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  • 10.10.21
La llegada del mundo digital ha abierto las puertas a que cualquier persona manifieste sus opiniones en los distintos foros y plataformas que las redes sociales proporcionan. Esto, en principio, lo podemos considerar una ventaja, pues si echamos una mirada atrás, hacia los tiempos en los que dominaba la letra impresa en los diarios, la posibilidad de expresar las ideas personales acerca de un tema era a través de las “Cartas al director”, de modo que previamente había que proporcionar los datos personales, con lo que uno quedaba reconocido.


En la actualidad, no es necesario identificarse, ni siquiera recibir la aprobación previa de algunos medios en los que se escribe para manifestar las propias opiniones, estén mejor o peor argumentadas. Es por lo que en la selva digital en la que actualmente nos movemos, las mentiras, los bulos, las descalificaciones e, incluso, los insultos de todo tipo funcionan a alto nivel, resultando difícil llevar de buenas maneras un debate y, menos aún, cuando hay discrepancias sustanciales.

Estamos muy lejos de aquellos planteamientos que defendía Sócrates en la antigua Grecia. El viejo filósofo tenía tanta fe puesta en que el diálogo y la contrastación de ideas eran las mejores maneras de llegar a la verdad compartida que se jugó su vida en este empeño.

Debemos tener en cuenta que la mayoría de las controversias que se suscitan suelen girar en torno a las creencias o las opiniones, por lo que es fácil que a veces se desaten las pasiones, dado que en los encuentros digitales (y muchos de los presenciales) no se entra en la disquisición o la búsqueda de hechos objetivamente verídicos, como suele ser los que la ciencia indaga sobre la realidad física en la que estamos insertos, sino en hechos sociales en los que confluyen distintas miradas, sentimientos e intereses personales.

No olvidemos que Sócrates resultó muy incómodo para los poderes dominantes en la Atenas clásica, por lo que fue condenado a quitarse la vida dado que con sus planteamientos conducía a que la juventud adquiriera el ‘vicio’ de pensar por su cuenta y esto, en una sociedad en la que los mitos religiosos ordenaban las vidas de los ciudadanos, en el fondo era cuestionar el orden establecido.

El pensar racionalmente, aceptando que nuestros esquemas mentales, las creencias, los intereses e, incluso, nuestro ego, puedan ser puestos en duda, no es lo más común entre las personas; menos aún por quienes forman parte de los grupos sociales dominantes, que no desean que sus ‘verdades’ sean cuestionadas.

Por otro lado, no sé si los españoles somos más tendentes a polemizar y terminar a garrotazos las controversias en las que nos vemos envueltos. Desconozco si el carácter apasionado de quienes poblamos la piel de toro da lugar a que acabemos como esa pareja que nos dejó pintada Francisco de Goya para que fuéramos conscientes de que si no adoptamos un criterio menos ligado a nuestras emociones finalicemos con insultos y descalificaciones, tal como comprobamos que es habitual en algunos medios.

Conocedores de estas pasiones hispánicas, y para no sentirse cuestionados, algunos suelen acudir a los seudónimos e, incluso, a los nombres ficticios, con lo cual difícilmente se puede llevar adelante un debate en condiciones. No resultan fiables aquellos que se ocultan y no se muestran con sus nombres y apellidos, pues uno no sabe quién tiene enfrente, por lo que lógicamente no se portan “las mismas armas” en el encuentro dialéctico.


Para dar salida a esta cuestión, hay autores que han abordado el arte de debatir, discrepar o polemizar. Una propuesta que ha sido bastante difundida es la que aparece en el ensayo How to Disagree (“Cómo discrepar”) del británico Paul Graham.

Siguiendo el modelo triangular que Abraham Maslow propuso para la descripción de las necesidades humanas, Graham ofreció un esquema similar, partiendo de la confrontación abierta, que estaba en la base de una especie de pirámide hasta el mejor nivel del debate, que se encontraría en la cúspide de esta forma geométrica.

En la base de su pirámide, Graham situaba la descalificación y el insulto como la forma más primaria de cerrar la controversia. Esto es bastante frecuente, cuando uno se siente provocado en sus aspectos más íntimos, como son las ideas o creencias. En cierto modo, sería la actualización del enfrentamiento a “garrotazos verbales” que nos aproximaría a la imagen que nos legó el inmortal Goya.

En el siguiente peldaño nos tropezamos con otro recurso muy habitual: la falacia ad hominem, ya que no se aportan argumentos de peso, sino que se ataca al contrincante por ser quién es, por su imagen o por lo que representa, intentando desprestigiarlo y dejándolo sin autoridad ante el tema que ha sido objeto de la polémica.

Si subimos en la pirámide, pasamos a una tercera posición. En ella se emplea como respuesta cierto tono ofensivo, sin cuestionar el tema central del debate, utilizándose un dejo irónico, despectivo o arrogante para no dar valor al argumento que el otro ha utilizado.

Nos aproximamos a una confrontación menos conflictiva que las anteriores cuando nos ubicamos en el cuarto peldaño. De todos modos, es una forma curiosa de presentar una posición contraria cuando se acude a lo que Graham llama ‘contradicción’, en el sentido de que el contendiente se limita a decir lo contrario, pero sin ofrecer ninguna prueba que respalde su afirmación.

En la quinta posición aparece la primera forma de desacuerdo en la que realmente se intenta ofrecer alguna respuesta lógica. Sin embargo, el problema radica en que el contraargumento aportado se desplaza hacia un asunto diferente. Por ejemplo, ante la afirmación de que “los jóvenes en la actualidad necesitan un trabajo para formar una familia”, un contraargumento sería que “para formar una familia lo importante es que se quieran”, por lo que no se aborda la influencia del paro en las nuevas generaciones.

En la cumbre del esquema triangular se encuentra la ‘refutación’ (que Graham la divide en dos niveles). Se entiende que esta palabra no la utilicemos mucho y en castellano sea ‘replicar’ o ‘rebatir’ las que tienen más uso en nuestra lengua. De todos modos, y a pesar de sus diversas denominaciones, es la forma que exige mayor trabajo reflexivo, porque se parte de los argumentos del que ha hecho la afirmación para explicarle por qué está equivocado o se discrepa, intentando aclarar los errores utilizados y aportando razones o pruebas en sentido contrario.

Pero, tal como apunté al comienzo, en un mundo cargado de tensiones como es el que actualmente nos movemos, rebatir con una correcta argumentación parece una tarea bastante excepcional por el esfuerzo mental y la necesidad de una buena preparación lingüística para responder con coherencia. De todos modos, ya salirse de los primeros escalones de la pirámide de Graham ayuda a desarrollar el debate, lo que, en el fondo, acaba siendo algo positivo para evitar la crispación tan frecuente en nuestros días.

AURELIANO SÁINZ

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