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  • 25.4.21
La anómala situación en la que vivimos ha dado lugar a que los encuentros entre amigos que residen en distintos lugares se hayan reducido considerablemente, por lo que había que acudir a las llamadas telefónicas para mantenerse en contacto y saber cómo iba la vida de cada cual.


Esto es lo que me aconteció con Manolo Bellido con quien mantuve la relación a distancia por medio del teléfono, hasta que recientemente, y con motivo de la publicación de su libro Arte vinario y otros majuelos, y que lleva como subtítulo El Montilla-Moriles en los libros, el cine y la televisión, pudimos encontrarnos en Córdoba.

Como la amistad que me une con Manolo se remonta allá por los inicios de los ochenta, me resultaría fácil hablar de un amigo, un amigo entrañable, pues es una de las mejores personas que he conocido en mi dilatada vida.

Pero de lo que se trata, en esta ocasión, es de dar a conocer su reciente publicación, al tiempo que ofrecer una breve semblanza de su trabajo profesional, aunque me imagino que muchos de los que leen estas líneas ya saben de él por su amplia trayectoria como periodista, dado que es coordinador de Informativos de Canal Sur en Málaga, al tiempo que uno de los rostros visibles, como director y presentador, del programa Una de cine en Andalucía Televisión.

Tal como he indicado, quedamos citados en Córdoba tras este largo impasse con el fin de departir tranquilamente, hablar de su reciente libro y poder traducir este encuentro a las páginas de los medios de Andalucía Digital.

Lo que no me esperaba es que la transcripción de lo que hablamos ocuparía tanto espacio, por lo que me ha parecido razonable realizar dos entregas del coloquio que mantuvimos. Esto, a fin de cuentas, se puede comprender, pues cuando dos amigos se ven de nuevo después de tanto tiempo se charla de todo, ya que no se trata de la entrevista convencional que habitualmente suele aparecer en los medios gráficos.

* * *

—Manolo, después de más de un año sin encontrarnos, sin vernos cara a cara, y aunque hayamos contactado por teléfono, me gustaría que comenzáramos hablando de la dichosa pandemia: qué piensas de ella, de sus consecuencias más significativas, cómo la has vivido y de las alternativas que te has buscado.

—De entrada, quisiera decirte que, a mi modo de ver, una de las numerosas consecuencias inmediatas de la pandemia del coronavirus ha sido la interrupción repentina de lo que venían siendo nuestras relaciones sociales, en particular las de amistad. No es que, de pronto, hayan desaparecido, no; simplemente es que, por fuerza mayor, ha habido que reencauzarlas por otras vías, al resultar imposible el contacto personal.

Así, de la noche a la mañana, se ha sistematizado el uso de puentes de comunicación virtuales como sucedáneos de los encuentros físicos en bares, en los lugares de trabajo o sencillamente en la calle, dando un agradable paseo mientras se charla o se platica, que dirían en algunos países iberoamericanos. O sea, que así como la covid-19 ha venido a acentuar esa tendencia creciente al teletrabajo, también nos hemos visto abocados, cada uno desde su casa, a la teleamistad, sin salir del cuarto o del salón.

—Es la primera vez que escucho la palabra ‘teleamistad’. En realidad no nos ha quedado más remedio que acudir a los medios tecnológicos para suplir la falta de contacto directo. De todos modos, y en mi caso particular, los lazos afectivos no se han visto muy deteriorados en esta situación tan singular; aunque sí compruebo que ha surgido un cierto sentimiento de fragilidad del que antes no éramos conscientes.

—Es verdad. Hemos estado recluidos forzosamente, pero dentro de esa situación anómala, hemos sido capaces de encontrar rendijas tecnológicas porosas a las relaciones afectivas de que somos capaces los humanos. Aparte de esto, la crisis sanitaria que aún padecemos (ya parece que en vías de solución) ha sido una advertencia, una bofetada por creernos seres tan envanecidos. Es que ha sido así, pese a los avances científicos.

De nuevo, un enemigo invisible ha puesto contra las cuerdas al mundo, provocando una inestabilidad económica y emocional de alcance desconocido aún. Lógicamente, lo queramos o no, nuestra vida diaria, nuestro esquema de convivencia, lo que llamamos "cotidianidad", se ha visto sacudida. Y, al instante, nada más decretarse el estado de alarma, hemos sido conscientes de nuestra tremenda fragilidad. En las primeras semanas del encierro, se abrió paso la ilusión de que todo esto nos iba a ser mejores personas.

Todavía podemos acordarnos que asistimos a muestras solidarias, a reacciones espontáneas de ayuda mutua y de cariño y agradecimiento a quienes estaban en primera línea de batalla: a los sanitarios, a las fuerzas de orden público, a los medios de comunicación, pero, por desgracia, esa sensación fue desvaneciéndose con el paso de los días y, al final, hemos vuelto a donde solíamos, a que cada uno haya hecho de su capa un sayo.

—Fíjate que yo no era tan optimista con respecto a un cambio en la estructura emocional en las personas, quizás porque llevo muchos años estudiando el mundo de las emociones y las pasiones humanas que son parte inherente a nuestra condición. ¿Crees, entonces, que esa especie de optimismo inicial que parecía vivirse finalmente se ha evaporado dejándonos un panorama un tanto desolador?

—Recuerda que en plena primera ola, a la vez que íbamos comprobando a diario la desolación y los horribles estragos en hospitales y residencias para mayores, también fuimos presenciando, perplejos, la utilización descarada de las cifras de defunciones en la contienda política. Lo que ha hecho la covid es enfangar, aún más, el escenario político las relaciones entre el gobierno y la oposición.

Mientras el país se desangraba y en los crematorios se amontonaban los ataúdes, la manipulación informativa y política y sus más perniciosos efectos se fueron apoderando de todo. Las ovaciones de las ocho de la tarde fue un espejismo colectivo, porque, sin venir a cuento, de muchas ventanas y balcones empezaron a colgar banderas.

Y no hay ninguna constatación científica que permita sostener que este tipo de enseñas curen, ni siquiera que atenúen el dolor. En realidad, nada de esto es sorprendente. Es la representación más clara de que no hay vacuna contra la ideología, ni remedio que frene el fanatismo, y lo que es peor, parece que estamos de acuerdo en que no hay necesidad de inventarla.

—Es cierto que los espacios políticos y mediáticos nos muestran la cara más cínica e inamovible de la sociedad en la que nos encontramos inmersos, pareciendo que estamos condenados eternamente a una confrontación ideológica que no tiene fin. No obstante, me imagino, que habrás buscado alternativas personales, como hemos hecho casi todos, que te ayudaran a llevar lo mejor posible esta anomalía que no nos la esperábamos.

—En mi caso, este periodo de recomposición me ha permitido reencontrarme con lecturas y proyectos postergados. He redescubierto libros que me esperaban desde hace tiempo, y, en fin, he visto drásticamente modificada mi rutina doméstica y laboral. Durante casi dos meses estuve metido en casa. Resulta curioso, pero siento que nos hemos atrincherado, con el enemigo, fuera, al acecho.

Y esta inmovilidad impuesta por decreto, paradójicamente, ha agitado la naturaleza, que se ha tomado un respiro, prescindiendo de nosotros, de nuestra toxicidad durante unas cuantas semanas. Hay grabaciones que muestran pueblos y ciudades espectrales, vacías, deshabitadas. Extrañas e insólitas. La pandemia nos ha metido en casa y nos ha obligado a convivir con nosotros mismos, tan distraídos como estábamos hasta entonces, cada uno con su tarea, con su ombligo. Nos hemos apretujado en nuestras viviendas. Aunque haya sido algo forzoso, parece que sí, que la pandemia nos ha unido un poco más que antes bajo un mismo techo.

—Retrocedamos ahora hacia atrás, a los tiempos en los que las epidemias, en todo caso, podían ser temas literarios, como sucede en ese magnífico libro que es 'La peste' de Albert Camus. Recuerda, Manolo, que nos conocimos en Montilla hace nada menos que cuarenta años. Pasado el tiempo, yo me desplacé a vivir aquí a Córdoba, donde he sido profesor universitario hasta que me he jubilado, aunque mantengo vínculos docentes y de investigación con la Universidad. Tú, en cambio, te marchaste a Torremolinos. Sin embargo, vives en una especie de dualidad, ya que la relación con Montilla es muy intensa.

—Cierto, en este tipo de dualidades, creo que tú y yo somos bastante semejantes. En mi caso, llevo con plena naturalidad el hecho de residir en Torremolinos desde hace 31 años y, no por ello, me veo obligado a renunciar a Montilla. Para mí, es algo completamente compatible. Te digo más, pienso que son lugares complementarios, siendo tan diferentes. Ambos me dan cosas y me apasionan.

Hay algo que empuja a cordobeses y malagueños a coexistir, debe ser la remota esencia marina de la campiña que termina filtrándose. En la costa hay cultura pop por todas partes, ese sedimento cosmopolita que tanto me interesa. Es un espacio que ha atraído artistas geniales, hay películas en las que puede identificar sus calles y calibrar la permanente mutación a que están expuestas.

Uno se divierte y aprende constantemente en contacto con este paraíso de libertades, donde tanto se ha creado. Pero no concibo mi vida sin ese eterno retorno que, en realidad, vengo practicando toda mi vida. Hay una senda abierta entre un sitio y otro, por la que transito felizmente. Si lo tomo como una mera contabilidad estadística, resulta evidente que soy lo que se llama un montillano ausente.

El censo no admite dudas. Tengo el domicilio el Torremolinos, en la Colina, para ser más exactos. Así lo indica además el D.N.I. No opongo resistencia a ninguno de estos datos, digamos, oficiales. Pero el destino de una persona no lo marca su carné de identidad. Hay algo, en la raíz, que es como una voz profunda a la que te sientes concernido. Voy y vuelvo. No es tan raro. Hay muchos como yo.



—Como buenos y viejos amigos, compartimos ‘vicios’ de los que no logramos desprendernos. Aparte de la pasión musical, que tú desplazas a la eterna e inacabable colección de vinilos que posees, se encuentran la lectura y, de modo especial, los escritos que se transforman en artículos o en libros. Quisiera que ahora entráramos en este espacio y comentaras los tres primeros que llevan por título 'El Gran Capitán en la pantalla', 'La radio de los pueblos' y 'En septiembre'.

Doy la cara por todos esos trabajos anteriores a Arte vinario y otros majuelos. Pero, la verdad, no son libros, propiamente dichos. No quiero decir con ello que sean publicaciones menores, no, ni mucho menos. Es que sencillamente nacieron con otro sentido. Eso sí, las tres son muy significativas para mí.

En septiembre, el tercero que citas, es el pregón de la Fiesta de la Vendimia de Montilla-Moriles. Y creo que responde a ese fin, pero no quise que fuera un discurso convencional, de usar y tirar en una noche. Por eso, puse empeño en que dispusiese de una edición muy cuidada. Se hizo en Gráficas Munda, y esto se nota.

A modo de introducción (no es lo que se dice un prólogo) lleva el texto con el que, aquella noche inolvidable en Bodegas Navarro, me presentó José Antonio Ponferrada. Y además, a lo largo de sus páginas en un papel algo rugoso, se esparcen unas preciosas ilustraciones de mis amigos Juan Luque, Juan Arrabal y Rafael Rodríguez, todas ellas de temática vinatera. Es un opúsculo muy especial, al que uno, como precedente, El sitio de mi recreo, el pregoncito de mi barrio de las Casas Nuevas, con el que comparte, a ratos, un cierto tono emocional y evocador.

—¿Qué nos dices de 'El Gran Capitán en la pantalla'?

—También me siento muy orgulloso de este trabajo. Surgió como una colaboración para la revista El Ladrío, de El Coloquio de los Perros. Fueron dos entregas algo más largas de lo habitual en este medio. Lo que pasa es que este asunto de las andanzas de Gonzalo Fernández de Córdoba en el cine y la televisión da mucho de sí, por lo que finalmente se optó por darle un mayor vuelo al artículo en forma de pequeño libro.

La Casa del Inca fue el lugar en el que lo presentamos, con gran respuesta del público. Fue una tarde luminosa de junio que, bruscamente se nubló. Al terminar el acto, ese día, nos llegó la noticia del fallecimiento de Antonio Carpio. Me queda de entonces ese sabor agridulce. Creo que este de El Gran Capitán es un libro vivo y, por consiguiente, inacabado. Quiero decir, que ahora dispongo de más datos. Hay más títulos en la historia del cine español, algunos realmente grotescos, en los que se asoma la imponente figura de este militar, estratega, gobernante y diplomático nacido en Montilla.

—Por el tiempo que llevamos, me temo que la charla que nace de este encuentro va a ser algo más extensa de lo que habíamos previsto. Creo que podemos cerrar esta primera entrega con el comentario que consideres oportuno acerca de 'La radio en los pueblos'. En la segunda entrega, si te parece, comenzaremos con 'Arte vinario'…

—De acuerdo. Seré algo más breve. En este caso, quiero apuntarte que no es menor el cariño que le tengo a La radio de los pueblos. Salió de complemento a la exposición por el cincuenta aniversario de Radio Atalaya, la emisora de Cabra tan decisiva en mi formación y personalidad como periodista.

Con este trabajo ocurre algo parecido a lo que he dicho anteriormente. Es, realmente, un primer paso para hacer un estudio en profundidad de la historia de esta emisora y de su influencia en la vida económica, política, cultural y social de una buena parte del territorio del centro de Andalucía, pues no hay que olvidar que sus emisiones llegaban a parte de las provincias de Sevilla, Málaga y Granada, además de Córdoba, naturalmente.

AURELIANO SÁINZ

DEPORTES - MONTALBÁN DIGITAL

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