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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

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  • 25.9.22
Una de las experiencias más tristes por la que es posible pasar se debe al desencanto que en algún momento de la vida acontece con la persona que uno quiere y de la que te fiabas plenamente, porque estabas enamorado y creías que ese amor iba a durar para siempre.


Ya de por sí, es muy penoso comprobar, en las relaciones humanas, que ese amigo (o esa amiga) en el que habías creído y en el que habías depositado tu confianza, pensando que con él te podías sincerar ya que guardaría y respetaría las confidencias, por determinadas circunstancias, no es la persona que imaginabas y que ahora lo contemplas con unas cualidades muy distintas, casi opuestas, a las anteriores.

Y si eso también se produce en las relaciones de amistad, es posible imaginar qué significado emocional tiene la expresión de corazones rotos que se suele aplicar a las parejas que se enamoraron, pero que un inesperado día acabaron rompiendo esos lazos de amor que las unían, de forma que ahora anidan en ellas la desconfianza, el rencor, la frustración, llegando, en algunos casos, a un sentimiento de odio.

Si tuvieran hijos quienes deciden romper sus vínculos, el problema se agranda, dado que deben sortear los sentimientos negativos que ahora emergen sabiendo que nunca podrán dejar de ser padres o madres de esas criaturas, por lo que estas llegan a ser el nexo forzado de unión de dos que ya no se quieren y no desean seguir juntos.

En el caso de que fueran dos personas razonables, en el sentido de ser conscientes de que sus conflictos y problemas afectivos no deben trasladarlos a los hijos, tendrán que ser capaces de controlar las emociones negativas que inevitablemente surgen ese proceso de ruptura y, de ningún modo, utilizarlos como instrumentos de información ni como única causa de la ruptura.

Lógicamente, por su parte, los hijos tendrán que asumir que sus padres ya no se quieren, ya no son los mismos que ellos imaginaban. Dura tarea para ellos, pues, como bien representa la niña de ocho años que realizó el dibujo de la portada, en el que expresa que sus padres se quieren mucho trazándoles un corazón entre ambos como manifestación de ese amor, en el hipotético caso de que se rompiera la relación tendría que asumir que ese cariño que ella veía tan natural se ha transformado en una relación fría y distante, sin comprender las razones por las que ahora tienen que cambiar de modo de vida.


En algunos casos, se sienten tan confiados de que sus padres están muy enamorados que, como acontece con el niño que realizó el dibujo que acabamos de ver, pueden representar sus figuras con un globo de cómic que sale cada uno de ellos pensando con un corazón en su interior, como expresión gráfica de que se quieren mucho.


Pero, en ocasiones, la dura realidad termina por imponerse, por lo que es frecuente que, cuando en sus clases tienen que realizar el dibujo de la familia, acaben de manera espontánea trazando una línea vertical que divide la hoja en dos partes para ubicar al padre en una de ellas y a la madre en la otra. Es el modo de decir que ahora hay dos espacios, que hay dos casas, y que tiene que vivir repartiendo su tiempo en cada una de ellas.


Una forma menos habitual, pero sorprendente de que niños tan pequeños acudan a ella, es la de dibujar un corazón roto en medio de sus padres, como lo hace esta niña de cinco años que ya sabe que su padre y su madre se han separado, pero que ella los dibuja juntos. Le cuesta mucho aceptar la ruptura, por lo que acude a este simbolismo para expresar la razón de que ya cada uno viva en un sitio distinto.


Más difícil aún de entender la separación para esta niña de origen chino, también de cinco años, que fue adoptada. Lo cierto es que las figuras de sus padres y la que la representa las dibuja sin brazos, como si el amor entre ellos y hacia ella hubiera desaparecido de pronto, puesto que la ausencia de brazos, en este caso, significa la falta de cariño, ya que sin brazos no pueden abrazarse. Sin embargo, a su hermana mayor sí se los dibuja, quizás porque sea quien le proporciona el afecto que tanto necesita.


Cierro este breve recorrido por los ‘corazones rotos’ con el dibujo de un chico de 12 años. Por su edad, es más consciente de la irreversibilidad de la ruptura que se ha producido entre sus padres; sin embargo, no acude a representarlos en espacios separados, como hace gran parte de los escolares que atraviesan esta dura situación, sino que también ha trazado un corazón resquebrajado dentro de un círculo para manifestar que el amor que los unía se ha roto, por lo que él y su hermano tendrán que adecuarse a un modo de vida que desconocen y que no desean.

AURELIANO SÁINZ
  • 18.9.22
Ahora que las frutas y las verduras se han puesto por las nubes, me viene a la mente el nombre de un singular artista italiano al que se le ocurrió la genial idea de pintar los rostros de la gente poderosa de su época con estos elementos. Propuesta verdaderamente inaudita, dado que a nadie del mundo del arte se le había ocurrido algo semejante. Pero antes de entrar en la vida del italiano Giuseppe Arcimboldo y en los comentarios de algunas de sus obras, permitidme una pequeña digresión para contextualizarlos.


Siempre que voy a Madrid suelo visitar el Museo del Prado, quizás el más importante del mundo dentro del campo de la pintura (no así en el de esculturas, ya que otros, como el Louvre parisino, acumulan gran cantidad de ellas). Es por lo que sus salas me las conozco bastante bien. Son numerosos los recorridos que he realizado en ellas. Trayectos algo planificados que me permiten contemplar con tranquilidad las obras que se cuelgan en sus paredes.

Para mí sería difícil citar los pintores o las obras que más me gustan. No obstante, puedo hacer referencia a dos de ellos que me apasionan: El Bosco y Brueghel, magistrales artistas que podemos considerarlos como los antecedentes del surrealismo del siglo pasado.

Y relacionado con las obras de estos dos pintores, en cierto modo, se encuentran las de Giuseppe Arcimboldo, a pesar de que en esta gran pinacoteca no se encuentre ningún lienzo suyo. Hay solo tres en nuestro país: uno de ellos se encuentra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, al tiempo que los otros dos están en manos privadas.

Esto no deja de ser sorprendente, ya que el rey Felipe II, gran entusiasta de las obras de El Bosco, recibió once lienzos de Arcimboldo, cuadros que actualmente se consideran perdidos, aunque se sospecha que esas obras que pertenecieron al monarca español pueden encontrarse en colecciones privadas de Europa y Norteamérica.

Puesto que Arcimboldo es poco conocido en nuestro país, quisiera hacer una breve presentación de algunas de sus singulares obras, centradas en la construcción de rostros humanos a partir de frutas y hortalizas, también de plantas, hojas, peces... Un mundo pictórico que, tal como he indicado, enlaza con el denominado surrealismo, corriente pictórica cuyo creador más significativo fue Salvador Dalí.


Giuseppe Arcimboldo vino al mundo en 1527, en las cálidas tierras de Milán, dentro de una familia de pintores. Ese entorno familiar fue un factor decisivo en su vida, dado que desde muy pequeño estuvo en contacto permanente con el taller artístico paterno. De su adolescencia y juventud no se conocen obras significativas. Se sabe que, a la edad de 22 años, tanto él como su padre recibieron el encargo de diseñar las vidrieras de catedral de Milán, así como una serie de tapices para la catedral de Como. Y estos trabajos de diseño, consistentes en la realización de los bocetos y dibujos previos a la ejecución en las vidrieras, configuraron la base de su formación antes de dar el salto definitivo hacia la pintura.


Arcimboldo se dio a conocer más allá de las tierras milanesas cuando tuvo la singular idea de plasmar rostros a partir de frutas y hortalizas, circunstancia que despertó amplia curiosidad entre los reyes europeos, deseosos de novedades con las que mostrar sus renovados gustos a los miembros de sus entornos. Esto dio lugar a que fuera pintor de la corte de los Habsburgo entre 1562 y 1587. Para ello, tuvo que dejar su taller de Milán e ir a residir primeramente a Viena, para después instalarse en la ciudad de Praga.

Puesto que su esquema compositivo lo fijó de forma muy precisa, como ejemplo del modo en el que el construía los rostros de sus personajes, he mostrado, en primer lugar, el retrato que hiciera en el año 1591 para el emperador Rodolfo II, cuadro que actualmente se encuentra expuesto en el Museo Skokloster de Estocolmo (Suecia), seguido de otro que tiene bastante similitud con el primero.


El carácter festivo, alegre y vitalista aparece de modo continuo en sus cuadros; sin embargo, esas metamorfosis que evolucionaban de las plantas y frutos hacia los rostros humanos, en ocasiones, provocan cierto desagrado en el espectador que los contempla. Esto puede comprobarse cuando observamos su versión de El invierno, lienzo que podemos contemplar directamente si visitamos el Louvre en la capital francesa, ya que es en este museo donde se encuentra una de las versiones más conocidas.


Esa sensación de desagrado continúa en los lienzos titulados El agua y El jurista. El primero de los indicados, construido con animales marinos (peces, pulpos, tortugas…), resulta poco grato; más aún, si pensamos que se trata de un rostro de mujer, dado que la palabra ‘agua’ es femenina, tal como el autor nos lo hace ver con el collar de perlas que añade al conjunto.

Por otro lado, El jurista, pintado en 1566, se encuentra también en el Museo Skokloster de la capital de Suecia. Como puede apreciarse, el rostro se compone de pollos desplumados y de pescado, de modo que del mismo sale una mueca de desprecio en la boca del personaje que surge de esta composición.


Giuseppe Arcimboldo fue un pintor muy popular en vida; sin embargo, llegó un momento en que sus obras ya no causaban el asombro de sus inicios, por lo que, tras su fallecimiento, en 1593, no tuvo continuadores. Sería ya en el siglo XX, cuando se produce su recuperación a partir de los surrealistas que retomaron las ideas que subyacían en sus pinturas para profundizar en el mundo de los sueños o de los absurdos del mundo real en el que vivimos.

Como vemos, siguiendo la idea que dominó en sus lienzos, acabó también adentrándose en la elaboración de personajes a partir de objetos, caso de El camarero, pintado en 1574, en el que nos muestra a un personaje resultado de la articulación de barriles, vasos o jarras, elementos de la vida cotidiana de las tabernas de entonces. En el último de los que he seleccionado, vuelve a su tema favorito: los rostros construidos con frutas y verduras.

Cierro, pues, este breve recorrido por la obra de Arcimboldo reiterando que la gente que le seguía dejó de interesarse por sus cuadros; sin embargo, hoy bien podía ser reivindicado, con cierto humor, como “patrón de las frutas y verduras”, pues de ellas pudo sacar bastante partido.

AURELIANO SÁINZ
  • 11.9.22
Después de haber estudiado detenidamente la vida de don Álvaro de Luna (dado que está a punto de ver la luz el libro que he titulado Vida y muerte de don Álvaro de Luna. Historia del castillo de Alburquerque y la lucha por conservarlo), me ha llamado la atención que su itinerario vital no haya sido llevada al cine. Esto lo digo porque es verdaderamente apasionante conocer la trayectoria de una de las personas que llegó a ser la más poderosa del reino de Castilla durante la primera mitad del siglo XV bajo el reinado de Juan II, quien fuera padre de Isabel la Católica.


Quisiera indicar que sobre la vida del que fuera condestable de Castilla ya publiqué un artículo en este medio que llevaba por título La muerte de don Álvaro de Luna. Y puesto que la Asociación para la Defensa del Patrimonio de Alburquerque logramos parar el proyecto en el que se pretendía hacer una horrenda hospedería en la que es la mejor fortaleza medieval de Extremadura, también publiqué Habla el Castillo de Luna, en el que se incluía el vídeo con el que los amigos de la infancia me homenajeaban por mi jubilación.

Todo esto que ahora comento salió a relucir en la charla que mantuvimos con unos amigos que nos invitaron a cenar en su casa en el mes de agosto, ya que hacía tras años que no volvíamos a Madrid por el impasse que nos había generado la pandemia. En medio de esa tertulia colectiva, me preguntaron qué era de mí, qué había hecho durante todo este tiempo, una vez que hay una cierta normalidad en nuestras vidas cotidianas.



“Bueno, ya sabéis que, a pesar de estar jubilado, continúo como profesor honorario en la Universidad de Córdoba. Como ahora tengo bastante tiempo para escribir, suelo publicar habitualmente artículos semanales en los diarios de Andalucía Digital y también en Azagala, que es una revista de mi tierra”, les indico como inicio de mi intervención, una vez que hemos cumplimentado los saludos habituales.

“Ahora”, continúo, “estoy esperando que salga el libro que he escrito sobre la vida de don Álvaro de Luna, un personaje muy ligado a mi pueblo, pues recibió el título de conde de Alburquerque por parte del rey Juan II de Castilla. Por otro lado, hablo también del Castillo de Luna, que es como lo denominamos, y de la lucha que llevamos adelante para que no se creara en él una espantosa hospedería…”

“¿Sobre don Álvaro de Luna?”, me pregunta Juan, uno de los anfitriones, que se sorprende que haya tomado como tema la vida del valido de Juan II de Castilla. “Resérvanos un libro, pues para nosotros tiene mucho interés, ya que fue quien mandó construir el castillo de San Martín de Valdeiglesias, localidad madrileña que conocemos muy bien”. Le confirmo a él y a Pilar, su mujer, que, sin lugar a duda, tendrán uno de los ejemplares, pues es una edición limitada la que he encargado a la editorial Punto Rojo.


Al regreso a Córdoba, y recordando lo que habíamos hablado en aquella cena, acudo al tercer volumen de la Historia de los castillos de España, conjunto de tres extensos libros prologados por mi amigo el historiador británico Edward Cooper (con el que aparezco en la foto de portada en el paseo de Alburquerque denominado La Alameda), para informarme con detenimiento sobre el castillo de La Coracera, que es el nombre que recibe el de San Martín de Valdeiglesias, al tiempo que entro en internet para saber de los datos más recientes de esta fortaleza. Así pues, extraigo unos párrafos de este volumen:

La historia del castillo de La Coracera va unida a la de la villa de San Martín de Valdeiglesias. La zona se repobló en el siglo XIII, al amparo del monasterio de Bernardos, cuyas enormes ruinas se encuentran junto a Pelayos de la Presa. Fue primero benedictino y posteriormente cisterciense. San Martín fue creciendo y los vasallos se sublevaron contra las posesiones de los monjes, pidiendo éstos ayuda a don Álvaro de Luna, que sofocó la rebelión e inició las obras en torno a 1434”.


Puesto que considero que siempre conviene que nos informemos de la organización arquitectónica de las fortalezas medievales, especialmente de aquellas que tuvieron relación con quien fuera el primer conde de Alburquerque, aporto aquí algunos datos, así como un sencillo dibujo de la planta para que comprendamos su estructura.

El castillo de La Coracera se encuentra emplazado fuera de la población, en un cerro de laderas muy suaves. Consta de una cerca, construida posteriormente al propio castillo, con forma irregular y tramos curvados. La planta del castillo, como puede apreciarse, es cuadrada, de modo que en tres esquinas aparecen torres de tipo cilíndrico, y la cuarta, que corresponde a la torre del homenaje, es de tipo pentagonal, con tres garitones en la parte exterior, siendo el central más grande y alto que los otros dos.

Como datos recientes a tener en cuenta, conviene indicar que, en el año 1940, así como hace un par de décadas, se emprendieron obras de restauración y rehabilitación, por lo que la fortaleza se encuentra en buen estado de conservación. En el año 2003 se creó la Fundación Castillo de la Coracera en la que participa el Ayuntamiento de San Martín de Valdeiglesias y que, con el fin de potenciar el valor del castillo, se ha aprobado un proyecto para la instalación en sus dependencias del Museo de los Vinos de Madrid.


Regresando a don Álvaro de Luna, quisiera indicar que a lo largo de su existencia tuvo numerosos y poderosos enemigos en la alta nobleza, ya que lo consideraban un advenedizo y un personaje que manejaba a su antojo al rey. Es por ello que, frente a los Infantes de Aragón y la gran nobleza terrateniente, el condestable se apoyó en la pequeña nobleza, las ciudades, el bajo clero y en algunos personajes con poder en la corte de Castilla.

A todos sus enemigos externos los conocía muy bien. Sin embargo, el apoyo incondicional que prestó al nuevo matrimonio de Juan II con Isabel de Portugal sería, con el paso del tiempo, el mayor error que pagó con su vida, al ser condenado y ejecutado el 2 de junio de 1453 en la Plaza Mayor de Valladolid.

Parar cerrar, quisiera apuntar que los autores que lo defienden manifiestan que el juicio al que fue sometido acabó siendo un simulacro, pues previamente ya estaba sentenciado. Por otro lado, Álvaro de Luna siempre fue leal al rey, al tiempo que defendió la integridad del reino de Castilla, frente a las ambiciones secesionistas de la nobleza.

Quienes se posicionan en su contra, lo han presentado como a un ser ambicioso y sin escrúpulos, que manejaba al rey a su antojo y que se deshizo de sus enemigos sin parar en los medios a utilizar. Lo cierto es que su vida, tal como indico al principio, se nos muestra como una historia verdaderamente apasionante, cargadas de intrigas, con luces y sombras, por lo que queda abierta a distintas interpretaciones.

AURELIANO SÁINZ
  • 4.9.22
Ya estamos en septiembre. De todos modos, todavía pervive en nosotros el enorme calor de este verano y la acusada falta de lluvias que sufrimos. Eso sí, las lluvias torrenciales y los granizos han hecho acto de presencia, incluso de forma violenta, por el centro-norte y el levante de la Península. Sin embargo, pareciera que la naturaleza se ha olvidado de los pobladores del sur; o es que, quizás, quisiera hermanarnos con los del desierto del Sáhara para que sepamos las penurias que pasan los saharauis en los campos de refugiados de la provincia argelina de Tinduf.


Por cierto, niños y niñas saharauis felizmente reanudaron el programa de las denominadas Vacaciones en Paz después de un tiempo suspendido por la pandemia. Han venido otra vez, desbordados alegría, para estar con nosotros. No hay más que fijarse en el rostro del niño saharaui que muestra orgulloso la bandera de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), una bandera que coindice en forma y colores con la del pueblo palestino, aunque en la de la RASD se incluyen una estrella y una media luna rojas.

Saharauis y palestinos. Hablamos de dos pueblos parias, dos pueblos olvidados y condenados al sufrimiento por intereses geoestratégicos de las grandes potencias, aunque también, hay que decirlo, por la indiferencia o la cobardía de los gobiernos españoles que, finalmente, ha dejado en manos del sátrapa marroquí el destino de los saharauis.


Regresemos al tema del calor y la sequía, ya que, a pesar de estas tormentas y granizos que asoman en este septiembre que nos enuncia el final del verano, acuden a mi mente algunas preguntas: ¿Qué fue de aquellas lluvias intensas, plenas de agua, que uno conoció de pequeño y de las que solíamos decir que “llovía a cántaros”?

¿Saben aquellos que están todo el día conectados a los vídeos en TikTok lo que son los cántaros? ¿Acaso han visto alguna vez, aunque sean en imágenes, a gráciles figuras femeninas caminando y portando cántaros en la cabeza, con un rodete como apoyo y equilibrio de esa carga?

“Tiene que llover a cántaros…”. Esto es lo que nos cantaba el extremeño Pablo Guerrero, allá por 1972, cuando publicó su primer elepé, en el que aparecía la que siempre ha sido su canción más emblemática: A cántaros.

Pero la lluvia que reclamaba Pablo Guerrero era más bien simbólica y reivindicativa, dado que estábamos todavía en el franquismo, que, aunque agónico, se resistía a desaparecer. Es por lo que en su canción más conocida reclamaba una libertad que años después lograríamos conquistar para nuestro país.

Para los que en su momento conocimos y nos emocionamos con esta hermosa canción (también para las más jóvenes de ahora) viene bien recordar sus primeros versos, que decían: Tú y yo, muchacha, estamos hechos de nubes / Pero ¿quién nos ata? / Dame la mano y vamos a sentarnos bajo cualquier estatua / Que es tiempo de vivir y de soñar y de creer / Tiene que llover… / Tiene que llover a cántaros.


La lluvia como metáfora de la vida, de los sueños y de las esperanzas, que, a pesar de las múltiples adversidades, nunca desaparecen de nuestras existencias. Pero también la lluvia que en estos días añoramos para estas tierras sedientas. Aquella que cae con fuerza desde las oscuras nubes cargadas de agua, la que nos llega de pronto cuando caminamos por la calle y aligeramos el paso con el fin de evitar empaparnos, la misma que milagrosamente riega los campos y llena los pantanos y que nos puede hacer regresar a esa frase tan olvidada de “llueve a cántaros”.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍAS: JOSÉ ANTONIO AGUILAR
  • 28.8.22
Decía Erich Fromm, psicólogo de origen alemán por el que siento gran admiración, que la verdadera religión de los individuos es aquello que se ama en lo más hondo. Así, hay individuos a los que el dinero, el poder, la fama o el lucro les generan los sentimientos más intensos y apasionados, aunque después se declaren fervientes seguidores de algún credo socialmente establecido.


Es cierto que también existen aquellos individuos cuyos valores caminan en otro sentido, por lo que no es de descartar que la libertad, la amistad, la solidaridad o la igualdad se encuentren entre sus emociones más profundas.

He de apuntar que Erich Fromm hacía referencia en sus escritos a los sentimientos más intensos de las personas, independientemente de las instituciones sociales establecidas. No obstante, la actual sociedad presenta múltiples organizaciones cuyos miembros siguen sus actividades, ritos y símbolos con verdadera pasión, implicándose en ellos como si fueran indisociables de sus vidas, no imaginándose que pudieran simpatizar con otras que consideran rivales, o que renunciaran a los centros, grupos, peñas, clubes, círculos, etc., de los que forman parte.

Bien es cierto que el autor aludido relacionaba estas conexiones entre el individuo y el grupo tomando como base el estudio del ‘sentimiento de pertenencia’, un sentimiento innato que portamos todos los seres humanos, por lo que tenemos la necesidad de formar parte de algún grupo o colectividad, evitando con ello sentirnos aislados.

Pensando en estos supuestos, siempre me viene a la mente un deporte, el fútbol, en la actualidad convertido en un inmenso espectáculo que aglutina a su alrededor millones de fieles e incondicionales seguidores. Es tanta la pasión que genera en muchos de sus partidarios que cabe preguntarse si los clubes favoritos no acaban siendo auténticas ‘religiones’ para los aficionados que los siguen de manera casi devocional.

Para algunos que me estén leyendo esta comparación les puede parecer una osadía. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que, mayoritariamente, la pertenencia a un determinado credo se recibe de los padres, puesto que entre sus funciones se encuentra la de potenciar ese sentido o sentimiento de pertenencia al que he aludido. De este modo, los fieles sienten que forman parte de una colectividad o comunidad muy ligada a una historia y una cultura.

Algo similar sucede con el fútbol, ya que lo normal es que un niño sea aficionado del club al que pertenece el padre. Las madres, en este tema, no tienen la misma relevancia que en otras cuestiones, aunque suelen defender los colores del equipo que apasiona en la familia.

Muy clarificadora de lo que hablamos es la escena que realizó el autor del dibujo de la portada. En ella, vemos a los cuatro miembros que componen la familia: sentados en el sofá, mirando absortos la pantalla de la televisión en la que aparece, muy bien trazado, el escudo del Barcelona, como si fuera el símbolo que los unifica. No es, por tanto, una imagen religiosa, como tiempo atrás acontecía y que solía estar en un sitio relevante dentro del salón de la casa.


Como prueba de la continuidad familiar de la que hablo es el dibujo que acabamos de ver. Lo realizó un chico muy aficionado también al Barcelona, por lo que se representó con la vestimenta de su equipo favorito, al igual que a su padre que aparece a su lado, como si la tradición se cumpliera al unirse ambos en la misma simbología.

Como detalle, quisiera apuntar que no sé si es el Barcelona el club de primera división más seguido por los niños y adolescentes de Córdoba y Andalucía; aunque, resulta ser el equipo del que tengo más dibujos dentro del extenso archivo del tema de la familia.


Ya sabemos que esta nueva ‘religión’ no sobreviviría sin los millones de euros que se barajan en los fichajes de las estrellas que saltan de un equipo a otro a base de sustanciosos contratos, por lo que los directivos tienen que buscar marcas patrocinadoras que pagarán grandes cantidades para que sus jugadores las anuncien.

Y como vivimos en una sociedad hipercapitalista, comprobamos que los clubes pasan de unas marcas a otras dependiendo de las cantidades que estén dispuestas a pagar. Así pues, los muy aficionados al Real Madrid pronto se dan cuenta que el dibujo de Manuel es de hace algunos años, pues su padre aparece trazado con una vestimenta en la que se anuncia Teka; mientras que en la actualidad los jugadores portan la de la compañía aérea Emirates, de Emiratos Árabes Unidos, país enriquecido por el inmenso petróleo que acumula y por no respetar los derechos humanos.


También es posible que toda la familia fuera del mismo equipo, con lo que se reforzarían esas señas de identidad y de pertenencia de las que hablo. Es lo que encontramos en el dibujo de un chico de 10 años que ha vestido a todos sus miembros con los colores del Córdoba, tal como él mismo me indicó, y que son los mismos que los del Betis. Esa admiración es tan grande que también ha coloreado los calzones de color verde, a pesar de que los jugadores de este equipo saltan al campo de fútbol con calzón blanco o negro, según las circunstancias.


Como bien sabemos, los fieles de cada credo suelen considerar que el suyo es la verdadero y que las otras fes son heréticas, impías o están en el error. Esta convicción es fundamental, por lo que nadie, excepto casos aislados, lo abandona para pasarse a otro, pues no solamente se considera una traición o apostasía, sino que en determinados países se castiga duramente, incluso con la pena de muerte, abandonar la ‘religión verdadera’.

También en el fútbol es impensable que un aficionado se pase al equipo rival. A nadie le entra en su cabeza que, por ejemplo, un ‘colchonero’ se cambie a las filas ‘merengues’, o que un bético lo hiciera a las filas sevillistas. Los amigos, la familia, sus antiguos compañeros siempre se lo estarían recriminando y no le perdonarían nunca esa ‘herejía’.

En mi caso, y para cerrar esta incursión por la pasión o devoción por el fútbol, quisiera manifestar que desde muy pequeño soy seguidor del Barcelona, por consejo de un hermano mayor. De este modo, y tal como lo expresa el chico del dibujo anterior, así veo yo de grande al delantero culé cuando se acerca a la portería contraria: grande, potente y genial ante un portero insignificante que no detendrá el zarpazo que le va a lanzar… En fin, todos tenemos nuestras debilidades y nuestras creencias en esos falsos profetas como son las estrellas rutilantes de un mundo que inunda las televisiones del planeta Tierra.

AURELIANO SÁINZ
  • 21.8.22
Dentro del amplio catálogo de posibles lecturas, mantengo una especial inclinación hacia las memorias o los diarios de aquellos autores que no tienen inconveniente, o ningún pudor, en que se conozcan partes de sus vidas que las han reflejado en obras que se publican mientras viven, o habiendo transcurrido su tiempo de existencia porque han sido editadas una vez fallecidos.


Sobre este tema, de inmediato me vienen a la mente las memorias de Carlos Castilla del Pino, uno de los grandes psiquiatras de nuestro país, que las dejó plasmadas en dos libros complementarios cuyas lecturas me emocionaron: Pretérito imperfecto y La casa del olivo. Ambos absolutamente recomendables.

Curiosamente, nuestro país no es demasiado proclive a este género literario. No obstante, dentro del grupo que se ha arriesgado a mostrar esa intimidad, tan reservada y escondida por la mayoría de los escritores, se encuentra el valenciano Rafael Chirbes, ya que recientemente se ha publicado la primera parte de sus diarios. Así, hace poco acabo de terminar el primer volumen que lleva por título Diarios: A ratos perdidos 1 y 2.

Como breve apunte, tendría que decir que Rafael Chirbes nació en la localidad de Tavernes de la Valldigna (Valencia) en 1949, falleciendo a los sesenta y seis años, en 2015. Si hubiera que destacar reconocimientos a su obra, indicaría que, en 2007, recibió el Premio de la Crítica de narrativa castellana por Crematorio y, en 2013, el mismo galardón, junto al de Premio Nacional de Narrativa por su novela En la orilla.

Conviene indicar que, en este caso, se aplica el término de "diarios" a los escritos que, a modo de reflexión no planificada y con saltos temporales, Chirbes fue anotando en distintos cuadernos de forma temporal aleatoria, desde 1984 hasta 2005, es decir, un período que abarca veintiún años.

Imposible, pues, hacer una síntesis de tantos comentarios de ese largo tramo de su vida; aunque ya cerca del final del extenso volumen, y cuando el autor contaba 55 años, expone de manera un tanto detenida el encuentro que por entonces lleva a cabo con quienes, cuarenta años atrás, compartió sus vivencias de niño y adolescente en los colegios u orfanatos para hijos de ferroviarios (su padre, trabajador en los ferrocarriles, falleció cuando él contaba con solo cuatro años).

Pero antes de describir el triste reencuentro que mantuvo con uno de los muchachos que fue compañero de la dura existencia en los colegios por los que transitó, quisiera indicar que suele ser habitual en la gente –alcanzados más o menos los cincuenta años– saber qué pasó y cómo les ha ido la vida a aquellos con los que se compartieron los tiempos de aprendizaje, en esa etapa cargada de sueños y de miradas frente al futuro que se despliega de forma incierta y que se vive con mucha inquietud.


Ayer vine a Madrid –comienza Rafael Chirbes en la página 402– a un encuentro con los compañeros de curso del colegio de huérfanos de ferroviarios. Excepto a tres o cuatro, al resto de los casi treinta que acudieron no había vuelto a verlos desde hacía cuarenta años. ¿Eran los mismos a los a quienes había conocido? No sé. Necesito pensar. Contemplar a esos niños que ahora veía convertidos en viejos. (…) Me encuentro con Jorge, a quien quería mucho de pequeño, tan fuerte, tan ordenado, tan limpio. Era muy bajito, más bien ancho, callado, con rasgos ambiguos, una mezcla de niño regordete y de hombre maduro.

Chirbes continúa la descripción de este compañero, aficionado al deporte y con grandes cualidades para el dibujo, al tiempo que explica su propia torpeza gráfica, por lo que este amigo le ayuda en los primeros trazados para que se pueda guiar a la hora de realizar los exámenes de dibujo.

Ahora me lo encuentro envejecido (es casi el único que no reconozco a primera vista), anguloso, con los ojos metidos en cuévanos, donde se mueven desencajados, y con gestos nerviosos, mecánicos. Cuando me dijeron: ¿no lo conoces? Es Jorge, apenas lo saludé. No lo reconocía. Lo estuve contemplando durante toda la comida –nos habíamos puesto en los extremos opuestos de la mesa–, hasta que poco a poco volví a descubrir en él algunos de los gestos que reconocía. Apenas comió, se pasó el rato fumando y bebiendo. Yo intentaba extraer dentro de aquel hombre envejecido al niño saludable, al que tanto quise, al que muchas veces he echado de menos durante todos estos años, sin saber qué habría sido de él.

Continúa el autor acudiendo a lo más recóndito de su memoria para traer al presente recuerdos que va rescatando, actualizando y comparando con la extraña figura que ahora tenía enfrente y que le costaba mucho reconocer.

Al final, ya en la sobremesa, decidí ponerme frente a él. Lo miraba queriendo extraer el niño que llevaba dentro y que ese disfraz de viejo lo ocultaba. También él estaba deseando hablar conmigo (“He venido más que nada por si te encontraba”). Empezó a relatarme anécdotas en las que yo intervenía, detalles que yo ni siquiera recordaba, palabras que, al parecer, dije. Se acordaba de todo con una precisión de cronista. Y yo que siempre me sentí acomplejado frente a él, que pensaba que era yo quien se interesaba por él. Sabía que no ibas a acabar siendo un mediocre como yo, dándome palmadas en la mano.

Ambos se abren a la intimidad, a relatarse las vivencias que han marcado el rumbo de sus vidas. En esas confidencias ya empiezan a aparecer las grandes lagunas que marcaron sus trayectorias.

Seguía hablando: “Yo me hice funcionario y ya no he hecho nada en la vida”. Me dijo que quería volver a Ávila, a ver la ciudad, y descubrir si aún seguía en pie la casa en la que nació, que hacía cuarenta años que no había vuelto a ver, una antigua fonda a la que fui a buscarlo cuando abandonamos el colegio, y donde me dijeron que esa familia ya no vivía allí, se había marchado nadie sabía a dónde.

(…) En cuanto nos quedamos solos me había preguntado: “Rafa, tú tampoco eres feliz, ¿verdad?”. Y de sopetón: “Yo no me mato porque soy un cobarde, pero no hay nada en la vida que me interese”. Resulta que cuanto me había parecido descubrir dentro de él en el momento en el que lo vi, es verdad; el dejarse los platos intactos, que yo había observado de lejos, su cuerpo consumido, su mirada extraviada.

(…) Interrumpieron la conversación cuatro o cinco compañeros que también iban a coger el tren. Volvimos a hablar de banalidades y salí de la estación en dirección al hotel. Pensaba en aquel niño al que quise y admiré, me asaltaban los recuerdos de los internados que compartimos, en los que estábamos tan solos. (…) Aquel niño pequeño, seguro, regordete, tan limpio, tan fuerte, que tomaba notas en su cuaderno, ya no existía. Quedaba el recuerdo en las fotografías que algunos de los asistentes a la reunión habían traído consigo, y nos mostraron, eso era lo que quedaba de nosotros, los de entonces.

A modo de cierre, me gustaría decir que no sé si he recogido bien el sentido de lo que Rafael Chirbes escribió en su cuaderno con fecha de 24 de octubre de 2004. Lo que sí puedo decir es que, hace algunos años y en dos ocasiones, me invitaron a encuentros de viejos compañeros del colegio de Badajoz en los que realicé los estudios de Bachillerato.

En ambas ocasiones decliné la invitación. No quería remover el fondo de las emociones que forman parte de mi pequeña historia; no quería ir a lo que Daniel Guerrero, en un excelente artículo, denominó "encuentros con fantasmas".

Aclaro que de ningún modo estoy en contra de estos encuentros. Solamente quiero apuntar que tengo un fuerte sentido de la amistad, por lo que, con mis amigos de la infancia, los de verdad, sigo manteniendo viva esa llama al cabo de los muchos años.

AURELIANO SÁINZ
  • 14.8.22
Regresamos a Córdoba después de haber permanecido un tiempo en Barcelona con nuestro nieto Abel y sus padres. La estancia es un verdadero disfrute, pues pasarla con un crío cargado de imaginación y de unas enormes ganas de jugar supone una especial alegría, en la que se mezclan la experiencia de los mayores y la curiosidad por todo en los inicios de una vida que se asoma a un mundo lleno de sorpresas a la mirada infantil. Bien es cierto que al final de la jornada acabamos agotados, aunque todavía estamos en condiciones de seguir el ritmo de un niño de cuatro años, al que parece no cansar tanto movimiento y ajetreo.


Una vez vueltos e instalados en casa, como suele suceder tras los viajes, hay que reorganizar lo que se dejó pendiente atrás cuando salimos para reencontrarnos, otra vez, con ese orden cotidiano en el que nos movemos casi automáticamente. Veo que necesito bajar y acercarme a la farmacia que se encuentra en la acera de enfrente para pedir unos medicamentos que nos faltan.

Entro y compruebo que no hay nadie esperando. Como nos conocemos desde hace años, saludo a Sonia, una chica joven, de carácter alegre y que comparte con Marisa la atención a los clientes.

“¿Qué tal, Sonia? ¿Cómo has pasado estos días de calor?”, le pregunto, al tiempo que miro al nuevo compañero que tiene a su lado.

“Bien, bien… Ya sabes que yo soy de Córdoba y desde pequeña estoy acostumbrada a estos veranos, aunque en el de este año se ha desbordado el calor… Por cierto, ¿conoces a Antonio, mi nuevo compañero?”.

Le digo mi nombre y le extiendo la mano, mientras ella le dice: “Es el profesor de quien te comenté que, durante el confinamiento y tras acabar con los aplausos que se daban a partir de las ocho de la tarde, nos ponía muchas canciones, por lo que se nos hicieron más llevaderos esos días en los que la gente no podía salir de sus casas”.

Me alegra mucho que Sonia recuerde aquellas fechas en las que me convertí en una especie de ‘DJ de barrio’, pues era necesario echar un poco de imaginación para aliviar la sensación de enclaustramiento en la que los españoles nos encontrábamos.

“Por cierto, ¿qué canciones te gustaron de las que puse?”, le pregunto, esperando que me nombrara algunas de ellas.

“La verdad es que casi todo lo que ponías me gustaba, aunque había una de amor, que yo no conocía, que me encantaba. Recuerdo que estaba cantada a dúo en italiano. ¿Cómo se llamaba?”. “¡Ah, sí! Se llama ‘Tango’. Es la del italiano Angelo Branduardi que canta con Pietra Montecorvino, una mujer que tiene una voz maravillosa… Resulta curioso porque es una de las canciones favoritas de Flora. Yo se la suelo poner de vez en cuando”.

Tras la breve charla con Sonia y Antonio, me despido de ambos y regreso a casa.


Una vez que cierro la puerta, no se me ocurre otra cosa que colocar el cedé en el lector de discos para oír de nuevo esta hermosa canción que aparece en la película que también tiene el título de Tango y que dirigió Carlos Saura.

Arranca la música y comienzo a escuchar las primeras notas que son el prólogo de la voz de Angelo Branduardi que canta en ese idioma que parece hecho para declaraciones de amor. Estos son sus primeros versos: “Come arance rosse / assaporo i gioni / ora che ho incontrato te / Dolce e profumata ora è la mia vita / E per questo, grazie a te…”.

Una traducción del italiano podría ser: “Como naranjas sanguinas / saboreo los días / Ahora que te he conocido / Dulce y fragante ahora es mi vida / Y todo ello, gracias a ti…”.

La música poco a poco se extiende por toda la casa, impregnando las paredes del aroma romántico de sus notas y versos. Oigo caminar por el pasillo hacia el lugar en el que me encuentro. Al momento, Flora abre la puerta y entra el salón. Me ve siguiendo la canción. Me mira y, con gesto de complicidad, me sonríe.

AURELIANO SÁINZ
  • 7.8.22
Me encuentro, por fin, inmerso en un libro que llevará por título El dibujo de la familia. Han sido muchos años investigando en las representaciones que realizan los escolares acerca de cómo ven a sus propias familias a través de sus dibujos. También han sido numerosos artículos los que he publicado en distintos medios, por lo que me parecía razonable que ya recogiera en una publicación todo lo que he ido escribiendo a lo largo de los años.


Bien es cierto que en la tercera edición de El Arte Infantil. Conocer al niño a través de sus dibujos incorporaba al final del libro un extenso capítulo dedicado a este tema. Pero he considerado que era necesario profundizar en un tema en el que se recogieran todas las modalidades que actualmente existen de familias, con el fin de indagar en la formación y el desarrollo de las emociones en niños y niñas a partir de ese núcleo social básico.

Son muchos los autores de distintas disciplinas (antropología, sociología, psicología, psicoanálisis, pedagogía…) a los que he acudido para fundamentar con solidez las tesis que desarrollo en el libro. Pero hay un caso que quisiera presentar en esta ocasión por la lucidez con la que abordó el significado emocional, especialmente dentro de los progenitores, de los cambios que se producían en el paso de la denominada familia tradicional a lo que podríamos llamar nueva familia –aunque, como he indicado, habría que hablar en plural, es decir, nuevas familias–.

Se trata de la psicoanalista Therese Benedek, de la que brevemente extraeré algunos párrafos de su obra La familia, que compartió con autores tan relevantes como Erich Fromm o Max Horkheimer. Brevemente, indicaré que Therese Friedman, que así es su nombre original, nació en 1892 en la localidad húngara de Eger.

Fue la única de los hermanos que realizó estudios universitarios en el campo de la Psicología Infantil. Tras seguir los cursos de lectura psicoanalista del húngaro Sándor Ferenczi, discípulo de Sigmund Freud, decidió pasar al campo del psicoanálisis.

Con su marido, Tibor Benedek, en 1936, un año después del ascenso al gobierno alemán del Partido Nazi de Adolf Hitler, decidió huir a Estados Unidos, tras haber trabajado en Berlín durante años en la Universidad de Leipzig, accediendo a la ciudadanía estadounidense en 1943.

En su nuevo país, comenzó trabajando como analista en el Instituto Chicago de Psicoanálisis. Fue una de las personas más relevantes en la implantación de esta disciplina en Estados Unidos, al haberse especializado en el estudio de la mujer dentro de las nuevas formas familiares. Fue presidenta de la Sociedad Psicoanalista de Chicago, ciudad en la que falleció el 27 de octubre de 1977 a la edad de 84 años.


Para que, básicamente, podamos comprender la visión de los niños acerca de cómo expresan sus ideas, tanto de la familia tradicional como de las nuevas formas familiares, que fueron estudiadas por Benedek, selecciono dos dibujos de cada una de ellas y paso a explicarlos.

En el que acabamos de ver, de un niño de 9 años, se distinguen las diferencias de tamaño y de roles de su madre y de su padre. Como podemos observar, su madre, en tamaño muy pequeño, se encuentra barriendo la casa; mientras que su padre, muy grande, trabaja sentado con el ordenador. Claramente, se aprecia la diferencia de los valores simbólicos que les atribuye en el seno de una familia con roles tradicionales.

Por otro lado, y dada la brevedad que exigen los artículos en medios digitales, destaco dos párrafos de Therese Benedek sobre la familia tradicional extraídos del libro La familia.

La estructura emocional de la familia patriarcal idealizada resultaba fija y estática: el padre-marido se suponía fuerte y activo y su papel consistía en proporcionar a la esposa y a los hijos no solo los medios de subsistencia necesarios sino también el amor y la protección indispensables, como medio de seguridad personal” (pág. 149).

Es indudable que no llegaremos a comprender los problemas del individuo actual si seguimos generalizando y creyendo que la imagen de los padres, forjada y experimentada por el niño, es la de una madre que constituye la única fuente de satisfacción, de placer y de un padre fuerte, infalible, representante amenazador del código moral” (pág.168).


La imagen de un padre fuerte, activo, infalible y representante del código moral de la familia, tal como manifiesta Benedek, se puede expresar gráficamente de diferentes modos. Aparte del aumento de tamaño, bastante habitual en los dibujos de niños y niñas cuando viven en familias tradicionales, también la posición que ocupan dentro de la escena del grupo familiar nos da pistas del simbolismo de autoridad paterno.

Es lo que vemos en el dibujo precedente, de una chica de 11 años, que comenzó por la figura de su padre, quien aparece sentado en una butaca, como signo evidente de autoridad. Posteriormente, trazó las de su madre, su hermana, sus dos hermanos y ella misma, todas de pie, rodeando el espacio ocupado por la figura paterna.


En las últimas décadas, y en las sociedades occidentales, los cambios en las estructuras familiares han sido enormes. Como expresión de esas transformaciones, que Therese Benedek comenzó a analizarlas ya en los sesenta y setenta del siglo pasado, aporto algunos párrafos de lo que ella consideraba rasgos de la nueva familia.

El matrimonio entre cónyuges iguales es el ideal de la sociedad democrática individualista [o de reconocimiento de cada individuo]. Nuestra aspiración cultural es, por consiguiente, que el matrimonio opere sobre el fundamento único del amor, es decir, no solo en función de la reproducción, sino también en la búsqueda de la felicidad, de la maduración individual de cada uno de los cónyuges” (pág. 159).

La obligación de estos es ayudarse mutuamente” (pág. 159).

La función actual de la familia es la siguiente: ha de crear las condiciones que permitan a cada uno de sus miembros intentar y conseguir la mejor integración posible de su individualidad y conservar, al contraer matrimonio, su capacidad de ajuste a las exigencias de la vida familiar” (pág. 167).

Como expresión de estas ideas, he mostrado el dibujo de Raquel, una niña de 10 años. Vemos que comenzó representando, en primer lugar, a su madre, como signo de la importancia que ella le atribuye dentro del grupo familiar. La traza segura y saludando con las dos manos; al tiempo que el padre está a su lado, con los brazos detrás de la espalda. Ella y su hermano aparecen juntos en la izquierda, ambos en actitud cariñosa.


Uno de los aspectos emocionales significativos dentro de las nuevas familias es que el padre no tiene problemas de mostrarse afectuoso con sus hijos o hijas, puesto que entiende que la virilidad no se encuentra en la idea tradicional que se transmitía según los valores que nos ha descrito Therese Benedek, de la que continúo con otros párrafos suyos.

En las mentes de los niños actuales la imaginería de sus padres no tiene contornos tan definidos” (pág. 168).

El comportamiento de los padres hacia el recién nacido está condicionado hoy por la igualdad entre el marido y la mujer, por la igualdad de su responsabilidad y por la similitud del goce que les producen los niños” (pág. 168).

El joven marido que ayuda a su mujer pone en marcha, inconscientemente, un proceso que le hará extremadamente difícil, por no decir imposible, el papel patriarcal del padre” (pág. 168).

Como ejemplo de lo indicado es el dibujo de Marina, una niña de 11 años. En él, vemos que el padre lleva en hombros a su hermana pequeña, de modo que esta expresa su alegría extendiendo los brazos. Por otro lado, el grupo familiar aparece muy unido por la superposición de los cuatro miembros que ha realizado la autora.

Para cerrar este breve recorrido por las ideas de Therese Benedek, viene bien esta frase en la que nos dice que “la familia tiene una función doble: es conservadora porque mantiene los logros del pasado; es progresiva, porque transmite los nuevos bienes culturales”. A fin de cuentas, dentro de los cambios de las estructuras familiares encontramos esa visión dialéctica en la que hay que saber articular todo lo favorable de las formas tradicionales con los nuevos valores que en la actualidad se defienden.

AURELIANO SÁINZ
  • 31.7.22
Hubo un tiempo en el que los hombres creían que el sol era un dios que dirigía los destinos de los seres humanos, por lo que se le veneraba en distintas culturas como la egipcia (Ra), la griega (Helios), la sumeria (Utu), la inca (Inti)… Esto es lógico si tenemos en cuenta que, en aquellas épocas, se miraba al cielo, entre el asombro y el espanto, como la fuente que dirigía el rumbo de los mortales que poblaban la Tierra.


El cielo y la tierra. Esta era la dicotomía o dualismo en el que se desenvolvían las distintas religiones que intentaban explicar el origen del mundo a partir de sus conocimientos y deseos. En el Antiguo Testamento, libro sagrado de las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam) no se habla del sol, sino que en el Génesis (cap. 1: 14, 15) aparece: “Dios dijo: Haya lumbreras en el firmamento que separen el día de la noche, sirvan de signos para distinguir las estaciones, los días y los años, y luzcan en el firmamento para iluminar la tierra”.

Han transcurrido milenios desde que ese párrafo fuera escrito. No obstante, hay gente que sigue pensando en ese dualismo –cielo y tierra–, sin imaginar, tal como nos indica la ciencia, que el sol no es más que una estrella dentro de los miles de millones que existen en nuestra galaxia, la Vía Láctea, y que ésta a su vez es una galaxia más entre los billones de galaxias que pueblan un universo en expansión.

Desde este pensamiento de base científica, nuestro planeta queda reducido a una mota de polvo si contemplamos las asombrosas imágenes que recientemente nos ha proporcionado el telescopio James Webb de un cúmulo de galaxias, algunas de ellas nada menos que a 13.000 millones de años-luz de distancia.

Para que nos hagamos una idea de esa distancia, podemos sacar la calculadora e ir multiplicando por los 300.000 kilómetros que recorre la luz en cada segundo (multiplicando, a su vez, por los segundos que contiene un año). Vivimos, pues, en un espacio infinito que nos hace sentir insignificantes cada vez que pensamos en ello.

Sin embargo, cuando somos pequeños, imaginamos la naturaleza a partir de ese dualismo (cielo y tierra) dado que la experiencia directa de nuestros sentidos nos indica que vivimos y nos movemos sobre un suelo sólido del que no llegamos a conocer sus límites; que por encima de él está el aire; y, más allá, el cielo en el que se encuentran el sol, la luna y las estrellas que aparecen por la noche (es decir, las luminarias de las que se habla en el Génesis).

Este pensamiento primigenio arraiga con fuerza en el fondo de la mente, de modo que subyace en una parte significativa de la población como la forma, supuestamente real, del universo. Todo ello a pesar de las numerosas imágenes fotográficas o de los documentales emitidos en distintos medios en los que se explican los fundamentos del universo.

Cielo y tierra, presididos por el omnipresente sol. El mismo sol que por estas fechas nos achicharra. Y lo más curioso, tal como he observado en los dibujos de los niños cuando representan a la familia, es que muchos de ellos lo incluyen en la escena que han trazado como si formara parte del grupo familiar.


Como he apuntado, los niños no se suelen olvidar del sol cuando se les pide que dibujen a sus familias. Sin embargo, todos nosotros nos hemos acordado de él y de modo continuo en estas fechas de verano por el calor abrasador que nos llega (aunque de esto último, los humanos somos responsables por las alteraciones climáticas que estamos provocando).

Para que entendamos que esta estrella puede expresarse gráficamente de manera abrumadora, he acudido al dibujo de Teresa, una niña de cuatro años, para la portada del artículo. Es un enorme sol animista, es decir, que piensa y siente como las personas, por lo que le traza los ojos, la nariz (con un círculo similar al de los ojos) y la boca.

Ese sol infantil también puede aparecer en una de las esquinas superiores de la lámina, tal como lo hace Álvaro, que tiene un año más, es decir, cinco. En el dibujo aparecen el pequeño autor, junto a sus padres y su hermano, esperando a que el semáforo se ponga en verde para cruzar en el paso de peatones. Y, mientras tanto, muestra un sol asombrado al contemplar la escena familiar.


Se puede estar tentado a creer que esos rasgos animistas corresponden a las edades más tempranas y que, posteriormente, desaparecen. Sin embargo, siguen apareciendo a lo largo de Primaria, aunque, como veremos, con ciertas modificaciones. Así, el sol estará contento y sonriente si la familia es feliz, tal como se puede ver en el dibujo de Raquel, de ocho años, como si participara de las emociones que la niña manifiesta en su familia.

Sobre esta cuestión, les suelo preguntar a mis alumnos acerca de las razones por las que ellos creen que los escolares representan el sol mayoritariamente de forma animista. Me suelen responder que se debe a que lo han visto en los cuentos o en las películas de dibujos animados. Les explico que es a la inversa: en los cuentos y en los dibujos animados se les hace hablar a los animales que los protagonizan porque tenemos un pensamiento animista muy acentuado en las primeras edades. De igual modo sucede con los dibujos del sol, la luna y otros elementos de la naturaleza.


Bien es cierto que, a medida que se crece, las representaciones del sol se cargan de humor, por lo que se le hace partícipe de las escenas bromistas que los niños pueden plasmar, tal como acabamos de ver en el dibujo precedente.

Es lo que hace Javi, un chico de 11 años, que dibujó a su familia en el campo y, en tono de broma, se muestra montado en una bici persiguiendo a su padre que pide socorro, al tiempo que le indica que pare. Su ‘hermana mediana’, tal como el mismo escribe, se asusta porque ha visto una cucaracha. En este caso, el autor dibuja un enorme sol en el cielo, que, con gafas oscuras, se ríe de la familia que contempla en la tierra.


El sentido del humor aumenta a medida que uno va creciendo. Bien es cierto que ese clima de alegre optimismo debe existir dentro del seno de la familia, pues si no fuera así, difícilmente los autores de los dibujos realizarían escenas de esta índole.

Sirve de ejemplo el dibujo que realizó María Jesús, de 12 años, en la que se representa con su perro ‘Yaco’ que se le va escapando, al tiempo que su hermana mayor y su ‘cuñao’ los observan. Arriba muestra un sol animista, con cara de fastidio, como si dijera “menuda familia la que tengo debajo de mí”.


Cierro este recorrido por las representaciones del sol en los dibujos de los escolares con este tan singular de Javier, de 9 años, en el que se ha representado con su hermano pequeño y su madre portando los tres la camiseta del Barcelona y todos con un balón. También aparece su padre, vestido de verde, ya que es el portero, con otro balón.

Lo más sorprendente es que ha trazado a un sol sonriente con cuatro ojos: tres juntos de tamaño grande y otro por encima más pequeño. ¿Qué ha querido decir este niño con este sol tan singular? Lo cierto es que no podemos saberlo, pues Javier tiene síndrome de Asperger, déficit enmarcado dentro de los trastornos del espectro autista, por lo que no puede dar razones de algo tan singular como el que acabamos de ver.

AURELIANO SÁINZ
  • 24.7.22
Buenos días, señor presidente… Pase, por favor, túmbese en el diván, concéntrese y relájese mientras voy echando una ojeada a la charla que mantuvimos en la última consulta... Mientras tanto, y como usted bien sabe, todo el mundo se pregunta qué pasa por su cabeza, cuáles son sus obsesiones o qué piensa de este o de aquel tema; pero, mucho me temo que la gente no tiene la menor idea de los entresijos de una mente tan complicada y enrevesada como la suya.


Bien, bien…, continuemos indagando en la búsqueda de su trauma más peliagudo. Tengo aquí anotado que seguía insistiendo en la pérdida de identidad que había sufrido de un tiempo para acá, a la vez que sentía fuertes impulsos agresivos y de autodestrucción por un conflicto que no le deja dormir y que le está causando tantos desajustes emocionales.

Quedamos en que, a fin de cuentas, no era un inútil ni un desgraciado como empezaba a sentirse, ni que, a pesar de su edad, aún no formaba parte de esa triste tropa de jubilados que no sabe qué es lo que tiene que hacer cuando se levanta por la mañana y es la viva imagen de la decrepitud.

Una pregunta: ¿Todavía siente rabia y deseos de llorar por las mañanas cada vez que se mira al espejo? ¿Sí…? Bueno, bueno…, cálmese. Ya verá como Sigmund Freud vendrá en su ayuda para recomponer su ‘yo’, su ‘ello’ y su ‘superyó’ que los tiene bastante desajustados. No se preocupe, pues últimamente han proliferado estos desequilibrios en la gente más selecta de nuestra amada patria y que, como usted, siente que su brillante estatus se tambalea.

Veamos lo que tengo anotado de su último sueño: “Tras mirarse en el espejo y contar los pelos que le quedan, se ve saliendo de su bonita y elegante dacha todo contento, cuando de pronto se da cuenta que ha dejado atrás a su mujer que está maniatada en una silla, con la boca vendada, intentando desesperadamente decirle algo antes de que se suba al coche blindado, seguido por los agentes que vigilan su seguridad… Usted, desde su coche, intenta decirles que paren; en cambio, le ofrecen una tableta de chocolate suizo…”.

Un análisis detallado de la escena me da a entender, por una parte, que inconscientemente teme que su mujer le reproche que aún no haya arrasado Ucrania; y, por otro lado, que ella lo mire con desinterés porque ya no lo ve tan apuesto cuando sale de casa para montarse en el coche en dirección al Kremlin. Esto segundo puede ser la causa de una profunda angustia, ya que ahora no se siente como el héroe rubio, valiente, triunfador montado a caballo y con el torso desnudo que tanto le gustaba mostrar… En fin, veamos si hay algo de esta segunda posibilidad.

El doctor mira de reojo a su paciente y comprueba que empieza a angustiarse.

Por favor, por favor, señor presidente, tranquilícese, tome esta caja de kleenex y séquese esas lágrimas que están asomando en su rostro… Entienda que la mezcla de complejo de inferioridad y sentimientos de autodestrucción que se han adueñado de su psique forman una auténtica bomba de relojería que es necesario controlar… Bueno, jeje, lo de bomba no se lo tome al pie de la letra… Ya sabe.

Sigamos… En lo que sí parece que estamos de acuerdo es en que hay que encontrar una solución a este problema antes de que las cosas vayan a peor. De entrada, y ya que le resulta imposible dejar de ver compulsivamente la televisión, conviene que no se obsesione con ese chico de abundante cabellera rubia y de ojos azules que con tanta frecuencia sale en la televisión anunciando una nueva marca de chocolates.

Bien… En esta sesión de hoy debemos estar ya preparados para que veamos el anuncio que le ha hundido anímicamente. ¿Está listo…? No cierre los ojos porque debe ser fuerte y afrontar la dura realidad. Piense que tiene que superar el profundo trauma que le ha causado esa campaña de chocolates y que ya voy enlazando con su último sueño.

¿Cómo se siente ahora tras haber visto el anuncio? ¿Sigue con las palpitaciones…? Bueno, bueno…, tranquilícese, tome un vaso de agua, respire hondo, eche la cabeza hacia atrás sobre el respaldo, cierre los ojos y deje fluir la mente unos minutos. Descanse un momento y analicemos las imágenes que han sido la raíz del profundo conflicto que le acompaña. Tenga en cuenta que fue el genial Freud quien, por otro lado, nos habló de la pulsión de muerte que, a mi modo de entender, usted sí la tiene en grandes dosis.

Habíamos llegado a la conclusión de que no le genera ningún sentimiento de culpa machacar a los ucranianos, tal como ahora hace, o que usted pudiera iniciar la tercera guerra mundial, tipo nuclear, pues la llevaría adelante por defender a la santa Rusia, tal como dice como nuestro amado patriarca Kirill.

Entonces, descartando lo anterior, imagino que posiblemente el origen de su problema reside en la atroz envidia que siente por el hermoso cabello de ese joven rubio que tanto se le parece. Veamos si es aquí donde anida el origen de sus fuertes impulsos destructivos; ya que, como no puede acabar con la imagen irreal de un anuncio, ahora desplaza sus impulsos destructivos hacia los pobres ucranianos.

Y ahora, señor presidente, si me lo permite, pasemos a la pregunta crucial. En este caso se la digo de manera directa y sin rodeos: “¿No le ha resultado eficaz el crecepelo que le receté para que recuperara su juvenil cabellera rubia que tanto añora?”.

Un silencio inquietante se abre paso entre Vladimir Putin y el psiquiatra que de manera totalmente secreta lleva tratándole desde hace tiempo.

El presidente, con el rostro pétreo, le dirige una mirada gélida que lo traspasa como si fuera un afilado sable que va de parte a parte. Apenas hay tiempo para medir sus vertiginosas reacciones, ya que su mano derecha se ha dirigido velozmente al interior de la chaqueta de la que extrae una pistola modelo Makárov que siempre le acompaña.

¿Por qué me mira así? ¿Qué le sucede? ¡Por el amor de Dios, señor presidente, guarde esa pistola! ¡¡No!! ¡¡Nooo…!!

* * * * *

En la sala contigua, la secretaria escucha un fuerte sonido, seco y metálico, al tiempo que un alarido se extiende por toda la consulta.

Agitada, entra a toda velocidad en el despacho y horrorizada contempla al doctor, con la cabeza echada sobre la mesa de trabajo y bañada en un charco de sangre.

En la esquina del fondo, encuentra una inquietante figura que porta un revolver en su mano derecha, con la mirada extraviada, el rostro cubierto de lágrimas y repitiendo para sí de modo compulsivo: “¡Esa cabellera…! ¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo…!”.

AURELIANO SÁINZ
  • 17.7.22
Summertime… tiempo de verano. Calor, mucho calor y más calor. Calor que ahuyenta al personal de las ciudades para irse a la playa, a la piscina o a meterse en cualquier lugar con aire acondicionado y que te libre de los cuarenta y tantos grados que marcan los termómetros.


Calles y avenidas vacías en esas horas en las que la temperatura se ha adueñado de los espacios transitables. La gente refugiada en sus casas como si temiera a un invisible enemigo que acecha con algunos de sus ‘golpes’ a cualquiera que temerariamente lo rete.

Calor que ablanda las neuronas y que te impide pensar con una cierta coherencia. Porque lo menos que deseas es cavilar, ya que, por mucho que lo hagas, no lograrás que el astro sol deje de achicharrarnos, se tranquilice y se apiade un poco de nosotros.

Calor intenso del verano; y a mí, no sé por qué, siempre por estas fechas acuden a mi mente las notas y letra de Summertime, ese tema concebido como un aria de la ópera Porgy and Bess que escribiera el compositor estadounidense George Gershwin en 1935.

Summertime, inolvidable canción que Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, dos gigantes del jazz, se encargarían de popularizarla allá por la década de los cincuenta del siglo pasado.


Summertime when the livin’ is easy / Fish are jumpin and the cotton is high…” (“Tiempo de verano cuando la vida es fácil / los peces saltando y el algodón está alto…”).

Así, lentamente, comienzan esas dos grandes voces a desgranar los cortos versos de la canción, recordándonos el abrumador calor nocturno del estío en las poblaciones negras sureñas, el mismo que impide dormir a niños y mayores que, arremolinados en los porches de las casas, se agrupan para charlar en esas altas horas.

En cierto modo, estas imágenes pueden extraerse de la película Porgy and Bess, dirigida por Otto Preminger y que vio la luz en 1959. Cabe decir, como no podía ser de otro modo, que la cinta recibió el Oscar a la mejor banda sonora.

Para que nos hagamos una idea de la popularidad de esta canción, tengo que apuntar que a lo largo del siglo pasado ha tenido más de ¡38.000 versiones! Imposible imaginar tantas interpretaciones distintas. Pero si hay una que a mí siempre me ha emocionado es la que hizo Janis Joplin y que apareció en 1968 en su álbum Cheap Thrills.


You´re dady´s rich and your ma is good lookin / So hush little baby, don´t you cry…” (“Tu papá es rico y tu mamá es guapa / Así que cállate pequeñín y no llores…”)

La inolvidable voz de Janis Joplin parece desgarrarse de un momento a otro. Pero el triste destino que le esperaba a la cantante de blues-rock de Port Arthur (Texas), dado que falleció con solo 27 años, nos dejó huérfanos con muy pocos álbumes grabados en estudio.

Tal como he apuntado, han sido miles de cantantes los que se han lanzado a realizar sus versiones. Pero como hay que abreviar, indicaré que la última que conozco, correspondiente a 2020, es la que realizó la estadounidense Lana del Rey, quien en esta ocasión aparece acompañada de su grupo. Es buena versión, aunque le falta el profundo sentimiento que se desprende de las jazzísticas o de blues que la han precedido.


One of these mornings you gonna rise up singing / Oh you spead your wings and you take to the skies…” (“Una de estas mañanas te levantarás cantando / O, abres tus alas y te llevas a los cielos…”).

Summertime. Tiempo de verano. Tiempo de calor, de mucho calor. Hay que protegerse, ya que las calles, las avenidas y las alamedas se encuentran sin un alma, como es el caso de este largo paseo central de Córdoba, del que muestro solo una parte y que parece abandonado en las horas centrales del día.

Summertime… Tiempo para que recordemos esta enorme canción de la que he mostrado tres versiones, pero que pueden ser muchísimas más, y que, a buen seguro, acabarían reconciliándonos un poco con este calor tórrido.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍA: AURELIANO SÁINZ

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