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Mostrando entradas con la etiqueta In Memoriam [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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  • 28.11.22
Me gusta viajar en coche, pero soy un conductor sereno y prudente, temeroso de las leyes y de la Guardia Civil. Amo la justicia y deploro la mala fortuna. La vida, después de todo, tiene un as y un envés, noches cerradas y días luminosos. La oscuridad, quién lo diría, sería mi fiel aliado en esta lucha sin cuartel en la que tanto mi abogado como yo lamentamos aquella fatalidad del destino.


Un eclipse de luna hacía imposible la visibilidad. Por esta razón precisamente reduje mi velocidad más allá del límite permitido. Ella caminaba por la autovía, un lugar por donde no podía hacerlo, y sin ropa reflectante. Antes de poder dar un viraje al vehículo le enganché la pierna y la arrastré, no sé, unos cuarenta metros.

Cuando bajé del coche, la encontré bañada en sangre, todavía con vida, bella y asustada, con los ojos muy abiertos, como si pidiera ayuda, la misma ayuda que no le podía ofrecer. Murió unos minutos después, auspiciada por otros conductores que detuvieron sus vehículos de manera violenta para no empotrarse unos en otros.

El padre de la chica, como es lógico, me acusó de imprudencia, pero fui absuelto. Ahora soy yo quien ha demandado al padre de la víctima. ¿Que para qué? Para reclamar 6.730 euros por los daños en el vehículo como consecuencia del accidente. No sabes cómo se quedó. Prácticamente siniestro total. Y lo necesito para ir al trabajo. Lamento lo que le ocurrió a la chica. No lo sabes bien. Pero no fue mi culpa. No tengo intención de retirar la demanda. Además, mi abogado me dijo que este tipo de reclamaciones se tramitan de forma habitual.

El padre confiesa que no tiene dinero, pero ése tampoco es mi problema. Tampoco yo lo tengo. Aún estoy pagando las últimas letras del vehículo. Compré el coche por necesidad, no por placer. Soy fiel cumplidor de la ley. Mi currículum da fe de ello.

Sé que el drama del padre no tiene solución. Es viudo, vive nada más de su propio sueldo, tiene una economía modesta y un vacío en el corazón que le ha dejado la vida deshecha por aquel maldito atropello. Yo soy inocente de estas putadas que a veces gasta la vida. Me duele su dolor, no lo niego. Pero yo necesito mi coche para ir al trabajo, o para lo que sea. Tampoco tengo que dar explicaciones que no vienen al caso.

Casi me muero cuando le enganché la pierna y la arrastré como si fuera un muñeco con vida. No duermo desde entonces. Y a mí quién me paga tantas noches de insomnio. No logro borrar su imagen de mi mente. La veo con sus ojos abiertos, bella, incluso sensual, sufriendo un destino que con toda probabilidad no era el suyo. Dios dispone, como advierte el refrán.

Yo solo sé que venía conduciendo mi coche en una noche cerrada, midiendo la velocidad y las distancias, porque sé que el ser humano se pierde en la oscuridad y que por esa razón muchas criaturas se pierden para siempre en sus propios sueños.

Yo me he perdido en la peor de las pesadillas, una pesadilla recurrente que no se borra, aunque el padre de la chica me pague los daños del coche, que me los pagará, porque yo no soy culpable de que el azar muestre todo su infortunio de modo tan trágico. Yo también soy víctima, una víctima que desde el día del atropello viaja en autobús. Y eso tampoco es.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 23 de mayo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 21.11.22
Octavio Ramírez, a sus 62 años, no había logrado vencer el miedo a viajar en vehículos a motor. Nunca pudo entender cómo un avión se podía mantener en el aire sin que la gravedad de la tierra o la inmensidad del cielo engulleran de un solo trago ese artefacto que se atrevía a calificar como un insolente desafío a Dios. Por esa razón, quizás, no entendía la publicidad de algunas agencias de viajes: “Vuelos sin sorpresas”. Por mucho que le explicamos que la frase solo hacía referencia a los gastos de gestión y que los vuelos aéreos eran muy seguros, él consideraba que bastante sorpresa era ya estar vivo a su edad con tanto adelanto tecnológico.


El mar tampoco era su fuerte. No entendía cómo un barco se podía mantener a flote sin volcar, pero aún más respeto le merecía la inmensidad del mar, un espectáculo que siempre admiró desde la seguridad que le proporcionaba la orilla, la playa, el acantilado.

Observar el mar, en calma o embravecido, era una escena que amaba como ninguna otra, pero que, como los toros, prefería ver desde la barrera. Sí sentía un cierto apego por las vías férreas del tren, que le proporcionaban cierta credibilidad que en modo alguno conseguía con el avión o el barco. Pero Octavio amaba los trenes del siglo XIX, aquellos artefactos empujados a trancas y barrancas a base de carbón y no estos trenes de alta velocidad que le delataban el vértigo que sentía con solo verlos desde el horizonte.

De la carretera, mejor ni hablar. Solamente las estadísticas anuales de accidentes mortales le provocaban incontenibles náuseas. Despreciaba su estética, esos modelos aerodinámicos que rompían todo pronóstico cuando alcanzaban la velocidad del rayo, que envenenaban el aire, que abarrotaban las calles de cada ciudad y que invadían los pasos de cebra y las aceras y los parques como si se tratara de un parking propio y colectivo. Esos armatostes que hacían de las ciudades rincones infectados, incómodos y ruidosos.

En el mismo pedestal colocaba vespas, motos y ciclomotores, una copia infundada y posmoderna de la bicicleta, el único vehículo de montar que Octavio Ramírez consideraba a la altura del caballo, del burro o del camello. De hecho, le gustaba llamarlo caballo de ruedas, como el “celerífero”, un antepasado de la bicicleta que inventó el conde francés Mede de Sivrac en 1790, al que también se llama caballo de ruedas. Consistía en un listón de madera, terminado en una cabeza de león, de dragón o de ciervo, y montado sobre dos ruedas.

Para Octavio, la bicicleta, a diferencia de los otros vehículos a motor ya mencionados, era un medio de transporte gratuito y sano, ligero y ecológico. Admiraba de la bicicleta tanto el tamaño como la estética. Sabía que otros antepasados de la bicicleta se remontaban al Antiguo Egipto, aunque solo se trataba de dos ruedas unidas por una barra; a China, aunque con ruedas de bambú; o a la cultura azteca, donde un vehículo con dos ruedas era impulsado por un velamen. Aunque con más precisión, las primeras noticias sobre un primer boceto de la bicicleta datan de 1490 y pueden verse en la obra de Leonardo da Vinci Codex Atlanticus.

Desde muy joven, Octavio Ramírez aprendió a montar en bicicleta. Las coleccionaba plegables e híbridas, de paseo y de montaña, estáticas y de carrera. Su casa era un museo y un homenaje personal a este invento de dos ruedas. Siempre presumió de no haber subido jamás a un vehículo con motor.

A pie o en bicicleta anduvo toda la vida hasta que aquel día crucial el tren de la vida se le puso enfrente. Las noticias decían, mezclando detalles innecesarios y de mal gusto, que el accidente fue una mezcla de imprudencia y mala suerte.

Eran las 15.30 horas cuando el paso a nivel de la barriada periférica de la ciudad donde vivía estaba cerrado. La policía indicó que un tren se aproximaba cuando la barrera estaba bajada, insistía, y además el semáforo estaba en rojo. Un autobús, continuó diciendo el policía, gesticulando e indicando así las dimensiones y la posición del vehículo, estaba detenido tras la barrera, de modo que anulaba la visión de Octavio Ramírez, que, como era preceptivo, viajaba montado en su bicicleta.

Decidió cruzar en aquel momento. Cuando vio el tren, la bicicleta ya volaba por los aires, y él también, pero sin paracaídas, otro invento que no amaba en absoluto, aunque éste, como la bicicleta, no necesitaba motor en sus descensos al paraíso del cual el tren lo había expulsado para siempre.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 16 de mayo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 14.11.22
Desde mucho antes que sus padres sospecharan seriamente en ser padres, Graciela Urbano ya tenía nombre. La madre eligió el nombre de pila, después concibió a la hija y en último lugar definió su perfil y estructuró su vida con el solo aliento del padre, que a duras penas soportaba la inflación de vocación maternal de la esposa.


Eran un matrimonio al uso. Vivían sin amor y sin problemas aparentemente, apenas viajaban, eran correctos con el vecindario y con la Iglesia, pagaban sus impuestos religiosamente y no tenían otra aspiración que educar a la hija como si fuera una princesa.

Cuando nació, la madre imaginó otro rostro más agraciado, pero bastó tomarla en sus brazos para verla como la niña más bella del mundo. A partir de ese momento comenzó a construir el castillo de naipes que bailaba en su cabeza desde antes de conocer a su marido.

La niña tampoco era graciosa. Baste decir con esto que era fiel reflejo de su madre. Del padre heredó más bien poco. Ni su capacidad de trabajo, ni su discreción, ni su impersonalidad acomodaticia a cualquier vendaval. Sabía que con su matrimonio había firmado la hipoteca de mayor costo de su vida. Pero él era feliz en los ratos libres que ella le dejaba, y así se acostumbró a llevar una doble vida tan bien aprendida como si fuese la de un espía doble.

La niña tampoco era simpática ni inteligente. Tenía mal oído para la música y mal carácter para el teatro. No entendía de números ni de letras. Era más o menos como su madre, pero en tamaño pequeño. Y con una gran diferencia: la avaricia de la madre desbordaba cualquier cálculo posible. En eso, la hija, pobrecita, se parecía al padre.

La niña era, como se suele decir, un ángel. No porque fuera encantadora o tuviera alas, sino porque era medio boba y siempre andaba por el suelo. Tropezaba más que un borracho en retirada.

Pese a sus contados encantos, la madre le diseñó una vida de princesa. Sería modelo y después actriz. Buscó en los reinos occidentales y orientales un principado vacante donde ubicar a su polluela. Pero antes debía aprender varios idiomas y adquirir algunos conocimientos de protocolo.

Cuando Graciela Urbano cumplió cinco años tenía una agenda más apretada que la de un alcalde. Entre el colegio y las clases de danza, inglés, flauta y natación, la niña empezó a olvidar que existían las meriendas y los dibujos de animación.

La verdad es que realizar los sueños de la madre era una empresa más que imposible, pero uno nunca desea mal a nadie. Aquel día, desde luego, el castillo de naipes se le cayó cascote a cascote. Eran sobre las nueve de la mañana. La madre conducía a Graciela Urbano al colegio. Iban a cruzar ya la calle para entrar en el centro educativo cuando en ese instante pasó un coche, lo que las obligó a acercarse a la acera.

Fue entonces cuando una esquirla procedente de la parte superior del edificio contiguo se precipitó sobre la menor. Antes de que la madre fuera consciente de lo que había ocurrido, encontró a la hija enterrada entre cascotes y polvo procedentes del derrumbe controlado de un edificio. El Servicio de Emergencia 112 trasladó a la niña al hospital, donde ingresó cadáver.

Graciela, desgraciadamente, pasó a mejor vida. La madre, por el contrario, vivió enterrada entre los cascotes de su castillo de naipes. Poco a poco se volvió más silenciosa y solitaria, pero sobre todo maldijo cada día la vida que había ideado para una hija que perdió tan joven.

El padre, por el contrario, lloró a la hija ese día y todos los demás días. Ahora ya no necesitaba una segunda vida. Se sentaba en el sofá del salón con la televisión encendida y su botella de coñac. Parecía que miraba la pantalla, pero no, tenía la mirada vacía. Solo alcanzaba a ver su vida apagada, sus días perdidos en aquella casa asfixiante.

De vez en cuando se le escapaba una lágrima y alguna que otra vez pronunciaba su nombre: ¡Graciela! La llamaba, no para que volviera, sino para no sentirse tan solo. Ahora sabía que la soledad era eso. Estar tendido esperando que llegara la muerte.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 9 de mayo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 7.11.22
El miércoles, mientras hojeaba el periódico, se tropezó con una noticia que le desconcertó. Se trataba, según el diario, de un hecho excepcional. El lunes anterior nadie había perdido la vida en las carreteras españolas. ¿Y dónde radicaba concretamente la excepcionalidad de aquella noticia? Precisamente en que desde el 30 de enero de 2006 no se producía otro hecho igual. Es decir, durante 22 meses, todos los días se había producido algún accidente de tráfico mortal. Las estadísticas todavía ofrecían algunos datos más desalentadores. En los últimos doce años solo se habían contabilizado cuatro jornadas sin víctimas mortales en accidentes de tráfico.


Ese mismo lunes, F. C. C. se había despertado huyendo de un mal sueño. Había llamado a la agencia para decir que esa mañana no iría al trabajo, que tenía la salud resquebrajada por alguna razón que desconocía y que intentaría, si se recuperaba, ir por la tarde.

Aquél fue un fin de semana negro, porque las relaciones con su mujer se acercaban a la curva final a una velocidad de vértigo. También fue un fin de semana gris, porque la lluvia y un cielo encapotado no permitieron ver la luz del sol, ni siquiera dejaron ver la luz.

Así que el domingo se acostó con la sensación equivocada de que allí se acababa el mundo. Pero el Apocalipsis nunca da los buenos días con tarjeta de visita. En algún lugar, desde luego, está escrita o grabada la fecha del último día, pero nadie sabe quién la custodia.

Hasta los últimos meses había mantenido unas relaciones maritales bastante aceptables. Había dejado de beber con los amigos hasta las tantas al salir del trabajo. Nunca pisó un burdel, excepto en una ocasión en que se había ligado a una puta en un pub en pleno centro de la ciudad. La experiencia le alivió la soledad que anidaba en su corazón, pero desde entonces nunca logró reconfortar su alma con otros amores de saldo.

Alejandra María del Mar, su mujer, no era ajena a esa vida descontrolada en la que vivía sumido su esposo, porque por las noches, mientras dormía, hablaba a voces del destino incierto por donde transitaba su vida.

Alejandra amaba a F. C. C. como el primer día. Nadie lo entendía porque tenía un cuerpo que obligaba a beber sin pausa y a espurrear el alcohol sin razón alguna. El líquido se atascaba en la garganta y no te dejaba respirar. Todos la miraban sin pestañear con esa inocencia desbocada que provocan los acontecimientos inusitados.

Era valiente en el vestir y dinamitera en el andar. Era la guerra personalizada encaramada a unos zapatos de tacón excesivamente altos. Alejandra María del Mar empezó a dejar de amarlo un buen día en que se dio cuenta de que la vida no cerraba sus fronteras al otro lado del barrio, sino que ése era en todo caso el comienzo del camino.

Aquella mañana de lunes pensó que no valía la pena vivir y que ya no podría ser feliz sin esa mujer a su lado. Llamó al trabajo para decir que se sentía mal. Después se vistió con una calma moderada. Escribió una carta de despedida, breve y con letra clara, que no dejara lugar a dudas.

Cualquier curva a esa velocidad, pensó, era un obstáculo insalvable. Pero fue en ese momento en que oyó que alguien metía la llave en la cerradura e intentaba abrir la puerta. Era Alejandra, le dijo que no había vuelto porque nunca se había ido, que nunca se iría de su lado porque el mundo era muy frío lejos de aquella casa en la que habían vivido cerca de treinta años.

La alegría lo había debilitado aún más. Se encamó con la vocación de un enfermo en fase terminal, pero el martes por la tarde se sentía mucho más aliviado hasta el punto que le dijo a Alejandra que la vida valía la pena y que después de tantos años la amaba como el primer día.

El miércoles, mientras esperaba el autobús leyó en la prensa que aquel lunes había sido el primer día, en casi dos años, sin muertos en la carretera. Agradeció con una sonrisa el buen sino de aquella noticia. Después sonrió sin que nadie le viera, porque solo él sabía que el muerto de ese lunes ingrato tenía que haber sido él. Tiró el periódico a la papelera y subió al autobús. Mientras se dirigía al trabajo, le sonó el móvil. Era Alejandra.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 2 de mayo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 31.10.22
El tiempo no ayudó a que pudiera olvidarla. También es verdad que no hizo demasiados esfuerzos por conseguirlo. Era consciente de que los amores enconados eran los más difíciles de resolver. Se quedan metidos en el estómago o en el hígado, o en el corazón, como un tumor que invade cada célula del cuerpo y del pensamiento.


Al principio, como cualquiera hubiera hecho, no prestó demasiada importancia. “Mancha de mora con mora se quita”, se decía cada noche después de haber clausurado con éxito otra nueva aventura. Sin embargo, no era así. Aquella mujer se le había atravesado en la vida como un obstáculo insalvable. Un obstáculo que le impedía el acceso libre a cualquier carretera secundaria.

Como el paso del tiempo no favorecía un olvido apacible, pensó que el mejor antídoto contra esa enfermedad serían unos vasos de whisky a partir de las seis de la tarde, esa hora en que el ritmo del trabajo aminora y las tardes grises y lluviosas de invierno se prestan de maravilla para absorber las soledades más sospechosas.

Pero no hay ungüento posible para una mirada extraviada que se cure con cualquier mirada. En ocasiones, la única vacuna posible es una mirada única y diferente. Él sabe que se trata de esa mujer, la que lo atenaza en cada esquina de la vida, apenas se quita la chaqueta y se desabrocha el botón del cuello de la camisa y se afloja el nudo de la corbata, se le viene un solo rostro a la memoria, como si ese rostro hubiese estado esperando todo el día para hacerse visible en el primer descuido, en la oportunidad menos buscada, en el deseo constante de que así sea.

Ni el tiempo, ni el alcohol, ni otras mujeres lograban rebajar unos grados la temperatura de su desaliento. Su rostro comenzó a teñirse de una melancolía indescifrable que ni él mismo lograba ocultar con gafas oscuras y una sonrisa cómplice de amante atrincherado.

Buscaba con unos gestos medidos un aire desinteresado que no lograba convencer del todo a sus seres más cercanos. Vestía con un desenfado que no le era propio y sonreía con unas ocurrencias a las ocurrencias de los demás que los demás no lograban entender en su totalidad.

Poco a poco no fue cambiando solo su carácter y su aspecto exterior, sino también su actitud desolada frente al futuro. Adoptó un aspecto encorvado de criatura deshecha que anticipaba las secuelas de un cataclismo, bebía sin desmayo en la barra de cualquier bar a esa hora en que el día se pierde en una hora indefinida y a partir de ahí completaba la jornada con obligaciones vulgares que le hacían olvidar un perfume que le asfixiaba.

Un día vino ella a buscarle. Fue a esa hora y en ese mismo bar. No sabemos si lo buscó o casualmente ella cruzaba por el lugar y adivinó su perfil maltrecho al otro lado de los cristales del local. Estaba sentado como siempre a la barra, apagando un cigarro que olvidó en el cenicero y apurando los últimos sorbos de un whisky en el que el hielo se había derretido bastante tiempo atrás.

La miró con la certidumbre de que se trataba de una aparición. Pero también esto era bastante improbable. Lo besó despacio y sin palabras, como él siempre soñó que podía haber ocurrido. Pagó todos sus whiskies y se lo llevó de la mano a pasear por una noche prematura que anunciaba un final feliz. “Hoy no digas nada”, le dijo ella. “Mañana me contarás”, le dijo con la mirada fija mientras lo besaba de nuevo.

A la mañana siguiente, cuando despertó, las sábanas todavía olían a ella, y la habitación y el cuarto de baño estaban impregnados del olor de la misma mujer, pero ella no estaba, así que no le pudo decir cuánto le había gustado haber repetido con ella una noche como aquella.

Más tarde la llamó, pero nunca contestó. Había pedido un traslado en el trabajo y se lo habían concedido. Ella no quiso despedirse de cualquier manera, ni quería marcharse para siempre sin decirle cuánto lo quería y tampoco quiso decirle que era una mujer casada y enamorada de otro hombre que no era él. No le dejó ninguna nota manuscrita ni el menor rastro posible para que pudiera entender que algunos encuentros son tan fugaces y eternos como el último sorbo de un whisky que nunca más probaría.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 25 de abril de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 24.10.22
Ella mira por la ventana cómo se van las últimas nubes, cómo la tormenta amaina, y cómo con esas nubes se va todo un tiempo de ayer que, ahora que lo piensa, apenas le dio tiempo de degustar. Ella lo amaba. Posiblemente todavía piense en él cuando abre el armario y otea de soslayo sus camisas planchadas, sus corbatas, sus libros amontonados por doquier.


Tendría que comenzar a ordenar de nuevo el espacio, piensa, a tirar sus libros y sus camisas, a comprar otro ambientador, incluso a cambiar de apartamento. No lo quiere pensar, pero estas habitaciones le huelen a él. Por la noche, cuando se acuesta, lo siente de espaldas, profundamente dormido, apresurando el sueño antes de que el despertador le rompa las últimas esperanzas.

Se lo dijo tantas veces que él empezó por respetar sus principios desde el primer día y acabó por creerse hasta las últimas torpezas. Ella no quería anillos de compromiso, ni papeles firmados, ni ceremonias de traje largo, incluso le advirtió de posibles infidelidades y él aceptó solo por estar con ella.

Cuando estaban juntos, él se sentía completo, no necesitaba a nadie más. Vivían con el televisor apagado, con la música encendida, discos de unos años felices que ambos vivieron por separado. Así que, por las noches, antes de cenar, mientras él hacía la tortilla de gambas y ella descorchaba una botella de rioja que compraban sin etiqueta, ambos escuchaban canciones de mundos diferentes.

Ella se acordaba con nostalgia de aquel que la amó cuando no había cumplido los veinte años. Era alto, delgado, con un pelo algo rizado que le caía por los hombros, como la moda imponía, con una sonrisa medida que le erizaba la piel.

Un día dejaron de verse, se fue a trabajar a Burgos, allí abrió un comercio, vive con otra mujer algo mayor que él, le dijo una amiga. Cuando escuchaban la canción, la nostalgia le mordía los tentáculos más firmes, y entonces no quería tortilla de gambas, bebía vino y volvía a poner la canción hasta que las lágrimas le inundaban los ojos, y entonces salía a la terraza a contar las nubes que no había.

Él había aceptado de buena manera todas sus condiciones, sus horarios libres, las amigas con las que compartía una complicidad difícil, los veranos sentados en una hamaca pasando calor y leyendo novelas interminables que detestaba.

Allí también, mientras miraba la playa plagada de turistas y niños desagradables a los que seguro debían de odiar también los ecologistas, ella escuchaba por los auriculares la misma canción de todos los días. Era una canción triste como su vida, real como la vida misma, edulcorada, sin pasión alguna, que hablaba como todas de amores descarriados.

Al principio él le perdonó su manera cómoda de no pensar en nadie más que en ella misma, amaba incluso su rebeldía relativa y el ímpetu con que reivindicaba cuanto él ya le había ofrecido y aceptaba de buen grado.

Un buen día comenzó a cansarse de escuchar siempre la misma canción. La canción reivindicativa de sus principios alcanzados e inamovibles, pero también la canción que soltaba su monotonía de pasado estancando lejos incluso de los auriculares.

Ella vivía tan metida en su mundo, tan absorta de verdades maduras, que no se dio cuenta de que él ya no la molestaba, de que la dejaba a sus anchas ir y venir, salir con las amigas, volver a deshoras con cuatro copas de más. Él estaba ya allí, durmiendo de espaldas a ella, con un sueño sosegado de felicidad reconfortante.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que él ya no la quería, y fue entonces cuando percibió que la vida se le desmoronaba como si fuera una montaña de barro roto y seco. Empezó por decirle que tenían que cambiar, comprometerse, que no le importaría que le regalara un anillo con diamante, que no le parecía nada cursi que la besara al amanecer, antes de que se metiera en la cocina a estrujar naranjas frescas, que este verano podrían viajar a La Habana, una ciudad mítica para él, pasear por el malecón escuchando un son improvisado, beber ron, no sé, decía, todo aquello que tanto te gusta. Luego lo hablamos, decía él, pero nunca lo hablaban.

Una de aquellas tardes en que él se sentía solo, sentado a la mesa del mismo bar que frecuentaba todas las tardes, siempre con un vaso de ron y Coca-Cola en las manos, encontró a la otra.

También ella miraba a ninguna parte. Le pidió fuego, pero no tenía. Ella tampoco fumaba, le dijo, será por olvidar, por no aburrirme, no sé, tampoco sabía qué hacía allí. Él tampoco lo sabía, iba por costumbre, por matar cada tarde igual a otra.

Ella le preguntó si no se le ocurría nada para cambiar la vida. Él le dijo que sí, pero que estaba cansado de ir solo, y que ahora esperaba, no sabía, a alguien que llegue, alguien llegará algún día, le dijo. Claro, le dijo ella.

La miró y la vio distinta. Como si hubiese aparecido de pronto. Le dijo si quería beber con él otra copa en otro lugar, en qué lugar le dijo ella, no importa, no lo sé, acaso nunca lo sabré, pero quiero beber contigo. Sí, le dijo, pero no iré sólo para una copa. No importa cuántas sean, le dijo. Pagaron y salieron a una tarde que se había quedado sin nubes.

Ella, la primera mujer, lo esperó todas las noches, pero no volvió. Ya no salía, preparaba la cena, descorchaba la botella de vino, encendía unas velas, apagaba la música para escuchar la llave en la cerradura cuando entrara. Por las noches, creía verlo dormir, de espaldas a ella, sumido en un sueño profundo y feliz.

Un día despertó. Comprobó que no se había llevado las camisas ni los libros, ni la cartera del trabajo ni su agenda. Por primera vez sospechó con fundamento que nunca más volvería. Y lo peor: no sabía qué hacer con sus camisas y con la canción de otro tiempo que también se fue, pero mucho antes que él. Miró por la ventana, no llovía, y afuera la vida parecía más agitada que nunca.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 18 de abril de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 17.10.22
Me llamo Eugenio Flores. Yo soy quien mató los dos tigres en una finca de Badajoz. Por eso estoy entre rejas. Me acusaron de tres delitos: tráfico de especies protegidas, la muerte de los tigres y la liberación de especies de fauna no autóctona. Todo eso es cierto. No lo negaré. Pero debo decir en mi favor que la vocación por la caza supera con creces mi respeto a las leyes.


Desde pequeño soñaba con África. Recorría en sueños sus ríos: el Senegal, el Volta, el Zambebe, el Congo, el segundo más caudaloso del mundo, o el Nilo, el segundo más largo del mundo. Mi mundo naufragaba en esos ríos, en los Grandes Lagos, en el desierto de Kalahari, en el delta del Okavango.

Sueño con África desde niño, con la inmensidad de sus tierras, con la luz de sus noches, con sus animales salvajes y libres. No lo niego. Me gustan los safaris. Pero mis negocios no me dejan el tiempo libre que necesito para viajar a esas tierras doradas y calientes. Ésa es la razón que me llevó a montar mi propio safari.

Solo veníamos los amigos. En fin, no hacíamos daño a nadie. Nos reuníamos allí en la finca Luna Llena para organizar batidas contra tigres o leones o lobos, según. Ésa era nuestra diversión. No hacíamos mal a nadie. Todo ser humano, a su manera, consume los fines de semana, o los puentes, o las vacaciones. Para nosotros, ese rincón de 70 hectáreas era nuestro paraíso. Un paraíso prohibido para los intrusos, cercado para los animales y vallado con una verja electrificada de más de dos metros de altura.

Solo algunos agentes del Servicio de Protección a la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil lograron entrar en la finca e interrumpir una de las cacerías. Fue el día que matamos a aquel tigre, el que salió fotografiado sin vida en la prensa. Puede resultar cruel, lo sé. A veces lo pienso y sé que el juez lleva razón, pero la sangre me puede más que la razón.

Ése fue el día en que también encontraron corriendo a sus anchas por la Luna Llena a otro tigre, enjaulado a un león y cinco cadáveres de lobos. No se trataba de una matanza. Era el fruto de una batida. Eso sí, mucho más rudimentaria que aquellas otras de Kenia en las que a poco dejo mi vida. El safari es como los toros. El animal muere, pero el cazador también expone su vida hasta cobrar su trofeo.

Estos meses que he estado aquí enjaulado me he parado a pensar sobre la maldad que hay en esta tendencia mía a matar animales salvajes. Es un delito y con toda probabilidad sea un error por mi parte. Lo sé. Pero por las noches sueño con África, veo su luna enorme encima de mi cabeza, piso las huellas del león o del rinoceronte, huelo su presencia cuando mis ojos todavía no han alcanzado a definir su edad o su peso.

Antes de matarlos, te miran, como si adivinaran tu intención. Te miran dibujando en su mirada la imposibilidad de estar a la altura del rifle que atrapas entre sus manos. Es cuestión de segundos. La adrenalina se derrama a borbotones. No puedes hacer otra cosa sino apretar el gatillo.

Aquí, tendido boca arriba, entre estas estrechas paredes sueño con la inmensidad de África. Yo he construido en mi finca Luna Llena un pedazo de aquel continente. En aquellas hectáreas de tierra yerma he materializado mis sueños. Allí fui feliz hasta aquel inhóspito día en que un vecino se chivó a la Guardia Civil.

Sé quién es, lo buscaré y pagará por ello, porque los sueños son, como dicen ellos, como los animales. No se les debe tocar. Y él lo hizo. Él precisamente, él que cría toros bravos, negros, hermosos, y los condena a ser víctimas legales de la fiesta. Él que los vio nacer y los crio.

Yo, al menos, a los tigres, a los leones, los compro en Holanda, en Alemania, depende, los traigo, los suelto y les disparo. No les doy cariño, como él. Yo no los traiciono. Yo los dejo en libertad y los persigo hasta matarlos. Solo es un juego. Por eso estoy aquí encerrado, y no me importa. Ya me he arrepentido, pero nunca lo negaré.

Fui feliz mientras disparaba. Son solo unos segundos que llenas de vida y de muerte, de peligro y de tensión. Después de todo, eso es la vida. ¿Pero quién se lo dice al juez? Él hace su trabajo y puede que después se acueste soñando con África. Es imposible que nadie nunca no haya soñado con África.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 11 de abril de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 10.10.22
Tu cuerpo es la mariposa que revolotea mi vida incesantemente, es el agua que bebo con sed y sin sed, es el agua que me baña para calmarme la fatiga y la angustia. Tu cuerpo es el vino que necesito para sobrellevar la vida, el antídoto contra los horarios impuestos y las esperanzas truncadas. Tu cuerpo es el único paisaje que me pierde y me reconforta, que me ahoga y vivifica mi piel. Es sal y azúcar, abismo y vértigo, luz y sombra, fruta mordida. Por eso mis dientes buscan su olor a melocotón y a manzana, a agua de mar, poderosa y revuelta, y a agua de lago, tranquila y transparente.


Tu cuerpo es la casa que habito incluso cuando no estás. Cuando sueñas vigilo tus ojos cerrados que esconden un mundo inexplorado, conservo tus manos incrustadas en las mías como piezas creadas para encontrarse y adherirse las unas en las otras en su justa medida.

No puedo navegar por tus sueños cuando duermes a mi lado, porque despierto y observo tu cuerpo perfecto y ondulado, amoldado a mi cuerpo cansado de caminar sin rumbo, pero aquí recostado no necesito más calma que tu boca, ni más vida que la que me robas cuando respiras profundamente y te metes en mis pulmones como el mismo aire que respiro.

Quiero habitar tu cuerpo con mi cuerpo cuando abres los ojos, cuando todavía la luz del sol ignora si alumbrará un nuevo día. Entre penumbras buscas la mirada que te interroga, las manos que te llenan, los pies que juegan con tus pies siempre que me amas a esa hora en que el mundo duerme.

Quiero entrar en tu cuerpo y quedarme adentro para siempre, y desde allí abandonar la otra vida que tuve antes de conocerte, y decir adiós a los cielos que nuca más volaré, porque ahora tu cuerpo es el único paraje que quiero conquistar a cada instante, es el único paraíso que quiero explorar de punta a punta, empezar por tus orejas de espía y tu pelo de algas negras, avanzar por tu nariz viciada de adivinar el aroma de los vinos y tu boca especializada en besar labios no deseados, y moldear tu cuello de jirafa doméstica hasta desembocar en tus hombros atléticos y allí encontrar tus pechos de sirena que me zambullen en el océano del delirio, y agarrarme a tu cintura para no deslizarme por tus piernas antes de haber naufragado en tu sexo limpio y claro, abierto y jugoso como una breva madura y dulce.

Ahí me quiero quedar hasta que amanezca y cuando amanezca cerraré los ojos para no ver la luz del sol, porque no hay otro desayuno que supla con su pulpa esta naranja que he tomado de tu cuerpo prestado para siempre.

Quiero entrar en tu cuerpo como quien entra en una habitación que ya conoce y cerrarla porque no hay intención de volver atrás, porque aquí dentro el mundo no existe ni tiene sentido.

Me quiero quedar dentro de tu cuerpo hasta que la noche nos encuentre agotados de mordernos los ojos, exhaustos de absorber cada poro de la piel. No quiero pisar otra tierra que esté dos centímetros más allá de tu cuerpo, porque el mundo, lejos de tu piel, huele a monte quemado y a vainilla sin canela, y yo me he acostumbrado a los días con lluvia, a la tierra mojada que pisas cuando vuelves a casa, a tu pelo empapado de bailar bajo la lluvia, cuando ya nada importa sino abrazarte en mitad de la tempestad y beber el agua de la lluvia desde tu boca en cualquier tormenta.

Tu cuerpo es mi pasaporte y mi viaje, mi ciudad completa, la botella que bebo cada día, el libro que siempre tengo entre las manos y abro como si fuera un día nuevo o la posibilidad de cambiar todo por estar a tu lado, porque el mundo desde que te conozco tiene fronteras sinuosas y océanos abiertos al azar, pero yo me siento observando tu espalda mientras escribo estas palabras, te veo tendida en la cama esperando otro momento único y afuera las calles se diluyen, y las ciudades se tornan ríos intransitables, y los ascensores se detienen sin destino a mitad de su trayecto.

Alguien llama a la puerta o al teléfono, recibo cartas que indican claramente mi dirección y quién es el destinatario, pero allá afuera no conozco a nadie desde que vivo dentro de tu cuerpo, como un huésped que se ha apoderado de tu vida y ha perdido su propia vida entre tus piernas entregadas. No quiero apagar la luz, porque mis ojos sólo ven un cuerpo en el que vivo libremente atrapado.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 28 de marzo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 3.10.22
Siempre me quedo escuchando tu nombre cuando los campos pierden la luz del día y la noche lo impregna todo de una oscuridad necesaria y reconfortante. Miro el cielo estrellado cuando el sol se pone en lontananza y ya ha perdido el fulgor con el que arranca cada mañana.


A veces, me quedo esperando que tus ojos alumbren el camino que anduviste sola cuando me dijiste adiós sin paliativos. A mí también me gustan las despedidas breves, los actos sin justificaciones y los convencimientos sólidos como árboles arraigados a la tierra.

Sé que necesitabas abrir tu vida al mundo, dejar la casa vacía de sombras, entender que nadie es necesario para sobrevivir a los reveses de la vida. Sé que serás feliz, porque nunca más llamaste para desearme un feliz cumpleaños, para decirme que te gustó el último libro que leíste o que siempre bebes el mismo vino de nuestros encuentros cuando la nostalgia te sabotea el cuerpo de intenciones imposibles.

Yo no he cambiado de costumbres, porque uno se aclimata a mirar el río cuando llueve, a protegerse de los huracanes que nadie se atreve a anunciar, a derrochar horas sin sentido en las fiestas que no frecuento.

La soledad se ha adherido a mi piel como un gato fiel que no me abandona, y en esas horas en que tus ojos me persiguen por calles siniestras, yo acelero el paso para no perderme en lupanares de lujo o en conferencias donde cualquier entendido desentraña la magia del futuro como antes los brujos adivinaban el porvenir abriendo corderos en canal o decapitando enemigos o comiendo el corazón vivo de doncellas adolescentes.

Yo no quiero mapas que me confundan, ni guías turísticas que me entretengan, ni festivales que me diviertan o mesías que perdonen todas mis culpas o santones que inventen pecados que no tengo, ni ambiciones que no están hechas para mí, ni mujeres que pretenden esposarme sin amor.

Me he acostumbrando a recordar tu nombre de barco encallado en alta mar cuando la marea brama por romper los recuerdos que ya estaban rotos. Aquí sentado, observo que el mundo cabe en este paisaje que abarca la mirada de un hombre cansado que soy yo y que ya no tiene prisa por subirse al autobús que tiene programada su llegada cada media hora.

Aquí, en este paraje que es mi casa ahora, vivo un presente sin aditivos y sin sorpresas, solo pendiente de no alterar el silencio cuando el silencio se pone, o de no prolongar la noche cuando la noche claudica ante la impertinencia de los sueños más voraces.

No te he escrito durante todo este tiempo porque entiendo que no hay que llamar a ninguna puerta para que la puerta se abra, que no es necesario pedir perdón si en el ánimo no había ofensa cursada, porque si algún día vuelves será porque este paisaje también es tuyo y el mundo es inabarcable en una sola vida y a veces necesitamos detener nuestros pasos, sentarnos a la vera del camino, recostarnos a la sombra de un árbol milenario y pensar cuánto trecho hemos dejado atrás, si hay posibilidad de desandar lo andado, de resucitar lo vivido, porque a veces, aunque muy a poco, la vida confunde las direcciones, agota las zonas de recreo, invalida los viajes de ida y vuelta, y nos deja en lo más hondo una sensación de incertidumbre que nos aturde y se detiene en seco como un caballo desbocado.

Yo miro tus ojos consciente de que ya no serán los mismos, veo a través de ellos los acantilados que tú imaginas, los cielos a los que nunca subiste por miedo a que el vértigo desbaratara el encanto de la imprudencia.

Nada te reprocho. Miro ahora los ojos que tengo frente a mí que en nada se parecen a los tuyos, y sé que soy feliz porque me miran con la indolencia que necesito, y es ahí donde hallo la serenidad que me aleja del dolor y la felicidad que me empuja cada día a poder vivir sin tu ternura de mujer desvariada.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 21 de marzo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 26.9.22
Se habían conocido tantos años atrás que ahora que la tenía delante no podía entender que aquella mujer no le reconociera. Hablaba aleteando con las manos, como si haciendo aire a su alrededor, las palabras alcanzaran un orden determinado y una armonía lograda.


Desde que la conoció, quizá veinte años atrás, siempre imprimía los mismos gestos al hablar. Era un método eficaz contra una timidez domesticada a base de horas ante el espejo y de convencimientos profundos aunque ineficaces que la hacían despegarse por momentos de una soledad adherida a la piel que le entristecía y cautivaba su mirada.

Era ya una mujer madura, había cumplido los cuarenta y seis, pero todavía mostraba una piel suave y una juventud salvaje que ningún hombre había logrado hasta entonces disfrutar por completo. Él ya venía de vuelta. Habitaba un desengaño cómodo que administraba con justicia y una alegría limpia que ella amaba sobre todas las cosas.

Había optado por una vida sin complicaciones con viajes constantes a países latinoamericanos, con amantes enamoradas pero sin compromiso y con un sueldo solvente que le devolvía una libertad que añoró en otros años en los que ellos se conocieron.

Ella vivía aún con la posibilidad ya marchita de que aquellos momentos que vivieron cuando eran tan jóvenes se repitieran como lo hacen los días de la semana, una ensoñación que no la dejaba estructurar un futuro a corto plazo con otros planteamientos donde no cupiera su vida pasada. No le gustaban los hombres vulgares con los que dormía, ni las noches de los viernes bebiendo hasta el amanecer en cualquier local de copas con gente de una vulgaridad que le podía.

Se había tropezado con él después de tantos años un día cualquiera. Compartieron un café con los amigos, y una copa los llevó a otra copa, y la última copa a su apartamento. Él olió en aquella pasión un tiempo que creía haber olvidado pero que estaba estancado allí, y toda la memoria de ese tiempo desquiciado se le vino de golpe a los ojos como si no hubiera posibilidad alguna de huir hasta el olvido.

Pero su piel no era ya su piel ni su pelo aquella enredadera de deseo que lo hacía extraviarse en los sueños y andar solo por las calles con una sensación de angustia densa que nunca pensaba que pudiera doblegar para siempre. En cualquier caso, lo logró, y ahora aquel cuerpo que buscaba su cuerpo le parecía un barco a la deriva, un viaje sin retorno a ninguna parte.

No obstante, hicieron el amor con una técnica depurada y una necesidad que zanjaron con pericia y que le permitió a él no mostrar a todas luces un sentimiento de enajenación que ella no percibió. Es cierto que ella lo sintió diferente a otras veces pero quiso pensar que los años lo habían hecho más vulnerable a la vida y menos intenso en sus intenciones.

A ella le gustaban los hombres apasionados, porque pensaba que era una mujer apasionada, pero en el fondo escondía un desengaño entero que no le impedía mostrarse a las claras tal como era. Él, por su parte, había dado por clausurado aquel congreso del reencuentro. No le dijo adiós, sino hasta luego, hasta mañana o ya veremos, pero en su despedida no había el entusiasmo que ella buscaba.

Se vieron muchas más veces, claro está. Ella consumía los últimos días con un hombre al que no amaba, y él volvía a una vida que había inventado a su medida. Y en esa distancia abierta entre los dos, ella no quería entender que el tiempo compartido con él había acabado, así que intentó reconstruir su felicidad con otros hombres que no amaba, y aquel vía crucis de desenfreno la sumió en un abandono compacto del que no podía salir.

A veces lo llamaba para comer o tomar una copa, y él de vez en cuando accedía con el convencimiento de que ella sabría ya que no había posibilidad alguna de reavivar el pasado. Ella lo sabía, obviamente, y esa sensación le atenazó de tal manera a la tristeza que pensó que los días perdidos eran un regalo que no supo valorar en su medida entonces, cuando la juventud te lleva a otro camino que te extravía, porque piensas que el cielo azul que hoy ves mañana también se pondrá sobre tu cabeza.

Y ése fue su mayor error: ignorar que ningún día se parece a otro, y que una mirada nada más te puede cambiar la vida de un solo golpe. Y lo peor de todo: no llegar a entenderlo sino tantos años después.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 14 de marzo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 19.9.22
La mujer que un día vio cómo un hombre asesinaba a otro en plena calle está sentada en un café céntrico de cualquier ciudad. Cada tarde desde hace unos meses repite la misma ceremonia. Se sienta a la misma mesa, pide una leche tibia manchada y abre un libro, siempre diferente. Lee, o aparenta leer, pero en realidad espera. No se sabe a quién.


Mira en torno suyo. Nadie se le acerca. Ella observa como si vigilara en secreto la vida de alguien que nunca llega. O viene, y ella no le dice nada. Abre el libro por cualquier página. Da igual. Y escudriña por arriba de las gafas el ambiente tranquilo y hosco del lugar.

Ha cruzado la frontera de los cuarenta, pero tiene en su mirada un aire estancado en la juventud que no ha logrado olvidar, un tinte de nostalgia enjaulada en sus ojos grises, profundos, desafiadores. Es tierna y fuerte a la vez, de una elegancia austera aunque provocadora, libre y arrogante, obsesiva y sensual.

Todos la miran, porque aunque discreta es llamativa y sobre todo bella, de una belleza inusual, única, transparente. Ahora mira a un hombre que se ha sentado en la otra esquina del local. El hombre tiene el rostro triste y frío, pero encuentra en su expresión lo que tanto ha buscado durante años.

Ella se acerca al hombre, le dice si se puede sentar a su mesa. El hombre asiente. No es mudo, si bien no sabe qué decir. La mujer que hace meses vio cómo un hombre mataba a otro sabe que es él. Se lo dice. El hombre pierde la expresión. La mujer le dice que lleva meses siguiéndolo, observándolo, como él hizo con su víctima.

No tema, le dice, no le delataré. Le dice que está enamorada, que no sabe por qué, pero que está enamorada, dice que no tiene miedo, que no le importa qué le pueda ocurrir. Solo le confiesa que lo ama. Sé que usted es un asesino, le dice. Desde que le vi sacar la pistola y disparar comencé a quererle, por su frialdad, por su decisión.

Lo único extraordinario que me ha pasado en la vida ha sido conocerle, añade ella, por eso no lo puedo olvidar, por eso ha pasado usted a formar parte de mi vida. Quiera o no quiera es así, le guste o no le guste no tiene ninguna posibilidad de deshacerse de mí, concluye.

El hombre no da crédito a cuanto escucha. Bebe un largo trago de coñac. Ha clavado sus ojos en los ojos grises de esta mujer. No dice nada. No sabe qué decir. Está anocheciendo. La temperatura es agradable, vale la pena caminar. El hombre deja unas monedas en la mesa y sale con ella sin dirección alguna.

Él no dice nada, pero ella sugiere que después de pasear un rato podrían ir al cine, no sabe qué hay en la cartelera, pero no importa, cualquier película es buena. Después del cine, no dudan en tomar un trago. Coñac y ron con Coca-Cola. Se han besado, ninguno sabe cómo ha ocurrido, se entrecruzaron las miradas, las manos cada vez más cerca, como siempre ocurre.

No me delatarás, le pregunta a la mujer. Siempre que me ames, no te delataré. Es el primer hombre a quien ha besado desde que murió su marido cuando ella aún era muy joven. Esa jodida enfermedad que acabará con todos nosotros, le dice. Él no sabe si tiene miedo o si comienza a estar enamorado, le dice. Poco importa, le dice, no tiene usted más alternativa que amarme. Somos dos condenados a entendernos. Joder, con la tipa, piensa el hombre mientras la mira, mientras la besa, mientras comienza a amarla indefectiblemente.

Al lado un hombre apura su segundo whisky. Siempre quiso ser policía de la secreta. Lleva el oficio con mucha dignidad, le gusta dar vueltas a los casos que lleva. Por ejemplo, el de aquel hombre que apareció tiroteado en plena vía pública. Saca un cigarrillo de la cajetilla. No encuentra el mechero y le pide fuego al hombre que tiene al lado.

El hombre, que es a quien él busca, le ofrece una caja de cerillas. Muchas gracias, le dice. De nada, le responde. Antes de pedir un tercer whisky, mira a la mujer. Ahora lo sé, piensa, esos ojos grises son una buena razón para tomar otro trago. Y una buena razón, quiere pensar, para matar a un hombre.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 7 de marzo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 12.9.22
Lo ve tras los cristales de la cafetería, y entonces paga y lo sigue. Desde hace casi un año repite esta ceremonia diariamente. Hoy la mañana es luminosa. Es un tiempo de primavera anticipada en un año que ha llovido poco. Será verdad, piensa, eso del cambio climático, el deshielo, la sequía, los temporales incontenibles que rompen con sus ventoleras la monotonía de un invierno que se repite sin novedades año tras año. Lo ve de perfil cuando toma la segunda bocacalle para dirigirse a la oficina como cada mañana durante todo un año.


No lo conoce personalmente, pero piensa que es un hombre afable, un buen padre de familia, severo y cariñoso en la educación de los hijos, creativo y solidario en el trabajo, ingenioso con los amigos cuando apura la última copa antes de volver a casa.

Debe tener la mirada profunda, piensa, el gesto sereno, la voz grave y bien modulada. A estas alturas, cada mañana se atreve a adivinar su vestuario, de calidad y buen gusto y muy poco variado. Alegre solo en el color de las corbatas, reincidente en los calcetines y los zapatos, elegante y monótono en el traje de vestir. Los fines de semana viste vaqueros y deportivas, jersey de cuello redondo llamativo que desdice de sus chaquetas oscuras y discretas.

Entendido en vinos, amante de las películas de cartelera, tertuliano ingenioso. En su día, piensa, debió ser un donjuán exitoso. Todavía hoy debe andar con secretos de alcoba, con secretaria de toda confianza, con dudas sobre su futuro profesional y su ideología política.

Hay algo enigmático en su porte que le perturba, algo atractivo en su caminar que lo desvela, algo mágico en el movimiento de sus manos cuando gesticula al hablar. Conoce todo su pasado. Sus amores enconados, sus alardes profesionales, su vacío existencial.

Le gusta seguirlo cuando cruza la ciudad porque le gusta andar para mantener el cuerpo a tono. Sería un lujo poder robar dos horas a la empresa para acudir al gimnasio. Cuando camina, observa los edificios, los árboles, los perros que mean en los árboles de todos, los perros que mean en los coches de cada uno. Odia a los perros urbanos. Compadece a los perros urbanos y maldice a sus dueños.

Como cada mañana, le gusta tomar café cortado antes de subir a la oficina. Mientras le atiende el camarero, abre una pequeña agenda de color beis. Es un listín telefónico. Todos son teléfonos de mujeres. Compañeras de curso de cuando estudiaba en la Universidad, compañeras de trabajo, vecinas, mujeres de amigos.

El hombre que lo observa desde la calle sabe que uno de esos teléfonos corresponde al móvil de su mujer. Cuando marca el número, el hombre que lo observa no sabe si se trata del teléfono de su mujer. Tampoco le preocupa. Él ha tomado una decisión.

Lo observa mientras sonríe. La conversación con esa mujer le ha cambiado el rostro. Una mueca de felicidad se dibuja en sus labios. Si lo tuviera al lado, podría escuchar la conversación del padre con la hija, que la recogería a la dos para ir a casa, que se cuidara, que la quiere mucho, muchísimo.

Paga el café, que apura de un sorbo. Y sale sin mirar a quien lo observa ahora tan cerca, camina sin percatarse de quien lo sigue a una distancia de tres metros. El hombre que lo sigue lo llama por su nombre, él se vuelve con toda naturalidad, muestra sorpresa porque no conoce a quien tiene delante.

Ve que saca la mano del bolsillo de la cazadora, la mano empuña un arma, le apunta a la sien y le dispara dos tiros. Cae como un saco lleno de legumbres. El hombre que lo observaba tomar café y que le ha disparado guarda el arma en la cazadora y sigue su camino.

El cielo se ha cubierto. Comienza a lloviznar. Ni esto es primavera ni esto es nada, piensa. Una mujer a quien no conoce lo ha visto todo, pero no sabe qué hacer. El cambio climático nos trae a todos como locos, dice ella.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 28 de febrero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 5.9.22
No le quedó otro consuelo que pensar que todo había sido un sueño. Lo quiso pensar tantas veces que la imaginación no alcanzó a más escaramuzas cuando el tiempo, contundente como una piedra, le dio a entender que no se puede abrir una roca con la sola sospecha de esa posibilidad. A partir de entonces, aceptó los demás días como una prolongación inexplicable de la desdicha y con el convencimiento tardío de que la felicidad es tan embriagadora como aquella droga cuyo dopaje necesitamos para cruzar sin tropiezos la vida que queda por vivir.


Hasta entonces había agotado una existencia sin estridencias y en abundancia, pero ciertamente también sin otros alicientes que no estuviesen al alcance de cualquiera. Supo a partir de entonces que la diferencia entre los seres humanos va más allá de las propiedades materiales y que algunos objetos o personas inalcanzables cualquier día entran en tu vida sin otro aviso que la sorpresa. Cuando la conoció, pensó eso mismo: que nadie podría tener entre sus brazos tanta belleza.

Ya no recuerda los pormenores porque el alcohol adormece la memoria y despabila los engaños más recónditos. Sabe que comenzaron a hablar sobre hechos cotidianos o intrascendentes: no para de llover, mañana será otro día igual, me gustaría cambiar de oficio, ahora mismo me gustaría estar en tal lugar.

Hablaron también del porvenir: esos viajes nunca realizados, aquel paisaje que nunca vimos, esa anécdota siempre útil en estos litigios. Después se adentraron en temas más personales: películas que no les gustaron, libros que nunca leerán, el tiempo que corre inexorable. Y antes de darse cuenta, habían bebido varias copas bien cargadas y se encontraban desentrañando los riesgos del amor libre, las traiciones pesarosas, los amores truncados, la vida por vivir.

Él lucía una timidez bien dominada que combinaba con rasgos de humor y algunas lecturas propicias para vencer momentos nunca imaginados. Lo que nunca pudo ni tan siquiera sospechar fue que una mujer como aquélla clavara sus ojos y sus intenciones en un tipo como él: ni grueso ni delgado, ni alto ni bajo, ni inteligente ni imbécil; es decir, un tipo normal, sin más encanto que sobrevivir sin demasiados rasguños a los reveses de la vida.

Ella, sin embargo, era desenvuelta y alegre, con una picardía invulnerable que ponía a cualquier hombre a raya. Tenía una belleza mundana y difícil, pero sobre todo sobrecogedora y única: un pelo enroscado y suave, ojos de gacela indomable, manos suaves como algunos sueños y una piel en la que estaba de más cualquier equipamiento para deslizarse desde sus hombros hasta sus rodillas y perderse por un tiempo en cualquier recoveco de aquel cuerpo aún por descubrir.

Sin saber cómo, ella le dijo que si le pedía ir a su apartamento iría, pero tenía que ser convincente en sus argumentaciones y después no derrapar con técnicas vulgares y conocidas por los acantilados del amor. Se lo dijo más o menos, o incluso fue más cursi o más romántica, porque a él ya la memoria empezó a fallarle desde ese mismo momento.

Recuerda, eso sí, que después abría la puerta de la casa y la invitaba a una copa, y que mientras tanto ella se había descalzado y tendido en el tresillo, y que hablaba de los hombres, de su inexperiencia y de sus celos, etcétera.

A partir de aquí los recuerdos se le ensombrecen todavía más y nunca llegó a saber qué le dijo para convencerla de su eficiencia amatoria o nunca lo quiso adivinar, así que se puso manos a la obra y a resolver con buena letra esta asignatura que siempre creyó pendiente.

Sus técnicas y conocimientos sobre el particular debió reservarlos para otra ocasión en la que él pudiera conducir el timón del barco con menos virajes que en aquella tormenta incontrolada. Ella lo llamó al tresillo como el sargento llama a la tropa, y le ordenó aquí y luego allí, y después se dejó llevar por los impactos contundentes de las armas enemigas.

No dejó de oír balaceras imparables durante toda la noche y él, como el soldado primigenio en la guerra, se dejó llevar allá donde mayor resguardo hallaba y donde menos dolieran las heridas de la contienda.

De golpe despertó, se encontraba solo en la cama y con un dolor de cabeza que no pudo doblegar durante toda la jornada. No había ni rastro de la mujer, solo un halo de perfume en las sábanas que le ayudaron a reconstruir la mejor noche de su vida.

No quiso entrar en detalles que le hicieron esbozar una sonrisa cómplice ni tampoco buscó las causas que motivaron un litigio de tan alto nivel, ni tampoco buscó en la memoria rincones concretos de un cuerpo que ya nunca lograría olvidar. En su partida, a saber a qué hora, no dejó nombre, dirección o número de teléfono.

Había sucedido con tal imprevisión y fortuna, que él solo podía decir que no fue un sueño y que para algunos regalos, como fue aquella noche, antes de aceptarlos, convenía estudiar con detenimiento su manual de uso. Porque después nadie puede reclamar daños, perjuicios ni que le devuelvan el objeto intacto de sus desvaríos.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 21 de febrero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 29.8.22
Cuando subió al AVE, coche 8, asiento 9B, iba tan ensimismado en sus pensamientos que no reconoció a nadie. Siempre que viajaba, pedía un asiento aislado, junto a la ventana, para no molestar y para que nadie le molestara. Le gustaba pegar la mirada al cristal y observar sin pensar en el paisaje efímero que se ponía delante de sus ojos, imaginar con detalle los rincones irreconocibles de aquellas casas rurales, los árboles que se alzaban en lontananza en aquella tierra parda, los arroyos siniestros por donde corría un agua escasa y cristalina, la tierra troceada caprichosamente por la mano del hombre, el cielo azul que cubría poderoso todos los campos.


Pero aquel día no tuvo acceso a ese privilegio caprichoso y hubo de compartir asiento con una dama bañada en colonia y, para colmo, su asiento y el de su acompañante estaban enfrentados a los dos pasajeros de los asientos anteriores. Era ya el colmo de los colmos. No solo soportar a su lado a una señora que era una perfumería ambulante sino, además, huir de cuatro ojos escrutadores que le miraban como si le reconocieran. Desde siempre.

A él, por el contrario, le gustaba evadir su mirada de miradas ajenas y, por esta razón, pocas veces entablaba conversaciones con otros pasajeros. Para llevar a cabo tales propósitos abría un libro que no siempre leía pero que le permitía concentrarse no solo en sus pensamientos sino soñar más allá de las palabras que no leía.

En un momento que alzó la mirada para buscar el móvil en el bolsillo y apagarlo fue cuando la reconoció. No le dijo nada. Ella, tampoco. Después de tantos años, pensó que tal vez ella no sabría quién era. Pero no. Ella lo vio antes y antes lo reconoció.

Iba acompañada de un hombre educado que no decía palabra. De vez en cuando le cogía la mano, la miraba con sospechosa melancolía, como hacen los enamorados las dos primeras semanas, sin parpadear, y sonreía levemente, como si esa mueca le pudiera borrar el hechizo de su mirada.

Él la observó disimuladamente, después la miró fijamente, sin miedo y sin nostalgia. La vio más madura, con los ojos más hundidos, como si hubiese llorado durante años, con los labios sensuales, como si no hubiese pasado el tiempo por ellos. Tenía las manos sarmentosas, y la piel blanca como la de aquellos días en que se amaban sin tregua.

Debajo de la blusa azul, él adivinó sus tetas grandes y redondas, su cintura certera, sus formas bien definidas que le llevaban a sus piernas y de sus piernas a sus recuerdos clausurados hasta entonces. Solo fueron unas semanas, un amor de verano, escurridizo como el agua de la ducha o como las horas cuando alguien espera el autobús.

No sabe si se amaron, porque nunca se lo dijeron con palabras. Sencillamente se desnudaban sin anunciarlo previamente y entrelazaban sus cuerpos con una angustia que ambos necesitaban sin explicación alguna. Después bebían con los amigos hasta altas horas de la madrugada, se decían adiós con un beso prolongado, como si fuese a ser el último.

Un día lo fue. Ella no volvió nunca más. No tenía su teléfono ni conocía su paradero. Desapareció como la lluvia después de la tormenta y con el cielo azul todos los recuerdos se desvanecieron como si el sueño tocara a su fin. Lo aceptó con la misma sorpresa con la que detectamos que nos han robado la cartera o con esa sensación indefinida que nos conduce inexorablemente al olvido.

Pero no. El olvido es como la humedad. Vuelve siempre con las primeras lluvias y con éstas el invierno y los días breves y los días desquiciados. Donde no hubo amor no puede haber recelos. Donde no hubo contrato no puede haber reproches tampoco.

Se le atascó la vida en la garganta como si una espina de pescado se le hubiese atravesado en el paladar. La vio distinta pero con la misma belleza fugaz de las estrellas. Se levantó y salió al pasillo. Se dirigió al bar y pidió un whisky. Ella le siguió, agarró su vaso y sorbió un trago largo.

Después le besó sin mediar palabra. Lo miró como entonces lo miraba. Le dijo que entonces no pudo despedirse, que tampoco hubiese sabido qué decirle, que nunca le quiso, le dijo, pero que se acordaba todas las noches de él, como si el olvido le estuviese vetado. Volvió a besarlo y salió del coche. Él miró el paisaje inamovible de siempre apoyado en la barra del bar, y sonrió. Todavía no sabe por qué.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 14 de febrero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 22.8.22
Cuándo fue el último día, quién anunció la despedida si ninguno sabía que el final tenía fecha fijada, si ninguno tenía billete de partida y mucho menos pasaje de vuelta. Lo supieron en ese mismo instante inevitable, ese instante en que los tragos y los estragos amenazan sin titubeos. Era un día cualquiera con sus horarios preestablecidos, su monotonía de mañana limpia y frágil, con su lentitud de piedra inamovible.


Nada había en el ambiente que delatara una conspiración contra los sentidos, no había ni una sinuosa sospecha de que sus ojos ya miraban hacia la otra vía del tren. Ella lo supo en ese mismo instante. Se trataba solo de una décima de segundo, de una porción de tiempo incontable, intangible a simple vista, pero que escondía toda una secuencia de aconteceres posibles.

Ella no dijo nada, porque ignoraba que cuando los ojos han dejado de mirar ya llevan tiempo observando otro paisaje y que cuando las manos no buscan las tuyas es porque ya llevan tiempo abrazando otro cuerpo y que cuando esperas una llamada telefónica que no suena es porque la palabra se apagó muchas madrugadas atrás.

Ella no lo sabía. Lo intuía, por supuesto, porque la intuición es la sospecha certera de la catástrofe. Después, sin que ella se dé cuenta del paso del tiempo, todo se confirma en un instante. Se trata de un momento intrascendente en el que nada sucede pero en el que todo puede ocurrir. Ocurre, por supuesto, también con la fortuna, pero sobre todo con el infortunio. Uno lo adivina antes de que acontezca y, cuando se materializa, ya es tarde para rebobinar los días masticados de la vida.

Cualquiera se puede equivocar, pero más que nadie incurren en este error aquellos que no dejan un lugar a la duda, que no abren el abanico a los vientos encontrados del azar. En ocasiones, nadie es culpable y nadie es la víctima. Solo se abre la ventana y por allá a lo lejos entra un aire fresco que anuncia un día azul.

Ella no sabía nada de cuanto le iba a ocurrir pero cuando el viento comenzó a soplar los cabellos le dejaron el rostro desnudo y para ella fue como un espejo que se apagó en ese mismo instante. Ella no sabe si fue un segundo o tal vez menos, pero se vio reflejada en otro cuerpo y postergada en un tiempo futuro que no reconoció como propio. En cualquier caso, era ella. Lo sabía, y no dudó en aceptar los estragos del instante y las secuelas de su desconsuelo.

Después lo vio a él como a un desconocido viviendo una vida que no le cuadraba. Hasta que lo recordó joven y lo identificó como el hombre que siempre quiso ser: liviano, discreto, invisible. Lo vio cruzar la casa de esquina a esquina sin hacer ruido, sin manchar las baldosas con sus botas embarradas de montar, lo vio abrir la cerradura sin llave y cerrar la puerta como quien atraviesa las paredes de un sepulcro.

Apenas le sobró tiempo para confirmar que desde hacía mucho tiempo había construido otra vida ajena a la suya y que, aunque estaba a su lado, en realidad navegaba por otros mares y conquistaba otras arenas.

Más tarde volvió a mirarse en el espejo y vio su belleza intacta de mujer madura, su felicidad compacta de no haberla usado, se buscó las arrugas que no había y las posibilidades prematuras de los desencantos desflorecidos. Pero solo halló un rostro deshabitado, una mirada huida, unas manos que nunca apretaron sus manos y, sobre todo, la certeza de que ya era tarde para decirle cuanto había callado hasta entonces.

Se recostó en el sofá compartido de sus soledades efervescentes y descubrió media vida trastocada por los estragos del amor, pero en realidad se trataba de media vida vivida sin amor, y eso la perdió en el desasosiego. Le quedaba todavía otra media vida para usar a su antojo, pero ya era tarde para arrastrar tantos años inútiles y sin uso. Podía más la propia inercia del miedo que los vendavales inmisericordes de una pasión mancillada.

Ella ya no podía componer media vida con proyectos legítimos cuando tanto pesaban las ilusiones marchitas. Se sentó a la mesa para cenar, sola, como tantas noches, pero ahora con la clarividencia aterradora de que así sería para siempre. Antes rompió el espejo y quiso pensar que no era bella y que la belleza que su imagen le ofrecía sólo eran rastrojos del pasado.

Sabía que se equivocaba, pero tanta tierra quemada es mucha tierra para cruzarla de nuevo en otra dirección. De pronto dejó de pensar en él. No sabe cómo sucedió. Después se tocó la prolongación de los párpados y percibió en sus dedos las primeras huellas de una vejez enamorada y atenazadora.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 7 de febrero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 15.8.22
Por las noches, cada noche de cada sábado, durante catorce años, acudió al mismo bar con la sensación irrenunciable de que allí conocería a la mujer de su vida. Nos lo contaba con esa naturalidad de quien está convencido que subirá al árbol aunque sus manos no alcancen las primeras ramas.


Siempre fue un hombre cuerdo, discreto, con una educación elegante que gustaba a las mujeres y, tal vez por ello, siempre disfrutó de sus favores y de su aceptación. Sin embargo, él solo vivía para una mujer que no existía, o que solo existía en sus sueños. Los sábados nos despedíamos de él hasta el lunes. Se venía a este bar a esperarla y el domingo lo dedicaba a descansar y leer los periódicos de la semana.

Los amigos comenzábamos a preocuparnos, porque nunca nos dijo qué local frecuentaba los sábados por la noche, así que un día decidimos seguirlo sin que él lo supiera. Lo hicimos varias veces y siempre lo veía detrás de los cristales sentado a la barra con un whisky en la mano, hablando con la camarera o sin hablar. Se bebía varios vasos y después se iba andando a su apartamento.

Le gustaba pasear de noche, incluso con lluvia o frío. Nunca fumaba, pero en esos paseos nocturnos encendía algún cigarro. A veces se paraba a observar el cielo o los árboles o las calles vacías o a las parejas que huyen del bullicio de las fiestas.

Pudiera parecerlo, pero en absoluto era un hombre solitario o triste, depresivo o introvertido. Sin embargo, en ocasiones le gustaba estar solo o necesitaba estarlo algunos fines de semana, y entonces se recluía entre libros y botellas para matar las horas que le quedaban libres.

Había tenido escarceos con bastantes mujeres y después de meses o años de relaciones lograba mantener viva con ellas una misteriosa amistad que siempre sobrevivía al tiempo. Todo fue así hasta que un día apareció la mujer que no existía.

Él cuenta que estaba sentado a la barra bebiendo como siempre hacía y llegó ella, con un humor de perros, pidió un whisky y empezó a hablarle como si le conociera de toda la vida. Le dijo que los hombres todos éramos iguales, que pensábamos con la bragueta, que estábamos hechos con el mismo molde y que ya estaba cansada de buscar donde no había nada.

Él asentía sin decir nada más, porque el carácter bronco de la señora, al parecer, no era para contradecirla. Poco a poco se fue serenando, eso sí. Le preguntó cómo se llamaba, le pidió perdón por sus modales, pero le confesó que estaba muy cansada de la vida, le dijo que la noche era preciosa, que había estrellas en el cielo y que cuando las noches están así a ella le gusta pasear sin rumbo.

Él le dijo que siempre paseaba, todas las noches de todos los sábados desde hacía bastantes años. Ella le preguntó qué buscaba o qué quería encontrar en un local como aquél durante tantas noches de tantos sábados. “No lo sé”, le dijo, “creo que encontraré a una mujer”. “¿Y cómo sabrás que es ella?”, le preguntó. “No sé”, dijo, “posiblemente ella me lo dirá”.

La mujer había cruzado la frontera de los cuarenta, de estatura media y bien proporcionada, tenía los labios gruesos y la voz de cantante de blues y un escote generoso que anunciaba una juventud todavía enhiesta. Había sobrevivido a un matrimonio equivocado y a varios amantes que nunca estuvieron a la altura de las circunstancias. Le gustaban los hombres románticos y varoniles, una mezcla difícil de encontrar, según decía.

Salieron a pasear como él hacía cada sábado, bebieron en otro local nocturno y en otro más. Nunca supo cuánto bebieron y rieron aquella noche, y cuánto hablaron. El amanecer los encontró abrazados en algún parque apurando las últimas cervezas de una cogorza bien merecida.

Se retiraron al hotel más próximo, durmieron desnudos y abrazados y solo lograron hacer el amor unas horas después, bañados en sudor y con el aliento agrio secuela del alcohol. Después se ducharon y pidieron un almuerzo opíparo, y volvieron a dormir.

El lunes los despertó felices. Quedaron en verse el sábado en el mismo bar. Solo se ven los sábados. Desde hace varios años, no sé cuántos. Y son felices. No lo dice. Lo decimos los amigos. Algún fin de semana oteamos a la pareja por la ventana del bar y los vemos reír y beber.

No sé si él se habrá dado cuenta de que ésta puede ser la mujer que tanto esperaba. Un día se lo preguntaré, pero no sé cuándo. Porque siempre anda preparando la noche del sábado, como si en ella se le fuera la vida.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 31 de enero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 8.8.22
A sus 34 años se dio cuenta de que la vida no había valido la pena, de que tenía pocos recuerdos para colgar en un marco, de que los hombres le habían rehuido sin entender bien las razones, porque se miraba en el espejo y adivinaba un cuerpo aún joven, algo entrado en carnes, pero todavía seductor en sus curvas.


Se miraba entonces los párpados algo caídos y las primeras raíces de unas arrugas que anunciaban una trayectoria acentuada todavía apenas imperceptible. Miraba sus ojos a través de sus ojos y descubría un rastro de tristeza persistente que le nublaba el encanto de la mirada. Supo ahora por qué aquel hombre no la había reconocido.

Cada tarde entraba a la cafetería a la misma hora, se sentaba a la misma mesa y comenzaba a hojear el mismo libro hasta que llegaba la mujer que esperaba. La recibía con un beso tierno, como si apretara entre los labios un pedazo de bizcocho. Ella se sentaba a su lado. Ella los veía reír, hablar con gestos resueltos, percibía cómo sus miradas se entrecruzaban más allá de la simple mirada y cómo sus manos se entrelazaban. Primero pedían un café y después una copa de trago largo: generalmente un gintonic.

A sus 34 años tenía un trabajo fijo, pero por las tardes echaba unas horas de camarera en esta cafetería. Por ahorrar algo, pero también por consumir las horas muertas sin nadie. Mejor que no lo hubiera hecho. Desde que lo vio por primera vez, ya no pudo conciliar el sueño.

El hombre había sido su profesor de Literatura en el instituto y desde el primer momento en que lo vio se enamoró de su voz, de sus lecciones, de su porte de hombre tranquilo y magnético. Le ocurrió a ella, pero también a prácticamente todas sus compañeras.

En las horas de recreo, ella recitaba a las amigas los versos que él les había recitado en clase y todas sucumbían a su manera entender y enseñar literatura. Cuando lo vio entrar en la cafetería la primera tarde, su primera sensación fue recitar en voz baja los versos de Juan Ramón Jiménez, y esa sensación nada más la devolvió a una juventud que siempre añoró.

Le pareció que el tiempo de golpe se había estacando en un momento que nunca había sucedido y que todo el futuro por venir no era nada más que un pasado que abominaba y que siempre quiso olvidar. Después ya en casa, como cada noche, se miró en el espejo y percibió sin fisuras el paso inexorable de los años. Lo supo sobre todo unas horas antes. Cuando ella se acercó a la mesa con ánimo de descubrirle su identidad inescrutable y él solamente acertó a saludar y a pedir un gintonic.

No le defraudó que no la reconociera en un primer momento, sino el hecho permanente e injustificado de que tantas tardes después no percibiera en él un atisbo de atracción. Las tardes se le hicieron indigestas y la vida se le atascó en la garganta como una espina de pescado que no la dejaba respirar.

Después del trabajo en la cafetería se iba a un cibercafé cercano y buscaba en Google alguna fórmula efectiva para paliar su desgracia. Escribía en búsquedas: "Cómo cometer un asesinato", "veneno instantáneo indetectable", "niveles de insulina tóxicos", "consejos para suicidarse", "cómo comprar un arma ilegal", "cómo matar a un cabrón", etcétera.

Un día cualquiera acertó con el bálsamo de la venganza. Siempre en pequeñas porciones se lo diluía en el café de cada tarde y día a día iba percibiendo en su rostro los rasgos de aquella sustancia indetectable que iba erosionando su vida con pasos certeros.

Después de una semana venía ya de manera intermitente y en su mirada ida escrutaba las horas de vida que lo arrastraban irremisiblemente al final. Una tarde el hombre dejó de venir a la cafetería y la sorpresa esperada le llenó los pulmones de un aire espeso que no deseó.

Esa misma tarde se despidió del trabajo, sintió el vacío de la vida al borde del abismo y supo mirándose al espejo que la juventud se había marchitado en ese mismo instante, aunque en realidad huyó sin ella saberlo muchos años atrás. Se preparó un café con otro sedante: hidrato de cloro. Y bebió sin gustarle un café tras otro, hasta que la vida se le fue de las manos.

Unos días después el hombre, ya con mejor semblante, volvió a ir al café cada tarde, se reunía con la misma mujer de antes y la nueva camarera que les atendía ahora veía en ellos una felicidad tan honda que descubrió en ellos la profunda razón que nos empuja a vivir a casi todos.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 24 de enero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 1.8.22
Juan Pablo II y Benedicto XVI eran muy amigos. Durante décadas compartieron complicidades y ambiciones. Ambos querían ser papas, y lo consiguieron. Ambos detestaban la ideología marxista y cualquier emblema que oliera a justicia social, y la persiguieron como si se tratara de una peste. Ambos se sintieron siempre muy cerca del cielo. Y tal vez por esa misma razón no supieron o no quisieron ver por qué la miseria humana pone sus huevos en cualquier escondrijo o en cualquier palacio.


El primero se atrevió a decir que el limbo no existe, y su sucesor, no queriendo ser menos original, proclamó que el purgatorio no es un lugar físico. Vamos, como si todos los lugares ideados por el Vaticano fuesen menos físicos que el limbo o el purgatorio.

En fin, muerto el papa polaco, que reinó para romper el telón de acero, para dinamitar el muro de Berlín, para hacer añicos cualquier revolución, a Benedicto XVI le sobró tiempo para promulgar el decreto de beatificación de Wojtyla.

Curiosamente, este proceso de beatificación comenzó pocas semanas después de su muerte, cuando Benedicto XVI derogó las normas canónicas que obligaban a esperar cinco años desde el momento de la muerte para abrir una causa de canonización.

Esta decisión no ha pasado inadvertida en los medios de comunicación. Al parecer el argumento para esta beatificación no resulta demasiado consistente, pues el ya fallecido solo cuenta con un milagro en su haber. Con ese currículum y en la crisis en que andamos metidos, nunca obtendría una plaza de contratado doctor en la universidad española.

Se ve, claro, que las cosas del cielo se rigen por normas más volubles. El milagro aludido consiste, al parecer, en la curación de la monja Marie Simon Pierre, que padecía desde 2001 la enfermedad de Parkinson, mal que también sufrió Juan Pablo II. La religiosa superó todos los síntomas dos meses después de la muerte del Papa, y según los médicos del Vaticano lo hizo de forma “inexplicable”.

Hasta ahí, valga. Pero se ve que en el Vaticano a uno no le tienen en cuenta los descuidos o los encubrimientos. Por ejemplo, cuesta creer que el papa polaco y sus más íntimos asesores no tuviera conocimiento de los crímenes y de las tropelías cometidos por Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, de quien hoy se sabe con pormenores necesarios su perfil de pederasta y corruptor.

Tradicionalmente, la Iglesia católica ha encubierto a los pederastas. Son tantos los casos documentados y los testimonios hechos públicos en los últimos años, que me niego a entrar en detalles escabrosos. El sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal se ha hecho una pregunta que otros muchos cristianos también se han formulado: “¿Cómo va a ser declarado santo el que protegió a Maciel y su orden los Legionarios de Cristo?”.

Hay otro aspecto a destacar en contra el papa fallecido. En 2007, Wojtyla beatificó a 498 mártires de la Guerra Civil. La Iglesia puso esmero en explicar que esta beatificación se justificaba no porque fueran víctimas de la Guerra Civil, sino porque murieron como mártires de la persecución religiosa.

No dijo entonces la Iglesia que muchos de sus mártires fueron delatores en este conflicto bélico y que muchas personas inocentes murieron como consecuencia de su fiebre religiosa. El papel de algunos de estos delatores en la guerra y en la posguerra está suficientemente documentado como airearlo una vez más.

Por cierto, algunos de estos mártires, o una buena parte de ellos, fueron desenterrados de cunetas y cementerios y enterrados con sus familiares o en edificios religiosos. Es curioso también que el papa no se acordara entonces de algún cristiano del bando republicano para alzarlo a los cielos. Se ve que hay sitios reservados solo para algunos.

Juan Pablo II hizo tantos beatos y santos como todos sus precedentes juntos. Suprimió en los procesos de beatificación la figura del abogado del diablo, que era la figura que imponía rigor en las causas y revisaba con lupa las virtudes y los defectos de los aspirantes a ser ciudadanos escogidos del cielo.

Y es curioso. Hace más de mil años que un papa no beatifica a su antecesor en el cargo. Pero, claro, por un amigo, lo que haga falta, es lo que se dirá Josep Ratzinger para sus adentros. Un enchufe allá arriba no lo tiene cualquiera. Y si no, que se lo pregunten a los fallecidos de la Guerra Civil que todavía habitan algunas cunetas que las nuevas autovías cualquier día se llevarán por delante. Hoy en día, todo nos parece normal, porque sencillamente no alcanzamos a comprender cuándo detectamos un milagro encubierto.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 17 de enero de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: J.P. BELLIDO

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