esto pase, cuando el tráfico otra vez vuelva a aportar su cuota de polución al calentamiento global y los pájaros se escondan también de un cielo inmenso al que no tendrán acceso.

Y tal vez entonces, en esa mañana de mañana, que cada cual administra a su modo y manera, él ya piensa en un primer encuentro, en un tiempo de estío que se le escurre entre las manos, en la posibilidad urgente de un abrazo imposible y necesario. Y piensa también, sentado en la misma terraza, en las diferentes variables que siempre ofrece el arte de amar, incluso en tiempos del Covid-19.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 17.4.20
PC Providencia lanzó ayer en Twitter este breve comunicado: “Lamentamos el fallecimiento del escritor Luis Sepúlveda, enviamos un fraterno abrazo a su familia y amigos. Entre las muchas frases que nos deja hay una que hoy se siente a diario: ‘El odio a los pobres tal vez sea el peor de los odios”. Me dijo la frase a finales de 2017 y vi el título. De hecho, me sirvió para encabezar una larga entrevista con él publicada en este mismo diario digital el 24 de enero de 2018.




Hace unos días falleció también el cantautor Luis Eduardo Aute. No por el coronavirus, sino en tiempos del Covid-19. También tuve la oportunidad de conocerlo y de entrevistarlo. Me invitó al último concierto que dio en Sevilla. El Teatro Lope de Vega estaba a rebosar y el público, entregado. Él se sentía a gusto. Se quejaba de que cada vez lo llamaban menos para subir al escenario. Ese día, consciente de que el tiempo corre deprisa, se entregó de lleno. Más de dos horas y media de buena música. Lo dio todo. La última canción que interpretó, a capela, fue Al alba.

Ayer jueves, a las 10.18, falleció el escritor chileno. En la entrevista que publiqué en 2018, contaba que tenía terminado un libro de versos que no se atrevía a publicar. Al final, no tuvo valor. Entonces trabajaba en una fábula para lectores grandes y pequeños donde narraría la historia de una ballena blanca que los balleneros vascos bautizaron con el nombre de Mocha Dick, la misma ballena que embrujó a Herman Melville.

Siempre vestía de negro o azul marino. Un hombre grande y afable, de “abrazos diseñados para abarcar de un solo empujón a sus seis hijos”, escribí entonces. Venía a presentar su libro El fin de la historia.

Luchó contra la dictadura del general Pinochet y nunca se arrepintió. Por su compromiso político fue condenado a 28 años de cárcel. Fue detenido y encerrado. Al final, la pena le fue conmutada por ocho años de exilio. Todo se lo debió a una joven alemana sentada en silla de ruedas que lo había leído y que impulsó una campaña en su favor.

A su compañera, Carmen Yáñez, quien conoció la Villa Grimaldi como la prisionera 824, dedicaba esta novela tan bien escrita, que tiene mucho de thriller, más de denuncia social y demasiado de memoria que perdona y que pide justicia, pero que no logra doblegar al olvido. De los 3.000 desaparecidos de la dictadura chilena, muchos salieron ya sin vida de Villa Grimaldi y fueron enterrados en tumbas clandestinas, arrojados al mar o fueron dinamitados. Está claro que el horror también se puede cuantificar y visualizar.

Un escritor tan grande muere en el momento menos oportuno. Nadie quiere morir en estos días de confinamiento, pero menos él, que tanto amaba el mundo y a quienes lo habitan. Fue el primer enfermo en ingresar en un hospital de Asturias afectado por el virus.

Ayer murió en el Hospital Universitario Central de Asturias, donde ingresó el 29 de febrero diagnosticado de una neumonía asociada al coronavirus. Vivía en España desde 1997. En 1993 publicó Un viejo que leía novelas de amor, una breve novela que se tradujo a numerosos idiomas, vendió millones de ejemplares y fue llevada al cine con guion del propio Sepúlveda.

La cárcel, las torturas y el exilio le dotaron de una bondad blindada contra la maldad humana, pero con la virulencia letal del Covid-19. Le diagnosticaron la enfermedad a la vuelta del festival literario Correntes d’Escritas, celebrado en Póvoa de Varzim, en Portugal.

Autor de más de veinte novelas, libros de relatos, crónicas, ensayos, guionista y director de cine, amaba sobre todo la vida, a su mujer y a sus hijos. Había optado por instalarse en Gijón para vivir en paz el tiempo que le restara de vida y para observar desde allí el mapa de Chile, las contradicciones del ser humano, los bosques desbastados de la Amazonia, un mundo en crisis.

Militó en el Partido Comunista. Tras ser expulsado, se afilió a la fracción del Partido Socialista llamada Ejército de Liberación Nacional. Fue escolta personal de Salvador Allende. En 1979 participó en la Revolución Sandinista, que puso fin a la dictadura del general Somoza en Nicaragua.

Su mujer estuvo en un campo de concentración. Conoció a su delator. Cuando le pidió perdón, él iba a golpearlo, pero al final lo abrazó. Me dijo: “Sí. Me quedaban muchas ganas cuando lo vi. Fue muy sorpresivo porque ella me dijo que quería conocer al tipo que la delató. ¿Lo vas a saludar?, le dije. ‘Sí. Quiero hablar con él. Quiero que me diga por qué lo hizo’. Bueno, y cuando llegamos, yo la acompañé, y cuando vi al tío sentado mi primera impresión fue echarme encima y fue darle una de hostias. Pero me frené, me quedé callado, empecé a hablar con mi mujer. El tío no había soportado la tortura. No había aguantado. Hay gente que no aguantó. Punto. Se quebró. Más víctima que nosotros mismos. Porque había vivido cuántos años con ese peso. Cuando vi que mi mujer lo abrazó, le dijo que no, todo está bien, no te preocupes, no me debes nada, todo está bien, yo también lo abracé”.

Siempre lo recuerdo como un gran hombre grande. Ayer comencé de nuevo a leerlo. El año pasado publicó el libro que estaba escribiendo cuando lo entrevisté por segunda vez: Historia de una ballena blanca. Una novela para jóvenes de 8 a 88 años.

Era un hombre tranquilo, vivía en paz con él mismo y con los demás, hablaba muy pausadamente, esbozaba siempre una sonrisa tierna. Conocía a fondo las palabras perdón, tortura, cárcel, compañera, dictadura, solidaridad, revolución, ron, noche, literatura, viaje, mundo. Pero ignoraba el verdadero significado de la palabra muerte.

Pero la muerte siempre acecha. Nos dio las últimas noticias del Sur, las últimas noticias del fin del mundo. Después de haber rodado tanto por él para describirnos sus cicatrices, se sentó mirando con un libro en la mano para observar, como todos los días, el mar de Gijón. Tal vez supo entonces que ya nunca más volvería a verlo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO
  • 10.4.20
Tal Ben-Shahar, doctor en Psicología y Filosofía por la Universidad de Harvard, ha confesado que el hecho de ser infeliz hizo que se interesara por la ciencia de la felicidad. Alguien pensará, con acierto y sobre todo con sentido común, que la ciencia solo abarca a la filosofía y a las matemáticas y a otras áreas limítrofes. Pero que exista una ciencia que abarque como materia principal el estudio de la felicidad parece un tanto metafísico o desatinado. Pero, sobre todo, sospechoso.



Lo que sí sabíamos es que los poetas se especializaban en la soledad, en la infelicidad y en la ausencia y deseo de la otra persona. Tal vez exista, o existirá, en poco tiempo, una ciencia de la melancolía, cuya cátedra se la disputarán nuestros más excelsos poetas. Ellas y ellos. Pero nada sabíamos de la ciencia de la felicidad.

Este psicólogo israelí confiesa también que la felicidad depende en un 50 por ciento de la genética, en un 40 por ciento de las elecciones personales y en un 10 por ciento del entorno. Y añade: “Estos porcentajes pueden cambiar en situaciones extremas, como una guerra”. Así lo dijo el año pasado, en 2019. Habló de guerra, pero no de pandemia. Ni se le ocurrió por asomo ni se le pasó por la cabeza.

Sabemos de las guerras, o las hemos vivido, o los telediarios nos han ilustrado con suficiente precisión, o nuestros abuelos nos hablaron de la Guerra Civil. Sabíamos de las epidemias por Daniel Defoe, Diario del año de la peste, o por Albert Camus, La peste. Se deduce, leyéndolos, que Camus bebió de Defoe.

Defoe, uno de los precursores del periodismo narrativo actual, no solo escribió aventuras, como Robinson Crusoe –mi libro de la infancia–, sino de estas historias de exterminio que él conoció también de niño y las escribió ya en la extrema madurez. Pero excepto ellos, nadie nos advirtió de las pandemias.

Recuerdo de ambos libros la descripción del apocalipsis, los seres humanos recluidos en hogares como pocilgas o cuevas, sin higiene, mal alimentados, sin ver la luz del día, sin información del caos, sin saber nada del devenir más próximo.

Posiblemente la virulencia de las pandemias no hayan disminuido con los años, tal vez incluso hoy sean más letales, pero a nosotros, que nos ha tomado vivir esta, podemos hacerlo con la angustia de la sospecha, pero también con el bienestar de otros tiempos en los que las tecnologías nos permiten estar conectados por móvil o vía telemática con los más queridos, gozamos de agua caliente, de calefacción o aire acondicionado, de frigoríficos, de grandes superficies donde recurrir para llenarlos, de sillones relax, de televisores, de música seleccionada a nuestro antojo, de alguna botella de Johnnie Walker Double Black. Y una vez al día salimos a la terraza para compartir con algún vecino la copa que siempre tomábamos en el bar.

No estábamos preparados para una epidemia y, curiosamente, para saber cómo administrar los estragos de la infelicidad. Si es cierto que el entorno condiciona nuestros estándares de la felicidad en un 10 por ciento y que estos aumentan exponencialmente en situaciones extremas como la guerra o la pandemia, es lógico que nos levantemos a mitad de la noche y miremos las estrellas que también huyen sin saber adónde. Al final, el paisaje se muestra levemente como una larga espera en la que al final de la última curva la luz está presta a encenderse.

Nos quejábamos del tiempo libre, de su ausencia, y ahora el tiempo libre nos abruma. Nos han encerrado aquí mismo con otro, que es el alter ego. Y empezamos a sospechar que no nos gustamos tanto. O sí, quién sabe. Y pensamos siempre, incluso despiertos, qué máscara vestiremos cuando esto acabe, si modularemos el tono crispado de nuestra voz, si le diremos a ella –o a él– que el mundo se reduce a un espacio confinado donde solo hay espacio para dos personas que siempre se buscaron. La confusión –nunca se sabe– igual queda excluida de nuestros hábitos y simplifiquemos la felicidad en esos momentos fútiles que ahora anhelamos.

Tal Ben-Shahar nos alumbra cuando la oscuridad pretende imponerse. Dice que las expectativas tienen un papel clave en la felicidad. En tiempos de crisis, más. Él lo dice así: “La obsesión por ser feliz todo el tiempo hace que la gente se sienta miserable”. No es posible estar siempre feliz. Lo dice él y lo sabemos todos. Pero ahora el adverbio “siempre” parece creado innecesariamente, parece no tener sentido.

Del mismo modo, la felicidad nunca fue la misma para los hombres y para las mujeres. Lisa Taddeo, feminista confesa, y autora de Tres mujeres, un libro que contiene el mejor periodismo narrativo, escribe: “No permitas que te vean feliz”. Se lo dice la madre a la hija. Y añade: “Sobre todo, las demás mujeres”. Y concluye: “Si te ven feliz, intentarán destruirte”.

Poco importa ya qué es cierto de cuanto escribió el psicólogo israelí o la periodista de Nueva York. Atrapados en unos pocos metros cuadrados, enturbiados en un ambiente cerrado por esa música que no escuchamos, nos obligamos nosotros mismos a confeccionar un perfil de la felicidad acorde con nuestras expectativas. Para que no nos quede muy holgado ni demasiado estrecho que ahogue cualquier proyecto de futuro.

Sabemos ahora que no solo el virus muta para sobrevivir. También la felicidad, nuestro concepto de la felicidad. Pero te puede salvar el primero y matarte la segunda si no sabes alimentarla con tesón y sabiduría. Nunca se sabe. Porque ahí radica uno de los enigmas más indescifrables de nuestra existencia.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 3.4.20
Cincuenta artistas han puesto himno a esta pandemia que nos mantiene confinados en casa. La nueva de versión de la canción del Dúo Dinámico Resistiré se ha viralizado en las redes sociales en solo unas horas. Los derechos de autor que se obtengan con esta versión coral irán destinados a ampliar los fondos en la lucha contra el Covid-19. Además, cabe reseñar que los artistas han anunciado que ceden los derechos de la canción a la Comunidad de Madrid para que la empleen como banda sonora de los anuncios que crean necesarios para intentar frenar la pandemia de Covid-19.



Escucho esta nueva versión coral que ha perdido el tono edulcorado de sus creadores y ha ganado en fuerza y en coraje, un coraje que a todos les nace de adentro, donde a veces pensamos que ya no nos queda nada. Tiene la canción un ímpetu salvaje y tierno a la vez, una posibilidad extrema de exponernos ante nosotros mismos en un momento en que necesitamos hablar con alguien, sobre todo porque no hay nadie a nuestro alrededor para compartir la melodía.

Tiene la canción una alegría que no es improvisada y sí efectiva, pero al mismo tiempo, en esa demanda de volcar el ánimo hacia el lado positivo, demanda a voces una felicidad confiscada en tiempos confinados y complejos, en momentos en los que la música ayuda, no solo a sobrevivir, sino a lamer los minutos en cada nota musical, como si en ellas se nos fuera la vida. Quién lo diría, tal vez en este caso no se trate de una metáfora.



Sin embargo, a veces me cansa esta música desaforada y bailable hasta el extremo. Entonces, me refugio en el otro himno que nos ha regalado la pandemia. Bob Dylan grabó Murder Most Foul hace un tiempo. En Twitter ha escrito: “Manteneos a salvo, atentos y que Dios esté con vosotros”.

Es el regalo del Premio Nobel para los seres confinados por esta pandemia. Es la canción triste, melancólica, serena y arrolladora para estos tiempos demoledores. Es la canción del poeta, no del cantautor. No es el poema cantado, sino canción recitada de un premio Nobel. Hay una paz honda y descifrable en su voz gastada, en su letra medida, en el piano, en el violín.

Hace unos meses, para escribir un artículo académico sobre periodismo rock que me encargó mi amigo Carlos Serrato –y que aún no concluí porque fue creciendo en páginas y en registros–, descubrí al Bob Dylan de siempre y a ese otro Dylan huraño y esquivo que cuesta traducir entre sus versos esclarecedores. Sam Shepard lo describió como nadie en Rolling Thunder. Con Bob Dylan en la carretera.

Leerlo es de obligado cumplimiento. Pero ahora lo escucho en esta última canción, la pieza más monumental de su carrera, escribe Carlos Marcos, y descubro ángulos invisibles que no desentrañé en otras canciones ni en otras letras. No sé si es la canción más monumental, pero Un asesinato inmundo –sería la traducción del título– sí es la pieza más larga de su obra (16:56 minutos) y la única composición nueva en ocho años desde la edición en 2012 de Tempest.



Los adolescentes de mi generación crecimos con la música como una herramienta elemental e imprescindible para situarnos en una esquina de la vida. Estos días, confinados en casa, recurrimos a la música para ingerirla no como un entremés sino como el plato principal del día. Nos repechamos en el sillón relax o en el sofá y nos remontamos años atrás a atrapar con los puños cerrados la adolescencia dejada atrás.

A veces, muchas veces, cuando vuelvo a Montilla, en busca de un tiempo pasado, comemos y bebemos y escuchamos a nuestros músicos de siempre en el bar-restaurante El Convento, donde Miguel y Toñi nos deleitan con sus manjares y sus vídeos de la música compartida durante tantos años.

Estos días, el restaurante, como es lógico, está clausurado, pero de cualquier manera es una norma innecesaria, porque la higiene en el local es tal que dudo que ningún coronavirus se atreva a pisar el lugar si no quiere morir achicharrado por la limpieza total.

La música nos trae estos días los momentos vividos de la adolescencia y nos retrotrae a otro tiempo que vivimos con la inocencia y la pureza de los pocos años, la misma sensación que nos invade ahora los días, cautivos de una sinrazón que arrastramos sin entender del todo y por qué nos pasa a nosotros esto.

Cuando éramos adolescentes, tampoco entendíamos nada de lo que ocurría, porque la serenidad es una virtud que ofrecen los años vividos, pero poco importaba. Tal vez, porque la juventud no entiende de derrotas y ahora, repechados en estas melodías que fueron y son nuestra vida, nos disponemos a poner música a estos tiempos de desagravio que nadie intuyó y que tal vez alguien todavía cree que son de película.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 27.3.20
Estados Unidos y China se acusan mutuamente sobre la causa del origen del coronavirus. Se escribe estos días también sobre qué país logrará la fórmula mágica de una vacuna que nos devuelva de nuevo a la calle a celebrar esta primavera incipiente, a olvidar el confinamiento, la vida monótona que se repite cada día como fotocopias de invernadero.



La pandemia que a todos nos trae en vilo ha aparcado de momento la guerra comercial entre ambos países. Se escribe estos días también que la expansión del coronavirus reactiva el poder del Estado, levanta muros invisibles donde antes las fronteras dejaron de existir, rumbo a una Europa sin traviesas, con alambradas, de terruños blindados.

Se escribe también estos días que esta no va a ser la última gran pandemia que conocerá la humanidad. El virólogo Jared Diamond escribe que conviene empezar a pensar cuál será el próximo virus, y argumenta que, en 2004, cuando se produjo la epidemia del SARS, no lo hicimos y que, como consecuencia, y debido a ello, “no hemos podido evitar la epidemia actual, que casi con toda seguridad tuvo un origen muy similar a la del SARS”. Diamond es contundente y concluyente: “Mientras los animales salvajes sigan siendo utilizados en China como alimento y en la medicina tradicional, habrá más enfermedades de alcance mundial”.

Los detenidos ya no pisan los juzgados. Los interrogatorios se realizan por videoconferencia. Un ciudadano se enfrenta a la Policía Local porque, de camino al supermercado, solo carga en el coche cajas de cerveza. Los sanitarios hacen frente a un enemigo que no estudiaron cuando cursaban los años de Medicina, lo hacen en unidades de Cuidados Intensivos atestadas.

A las ocho de la tarde-noche, los vecinos de medio mundo salen a terrazas y balcones a aplaudir a este sector tan castigado y cansado de los días consumidos y consumados, esperando aquellos otros por venir menos apocalípticos. Un vecino pone música a la noche. Ayer sonó una saeta. Es el tiempo, pensarán muchos.

Leo en El País una crónica de Natalia Junquera. Hugo, que tiene tres años, se esconde en el armario. La madre le pregunta: “¿Qué haces en el armario?”. Para la pregunta incorrecta, el niño tiene la respuesta evidente: “Me escondo del coronavirus, mamá”.

Yo también me escondo del coronavirus. Cada mañana, cada tarde, abro las páginas de un nuevo libro e intento esconderme entre sus páginas. Intento devolver a algún personaje inventado de la historia a la cruda realidad y quedarme yo sumergido en algún capítulo cuyo desenlace no adivino. Pero al final desisto y vuelvo a este mundo que compartimos.

A veces me quedo descubriendo algo nuevo en alguna película que ya he visto veinte veces y, cuando es noche cerrada, salgo a la terraza y miro de nuevo el silencio que nadie quiere, el manto negro salpicado de estrellas, la luz intermitente de los aviones que cruzan el mundo con rumbo fijo a algún lugar adonde guarecerse del fin del mundo.

Los perros duermen. Y cuando los perros duermen, el mundo también duerme. Quizás en un sueño obligadamente compartido cuyo argumento conocemos y reconocemos cada noche. Los días se repiten con una monotonía perfecta, el miedo exige cada vez más otros resortes que no estamos obligados a cederle.

Sabemos que serán más meses los que tendremos que compartir con nuestras sombras, con nuestros errores, quizás ya sin sueños. Lo peor está por venir. Por qué la comunicación institucional se muestra tozuda y por qué no descifran sus mensajes con algo más de esperanza y con menos asperezas. Malos tiempos para la lírica, pensaréis. La cima de la montaña nunca se alcanza. Siempre lo peor está por venir. Después, nos llueven las cifras de los fallecidos, de los enfermos, de los días de desgracia acumulados.

Ahora escucho música. Bueno, no la escucho. Pongo música para espantar el silencio sonoro de estos días. Y salgo a ver la primavera luminosa de esta tarde. E imagino el mar en mis pies, tendido en la arena como tantas tardes en Isla, con un gintónic helado en una mano y un libro cerrado en la otra.

¿Europa fracasa? Las cifras no ayudan a negarlo. Quitan los respiradores a los pacientes más ancianos para ayudar a los enfermos más jóvenes. La vejez siempre se vendió a precio de saldo en todo mercado. La sabiduría de los años no es imprescindible para doblegar a un enemigo que solo muestra su capacidad de destrucción y no su cara. Ahorremos pensiones. También las epidemias aportan beneficios cuantificables.

Siempre amamos las cifras, nos educan con estadísticas, pero no nos dicen que cada número esconde un rostro, un DNI, una vida truncada. Hay muertes sin duelo. El mundo es un improvisado crematorio, un hospital de campaña montado sobre los cimientos de un espacio que albergaba congresos, ferias y otros eventos.

De momento, las ferias y las fiestas están suspendidas o aplazadas. El real de nuestra feria intensiva se abre en el salón de nuestro apartamento y conduce inevitablemente a la cocina. Al fondo alguien toca la corneta, como si el barrio fuera un cuartel. Tal vez sí, tal vez sea un cuartel. Al menos por unas semanas, que os deseo felices. En la medida que se pueda, claro está.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

  • 20.3.20
El Covid-19, en un país como el nuestro, fomenta no solo el miedo y la claustrofobia, también el humor. Pero la clave, obviamente, está en acertar con el registro narrativo. La Policía detuvo hace unos días en Palencia a un individuo que paseaba a un perro de peluche. La noticia, en principio, contada con detalle, si no fuera tan siniestra y vulgar como muestra el video, podía ser tema de una historia tierna y/o absurda.



Pero estos tiempos extraños o difíciles no ayudan, en ocasiones, a dar en la tecla con el tono justo que la escena demanda. Yo me había preparado ya, si la realidad no me hubiese desanimado con la rotundidad de los hechos, a escribir la historia completa con detalles añadidos –inventados, por supuesto– para cerrar un cuento que necesitaba de un final más certero.

La realidad tampoco ayuda a evadirnos de la vida diaria para remontar el pico del desatino, de la locura buscada, del absurdo elevado a la máxima expresión. Puede tanto la espera –sin saber en realidad qué esperamos, o sí– que cuesta crear un mundo de la nada y darle forma así como así. La manida frase de que la realidad supera siempre a la ficción nos la recordamos ahora a cada instante, despreciando todos los poderes potenciales y nada indagados de la fabulación.

Es tiempo, qué duda cabe, de impetrar la felicidad perdida, la alegría extraviada, la abulia que suma días repetidos e inmóviles, observaciones que conducen siempre por derecho al mismo paisaje, al diálogo breve y ocioso con el vecino desde la terraza de cada cual, la mirada puesta, en mitad de la noche, en un cielo que siempre vemos igual y al que llevábamos días o meses sin percibir su presencia grande y acogedora.

Es momento ahora de comer a deshoras, de escuchar una vez más la misma canción que nos retrotrae a una adolescencia un tanto oxidada ya, de mirarnos al espejo y aprehender que vamos envejeciendo a placer, sin que todavía las arrugas incipientes y los ojos perdidos manipulen un tanto la edad que delata el DNI y Facebook. No hay que moverse de casa para saber e imaginar que el universo escapa a toda fórmula matemática, que el mundo que ayer pisábamos con descuido es una joya próxima y lejana a la vez.

Es momento ahora de ordenar archivos; de ordenar los libros por tamaño, tema u orden alfabético. Es momento de vivir al revés, comenzando el día por la cena y cenar con la noche cerrada; de buscar el amor compartido de aquella mujer a la que no supiste acercarte porque pensabas que el tiempo no entiende de límites; de saber que los atardeceres son los paisajes añorados y perdidos de muchos periodistas.

Es momento de buscar en los cajones recónditos del alma y encontrar, sin buscar, cartas perdidas, fotografías inocentes que escondías con cautela por miedo a que alguien –ella, por ejemplo– supiera de una infidelidad que enterraste entre tantas promesas.

Hay ahora una necesidad invasiva de reconstruir la felicidad abandonada, de romper con los retos domésticos tan aborrecidos por asumidos, por compensar tantas jornadas similares con algún gesto extraordinario que muestre otro escenario diferente con el que amanezcamos todos los días.

Es hora, ahora, de definir los retos que nos guiarán luego a un horizonte que siempre supimos distópico y que ahora sospechamos que abandonamos inmersos –tan inmersos– en un hábitat práctico que recondujo toda esperanza –ya despedazada– al último rincón de un desván al que nunca subíamos, tal vez por comodidad.

No importa cuánto tiempo estemos condenamos a vivir con nosotros mismos, a hablar con ese otro que llevamos dentro, pero a quien ignorábamos cada vez que los sueños nos enajenaban. Tal vez ahora, que tenemos tiempo de contar las estrellas y los granos de arroz de un mismo paquete de SOS –vivimos en tiempos de SOS, de socorro, de Help–, aprendamos también a mirar más allá, donde no hay nada si no somos capaces de dibujar otra vida, y donde antes solo componíamos horarios estrechos y deberes de buen cristiano, ajenos al ruido de la lluvia, al sol acostándose donde está el mar, a los pasos que oímos cuando nadie camina, porque son nuestros propios pasos.

Hay en esta vida blindada, en este mundo que no nos está permitido adivinar, una sospecha fundada de que nadie quiere morir de inanición, ni de soledad, ni de desidia. Hay un entendimiento colectivo que nace ahora que comenzamos a enterrar otro tiempo que ya no nos vale ni queremos.

Cuando nos digan: puede pisar la calle, habrá dentro de nosotros un miedo indecible a pensar que la felicidad es eso, andar y no detenernos, caminar sin saber adónde ir, porque ahora lo importante será el camino, la posibilidad última de estar con nosotros mismos en cualquier otra parte, no importa cuál. Entonces la acrimonia nos hará recordar, sin deseo, el color y el olor agrio de un tiempo pasado y muerto.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

  • 13.3.20
El Covid-19 ha venido a cambiarnos las vidas, a decirnos que en casa hay un mundo propio que tal vez tenemos abandonado, que la primavera es un horizonte confuso en este mundo de alarmas impuestas y de libertad congelada. Las grandes superficies lucen espacios vacíos, como si una hecatombe hubiera inundado el lugar, los vecinos empujan carritos ahítos de alimentos que no comerán.



Hay un descreimiento contenido en todos y en cada uno de nosotros, y un miedo colectivo de varias generaciones que no conocieron la guerra ni las dictaduras militares, tan solo se vieron inmersos en una crisis financiera que les rompió los sueños de celuloide y los empujó para siempre a vivir con una nómina estrecha e inapetente.

Hay en los supermercados un paisaje de fin de mundo que habitamos como si no fuera con nosotros, como si nos retiráramos a unas vacaciones en casa para poner en orden las series que no vimos, a agotar las botellas de anís que la Navidad dejó a mitad, a buscar en una soledad compartida a la persona que habíamos descuidado hasta ahora y que un día era nada más que nuestra propia mitad. Tiene el Covid-19 una sensación de extraña pandemia, de enfermedad colectiva que no nos creemos del todo, como si no fuera con nosotros ni con nuestro tiempo.

Hay una alegría impostada en nuestros labios y una sensación agridulce de impotencia que no sabemos a dónde conduce. Vemos en las pantallas del televisor ciudades vacías, como si fuera el amanecer de un día festivo, nadie en las calles, campanas que llaman al primer rezo, un silencio falso que nadie quiere.

La primavera se apaga con los malos presagios, los bares acogen a gente que no sabe a dónde ir ni qué tomar, los restaurantes muestran mesas vacías, menús baratos sin bocas hambrientas. Hay por doquier hambre de conocimiento, de adivinación, la necesidad de que prestidigitadores sin prestigio esbocen un futuro falso y creíble que amansen a la fiera que llevamos dentro.

Hay relojes que marcan la misma hora en todas las ciudades. Una hora indefinida que desconocemos y que anhelamos. Hay un miedo hondo en nosotros, transmutado la mitad en cinismo y la otra mitad en un vacío interior a cuyo fondo no alcanzamos a llegar. Hay un miedo en cada uno de nosotros que no conocíamos y que ahora abre sus alas como la crisálida que espera en el interior del capullo el día para dejar de ser larva y lucir su traje de mariposa reciente.

Hay un miedo incubado en cualquier parte de nosotros mismos que no sabíamos que estaba allí y que se alimentaba de nuestros vacíos, de nuestras dudas irresolutas, de dudosas esperanzas, de aquellos sueños recurrentes que nos habitan cuando la noche abre su manto de tinieblas y la luna luce la redondez perfecta de una moneda.

Hay en estos días miradas extraviadas que no conocíamos. Un cansancio incómodo en los brazos y en los pies. Hay escaparates que muestran maniquíes de otros días felices y que, nada más observarlos, nos retrotraen a un pasado equivocado y apenas perceptible en los recuerdos más sólidos.

El Covid-19 ha demostrado ser ante todo una alarma necesaria que advierte de los días quemados sim haberlos vivido, de los libros que nadie leerá y que contienen la fórmula mágica de una felicidad posible y la demostración empírica de que el tiempo es un viento liviano que siempre nos lleva irremisiblemente al mismo rincón del que nunca quisimos salir sin billete de vuelta. Acaso extraviados en nuestro interior, una pandemia cualquiera nos dice quiénes somos en realidad antes de mostrarnos el abismo del infierno en el que nunca creímos.

Después de todo, el cine de Hollywood ya nos tenía acostumbrados a estos desaguisados que conducen inevitablemente al extermino de la raza humana. Me da que pensar, sin embargo, que estos miedos vienen bien de vez en cuando para recapacitar sobre nuestra función a llevar a cabo aquí en la tierra. Tiene la vida, cobijados bajo su manto, los resquemores tiernos de toda criatura confundida.

Hay, después de todo, un punto intermedio entre el desasosiego y las preguntas sin respuesta que alimentan todo temor y que alimentamos a escondidas, cuando cada cual anda en sus asuntos internos, y ahí andamos entonces con nosotros mismos, mirando a un espejo que nos muestra un miedo que ahora sabemos que también es de nosotros.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 6.3.20
Mi hermano Paco me ha recordado alguna vez cuando yo, siendo aún adolescente, me escondía, en la casa grande de los padres de la calle San Fernando, para leer sin que nadie me interrumpiera. A mi padre le gustaba, los sábados por la tarde, después de comer, reunirnos a todos para ver la película de sesión de tarde. Si el tema iba de la conquista del oeste americano, un tema que a mí me fascinaba y me sigue fascinando, me recostaba en el sillón y veía esa segunda película que la imaginación nos ofrece cuando soñamos con cambiar nuestras vidas.



A veces, cuando el film era anodino o no iba con mis intereses de adolescente conflictivo, me escondía en algún rincón de aquella casa inmensa, o me subía al palomar a leer mientras los palomos enamorados arrullaban en su cortejo a las palomas huidizas. La lectura ha sido el gran descubrimiento de mi vida. Los años dejan a su paso tantas horas vacías que yo no sé cómo podría haberlas llenado si no hubiese descubierto la adicción a los libros.

Desde entonces, llevado por mis desvaríos, he podido vivir varias vidas en una misma sin saber con precisión de cuál prescindir y si era la vida real la más seductora en sus propuestas. Ahora poco importa, porque sabemos que los años edulcoran a su paso el sabor pedregoso de las experiencias indigestas.

Mi primo Luis Albornoz me ha recordado muchas veces cuando iba con mis padres y mis hermanos a Málaga en su Seat 124 a pasar el día en la playa. Siempre llevaba varios libros y me sumergía en su lectura como quien descubre otro nuevo mundo del que nunca más lograría salir si no es para respirar. Habla él de mi fascinación por Gabriel García Márquez y de cómo aquel escritor colombiano estaba condenado a ser Premio Nobel de Literatura según mis pronósticos de joven desquiciado por sus fantasías.

Pasan los años y el amor irredento de los demás por la tecnología digital, las redes sociales y los productos gratuitos me hacen pensar si la fascinación por la lectura dejará de ser una pasión para pasar a ser una pieza con que decorar hábitos del pasado.

Algunos datos relativos al índice de lectura entre jóvenes –de los maduros mejor ni hablamos– no dejan crueles y sorprendentes. Se sabe que las mujeres leen más que los hombres en España y la brecha va en ascenso.

Según el último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), presentado el pasado viernes, esa diferencia ha aumentado un punto porcentual respecto al estudio anterior, que recogía los datos de 2018. En concreto, el 68,3 por ciento de mujeres lee libros en su tiempo libre frente al 56 por ciento de los hombres. A fin de cuentas, se trata de decir que leemos poco.

Si asumimos esos datos como reales, el perfil más típico del lector de libros en España es una mujer mayor de 55 años, con estudios universitarios y que vive en un área urbana. El 83 por ciento de ellas lee libros al menos una vez por semana, de acuerdo con los datos de esta muestra elaborada con información de 5.000 individuos por la empresa Conecta Research & Consulting para la FGEE, en la que colabora el Ministerio de Cultura y Deporte.

En todo caso, el perfil de los hombres no dista mucho del de las mujeres: un individuo de 55 años o más, también con estudios universitarios y residente en un área urbana. La mayoría de ellos, el 76,7 por ciento, lee en su tiempo libre.

Zadie Smith escribe sobre el desprecio a la lectura y escribe que “nos hemos acostumbrado a no vivir la experiencia privada, arriesgada de la lectura, tanto como a escenificar (en línea) muestra respuesta a lo que leemos”. La periodista mexicana Alma Guillermoprieto se alegra de que algunas voces acreditadas reconozcan, afligidas, que la falta de privacidad que propician las redes sociales es una amenaza directa a la democracia. Y añade: “Somos, en internet, nada más que un agregado de datos que poderes invisibles acumulan y subdividen en ‘mercados potenciales’ de ropa, remedios para la calvicie, información, ilusiones y mentira”.

Nos hemos metido en las redes sociales para exponer nuestra intimidad, nuestros secretos y nuestros pecados, nuestras ilusiones marchitas, los sueños resolubles, al mercado omnipresente. Hemos optado por vender la única vida que tenemos en vez de apostar por las múltiples vidas que nos ofrece la lectura, tantas vías de escape al desmoronamiento que podríamos haber utilizado hojeando las páginas de un libro, tanta posibilidad de ser varios al mismo tiempo en un solo ser.

La lectura ensancha los sueños, nos ayuda a razonar, a enriquecer nuestro léxico, a ver las imágenes desdibujadas que ensombrece el cine, nos ayuda a saber que, detrás de cuanto hemos perdido, lo revivimos y resucitamos con la lectura.

Ahora, consumida la adolescencia, la vida tiene un único sentido: saber a ciencia cierta que el paso de los años se amortiza en la piel, pero que los sueños siguen vivos y saltarines en cada página que desciframos, en cada página que te lleva a otro mundo que, aunque no es real, puede que tampoco importe que lo sea. Es lo que tiene la imaginación: si alcanzas a dibujarla y crees en ella, existe.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

  • 28.2.20
Hay amores nada solubles que anidan como masas etéreas en algún lugar recóndito de nuestra memoria y que van creciendo con los años, a veces mitigando su dolor o su placer extraviado y, en ocasiones, creciendo como una larva que invade la vida presente y se mueve a su antojo como un fantasma reconocido y seguido a nuestro antojo y tal vez al suyo también.



Pero esta incógnita nunca lograremos dilucidarla. Y tal vez así sea mejor. Esquivamos todo obstáculo que no conduce a la razón y tal vez cuando tocamos los sentimientos debamos ingerir unas píldoras de demencia o insensatez.

Eduardo Mendicutti, en su última novela, Para que vuelvas hoy, trata uno de estos amores de un solo día o bien de una sola noche. En el libro, Isabel, ya anciana, le cuenta a Marta episodios de su pasado. En estas confesiones, la cuidadora descubre una vida plagada de emociones y de desvaríos.

Sobre todo, descubre que Isabel ejerció la prostitución y que, como consecuencia, conoció a muchos hombres. A sus 82 años, Isabel había logrado olvidarlos a todos, excepto a Fernando, con el que ella fue delicada y atenta, y al que le devolvió las quinientas pesetas pagadas por sus servicios amatorios con esta nota que dejó en un bolsillo de su chaqueta: “Para que vuelvas hoy”. De ahí el título. Pero este hombre nunca más volvió.

Sin embargo, a la mañana siguiente, el amante efímero dejó a su nombre en la recepción del hostal donde se hospedaba ella un enorme ramo de flores que le había costado las mismas quinientas pesetas que ella le había perdonado el día anterior. Cuenta la anciana en esta novela divertida y dolorosa que aquel hombre, de quien nunca más supo, se convirtió en el amor secreto de su vida.

Tal vez sean secretos porque nunca le contamos a nadie estas peripecias de desvarío que solo conducen a la felicidad. No hay que engañarse: no es fácil administrar los momentos felices. Empezar la relación como un huracán, sabiendo que, después, solo en unas horas, el paisaje solo deja a su paso una dehesa de soledad.

Sin embargo, nadie abandona aquella habitación siniestra que en los sueños es otra, casi indefinida, y que no se parece a ninguna otra. Duran tan poco esos amores de un solo día, o de una sola noche, con su desayuno o su cena, con un adiós precipitado o su despedida eterna, que no nos atrevemos a ponerle remiendos a los recuerdos más sólidos. Y, sobre todo, con su final inesperado e irremediable

A veces, solo a veces, compartimos esos momentos clandestinos con alguien que no es cercano porque, en esa distancia que el tiempo amortiza en olvido, encontramos la coartada perfecta para exponer ante cualquiera esas horas bravías que el vecindario ignora.

No se trata de sueños. Que todos, de alguna manera, damos forma cada noche sin voluntad. Sino de esos sueños reales, pero tan efímeros como estrellas fugaces. En realidad, cuesta pensar que solo unas horas de pasión desbordada nos deje enervados de por vida en otro sueño que, este sí, es ya onírico.

Pero cuando dejamos de evitar sus efectos y que vuele a sus anchas alrededor de nuestras vidas, haciendo a estas más ricas y brillantes, más anchas y generosas, logramos recordar con precisión aquellos momentos compartidos con alguien a quien, en realidad, nunca conocimos, de quien a veces solo sabemos el nombre y, en otras, tampoco sabremos nunca si nos mintió al desvelar su identidad. Y en ese instante solo sonreímos. Porque sabemos ya que poco importa. La magia de todo recorrido, como la propia vida, es que tiene su propio fin. Y cuando lo descubrimos sabemos que ahí no hay tristeza, sino solo sabiduría.

Muchos de estos amores fugaces surgen de un encuentro casual y se ven interrumpidos por el mismo sentido azaroso de la vida, que igual nos lleva que nos trae de una reflexión madura y acertada a un error de ensueño. En otras ocasiones, el momento lo busca cada cual, y él o ella, ya con una vida solvente al lado de otro o de otra, busca la causalidad, y la casualidad, del instante para hacer tangible el sueño.

Y es entonces cuando declara a aquella persona los sentimientos escondidos de años, de cuando ambos eran jóvenes y el mundo parecía fabricado de porcelana. Y se lo tiene que decir, porque la vida esconde momentos que no pueden morir en nosotros y con nosotros, sino que hay que dejarlos que vivan en otra persona, a la que también pertenecen. Sabiendo, eso sí, que después el sentido común se impondrá al desvarío.

La literatura está llena de estos amores efímeros, imposibles y callados. Pero ahora, a mis años, sé que estos sentimientos indomables no nacen con los sueños. Sino que los arrastramos día a día en nuestras vidas y los sacamos a volar cuando la noche nos llama al descanso.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 21.2.20
La vida sin dolor no tiene sentido. Porque el dolor es parte inalienable de la vida. Existimos evitando el virus del dolor, huyendo a cualquier parte con el pretexto sin argumento de que el dolor es sobre todo sufrimiento. Además, nadie es inmune a sus mordeduras. El tiempo, en alguna medida, solapa sus secuelas y sus desbarajustes, aminorando a pasos lentos sus radiaciones inevitables.



Conozco a quienes se sumergen en el dolor como gusanos de seda que se enquistan en el capullo, no para vestirse de mariposas con el paso de los días, sino para evitar el contacto con el aire y con la luz. Y así vivir en la oscuridad de manera imperecedera.

El dolor avanza cauto, sibilino como la serpiente, hasta que nos sorprende en el lugar más inesperado, en el momento menos oportuno. No hay presencia menos requerida que el dolor en cualquiera de sus formatos y registros, y también más exigente entre los invitados a la fiesta.

Los momentos difíciles hay que sufrirlos. Sin lugar a dudas. Y en gran medida, hasta cuánto y hasta cuándo, depende de nosotros. Así lo entiende Lola Morón, especialista en Neuropsiquiatría. Y lo firma que con esta frase definitiva: “El dolor emerge de la víctima, el sufrimiento emerge del victimario”.

El dolor no es el sufrimiento. Tal vez el sufrimiento sea su fase previa, el itinerario inevitable y forzoso al que conduce el dolor. Pero el sufrimiento tal cual vive ausente del dolor que lo ha provocado, inconsciente e ignorante del pozo donde el victimario se lame las lágrimas apagadas y se duele de un dolor conmutado por una oscuridad absurda e irrenunciable. Para Morón, el dolor nos ayuda también a valorar la amistad, el bienestar, la felicidad, la salud, la presencia, el beso.

Este sentimiento no solo ayuda a titular algunos filmes, como recientemente le ha ocurrido a Pedro Almodóvar con Dolor y gloria, sino a implementar miles de páginas de algunos libros. En algún caso, partiendo desde el mismo título: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag; El dolor, de Marguerite Duras; El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández; El problema del dolor, de C. S. Lewis; Lugares donde se calma el dolor, de César Antonio Molina, o Algún día este dolor te será útil, de Peter Cameron.

Habrá que advertir, eso sí, que no porque la palabra "dolor" aparezca en el título, abarque con más profundidad estos sentimientos del sufridor. El dolor ha rascado muchas páginas interiores en muchos otros libros sin que lo anuncie en la cubierta.

Las pérdidas, aquellas personas que ya no nos acompañan en el periplo vital, son, sin lugar a dudas, el dolor que se acompasa con el paso del tiempo, pero que nunca logra desaparecer por completo. Lo vivimos como una enfermedad crónica que nos acompañará para siempre. Pero la vida –como nosotros– cambia a lo largo del tiempo y se viste con otros ropajes y se esconde en otros argumentos poco anudados.

Al final, el recuerdo nos arrastra a un mundo que se murió con los años, y ya no solo se quedan obsoletas las pérdidas sino el paisaje que se fue con ellas. Y entonces, si no sabemos administrar la nueva realidad, acabamos sucumbiendo a un dolor caducado donde no habita el sufrimiento, porque ya el sufrimiento somos nosotros mismos. Se nos va yendo el dolor y lo que queda son cenizas de un tiempo fenecido, de un mundo desaparecido y amortizado.

Tal vez, partiendo del dolor, adquirimos la dimensión ética de la vida. Lo dice Lola Morón con esta frase definitiva: “Nada tendría valor si no supiéramos que existe el dolor”. Porque la existencia devalúa, en su transcurso hacia el vacío, a todo ser humano inmune a los malos momentos, a las desgracias anunciadas, a toda herida que no deja en la piel una cicatriz que se pueda conmutar con los momentos más floridos y luminosos. El dolor muda, trienio tras trienio, su apariencia de soldado eficiente y victorioso, para dulcificar su veneno inmune a la felicidad.

Después siempre quedan imágenes pixeladas que mudan el dolor por una nostalgia habitable, en una huida ya innecesaria. Pero quien se alimenta de dolor y lo realimenta con razones tristes, siempre será rehén de esta frase de Lola Morón: “El ser doliente es un ser sufriente en la medida en la que se entrega al sufrimiento”. El dolor, para él, será la soga del ahorcado. En caso contrario, el dolor, ya sosegado en sus maldades apagadas, puede un motivo justo y evidente para hacer literatura y no sucumbir a la derrota definitiva.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 14.2.20
Vivimos el presente. O, mejor dicho, vivimos en el presente. Hay quien no vive, pese a que cueste creerlo. Vivimos el presente como un tiempo eterno en nuestras vidas, como un conjunto de momentos dispersos que vagan por nuestra memoria descontextualizados de cualquier entorno. Ni la memoria más eficaz abarca a ordenarlos con orden y concierto, sin otra música que distraiga de su principal argumento. Vivimos el presente como un tiempo indefinido que se nos escurre de las manos como hielo derretido.



Apenas han pasado unas horas, y ya olvidamos sin pretensión la mirada fugitiva que buscaban nuestras manos o el whisky que nos reconfortó a atravesar la noche. No hay rasguños en la memoria, ni heridas abiertas que sanaron en su día, pero ese olvido nunca premeditado borra a cada instante toda hora vivida, sin ser conscientes de que en ese balance imposible de nuestras vidas dejamos atrás trozos irrecuperables de ese presente, de ese tiempo de ahora, que muere en cada instante.

El presente es ya pasado. La vida, después de todo, se mueve en un hoy huidizo que nunca logramos atrapar para imprimirlo con tinta indeleble. En ese paso indeleble y fugitivo del hoy al ayer, apenas quedan indicios, pruebas o declaraciones que demuestren que las horas que dejamos atrás fueron nuestras o de los más próximas.

Recordar qué hicimos hace apenas dos semanas es un esfuerzo hercúleo que no conduce a ninguna parte. Vivimos entre un tiempo que naufragó hace mucho y cuya memoria es un vacío sin fondo, un agujero negro en una biografía apócrifa que nadie reconoce como propia.

Y el futuro es un argumento que alimentamos en las movedizas arenas de cualquier desierto naufragado. Los océanos, en su misteriosa profundidad, esconden una quietud e inquietud colectivas y anónimas que no pertenece a nadie. Alimentamos el futuro con frases invisibles e imágenes mudas. Trazamos fronteras imposibles e inoportunas entre el presente y el futuro.

Pero solo en los estrechos bastiones que atravesamos en la vida real y en aquellos otros mundos virtuales con que alimentamos la poesía, los tiempos que ensamblan presente y futuro son reales. Pero en aquel mapa virtual de la vida que habitamos y en este otro crucigrama real que construimos con palabras, el hilo de arácnida que une presente y futuro representa la más acertada metáfora de la existencia.

Carlos Revolli es físico teórico, pero de él dice también Gianfranco Angelucci que es poeta. En su memorable obra El orden del tiempo, escribe que la física de los siglos XIX y XX se tropezó también con algo tan inesperado como desconcertante de que el tiempo transcurra a velocidades distintas en diferentes lugares, y es que “la diferencia entre pasado y futuro –entre causa y efecto, entre memoria y esperanza, entre remordimiento e intención– no existe en las leyes elementales que describen los mecanismos del mundo”.

Pero este argumento parece más propio de la poesía que de la física. Tal vez, cuando Revolli se encierra a escribir, le pueda más el corazón del poeta que la razón del físico. O bien puede ser también que ambos mundos no vivan tan equidistantes como los dioses y sus delegados en la tierra nos quieren hacer creer.

Luego viene la noche y nos envuelve en una oscuridad que admitimos sin dilemas y que, extraviados en esos sueños que doblegan toda razón y fantasía, nos llevan y traen de un mundo irreal a otra fantasía tangible. Pero, al despertar, buscamos ante el espejo un rostro que no reconocemos como propio y nos palpamos los ojos y la mirada y allá tampoco encontramos a nadie con quien convivimos en esas pesadillas que siempre pasan a ser pedazos de un puzle al que llamamos "olvido".

Vivimos entre un mundo que se extinguió y que se extingue y que cada vez ocupa más espacio en nuestras vidas. Y en ese perímetro que denominamos "pasado" tendemos un puente hacia un futuro imaginado e imposible, para no caer al vacío difícil y estrecho del tiempo presente, una provincia sin país, un tiempo sin límites y tan limitado, una casa que se derrumba ladrillo a ladrillo, como un movimiento sísmico implacable y eterno que destruye y consume todo a su paso. Un tiempo al que llamamos "presente" y que nada más pronunciado es territorio de un pasado que deja paso al olvido más pertinaz y que deja de ser, como consecuencia, parte inalienable de nuestras vidas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 7.2.20
Hace ahora casi cinco años, la foto del niño sirio de tres años Aylan Kurdi, muerto en las arenas de la playa de Bodrum (Turquía) conmocionó a todo el mundo. La imagen exponía sin tapujos la tristeza del espanto, el reducto de una realidad que nos costaba admitir. Pero ahora teníamos el documento que enfrentaba nuestra conciencia a los hechos. Más vale una imagen que mil palabras. Pero también habría que preguntarse cuántas palabras necesita la memoria para olvidar lo que ha visto.



Tal vez no sea así. Y las palabras sigan siendo necesarias para contextualizar aquella foto de la infamia. Después siempre viene el olvido deshojando racimos de perfume que nos narcotiza. Si no nos ponen otra vez la foto delante de las narices, no hay razones que esgrimir, ni siquiera para ponderar una felicidad acomodada a nuestro antojo.

Podemos pensar que nada es eterno, incluida la posibilidad de la vida después de la muerte. Pero no es cierto. El hambre y la miseria, la pobreza en todas y cada de sus manifestaciones, sobrevive a todos los reveses del tiempo, se encapsula en los nudos de los troncos de árboles más longevos, en los archivos oxidados de las academias, en las iglesias cerradas a otros cantos, en los restaurantes donde los pobres nunca tocaron un tenedor.

Tres años después de haber visto aquella foto, al menos 640 niños migrantes o refugiados perdieron la vida en el Mediterráneo desde 2014. Pero las cifras siguen creciendo. El número de menores ahogados cuando trataban de alcanzar las costas europeas no ha dejado de aumentar. La ONG Save the Children cree que las cifras podrían ser aún mayores. Se sabe que muchas desapariciones no están certificadas ni documentadas.

Esta organización advierte de que los niños migrantes y refugiados, sobre todo los que viajan solos, son los más vulnerables, no solo por sus desplazamientos por mar o tierra, sino por el peligro de poder sufrir explotación, violencia y tráfico de personas.

Una foto vale más que mil palabras. Pero cuánto valen las estadísticas. Qué credibilidad les podemos dar. Al terminar 2014, los países más pobres eran los más solidarios con los 60 millones de desplazados y refugiados del mundo. Al contrario que Europa. En solo dos años, esta cifra se había duplicado. En 2015, superaba los 62 millones.

A día de hoy, sin estadísticas, no cabe duda de que los números engordan. Huyeron y huyen de sus países por múltiples razones: guerras, hambre, persecución étnica. Pocos regresan a su país. En 2014, apenas 100.000 personas volvieron a la tierra donde nacieron. Los números solo se podrían modificar al alza.

Después de estas cantidades, siempre nos queda una imagen redonda que no sabemos dónde ubicar. Tal vez un par de miles de fotos de niños muertos en las playas de Europa no nos harán más humanos y sensibles, porque la razón evita la contundencia de una argumentación severa y rotunda. Preferimos digerir el desastre en cápsulas, como enfermos crónicos incapacitados para traducir tanta catástrofe en un solo plato de sopa.

La primera vez lloramos la foto de Aylan tirado para siempre en una playa turca, pero las lágrimas se evaporan de usarlas, y después se pierde su rastro entre las cremas y los perfumes que nutren nuestra piel en cada fiesta.

Las fotos se olvidan y las estadísticas se manipulan al paladar del cliente más exquisito. No hay satisfacción mayor que codificar módulos para trocear el dolor, o dosificar grajeas contra la tormenta justiciera que se nos amontona por momentos en la fe de cualquier creyente.

Es plausible ignorar para no forzar el olvido, saber restar a sumar para que los números no nos desborden, entender que una foto no es un símbolo, sino imagen aislada del entorno, desperdigada por azar de una exposición que nunca tuvo lugar.

Save the Children nos previene: la mitad de las personas que requieren protección internacional hoy son niños y niñas. Pero vivirán afuera en la calle, pensamos, porque por casa no andan. Si miramos, no vemos. Y si no vemos, será con toda seguridad que no hay foto. Porque las palabras, quién lo diría, sabemos que se las llevó el tiempo hace mucho. Y eso que entonces todavía andaban inventando internet.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 31.1.20
El viajero probablemente siempre, o durante mucho tiempo aún, optará por los mismos destinos ya conocidos. Tal vez solo cambiará a la larga su mirada. Los años proponen siempre otros ángulos desde donde observar la vida. En los primeros viajes buscábamos la sorpresa, tener debajo de los pies la tierra que nos mostraban por primera vez imágenes fijas o en movimiento.



No éramos los primeros descubridores de ciudades ya conquistadas y asumidas como trozos propios de nuestra o de otra cultura. No descubríamos, más bien reconocíamos e identificábamos bastantes años después aquellos espacios que la humanidad había asumido como paisajes propios en otro momento en que nos existíamos.

Tal vez nosotros incorporábamos alguna anécdota a nuestras vidas de los días vividos en aquel lugar de ensueño. No es el caso de los inmigrantes y de los refugiados que fueron expulsados de su propia tierra para no morir de inanición o persecución en la propia casa.

No viajaron por propia voluntad. Entre las muchas razones o motivos que podríamos esbozar para viajar por el mundo, la más sofisticada sería para dedicarnos a aquello que nunca hacemos en la zona de confort. Cambiar unos días de lugar para empezar a ser otros y hacer cosas diferentes.

La escritora polaca Olga Tokarczuk, galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2018, escribe en su hermoso libro Los errantes que para ella lo más molesto es la quietud y añade que su energía que ella tiene en sí es generada por el movimiento: el vaivén de los autobuses, el traqueteo de los trenes, el rugido de los aviones del avión, el balanceo de los ferrys. Estar aquí, pero sin acomodarnos a que todos los días respiremos el mismo aire y repitamos los mismos protocolos de convivencia y de rutina.

Los años nos cambian. Obviamente. No solo porque habitamos un esqueleto malherido por el huracán del pasado o porque los demás adivinen en nuestra piel aquellos sueños ya inexorablemente resquebrajados. En mi caso, debo decir que me sigue gustando viajar, pero, cuando alcanzo el objetivo, huyo del movimiento y busco la quietud y serenidad necesarias sentado a la mesa de un bar o a la sombra de un árbol.

Viajo a Londres y vivo a la sombra del Támesis, no busco las vistas panorámicas del complejo cultural South Bank, ni al otro lado persigo las alturas del Palacio del Parlamento, la torre del icónico Big Ben y la Abadía Westminster, ese rincón imponente al que suelen ir y volver los reyes de vez en cuando para acomodarse bien la corona en sus cabezas monárquicas por si una revolución equivocada les pidiera cuentas algún día.

Al contrario, cruzo de punta a punta Porto Bello Road, atestada de tiendas donde puedes comprar bufandas de cachemir, sombreros de variados colores y estilos, corbatas, souvenirs inútiles, y de tenderetes con frutas y verduras.

Para estudiantes hispanos y otros trabajadores precarios que buscaron en la capital londinense un futuro que logramos desbaratar sin apenas esfuerzo en muy pocos años, y pronto golpeados también por el Brexit, Porto Bello abre las puertas de Foods & Wins of Spain, un comercio donde nuestros compatriotas buscan su identidad entre toritos de plástico, jamones de cebo, embutidos, quesos, vinagres, botes de Cola-Cao, desodorantes Billy, abanicos, chocolates varios, cafeteras, pimientos secos, botellas de Soberano, fabada Litoral, Chiquitín, productos Nenuco, conservas Ortiz, Licor 43, masa de churros... A unos metros, en Tavistaock Road, La Bodega ofrece a sus parroquianos fugaces sabores de nuestros pueblos.

Nos hospedamos en el Hotel Vincent House, ubicado entre Kensington y Notting Hill. Nos recibe María, una canaria gorda y simpática que se busca la vida entre carreras equivocadas y se busca en una escritura personal antes de que el sueño se la lleve cada noche hasta perderse en las playas cálidas de su isla dejada atrás.

Mi amigo Jesús Carrasco, que fue un pianista consumado y de una sensibilidad y virtuosismo manifiestos, vino a recoger un chelo que adquirió por internet. El vendedor tiene aires poco fiables. Con el chelo cargado a su espalda, le digo que deberíamos sentarnos en el pub que tenemos delante de nuestras narices: The Eagle, ubicado en Ladbroke Grove W. 10.

Nos sentamos sin otro fin que beber cerveza, objetivo alcanzado sin demasiados esfuerzos. Optamos por un plato de comida tradicional, un fish & chips, con puré de pera y salsa tártara. Pasan las horas por el día y las cervezas por nuestra mesa. Después de cinco horas, ya sin apenas luz, emprendemos el paseo de vuelta al hotel. Satisfechos con el cansancio ligero que proporciona el alcohol, Londres es otra ciudad.

Sentados como ingleses en este pub, observamos un barrio tranquilo, un cielo ahíto de nubes grises que no rompen en lluvia, ocho grados de temperatura, algo inusual en el mes de enero. Observando la ciudad, sin prisas, paseando por sus calles sin horarios obligados, no buscamos otro Londres, solo aquel que se desprende de las hojas caídas, la luz breve de los días del norte, el sabor sinigual de Johnnie Walker.

El whisky en Londres tiene un olor y un sabor diferentes e inimitables. Se lo digo a Jesús. Jesús me dice lo mismo. El avión sirve para desplazar al viajero de una a otra punta del mundo, pero solo un whisky único como el escocés te puede llevar a alcanzar el cielo. Un paraíso –quién lo diría– aún por descubrir y conquistar. Un cielo que viene y que se va, como algunas mujeres. Como todo paraíso codiciado que tuvimos entre las manos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 24.1.20
Gabriel García Márquez escribió alguna vez que todo ser humano tiene, en realidad, tres vidas diferentes: la pública, la privada y la secreta. Por alguna razón que el destino aún nunca ha decodificado, en ocasiones estas tres ramas de cada uno se unifican en una sola verdad.



Salman Rushdie, por ejemplo, vivía en todo su esplendor literario, cuando se salió del mundo para esconderse en una vida clandestina. El ayatolá Jomeini declaró su cuarta novela, Los versos satánicos, una blasfemia contra el islam, decretó en 1989 una fetua contra el escritor y ofreció una recompensa a quien lo ejecutara. Desde entonces, y hasta que se levantó la fetua, vivió en la sombra, rodeado de guardaespaldas.

La publicación de Gomorra en 2008, la primera obra de Roberto Saviano, conmocionó al mundo y cambió para siempre la vida de su autor. Este increíble y fascinante relato real es un viaje al imperio empresarial y delictivo de la Camorra. Publicado en 52 países, ha vendido 2.250.000 copias en Italia, y unos 10 millones en el resto del mundo, y fue elegido por la RAI como el libro del año de 2008 en Italia. Desde su publicación, Saviano ha vivido una vida paralela a la Rushdie. Huidos y condenados por escribir.

Thomas Pynchon, a quien solo le persiguen las leyendas, es el más elusivo de los escritores vivos. Se sabe que sus obras no las escribe un genio oculto ni un escritor famoso que esconde su nombre detrás de su propio nombre. Salman Sushdie lo conoció en una cena. Dice de él que es alto, de pelo blanco a lo Einstein y dientes de Bugs Bunny. Creyó que a partir de entonces se verían a menudo. Pero no. Nunca más supo de él.

Se le conoce por su narrativa compleja y laberíntica, así como por su aversión a los medios de comunicación. De él solo se conoce media docena de fotos de cuando era estudiante y recluta en la Marina. Su obra El arco iris de gravedad fue rechazada por el jurado del Premio Pulitzer por considerarla obscena y ganó el National Book Award; ajeno a la polémica, el autor mandó a recoger el premio a un comediante.

Citado periódicamente como candidato al Premio Nobel de Literatura, el crítico Harold Bloom citó a Thomas Pynchon como uno de los más grandes novelistas estadounidenses de su tiempo, junto a Don DeLillo, Philip Roth y Cormac McCarthy. Efectivamente, se merece el Nobel de Literatura, lo que nadie sabe es quién lo recogería en su nombre, en caso de que se le concediera, ni por qué rehuye tanto prestigio reconocido.

En estos tiempos en que todos exponemos nuestra intimidad en las redes sociales, cuesta entender a alguien como Thomas Pynchon, que preserva su intimidad al alcance de cualquiera. No importa las razones. Pepa Flores –o Marisol, como más gusten– también un día se escondió huyendo del flash, del papel cuché, de las tertulias del corazón, de quienes pretendían devorar sus vísceras para alimentar sus necesidades fagocitadoras. Quería que nadie se acordara de ella. Quería preservar los hilachos que conservaba de su intimidad mancillada y vivir lejos de los focos, de los fogones, del éxito mal entendido.

Ahora la gala de los Goya le rinde homenaje. ¿Aparecerá en aquel escenario? Claro que no. Ella no quiere hablar de un pasado que pretende olvidar, y su presente y su futuro se balancean en otro espacio del que solo ella es propietaria.

Todos nos enamoramos de ella. Primero, nos sorprendimos con la niña malagueña, con la niña prodigio, con su voz aguda, con su desparpajo. De golpe, sin darnos cuenta de que el tiempo todo lo muda, se nos hizo mujer. Y la quisimos aún más, con su voz rota y aguardentosa, con su tristeza tan bella de criatura maltratada. Pese a tanta confusión, no perdió la firmeza de su mirada ni la tristeza la tiró a un lado del camino.

Dijo que no quería recordar aquellos años del éxito y de la niñez perdida, que quería olvidar tanto desatino. Fue cuando los demás descubrimos que detrás de la fama se puede esconder la infamia, y que detrás de los aplausos se amasa una soledad honda que no se puede descomponer ni con ácido. Hace 35 años dijo que no hablaría de todo aquello. En 1985, después de presentar en el Festival de San Sebastián la película Caso cerrado, como si el título fuera un pie de foto de su propia vida, calló hasta hoy.

Tal vez la pusieron en lo alto del escenario para olvidar de la corrala con letrina compartida en la calle de Rufino de la niñez. Fue la novia que todos compartimos sin que los celos se interpusieran entre nosotros. Solo el fotógrafo César Lucas se atrevió a mostrarnos una Pepa Flores en la portada de Interviú en 1976, si bien las fotos databan de 1970, tal como muchos la concebimos en sueños inútiles. Su belleza exterior solo estaba a la altura de su alma.

Su boda con Antonio Gades se celebró en Cuba. Ni siquiera Fidel Castro se la perdió. Después, cedió los derechos de sus discos y de sus películas a cambio del olvido. Ni siquiera así lo consiguió. Porque el privilegio del olvido nunca les será concedido a criaturas como ella, en quienes la ética y la estética se funden para que nos olvidemos todo lo que sobra: tal vez del resto del mundo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 17.1.20
La desigualdad tiene un horizonte ancho, un piso firme, una visibilidad neutra. Quien se niega a verla no la ve, incluso desmiente su existencia, mira al otro lado. Muy propio de este país. Pero la mirada no mueve el paisaje. Richard Wilkinson, epidemiólogo, historiador económico y activista británico, ha dedicado toda una vida a estudiar los efectos de la desigualdad. Y advierte de que sus efectos no son tan obvios.



No hay ciego más eficiente que quien no quiere ver. Pero la desigualdad afecta a la felicidad, al bienestar, a la salud, a la esperanza de vida, al valor de cada uno en la sociedad, a los resultados académicos de los niños.

Wilkinson no se queda corto. La desigualdad provoca el aumento de consumo de drogas, causa infinidad de problemas muy perniciosos. Pero estos estragos que son más habituales en los estratos más bajos –advierte Wilkinson– se extienden por toda la sociedad y nos alcanzan y dañan a todos.

La pandemia de la desigualdad se multiplica como las malas hierbas en los jardines bien ornamentados y regados, y se extiende como enredaderas y crece entre los muros de las fortalezas heridas de la sociedad del bienestar social. Insensible al tacto, quema la yema de los dedos, distrae la atención, confunde la memoria, distorsiona los sueños, altera la velocidad y la dirección de los vientos, desmiente las pocas verdades que ya apenas se sostienen por sí solas.

La desigualdad se extiende como un tsunami invisible, cuyos destrozos apenas percibimos, pero va dejando una regadera de muertos continuos y ajenos a nuestras vidas. Como si el caos no nos afectara, como si la pobreza cada vez más creciente solo fuera un mal ajeno, como si las vacaciones soñadas y nunca cumplidas no fuera con nosotros.

En esta oscuridad donde habitan los desheredados de la tierra, la luz es un bien inasequible, burdo, incómodo. Mejor no saber para no ir muriendo de vergüenza y desamparo. Mejor ignorar cuando no hay valor para asumir un futuro inasequible. Mejor callar cuando no hay palabras para describir la tristeza de no tener otro techo donde cobijarnos. En definitiva, no saber para no correr riesgos.

La crisis económica y financiara que nos abrazó y abrasó en la última década abrió una brecha social imposible de cerrar en muchos años o siglos. Nadie sabe. Es más. La brecha social va abriendo paso a la grieta cultural, que es la enfermedad y la barbarie que nos diferenciará aún más y que nos enfrentará.

Pero este temblor de tierra, como siempre, irá por barrios. Estudios y expertos coinciden en que la segregación aumenta, en relación a las crecientes desigualdades provocadas por el modelo económico vigente. Sergio G. Fanjul escribe que esta tendencia puede provocar problemas en las megaurbes hacia las que nos dirigimos inexorablemente.

Las Naciones Unidas prevén que un 68 por ciento de la población social mundial vivirá en ciudades en 2050. En España ya vive el 80 por ciento. ¿Qué decir de la España vacía y vaciada? Las ciudades, añade Fanjul, son y serán el escenario de los conflictos sociales presentes y futuros.

¿Qué elementos influirán en este proceso inaplazable e inevitable? La merma del Estado del bienestar, la mercantilización de la vivienda y la turistificación. Estas fuerzas son procesos que contribuirán a la separación entre las personas. La condición de crisol de gentes y de culturas en las ciudades se irá apagando irreversiblemente. De hecho, para quien se atreva a observar, el paisaje está pintado.

La desigualdad ya rompió los sueños, ahora comienza a provocar estragos en la vida cotidiana. Mientras tanto, nosotros distraemos la atención en series repetidas y repetitivas, con un vaso de ginebra entre las manos, pretendiendo ignorar la esperanza despedazada de los hijos y la incapacidad propia de argumentar verdades a medias que les calme de las palpitaciones que no adivinamos.

La desigualdad nos mata cada día y no lo vemos. Miramos más allá, donde solo hay objetos muertos. Y esperamos el amanecer como si un nuevo mundo, que no ha nacido, alumbrara en lo más hondo de un horizonte que nunca fue y que no está.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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