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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

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  • 25.4.22
Ella se vio huir en un sueño, como si el viento la arrastrara entre nubes frágiles y deshilachadas. No sabía si volaba, pero se vio surcando los altos cielos de todos los días a su misma altura, empujada por una fuerza motriz que la arrastraba de acá para allá. Pudo sentir el vértigo de la altura en los primeros instantes, pero después se dejó arrastrar por el ímpetu de un aire puro y liviano, consciente de que su destino bullía libre tan cerca de ella. No quiso parar en seco, por miedo a quedarse varada en el vacío, con los pies colgados en ninguna parte, sin saber a ciencia cierta si cuando los sueños se rompen el dislate es irreversible.


Tampoco sabía si soñaba, porque ya algunos libros le habían advertido de la eficacia de algunos sueños y de la terca actitud de quienes pretenden escapar a sus secuelas en pleno éxtasis. Así que ella, sin saber dónde estaba ni para dónde iba, se dejó llevar como quien lo esperaba desde muchos años atrás. En un momento determinado, imaginó ver o vio la sombra de una flecha o de una dirección proyectada sobre un muro, sobre un dique, sobre el muro de un pantano, y abajo el agua mansa y verde que dormía en esa sensación que es la felicidad colmada.

Luego se vio correr por la arena de la playa, como si ella misma fuera la protagonista de ese anuncio tan repetido de un perfume o de un brandy, y más adelante se vio montando un alazán, rojo o de color canela, ya no recuerda, y se vio desnuda cruzando una lluvia fina que no ocultaba un fondo dorado y un sol naranja oscuro, como si fuera una enorme yema de huevo puesta al fondo donde el mar y el cielo se fundían inevitablemente. Quiso detener sus pasos y no pudo. Sintió su pelo suelto y enmarañado lleno de aire puro, libre por primera vez, y pudo sentir en el corazón esas pulsaciones irrepetibles de los días únicos.

Le hubiera gustado ver alguna señal o signo que la guiara en ese viaje improvisado de la imaginación y que le ordenara las sensaciones vividas y por vivir, pero la vida, a veces o casi siempre, se muestra tal cual, de par en par, y cuando cruzas al otro lado ya no vale girarse y volver. Ella lo sabía. Siempre lo supo. Ahora recuerda una fotografía. Está ella, sola, más joven, demasiado joven. Tiene un desafío impenetrable en la mirada, un reto que no es un propósito sino más bien un tramo del camino, un destino ineludible. Ha vuelto a ver una sombra proyectada en un muro que es una señal, una dirección que lleva no sabe adónde. Le turban los signos y las imágenes que, más que guiar, confunden, sugieren, seducen. Es lo que tiene la vida, se dice, que siempre deja un matiz de duda en cada decisión, esa posibilidad remota que aúna acierto y error, éxito y fracaso, consumación de la felicidad o error predecible e inasumible.

Nada más ha visto una sombra proyectada en un muro que no marca un rumbo concreto. Y abajo, el agua verde y mansa, como si esperara otro viaje nunca emprendido o, también, como si este fuera el último tramo del viaje, como si después el camino se perdiera en sí mismo. Porque, a veces, se dice, hemos llegado al lugar soñado y no reconocemos el paisaje del delirio, no hacemos nuestra la tierra que sí lo es, la tarde encendida y los pájaros dibujando un vuelo impreciso, en nada equiparable al suyo, cuando se deja llevar por los propósitos despanzurrados en la memoria, como si fueran un saco de proyectos inasequibles a precio de saldo.

Se ve a sí misma abriendo los ojos, buscando la dirección extraviada que no está. Tiene en los ojos una luz melancólica que la habita y la embellece, y unas ansias insaciables de cruzar el mundo de punta a punta. Sabe, sin embargo, que no puede ser. Sabe que el mundo es ancho e inhóspito, pero que allá, donde menos piensa, crece una hierba fina que huele a hierba recién regada por la lluvia, ese olor que trae un recuerdo intenso a vida. Ahora pone los ojos donde nace el camino. Y después mete los pies en el camino. Sabe que no hay vuelta atrás, ni signos o señales que muestren a las claras adónde lleva ese sendero. Da igual. Hay un día que las dudas ya no valen, no importa que ninguna dirección marque el rumbo correcto, tampoco importa que haya rumbo o no. Todo viaje interior parte de nosotros y en nosotros, piensa esta mujer, y acaba en nosotros mismos. No hay que moverse, solo aspirar a ver el paisaje y reconocerlo como propio. Pero esta mujer, sin apercibirse de ello, ha comenzado a andar. El día será largo, piensa, pero no le importa. Sabe que no se puede parar ni volver. Sabe también que el viento sopla a su favor, aunque ignora adónde y hasta cuándo. Y esa sensación no la perturba, la ennoblece.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ
  • 18.4.22
Manuel Vicent ha escrito que los japoneses celebran cada año la floración de los cerezos como un gran acontecimiento. Cuando en primavera se produce este suceso efímero de la naturaleza, salen las familias en peregrinación hacia los valles cubiertos de flores blancas o rosas, buscando purificar sus vidas en esa belleza fugaz: “Esta es la lección que ofrece una sencilla flor de cerezo. También la vida es una aventura pasajera, si bien un instante de belleza puede convertirla en una hazaña inmortal, que se renueva cada año en primavera”.


En efecto, la floración de los cerezos japoneses o Sakura es todo un acontecimiento natural conocido y apreciado en todo el planeta. Como se sabe, la flor del cerezo es símbolo del renacer: de la vida y de su belleza. Cada año, en primavera, miles de personas viajan a Japón para disfrutar del espectáculo natural de estos árboles con sus colores blancos y rosas ricos en matices. Los japoneses suelen asistir a los festivales del cerezo en flor, celebrados en todo el país, y disfrutar del hanami, es decir, contemplan estos árboles mientras se comparte un picnic bajo sus ramas florecidas.

Cuando los primeros cerezos empiezan a abrir sus flores significa que el invierno llega a su fin. A este momento se le conoce como Kaika y suele anunciarse en las previsiones meteorológicas de Japón. El punto álgido se denomina Mankai, momento en el que la inmensa mayoría de los árboles están en flor y llenan de belleza el paisaje japonés. Suele ocurrir una semana después de la primera floración.

La floración de los cerezos varía de un año a otro año y es diferente en cada zona del país. Depende del clima que haya habido en invierno. Suele empezar siempre desde el sur del país, en Kyushu, y de ahí se extiende al norte del archipiélago hasta Hokkaido. Eso sí, la flor del cerezo tarda aproximadamente una semana en abrirse por completo y llegar a su máximo esplendor y, después, dura de nuevo aproximadamente una semana así. Como escribiera el escritor valenciano, se trata de una belleza fugaz, muy fugaz.

En la misma columna, Vicent escribe que, mientras en abril en muchos valles crecen los cerezos “en cuyo esplendor cualquiera puede diluir su existencia hasta alcanzar la cota más alta de la espiritualidad”, en contrapartida, advierte, en estos días “el ser humano es capaz de extasiarse ante una flor y de cometer en medio de una sucia carnicería los crímenes de guerra más execrables”. Ahora sabemos que las guerras nunca más serán limpias y cibernéticas, sino que, como la de Ucrania, se desarrollarán a la vieja usanza “bajo los instintos más salvajes con un impudor infame de matanzas, de cuerpos destripados, ciudades calcinadas, montañas de chatarra bélica abandonada en los caminos y millones de refugiados huyendo por las fronteras”.

Frente a esta belleza perfecta y efímera de los cerezos en flor, esta primavera ha sido muy cruel, recuerda Vicent. Nos lo recuerda innecesariamente, porque todas las radios y las televisiones nos salpican con metralla en la memoria y en la dignidad, para no cruzar la vía muerta del olvido, para mantenernos atenazados a la cruda realidad que nos impide consumar el sueño y consumir la vida alegremente, sin mala conciencia. Las calles de estas ciudades en guerra están habitadas de cadáveres salpicados por las calles, maniatados a la espalda, trepados contra un futuro inexistente. El mundo siempre gira sobre sí mismo. A la misma velocidad. Con paréntesis que anuncian un nuevo ciclo. Pero basta volver la mirada un día después para que el paisaje después de la batalla sea el mismo de ayer, el mismo de siempre: siniestro, gris, vacío de esperanza, rojo de sangre, humeante de infamia, siempre de infamia, como dejó patente Borges en su libro inmortal.

Siempre hay una guerra después del desayuno, o al atardecer, o a mitad de cualquier fiesta. Al principio, es el silencio. Después, las bombas, los aviones, el miedo gritan a la par. Y por la noche, entre misil y catástrofe, el silencio se intensifica, se hace una piedra en la garganta de todos los seres desgraciados que habitan el paisaje de la guerra, que está allí y aquí. Va en el aire. Es un vendaval sin rumbo que cruza montañas y mares, muros y fronteras, y se asienta donde haya una posibilidad, aunque sea somera, de tirar la vida por lo alto hacia ninguna parte, hasta el vacío.

Manuel Vicent concluye su columna con este cuento triste e inexplicable: “Un niño soñó que tenía un cerezo en el jardín con una sola flor que había dado una sola cereza. Cada día la veía madurar desde la ventana. En ella se concentraban todos sus sueños. Una mañana al despertar vio que la cereza ya no estaba. Se la había comido un pájaro. Fue la primera guerra”.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ
  • 11.4.22
Leo en papel. Soy adicto al papel, entre otras adicciones, por supuesto. Sin remedio. Hay títulos creativos que no eluden la sorpresa. Éste es para quedarse helado: “La inflación derrite nuestro dinero”. A continuación, meto mano a la entradilla (párrafo de arranque de un texto periodístico, suele ir tipográficamente diferenciado del cuerpo informativo). Entro: “Los precios en España subieron un 9,8% en marzo, la tasa más alta desde 1985. El descontrol del IPC, en parte debido a la crisis energética, devora el poder adquisitivo de los hogares y amenaza con traer una recesión si obliga al BCE a subir los tipos de interés”.


En Negocios, el mismo suplemento salmón en que leo el texto anterior, descubro un título inquietante que me persigue día y noche: “Por qué la grasa de los torreznos nos vuelve locos”. Leo también que la calefacción asfixia a las comunidades de vecinos, pero no encuentro nada respecto a una posible burbuja inmobiliaria aún en germen. Igual me he perdido en divagaciones de otro tipo.

Muchos ciudadanos sufren en silencio. Buscan el reparto de alimentos en fundaciones y comedores públicos. Esta frase la conozco demasiado, pero, cada vez que me tropiezo con ella, me pongo a pensar: “España es el país más desigual de la Europa occidental”. Pero los españoles, aun sabiéndolo, quieren ignorarlo, no están dispuestos a pagar más impuestos para paliarla. Sergio C. Fanjul, en su reportaje titulado Otra crisis que impacta en personas ya castigadas, escribe en la entradilla: “Una herida profunda recorre la sociedad española. La penuria vivida en silencio durante años por muchos ciudadanos aflora. El malestar se deja oír y pide ser escuchado”. Entro en detalles: después de varias crisis encadenadas, con la pandemia todavía ahí, el nuevo polvorín que es la guerra de Ucrania, se nos acerca la inflación en alza. Una inflación que se traduce en la subida del combustible, la energía, los alimentos, el agua, etcétera. España, aunque le cuesta, vive su propia pobreza, creemos que poco visibilizada, que nadie la ve, que nadie se entera ni quiere enterarse, pero que se encuentra entre las peores de la Unión Europea.

Desigualdad, calentamiento global, plásticos, basura, el color y el dolor de mares y océanos. El cadáver de una ballena de unos nueve metros de longitud apareció en la mañana del jueves 20 de enero de este año en la playa de La Rada, en el municipio malagueño de Estepona. El Ayuntamiento de la localidad tuvo que contratar para la retirada del cuerpo un servicio de maquinaria especializada. Profesionales en la materia tomaron muestras del tejido muscular de este mamífero para su posterior análisis. El ejemplar era un rorcual común macho, uno de los grandes cetáceos más comunes en el Mediterráneo.

De Antonio Muñoz Molina a Jesús Ruiz Mantilla: “Hay un personaje que es un conocido mío, un científico que desarrolló un proyecto de la Universidad de Cádiz en el puerto de Motril que consistía en recoger basura del fondo del mar para clasificarla. Este hombre se dedica, pues, a la catalogación de basura recogida en el mar. Me contó una historia muy impresionante: una vez les avisaron porque una ballena había varado en la playa de Motril; cuando la abrieron tenía dentro unos quinientos kilos de basura de plástico. Es dramático”. El mundo visto al revés no es el mundo que aparenta ser. El mundo, visto por dentro, es el vientre de una ballena atestado de plástico sin reciclar. El mundo, roto. El mundo, abierto a cualquier catástrofe. El mundo, torcido en dirección al futuro. El mundo, herido, malherido, inidentificable. El mundo nadie lo reconoce, ni siquiera en las fiestas patronales ni en otros días de descanso obligado.

El mundo abriéndose en canal, desangrándose. El mundo, muerto y vivo a la vez, agonizando, intubado, infeliz. Las fuerzas de Putin lanzan un nuevo ataque devastador contra la población civil. Tocado. Tocado y hundido. Un misil impacta en la estación de tren de Kramatorsk, donde miles de civiles se agrupan para huir a zonas más seguras. Mueren al menos 50 personas. De ellas, al menos cinco son niños. No es todo. Personas asesinadas con las manos a la espalda con bridas de plástico. Después de los bombardeos, nadie cuenta los escombros, ni los cadáveres enterrados entre los escombros. ¿Crímenes de guerra? Qué genera una guerra si no. La guerra es la guerra. Y toda guerra trae muertos y heridos. Una obviedad, desde luego.

Otra cosa es la desigualdad que, como la guerra, hay quien la niega. Los desagravios de la pobreza, eso sí, son inmaculados, nadie se percibe del mal, nadie se anticipa a morder su médula. Philip Alston, relator especial sobre Pobreza Extrema y Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), visitó España antes de la pandemia. Diagnóstico: la España afectada por la pobreza es de las peores de la Unión Europea. A dónde mira la gente que no la ve. Alston advierte que esta situación de “pobreza generalizada” encuentra su arraigo en recortes en los servicios públicos, alto desempleo, crisis de vivienda, un sistema fiscal injusto, un sistema de protección inadecuado, un sistema educativo segregado y anacrónico, una mentalidad burocrática arraigada. No hay que desanimarse todavía. Hay más. Un 27% de los españoles viven en la pobreza o riesgo de exclusión social, según datos de 2020 del Instituto Nacional de Estadística. Es decir, uno de cada cuatro ciudadanos.

Pero nadie quiere pronunciar la palabra pobreza, nadie se siente aludido cuando se habla de necesidades de primer orden, de sueldos que no alcanzan el último día del mes. Personas sin hogar. Gente que pasea por Madrid y después duerme abrigada entre cartones que antes embalaron regalos para el hogar, cachivaches de última tecnología para hacer la vida menos fatigosa. La felicidad se envuelve y empaqueta en cofre o bombonera. La felicidad es elástica como el chicle. La pobreza también lo es. Aun más. La pobreza se adapta a cualquier clase social o nómina y es fácil de envolver y transportar de aquí para allá. Es tan voluble que los escáneres no la detectan y cruzan fronteras con la misma facilidad como asfixia a tantas criaturas. La pobreza es invisible pero apenas que nos descuidemos en cualquier rincón se reproduce sin apenas mantenimiento.

Y llega un día que ocupa la habitación y se extiende al pasillo y entra en las demás habitaciones y va dejando un olor vacío a humedad compacta, que ahoga, y muerde, que mimetiza nuestros rostros y delata nuestro lamentable e inconfesable estado de indigencia. Hay pomadas, gel y espray o aerosol a precios asequibles, es decir, a precios para pobres, pero son ineficientes. No curan de nada, dejan máculas indelebles de por vida. La gente te ve y piensa, aunque no lo diga: “No le pasa nada. Es pobre”. Los pobres se multiplican como conejos. Comparación maligna e inapropiada. Sí, pero así es, piensan muchos. Vivir para escuchar. La vida, vista así, deja mucho que desear. Los pobres deberían llevar una marca visible para que se les pudiera identificar a primera vista. El Gobierno seguro que lo ha pensado, pero no hace nada. Dice que son muchos. Un gasto innecesario. Vayas por donde vayas, te encuentras con un pobre.

En todo caso, las estadísticas no ayudan a encontrar una solución plausible a esta plaga que ahoga a la felicidad, que abre cauces inciertos entre las clases sociales, que, con toda seguridad, agrava el cambio climático. Es difícil de entender, pero es así. Vas por la calle, y no distingues, pero están atestadas de pobres de solemnidad, de gente que ya no aporta nada al sueño nunca realizado. Después enciendes la televisión, y te dice que esta Semana Santa dejará no sé cuántos muertos en las carreteras. Y alguien piensa: bueno, si son pobres, igual ayuda a esta situación de descalabro que a todos nos trae de narices. Ni quisiera ahora que vienen días de descanso y de fiesta, los ciudadanos están a resguardo de las inclemencias de esta economía desajustada y devoradora. Pensar en la pobreza es pensar que la vida se desmorona. Al menos, la vida que vamos dejando atrás. Y ahí no hay broma que valga la pena.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 4.4.22
Cuando amanece, este hombre otea un día desdibujado por la neblina. A veces, esa capa de aire denso que oscurece el paisaje son limaduras extraídas de sueños rotos que impiden ver con nitidez qué se esconde a varios pasos de él. En ocasiones, la nubosidad es variable. Y otras, oculta el entorno hasta verter su contenido en ninguna parte. Ese vacío que se abre es tan ajeno a él como lo es de él mismo. Mira hacia afuera, pero, en realidad, anda inmiscuido en asuntos propios que lo retrotraen a otros días menos sólidos que estos y que al mismo tiempo también los mimetizan y emparejan con aquel tiempo que creía archivado, dormido y presuntamente olvidado para siempre.


Hay días con una nubosidad invariable que enlaza otros momentos vividos con estos pensamientos apagados, y entonces mira un cielo que no ve y una mañana que no acaba de abrirse a la luz primera del amanecer, y que al mismo tiempo corre el peligro de extenderse a la tarde y pisar las sombras de la noche, que viene a ser la misma sensación monocorde de una oscuridad nunca buscada que cansa y que huele a naftalina, a horas quemadas, a sumisión inalienable y hosca. Lee entre frases las palabras de Antonio Muñoz Molina: “Generalmente estamos distraídos en esto y en lo otro: hay como una niebla. Y de pronto hay algo que te hace fijarte en lo que tienes delante de los ojos. Ese es el grado máximo al que yo creo que puede aspirar el arte, ya sea la literatura, la música o lo que sea”.

Es posible, piensa este hombre. En realidad, siempre hay una belleza escondida que habita espacios inusuales, y que vive muy próxima a nosotros, pero sin que alcancemos a verla o descifrarla. La niebla levanta sospechas y disimula otros mundos, pero también, en su intención peregrina de apagar la luz del día, también halla una llama interior que configura otro paraíso hasta ahora ajeno a la mirada de este hombre, que mira y busca donde siempre lo hace y donde, tal vez, ya no hay o nunca hubo nada. Puede ser una imagen o una palabra, el olor a pan recién horneado, un vaso de vino, el abrazo de una muchacha huida y recordada con el rigor de una nostalgia entrenada para estos lances en los inviernos más severos.

Hay una niebla que viste o desnuda el paisaje y otra niebla interior que este hombre incorpora a la ventana y a la casa, al árbol y al camino. Cuando observa la primavera en germen, ve las raíces hondas en la tierra de un paisaje arañado a sus esperanzas. Siempre hay una palabra desajustada en la frase, una hora deshilvanada que rompe la cadencia del día que iba a ser perfecto, una nota musical que desinfla la armonía imposible. Pero, de vez en cuando, un lucero brilla en mitad de la nada. Él no sabe de dónde proviene, ni con qué materiales lo han manufacturado, ni hasta cuándo mantendrá la llama en los instantes muertos de una vida que empuja hasta donde el mar se abre paso sin miramientos ni cortapisas.

Piensa que siempre el día se abre, se acaba abriendo, y que mañana dará paso a otro día blanco y feliz. Recuerda entonces otra frase del escritor de Úbeda: “En el budismo zen existe el término satori: la revelación instantánea que muchas veces se manifiesta con un golpe. De repente, dejas de ver la niebla de las apariencias y ves la realidad del mundo”. Ahora, meditando al respecto, alza la vista hacia la torre que tiene delante de él, y ve un pilar enorme que se alza sin límites hasta un cielo que no alcanza a precisar en su mirada.

Después, sentado en un sillón húmedo que se abre al río, cierra los ojos y descubre en esa oscuridad intencionada las aspiraciones desordenadas que un día le mostraron la ventura de una alegría que luego se disipa y que siempre vuelve a revolotear como una abeja en torno al panal de su existencia. Se pone en pie y camina, sin detenerse en su marcha severa. Camina sin detenerse a contar los detalles ya descritos en otras jornadas de fuego. Y así, sin prestar atención al cansancio, agota las horas, sin ritmo y sin dirección, paso tras paso, hacia donde no hay nadie. En realidad, ha estado marcando círculos sobre sí mismo y en torno a esta plaza exigua y vacía, pero se siente estimulado sabiendo que no se perderá, que, después, cuando el día abra sus alas, su vuelo será raso y firme y le conducirá a regañadientes a la misma casa, a habitar la misma soledad que muestra sus fauces cada amanecer y se retrepa contra cualquier neblina para sobrevivir al acecho de otras miradas.

Él sabe que algunos días nacen grises, que siempre nacen y nacerán grises, pero que después, nunca sabe cuándo, una luz azul abre la mañana y vomita las sombras neblinosas que se pierden sin remisión en el holocausto severo de una tristeza nada deseada y que agoniza a sus pies cuando camina sin rumbo donde alguien siempre le espera.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ
  • 28.3.22
En ocasiones, el azar forja un destino de esplendor con el mismo material con el que se elabora la esencia del fracaso. Tal vez este fue el caso de Luis Roldán, primer director civil de la Guardia Civil (valga la inútil reincidencia). Con el anuncio de su nombramiento al frente del instituto armado, quedó descartada la controvertida polémica del general Andrés Casinello quien, a pesar de todo y por los servicios prestados, fue ascendido a general de División en el primer Consejo de Ministros celebrado tras las elecciones del 22 de junio de 1986. Nadie explicó las razones de esta urgencia. “El hombre que más sabía de ETA” no fue destinado a la Comandancia de Ceuta hasta que se tuvo claro que no alcanzaría la Dirección General del Cuerpo. Los militares habían perdido aquella mano, pero el juego acababa de empezar.


El veto impuesto por el clandestino Sindicato Unificado de la Guardia Civil (SUGC) al nombramiento del general de División Andrés Casinello como director general de la Benemérita, sobre todo por su presunta vinculación con la creación del Grupo Antiterrorista de Liberación (GAL), había hecho saltar a la opinión pública los graves problemas internos que planteaba la sustitución del general Sáenz de Santamaría. Un desafortunado artículo firmado por Casinello y publicado en un diario conservador dio al traste con las aspiraciones del general y estuvo a punto de costarle el puesto. El Gobierno socialista, ante el cúmulo de barbaridades suscritas por Casinello en torno al SUGC, que degeneraron incluso en el insulto y la descalificación, no tuvo más remedio que destinarlo a Ceuta, donde las palabras de este militar de la vieja escuela no podían encontrar resonancia alguna.

Colaboradores cercanos a la Dirección General de la Guardia Civil entendían que Sáenz de Santamaría no había escatimado esfuerzos de ningún tipo en la lucha antiterrorista. En ciertos sectores, se pensaba que la Guardia Civil había protagonizado, prácticamente en solitario, la lucha contra ETA en Euskadi y Navarra, con un balance muy positivo que pasaba por más de 600 detenciones y una veintena de comandos terroristas desarticulados desde que, en el mes de noviembre de 1983, Sáenz de Santamaría sucediera a Aramburu Topete al frente del instituto armado.

El comité ejecutivo nacional del SUGC mostró una semana después su enorme satisfacción por el histórico nombramiento de Luis Roldán, que daba el espaldarazo a una de las principales aspiraciones de la organización clandestina. Representantes sindicales instaron entonces al Senado y al Congreso de los Diputados a que abrieran un debate sobre la democracia en la Guardia Civil. Roldán tenía entonces 43 años y había nacido en Zaragoza. Hasta ese momento nada en su carrera política hacía prever que el Consejo de Ministros lo elegiría para esta alta responsabilidad.

Este maño, de calva generosa y barba cerrada, hacía constar en su currículum que era ingeniero y licenciado en Ciencias Económicas. Sin saberlo, con estas mentiras académicas, acababa de inaugurar una galería de políticos, desde Cristina Cifuentes a Pablo Casado, y otros muchos, que se vanagloriaban tanto del cargo como del título que nunca fue suyo. Durante los últimos años, Roldán había servido a la Administración de forma airosa desde un puesto delicado: la Delegación del Gobierno en Navarra. Con su nombramiento se erigía como el primer civil que dirigía el instituto armado desde que el Duque de Ahumada lo creara en 1844.

El sindicato clandestino de la Guardia Civil se volvió a poner en contacto con la prensa en noviembre de 1986, pocos días después de la profunda remodelación llevada a cabo en el organigrama del Ministerio del Interior. Su secretario general manifestó que, entre las reivindicaciones que expondrían al recién elegido director general del Cuerpo, destacaba la legalización del sindicato, la abolición de conductas militares y el desmantelamiento de los servicios informativos.

También mostró su satisfacción por los ceses fulminantes de los generales Casinello y Cereceda, que consideraba promovidos por el propio sindicato clandestino. Pero Luis Roldán, lejos de atender estas peticiones, recordó el carácter militar de la Guardia Civil.

El día 4 de ese mismo mes, con motivo del acto oficial de jura del cargo y toma de posesión, dijo: "Debe quedar claro que se trata de un instituto armado de naturaleza militar y, como tal, sus miembros están sujetos a determinadas limitaciones que tienen que ser respetadas con rigor". El sindicato clandestino, que aspiraba a la desmilitarización del cuerpo, entendió que aquel era el comienzo del fin.

La persecución contra guardias sindicalistas se extendió también a los periodistas, tanto por la vía intimidatoria, teléfonos “pinchados”, presiones a la empresa periodística y procesos judiciales. El procesamiento de dos periodistas, Juan Emilio Ballesteros y Antonio López Hidalgo, concluyó con una polémica sentencia absolutoria que negó el carácter militar de la Guardia Civil además de poner en juego una vez más en la España democrática el derecho a la libertad de información.

Sobre esta sentencia de la Audiencia de Sevilla, según la cual la Guardia Civil no era militar, y que entraba en contradicción con otra anterior del Tribunal Supremo, Roldán fue taxativo: “Bueno, la sentencia de Sevilla tenía relación con una cuestión relativa a profesionales de la información, a los que se acusaba de un presunto delito de injurias a las Fuerzas Armadas. En la medida en que la Guardia Civil no forma parte de las Fuerzas Armadas, la Audiencia de Sevilla hace la lectura de que no puede haber injurias a ésta. Pero lo que es evidente es que el Tribunal Supremo ha clarificado la situación diciendo que el reglamento de las Fuerzas Armadas en el aspecto sancionador es de aplicación a la Guardia Civil y dice que es un instituto de naturaleza militar y que el tribunal competente para juzgar los delitos o faltas que cometen dentro de la institución es el Tribunal Militar Central. Por tanto, la cuestión queda lo suficientemente clara”.

Su principal mérito, además perseguir a sindicalistas clandestinos y periodistas en el ejercicio de su profesión, fue inaugurar la corrupción en los años noventa. El primer civil en ocupar el cargo de director de la Guardia Civil murió el pasado 24 de marzo del cáncer de colon que padecía. Estos días, la prensa ha desgranado su currículum tan espectacular y su final tan esperpéntico. Diario 16 publicó entonces que era dueño de al menos una decena de pisos y chalés, además de dos mansiones en París y San Bartolomé (Antillas francesas), valoradas en más de cuatro millones de euros. Francisco Paesa contribuyó a su pobreza posterior. De su detención en Laos se ha hablado mucho la semana pasada. Un día abrió el armario de su despacho y lo encontró lleno de billetes. Se calcula que había sustraído 106 millones de pesetas de los fondos reservados del instituto.

A los periodistas que investigábamos el sindicato clandestino de la Guardia Civil nos tenía cierto respeto y alguna inquina. Era obvio: no le dejábamos en paz. Un día quiso conocerme. Me llamó su secretaria de entonces. Creo que se llamaba Esther. Era menuda, guapa, eficaz y eléctrica. En una palabra, su brazo derecho. De ella, después, ya no he oído nada. Me llamaba alguna vez para ofrecerme información. Me dijo que Luis viajaría a Sevilla para presidir un acto de la Guardia Civil. Ahora no recuerdo cuál. Tal vez fuera la celebración del Día del Pilar. Y que quería conocerme. Quería hablar, pero nada de entrevistas. Conservo fotos de aquella jornada. Tenía la barba cerrada, la calva amplia y reluciente. Y los ojos, oscuros, miraban de frente, pero daban la impresión de que no veían a nadie. Me llamó la atención que Roldán, cuando los militares visten tan ceremoniosos en estos eventos, llevara la americana del traje nevada de caspa intensa y desagradable.

La fortuna del expolítico, que se calcula asciende a 14 millones de euros en cuentas bancarias y propiedades, sigue sin aparecer. Cumplió 15 de los 31 años de prisión a los que fue condenado por el Tribunal Supremo, una de las penas más altas que ha recaído en un funcionario. Roldán siempre afirmó que toda su fortuna se la quedó Francisco Paesa. Y murió pobre, o al menos de manera muy decorosa. Su vida en los últimos años en Zaragoza no era la de un millonario. Paseaba a pie, se desplazaba en autobús de línea y vivía en un piso modesto. Antoni Asunción, que en 1994 tuvo que dimitir como ministro tras su fuga, dijo de él: “Miente más que habla. No hay que fiarse de él”. La pregunta sigue estando en el aire: ¿Entonces por qué se fiaron de él?

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 21.3.22
Joan Didion, la gran cronista del movimiento hippy y de la guerra de El Salvador y una de las precursoras y uno de los nombres femeninos del Nuevo Periodismo, falleció el pasado 23 de diciembre en Nueva York a los 87 años. Ese mismo día, casualmente, acabé de leer su libro Lo que quiero decir, una colección atemporal de algunos de los primeros artículos y crónicas de la icónica escritora y periodista norteamericana. No es casual que cerrara el libro, una vez leído, el día de su fallecimiento. A veces, las estrellas se cruzan en la noche por alguna razón inevitable que nadie entiende. De hecho, Didion sabía y escribió mucho y sabiamente sobre la sombra que dejan las pérdidas.


En su celebrado libro El año del pensamiento mágico, la escritora describe cómo los rituales que eran su vida cotidiana cambian con la súbita muerte de su marido en 2003. Dos años después, su única hija, Quintana Roo, moría a los 39 años. Lo rememora en Noches azules, donde narra lo que queda tras la pérdida de un ser querido. En el primer libro cuenta que tenía que deshacerse de la ropa de John, su marido. Mucha gente le había mencionado que necesitaba hacerlo. Una experiencia que todos hemos vivido y que, desgraciadamente, marca el inevitable paso hacia el olvido definitivo de esa persona.

En el segundo libro, de título tan bello, Noches azules, Didion confiesa que, en la época en que empezó a escribirlo, sorprendió a su mente volviéndose cada vez más hacia la enfermedad, confiesa, “hacia la muerte de las promesas, el acortamiento de los días, lo inevitable del apagamiento, la muerte de la luz”. Y añade: “Las noches azules son lo contrario de la muerte de la luz, pero al mismo tiempo son su premonición”.

Hay una belleza singular en ese título tan logrado y es la hilazón entre el término noche y su color imposible y necesario: azul. Describimos los paisajes por sus colores a veces extraños y sorpresivos (luna de sangre, mar de plata); por sus tamaños dimensionados y sus distancias (desierto eterno, horizonte muy lejano), o por nuestras propias sensaciones que, en ocasiones, como le ocurre a Didion, se pueden traducir en un color que no es sino una sensación. O como nos puede ocurrir a cada uno cuando el sueño no nos abraza: noches en blanco.

Ismael Serrano, en su hermosa canción titulada “Testamento vital”, escribe: “Cuando todo oscurezca, él escucha, habla ella,/ cuando la tarde naranja desenrede la madeja,/ cuando mi cuerpo tirite y tenga lista la maleta,/ has de disponer/ que abran las ventanas y me dejen marchar,/ que la noche no duela”. La tarde naranja, descrita por el cantautor, y bien vista desde Madrid, cualquiera podría imaginarla con ese color tan próximo a la nostalgia. O tal vez el poeta tan solo describió aquello que veía. Los madrileños ahora ya lo saben. Amanecieron la semana sorprendidos con el tono anaranjado del cielo, la arena sobre las calles y un aire prácticamente irrespirable: la calima inundaba Madrid, en un fenómeno poco frecuente en la capital. Una circunstancia que inspiró innumerables memes en las redes sociales.

El tiempo meteorológico no predice cuando va a ocurrir y de ahí que a algún poeta lo pille de espaldas y le malogre alguna metáfora tan lograda. La tarde naranja podría haber sido un símil tan redondo como la noche azul, pero la realidad, de vez cuando, se impone con sus amenazas tan reales que todo lo mueve y trastoca. En el sur, por el contrario, estamos habituados a la calima. Tal vez no tanto como los canarios, pero casi. Hacía décadas que Madrid no vivía –o padecía–, un fenómeno similar. La calima, también conocida como ‘lluvia de sangre’ (también en lenguaje figurado), se produce por un contraste de temperaturas entre el suelo y las capas medias y altas de la atmósfera. Cuando la temperatura del suelo es más alta, levanta masas de aire y polvo hasta niveles superiores.

Pero en esta lucha contra las figuras literarias que el propio paisaje destruye, los periodistas, que también tenemos alma de poetas, no quisieron quedarse quietos en esta lucha por el lenguaje metafórico, así que escribieron, más o menos: “Una excepcional nube de polvo africano está convirtiendo en Marte las ciudades del centro y el este de España”. Si nos quitan un adjetivo, nosotros incorporamos un planeta. Y aquí paz y después gloria. Otros informadores, llevados más por la tradición de que la luna ha convocado a tantos poetas y cantautores, desecharon la posibilidad de Marte y escribieron así: “El manto de polvo del Sahara que desde el lunes afecta a la Península ha ocasionado, además de unas imágenes inusuales en Madrid con estampas propias de paisajes lunares, un ‘aumento exponencial’ de visitas a los servicios de urgencias por procesos respiratorios en el sureste del país”.

En fin, la calima se fue retirando progresivamente de la península y con ella también esta lucha por los derechos de autor de algunos colores. Este hecho se ha traducido, como es lógico, en una mejora inmediata de la calidad del aire en toda la región. Pero no pensemos que todas las consecuencias de esta calima son negativas. Contaban las crónicas de estos días que el polvo contiene hierro y fósforo, que fertilizan nuestros bosques, campos e incluso el mar. En este sentido, según algunos estudios recientes, los minerales de hierro existentes en el polvo también ayudan a fertilizar el océano Atlántico. Estos minerales, solubles en el agua, sirven para que el fitoplancton marino se alimente.

Aquel adjetivo que la naturaleza nos roba sin que podamos arañarle ni una pizca de culpa, ella nos lo devuelve en forma de abono para fertilizar campos y océanos. Me da que aquí podría caber alguna metáfora hasta ahora inexplorada. Tendré que pensar más en este asunto. Andamos cortitos de símiles, aunque también de lluvias y de abonos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ
  • 14.3.22
Álvaro Pombo, en su afán de saber más de su gato, además de que es un gato común europeo, de sexo masculino, de pelo corto negro y que se llama Rudy, descubrió que la historia de este felino empieza con el gato americano de pelo corto, que en el siglo XVII algunos emigrantes llevaron consigo buscando trabajo.


En la Guía de gatos, de 1885, puede leerse que se trataba de un gato sin pretensiones de nobleza, pero simpático y doméstico. Pombo, profundizando en su lectura, nos descubre que algunos seleccionadores aficionados consiguieron fijar una nueva raza fuerte, bonita y original, que fue acogida con éxito en las exposiciones. Escribe que el gato americano está dotado de pelaje corto pero fuerte y duro. Aunque en invierno el pelaje su vuelve tupido, pero no lanoso.

A Pombo le gusta la descripción de este gato que ofrece la enciclopedia mencionada: “El gato negro es negro antracita, perfectamente uniforme, de la raíz hasta la punta del pelo, sin ningún tono herrumbroso o gris. Los ojos son color oro”. En cualquier caso, señala que esta descripción es abstracta y no concreta. Y advierte además que no menciona “su inmisericorde salvajismo con toda suerte de salamanquesas, vencejos, avispas, ratones ficticios y no ficticios (esto me incluye a mí mismo, a ratos, entre sus grandes presas). Ni la mansedumbre ni la paciencia son virtudes suyas. Lo es, sin embargo, la expresividad de sus maullidos. Desde el bienestar a la feroz desesperación”.

Pombo menciona otros vacíos o descuidos insalvables en esta Guía de gatos, como es el interés de Rudy y los de su especie por la caligrafía humana. En la fotografía que ilustra este texto, Jes Jiménez muestra a este gato, en su atención durmiente, recostado sobre un montón de carpetas y libros, incluido algún documento escrito en chino. La vocación de los pequeños felinos por la escritura es ancestral y su vigilancia permanente mientras el escritor ultima su obra es de una lealtad a todas luces inquebrantable. A los gatos les gusta fotografiarse con sus dueños. Con Jorge Luis Borges posan como si fueran Julio César o Cleopatra (dependiendo del sexo). Con Julio Cortázar interactúan en un juego inexplorado y divertido como siempre es su literatura.

El gato se pasea por los libros, por las terrazas, por la música. Donde haya un punto de poesía y de riesgo, el gato se abalanza buscando su hogar perdido. Mi adolescencia estuvo habitada por dos gatos que todavía me persiguen a deshoras con sus propias melodías. "Year of the Cat" (“El año del gato”) es el sencillo que da título al álbum, canción escrita por el cantante y compositor Al Stewart; el álbum se grabó en Abbey Road Studios, Londres, en enero de 1975 por el ingeniero de sonido y músico inglés Alan Parsons, y se publicó en julio del mismo año. La canción se caracteriza por sus largas secciones instrumentales; de hecho, en la versión del álbum, de 6'40", más de cuatro minutos de la canción se dedican a temas instrumentales, incluyendo un solo de piano, guitarra acústica, guitarra eléctrica distorsionada y saxofón. La letra de la canción, como es obvio, contiene alusiones a una de las películas de mi vida: Casablanca.

La otra canción es un tema de título y letra enigmáticos. O más bien, mal o peculiarmente traducidos. Nunca vi un gato triste. En un gato toda tristeza es una impostura. Y tampoco de color azul: ni de cielo (celeste), ni de mar (marino) ni de azul azulón de otros años de la marca Norit. Anje Ribera escribe que “El gato que está triste y azul” es una composición de Toto Savio y Giancarlo Bigazzi, originalmente escrita en italiano –“Un gatto nel blu”– para el Festival de San Remo de 1972. Se refería a un felino que, más que triste, se encontraba en el cielo para recordar al protagonista de la historia un pasado desencajado. Pero los traductores de la canción al castellano –Buddy & Mary McCluskey–, afirma Ribera, convirtieron el azul del cielo italiano en el azul de la tristeza inglesa. Aun así, tampoco quisieron olvidarse de la traducción literal de 'blu'. Y así el gato es triste y azul, como la propia vida, concluye poéticamente hablando. Sea como fuere, lo cierto es que nuestra juventud iba de un gato a otro gato. Y de un tejado a otro, sin ninguna piedad, sin olvidar que en los pueblos rurales andaluces de entonces había empadronados más gatos que vecinos que nuestra especie.

Solo Antonio Pau –ensayista de temas tan dispares como la poesía alemana del siglo XVIII, la historia de Madrid, el tango o las maneras del huir el mundo– podía publicar un opúsculo titulado Gatuperios. Arranca el texto con esta frase: “No hay animal más digno que esté condenado a una vida más indigna. Porque el gato tiene la arrogancia de los grandes felinos –sus hermanos mayores: el leopardo, el tigre, el puma–, pero se pasa la vida huyendo por debajo de las cancelas y de los coches, o trepando por las tapias y las verjas”.

Acaso Pau no lo sabe y todos estos y otros hábitos gatunos los han aprendido de la raza humana, muy adicta a trepar vallas y construir muros, a escurrirse como culebras y a callejear por las noches de cualquier invierno inclemente, a malvivir y pasar frío, o bien a abrigarse en exceso mientras otros sufren abajo el peso de la tempestad. Por esta razón tal vez, como recuerda Pau, hay gatos maltratados y gatos que esperan toda su vida una recompensa que no llega nunca. Algunos gatos se pasan toda la vida recostados en una terraza y otros buscan su “felinidad” en una mansedumbre descarriada. El gato, como el ser humano, es desconfiado por naturaleza, le gusta andar por casa, pero ama vagabundear por las calles hasta altas horas de la madrugada; le gusta que lo acaricien con mesura y sin atropellos; es acomodado y acomodaticio; se habitúa sin esmero a las baldosas de palacio y a los ladrillos rotos de la casa derrumbada.

En su mirada huidiza y alerta hay más de humano que de gatuno. Y en su vida desordenada y dispersa, elegante y nada envidiada por otros de su especie, hay un orgullo más nuestro que de ellos. Vive con nosotros, a su pesar. Y de nosotros. Como uno más. Ahí radica la única razón fiable por la que alguien le compone una melodía, se fotografía a su vera como si fuera la Torre Eiffel e intenta estrechar entre los brazos como el amor imposible de una vida malentendida. La única incógnita que se me escapa de esta imprecisa radiografía la ha escrito con acierto Antonio Pau: “No sabemos qué sentido tiene el mundo para él, si es que tiene mundo y no vive en un espacio puro”. Ahí, igual que se nos parece también a nosotros. Un destino compartido. Vida de gatos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ
  • 7.3.22
Volver a algunas ciudades es tropezarse con esa parte de uno mismo ya casi olvidada, o bien vaciada en un tropel de recuerdos desordenados y dispersos, donde no caben otras posibilidades si no es la reinvención del pasado. Hay un tiempo agotado en la memoria que se va apagando al compás de los días, sin solicitar nuestro beneplácito y sin que podamos adivinar en qué refugio confluyen imágenes y palabras de ayer que cada vez son menos nuestras. Un día lo fueron, es cierto, pero el correr del tiempo desintegra los hechos vividos como si fueran de otro que ya no somos nosotros.


Visitamos la misma ciudad, pisamos las piedras de sus calles, olemos la lluvia fina en las noches húmedas del norte, cuando el silencio avanza al mismo ritmo que nuestros pies hacia el rincón donde antes éramos dos y el amor era posible con solo una mirada. Después pasó cuanto siempre acontece: una excusa para justificar una deslealtad pasajera, ridícula e inútil, unos abrazos furtivos a la sombra de un árbol solitario, una afirmación sin fundamento, errada de argumentos y de consistencia retórica. Después queda la zozobra del animal herido, la mirada al vacío, la torpeza de habernos desviado del camino que emprendimos ayer.

Volvemos a la misma ciudad y allí encontramos en las paredes de las calles olvidadas tachonados retazos de una biografía que no reconocemos en un primer instante. Los recuerdos, cuando pasan a ocupar espacios de retaguardia, se nos antojan los momentos más ajenos y extraños, como si nunca los hubiésemos vivido. Pero en esa mirada dispersa contra nosotros mismos, se nos vuelven del revés los eventos y en su reverso adivinamos el rostro de aquella mujer con una nitidez perfecta, como si el tiempo hubiera desvanecido de golpe las dudas y las omisiones, la mirada honda de una hembra que rompe toda vacilación. Y es ahí cuando el olvido y la memoria se tropiezan de lleno en mitad de ninguna parte y nos acechan con una vocación polarizada en unas manos, en la piel que muerde tu propia piel, en una mirada que no es nueva y que fulmina barricadas y fronteras, y abre un hueco en el muro que nos sitúa justo adonde ahora estamos.

Hay una lámpara que pretende desprenderse de los ramajes muertos, de las hojas amarillas que describen el tiempo pretérito. De golpe, la bombilla ilumina las sombras y proyecta en la pared manchas de un rojo violáceo que limpian la cal apagada de los días desvanecidos sin otros recursos viables. Hay imágenes sin proyección posible, palabras desgajadas de frases que eran símbolos y movimiento, alerta contra la desidia y la tristeza innecesaria.

Ahora que vuelvo a esta ciudad, en la que un día y otro fui feliz, y donde componía otra vida que no era la que después fue, como nos ocurrió a casi todos cuando éramos más jóvenes, yo encuentro por el contrario aquellos momentos transitados como si resurgieran de muy adentro y tomaran aliento y volvieran a ser como los veía entonces: reales, verdaderos, motivadores. No hay nostalgia en estos pensamientos que movidos por la razón y alimentados por otro cuerpo, que sigue estando ahí, en las noches del invierno más frío que he conocido.

Y bastaba con esa temperatura helada para que dos criaturas, aún jóvenes, se buscaran entre las sábanas y mordieran la manzana de la felicidad, siempre envenenada, afortunadamente, de adicción, pero también de torpezas que los años modulan a menos para no herir demasiado, para sobrevivir en los errores impuestos por la codicia que bebe de la sangre cuando los años no iluminan la inteligencia del corazón. Al final vemos, sí, una lámpara atrapada entre el ramaje de la decisión negada, de otros días que huyen sin saber por qué y hacia dónde. En el fondo, somos nosotros, confundidos, arbitrarios, supervivientes de experiencias extraordinarias, pertrechados contra nuestros propios cuerpos, atados al miedo más íntimo que es desentrañar el por qué todo ocurrió de aquella manera tan fútil.

Ahora, cuando han pasado los años y volvemos a cruzar la misma ciudad de entonces, todo se nos antoja diferente, pero todavía cabe en lo más hondo el retorno deshilvanado a aquellos minutos en los que fundamentábamos la felicidad, aquellas tardes de verano con sus ojos puestos delante de nosotros, y esa mirada translúcida que lo decía todo, que hablaba sin palabras y para siempre, que no prometía aunque siempre estaba allí, que siempre estuvo allí, y ahora, cuando vuelves a verla, sigue estando a tu lado, esperando el momento para oír que no te vas, que ya vuelves del mundo andado para quedarte aquí, en la ciudad en la que, cuando éramos más jóvenes, el futuro no era un ideal sino un acontecimiento, y las horas amenizaban el tiempo compartido sin saber nadie que las noches, si no son frías para acoger a dos cuerpos, hielan la sangre. Cuando amanece, la lámpara se ha soltado de los ramajes muertos. Al fondo, una bombilla sucia ilumina la pared de un rojo violáceo que embellece toda nostalgia traspapelada en la razón.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ
  • 28.2.22
Nadie cambia la vida, claro. Pero un día, cualquier día, los caminos se bifurcan y escogemos el sendero más angosto y oscuro, el menos seguro y transitado. A veces, ocurre que ya no vale la zona de confort, ni el anochecer iluminado con velas de supermercado, ni el mantel de hilo y la vajilla de fina porcelana. A veces, ocurre que los días sólidos se derriten como helado en tardes de agosto, y los días se tornan grises y apesadumbrados. Y basta otra mirada, esta vez más liviana, para entender que el tiempo de ayer sucumbió al olvido.


Es cierto, o puede serlo, que nadie cambia la vida. Pero también lo es que un día ya no nos importa si es así, porque aquella otra historia se quedó retrepada en el sillón en el que nunca más volcaremos nuestros cuerpos deshechos, incluso enfermos, porque hacia este lado, donde no hay luz, una rendija desdice esa presunción de inmovilidad. Y al otro lado, intuyéndolo, apercibimos que la felicidad también es posible. Hay horas muertas que son necesarias para escabullirse de los registros de cada mañana y buscar, por si acaso, otra frontera abierta al mundo espigado de la conciencia.

Nadie sabe por qué la vida se muestra, en ocasiones, sólida como el cuarzo y otras frágil como yeso cristalizado. Cuesta pensar que, extraviados en las horas rotundas de un mundo que se desmorona, hayamos soportado sin quejas el vacío que, cual metástasis, avanza por huesos y venas rompiendo la felicidad vacua que reteníamos sin ataduras y sin razones y sin sospechas de tanta inconsistencia. Un día se desmorona la montaña y el muro se resquebraja como migajas de pan y, al otro lado, solo advertimos la presencia vacía de nadie y el miedo consolidado de un tiempo pretérito que tampoco era nuestro ni volverá a serlo.

Sabemos ahora, por cualquier razón inadvertida, que la vida, aunque es imposible cambiarla, hay que entregarse a tal empresa, porque detrás solo hay un avispero habitado de roedores y de empresas imposibles. De aquella felicidad desbloqueada que abre otros confines desconocidos solo queda en lontananza una luz delgada y amarilla que ilumina un nuevo amanecer y rompe las sombras ya desdibujadas de una vida que siempre quisimos abandonar, pero a la que andábamos sujetos por razones que nunca nos pusimos a desentrañar del todo. En esa sospecha o miedo también anidan gránulos de duda que diluyen la voluntad y los días nuevos.

Un día, alguien nos mira a los ojos, y descubrimos en los suyos un perfil que confundimos con el nuestro. Porque en él percibimos el espanto de una vida dinamitada, que intentamos reconstruir sin días y sin argamasa que aglutine los trozos dispersos de un ayer sin melodía. La vida, ahora lo sabes, a veces, hay que cambiarla, porque arrastra en sus lodos las esperanzas marchitas, las palabras nunca dichas, los abrazos que no fueron, los besos apagados de no darles fuego sino ceniza. En el peligro hay también un premio a la inmovilidad. La vida con esquinas es una habitación abierta al viento, pronta a demolerse en sí misma, a derrumbarse sin huracanes previstos, sin terremotos que justifiquen la sinrazón de la ilusión truncada.

Nadie cambia la vida. Pero, a veces, hay que cerrar la puerta de la casa para no volver, y tirar la llave allá donde nadie habita, y abrirse a donde los caminantes vagan sin rumbo, sin preguntarse dónde la dirección que no conocemos en el país que no nos espera. En mitad del océano, los ahogados de otros sueños sobreviven a la alta marejada, mientras observan cómo al fondo el fuego dilapida las ciudades donde antes el hábitat impuesto era la norma aceptada como la mejor de entre tantas posibilidades como ofrece el sistema impuesto.

Ir a la contra no es una propuesta ni una posibilidad inmediata. Se trata de más. De construir en mitad de la nada, donde nadie anhela ya el tiempo desactivado de otros días que se fueron con el último anochecer. A veces, no hay más posibilidad de pegar ladrillos en el muro resquebrajado o reventado que dejamos atrás. Y en frente, donde nadie pisó el rocío del amanecer, las farolas de la ciudad se apagan y enmudecen cuando otro amanecer, siempre esquivado, ahora se ofrece como única oportunidad para cruzar el puente vacío y helado, las calles nuevas, la sensación siempre aplazada de querernos un poco más, ahí adentro donde solo nosotros imponemos, o podríamos imponer, un silencio feliz frente a tanto ruido que apaga la luz de otro amanecer que comienza a alumbrar entre los edificios derruidos de la impotencia y del fracaso.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ
  • 21.2.22
Un día cualquiera, aunque nadie diga nada, sabes –aunque tampoco lo ignorabas– que la vida nadie la cambia, que nadie la puede cambiar. Leo que ha muerto Chelique Sarabia. Dicho así, a nadie le suena este nombre, pero si añadimos que es el autor de Ansiedad, esa canción edulcorada que nos ha perseguido más de media vida en la voz de Nat King Cole, Lucho Gatica, Sara Montiel o Alfredo Sadel, entre otros y otras, todos caemos en la cuenta de que la nostalgia lo tenía ahí retenido para solventar con lucidez los sueños que ella protagonizaba a nuestro pesar.


Decía Sarabia: “Soy un hombre de fe y creo en el destino. Cada quién viene a este mundo con su libreto bajo el brazo, con un programa que se va cumpliendo a medida que van pasando los años. Sencillamente, se viene a este mundo a purificar el espíritu con respecto a algún problema de vidas anteriores. Pero también es necesario un poco de suerte y, dicho de paso, la he tenido”.

Dicho así, también nos puede sonar a frase hecha. Y tal vez lo sea. Entre el destino y la suerte, campea un amplio margen de posibilidades que nunca se materializarán. Sencillamente por la evidente razón de que nadie quiere cambiar la vida. Porque la vida, después de todo, es un conglomerado de intereses resueltos que estrangulan el porvenir.

Cuando murió Franco, mi amigo Antonio Carpio, que fue alcalde de Montilla durante doce años, me lo dijo un día sin nostalgia: “Si la gente no quiere la revolución, para qué vamos a hacer la revolución”. Y es así, nadie quiere que le cambien el horario, que le aprieten la nómina o que le doblen las esquinas del pañuelo para que otro se suene los mocos en sus propias narices.

JES JIMÉNEZ SEGURANos acostumbramos a la tibieza de los días con la mansedumbre de quien no le importa respirar aire prestado y nos movemos por las mismas calles de la niñez cuando los pasos ya son torpes y ansían un descanso merecido. Entre el destino y la suerte, también la decisión de los demás condiciona y ata nuestras propias decisiones, también la frustración de los demás apaga los sueños y, por supuesto, el miedo de los demás también amordaza nuestra voz. Hay días que uno se levanta cansado a medir con el tipómetro el diámetro del futuro, y vuelve perplejo y consciente de que el espejo ya no le devuelve el mismo paisaje.

Cuando todavía queda vida por delante, un día aprendemos –aunque lo sabíamos– que nadie se atreve a mover un mueble de esta casa, que todo está bien como está, aunque nosotros no nos deleitemos con esa estética sin pasión y con una disciplina que solo respeta las voces aprendidas y huye de las aventuras no escritas. Un día, alguien se te acerca, con un puñal en el pecho –como cantara Lorca–, y te dice que es necesario morir un poco para compartir la desdicha a la que estaremos sometidos de por siglos. Más allá del destino y de la suerte, está el miedo de ellos a cambiar estos ladrillos por una residencia mejor y más confortable. Cualquier cambio, se sabe, tiene sus costos.

Eso lo aprendemos cualquier día, aunque no anduviera anotado en el guion genético que dios nos tiene reservado a todos. Y entonces comienzas a buscar un rincón donde no haya nadie, o donde solo esté ella, y abres un libro, otro libro, como quien desenfunda por primera vez el brillo metálico del azar y mira en su reflejo los días amasados sin ton ni son de todos ellos, que giran sin rumbo o con el rumbo repetido que les impone el eje de la noria diaria. Siendo así, lo mejor es tenderse en el sillón y construir otro mundo paralelo cuya grímpola navegue y anuncie otros mares.

En este sentido, el escritor y dramaturgo sueco Henning Mankell, quien fuera conocido por sus novelas de intriga y misterio protagonizadas, en su mayor parte, por el inspector de la policía de Malmö, Kurt Wallander, escribió: “Coger un libro y perderme en el texto en los momentos difíciles ha sido siempre mi modo de buscar alivio, consuelo o, al menos, un respiro. Cuando los asuntos amorosos se torcían, echaba mano de un libro. Como consuelo después de un fracaso en el trabajo teatral o con textos cuyo final se me resistía, siempre he tenido los libros. Como linimento, pero más aún como instrumentos para desviar los pensamientos hacia otro lugar. Para hacer acopio de fuerzas”.

Es cierto que los libros no cambian la vida. O sí. Pero ayudan a sobrellevar los caminos pedregosos que el destino impone y los golpes fatídicos que la suerte otorga a nuestro pesar. Y sobre todo compensa de aquellos momentos que otros viven como un éxito sin precedentes pero que no es sino una victoria pírrica. No hay recompensa al final del camino, ni trofeo donde leas tu nombre, no hay aplausos ni días soleados, ni alfombra roja donde pisar con brillo el perfil del fracaso. Hay días en que perdemos una batalla que habíamos previsto y, donde alumbra el sol, algo nos dice que el camino abandonado no conduce a ninguna parte, que el camino era y es otro: el que ahora mismo emprendemos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: JES JIMÉNEZ
  • 14.2.22
En enero florecen los almendros. Sus flores son hermafroditas y aparecen en solitario o formando grupos de dos o cuatro. Pueden tener un diámetro de hasta cinco centímetros, con cinco sépalos y cinco pétalos, con una gama de colores que va desde el blanco al rosado de distintas tonalidades, de numerosos estambres –hasta cuarenta– ubicados sobre tres verticilos, de un pistilo y un ovario.


Después de dos meses, si las heladas no han hecho mella en ellos, o la sequía no marchita sus hojas –como podría ocurrir en el momento que vivimos–, sus frutos verdes han adquirido entonces el tamaño idóneo para comerlos. Cuando éramos niños, subíamos a estos árboles para deleitarnos con su fruto. A los cinco o seis meses, estos frutos, las almendras, han madurado. El mesocarpio se ha resecado y abierto, y deja ver en su interior el endocarpio lignificado, endurecido.

En la niñez y la adolescencia, los chiquillos que habíamos nacido en el mundo rural, acostumbrábamos a subir a los árboles para robar sus frutos o buscar y sabotear nidos de pájaros, buscábamos en los riachuelos que ya han desaparecido ranas o bichas de agua. La naturaleza estaba tan presente en aquellos días fríos de invierno o en las mañanas calurosas y luminosas de otros veranos olvidados, que cuesta pensar cómo la tierra se ha ido empobreciendo y cuarteando al paso solemne de una civilización que nunca amamos del todo.

De la tierra mal cultivada extraíamos el orozuz, esa raíz con que los laboratorios fabricaban pastillas Juanola y otras píldoras o grajeas, y la industria de las golosinas el paloduz y el regaliz. Las raíces podían ser delgadas como fideos algo más generosos o gruesas como plátanos canarios, y podían medir varios metros, hasta cuatro o cinco. Pero a los árboles subíamos a coger bellotas. Existen varias especies arbóreas que dan bellotas: como el roble, la encina, el alcornoque, el quejigo y el melojo. Las ardillas, los cerdos y los jabalíes aprecian el sabor de estos frutos. Hoy no se utilizan para el consumo humano, pues previamente deben ser procesados para eliminar o neutralizar los taninos, que los dotan de un sabor amargo y los hace tóxicos. Pero los chiquillos de entonces apreciábamos las variedades más dulces, que presentaban una menor concentración de ácido tánico.

De los árboles consumíamos otras variedades de frutos y de flores. Pero la alloza era uno de los más apreciados. La alloza era la almendra aún verde. También se la conocía como almendruco, aunque este término nosotros lo reservábamos sobre todo para identificar a aquellos compañeros de colegio más torpes o menos aventajados tanto en cualquier tipo de conocimiento como en el desenvolvimiento de aquella vida en ciernes. La alloza es una drupa, con exocarpio afieltrado y mesocarpio coriáceo, de color verde, que se abre en la madurez por una sutura lateral y deja al descubierto el endocarpio, leñoso y con la superficie perforada por pequeños agujeros. Las almendras maduran en otoño, entre siete y ocho meses después de florecer.


En los campos andaluces que nosotros habitamos en la niñez, los almendros eran árboles aislados, no como los olivos o las vides, tan abundantes. Así que, cuando viajábamos a otras regiones, identificábamos esos árboles que florecían en enero, anunciando siempre una primavera tan ansiada. Descubrimos estos árboles no solo en otras tierras, sino también en la literatura, compensando el vacío que el escritor o poeta de turno no encontraba en la naturaleza más próxima. Así surgieron muchas leyendas. Entre otras, la de los almendros nevados, cuyas versiones son tantas y dispares, si bien todas responden al mismo anhelo de enamorar a una mujer.

Una de estas versiones la escribió en el siglo pasado Blas Infante, el padre de la patria andaluza. En su libro Motamid, último rey de Sevilla, su autor recrea el reinado del príncipe Abul-Kasim-Mohamed Ibn Abbad-el Billah. En el libro, Infante restaura –literariamente hablando– Mediana Azahara en Córdoba e idealiza a Motamid. En estas páginas no es el personaje histórico de las sombras y de las contradicciones, ni el político pragmático y cruel que fue, ni el guerrero sin piedad capaz de aliarse con las fuerzas cristianas, que mata si es necesario matar, y destierra si desterrar se hace necesario. También Romaiquía colabora en la idealización de Motamid, una esclava que llegaría a ser reina de Sevilla con el nombre de Itimad. Ella, desde el vacío del ajimez, ve nevada la sierra de Córdoba, allá en Medina Azahara. Y le pide a Motamid que haga nevar de nuevo para ella. Motamid ordena comprar y descuajar todos los almendros del Ándalus para plantarlos en la sierra. Y, efectivamente, en enero la sierra cordobesa se cubrió de nieve con la blanca flor del almendro.


Otra versión de la leyenda de los almendros nevados, tal vez más conocida que la anterior, es obra de Antonio Gala, quien ofrece ciertas variantes respecto a la anterior. El relato está recogido en su libro Paisaje andaluz con figuras, encabezado con el título ‘Azahara’. Gala sustituye a Motamid por Abderramán III, el más grande de todos los califas. El escenario, en todo caso, sigue siendo el mismo: Medina Azahara, esa ciudad donde “las piedras eran como flores y las flores eran como piedras preciosas. De los artesonados colgaban gruesas perlas. Bajo los pavimentos, las acequias hacían sonar el agua de treinta y ocho modos diferentes, para exaltar o adormecer o serenar el ánimo. Más de seis mil columnas tuvo, más del quince mil…”.

Azahara también pide a Abderramán III que haga nevar en la sierra de Córdoba. Así lo recordaría ella: “Y cubriste de almendros el Yebel Alarús, el Monte de la Amada, Abderramán. Y tu Sierra morena se puso blanca de amor como una novia, blanca como la mía. La mañana en que vi tu nieve perfumada creí morir de amor. Tanto que, cada año, el día en que florecen los almendros desciendo para darte las gracias…”.

Antonio Muñoz Molina, en su Córdoba de los omeyas, retoma en parte la historia de los almendros nevados, y también sitúa el escenario en “la ciudad del azahar”, la ciudad a la que Abd al-Rahman dedicó la vida entera. Pero el escritor de Úbeda se desprende de la princesa enamorada. Y escribe que era tan intenso el contraste entre el blanco de los palacios y la vegetación oscura que los rodeaba, que “el califa ordenó talar todos los árboles y los ásperos matorrales silvestres y plantar en su lugar higueras y almendros que tintaran de un verde más suave el paisaje”. Hubo quienes se escandalizaron, pero, como un pintor diluye en agua los colores, el califa logró difuminar el verde oscuro de la serranía de Córdoba y añadirle cada primavera las manchas blancas de los almendros florecidos.

Si bien la versión de Muñoz Molina aparenta ser la más real, la que ofrece Julio Llamazares sea la más idealizada, entre otras tantas a las que no nos referiremos en estas líneas. En ‘Tres postales portuguesas’, el escritor leonés se detiene en Faro: “La mañana del Día de Todos los Santos de 1755, a la hora de la misa, un violento terremoto arrasó Faro –y toda su costa sur portuguesa–, matando a centenares de personas que a esa hora abarrotaban las iglesias. El terremoto arrasó también todos sus monumentos y muchos de los almendros que poblaban y aún se ven en la llanura en la que la ciudad se asienta. Los había mandado plantar, según dice la leyenda, uno de los reyes moros para que, cuando floreciesen en el invierno, apagaran la nostalgia que su esposa, una princesa nórdica, sentía de la nieve”.

Los príncipes y los escritores son capaces de desmochar sierras enteras y plantar almendros en todos los montes de esta tierra con tal de complacer a su amada o de escribir una leyenda increíble –por inaudita y no creíble–. Hubiese sido más fácil haber aconsejado al califa de turno que acompañase a la princesa a Sierra Nevada, que tampoco quedaba tan lejos. Pero entonces, claro está, la literatura no hubiese contado entre sus páginas eternas con estas versiones tan dispares de esta leyenda de los almendros nevados que estos días florecen en cualquier sierra tan próxima como lejana.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
REPORTAJE GRÁFICO: JES JIMÉNEZ
  • 7.2.22
La vida, como todo buen ciudadano sabe o debería saber, hay que mirarla desde adentro, aunque los ojos proyecten su mirada al exterior. A la vida por dentro se le ven los descosidos, como a los trajes, pero en esos trasuntos inexplicables o sin importancia encontramos las cicatrices que propone la belleza exterior.


Desde afuera los cuerpos y los edificios son hipnóticos y hechiceros, pero vistos desde adentro tanto los submarinos como un coche cualquiera o la parte trasera de un frigorífico, esconden las tripas del movimiento y de los encuentros, de los sonidos que armonizan una melodía, de la voz sin dueño que todavía suena en la radio tanto tiempo después.

Por afuera se expone la belleza y por adentro cómo puede y debe brillar esa belleza. Alguien aprieta un botón y el limpiaparabrisas vuelve a mostrar el paisaje secuestrado por la lluvia, alguien prende el interruptor de la luz y la bombilla se enciende, alguien pulsa en el teclado palabras inconexas, aunque el resultado luego sea un poema embaucador.

La moneda tiene cara y cruz. La hoja, as y envés. La vida, según el ángulo desde dónde se observe, muestra los intestinos o la piel bronceada de una muchacha. Dos mundos contrapuestos y complementarios que ponen en marcha una maquinaria perfecta de seducción. Vemos en la imagen que ilustra este texto las cicatrices de una cúpula incógnita. Alguien se pregunta qué nos es común a esta imagen inaudita, qué catedral acoge esta altura de luces ya apagadas.

Un día de fiestas, Jes Jiménez, cansado de fotografiar la naturaleza y las urbes, opta por adentrarse en las bambalinas de la Navidad, así que no encuentra mejor escenario que un árbol cargado de bombillas de colores, una estética asimilada por todos en las plazas de cualquier ciudad. Él no se conforma con la estética exterior, así que decide levantarle la falda al árbol de Navidad expuesto al público en Las Rozas. Adentro salta el flash y la Navidad muestra su otra cara: un mundo enigmático tan perturbador o más que el exterior. El vientre inventado de este árbol artificial estaba ahí. Solo faltaba la mirada para que cualquiera se apercibiera de esa otra lectura.

La vida tiene tantas o más capas que la cebolla. Las capas de la cebolla son limitadas y fácilmente traducibles a números matemáticos. La vida, por el contrario, tiene tantas capas o más, según el cerebro sepa acercarse. El corazón, no se olvida, solo es un órgano necesario para respirar. El cerebro, por el contrario, viste abrigo de lobo de mar y capitanea el barco con prudencia y arrojo en mitad de cualquier tempestad. Desde afuera, la vista es estética y también es dolor.

Desde adentro, la maquinaria es compleja y de vida efímera. Pero, eso sí, imprescindible para poder interpretar el paisaje exterior. El cuerpo humano, como los andamios de un árbol navideño, solo muestra cables que comparten e intercambian órdenes externas que iluminan plazas y calles en esas y otras fiestas. El ser humano, para engrandecer sus actos, conmemoraciones y otros eventos, lo llena todo de luz, porque la luz apaga las sombras y disuelve las dudas.

Cuando miramos solo la parte exterior de los objetos solo vemos la belleza impuesta, el equilibrio que nos venden dispuesto para envolver, la estética fabricada que esconde, como el huevo, la yema y la clara que no se ven y alimentan. Adentro, aunque nunca se sabe, el azar ofrece la sorpresa, la sospecha infundada, la catástrofe ineludible. En la capa oscura de todo objeto y de cualquier paisaje encontramos una etiqueta que no muestra marca ni precio.

Porque el interior es una incógnita incluso para quienes inventaron el artefacto que nos quieren vender: el jarrón de China, la escultura de terracota, el vidrio biselado de una botella, los falsos ingredientes de un pastel vegetal o de cualquier otro producto, los grados inevitables de un whisky de precio inasequible, el vinilo inolvidable de aquellas canciones imperecederas que morirán con nosotros. O que ya murieron y que renacen con nosotros cada vez que escuchamos la melodía de otra vida que entonces recordamos como si fuese otra vez nueva.

La falda de un árbol de Navidad esconde, por adentro, tantos milagros como el de los Reyes Magos, y otros milagros menos meritorios pero que sin embargo han logrado sobrevivir al paso de los años y de los siglos y aún perviven entre nosotros cada vez que muere un año y otro nace. Cualquier infraestructura esconde en sus enaguas industrializadas una trampa y alguna que otra fascinación, un activador que mueve un molino o un motor, que enciende una pantalla o una plaza cualquiera.

Eso sí: todo se enciende y todo se apaga después. Cuando los invitados abandonan la fiesta, solo quedan los descosidos que hicieron posible el milagro. Pero las vísceras nunca fueron plato de cenas exquisitas. Cuando las luces se apagan, dejan entrever el fastidio y la rutina. Y nadie se pregunta quién recogerá la alfombra roja que en cada gala se pone a los pies de cualquiera.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ
  • 31.1.22
Ismael, el memorable personaje de Herman Melville, en su inmortal obra titulada Moby Dick, piensa que lo mejor es darse a la mar por una temporada para ver la parte acuática del mundo. Es una manera más, escribe Melville, de “combatir la melancolía y de regular la circulación de la sangre”. Añade Ismael: “Este es el sustituto que utilizo para el suicidio”. Pero Ismael advierte que nunca se embarcó como pasajero. Tampoco como comodoro, capitán o cocinero.


Dejaba la fama y distinción de tales empleos a quienes les gustasen. Cuando se hacía a la mar, lo hacía siempre como simple marinero, de los de a proa. A veces, basta con mirar el mar, el método más eficaz para sumergirnos en cualquier pensamiento. Pero cuando Ismael se hacía a la mar, además de hallar la serenidad en la observación de ese enorme espacio acuático, también lo hacía porque le gustaba navegar por mares prohibidos y desembarcar en costas ignotas. Pero sobre todo para poder observar interminables procesiones de ballenas y, en mitad de todas ellas, “un gran fantasma encapuchado, como una montaña de nieve en el aire”. La ballena blanca.

Desde la arena, en Isla Cristina, he observado algunas mañanas, a lo lejos, cómo manadas de delfines saltaban en el océano festejando la vida y la libertad que les ofrecía el Atlántico. Pero cuando el mar está en calma, que en verano es casi todos los días, me quedo mirando con un libro en las manos la paz verde y azul en la inmensidad de un océano en calma. Tal vez sea el paisaje más enigmático que conozco y el único que pone paz en el alma. Pueden pasar las horas y los días, y ese paisaje, tan propio, siempre es un enigma de belleza y de encuentro, de peligro constante y de necesidad íntima, como una amante ingrata y necesaria que viene y que va, como vuelven las olas al anochecer de un día ya gastado.

Los límites entre las dos orillas de un río no empequeñecen esa incógnita que el agua en su camino inabordable al mar ofrece al fiel observador. El Guadalquivir, a su paso por Coria, con sus corrientes enfangadas y sus barcas decrépitas venciendo el empuje manso de su cauce, ofrecen una imagen prestada de un Vietnam ya posiblemente inexistente, de aquellos que identificamos en algunos documentales o en películas como El americano impasible, esa película rodada en 2002, dirigida por Phillip Noyce y protagonizado por Michael Caine, versión de la obra homónima de Mankiewicz (1958), basada en la novela del mismo título de Graham Greene. Todos recordamos la historia. En 1952, Vietnam se levanta contra Francia para conseguir la independencia. En este escenario, un veterano periodista inglés (Michael Caine), un joven americano (Brendan Fraser) y una bella mujer vietnamita forman un exótico triángulo amoroso.

El Guadalquivir, a su paso por Coria, tal vez por influencia japonesa –valga la vulgaridad oportuna de la comparación–, aporta al paisaje un aire oriental de película que no desagrada a un observador con pedigrí. Algunas mañanas, buscando el remanso de una cerveza bien fría, me he quedado observando la decadencia de ese río grande –así lo llamaban los árabes–, aunque hoy su cauce domesticado palpe a regañadientes la majestuosidad de un pasado que desconocemos o que le negamos. Pero siempre con mirar basta para encontrar unas secuelas de melancolía que alivian el espíritu.

El océano Atlántico, sin embargo, cuando lo atisbo desde el apartamento cada mañana, ofrece sueños sin límites para la estrechez de una noche. Y al amanecer, cuando las olas rompen en la playa, la vida bulle sin estremecimiento. Sentado frente a su inabordable magnitud, la existencia se torna en un paisaje eléctrico de sensaciones. Basta con mirar para saber de la pequeñez de la realidad que nos consume a diario y de aquella otra que se esparce más allá de cualquier sensibilidad, de cualquier posibilidad de agitar el mundo para buscarle las cosquillas a la certeza que nos abate cuando la oscuridad se nutre de tantos recursos postizos con los que se apaga el día.

Observar el mar o el río, quedarnos quietos pensando que nada se mueve, se parece bastante a esa felicidad delgada que se escurre por la piel y que solo de vez en vez, cuando nos pellizcamos, despertamos a la vida con la sensación contrastada de que algo se nos escapa cada hora, cada minuto, ese fluir del aire sin dirección alguna, ese sol tibio que adormece y no quema, esa luz menguante del día que se apaga como una bombilla inalcanzable y necesaria puesta en el horizonte como una manzana enorme y prohibida, como si fuera la puerta de un paraíso que se evade a cada instante de las manos y de los sentidos, y que, cada mañana, nada más despertar, volvemos a buscar con los ojos en ese mar y en ese río que, ajenos a nuestra voluntad repiten su monótono devenir diario. Y ahí estamos todos, como lo está Ismael, esperando que, de un momento a otro, una ballena enorme emerja entre las aguas, o de entre las páginas de un libro, como una montaña de nieve en el aire.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ
  • 24.1.22
Cada verano, durante muchos veranos, los ancianos propietarios de estas sillas plegables las abrían al sol y al descanso buscado y merecido, y en ellas se sentaban a parlotear del tiempo que se fue, de la juventud extraviada en las venas, de los momentos fatídicos que cualquier biografía conlleva. Ellos y ellas, con tantos años a las espaldas, con la mirada desvaída y la piel descolgada y acaso también disfrutada desde la adolescencia, abrían estas sillas metálicas y las situaban cada día con la misma simetría, con la distancia medida entre ellas, pero sin medirla, con esa precisión que dan los días trasnochados, las tardes largas e inabarcables de cada verano.


Ya fueron abuelos y abuelas. La silla pequeña da fe de que alguno o alguna se sienta frente al mar en compañía del nieto o la nieta. Hablan de aquella vida que ya se les agota. En cualquier caso, en sus miradas, en sus tertulias serenas donde no tiene cabida la crispación ni el punto de vista encontrado, la palabra burla los escondrijos del infortunio, las calles vacías de una soledad que cualquiera de ellos rechaza. Beben cerveza muy fría, ríen sin escándalo del ingenio doméstico con el que amañan un futuro sin sorpresas.

Al mediodía, abandonan este campamento fútil. Y las sillas, por sí solas, cobran una vida que les es propia. Las he mirado cada día, durante años, a esa hora en que el sol castiga a los bañistas con una imposición propia de estas latitudes. Durante años, todos los días, a media mañana, estos ancianos bajan a la arena con su logística del descanso. En el mismo lugar vuelven a colocar las sillas, a la misma distancia, con una negligencia estudiada más propia de la precisión que del descuido. Pero ahí están: desvencijadas, diferentes, usadas. Cabe preguntarse cuántas jornadas esconden en su estructura simple y precaria y cuántas más les quedan para servir de infraestructura a estos ancianos que miran la vida cada tarde hasta que el sol declina y las gaviotas, mansas y esquivas, como gatos domésticos, buscan la carroña del dispendio, los retazos de aquello que sobra o que no gusta, o que ya no tienta cuando el exceso impone sus medidas.

En cualquier caso, este verano las sillas ya no estaban. Los ancianos tampoco. La pandemia esquiva algunas vidas, pero también cambia los paisajes. En esta ausencia que muerde una playa salvaje, hay ahora un vacío que no es de nadie. Nadie sabe si la pandemia pulverizó esta excursión de ancianos, aunque presumiblemente no vivían en residencias. Eran matrimonios con décadas de vida en común, con nietos que se abrían a la vida. Y mientras los niños jugaban en la arena o chapoteaban entre olas vencidas, ellos recordaban las tardes en que la sangre les bullía con prisa en las venas y el mero hecho de respirar se les antojaba el milagro más verdadero que nunca vieron.


Basta recordar el orden de este campamento fortuito, la ausencia de estos cuerpos cansados y cada día más extintos, delgados, decrépitos, también obsoletos para correr y amar con la urgencia de otros días, y también con la entrega y el ardor de entonces, de cuando la vida se miraba a largo plazo, como si fuera eterna, como también la esperanza lo era, y el error todavía podía suplir al esfuerzo y a cualquier dificultad que nunca hubo. Estas sillas, simétricamente dispuestas, en una simetría imprecisa y elegante, en una belleza vulgar que viste el paisaje de otros colores, suplen la ausencia de estos ancianos cuando ellos no están, porque, sin estar, han dejado la huella de sus manos quebradas, el índice de unos días cada vez más desvaídos.

La vida acaso sea solo esta disposición orquestada de unas cuantas sillas metálicas que el mar no atropella, pero sí esquiva el desaliento de los años, la terraza portátil del descanso estival, del merecido jubileo cuando la vida laboral se extingue con sus fiestas obligadas y sus horarios advenedizos y esa monotonía que mata los sueños rotos y los juguetes perdidos de una niñez olvidada. Hay en estas sillas desvencijadas una armonía pictórica pensada, frágil, huidiza, que permanecerá cada verano, aunque no estén aquí donde siempre las disponían sus dueños, dominando las distancias de un tiempo finito que se apagaba desde entonces, desde el primer día en que estos metales cobraron la belleza del efímero arte del que nadie se percata. Es por esta razón que, ahora, cuando el verano no está, tampoco importa que estas sillas no estén. Pero pronto, cuando los turistas desempaqueten su mal gusto y sus préstamos, y los turoperadores notifiquen sus ofertas sin saldo, habrá un espacio sin sillas y sin ancianos, y sin una respuesta a la pregunta qué fue de ellos, a dónde se van las vidas truncadas, quién se sentará en estas sillas que ya no son ni sillas ni soportarán el peso de cualquier otro usuario, heredero de otra vida también prestada.

Mirando desde estos árboles y desde la memoria, este paisaje se asemeja demasiado al tiempo de la felicidad: frágil, esquivo, nuestro.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: JES JIMÉNEZ
  • 17.1.22
Cada nuevo año, este hombre, como cualquier otro, sospecha que la vida será otra, que los sueños se tornarán tangibles, que el tiempo muerto y desordenado del ayer sucumbirá a otras nuevas posibilidades. Siempre, cada año, la esperanza inarticulada de alimentar la misma quimera, de cambiarlo todo, se muestra real.


El año se abre dejando la puerta de par en par, y detrás, sin que este hombre pueda apercibirse de este otro nuevo emplazamiento, un viento huracanado rompe los jarrones de cerámica china, los vidrios pintados de las botellas, las ventanas inútiles, las bambalinas que dividen cualquier realidad onírica de cualquier otra viable. Entre un momento y otro, el tiempo apenas cabe en una copa de aguardiente.

Los sueños son eternos porque siempre regresan con nueva mercancía cuando el sol se pierde entre las montañas nevadas y la noche cubre con su manto perverso todos los agujeros de la tierra. Afuera, este hombre, apostado en su sillón de orejas, abre los oídos al silencio perpetuo, a la remota colina donde viven los lobos, al agua turbia de un río que se nutre de su propio cauce. Quiere pensar que, esperando, ahuyenta a los fantasmas y seduce a las hadas de su fantasía, a las sirenas salvajes cuyo silbido le subyuga e hipnotiza. Pero a unos metros de esta casa nadie habita otra hacienda. Tal vez una lluvia remota y fina deje rastro de su paso inútil en los cristales de alguna ventana. Cuando la noche cubre esta habitación de probabilidades inverosímiles, este hombre cierra los ojos para extraviarse en otro mundo que no es este, aun siendo el mismo.

Pero siempre, el nuevo día, como el primer mes de un nuevo año, vuelve a ubicarlo en este demoledor espacio donde rige el huidizo paso del tiempo. Acaso esta sensación de no poder detener su esencia le perturba aún más que la solidez de la vida, aún más que el brillo de un sol incandescente, que la perfecta geometría del día y la noche, incluso de su alternancia precisa sin que nadie se atreva a romper un sistema perfecto que alumbra cada noche y oscurece un nuevo día. La luz y sus sombras, los rayos deshilachados del olvido, cada exhalación que centellea como una chispa única e imposible de conservar en frasco alguno.

En esta magia imperfecta que es la vida, este hombre se sienta a sus anchas a debatir consigo sobre sus orígenes, a replantearse el origen de él mismo y de cada uno de nosotros, a entender la geometría incomprensible del aire, el suspiro agónico del punto final de toda existencia, como así envidia el vuelo hirsuto del pájaro, la voraz y estéril inteligencia de la serpiente, en un reptar absurdo e inútil que envidia ruedas y piernas, la intención torpe de cualquier bacteria o virus, incluso del informático, que siempre sufrirá el ataque demoledor de otra ciencia postiza pero eficaz. Nadie muere nunca del todo. Así que este hombre se dispone a crear otea vida paralela donde cobijarse y dar forma a otros sueños que siempre le fueron ajenos.

Cada año que nace, como cada amanecer, abre otras probabilidades, que, bien escudriñadas, son las mismas de otros días y de otros años, pero así, vistas de soslayo, dibujan un paisaje nuevo, acogedor, iridiscente, como un mineral expuesto al soborno de los sentidos. Bastará con cruzar otras calles, escuchar a otros transeúntes extraviados en las mismas avenidas, destripar los titulares informativos y cautivadores de la prensa, para saber que el mundo no ha sufrido ni el más mínimo rasguño en estos años que sucumbieron al desencanto, que la revolución pendiente pende -valga la redundancia- y agoniza en los barrizales estériles de la memoria. Es entonces cuando este hombre abre la ventana para comprender mejor por qué otros propósitos son necesarios, aunque pisemos siempre las tablas del mismo escenario.

Y es así. Porque la vida se va agotando, el mineral del que se nutre se diluye en las venas y en las venas deja almacenados los momentos de los que se alimenta la nostalgia. Este hombre, cuando se ampara en otros motivos para mudar su biografía, en realidad sabe que no puede escapar de su propia piel y que, aunque mudara el pellejo como otros reptiles, se le queda el mismo hueco en la mirada y las mismas dudas, acaso más consolidadas, con las que ha sobrevivido hasta ahora. Pero no le importa. Ya no le importa. Porque los años gastados son más que los que el destino le pueda devolver intactos, o bien usados, que ya le daría igual. Sabe que, después de todo, la vida, en sí misma, con sus descosidos y sus ingratas sorpresas, supera siempre a cualquier lectura del mejor libro. Porque estas páginas, las vividas, las escribe cada cual, las escribe él, a su antojo, con la tinta indeleble de quien ha optado por abrir esta puerta donde no hay camino ni árboles, pero que ya él se dispone a dibujar como el único paisaje posible: aquel que uno es capaz de crear donde no hay nada.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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