Solemos utilizar los términos de soberbio, orgulloso, engreído, prepotente, pedante, altanero… a quien se muestra de forma arrogante en su trato con los demás, entendiendo que no solo es un hecho aislado, sino que es parte de un carácter que se ha ido gestando con el paso de los años. Cuando sentimos que nos encontramos ante personajes con estas características normalmente tomamos ciertas precauciones, pues sabemos que son muy susceptibles, ya que se sienten aludidos por cualquier cosa que consideran que con ella se les minusvalora.
Ligado a los anteriores términos se encuentra el de megalomanía. No obstante, empleamos esta palabra para los casos en los que la arrogancia extrema se une al uso y abuso del poder, especialmente el de tipo político. De este modo, cuando pensamos en personajes habidos a lo largo de la historia que se han caracterizado por este carácter extremadamente narcisista, se nos vienen a la cabeza distintos nombres en función de la época de la que estemos hablando.
Ahora bien, si nos situamos en los actuales tiempos del nuevo milenio, hay un personaje estadounidense muy rico, y enormemente narcisista, en el que se mezclan en diferentes dosis la arrogancia, la locura y la crueldad de los emperadores romanos Calígula y Nerón, a los que habría que sumar la zafiedad del peor imitador de Groucho Marx para comprender sus constantes ocurrencias, o payasadas, que tenemos que soportar los telespectadores de todo el mundo cuando lo vemos salir por la pequeña pantalla.
Quedamos atónitos y nos preguntamos cómo ha podido llegar a ser presidente del país militarmente más poderoso de la Tierra semejante sujeto. No damos crédito a que tanta zafiedad, egolatría y narcisismo estén concentrados en un ser casi octogenario. Lo cierto es que para entender cómo surgen, crecen y se mantienen en el poder los personajes megalómanos, debemos ahondar en las causas que los han generado, al tiempo que conocer los apoyos que reciben de los aduladores que les rodean.
No son muchos los libros que profundizan este tema. Cito dos que me parecen de gran interés. Uno es De la megalomanía: el goce del poder, de la profesora francesa Denise Lachaud, basado en las explicaciones que aportan la psicología y el psicoanálisis. El otro, Historia mundial de la megalomanía, del historiador mejicano Pedro Arturo Aguirre. De este segundo tomaré algunas ideas para tratar brevemente esta cuestión.
A lo largo de sus cuatrocientas páginas se describen los rasgos que marcaron a personajes que van desde el macedonio Alejandro Magno, que vivió en el siglo IV a.C., a otros del siglo XX. Y si hay uno en el que el autor se detiene de manera especial, dentro del siglo pasado, es Adolf Hitler, puesto que, por un lado, su ascenso se produce en una sociedad en la que la democracia estaba afianzada y, por otro, los medios de comunicación de masas —prensa, radio, publicidad— formaban parte de ella.
Fue el historiador británico Ian Kershaw, autor de numerosas publicaciones sobre Adolf Hitler, el que acuñó la expresión “El mito de Hitler”, explicando cómo un personaje mediocre y desagradable acaba en la mente de una parte relevante de los alemanes convertido en un héroe a la altura de los clásicos.
Por otro lado, a mediados del siglo pasado, tiempo en el que la propaganda adquiere un gran protagonismo, se acuña también la expresión “culto a la personalidad” (en la actualidad decimos “culto al líder”), atribuyéndosela a sujetos que se creen genios universales, siendo individuos que desarrollan rasgos paranoides y que llegan a considerar enemigos mortales a todos los que los critican o disienten de ellos, por lo que necesitan rodearse de serviles aduladores que constantemente les digan que tienen toda la razón.
Y puesto que se consideran infalibles e insustituibles, quieren eternizarse más allá de la vida. De ahí que en las inabarcables declaraciones de Donald Trump haya dos en las que mostraba ese deseo de grandiosidad de forma que las futuras generaciones pudieran recordarlo como el gran héroe que supuestamente fue. Una de ellas la expresó cuando, tiempo atrás, manifestaba que “quería ganar una guerra”. La otra era su insistencia en que “le concedieran el Premio Nobel de la Paz”.
De este modo, imaginaba que si lograba esos deseos pasaría a ser un héroe histórico a la altura de Alejandro Magno o Napoleón Bonaparte… Esto no es ninguna sospecha sin sentido, puesto que su megalomanía desbocada, tras el bochornoso espectáculo montado con pastores evangélicos en el despacho oval de la Casa Blanca, le hace creer que es un elegido de los dioses del Olimpo y que un ángel bajará del cielo para transmitirle el mensaje y ungirle con una corona de laurel, como sucedía con algunos de los emperadores de la antigua Roma.
En fin, veremos en qué queda la grandiosidad de este sujeto, aunque la cosa no pinta nada bien tal como están transcurriendo los acontecimientos.
Ligado a los anteriores términos se encuentra el de megalomanía. No obstante, empleamos esta palabra para los casos en los que la arrogancia extrema se une al uso y abuso del poder, especialmente el de tipo político. De este modo, cuando pensamos en personajes habidos a lo largo de la historia que se han caracterizado por este carácter extremadamente narcisista, se nos vienen a la cabeza distintos nombres en función de la época de la que estemos hablando.
Ahora bien, si nos situamos en los actuales tiempos del nuevo milenio, hay un personaje estadounidense muy rico, y enormemente narcisista, en el que se mezclan en diferentes dosis la arrogancia, la locura y la crueldad de los emperadores romanos Calígula y Nerón, a los que habría que sumar la zafiedad del peor imitador de Groucho Marx para comprender sus constantes ocurrencias, o payasadas, que tenemos que soportar los telespectadores de todo el mundo cuando lo vemos salir por la pequeña pantalla.
Quedamos atónitos y nos preguntamos cómo ha podido llegar a ser presidente del país militarmente más poderoso de la Tierra semejante sujeto. No damos crédito a que tanta zafiedad, egolatría y narcisismo estén concentrados en un ser casi octogenario. Lo cierto es que para entender cómo surgen, crecen y se mantienen en el poder los personajes megalómanos, debemos ahondar en las causas que los han generado, al tiempo que conocer los apoyos que reciben de los aduladores que les rodean.
No son muchos los libros que profundizan este tema. Cito dos que me parecen de gran interés. Uno es De la megalomanía: el goce del poder, de la profesora francesa Denise Lachaud, basado en las explicaciones que aportan la psicología y el psicoanálisis. El otro, Historia mundial de la megalomanía, del historiador mejicano Pedro Arturo Aguirre. De este segundo tomaré algunas ideas para tratar brevemente esta cuestión.
A lo largo de sus cuatrocientas páginas se describen los rasgos que marcaron a personajes que van desde el macedonio Alejandro Magno, que vivió en el siglo IV a.C., a otros del siglo XX. Y si hay uno en el que el autor se detiene de manera especial, dentro del siglo pasado, es Adolf Hitler, puesto que, por un lado, su ascenso se produce en una sociedad en la que la democracia estaba afianzada y, por otro, los medios de comunicación de masas —prensa, radio, publicidad— formaban parte de ella.
Fue el historiador británico Ian Kershaw, autor de numerosas publicaciones sobre Adolf Hitler, el que acuñó la expresión “El mito de Hitler”, explicando cómo un personaje mediocre y desagradable acaba en la mente de una parte relevante de los alemanes convertido en un héroe a la altura de los clásicos.
Por otro lado, a mediados del siglo pasado, tiempo en el que la propaganda adquiere un gran protagonismo, se acuña también la expresión “culto a la personalidad” (en la actualidad decimos “culto al líder”), atribuyéndosela a sujetos que se creen genios universales, siendo individuos que desarrollan rasgos paranoides y que llegan a considerar enemigos mortales a todos los que los critican o disienten de ellos, por lo que necesitan rodearse de serviles aduladores que constantemente les digan que tienen toda la razón.
Y puesto que se consideran infalibles e insustituibles, quieren eternizarse más allá de la vida. De ahí que en las inabarcables declaraciones de Donald Trump haya dos en las que mostraba ese deseo de grandiosidad de forma que las futuras generaciones pudieran recordarlo como el gran héroe que supuestamente fue. Una de ellas la expresó cuando, tiempo atrás, manifestaba que “quería ganar una guerra”. La otra era su insistencia en que “le concedieran el Premio Nobel de la Paz”.
De este modo, imaginaba que si lograba esos deseos pasaría a ser un héroe histórico a la altura de Alejandro Magno o Napoleón Bonaparte… Esto no es ninguna sospecha sin sentido, puesto que su megalomanía desbocada, tras el bochornoso espectáculo montado con pastores evangélicos en el despacho oval de la Casa Blanca, le hace creer que es un elegido de los dioses del Olimpo y que un ángel bajará del cielo para transmitirle el mensaje y ungirle con una corona de laurel, como sucedía con algunos de los emperadores de la antigua Roma.
En fin, veremos en qué queda la grandiosidad de este sujeto, aunque la cosa no pinta nada bien tal como están transcurriendo los acontecimientos.
AURELIANO SÁINZ
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL

































