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  • 18.9.22
Ahora que las frutas y las verduras se han puesto por las nubes, me viene a la mente el nombre de un singular artista italiano al que se le ocurrió la genial idea de pintar los rostros de la gente poderosa de su época con estos elementos. Propuesta verdaderamente inaudita, dado que a nadie del mundo del arte se le había ocurrido algo semejante. Pero antes de entrar en la vida del italiano Giuseppe Arcimboldo y en los comentarios de algunas de sus obras, permitidme una pequeña digresión para contextualizarlos.


Siempre que voy a Madrid suelo visitar el Museo del Prado, quizás el más importante del mundo dentro del campo de la pintura (no así en el de esculturas, ya que otros, como el Louvre parisino, acumulan gran cantidad de ellas). Es por lo que sus salas me las conozco bastante bien. Son numerosos los recorridos que he realizado en ellas. Trayectos algo planificados que me permiten contemplar con tranquilidad las obras que se cuelgan en sus paredes.

Para mí sería difícil citar los pintores o las obras que más me gustan. No obstante, puedo hacer referencia a dos de ellos que me apasionan: El Bosco y Brueghel, magistrales artistas que podemos considerarlos como los antecedentes del surrealismo del siglo pasado.

Y relacionado con las obras de estos dos pintores, en cierto modo, se encuentran las de Giuseppe Arcimboldo, a pesar de que en esta gran pinacoteca no se encuentre ningún lienzo suyo. Hay solo tres en nuestro país: uno de ellos se encuentra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, al tiempo que los otros dos están en manos privadas.

Esto no deja de ser sorprendente, ya que el rey Felipe II, gran entusiasta de las obras de El Bosco, recibió once lienzos de Arcimboldo, cuadros que actualmente se consideran perdidos, aunque se sospecha que esas obras que pertenecieron al monarca español pueden encontrarse en colecciones privadas de Europa y Norteamérica.

Puesto que Arcimboldo es poco conocido en nuestro país, quisiera hacer una breve presentación de algunas de sus singulares obras, centradas en la construcción de rostros humanos a partir de frutas y hortalizas, también de plantas, hojas, peces... Un mundo pictórico que, tal como he indicado, enlaza con el denominado surrealismo, corriente pictórica cuyo creador más significativo fue Salvador Dalí.


Giuseppe Arcimboldo vino al mundo en 1527, en las cálidas tierras de Milán, dentro de una familia de pintores. Ese entorno familiar fue un factor decisivo en su vida, dado que desde muy pequeño estuvo en contacto permanente con el taller artístico paterno. De su adolescencia y juventud no se conocen obras significativas. Se sabe que, a la edad de 22 años, tanto él como su padre recibieron el encargo de diseñar las vidrieras de catedral de Milán, así como una serie de tapices para la catedral de Como. Y estos trabajos de diseño, consistentes en la realización de los bocetos y dibujos previos a la ejecución en las vidrieras, configuraron la base de su formación antes de dar el salto definitivo hacia la pintura.


Arcimboldo se dio a conocer más allá de las tierras milanesas cuando tuvo la singular idea de plasmar rostros a partir de frutas y hortalizas, circunstancia que despertó amplia curiosidad entre los reyes europeos, deseosos de novedades con las que mostrar sus renovados gustos a los miembros de sus entornos. Esto dio lugar a que fuera pintor de la corte de los Habsburgo entre 1562 y 1587. Para ello, tuvo que dejar su taller de Milán e ir a residir primeramente a Viena, para después instalarse en la ciudad de Praga.

Puesto que su esquema compositivo lo fijó de forma muy precisa, como ejemplo del modo en el que el construía los rostros de sus personajes, he mostrado, en primer lugar, el retrato que hiciera en el año 1591 para el emperador Rodolfo II, cuadro que actualmente se encuentra expuesto en el Museo Skokloster de Estocolmo (Suecia), seguido de otro que tiene bastante similitud con el primero.


El carácter festivo, alegre y vitalista aparece de modo continuo en sus cuadros; sin embargo, esas metamorfosis que evolucionaban de las plantas y frutos hacia los rostros humanos, en ocasiones, provocan cierto desagrado en el espectador que los contempla. Esto puede comprobarse cuando observamos su versión de El invierno, lienzo que podemos contemplar directamente si visitamos el Louvre en la capital francesa, ya que es en este museo donde se encuentra una de las versiones más conocidas.


Esa sensación de desagrado continúa en los lienzos titulados El agua y El jurista. El primero de los indicados, construido con animales marinos (peces, pulpos, tortugas…), resulta poco grato; más aún, si pensamos que se trata de un rostro de mujer, dado que la palabra ‘agua’ es femenina, tal como el autor nos lo hace ver con el collar de perlas que añade al conjunto.

Por otro lado, El jurista, pintado en 1566, se encuentra también en el Museo Skokloster de la capital de Suecia. Como puede apreciarse, el rostro se compone de pollos desplumados y de pescado, de modo que del mismo sale una mueca de desprecio en la boca del personaje que surge de esta composición.


Giuseppe Arcimboldo fue un pintor muy popular en vida; sin embargo, llegó un momento en que sus obras ya no causaban el asombro de sus inicios, por lo que, tras su fallecimiento, en 1593, no tuvo continuadores. Sería ya en el siglo XX, cuando se produce su recuperación a partir de los surrealistas que retomaron las ideas que subyacían en sus pinturas para profundizar en el mundo de los sueños o de los absurdos del mundo real en el que vivimos.

Como vemos, siguiendo la idea que dominó en sus lienzos, acabó también adentrándose en la elaboración de personajes a partir de objetos, caso de El camarero, pintado en 1574, en el que nos muestra a un personaje resultado de la articulación de barriles, vasos o jarras, elementos de la vida cotidiana de las tabernas de entonces. En el último de los que he seleccionado, vuelve a su tema favorito: los rostros construidos con frutas y verduras.

Cierro, pues, este breve recorrido por la obra de Arcimboldo reiterando que la gente que le seguía dejó de interesarse por sus cuadros; sin embargo, hoy bien podía ser reivindicado, con cierto humor, como “patrón de las frutas y verduras”, pues de ellas pudo sacar bastante partido.

AURELIANO SÁINZ

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