[Ojo: puede haber 'spoilers' de la película 'La Odisea' de Christopher Nolan]
El estreno de La Odisea, de Christopher Nolan, nos ha obligado a revisitar los clásicos grecolatinos y ha reabierto numerosos debates. Llega, además, poco después de El retorno, de Uberto Pasolini, una película muy superior en casi todos los aspectos, salvo en la banda sonora y los efectos especiales. ¿Por qué esta vuelta al relato homérico?
Toda manifestación cultural debe encuadrarse dentro de la lógica de las mentalidades de su tiempo. Una obra llega a convertirse en un clásico cuando es reconocida como parte de la tradición cultural de una comunidad y ofrece elementos que representan una continuidad en el presente.
La Odisea homérica es difícil de conciliar con la mentalidad actual. Representa una de las sociedades más misóginas que han existido, y el protagonista sería entendido como un antihéroe fuera de su contexto: mentiroso, vividor, sacrílego —recordemos que el famoso caballo era una supuesta ofrenda—, mujeriego, irresponsable y egoísta. Nolan nos presenta a un Odiseo que no cumple con la descripción homérica y convierte lo único que no puede cambiar, su carácter sacrílego, en una suerte de culpa personal.
En cambio, Nolan obvia por completo lo que hace de la obra un clásico. Con mucha probabilidad, la escena en la que Odiseo desciende al Hades es una de las más importantes de la historia de Occidente. El poema hace descender a Odiseo al mundo de los muertos para obtener el conocimiento que necesita. Y cuando lo hace, se encuentra con el héroe del otro gran poema homérico conservado, Aquiles, que le dice que más vale servir en la tierra que gozar del honor en la tumba.
La escena del Hades nos ofrece dos principios de la Antigüedad que todavía perduran en la cultura occidental: el amor al conocimiento, cualquiera que sea su precio, y el valor de la vida. Sin embargo, Nolan ignora ambas cuestiones, las más esenciales, y nos presenta un mensaje presentista, en el sentido de que trata hechos del pasado con los ojos de hoy.
En el contexto de las guerras de Afganistán e Irak, Troya (2004), de Wolfgang Petersen, fue otro despropósito como adaptación, pero supo conservar el mensaje clásico de La Ilíada: el respeto por el contrincante y el reconocimiento recíproco de las partes a través del diálogo de Aquiles y Príamo. Algo que Nolan no supo hacer.
El retorno (2024; estrenada en España en 2025) fue una película menos ambiciosa. Se centró en los hechos acaecidos tras la llegada de Odiseo a Ítaca y en su lucha interna por mostrarse allí sin sus hombres, todos muertos, y en un estado lamentable. Al igual que el Odiseo de Nolan, este Ulises fue un héroe traumatizado.
Sin embargo, más fiel al héroe del poema, el protagonista no dio valor a la vida ajena y sus compañeros caídos le importaron poco. Era la vergüenza personal lo que le impedía mostrarse ante su familia. La película perdió parte del mensaje clásico, pero, al ser menos ambiciosa, se concentró en una idea: la del hombre que vuelve a casa sin ser ya el mismo. La paradoja del barco de Teseo hecha película.
Hoy, en un momento de relativismo moral, narcisismo y decadencia generalizada, el Odiseo de Nolan es un héroe de guerra que se arrepiente de sus acciones, que no puede cambiar el sino de los “cerdos” que lo acompañan y que llega a su casa como el vengador de un hombre que nunca debió estar en aquella guerra y al que dejó morir —licencia del guionista—.
El director reproduce las lógicas del déspota ilustrado. Un individuo que actúa en beneficio de los suyos, a pesar de los suyos, y que no puede hacer nada contra la estupidez humana. Nolan nos presenta el problema feminista de una Penélope que resulta una reina experimentada pero ignorada, y un Menelao que es poco menos que un chulo. En cuanto a Agamenón, lo reduce al tirano sin escrúpulos que empuja a los demás a la guerra injusta, un Bush o un Trump capaz de cualquier cosa para alcanzar sus objetivos.
Somos una sociedad dividida que aspira a construir un mundo en paz. Queremos volver a un orden idílico, a una Ítaca que nunca existió o, al menos, no como la recordamos. Quizás volvemos a La Odisea porque, consciente o inconscientemente, nos estamos buscando como civilización y como personas.
En un momento de crisis de valores y pérdida de referentes morales, el viaje de Odiseo es nuestro viaje individual y social. Ucrania e Irán nos han recordado la barbarie de la guerra, la realidad política y periodística nos ha hecho dudar del relato —lo que, en cierto sentido, es dudar de nosotros mismos—, y los excesos de la extrema derecha y del progresismo woke nos han hecho perder la brújula moral.
Es imposible alcanzar una adaptación perfecta, y siempre habrá quien la critique. Sin embargo, La Ilíada y La Odisea son clásicos con los que podemos conversar porque hay algo de ellas en nuestra cultura actual. Una adaptación que no identifique esos elementos está destinada a la superficialidad y al presentismo, dos de los grandes males de la cultura actual.
Haereticus dixit
RAFAEL SOTO ESCOBAR
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL




































