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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Aprendiendo a mirar [Moi Palmero]. Mostrar todas las entradas
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  • 26.7.22
Empiezo mal, pero no se preocupen: es solo una opinión y es fácil de desmontar con la cantidad de estudios parciales que el sector ha realizado y publicitado en los últimos años para intentar venderle a los consumidores europeos que no tienen nada por lo que preocuparse, que los osos polares no sufrirán por comprar nuestros tomates.


No pasa nada, no somos sostenibles. ¿Qué industria lo es? Ninguna y, menos, en este mundo globalizado. Pero, ahora, en plena emergencia climática, es lo que toca vender. El greenwashing es la moda y hasta las gasolinas son ahora verdes y, los móviles, el culmen de la sostenibilidad porque le han quitado un par de envoltorios a las cajas.

Si me meto en este berenjenal es a raíz de las noticias generadas tras las imágenes que publicó la NASA sobre nuestro mar de plástico, donde se hace eco –después de alabar la transformación en unas pocas décadas de nuestro territorio y economía– del estudio de la Universidad de Almería en el que se afirma que, gracias al albedo solar, la comarca se ha calentado menos que en otras zonas. Espero que no lo copien como estrategia y forren el planeta.

Lo curioso del texto que acompaña la foto es la palabra “probablemente”, supongo que porque el periodista científico de la NASA no lo tiene muy claro o porque sabe que es una verdad a medias. No pongo en duda el estudio –quizás ese dato sea cierto– pero tanto como para afirmar que Almería, gracias a sus plásticos, es la zona que más frena el cambio climático, es ser demasiado osado. Para saber cuál es el grado de sostenibilidad de nuestra agricultura, habría que calcular la huella de carbono total, no solo de las partes en las que sale en verde.

En mi opinión, el concepto de invernadero ya es insostenible en sí porque, antes de empezar a producir, hemos de arrasar con toda la biodiversidad de la zona. Aquí hemos destrozado 26.000 hectáreas de un ecosistema único: los artales. Pero desde que el Homo Sapiens se hizo agricultor ha sido así, no es que nosotros seamos peores. Había que hacerlo: había necesidades.

Como era un terreno poco propicio para la agricultura, tuvimos que crear un suelo artificial, extrayendo millones de toneladas de arena de otros muchos ecosistemas que también deterioramos y que han creado algunos grandes impactos que también irán en el apartado del déficit.

Pero relacionar los problemas que tenemos en las costas del poniente con las dunas que destrozamos de nuestras playas, o las inundaciones de Las Norias con la arena extraída de la Balsa del Sapo, a lo mejor es hilar muy fino. No quedaba otra: había que sacar esto adelante.

Por supuesto, luego habría que sumar la huella de la creación de los plásticos que usamos, desde que los producimos hasta que los cambiamos, incluyendo los problemas ambientales de los que se convierten en basura (no en residuo) y de los que nadie se preocupa.

Es cierto, ya se recicla un 95 por ciento, y se trabaja para que sea un 100 por cien, que vuelva al sistema, que dure más. También se vigila a los incívicos. Pero mientras lo conseguimos, el dióxido de carbono sigue aumentando. Un mal menor.

También nos gusta recalcar, a base de estudios y técnicas varias, que somos un gran sumidero de carbono, que nuestros cultivos actúan como la selva amazónica, pero sabemos que no es del todo cierto porque cada seis meses arrancamos las plantas y volvemos a liberar el gas que provoca el efecto invernadero. Seguro que haciendo bien las cuentas, nos quedamos en números rojos.

Según la Mesa del Agua, nos hacen falta 180 hectómetros cúbicos para paliar el déficit hídrico de la provincia. Agua que habría que desalar del mar y que aumentará la huella por el gasto energético, sin contar los problemas ambientales que hemos causado por la sobreexplotación y abandono de los acuíferos. Sin problema: seguimos construyendo invernaderos.

Si sumamos el transporte por Europa de nuestros productos, las 7.500 toneladas de CO2 que se emiten cuando tiramos el 30 por ciento de la producción, los restos vegetales, o la elaboración de pesticidas y los impactos generados, la huella sigue marcando en rojo.

Créanme cuando les digo que no es mi afán ir contra mi pueblo o mis vecinos, al decir estas cosas. Me siento orgulloso de ser de donde soy, de lo que se ha construido en Almería, de cómo los agricultores se han ido adaptando a las exigencias, los grandes avances que han conseguido y en los que se sigue trabajando para minimizar los impactos. Pero, por ahora, nuestros invernaderos no son sostenibles, ni lo serán nunca, por mucho que nos empeñemos en decirlo. Pero no pasa nada: el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

MOI PALMERO
  • 19.7.22
Los audios de Villarejo y Ferreras han venido a echar leña a mi decaimiento, mi desencanto, mi resignación. Algo que achacaba a la falta de vitaminas, de ejercicio físico, de risas cómplices y buena compañía. Una mala racha que siempre pensé que pasaría con un poco de interés por mi parte. Sin embargo, después de demostrarse este ataque sin paliativos a la democracia, creo que mi decepción ya empieza a enraizar en mis músculos, impidiéndome pensar con claridad –si es que alguna vez lo hice– y moverme con agilidad.


Este sentimiento de derrota definitiva, y no como algo pasajero, comencé a visualizarlo hace unas semanas, tras la reposición de la película Noviembre, de Achero Mañas. Cuenta la historia de un grupo de jóvenes que, decepcionados por las escuelas de teatro donde siempre habían soñado estudiar, montan un grupo alternativo para actuar de forma libre, independiente y gratuita, en la calle, improvisando e interactuando con el sorprendido público que se los encontraba.

Artistas dispuestos a hacer el teatro que siempre habían soñado, a cambiar el mundo con sus obras sociales, directas al espectador, sin intermediarios, sin limitaciones, sin pedir nada a cambio. El arte por el arte.

Está grabado como un falso documental en el que sus protagonistas, envejecidos y lastrados por el paso del tiempo y el dolor, cuentan lo que les sucedió: desde cómo se conocieron y decidieron montar el grupo a todos los problemas con los que se enfrentaron; cómo los dividieron con multas y sanciones por actuar en la calle e ir contra sus ideales para poder seguir trabajando; las crisis internas, de relaciones personales, que todo eso provocó en el grupo; el resurgimiento de la ilusión y el trágico final con el que termina todo: su líder, el protagonista de la historia, muerto, vestido de travieso demonio, colgado de un trapecio.

Una historia que, cuando se estrenó, insufló en mí la fuerza, las ganas, la ilusión, la esperanza de que otro mundo era posible. Solo hacía falta encontrar la forma de llegar a la gente, de despertarlos, de zarandearlos para provocar una revolución cultural, social, que impulsase los cambios en el sistema, la caída de los dioses que nos manejan como marionetas a su antojo. Y, para eso, la originalidad, la creatividad, la valentía, la astucia, la comunidad, la resistencia, la constancia son fundamentales.

Ahora, casi veinte años después de la película, me llega el mensaje de los adultos, en los que me reconozco y me avergüenzo por ello, derrotados, con la moral por los suelos, y la mirada y los brazos caídos, lanzando el mensaje de que lo sucedido fue por culpa de su inocencia, de la inconsciencia de la juventud, de creerse invencibles, únicos, de haber intentado asaltar los cielos siendo simples mortales.

Se culpaban de no haber sabido reconducir sus emociones, de no entender lo que les sucedía, de haber dejado que la duda los separase, de que el sistema los domesticase, los individualizase, los globalizase. De haberse dejado robar la identidad, lo que les hacía diferentes, dejarse dominar y sentir que se vive mejor de rodillas, sometidos.

Las marionetas mediáticas de Ferreras e Inda, el comisario de las cloacas, el exmarido de la infanta, el contable de Génova, entre otros, nos recuerdan cada día que la revolución de Noviembre nunca llegará, ya que siempre habrá gente sin escrúpulos que se creerán importantes porque los dejan comerse las sobras de los poderosos; porque son los bufones de sus fiestas; porque están dispuestos a inmolarse por un puñado de euros, por un minuto de gloria. Les da igual si tienen que mentir, robar o matar: ellos quieren sentirse poderosos.

El cese de Ferreras y de Ana Pastor será inmediato: hay que intentar salvar la cadena. Sería la manera de darle credibilidad al periodismo y a la democracia. El verano, el tiempo, cubrirán con un tupido velo nuestras vergüenzas y la vida seguirá igual.

Pasado un tiempo prudencial, su labor será recompensada, porque si en este país a los torturadores como Billy el Niño se les condecora, qué no se le ofrecerá a quien “mató” a El Coletas, desactivó a Podemos, la llegada del comunismo y la esperanza de una generación. Como mínimo, se merecerá el Ministerio de Defensa. Qué menos.

No debería haber visto de nuevo la película. Seguiría pensando en los ideales, la fuerza, la imaginación de aquellos jóvenes actores para cambiar el mundo y que, con un poco de deporte, mi desengaño desaparecería. Sin embargo, ahora conozco la explicación de mi derrota, de la de todos. Una derrota vivida entre noviembres. Confío que un cuento venga a rescatarme de mi aflicción porque, sinceramente, prefiero morir de pie…

MOI PALMERO
  • 12.7.22
Tras el glamour vivido en Almería, y ser el centro del mundo por la presencia de Rosalía, las miserias humanas vuelven a bajarnos del pedestal, a recordarnos quiénes somos, qué podemos esperar de nuestros gestores, las ineficaces leyes que nos rigen, el poder de la economía sobre el medio ambiente, la hipocresía frente a la belleza y la soledad, la frustración y la incomprensión a la que se enfrenta la ciudadanía.


Si Rosalía se hubiese paseado por las secas y sedientas Salinas de Cabo de Gata o se hubiese unido a las protestas en sus redes sociales, o se hubiese arrancado por bulerías en el escenario, el problema se habría solucionado en unos días, porque la vergüenza sería mayúscula y nuestros políticos se habrían dado patadas en el culo –más por el "qué dirán" que por sensibilidad ambiental– para arreglar el estropicio.

Pero ella nada sabía, como el resto del mundo, porque se escondió, se tapó y se intentó invisibilizar hasta que las evidencias, la falta de agua y la diáspora de las aves no han podido ocultarse más. Me recuerda a los famosos hilitos del Prestige de aquel presidente del Gobierno que se dejaba asesorar sobre el cambio climático por su primo. Confío en que sus herederos hayan basado su revolución verde en asesores más experimentados.

A mí Rosalía no me termina de convencer. Debe ser la edad y mi ignorancia supina, pero ni su música, ni su puesta en escena, ni su personaje llaman mi atención. Pero tengo que reconocer que es una artistaza, valiente, transgresora, segura, inspiradora, con los pies en el suelo, original y muy libre a la hora de crear y de lanzar su mensaje al mundo.

La primera vez que la vi fue en la Gala de los Goya del 2019, en aquella espectacular actuación vestida de rojo, con un coro en penumbra a sus espaldas, y cantando magistralmente la mítica canción de Los Chunguitos, Me quedo contigo. Aquella noche me cautivó y esa letra me viene ahora a la cabeza porque me debato entre "vergonzoso" y "vergonzante" para continuar –y, si me dan a elegir, no lo tengo claro, así que me quedo con los dos adjetivos–.

Es vergonzoso que reconozcan que conocían el problema hace semanas, curiosamente antes de las elecciones, y que sea ahora cuando instan de urgencia a la empresa a actuar, cuando el problema ya se ha agravado, cuando la ciudadanía se les ha echado encima.

72 horas de ultimátum a la empresa. O si no ¿qué? ¿Multa? ¿Le quitarán la concesión ruinosa de la explotación de la sal? ¿Gestionarán ellos el agua en las instalaciones para conservar la avifauna? ¿Aprovecharán que el Pisuerga pasa por Valladolid para aumentar la red de hotelitos?

Es vergonzante que se presenten como los adalides del Parque Natural cuando, desde que llegaron al Palacio de San Telmo, comenzaron a legislar para favorecer la especulación y la destrucción de los espacios protegidos –que, por cierto, sirven de poco ante situaciones como ésta porque, a pesar de que las salinas son Sitio RAMSAR, ZEPA, LIC, Área de Reserva dentro del Parque Natural o forman parte de la Reserva de la Biosfera, están en manos de propietarios y empresarios que solo buscan multiplicar sus beneficios–.

Y ya puestos, si me dan a elegir entre "sin vergüenza" y "sinvergüenzas", tampoco lo tengo muy claro, así que, por no meterme yo en otro jaleo más, añadan o quiten el espacio a su antojo, pero me parece que es de tener poca vergüenza adelantar la suelta de tortugas bobas en Mojácar y dividirla en dos días para salir en más fotos durante la campaña electoral, mientras sabían que las salinas, en unas semanas, estarían secas.

Ahora solo nos queda llorar, lamentarnos, patalear, exigir y celebrar una misa de réquiem o una rosalia por las Salinas. Las rosalias o rosarias eran unas fiestas romanas que se celebraban para honrar a los muertos. Colocaban rosas en sus tumbas para recordarlos, para que se sintiesen acompañados, queridos, para apaciguar sus almas. Una tradición que también se hacía con violetas y que luego el cristianismo adoptó en su Día de Difuntos. Quizás esas rosas le devuelvan al paisaje el color de las plumas de los flamencos que no vendrán.

Hay algunos que tuvieron claro cuando le dieron a elegir que preferían las ideas, la riqueza, la gloria y otros, como los que han llevado ante la Fiscalía a la Junta y a la empresa por inacción, los que hicieron la cadena simbólica para llenar las salinas con cubos de agua o los que se concentraron en el mirador de las Salinas porque no se fían de las falsas promesas, que eligieron, porque se enamoraron, estar a su lado, sentirse en los brazos del Cabo de Gata, con sus salinas y sus fondos marinos, con sus estepas y su sierra, con sus gentes y su biodiversidad.

MOI PALMERO
  • 5.7.22
Apurado por el precio de la energía, compré un botijo. Mi idea es refrescarme sin necesidad de sentirme culpable por abrir la nevera, el mismo sentimiento que me invade cuando arranco el coche o me quedo dormido durante la siesta con la televisión encendida. Sencillos gestos que, hasta hace unos meses, eran sinónimos de la placentera, regalada y merecida vida que nos ha tocado vivir y que ahora se han convertido en acciones antipatrióticas que fortalecen al enemigo.


Por un lado, me censuro pensando en mi maltrecha economía pero, sobre todo, para que Borrell no se me aparezca en sueños recordándome que reduzca el consumo de gas para no tener que importarlo de Rusia. En su momento me recordó la icónica imagen publicitaria del Tío Sam que los estadounidenses popularizaron para atraer reclutas que combatiesen contra los alemanes en la I Guerra Mundial.

Estoy seguro de que habrán visto alguna vez al hombre vestido con chaqueta y chistera, canoso, barba de chivo, que te señala y te mira con el ceño fruncido sobre el lema “Te quiero a ti para el Ejército de los EE.UU”.

Un afiche reconocido a nivel mundial, que fue lo que Biden les recordó a todos durante la Cumbre y que no me extrañaría que lo rescatasen desde la OTAN para prepararnos e involucrarnos a título individual en el conflicto en el que estamos envueltos.

Pero la gran campaña comenzará cuando pase el verano porque, a pesar de la inflación y de los disparatados precios, tenemos que seguir consumiendo para mantener la economía, para llegar al invierno contentos y apretarnos el cinturón con los estómagos satisfechos y con los recuerdos agradables aún fresquitos en el corazón. El baile antes de la tormenta.

La cumbre de la OTAN, que tanto hemos aplaudido y vitoreado porque ha beneficiado la marca España, ha sido el último aviso de lo que nos espera en el otoño y el invierno: el recrudecimiento del conflicto, la falta de suministros, el desorbitado precio de los carburantes y la energía necesaria para calentarnos, alimentarnos, sobrevivir, para seguir produciendo, para no detener el insostenible sistema económico que hemos creado.

Tras las risas, el buen rollito, las cenas de gala, las compras y el turismo por la capital, se esconde el anuncio de que lo peor está por venir; que lo imprevisible, la Tercera Guerra Mundial, es una realidad; que la amenaza nuclear que acabaría con la especie humana está cada vez más cerca; que la llegada de los Caminantes Blancos, del largo invierno, es inminente.

Como en la saga de George R.R. Martin, Canción de hielo y fuego, popularizada como Juego de Tronos en la televisión, las disputas entre los Estados queda en un segundo plano ante la aparición de un enemigo común al que tienen que combatir unidos o la especie humana desaparecerá.

En la ficción, los Siete Reinos que se alían, luchan y se traicionan por conseguir el Trono de Hierro deben aparcar sus diferencias, sus disputas, ante la amenaza de Los Otros, los Caminantes Blancos, seres sobrenaturales que quedaron replegados y vigilados tras el Muro después del pacto de los Hijos del Bosque y de los Primeros Hombres.

Una historia que nada tiene que ver con este conflicto, porque su autor comenzó a escribirla en los noventa, pero que refleja casi milimétricamente lo que está ocurriendo en la actualidad. Las intrigas, las traiciones, los pactos, los sentimientos e intereses reflejados en esas novelas no difieren mucho de lo que se ha tratado en la Cumbre de la OTAN: determinar los aliados y los enemigos; concretar quién es el que manda (que ya lo sabíamos), el que determina la estrategia ante la batalla final; qué puede aportar cada uno y las recompensas que recibirán en caso de victoria.

Una Cumbre en la que se nos ha vendido lo superficial, lo anecdótico, lo frívolo, pero en la que se han sellado los acuerdos para prepararnos para la guerra, para desplegar más de 300.000 militares por Europa, para reforzar las defensas por tierra, mar y aire. Una Cumbre que me da miedo, porque refleja la incertidumbre de nuestro futuro, un mundo a punto de estallar, otro punto de inflexión de la raza humana, otra moneda lanzada al aire.

Da igual si votaste sí a la OTAN, si gritaste “Yankee go home”, si los nuevos destructores que llegarán a Rota te parecen una oportunidad o una amenaza... La guerra, las balas, el hambre y el frío no harán distinción ninguna. Quizás no sea mala idea gastarse los últimos ahorros en unas vacaciones, disfrutar del verano que precederá al largo invierno, a la llegada de los Caminantes Blancos. Porque la otra opción es aprovisionarse de Vidriagón, hacerle caso al Tío Sam y alistarse para combatir al Rey de la Noche.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR
  • 28.6.22
Los cetáceos (delfines, ballenas y marsopas) son los animales más queridos por nuestra especie. Desde que el ser humano empezó a surcar los mares hemos admirado su belleza, su inteligencia, su habilidad y su curiosidad. Y los representamos en pinturas rupestres, forman parte de mitos y leyendas, han aparecido en numerosas monedas de la antigüedad, decorado paredes de templos, y han sido protagonistas de grandes poemas, novelas y películas.


De igual modo, los temimos y los hemos perseguido, codiciado, masacrado, para comérnoslos, para encender nuestros candiles, como complementos de moda o para apaciguar nuestros miedos. Se encuentran al borde de la extinción, no solo por la pesca directa e indiscriminada, sino también porque hemos destruido sus hábitats, sobreexplotado los caladeros, acelerado el cambio climático y convertido los mares y océanos en auténticos vertederos. Pero lo más trágico y vergonzoso que hemos hecho contra ellos ha sido encerrarlos, convertirlos en mascotas, en objetos de entretenimiento, en experimentos de laboratorio.

Con la excusa de la ciencia, del conocimiento, y respaldados por los principios morales y éticos de la religión, que nos erigieron en el centro de la creación y por encima del resto de los seres vivos, les hemos robado la libertad que tanto soñamos.

El 4 de julio se celebra el Día Mundial contra los Delfines en Cautividad, con el doble objetivo de liberar a los individuos de su esclavitud para ofrecerles una vida digna, y de cerrar todos los delfinarios del mundo. España es el país de Europa con más instalaciones, 11 de 30, y con más número de cetáceos cautivos: el 55 por ciento los explotamos aquí. Mientras muchos países están legislando contra este tipo de prácticas, el nuestro sigue amparando y protegiendo este negocio millonario.

Una española de 13 años, Olivia Mandle, ha lanzado la campaña #NoEsPaísParaDelfines, para exigir a nuestros dirigentes que acaben con esta tortura. Hasta el momento, ha conseguido más de 120.000 firmas y trabaja de forma incansable para alcanzar su objetivo. Desde aquí, mi admiración por su constancia, su generosidad, su dedicación y su ejemplo.

Es una lucha en la que no está sola, que no es nueva, ya que son muchas décadas de reivindicaciones en las que desde diferentes colectivos y organizaciones se está trabajando para evitar el sufrimiento innecesario. El mayor embajador de este movimiento en el mundo es Ric O´Barry, que fue uno de los que fortaleció la industria del entretenimiento con delfines y que, tras las experiencias vividas, se dio cuenta del error que habíamos cometido.

O´Barry los capturaba para el acuario donde trabajaba y luego fue el entrenador de las cinco hembras (son más dóciles, menos agresivas y pueden reproducirse) que protagonizaban la serie Flipper. Durante siete años convivió con ellas a diario, confirmando no solo su gran inteligencia, sino demostrando que tienen sentimientos, que son generosas y que tienen su propia personalidad.

En su libro Tras la sonrisa del delfín cuenta cómo las capturaba, cómo las adiestraba haciéndolas pasar hambre; cómo empezó a comprenderlas, a hacerse preguntas sobre si lo que estaba haciendo era ético. Remordimientos que, durante mucho tiempo, apaciguó con los beneficios que obtuvo, pero que se fueron haciendo insufribles desde que Khaty, una de esas delfinas, se suicidó en sus manos.

Tras la serie las separaron, rompiendo los vínculos, la familia que habían creado y obligándolas a realizar los espectáculos para comer. Deprimida y enferma, una mañana se despidió, lo miró a los ojos y dejó de respirar, ya que ellos son conscientes de su respiración, no como nosotros, que lo hacemos de forma automática.

Desde entonces se dedicó a liberar delfines, a desentrenarlos para que pudiesen volver al mar, a convertirse en estandarte de la lucha contra la cautividad. Algunas de sus acciones lo llevaron a la cárcel, pero no se rindió.

Grabó un documental, The Cove, que obtuvo un Oscar y que refleja la barbaridad que se lleva a cabo en Taiji para capturar los delfines que venden como carne de ballena para el consumo, y donde seleccionan los más bonitos que terminarán en los delfinarios del mundo. Si eres capaz de ver el documental entero, quizás te plantees llevar a tus hijos a un acuario para ver la falsa sonrisa de los delfines. Cada entrada legitima la barbarie.

Soledad, estrés, hambre, humillación, depresión, suicidios, muertes prematuras, numerosas enfermedades, ataques a sus entrenadores, limitaciones para nadar, comunicarse o desarrollar su anatomía... Estas son algunas de las consecuencias de la cautividad de los cetáceos porque, como dicen desde la Asociación Promar, su lugar es el mar y allí deben vivir. No a la cautividad.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO
  • 21.6.22
Unos 37.000 aspirantes al Cuerpo de Maestros de la Junta de Andalucía se han presentado para optar a una de las 2.538 plazas ofertadas. Atrás quedan meses, años, de preparación, de estudio, de unidades didácticas, de nervios, de sueños, de ilusiones, de esperanzas. Ahora toca morderse las uñas: es el momento de la nerviosa e impaciente espera, del instante que cambiará sus vidas.


Una historia personal detrás de cada uno de los opositores hasta llegar a este momento y a partir de las notas obtenidas. Habrá quien consiga su plaza; quien apruebe, pero quede de interino; quien suspenda, pero también entre de interino porque en su especialidad falten profesionales; quien decida seguir preparándose para la próxima convocatoria; quien tire la toalla; quien no pueda intentar volver a presentarse porque la necesidad aprieta y hay que ponerse a trabajar.

Confío en que los que aprueben sean los que entraron por vocación en el Grado de Magisterio, los que creen en la educación como la única solución para cambiar el mundo; los que estén convencidos de que nacieron para enseñar, para educar, para guiar y acompañar a sus alumnos y familias.

Puede parecer evidente que nadie se presenta a unas oposiciones como éstas si no te gustan los niños, si no te gusta enseñar. Pero, por desgracia, sabemos que no es así, que muchos estudian Magisterio porque no le llegan las notas para lo que aspiraban, o que vuelven rebotados de grados que pudieron con ellos. O porque parece un trabajo sencillo, con un sueldo y unas vacaciones interesantes.

Magisterio nunca aparece entre las máximas notas de corte de nuestras universidades, cuando debería estar entre las más exigentes para entrar en ella. Necesitamos los mejores maestros para alcanzar la excelencia, para que nuestros hijos desarrollen sus capacidades y se conviertan en los grandes pensadores y profesionales del futuro.

Necesitamos a los mejores en las escuelas para transformar la decadente sociedad en la que vivimos, donde la injusticia, la desigualdad, la falta de valores, de conciencia social, de participación ciudadana, campan a sus anchas.

Necesitamos a los mejores para afrontar el momento trascendente de la historia de la humanidad en el que nos encontramos. Y los necesitamos motivados, libres, sin ataduras y con las mejores herramientas y recursos a su alcance.

Necesitamos a los mejores para hacernos mejores, y no se puede esperar más, porque nuestros niños y jóvenes están desmotivados, porque la realidad les está dejando sin opciones, porque la escuela se ha convertido en un trámite cada vez más sencillo de transitar, con unos objetivos mínimos anclados en el pasado y no actualizados a la realidad con la que se mueve el mundo.

Confío en que los aprobados no se dejen influenciar por los maestros de otra generación que se cansaron de ser ninguneados, desprestigiados, infravalorados por unas leyes, unos políticos, una sociedad que les perdió el respeto, que los convirtió en burócratas, en cuidadores de niños; que les quitó la autoridad ante padres mal informados, equivocados, maleducados, consentidores, prepotentes, que consideran que tienen la capacidad para decirles cómo deben hacer su trabajo.

Confío en que los nuevos maestros tenga ganas de reimaginar la educación, que piensen más allá de su centro, que trabajen en equipo, en red; que apliquen las nuevas herramientas pedagógicas aprendidas en las universidades.

Confío en que no pierdan la fuerza, la energía, la ilusión, y que tengan la capacidad, la imaginación, la creatividad, el atrevimiento para equivocarse, de adentrarse en nuevos senderos, de abrir puertas y ventanas que no nunca debieron cerrarse, y cerrar las que nunca debieron abrirse.

Confío en que sean autocríticos, que conozcan sus limitaciones, que no se dejen vencer por ellas, que borren las palabras "imposible", "inalcanzable" y "prejuicio" de sus diccionarios, que busquen el asesoramiento, las ayudas, la colaboración, el apoyo para que sus ideas, por locas, disparatadas y trabajosas que parezcan, no queden en los cajones del olvido.

Confío en que nos les pese el trabajo extra, el minutero, la envidia de los resignados y los dejen trabajar. Que no les pongan más piedras en el camino salvo las que se necesitan para construir los puentes que salven las fronteras, los pozos y fuentes que rieguen las semillas, las bibliotecas donde salvaguardar lo aprendido, los parques y jardines que oxigenen nuestras formas de entender el mundo y las ágoras donde debatir, dialogar y compartir el conocimiento, crear alianzas y combatir la incultura, el desaliento y la incertidumbre.

Confío en que sepan, y que no olviden jamás, que en sus manos está nuestra esperanza para no sucumbir al abismo.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO
  • 14.6.22
Para conmemorar el Día de los Océanos se han realizado diferentes limpiezas de playas por todo el territorio español. Entre todas las basuras recuperadas, una de las más preocupantes son las llamadas redes fantasmas. Nasas, hilos, cuerdas de diferentes grosores, aparejos completos, anzuelos, plomos y flotadores son, por desgracia, habituales en nuestras costas y fondos marinos, provocando lo que se conoce como la "pesca fantasma".


Se calcula que cada año se vierten al océano más de 10 millones de toneladas de basura, 200 kilos cada segundo. El 82 por ciento de estas basuras marinas son plásticos. El 80 por ciento proviene de tierra a causa de la mala gestión de nuestros residuos y el 20 por ciento restante se origina en el mar, a través de actividades como la pesca y el transporte marítimo.

Según un informe de Greenpeace, el 10 por ciento de las basuras marinas, unas 640.000 toneladas, corresponden a las redes perdidas o desechadas que, cada año, acaban en nuestros mares y océanos, provocando la muerte de unos 136.000 mamíferos marinos, tortugas y focas.

Un ejemplo gráfico lo tenemos en lo que sucedió hace tres semanas en las costas de Mallorca, donde una ballena jorobada, de 12 metros de longitud y 25 toneladas de peso, quedó atrapada en una red de deriva, prohibidas en nuestras costas, y tuvo que ser rescatada por buceadores de la Fundación Palma Aquarium.

Una semana después de este rescate heroico, apareció en las costas valencianas incapaz de nadar, extremadamente débil, muy parasitada y con diferentes heridas por su cuerpo, muriendo sin haber podido hacer nada por ella.

Aprovechando que esta semana se celebra el Día de las Tortugas Marinas, no nos podemos olvidar de la tortuga boba que nada en el Aquarium de Roquetas de Mar. A Juan –así la conocen gracias a la persona que llamó al 112– le falta una aleta que hubo que amputarle al quedar atrapada en una red. Una historia con un final feliz, pero que podría ser más bonito si la liberasen y pudiese nadar en aguas abiertas.

Las redes fantasmas provocan atrapamientos, heridas, asfixia, falta de movilidad, imposibilidad de escape ante la presencia de depredadores, dificultades para la captura de alimento y la muerte por inanición.

Son asesinas silenciosas que afectan a otras muchas especies que, a veces, pasan desapercibidas como corales, cangrejos y también a las aves marinas que se tragan peces con anzuelo que los pescadores no se han cobrado o que, con sus patas, se enredan en los hilos abandonados que en muchas ocasiones se llevan a sus nidos, afectando a sus pollos.

Otras de sus víctimas accidentales son los perros, que se tragan algún anzuelo mientras pasean por la playa, provocándoles desde pequeñas heridas en la boca hasta operaciones porque el gancho se ha quedado atrapado en el esófago o en el estómago.

Un problema de difícil solución ante el que hay que empezar a tomar medidas. Una de ellas sería la de buscar nuevos materiales para la fabricación de redes. Antiguamente se fabricaban con cáñamo, pero la versatilidad del plástico, como ha pasado en el resto de sectores económicos, lo ha cambiado todo, aportándonos muchas ventajas y otros muchos perjuicios.

Otra de las medidas que se piden para solucionar el problema es la de acordar un ambicioso Tratado Global del Océano, que garantice una protección integral de la vida marina en aguas internacionales. No podemos olvidar que el 95 por ciento de los mares y océanos es desconocido para el ser humano y que solo un 1 por ciento de lo mal conocido tiene alguna figura de protección.

Y, por supuesto, lo que hace falta es una mayor concienciación por parte de todos, aunque principalmente de los pescadores que son los primeros interesados en conservar los mares. Denunciar las artes ilegales, las malas prácticas de algunos esquilmadores –que no pescadores–, informar de las coordenadas donde pierden las redes para que se puedan rescatar, no abandonar las estropeadas en alta mar o marcarlas con GPS, sería de gran ayuda.

Los océanos son los grandes desconocidos, pero de su conservación depende nuestro futuro. En ellos surgió la vida y posibilitaron que se crease la atmósfera respirable que nos protege, nos ayudan a regular la temperatura del planeta, protegen el 80 por ciento de la biodiversidad y capturan el dióxido de carbono que está provocando el cambio climático.

Una red espera desde hace tres años enterrada en una playa del Cabo de Gata. Sabemos que tiene los restos de algún animal atrapado, pero la pandemia y la falta de coordinación han impedido que la saquemos. En su momento se denunció, pero ahí sigue, así que al final dependerá de la ciudadanía, de que un día carguemos las palas en un tractor y hagamos lo que tenemos que hacer. Quizás sea este verano.

MOI PALMERO
  • 7.6.22
La radio está entrando en los centros educativos y, si la miman un poco, ha llegado para quedarse, porque es una herramienta educativa de garantías y ofrece un gran número de oportunidades para el aprendizaje de los alumnos. Tanto es así que la Universidad de Almería creó en 2021 la Red de Radios Escolares para darle cobertura, apoyo y formación a los docentes que están dedicando su tiempo, y su esfuerzo, para sacar estas pequeñas emisoras adelante.


Además, esta Red tiene como objetivo establecer vínculos colaborativos entre los centros y darle visibilidad al trabajo que hacen los alumnos, posibilitando que sus podcasts lleguen a un público mayor. Aunque en estos programas lo importante no son las audiencias –y, si me apuran, ni siquiera el producto final–, sino el proceso educativo, las habilidades, los valores, las aptitudes, las actitudes y las competencias adquiridas por los alumnos, sin olvidarnos del orgullo y la motivación de que valoren tu trabajo y de tener la oportunidad de ofrecerlo al mundo.

Con permiso del resto de centros escolares que llevan varios años apostando por la radio, utilizo el ejemplo del CEIP La Canal de Vícar que, este curso, ha puesto en marcha el Taller de Radio y Educación Ambiental: Radio La Canal. Ha sido gracias al programa Impulsa de la Junta de Andalucía, del Ministerio de Educación y del Fondo Social Europeo. Este programa está dirigido a los centros educativos que se encuentran en zonas Eracis, donde se registran situaciones graves de exclusión social.

Es un centro pequeño, de una sola línea y casi la totalidad de los alumnos son de origen magrebí, que viven en las barriadas que hay diseminadas entre invernaderos por el municipio de Vícar. Muchos de ellos, a pesar de haber nacido en España, no hablan bien el español, por lo que la radio se ha convertido en una herramienta para trabajar la oralidad, la comunicación, la escritura, la escucha, la creatividad, la improvisación, la colaboración, el trabajo en equipo, las emociones, el diálogo, la responsabilidad y la autoestima.

Hacer un programa de radio no es sentarse delante de los micrófonos a improvisar una conversación, sino que necesita de un gran trabajo previo de toma de decisiones. Decidir de forma conjunta sobre qué contenidos se trabaja ya es importante, pero luego necesita el tiempo pausado para planificar y elaborar el guion que les ayudará a la hora de grabar.

Y tras la grabación viene el momento de la edición, del montaje final que llegará al público. Un largo proceso que, de manera entretenida, sin apenas darse cuenta, está posibilitando al alumnado aplicar lo aprendido en las aulas.

Montar un pequeño estudio no es complicado gracias a los adelantos tecnológicos. Si me apuran, con un móvil, un micrófono y un programa de edición se pueden hacer audios muy profesionales. Por supuesto que si se dispone de una pequeña sala insonorizada y con buenos equipos de grabación, los resultados son mucho mejores. Pero, insisto, cuando escuchen un programa de radio escolar no se queden en lo superficial, en si el sonido es bueno o no: evalúenlo por todo ese trabajo que han realizado los alumnos y los profesores para poder ofrecerlo.

Estos chavales de Vícar, desde 3º de Primaria hasta 2º de la ESO, han realizado programas sobre los cetáceos y las tortugas marinas del Mar de Alborán; sobre Punta Entinas Sabinar; sobre las Cuevas de Sorbas... Incluso se han presentado a un concurso para responder por qué necesitamos un bosque en la Sierra de Gádor.

Han contado los cuentos que prepararon para el Día del Libro; han hablado del Día de Andalucía y han cantado su himno; han entrevistado al alcalde de Vícar; han creado sus propios programas de radiofórmula para sus excursiones;, han debatido sobre los elementos que pondrían en su cole nuevo; han grabado cuñas solidarias sobre reciclaje, machismo, o comportamiento. Y, para despedirse del taller, han hablado sobre qué harán durante sus vacaciones.

Han grabado en su pequeño estudio improvisado, en el patio del colegio, en su propia clase y, gracias a ese trabajo invisible de colaboración entre el Ayuntamiento y los centros escolares, han conectado con el programa de Cuerpos Especiales a nivel nacional.

Quizás ninguno salga locutor de radio, pero ese no es el objetivo: lo primordial es el proceso, las emociones vividas, el conocimiento adquirido, las habilidades de comunicación que pueden facilitarle su vida, las que pueden cambiar el mundo. Enhorabuena a todos los que hacen posible que un programa de radio escolar llegue a nuestras casas.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO
  • 31.5.22
En la semana que celebramos el Día del Medio Ambiente, la carretera de El Cañarete, que une Aguadulce con Almería, se presenta como el mejor ejemplo para entender lo que significa el decrecimiento, la última oportunidad para intentar salvar nuestra sociedad, nuestra especie.


El planeta no está en peligro, porque es capaz de autorregularse, como lleva haciendo millones de años. Los que corremos el riesgo de desaparecer somos nosotros y conservar nuestro planeta, no cambiar las condiciones que conocemos, es la manera más sencilla para sobrevivir más tiempo.

El decrecimiento es una corriente de pensamiento que, en los años setenta, empezó a cuestionar y criticar el crecimiento continuo de nuestra economía en un planeta limitado, augurando el colapso social, económico y ambiental, de no cambiar el estilo de vida imperante, basado en el consumismo de los recursos naturales, en el derroche energético, en la individualidad y en la nula distribución de la riqueza.

Decrecer no significa volver a las cavernas, como muchos se piensan, o perder la calidad de vida de la que disfrutamos. Decrecer significa cambiar de modelo económico para que el Producto Interior Bruto (PIB), la productividad, la competitividad, la urgencia no primen por encima de nuestra salud, la conservación de los ecosistemas y la justicia social. Decrecer significa cambiar a escala local nuestra economía y reformular nuestra escala de valores donde el tener no esté por encima del ser.

Las emergencias climáticas, sanitarias, y económicas, entrelazadas las unas con las otras, que hemos vivido en los últimos años, son el aviso de que el colapso de nuestro modelo está cada vez más cerca, porque la globalidad nos debilita y nos hace dependientes de los caprichos de un fanático expansionista que amenaza con destruirlo todo si no se sale con la suya.

La guerra de Ucrania, con la escalada del precio de los combustibles, y el aumento de la inflación, nos están empujando al decrecimiento forzoso, y nos están demostrando, como ocurrió durante la pandemia, que se puede vivir con menos. La pena es que este decrecimiento no parte del convencimiento, sino de la necesidad, por lo que volveremos a las andadas en cuanto podamos.

El desprendimiento de las rocas de El Cañarete, el anuncio de las obras que se alargarán 28 meses y las reivindicaciones ciudadanas han devuelto a la primera plana la necesidad de reformular la movilidad en nuestra provincia. El cierre de esta carretera está volviendo a provocar las retenciones en la autovía con los consiguientes perjuicios de tiempo, de estrés y económicos para todos.

La propuesta para solucionar de una forma definitiva el problema la apuntan inteligentemente los vecinos afectados, y no es otra que apostar por el transporte público frente al vehículo individual. Y van más allá, porque apuestan por el tren de cercanías frente a la construcción del tercer carril de la autovía.

Esa alternativa es apostar por el decrecimiento, porque aumentar la capacidad de nuestras carreteras es invitarnos a seguir consumiendo coches, a vendernos la importancia de la individualidad, a presumir de estatus por el modelo que conduzcas.

El coche individual es la peor inversión que podemos hacer a nivel personal y colectivo. Nada más sacarlo del concesionario ya hemos perdido parte de nuestro capital, y seguirá bajando a medida que pasen los años. Si le sumamos los gastos de mantenimiento, el seguro y nuestra preocupación para que duerma bajo techo, se convierte en un pozo sin fondo, sin contar con los quebraderos de cabeza y el estrés que nos provoca cuando nos movemos por las ciudades e intentamos encontrar aparcamiento.

Si lo valoramos a nivel social, los coches son uno de los grandes causantes de nuestros problemas, por la creciente necesidad de recursos materiales, porque provocan el aumento del cambio climático, por la continua quema de combustibles fósiles y por la generación de residuos como los aceites y neumáticos que no sabemos qué hacer con ellos.

La solución no es cambiar al coche eléctrico: la solución es ir eliminando los coches individuales de nuestras vidas y, para eso, tenemos que crear alternativas para movernos de forma efectiva y sostenible por nuestras ciudades, por la comarca.

Apostar por el transporte urbano, por el tren de cercanías en el poniente de Almería, es apostar por unas ciudades más amables, donde el peatón recupere las calles, donde el espacio que ocupan nuestros coches lo aprovechemos para parques y jardines, para el uso de la bicicleta, para que nuestros niños vuelvan a jugar como nosotros lo hicimos, sin miedo a ser atropellados.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO
  • 24.5.22
Las lluvias de abril han hecho florecer rincones de la ciudad que parecían impensables. Las semillas aletargadas aguardaban en los canalones, en los agujeros del asfalto, en los tejados o en cualquier descampado. Jaramagos, malvas, vinagreras, amapolas han llenado las calles de colores y nos han animado el paseo rutinario, nos han devuelto la primavera y han sorprendido a los jardineros creciendo más allá del riego por goteo y de los diminutos alcorques de cemento con los que constreñimos a nuestros árboles.


Es la naturaleza invisible de las ciudades la que, poniéndonos trágicos, invadirá todo cuando no estemos, la que permite que millones de insectos se cobijen y sean alimento de gorriones, mirlos o de las golondrinas que vuelven de sus migraciones.

Son la esperanza para regenerar la vida, la belleza, la alegría, la tierra que cubre nuestras ciudades y, sin embargo, las llamamos "malas hierbas" solo por su rebeldía, por su espontaneidad, por ser contestatarias y crecer donde no las queremos y en los momentos más inesperados.

Empleamos tiempo y dinero para eliminarlas, llegándolas incluso a fumigar con herbicidas que atentan contra nuestra salud, a pesar de que está demostrado que refrescan las ciudades, disminuyendo la temperatura, purificando el aire contaminado que respiramos y mitigando las consecuencias del cambio global que nos está poniendo contras las cuerdas.

En un bosque todos quieren ser árboles, cuanto más altos y poderosos, mejor. Pero para que haya un bosque en equilibrio deben aparecer los líquenes, las hierbas, los arbustos que, con sus raíces, prepararán la tierra, aireándola, abonándola, enriqueciéndola. Que con sus hojas realizarán la fotosíntesis, haciendo respirable nuestra atmósfera.

Estratos de vegetación que cobijarán millones de insectos que los polinizarán, que serán el alimento de otros muchos animales y estos, a su vez, moverán las semillas en sus estómagos, entre sus plumas, enredadas en el pelo que los calienta.

Y mientras llueva, sople el viento y brille el sol, el ciclo se repetirá una y otra vez, protegiendo el bosque de los iguales, el bosque inmortal, el bosque del futuro, el bosque protector. El que te alimenta, el que calma tu sed, el que te calienta, el que te relaja, el que te abriga, el que te cuida.

No nos sobran árboles, ni malas hierbas, ni mucho menos bosques en Almería y, sin embargo, hay que pelear en el juzgado para que no los talen en la Plaza Vieja. Para ellos, para los que creen que conservar la naturaleza, que defender el patrimonio ambiental y cultural, es de inmovilistas, estos ficus, sean centenarios o no, son malas hierbas que deben ser eliminados de la ciudad porque impiden su desarrollo, su progreso.

Para el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA), para los Amigos de la Alcazaba, del Bicentenario de los Coloraos y de Ecologistas en Acción tienen “valor ambiental” por sí solos, “mejoran la calidad de vida” de los almerienses y “son parte del patrimonio que debemos proteger”.

Técnicamente, es una zona ajardinada, pero para mí conforman el Bosque de la Plaza Vieja, el bosque del casco histórico, el Bosque de los Veintiún Sabios que nos han enseñado que nuestros dirigentes viven anclados en el pasado, donde la naturaleza no tiene cabida, donde el progreso se mide en toneladas de cemento y donde la vida es menos agradable, menos bella, mucho más calurosa y el trino de los pájaros no se escucha.

Nos han enseñado que nuestros dirigentes no conocen las leyes o se las saltan a su antojo porque saben que no habrá consecuencias. He aprendido que no les gusta escuchar a la ciudadanía y que para ellos, parte de sus vecinos son malas hierbas que arrancarían con gusto de sus calles.

Pero también he aprendido que la fuerza de la democracia, del bosque, reside en la participación, en el diálogo, en el trabajo en equipo, en la colaboración, en la justicia y que los gobernantes deben ser gobernados, porque la inteligencia no se mide por el número de votos o por los pactos inmorales que puedas hacer con ellos.

Quizás no sea un árbol, pero me siento un elemento esencial del bosque. A veces soy una roca, un liquen, la nieve o formo parte del aire que respiras. Otras veces soy una hierba, o el viento, o una hormiga, un arbusto, un rayo de sol.

Hay días que me levanto imaginando que soy un zorro, la lluvia, una libélula, la raíz que te alimenta, una semilla, un fruto, un puñado de abono, una hoja mecida por el viento o la esperanza de una gota de agua. Quizás no sea un árbol, pero formo parte del bosque, soy un elemento prescindible pero esencial. Soy, como tú, aunque quieras negarlo, parte de la naturaleza y juntos, somos más fuertes, invencibles, juntos somos un bosque, el bosque de los iguales.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO
  • 17.5.22
En las próximas semanas, en apenas cuatro días, se van a celebrar el Día Europeo de la Red Natura 2000, el Día Internacional de la Diversidad Biológica y el Día Europeo de los Parques Naturales. Tres efemérides relacionadas entre sí que, en Andalucía, cobran vital importancia, ya que un 32 por ciento de nuestro territorio está incluido en la Red de Espacios Naturales de Andalucía (RENPA), lo que supone unos 2,9 millones de hectáreas protegidas, de las que unas 82.000 son espacios marinos.


Estas cifras nos colocan a la cabeza de superficie protegida por comunidades autónomas, algo que debería enorgullecernos aunque, para algunos, sea sinónimo de retraso, de freno al desarrollo económico o un capricho para proteger un puñado de patos y plantas.

“El aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo”, junto con “Construir un futuro compartido para todas las formas de vida” y “Repensar, restaurar y reconectarnos” son los lemas para cada uno de esos días. Imágenes, ideas, conceptos y verbos de acción que, probablemente, escucharemos de boca de nuestros políticos, mientras plantan un árbol, dan una charla en un colegio o sueltan algún animal recuperado. Sonrisas y bonitas palabras, fotos que ocuparán las redes sociales, medallitas para luego seguir a lo suyo: primar la economía por encima de la naturaleza e ignorar las leyes que la protegen.

Pero como son días de celebración, haremos un esfuerzo y nos olvidaremos de la descatalogación parcial de los Artos de El Ejido; del parque eólico de Cabo de Gata; de la destrucción del Desierto de Tabernas por parte de las plantas fotovoltaicas; de los desmontes en la Sierra de Gádor para presumir de un 3 por ciento más de superficie invernada; del agotamiento y sobreexplotación de los recursos hídricos que amenazan grandes humedales de la provincia; del carril bici que atravesará Punta Entinas Sabinar o de la eutrofización de las Albuferas de Adra.

También dejaremos pasar la cancelación de los programas y proyectos de voluntariado y educación ambiental, así como de las subvenciones y ayudas a pequeños colectivos para que puedan realizar las acciones de divulgación y sensibilización que llevan organizando desde hace años. Es momento de celebrar, de cuadrarse en la foto, de falsear estadísticas y de prometer inversiones para erigirse como los más verdes del planeta, en los garantes de la biodiversidad, en los impulsores de la sostenibilidad.

Puestos a celebrar, deberíamos dirigir nuestras miradas y aplausos a los cuatro itinerarios educativos que el colectivo El Árbol de las Piruletas realizará con escolares y asociaciones por el Paraje y Reserva Natural de Punta Entinas Sabinar; o los itinerarios que, a bordo de La Blancazul, la Asociación PROMAR realizará por la costa de Adra para conocer el LIC Sur de Almería-Seco de los Olivos.

También destacamos las jornadas que Ecologistas en Acción realizarán para recordarnos que “sin Biodiversidad no hay vida” en los pueblos y ciudades; o los esfuerzos que la Asociación Monumento Natural Peana de Serón está realizando para que le dejan comenzar con la recuperación de la encina milenaria.

No podemos olvidar el trabajo que están realizando los jóvenes de Tíjola para que la Sierra de los Filabres sea declarada Parque Natural; o las limpiezas de playas que comienzan saludando al sol y que se han vuelto a realizar este fin de semana; o las plantaciones que el Proyecto Bosque realizará en Almócita.

Hay que reconocer lo que sea que vayan hacer –porque algo harán– tantos otros colectivos que hay repartidos por la provincia de Almería y que, sin duda, son los grandes defensores, conservadores y divulgadores de los espacios naturales protegidos y la biodiversidad de nuestra tierra. A ellos son a los que hay que aplaudir, apoyar y facilitar su labor.

Si tuviesen algo de dignidad y de vergüenza, nuestros políticos no se pondrían en la foto estos días, pero como sabemos que de eso van justitos, y más cuando llegan las elecciones, los volveremos a escuchar con sus moralinas, con sus consejos, con sus lecciones magistrales, diciéndonos lo que tenemos que hacer y justificando su falta de soluciones y de alternativas.

Por cierto, esta semana también se celebra el Día del Reciclaje, así que prepárense a las cifras maquilladas sobre el reciclado de los plásticos de la agricultura, de la eficacia de nuestros sistemas de gestión, de la importancia de la economía circular y de la responsabilidad individual.

Que no les pille por sorpresa cuando escuchen acusarnos de todos los males que rodean al mundo de la recuperación, reutilización y reciclaje de residuos. Al final, siempre nos señalan a nosotros, sin atreverse a reconocer su falta de valentía para romper con unas políticas que no están funcionando porque, precisamente, la Administración no predica con el ejemplo.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍA: MOI PALMERO
  • 10.5.22
Un tonto anda suelto por Punta Entinas Sabinar. Aunque, escuchando las palabras del presidente de Iberdrola, lo mismo es el listo de turno. Porque cruzar la fina línea que los separa depende de la cantidad de dinero que ganes, o el que te ahorres. Lo que nos queda claro es que para que haya listillos debe haber tontos.


El impresentable ha vertido unos 80 neumáticos en una Reserva Natural. Con nocturnidad y alevosía, ha quitado la cadena, ha metido su camión y los ha tirado en el cañaveral. Con ese gesto ha conseguido pasar de tonto a listo, porque se ha ahorrado unos cuantos euros y, al pasarnos el problema al resto de la sociedad, ha conseguido dejarnos con cara de tontos, porque ahora nos toca a todos rascarnos el bolsillo.

Lo peor es que es reincidente, por lo que la sensación de ser unos panolis se multiplica. Hace dos años, aparecieron tras la pandemia unos 500 neumáticos tirados en la misma zona. Tras los cabreos e improperios lanzados al aire, la juventud de San Agustín decidió ponerse manos a la obra y, en una mañana de verano, que se dice pronto, limpiaron el estropicio. Una acción ejemplarizante y que, a pesar del cansancio, dibujó una sonrisa en sus caras que han mostrado con orgullo todo este tiempo.

Estoy seguro de que estos jóvenes, tras la decepción y frustración del momento, estarán pensando en sacarlos de allí, porque en San Agustín aman su territorio, y porque rendirse ahora sería caer derrotados. Pero se les plantea un problema: ¿qué hacer con los neumáticos?

Disyuntiva que también se le presenta a las diferentes Administraciones que no saben qué hacer con los miles de neumáticos que hay fuera de uso por ramblas, descampados y espacios naturales. Bueno, sí lo saben, pero tienen – tenemos– que pagar por su recogida, traslado y tratamiento. O, dicho de otro modo, no los recogen porque no hay dinero para pagar la factura.

En España hay un Real Decreto de 2005 que regula la gestión de los neumáticos. Hasta ese momento terminaban en cualquier lugar, convertidos en residuos descontrolados o en vertederos ilegales que, cuando se llenaban, salían ardiendo.

La cosa ha mejorado un poco, pero como el resto de sistemas de gestión, fallan desde la base. Porque pagamos por adelantado un servicio que luego no se hace completo. Y todo porque, entre otras cosas, hay tontos que se pasan de listos.

El proceso comienza con los productores, a los que la ley les dice que tienen que garantizar la recuperación y reciclaje de todos los neumáticos que ponen en el mercado. Para cumplir la ley, montan un sistema de gestión coordinado por una entidad sin ánimo de lucro que se encarga de hacer el trabajo.

En España hay dos entidades, SIGNUS y TNU, que tienen repartidos por el país miles de puntos de recogida: los talleres donde cambian las ruedas de nuestros vehículos, que no tienen que pagar nada para que se los retiren. Estas asociaciones se financian con las aportaciones de los productores adheridos, que salen del ECOVALOR que pagamos al comprar el neumático.


Los problemas comienzan porque hay muchos talleres ilegales que no cumplen los requisitos para adherirse al sistema de gestión o no quieren hacerlo porque hay que presentar memorias anuales y se sienten controlados. Cuando acumulan unos cuantos neumáticos, se deshacen de ellos donde pueden y, desde ese momento, se consideran fuera del proceso, y los sistemas de gestión para tratarlos cobran por el servicio, sea quien sea quien los llame. Así que en nuestra mano está que no existan estos talleres clandestinos, en los que nos ahorramos unos pocos euros pero que, luego, provocan daños ambientales que nos repercuten en los impuestos y en la salud.

Si se pagase por neumáticos reciclados, los sistemas de gestión se preocuparían más por recogerlos todos. Y si a los talleres les reembolsasen por cada rueda que entregasen, lo mismo las guardaban con más cariño e, incluso, alguno recogería las tiradas por ahí. Pero mientras el beneficio vaya por adelantado y en una sola dirección, habrá irresponsables, tontos e incívicos que piensen que esto no va con ellos.

Los 500 neumáticos se pudieron retirar porque SIGNUS no cobró por sus servicios como deferencia al esfuerzo de los jóvenes, pero entiendo que esta vez no volverán hacerlo porque pensarán que las Administraciones locales y autonómicas no están cumpliendo con su labor de vigilancia y prevención.

Sé que no es así, que tanto el Ayuntamiento de El Ejido como la Junta de Andalucía están detrás del asunto para intentar que no vuelva a pasar y recuperar la zona protegida, pero mientras haya un listillo suelto por la zona, las leyes sirven de poco. Espero que lo pillen y lo pongan a limpiar el paraje durante los próximos veinte años.

MOI PALMERO
FOTOGRAFÍAS: MOI PALMERO
  • 26.4.22
Hay secretos que es mejor no confesar y, menos, dejar por escrito, por mucho que los psicólogos nos inviten a sacarlo todo. Es cierto que quien me conoce sabe que lo llevo a gala y que no me escondo al reconocer mi repulsión al Real de Madrid, así que no creo que sea un trauma que esté marcando mi existencia.


Para muchos, ser antimadridista es ser pobre de espíritu, un rencoroso, envidioso, amargado, infeliz, porque empiezan con las peroratas de que no hay que ser antinada, que el fútbol hay que reconocerlo como deporte, entretenimiento, un juego en el que unas veces se gana y otras veces se pierde; que si la deportividad, el juego limpio, el señorío, los valores y bla, bla, bla...

Son los mismos hipócritas que se encienden y a los que se les inyectan los ojos en sangre cuando les pintan la cara y hacen el ridículo en el campo, los que han desarmado plantillas llevándose a jugadores por dinero y que, cuando no lo tienen, señalan a los clubes-Estado que se comportan como lo hicieron ellos.

Los mismos que, al perder el poder, quieren hacerse una competición a su medida, para no tener que jugar contra equipos que no se merecen ni su presencia. Por tanto, asumo todas las barbaridades que me van a decir, sobre todo teniendo en cuenta que pueden ganar la Champions y que si, como hasta ahora, gracias sus actos de fe, los padrenuestros rezados durante ochenta minutos, las ayudas arbitrales y la flor de Benzema –que en su carrera se ha visto en otra como esta– le llevan a ganarla, no tendré más remedio que aguantar el tirón.

Tengo que aclarar que no soy del Barça, sino de la Real Sociedad desde que ganaron aquellas dos únicas ligas con Arconada, López Ufarte y Zamora, y muchas alegrías no nos han dado desde entonces. Con Imanol estamos volviendo a ser lo que fuimos, así que para qué cambiarse, si es de lo poco que me queda de mi infancia. Y sacrificarlo por un minuto de gloria sería de inconscientes.

Soy antimadridista porque con sus aficionados aprendí que no se podía hablar de fútbol; que lo único importante era ganar y recordar su pasado en blanco y negro. Empecé a cogerle tirria porque en nuestros entrenamientos, cuando intentábamos analizar el porqué del ridículo europeo de La Quinta del Buitre, ellos no hacían nada más que recordar partidos que, por edad, ninguno habíamos visto.

Para ellos, igual que ha pasado este año, ganar a la heroica era un honor, cuando lo que venía a significar es que te habían dado un baño. Y ganar de esa manera es emocionante, pero creo que un club que va cambiando de estilo, de estrategia, de rumbo, según el jugador o entrenador de moda, se lo debería hacer mirar. Pero como siempre recurren al “hemos ganado trece Champions”, es imposible hablar de fútbol o de estrategias, porque solo vale ganar, ganar y ganar, como sea, untando a los árbitros, por lo civil o por lo criminal.

Reconocer mi animadversión justo antes de intentar explicar cómo veo lo de los audios de Piqué y Rubiales me quita credibilidad, si es que alguna vez la he tenido. Pero de perdidos, al río. Los chanchullos de estos dos son, cuando menos, inmorales, vergonzosos para equipos que, como el Betis, el año que viene, a pesar de ser campeón, va a ir de relleno, para que siempre ganen los mismos.

Pero a mí no me han sorprendido porque así es como se ha manejado el fútbol –y lo que no es el fútbol– en este país. Lo único que ha cambiado es que, ahora, los que se llevan la tajada no son los vikingos, sino que se la reparten otros.

Si estos audios han salido es por un motivo de venganza a un jugador que se ha reído del Real de Madrid en el campo y fuera, que ha dejado en evidencia a su presidente en las redes sociales en varias ocasiones –la última, cuando también sacaron unos audios de Florentino diciendo qué periodistas había que vetar y quitarse del camino–.

Y, en la misma jugada, cargarse al presidente de la Federación, que no le rinde pleitesía, que echó a Lopetegui por fichar por el Madrid en plena concentración para el Mundial y que no lleva a jugadores blancos a la Selección porque no dan la talla, porque en Chamartín los españoles son los suplentes.

Esta venganza está ideada por Florentino y ejecutada por la Caverna Mediática, por los periodistas palmeros, serviles y mercachifles, como los de El Chiringuito, encargados y adoctrinados para atacar a jugadores históricos cuando le dan la señal y arrodillarse cuando le dan su recompensa en forma de exclusiva.

Como canta Sabina, me sobran los motivos para ser antimadridista –supongo que tantos como para los que no lo son– y ojalá la Champions la gane el Villareal o, al menos, algún equipo de fútbol, no la banda de merengones que, como decía Unamuno, ganarán (la Liga) pero no convencerán.

MOI PALMERO
  • 19.4.22
Las lluvias llegaron para levantarnos el ánimo que, con la guerra, la inflación y la sequía, lo teníamos por los suelos. El agua nos hizo sonreír porque nos ayudó a limpiar la arena de la calima, nos ofreció el espectáculo de ver nuestros cauces llevar agua al mar, llenó los pantanos, coloreó nuestras sierras y campos de un blanco y verde efímeros, pero luminosos, y nos regaló un inicio de la primavera espectacular.


Esta vez sí podemos decir, quizás por la influencia de la santa semana que hemos pasado, que el agua ha sido providencial, purificadora y divina, porque nos ha ayudado a limpiar el pasado, a hacer florecer el presente e ilusionarnos por el futuro.

Sin embargo, como el orden de los factores no altera el producto, no hay bien que por mal no venga, y muchos se lamentan por los daños provocados en nuestras maltrechas costas, que han venido con el anuncio de inversión por parte del Gobierno de unos ridículos 1,6 millones de euros para solucionar la erosión y la pérdida de arena en nuestras playas. Más parches para un problema que se sigue agravando y para el que no encontramos una solución.

También estas aguas han dejado en evidencia la mala de gestión de nuestros residuos al verlos navegar por las ramblas y convirtiendo nuestras playas en auténticos vertederos, y tampoco podemos olvidar que han provocado algunos incidentes en carreteras, que nos han obligado a cerrar por enésima vez el Cañarete, y que se han perdido muchos jornales y horas de trabajo en la agricultura.

En fin, que no llueve a gusto de todos, y que una cosa es la naturaleza que sigue su ritmo y otra la economía y el ser humano, que se resisten a reconocer que dependen de ella para su subsistencia y a la que se enfrentan enfadados por lo que llaman sus caprichos, cuando se comportan como niños llorones, exigentes e irracionales.

A mí estas lluvias, y todas las noticias generadas a su alrededor, me trajeron el recuerdo de un libro, que ha sido mi entrenamiento esta Semana Santa, y que me sirve como ejemplo para celebrar el Día de la Tierra y el Día del Libro, que se celebran el 22 y el 23 de abril, respectivamente.

Una de las consecuencias de las lluvias es la aparición de los mosquitos, para los que los ayuntamientos ya han anunciado que empezarán a fumigar para que nadie se les queje. La aparición de estos molestos insectos viene acompañada con la llegada de las ensalzadas y bíblicas golondrinas, que arrancaron una de las espinas de la corona de Cristo y le dieron de beber cuando estaba en la cruz.

Con ellas, y a falta de un D´Artagnan que grite “todos para uno y uno para todos”, llegan los otros dos reconocidos mosquiteros, los aviones y los vencejos, a los que llaman los “sin pies” y que comen, duermen y se reproducen volando, y que los poetas han celebrado tanto a lo largo de la historia.

Fumigar a diestro y siniestro, no solo acaba con los mosquitos, sino también con toda esta fauna que se alimenta de ellos. Si los mosquitos desapareciesen por completo, quizás nos ahorraríamos algunos euros en la farmacia, pero no podríamos vivir, porque son parte fundamental, como la mayoría de los insectos, de cada uno de los ecosistemas que conforman la vida en la Tierra.

Cada vez que destrozamos un nido de estas aves, que están protegidos y castigado su deterioro, o matamos una araña, una libélula, un camaleón o un murciélago, por citar algunos de estos animales de los que no recordamos grandes poemas, salvo los de Gloria Fuertes, estamos favoreciendo la proliferación de mosquitos a nuestro alrededor y el declive de nuestra civilización. Puede parecer exagerado, pero como cantaba Amaral, sin ellos no somos nada.

Fíjense cómo es la mente que cuando los concejales volvían a presumir de lo que van a hacer, no de lo que han hecho, yo me acordaba de Aramburu y de su última, esperada y muy criticada novela, Los vencejos. Supongo que porque estas aves, que pueden pesar unos 38 gramos, comen unos 25 gramos al día, unos 10.000 mosquitos y arañas, pero, sobre todo, porque como en la novela, todos estamos relacionados, unidos, como cuenta la leyenda china, por un invisible hilo rojo, que une a las personas que están destinadas a encontrarse.

Yo añadiría que cada uno de nosotros también estamos unidos a la naturaleza por muchos hilos invisibles que mantienen nuestros sentidos alerta y que cada vez que cortamos uno nos vamos separando de ella porque dejamos de mirar, de oler, de tocar, de sentir.

Al final, Toni, el protagonista, mientras espera la llegada de los vencejos, se da una última oportunidad, desiste de su propósito, y termina comprando un libro. Un nuevo comienzo, una nueva aventura, una nueva reflexión para aprender a mirar la lluvia, los vencejos y al ser humano.

MOI PALMERO
  • 12.4.22
Hace unos años, las Ferias del Libro eran para mí motivo de alegría, de celebración, de oportunidades, de compartir, de crear, de intercambiar ideas. Ahora, como Sabina, me pregunto "¿quién me ha robado el mes de abril?" y su existencia me es cada vez más indiferente porque he descubierto, a base de tropezones, zancadillas y puñaladas, que no son sinónimo de cultura, de colaboración, sino que son el reflejo de esta sociedad decadente en la que nos ha tocado vivir, donde prima la economía por encima de todo y las triquiñuelas para beneficiar a los amigotes.


Es verdad que cualquier Feria del Libro –cogiendo solo la parte positiva, lo que ve el gran público, lo humano– al final es entretenida porque hablas con compañeros, con lectores, con los niños, conociendo nuevas obras, autores y proyectos editoriales.

Pero cuando se rasca un poquito, entre bambalinas, cuando todas esas luces se apagan y las casetas se cierran –y las sonrisas de los vendedores se desdibujan por el cansancio–, la sensación de podredumbre, de incultura, flota en el ambiente y los lamentos se acumulan año tras año, como los posos en una taza de café.

A diferencia de Loquillo, aunque no lo parezca, "yo vine aquí para hacer amigos". Reconozco que, quizás, esta vez, recordando a Rosendo, "mi exceso de valoración, la sensación de merecer, me hayan podido llegar a confundir", pero los que me conocen saben que ofrecí ideas, que estuve cuando hubo que estar y que, cuando me fallaron, cuando me mintieron, señalé públicamente a quien tuve que señalar y dije las cosas como las pienso –que, al fin y al cabo, son como las comenta la mayoría en petit comité pero luego callan, tragan y asienten para no molestar a nadie, para permitir que los errores se perpetúen y para no aparecer en ninguna lista negra–.

Cuando uno se pronuncia en solitario, al final todo suena a rabieta, a frustración personal, a ambición insatisfecha, y es fácil que te consideren una fruta podrida, un elemento discordante, un tumor que hay que extirpar para intentar evitar el contagio generalizado. Aunque sepan que lo que dices es cierto; aunque algunas de las ideas que propusieses se pongan en marcha. "Pero como ni se paga con dinero, ni se vende libertad, me harto de reír".

"Me podría abandonar y olvidar que estoy aquí, pero como me resisto a ser la presa", vuelvo a señalar a las concejalías de Cultura y, por tanto, a los concejales de los ayuntamientos de Almería y de Roquetas de Mar por permitir que una fiesta que debe ensalzar el libro, el conocimiento, la razón, nazca manchada otra vez por la polémica, por las líneas rojas, por los vetos a escritores, libreros y editores. No hay mayor incultura, infamia o despropósito que prohibir el diálogo, la competencia y la crítica.

Ellos no lo llaman "veto" porque lo adornan como normativa, pero eso demuestra que se planea con antelación, que hay inquina contra gente que no quieren ver por la feria y que, como no tienen pantalones para decírselo a la cara, porque irían de cabeza al juzgado, se esconden detrás de unas bases reguladoras redactadas unipersonalmente por el personaje de turno, que sonríe vengativo mientras piensa en la reacción de algunos.

En la Feria del Libro de Almería se ha prohibido que las librerías y editoriales de menos de dos años puedan solicitar una caseta. Así que si con las crisis económica te has tenido que reinventar y has decidido poner alguno de estos negocios, no puedes participar. Pero lo más fuerte ha sido que han vetado a todas las asociaciones –entre ellas, a las culturales y literarias que, curiosamente, han sido las más críticas con la gestión en los últimos eventos–.

Si eso es escandaloso, lo de Roquetas lo es aún más. Esa feria la organiza una editorial de autoedición muy conocida por, supuestamente, inflar las cifras de libros editados; por publicar manuscritos con faltas de ortografía; por advertir a todos los que no opinan como ella, de la mano de abogados; y por granjearse voluntades a cambio de premios inventados.

Ya de partida es un error dejar todo en manos de una empresa privada, dando síntomas de que los técnicos culturales del Ayuntamiento no tienen capacidad para elaborar un programa, pero permitir que se incluyan puntos en las bases para dejar a su competencia sin la oportunidad de poner una caseta, e intentar controlar a todos los escritores que puedan ir a firmar a las otras, me parece que es un error monumental.

Estos concejales deben tener cuidado, aunque solo sea por su imagen, por su credibilidad, tanto la personal, como la de la institución, porque con este tipo de decisiones es normal que la ciudadanía pensemos, como Rosendo, "majete, no todo el que saca, mete".

MOI PALMERO
  • 5.4.22
La semana que las intensas lluvias hacían desaparecer escenarios míticos del Spaghetti Western en Almería, Will Smith me ha hecho recordar la famosa Trilogía del Dólar de Sergio Leone. Su renuncia a la Academia del Cine lo ha convertido en el hombre al que le robaron el nombre y que comienza a vagar por un desierto del que no sabemos si podrá salir, porque estos hipócritas americanos, que van de puritanos y se erigen en garantes del decoro, el honor y la no violencia, son muy vengativos, rencorosos y no perdonan la traición.


Lo que más les ha indignado es que haya sido en prime time y no tuviesen tiempo de esconderlo, como durante varias décadas taparon el caso de abusos sexuales del productor Harvey Weinstein, al que solo echaron cuando la presión social y mediática fue inaguantable.

Da igual si el racismo, la xenofobia, la homofobia, la discriminación de sexos, la brecha salarial, el abuso de poder, las envidias, la evasión de capitales o los intereses políticos son las células de la cultura americana –y, por tanto, de su industria cinematográfica– porque, mientras no se convierta en un escándalo que salpique su buena imagen, no hay problema.

Will Smith habrá renunciado para intentar salvar su carrera y la de sus hijos, porque sabe cómo se las gastan allí. Pertenecer al selecto club de la Academia del Cine tiene sus ventajas, sus prebendas, pero también sus inconvenientes, sus estrictas reglas, las consecuencias si te saltas el guion. Cuando haces un pacto con el diablo, debes ceñirte al contrato que firmaste al venderle tu alma, tu libertad, a cambio de Un puñado de dólares, de fama y reconocimiento.

Nada más sentarse, cuando se negó a marcharse de la platea, se dio cuenta de que ni su productiva y exitosa carrera, ni su imagen de hombre de familia, ni la simpatía y el cariño que le profesa el público, le iban a evitar ser vetado, repudiado, juzgado con esa doble moral con la que nos movemos por el mundo.

Como Gary Cooper, se quedó Solo ante el peligro y, lo peor, como ocurría en el libro El secreto de sus ojos, de Eduardo Alfredo Sacher, no es que te encierren: es que tu carcelero te retire la palabra y te sumerja en un mundo de oscuridad y silencio, donde la muerte sea la mayor de tus bendiciones.

No sé cuánto tardaremos en ver una película sobre lo sucedido, pero estoy seguro de que los productores de Hollywood ya están haciendo números e intentando conseguir los derechos. El show debe continuar y la historia, repetida una y otra vez, tiene todo lo que les gusta a los americanos, lo que les compramos y aplaudimos.

Un hombre caído en desgracia, por defender el honor de una mujer, justo cuando iba a recibir su mayor reconocimiento. Un malo malísimo que, con una ofensa inesperada y escondida entre sonrisas, consigue que el héroe pierda la razón, sucumba a sus emociones y sea castigado y señalado por los mismos que lo endiosaron.

Un hombre que terminará recuperando su posición para demostrarnos la importancia del afán de superación, de creer en uno mismo, de no rendirse ante las injusticias, y con el que aprenderemos a justificar la violencia, al que recordaremos batiéndose en duelo y derrotando al infame que lo empujó hasta los infiernos. Porque, no tengan ninguna duda: Will Smith volverá a ser encumbrado, cuando las empresas de marketing consideren que ya se ha flagelado y humillado bastante.

No crean que justifico el acto violento, pero entiendo que pudiese pasar. Pedirle a alguien que lleva semanas bajo presión, defendiendo y buscando apoyos a su nominación –porque no vale con hacer una buena película para ganar un Oscar– que se mantenga frío, insensible, ante un chiste de mal gusto, sobre algo que está haciendo sufrir a toda la familia, es demasiado fácil. Tampoco creo que Chris Rock fuese culpable de nada, salvo de improvisar una gracia que no estaba en el guion.

La vida insiste, una y otra vez, en demostrarnos que la realidad supera a la ficción; que por muchas normas sociales y leyes, el mundo lo mueven los instintos; que no hay buenos y malos; que todos cometemos errores; que debemos asumir sus consecuencias y que éstas, a veces, son desproporcionadas.

Ante las críticas de machista por salir a defender a su esposa, su compañera, a la mujer a la que ama, me gustaría añadir, como homenaje a Alberto Mielgo, la frase de Limpiaparabrisas, con el que ha ganado el Oscar al mejor corto de animación: El amor es una sociedad secreta.

Como dicen que en tiempo de crisis hay grandes oportunidades, le recomendaría, ya que tiene un buen guion, que comprase el poblado del oeste que está en venta en Tabernas. Solo le faltaría un Ennio Morricone para recuperar el prestigio perdido.

MOI PALMERO
  • 29.3.22
Cada 2 de abril se celebra, desde 1967, el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, conmemorando el nacimiento de un escritor que es uno de los más traducidos en el mundo y que ha formado parte de nuestra infancia a través de sus cuentos: Hans Christian Andersen.


¿Quién no ha leído o contado El Patito feo, La Sirenita, Pulgarcito o El Soldadito de plomo? Andersen escribió teatro, libros de viajes, novelas, poesía, óperas y opiniones periodísticas. Pero, sin embargo, fueron sus cuentos para niños, que a veces no eran demasiado infantiles, los que grabaron su nombre en la historia de la literatura.

Los cuentos, las historias, las leyendas, son los que han movido el mundo, transmitiendo conocimiento, valores, experiencias, vivencias, diversión, esperanzas, ilusiones, tradiciones, visiones de futuro. Desde que nos sentábamos alrededor de una hoguera hasta la actualidad, no han dejado de acompañarnos, de emocionarnos, de inspirarnos, de ilusionarnos y, sin embargo, sigue pareciendo un género menor dentro del mundo de la literatura.

Da la sensación de que escribir para niños, para jóvenes, es mucho más fácil, cuando todos sabemos que no es verdad, porque a estas edades son lectores más exigentes que los adultos. Para ellos no existen medias tintas ni segundas oportunidades o relecturas: si no les gusta lo que leen, lo abandonan. Y lo dicen sin ambages, sin la hipocresía del sí pero no.

En la actualidad, cuando pensamos que nuestros hijos leen menos que antes, la literatura infantil y juvenil vive su mejor momento editorial. En 2021 generó unos ingresos aproximados de 367,1 millones de euros, 55 millones más que el año anterior.

Sé que las cifras, cifras son y que con su naturaleza fría, relativa, interpretable y manipulable, no son sinónimo de calidad, de constancia, de eficacia para fidelizar lectores. Pero hay que reconocer que son cifras que nos devuelven la esperanza, el optimismo, la ilusión, por devolverle a los libros el lugar predominante que han tenido en el desarrollo, la evolución, el crecimiento del ser humano, a nivel individual y de la colectividad.

Pero sea cual sea la razón del aumento de estas cifras, si el marketing, el cine o los videojuegos, lo que quiero reivindicar aquí es la importancia del creador de los cuentos, del imaginador, del autor que parte desde el folio en blanco, desde el caos que le rodea, para seleccionar, diseccionar, transformar, imaginar los elementos invisibles para la mayoría; de darle vida a los personajes que nos seducen o nos crean repulsión y de ponerlos en situaciones inverosímiles, ridículas, de ensueño, que conforman las historias.

Que me perdonen los ilustradores, los editores, los músicos y todos aquellos que embellecen y adornan las historias para completarlas –algunas veces para mejorarlas– o que dan forma a los libros para venderlos. Pero sin una buena semilla, nada sería posible.

Me apena ver cómo los autores, ya no solo los de literatura infantil y juvenil, son los peor remunerados, reconocidos, dentro del mundo editorial. Es cierto que las historias, las ideas, se acumulan en los cajones, que todos tenemos una, y que en la actualidad vende más la imagen que cualquier otra cosa ¿pero alguien recuerda quién ilustró o editó los cuentos de Andersen, de los Hermanos Grimm, de Perrault o de Dickens? Probablemente, no. Lo que recordamos son sus historias, sus cuentos, sus fábulas, su imaginación, su creatividad, su pasión, su talento.

Lo que sí recordamos son los cuentos que nos contaban de pequeños, o que hemos contado a nuestros hijos, o sobrinos, en la penumbra de la habitación antes de acostarse; o bajo un naranjo, amenazado de derribo, mientras merendábamos; o a la orilla de la playa mientras buscábamos “tesoros”; o junto a la chimenea, en los días lluviosos; o en las noches de verano mirando las estrellas y buscando la constelación del delfín. En esos grandes momentos siempre hay un autor que puso sus historias a nuestro servicio, para que pudiésemos adaptarlas, para que las usásemos como quisiésemos, para embellecer nuestros recuerdos.

Ahora que la luz es un lujo, que los supermercados se vacían, que volvemos a la oscuridad de los búnkeres, que abandonamos a la gente en el desierto, es el mejor momento para refugiarse en los cuentos, de recuperar la infancia, de regalar historias en las que protegerse, a las que volver cuando todo parezca perdido.

No hace falta que compres libros, que engordes las cifras editoriales: solo cuenta los cuentos, honra a los autores y transmite, comparte, ofrece las historias que a ti te emocionaron, las que te hicieron crecer. Para eso se crearon, para ser semilla, para germinar y echar raíces en cada uno de nosotros. Para cambiar el mundo.

MOI PALMERO
  • 15.3.22
Las noticias son cada día más alarmantes. El coraje y el optimismo de Zelenski se contrarrestan con ataques en guarderías, en corredores humanitarios, en hospitales, en fábricas de pan. Lejos de dejarse intimidar por las históricas sanciones, Putin amenaza con armas nucleares y se acerca peligrosamente a Polonia.


Europa sigue exigiendo nuevas sanciones económicas y mandando dinero para armar a la resistencia ucraniana, y EE.UU nos avisa de la catástrofe que sería tener que cumplir las amenazas de entrar en el conflicto si se cruza la línea roja. A pocos días de celebrar el Día de la Poesía, es inevitable no recordar los versos de Gabriel Celaya:

Porque vivimos a golpes, porque a penas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo
.

Y mientras nuestros dirigentes, que no supieron, no quisieron, no se atrevieron o no les interesó adelantarse a los acontecimientos, recomponen el mapa geopolítico y nos aconsejan no encender la calefacción, que nos apretemos el cinturón, que nos preparemos para lo peor, la ciudadanía vuelve a demostrar la determinación, la valentía, la eficacia, la humanidad de la que las Administraciones carecen.

Día tras día vemos expediciones relámpago financiadas con colectas vecinales, de ahorros personales, de ONG, para llevar alimentos, ropa, medicinas y rescatar a los desplazados que esperan asustados, angustiados, desesperados en las fronteras, en los campos de refugiados, en tierra de nadie.

Estos gestos individuales son la poesía que reivindica Celaya, la poesía cargada de futuro, la poesía de los que toman partido hasta mancharse y dejan en evidencia a los neutrales, a los que se lavan las manos, a los que se evaden, a los que toman partido, como añade Paco Ibáñez cuando canta estos versos, partido hasta forrarse.

Y me pregunto por qué tienen que arriesgar estas personas sus vidas, su dinero, sus vehículos. Por qué si unos simples camareros, jugadores de rugby o monjas de la caridad son capaces de organizar una expedición para atravesar el continente, llegar a una zona de conflicto y rescatar a todo el que pueden, no lo hace esa Europa en la que tantas esperanzas pusimos, y que en los momentos cruciales no ha estado a la altura.

Por qué se han invertido 500 millones de euros en armamento y solo 90 en ayuda humanitaria. Por qué los militares, que no pueden entrar en el conflicto pero que tienen una gran preparación en este tipo de situaciones, no están organizando una evacuación controlada. Por qué no nos saltamos las normas para que los cascos azules de la ONU estén garantizando esta triste diáspora.

La única respuesta que se me ocurre es que para ellos, los estadistas, los economistas, los gobernantes, solo somos números, frías cifras, estadísticas. Y nos resistimos a ello, como Zelenski, y todos los ucranianos que tienen la ocasión en los medios de comunicación, y que están mirando de frente, a los vertiginosos ojos claros de la muerte, recurren a nuestros sentimientos, a nuestra humanidad, a nuestro corazón, para que pidamos acabar con la guerra, para que nos enfrentemos a nuestros gobiernos, para que exijamos la paz.

También intentan hacerle entender a los soldados que capturan, a las madres que los llaman de Rusia para saber cómo están, que en sus manos hay otra forma de hacer el mundo, de liberarnos contra la tiranía, contra el opresor.

Un ejercicio desesperado por hacerlos despertar y mostrarles, personalizando en ellos, la solución y en a las víctimas el verdadero drama de la guerra. Las verdades de Zelensky no solo me recuerdan a Celaya, también a Lennon por hacerme imaginar un mundo viviendo la vida en paz. Y yo, que a veces soy un iluso, imagino.

El mismo día que se celebra el Día de la Poesía es el equinoccio de primavera y se celebran, entre otras efemérides, el Día de los Bosques, del Color, de las Marionetas, del Síndrome de Down. Pero lo más curioso es que también, desde 2010, se celebra el Día Internacional del Nowruz, una fiesta con 3.000 años de antigüedad y que conmemora el primer día del calendario persa. La celebran más de 300 millones de personas en Asia Central, el Oriente Medio y otras regiones, y fue prohibida en muchos países cuando fueron absorbidos por la URRS.

“Nowruz” significa “nuevo día” y representa la oportunidad, el renacer, el compartir, la solidaridad, el reconocer al otro como un igual, el respetar la diversidad cultural, la unidad de la raza humana, la libertad. La base para fortalecer la paz y la cooperación internacional.

Pues eso, Vladimir. Feliz Nowruz y feliz Día de la Poesía para todos los que toman partido, aunque sigamos tocando fondo. Partido hasta mancharse.

MOI PALMERO

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