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  • 23.8.21
Cuando un manojo de páginas bien escritas se ha cocido con sana inteligencia, mala leche incontenida, ironía esculpida sin pudor alguno y unas virutas de cansancio existencial, el libro no puede sino ser el mejor paliativo contra la desidia y el método más eficaz para desternillarse de risa en esta vida que nos amordaza la carcajada.


Eso me ha ocurrido estos días leyendo Notas para unas memorias que nunca escribiré, obra póstuma de Juan Marsé. Debo advertir, en estas primeras líneas, que el escritor catalán es uno de mis escritores de cabecera, a quien se lo perdono casi todo y por quien siento una admiración sin límites.

En el libro no deja títere con cabeza. En sus frases condenatorias, socarronas y despiadadas, los dardos vuelan en todas direcciones. Alguien, al leerlas, podría haber pensado o pensó: “qué suerte que no me conociera o que no se haya acordado de mí”.

Marsé, aún en vida, autorizó la publicación y revisó en dos ocasiones los materiales que contiene este volumen. Escribe Ignacio Echevarría en el prólogo que en ningún momento se dio por sentado que su edición fuera a ser póstuma.

El libro contiene el Diario del año 2004 que, según Echevarría, es “el más íntegro y despiadado autorretrato del escritor”. Desde luego, no fue un año cualquiera: estalló el atentado de Atocha del 11 de marzo, seguía la guerra de Irak y un tsunami arrasó las costas del sudeste asiático.

A nivel personal también fue penoso para Marsé: Fernando Trueba se negó a rodar el guion que había escrito por encargo de Andrés Vicente Gómez, ofendido el cineasta por las opiniones del escritor acerca de su adaptación de El embrujo de Shanghai, que al final transforma en novela con el título Canciones de amor en Lolita’s Club, o el disgusto por participar como jurado del Premio Planeta, que al final le obligó a retirarse porque la calidad de las obras presentadas no alcanzaba un nivel decente de calidad. Pero este año también publica dos libros sobre cine: La gran desilusión y Momentos inolvidables del cine.

El libro se complementa con el contenido de tres libretas manuscritas de carácter muy diferente, aunque conservaba bastantes más, y esperemos que algún día vean la luz. Como escribe el prologuista, “en ellas da rienda suelta a su humorismo, a su lirismo, a su espíritu lúdico y crítico, y a su vena más contestataria e incorrecta”.

Según Echevarría, son capturas rápidas de recuerdos, de citas, de apuntes y retazos narrativos (gérmenes de posibles relatos, títulos tentativos, diálogos, materiales de toda índole susceptibles de ser aprovechados más adelante), así como aforismos, chistes privados, juegos de palabras, poemitas bufos, listados, reflexiones ensayísticas, observaciones críticas, desahogos, declaraciones y comentarios políticos, o anotaciones propiamente diarísticas. Libretas donde mezcla apuntes con dibujos, recortes de prensa y collages.

Los juicios sumarísimos de Marsé caen sobre políticos, cineastas, actores y actrices, artistas plásticos, presentadores y presentadoras de televisión, columnistas, periodistas, escritores, incluso sobre él mismo y sobre Joaquina, su mujer.

Para Echevarría, estos juicios, por ofensivos que se nos puedan antojar, no son de naturaleza agresiva, sino que, más bien, “configuran una especie de cartografía moral que, antes que informar sobre las personas de que se ocupa, traslucen la personalidad del mismo Marsé”. Valgan algunos ejemplos para entender el espíritu con que fue escrito este libro.

Sobre política y políticos escribe: “No soy nacionalista, no soy patriota, no soy catalanista ni españolista, no soy nada de eso. Solo soy –para entendernos– un rendido admirador del trasero de Jennifer López”; “Empieza la campaña electoral y el asco por la política y los políticos de este país ya me ha colmado. ¡Lo que nos espera!”; “Ese ‘eje del mal’ del que tanto habla Bush se le ha metido a Aznar en el culo, y se ve que le da gusto”.

Pero hay más: “Era de temer: Al Qaeda reivindica el atentado de Madrid y la ETA niega toda responsabilidad en el mismo… La manipulación informativa del Gobierno en TVE, servida por ese lacayo de Urdaci, es evidente”; “Ciertamente, cuanto más europeos seamos, menos españoles seremos, lo cual no traerá más que ventajas para todos”; De Alfonso Guerra: “Extrañamente, Guerra me cae bien”; “El peinado del presidente de la Generalitat Puigdemont ha sido declarado de Interés Turístico Internacional, y el procés de Interés Turístico Regional”.

Sobre periodistas y escritores: “A las dos en el restaurante Leopoldo, comida homenaje a Manolo Vázquez Montalbán/Carvalho (¡qué pesado el detective! Manolo hizo algo mejor que eso). En la mesa, a mi lado, ¡Carmen Riera! ¡Qué mala suerte la mía!”; “En la mesa está previsto que se sentara también Juan Manuel de Prada, ese que escribe burradas en el ABC”; De Benjamín Prado: “es muy cotilla. Me cae bien, a pesar de su tremenda verborrea”; “Leo los infames artículos de Umbral en El Mundo. Umbral es el heredero de las momias de la derecha política más casposa de este país: Campmany, Cela, Pemán. Sus panegíricos literarios a Rajoy y a Rato son de una vileza que asombra, después de cuarenta años de franquismo”.

Otras perlas de Marsé sobre periodistas y escritores: “Llama Nahir, de Seix Barral. ¿Te dejas entrevistar por Julia Otero en la tele? No”; “Ridao es todo un personaje; inteligente, divertido, muy bien informado (dice que Aznar se ha puesto en manos de un psiquiatra, lo sabe de buena tinta). Y un poco cotilla, como a mí me gusta”; De Ana María Matute: “La encantadora anciana empieza seduciendo al auditorio y acaba durmiendo a las ovejas”; De Antonio Burgos: “una de las plumas más babosas del país”; De Rafael Sánchez Ferlosio: “grandísimo intelectual y sin embargo novelista”.

“Delibes describe la vida de provincias, y lo hace bien, pero no recrea la vida. Su prosa es noble como la pana y sus temas nobles y aburridos como aperos de labranza”; “Mi novela predilecta es Los horrores conyugales de Zaragoza. Pero está por escribir”; “Como te descuides, Luis María Ansón te dedicará un elogio”; “Javier Marías tiene una inteligencia descapotable y un ego a piñón fijo”; “Otro nombre que ensucia y envilece el periodismo: Francisco Marhuenda”; “Básicamente el periodismo televisivo consiste en preguntar a la gente, en verano, si tiene mucho calor”; “Atrapado repentinamente por el temible virus identitario, el profesor y cervantista Paquito Rico se empeña en afirmar que el burro de Sancho Panza es catalán”.

Sobre su vida diaria: “Un día prácticamente sin lectura. ¡Seré imbécil1”; “Me hago un huevo frito y el aceite hirviendo me salta a la cara. Falta de práctica, falta de costumbre –también– de vivir solo. No llama nadie, yo no llamo a nadie. Sensación de: ¿será un poco eso estar muerto?”; “Compro pan y prensa, mis dos grandes vicios –por no hablar de otros–”; Sobre Joaquina, su esposa: “Es una mujer curiosa, nunca dejará de sorprenderme: sabe cocinar cosas buenas, pero no sabe organizar una comida. Sabe manejar el volante de un coche, pero no sabe circular. Sabe hacer una buena tortilla de patatas pero no sabe poner la mesa”;

“Las cosas que más importan, el amor, la amistad, el sexo, la escritura, el paso del tiempo, siento a menudo que tienen los días contados”; “lo que me proporciona auténtico placer, es la lectura y la relectura”; “lo malo de vivir muchos años es que te da tiempo a arrepentirte de muchas cosas”; “Harto de ser el candidato al Cervantes. Ahora que lo pienso, empiezo a ser el candidato habitual y perdedor”; “¿Todavía no te has cansado de ser quien eres?”.

Sobre teatro, cine y cineastas: “Cree Berlanga que su obra maestra es el último bodrio que rodó, Tombuctú. Le digo que El verdugo, Bienvenido, Míster Marshall y Plácido son sus obras mayores, y dice que no (está muy sordo). Es entrañable, el puta”; “Pero hay algo en las películas de Almodóvar que siempre acaba por dejarme indiferente, a pesar de la buena factura, el buen gusto y las buenas interpretaciones. Y es que lo que me cuenta no acaba de interesarme, me deja frío”.

De Salvador Távora: “afable y simpático como siempre, algo ingenuo en su progresismo campero, de buena ley, sincero, sencillo”; De Antonio Gades: “Genial bailarín, siempre pensé que era, sobre todo, un hombre bueno”; “hay más cine en mi narrativa que en las películas basadas en mi narrativa”.

Sobre la Corona, la Iglesia y los curas: “Viene el doctor Casanovas. Para mí que este hombre es del Opus. Dice que no es católico y que detesta a los curas, pero cuando me cago en el cardenal Rouco y en toda la jerarquía eclesiástica de este país ¡se poner nervioso!”; “me digo que todo lo que hay en mí de anticatólico se lo debo a los obispos católicos”; “El Rey ha abdicado. Me están inyectando desde la prensa y la televisión tales dosis de simpatía y adhesión a la Casa Real que me está saliendo una corona en los cojones”.

Sobre otros artistas: De Tàpies: “me parece un camelo de mucho cuidado incluso cuando me mira desde una fotografía”; “Al oír una canción de David Bisbal me asalta una pregunta: ¿por qué le llaman música a eso?”.

En fin, Marsé en estado puro. Un libro como pocos que nos permite conocer y adentrarnos en el grado de autocensura de políticos e intelectuales, escritores y otros artistas, precisamente porque, con su lectura, podemos llegar a entender lo pulidas que deben estar algunas prosas literarias, hasta perder la naturaleza que las vio crecer; lo podada que debe servirse la propaganda política, y lo cursi y banal de tantos discursos públicos y artísticos con que mordemos cada día la manzana.

En este libro impúdico de Marsé, si el lector alcanza el punto final, está preparado para saber que la vida, antes que todo, es otra cosa que este cuento en el que creemos a pies juntillas. Echevarría comenta que este diario de 2004 y las tres libretas contienen “el magma del que brotaron las últimas novelas y relatos de Marsé, la que bien puede ser considerada su etapa tardía, en la que la nota cáustica se combina con las cada vez más frecuentes e intensas epifanías de la niñez”.

Lo anuncia ya en el título: Notas para unas memorias que ya nunca escribiré. Y lo recuerda en la página 197: “Nunca escribiré memorias. Lo tiro casi todo a la papelera”. En la página 216 encontramos la razón que lo empuja a adoptar esta determinación: “Como escritor, mi único compromiso moral es con la memoria de los derrotados”. Y esa memoria ya quedó impresa en sus eternas y maravillosas novelas.

Este libro, después de todo, recoge esas notas prescindibles en su obra pero que, ya publicadas, para quienes amamos a borbotones la literatura de Marsé, nos ayuda a sobrellevar con una sonrisa en las comisuras un mes de agosto otra vez también muy extraño.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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