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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

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  • 27.8.22

Superé la pronunciada curva en rampa del aparcamiento para desembocar en la deslumbrante intensidad de la luz. La tarde, algo acalorada, se encaminaba hacia su madurez; y yo, una piececita más de aquel transitar fluido, salía de la ciudad. Conducía pensando en el grupo de viejos amigos navegando beodos y satisfechos por el calmo azul de la bahía. Por distraer la hora larga que me llevaría el viaje, até, desaté y volví a atar los cabos del mismo nudo. Un empresario farmacéutico, un biólogo, directivo de una empresa de investigación biomédica, un militar de alta graduación, un arquitecto metido a constructor, y el estirado Perals, fundador del prestigioso bufete, cultivan una amistad entrañable, de toda la vida. Son el núcleo; cercanos, podría añadir con más o menos tino, al señor Flores y a doña Elvira; Castilla quedaba en la corteza, indiferentes a su inocua veleidad literaria. Hernández, un satélite aparte, me había hablado de siete libros, «edición privada», que los demás ignoraban. Era extravagante esta faceta de Castilla: silenciar unas obras que él se pagaba. Individuo peculiar, muy peculiar; era razonable interpretarlo así. Todos los Castellae, de no ser por la profesora, lo seguirían imaginando en lo de siempre: una vida corriente, de funcionario, como la había calificado el periodista; aparte, resultaba chocante que en todas sus historietas, tal vez por no venir a cuento, ninguno mencionara que lo echaba de menos. Por esto sufrí un principio de melancolía: a la pamema de la vida la trocean los relojes, los calendarios; si echamos cuentas, solo nos da para contar sensaciones, dulces o amargas, unas más fuertes que otras si depuramos letargos y basurillas varias. La afinidad, la simpatía inician el grupo, la amistad lo cultiva; a los episódicos, a los conocidos, revueltos con otros que llegaron a íntimos, el tiempo los arrastra y la corriente se los llevó. «Y todo esto, fuera de lo que persigues, ¿a qué viene, a ti qué te importa? Y si te importa, ¿qué?». Terminé preguntándome si sería aconsejable preparar una tanda de entrevistas por separado. No, seguramente no.

Cuando llegué, casi en el tiempo previsto, el hambre, azuzada por el espumoso y mi estoica renuncia a las quisquillas y el salpicón, mantenía su exigencia. Cielo alto, sol espléndido, arbolitos y piar de pájaros cuando abandoné mi coche y caminaba hacia el hotel, situado en una plaza recoleta con sombra de acacias en el piso adoquinado. Me identifiqué y conseguí dar pausa a las preguntas que le hice al correcto joven de recepción. Quedó indeciso, prendado de algo en la pantalla que tenía delante; «Un momento, por favor» me pidió, y se fue con la foto que le había entregado a consultar con un señor vestido de oscuro que, unos pasos más allá, informaba a un cliente garabateando redondeles en un folleto turístico. Aguardó respetuosamente a que su jefe, así lo supuse, terminara la función.

Yo me estiré un poquito, acerqué mi expresión a la sonrisa, coloqué las manos sobre el mostrador y esperé también.

Hubo coloquio entre ellos, el hombre inclinó la cabeza sobre el hombro para avizorarme; se desplazaron hasta una mesa, el jefe tecleó ante una pantalla, contempló el resultado y se lo comunicó al joven. Este me informó con palabras de segunda mano que el señor Castilla no disfrutaba los servicios del hotel en aquel momento, pero solía hacerlo varias veces al año, la última entre finales de enero y principios de febrero: tres noches.

–¿Tenía coche el señor Castilla?

Se aproximó a la pantalla y tecleó.

–Nunca se le ha facturado por ese concepto.

Natural: carecía de carnet de conducir, según la profesora; pero hay que preguntar.

–¿Estaba acompañado?

Deshizo el amago de consulta al jefe.

–Ocupó una habitación individual.

–¿Siempre?

Se lo pensó; volvió a teclear.

–Individual, sí

Le di las gracias.

Fui a sentarme en la terraza, situada en la trasera del hotel; la cafetería ocupaba una esquina del salón que prolongaba el vestíbulo, frente al prado con blancos y rosados arbustos de azalea, limitado por setos de aligustre; en lo hondo, el tremor de la alameda bordeada por el río. Llegaba un airecillo que comenzaba a insolentarse, traía desde la ribera un olor amargo, húmedo de barro, vegetal. Comí con ganas lo que me pudieron ofrecer a esas horas: una ración de ensaladilla rusa y algo de paté con mermelada; el café lo reservé para pretextar conversación acodado en la barra.

Probé mis argumentos, café y algún aguardiente por medio, en el alfombrado saloncito con veladores y vitrinas que procuraba intimidad si te acomodabas en el pinturero rinconcito a la vista del hipnótico movimiento de los árboles. El camarero, un veterano de maneras blandas y tendencia alcohólica, agradeció la compañía con algún chisme; se extrañó de que aquel señor Castilla, cliente «bastante habitual» al que había visto en febrero, cuando la Feria de la Gastronomía, «Hubo mucho negocio», se dedicara a temas de restauración; a él la había dicho que era profesor «pero no de qué». La conversación fue dando tumbos, hasta que referí de cierta actriz: le bizquearon los ojos. Me dijo que la «hermosa señora» era dueña, por herencia materna, de una corsetería con escaparate a una concurrida callecita anexa a la avenida principal.

–Cinco meses, desde la feria. El señor, muy correcto, la espera siempre allí –señalaba el rinconcito– y ahí tienen su conversación, muy amena, leen y todo. Ella sigue siendo un monumento –y la antigua visión lo alumbró más que el alcohólico perfume del brandy que «a su salud», la mía, se estaba tomando–. Los jóvenes ni la conocen, ¡brutos…!

Yo pretendía la confidencia y fingía acompañarle, hasta que:

–Una señora elegante, es su natural; pero se la veía enfadada. La única vez, siempre tan avenidos, pero enfado, enfado, enfado. ¿Sabe usted esas miradas que te cuajan? –se le desmayó la mano sobre el mostrador–. Ella no levantó la voz, es muy discreta, muy señora, pero el carácter, que debe ser de aúpa, le salía por los ojos –graficaba el flujo con los suyos removiendo los dedos como si hipnotizara–. Él ni se diga: igual pero en pacífico. Hombre de pocas palabras, muy amable, simpático de esa manera. Le he comentado cosas bonitas de ver en la ciudad y en sus alrededores, ha debido viajar mucho, no presume pero se le nota. Se quedó a comer en la cafetería, me agradeció que le recomendara el vino.

–¿Solo?

Tomó su copa y se calzó un trago; se le amargó la boca y registraba mirando el salón vacío.

–¿Aquí, en la cafetería? –imprimió en el sobado posavasos la yema del pulgar–. También, en cualquier sitio que lo haya visto. Sí, solo; la última vez, allá por febrero. Ella se marchó, no se lo había dicho.

El hombre ya se explayaba en lo que no venía a cuento. Le aboné las consumiciones más propina. Agradeció pero me torció la jeta: no le gustó quedarse a mitad del soliloquio, tan ameno.

HG MANUEL

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  • 20.8.22

–El terreno está en Las Cañadas, cerca de la playa –me informó don Hugo–. Pero no se moleste, mandaré a alguien del estudio.

–Si puede ser pronto… –sugerí.

–Claro, mañana mismo.

–Pero ¿quién iba a estar al tanto de eso? –objetó don Mariano.

–Cualquiera de ustedes –respondí rápido, quizá demasiado.

No se lo tomaron muy bien.

–Pero… –se enojaba el militar.

–Tiene razón. Es lógico y es su trajo: sospechar de todos los que rondan a la víctima –atenebró la guasa don Fernán.

–Y va por derecho: entra, vivo, diligente… –intervino, siempre jovial, el señor Alatorre–. Joven, con trapío… Este señor encontrará a Castilla, lo reafirmo, ya lo he dicho.

Entre la burla y el optimismo, ambos contribuyeron a disipar el malestar.

–Oye, no se te habrán pasado las ostras –se alarmó el farmacéutico ante el militar.

–¿Por qué? ¿Crees que me flojea la memoria, pesado? Comenté tu inútil recado con el experto –don Mariano se refería a don Fernán.

–Nada mejor que un militar recadista –se cachondeó.

–¡Si te arreo un guantazo, recluta de intendencia…! –amenazó de mentirijillas, el brazo a la altura de la barbilla.

–Mejor una torta, la guardaré para el desayuno –se burló el señor Alatorre.

–Por más que te repitas Juanín… Ni me he molestado. A Gerardo le basta una llamada para encontrar lo mejor –aclaró, con gesto cansino, don Fernán.

–Me voy a buscarlo –se ofreció don Hugo.

Camisa a rayas abolsada por la floja barriguita, los puños remangados, el hombre presentaba surcos de gomina en el escaso pelo, papada bien rasurada y un aire amargo con ojeras que le decaía el rostro. Observaba yo todo esto cuando abandonó trabajoso la silla para dirigirse, a paso blando de zapatillas, hacia la puerta cristalera por donde entraba y salía el camarero.

–Presumir de memoria… Cuanto recuerdo inútil… –iba refunfuñando.

Con el manso reniego del arquitecto, y en cuanto a mi propósito, yo estaba de acuerdo…

–Ese señor, ahí donde lo ve, ha sido un gran atleta. Y en cuestión de juerga, si hay que arrancarse, nadie le llega –desde su silla, mal me miraba don Mariano; al parecer y sin que yo lo notara, me debió captar alguna conjetura inadecuada cuando la silueta del arquitecto se traslucía hasta desaparecer.

Le devolví la mirada, inocente como la de un querubín, y abandoné mi copa vacía sobre la mesa.

Parece que esto, mi dócil disposición, le dio confianza. Me ofreció la botella, que le acepté.

–El señor Castilla tiene suerte con los amigos –comenté, quizá se me notó algo de envidia.

No se hizo esperar la siguiente anécdota; comenzó a referirla el militar:

‒Estábamos en el descampado aquel, cerca del instituto. Allí se levantaron unos bloques de edificios…

–Donde tiene el bufete Perals –localizó don Fernán.

–…Exacto, eso es. Jugábamos un partido futbol, y unos capulletes de un curso superior que se habían fumado las clases…

–Como nosotros.

–…como nosotros, nos quisieron echar de allí para jugar ellos. Entonces, os acordáis, me enganché con el que llevaba la voz cantante…

–¡Qué tío! –se burlaba el señor Alatorre.

–…La pelea empezaba a ir mal, porque después de tanto correr yo estaba cansado. Y vosotros, sí, vosotros –acusó–, con el resto de gallinas os quedasteis en el cacareo.

–¡Kikiriquí! –se rio el farmacéutico.

–¡Hace el gallo, gallina idiota! Fue Castilla, el cegato Castilla, el único que arriesgó sus gafas por unir sus fuerzas contra el enemigo ventajista…

–¡Tararííí! –clarinazo del farmacéutico.

–…Desde entonces, aparte de amistad, siempre ha tenido mi respeto.

‒Bah, exageras ‒intervino don Fernán‒. Tú batallas huelen a trementina, irritan los oídos, como las de aquel profesor de historia que tuvimos en primaria. Cuando narraba las hazañas del Cid, nunca eran menos de doce por lanzada los enemigos ensartados.

–Sí, don José, lo acuerdo. Con su panza y echado hacia atrás –evocó alegre, mano en la barriga, el señor Alatorre–. Un profesor entrañable. Por cierto, ese que dices, el de la pelea, no me viene ahora su nombre, se hizo maestro, después lo traté, porque fue amigo de Castilla, resulta que también padecía la vocación poética. Pues a ese le dieron un premio por una oda a Pasionaria, lo leí en un dominical; para mí que se la inspiró Miguel Hernández. Pero el meollo de la noticia, no te lo pierdas, era que tanto él como su señora, otra infectada con la fiebre poética: anterior ganadora del mismo certamen, ya digo, se atribuían propiedades magnéticas ¡innatas! Aparecían fotografiados con unas cucharas colgándoles de la frente, de las orejas, de los brazos, de las solapas… ¡Lo que regala la edad!

Seguían con nuevos «¿Te acuerdas?» cuando decidí despedirme. Pero regresó don Hugo. Lo acompañaba un señor obeso, de estatura mediana, vestido con chaquetilla abotonada y pantalón blancos. Cara redonda y mofletuda, de riente simpatía; le brillaban la calva, los apuros del sudor y el bigotillo negrísimo.

–¡Muy buenas tardes, señores! ¡Todo listo! –anunció–. Imposible terminar antes. Los retrasos en la entrega, ¡no les quiero ni contar! Les acompaña Nené, que ya está a bordo. Y nada, ya saben, lo que ustedes dispongan.

–Gracias, Germán, gracias –agradecía don Fernán.

–¿Y las ostras? –se interesó el señor Alatorre.

–¡Ah, qué pregunta, don Juan! –se dolió el cocinero–. Planas, la mejores, de Arcade, y las gillardeau francesas; algunas le he puesto escabechadas y para las otras su salsa de cítricos o con aliño japonés. Elijan ustedes. Ha habido suerte, don Fernán, le he conseguido unas pocas fine de claire verte.

–¡Que grande eres, Gerardito! –se alegró–. ¡Venga, escapa de los fogones y embarca con nosotros!

–¡Ah, ja, ja! –rio encantado–. Imposible, ya quisiera. Aparte, ustedes lo saben, me pongo borrachito perdido. ¡Ah!, la botellita de sake, casi helada, también la llevan.

–¡Maravilla de las maravillas! –se regodeó Alatorre.

–Me sientan mal –encenizó don Hugo.

–¡Joder! –se desesperó el militar–. ¿Aviaste mi consomé, Gerardito?

–Ni se pregunta. De solomillo de buey, don Mariano.

–Dios te lo pague, so genio.

–Mejor ustedes, que ya tienen la costumbre. Hoy son menos, ¿no? –se extrañó el cocinero–. No veo a don Francis. Don Julio Perals tiene reserva en el salón Coral para esta noche. Por el señor Castilla ni les pregunto; aunque me dice aquí don Hugo que anda desaparecido.

–Así es, querido Germán. Voló. No sabemos de él y estamos preocupados –le aclaró don Fernán.

–Si no está de escapada en vete a saber dónde –aportó su parecer el arquitecto.

–Este señor tiene el encargo de encontrarlo –me presentó don Mariano.

–Lo lamento –se frotaba el cocinero las manos como si las tuviera bajo el grifo–. Tuve el placer de saludarlo allá por febrero. Lo acompañaba una señora muy vistosa, muy elegante. Su cara, fíjense, me sonaba…

–¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Cuenta, cuenta! –se sucedieron las voces sin que yo abriera la boca.

Resultó más productiva la declaración del cocinero que la incesante charla del grupo de amigos. Visitaba una feria gastronómica invitado por uno de sus proveedores y, casualidad, había coincidido con el señor Hernández en el hotel donde se hospedaba, y se explayaba con las virtudes de sus productos…

Fue el momento –ya les había proporcionado un buen tema de conversación que en el mapa de la memoria se había desmigado por aquí y por allá.

Entre las populares aclamaciones «¡Qué callado!», «¡No puede ser!», «¡Golfante!», «¡Adonis disfrazado!», me levanté, prometí, agradecí, me largué, creo que desapercibido.

HG MANUEL

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  • 6.8.22

–El Tiralíneas se comportó indignamente con un crío indefenso –se malhumoró don Mariano.

–Aparentemente. Olvidas el contexto, su llaneza con nosotros –justificaba el arquitecto, mientras se retiraba de la boca un resto de lo mascado–. Se burló, cierto; lo aguijaba para que su defecto…

–No era un defecto –corrigió don Fernán.

–Pues el efecto… su desgracia. Y lo aprobó, con buena nota, para que mantuviera la beca…

–¿Tenía beca? –se extrañó don Mariano.

–…No era mala persona, todo lo contrario; mantuve la amistad con él, siempre me dio buenos consejos. Puede que sea como dices, si con eso del alma te referías a las letras –le decía a Alatorre–, pero ni idea que haya escrito nada, aparte de aquellos dos libritos que le publicó la Balmis.

–De los que no quiere ni oír hablar –aseveró el señor Alatorre.

–¡Bah!, una forma de impostura, yo no me lo creo. Me parece que alguna vez os dije –ahora doblaba la servilleta don Hugo con mucho esmero y el desperdicio dentro– que se presentó en mi estudio. Me pedía presupuesto, quería construir una casa en el trozo de terreno que le habían legado sus padres. Esto ocurrió al poco de que ellos murieran. No pude atenderle, pasaba por una época de mucho trabajo…

–Era el desarrollo, uno de tantos desarrollos, otro desarrollo, siempre el desarrollo –ironizó don Mariano.

–¡Por qué simplificas lo complejo de ese modo tan simplón! –se exasperó don Hugo, un poquito.

– Tiene razón: el organismo y su ambiente. Relación complicada –metió baza, sonriente, don Fernán.

–Con el tiempo –prosiguió don Hugo; depositaba la apretada bola de papel en el borde de un plato –, la expansión de la ciudad ha multiplicado el precio del terreno. Ignoro si lo ha vendido; si es así, habrá ganado mucho dinero.

–¿No sería que el terreno fue detectado por el radar de Flores? –se malició don Mariano.

–¿A qué te refieres? –se mosqueó, ahora sí, el arquitecto.

–Sin las tradiciones, sin las viejas costumbres, las sociedades se deshacen. Solo polvo y ruinas –se soltaba, jaculatorio, don Mariano–. Con todo su fundamento, la ley no cohesiona, no es el cemento social. El rito, es el rito. Sabiamente lo anunció Confucio. Y yo añado: las fachadas, su hechura de piedra y ladrillo, son la tradición. Una fachada es la cara de la calle. Nos ha visto crecer. Dice lo que somos y lo que hemos sido. ¡Hay que respetar las fachadas, coño! ¡Pelear contra los constructores destructores, eso hace Francis! –brindó y se pimpló un trago.

–¡Un militar confuciano! –se guaseó, con alguna herida, don Hugo.

–Convertiste el Chalet del Gitano, con toda su hermosura de jardines, en un hotel de treinta plantas. Esta ciudad ya no es mi ciudad; con la complicidad de tanto alcalde chiquilicuatre la estáis borrando –acusó.

–¡Qué modo de entender el progreso! –se escandalizó–. ¡Eres un retrógrado! No voy a tolerar que me des el día –protestaba don Hugo–. Quéjate a los emigrados descendientes de aquel cacique, ellos dejaron arruinarse el palacete antes de venderlo.

–Es grave esto que pasa –reflexionó don Fernán–. Por eso, mira, le doy las gracias a Flores. Si hubiera venido, le daría un abrazo. Al menos, ya no se va a construir esa urbanización en la raya de las antiguas salinas.

–Si la cosa va a continuar por ahí… –amenazó el arquitecto– Porque tú contaminas con tu barco y tú, con vuestras prácticas… –señaló al militar–. En la más atroz siempre hay un militar –remachó–. ¡Ea!

–¡No! –saltó don Mariano.

–¿No? –retó don Hugo.

–¡No! Donde esté un uniforme, siempre HAY una orden. Y la orden parte siempre de un paisano, un paisano en su sillón, a kilómetros del ruido. Nadie le rinde más honores a la paz que un soldado. ¡So… capullo! –argumentó. Y envió la zarpa sobre las quisquillas.

–¡Bah, bah! ¡Bizantinismo, cutre bizantinismo! –oxeaba el aire a manotadas don Hugo.

–Como recreo y disfrute, después de los licores y la cabezada, os propongo la recogida de plásticos flotantes. Tengo aparejos para todos –propuso, divertido, don Fernán–. Vuestro acrisolado altruismo, inquebrantable voluntad y esas manos tan expertas, nos vendrían de perillas en Mar Limpio, disputarán por quién pesca más porquería.

–Tú, Fernán, no te pases. Se os ha subido el humo a las narices –bajó de su plácida nube masticatoria el señor Alatorre para reprenderlos–. Cuando te picas con la tontada… –le reprochó, conciliador, a don Mariano. Este ya se enconaba sorbiendo la cabeza de una quisquilla–. Pero bueno, bueno… ¡Ah!, he oído que está enfermo.

–¿Quién? ¿Flores? –se extrañó don Fernán.

–¿No os llegó la invitación?

–Lo vi como nunca en el Rincón de Josele. Comimos allí, ¿verdad, tú?

–Se hartó de aburrirnos –asentía don Mariano, que ahora se enjuagaba la boca con un buen trago de espumoso.

–Lo tenéis en el periódico, vocea su hallazgo en primera página –agregó don Hugo con menos sulfuro–. Le di las gracias, pero se lo advertí: si tú no asistes al ágape, yo no te asisto a la gala.

–Ha conseguido algo excepcional –ponderaba don Fernán–. Yo no pitaba nada; en esas concentraciones se chamulla una jerga que yo no…

–Ni yo, muy mala hora –le siguió el señor Alatorre.

–¡Tanta cara vanidosa, estrechar manos, y el cómo estás, y el qué bien te veo! Todo lo mandé a hacer puñetas –se hastiaba don Fernán–. Cené y dormí solo, en mi Loba, ¡una gloria!

–Igual que yo. Anoche tuve visita, me llegaron los nietos. Quién se resiste a jugar con el pequeño –alegó don Mariano.

Yo escuchaba sus voces, sus excusas, tan ajenas, persiguiendo el cabrilleo del mar entre los barcos.

–El señor Flores está de viaje –informé, al tuntún, por echar el sedal ni sabía bien para qué.

Se volvieron al unísono: admiraban el brote extraño, reciente, en mi silla.

–Y cuándo no –se le ocurrió decir a alguien.

–¿Dónde está ese terreno? –me centré en don Hugo.

Él me miró, confundido.

–El que heredó el señor Castilla –aclaré.

–¿Por qué quiere saberlo?

–Usted afirma que su valor ha aumentado.

–Sí, lo he dicho –admitió.

–¿Sigue a su nombre?

–Pudiera ser. Con ir al registro…

–Lógico, es lógico, le entiendo: puede que alguno quiera quedárselo, ¿no? ¿Y por qué no se encarga usted? –me endosó la diligencia, con amabilidad, don Fernán.

–Me encargaré –anduve presto.

HG MANUEL

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  • 30.7.22

Abrió los brazos y se levantó Alatorre; se aproximó al antepecho de cristal, tabaleó con los nudillos en el barandal de madera y se arqueó estirándose con los puños hincados en los riñones. Aspiró hondo la fuerte brisa, estuvo distraído en un camarero que caminaba con dos cestas de mimbre por el borde del muelle sorteando los noráis, y tornó a sentarse. Se sirvió una copa y me echó una ojeada: pensaba en algo.

Y pensaba yo si merecía la pena seguir allí; por eso me sorprendió cuando le oí decir:

‒Se le nota a usted en los ojos, centra la mirada –estiró hacia mí los brazos y emparejó los índices–, señal de ataque, sí señor, me gusta. Este hombre encontrará a Castilla –anunció a los otros.

–Me lo tengo filado, comparto tu observación –se repasaba don Mariano el bigote–. Apunta, se le ve clase.

No quise responder, lo acepté como algo que lindaba con la broma; tenía que asimilar la comparación, así lo entendí, con la casta de un toro de lidia. Torneaba yo el ejemplo pero intervino don Fernán.

‒Con naturalidad, por reacción espontánea, hemos formado la pandilla de los Castellae ‒con los dientes entrecerrados, le silbaban las eses, ‒, todo un experimento para nosotros…

–Anda que si no da el clarinazo Elvirita… –lo corregía don Mariano.

–…Gracias, gracias, Elvirita –alzó la mano y saludó al cielo–. Usted ‒a mí‒, si mantiene este órgano ‒se tocó la cabeza‒ sano, y con el ejercicio especializado de su oficio, confirmará sin equívoco la aventura, porque no es otra cosa, del tonto feliz que es Castilla. Se deshará la función de este grupo improvisado; pero él no se librará del escarnio feroz y del pago a tocateja del siguiente banquete, se va a enterar. Por ahora no tenemos ni idea si le sigue el paso de baile a alguna ninfa…

–O le ha dado un síncope y perdió su flaca memoria. O se ha metido en un lío que agravaremos nosotros entrando donde nadie nos llama ‒terció el arquitecto‒. De eso ya nos advirtió Perals; pero, bueno, ya lo arreglará él.

–Mucha fe le tienes tú… y también yo –coincidió don Fernán.

–Es práctico, es el mejor. Quién si no, se sabe todas las leyes.

–Y si le hace falta, añade otra –soltó campechano el señor Alatorre.

–¡No digas eso, por favor! –reprochó dolido el arquitecto.

–Vale, Hugo, es broma. Perals es muy competente, el mejor, un sabio. ¡El muy gilipollas no ha querido venir hoy!

–No ha podido, ya lo explicó –justificaba don Hugo–. Mira el mar, como un plato. Deberíamos ir saliendo.

–Sí –convino–, pero donde manda Gerardo… y acabo de ver a uno de sus porteadores. El señor abogado otra vez se lo pierde.

Volvió el camarero y distribuyó unos platitos con salpicón de marisco y quisquillas que fueron muy celebrados. Agotó en mi copa la botella de blanco con burbuja moribunda; destaponó otra, fresca, espumeante, y la fue sirviendo con hábil esguince de muñeca.

Me entraron ganas de estropearle la pajarita; pero mantuve mi actitud contemplativa.

–Bécquer fue su ídolo juvenil, hasta la tisis le habría copiado –tornó a Castilla el señor Alatorre–. De jovenzuelo, era un romántico –se dirigía a mí, como si diera una clave.

Pinzó una quisquilla. Le siguieron los otros.

‒Ni caso ‒terció don Fernán–. Castilla era un friki de los Rolling y luego del heavy metal, y no es compatible. Así que, lo que dices…

–Sí, se dejó barba, parecía un nido de caracoles –aportó don Mariano–. Todavía la lleva –me informó, y lo hacía en serio.

–El pasado fin de curso, sí –corroboré.

Le sorprendió mi respuesta y quedó observante, acariciaba su copa entre admirado y mosca. Estuve a punto de decirle, también a los otros, que el señor Castilla aún se llamaba romántico; pero no quise provocar otro inútil debate.

‒Eso fue después, puñeta –continuó el señor Alatorre–. Todos cambiamos. –Bebió, se lamió los labios untados de marisco–. Pero padecía de una gran vida interior; un cordón de vida espiritual lo unía a la idea de Dios… –escogió un tenedor y apañó una rodaja de pulpo– …hasta inspirarle el sacrificio: dedicar la vida a la gloria misionera… –masticó y tragó–. Después, con la muerte de su madre, ella tuvo una agonía larga y dolorosa…

–¡Este fraile nos jode el día! –protestó don Hugo, cabeza de crustáceo en ristre.

–…ese cordón, me consta, se rompió. Se quebró su espíritu, se sintió culpable de acudir tarde, de no haberla atendido tanto como… Oye, no se va a joder nada, ¿vale?… En él brotó algo que no… Congeniamos mucho en aquella época, yo había tenido un accidente… –echó al platito el rebujo de la servilleta y se masajeó una rodilla–. Pero él entró en un torbellino, creo, del que me fui separando y ya no tuve, o apenas, noticia de su intimidad ‒concluyó la frase con cierta prisa‒. Pasa el tiempo, nos ignoramos sin tomar conciencia de que la vida, esa infiel casquivana, no espera, te va dejando… –vertió su mirada al agua, que rielaba con fuertes destellos metálicos–. Por cierto, se celebra un concierto de música sacra en la catedral y…

–¿Quién? ‒interrogó rápido el militar; quizá quería disipar el fastidio que poco a poco venía llegando.

–Palestrina, Gaztambide, Hilarión Eslava… –comenzó a recitar el señor Alatorre.

–¡Me apunto! –se entusiasmó don Mariano.

‒¡Vade retro! –rechazó don Hugo, que pinchó un gajo de mejillón y lo masticaba con desgana.

‒Sí, os repartís la pelmada ‒apoyó don Fernán.

‒¡Infieles al buen gusto distinto al de la panza! Carecéis de oído, para la música y la poética palabra –sermoneó cantarín: recuperaba su buen humor el señor Alatorre–. ¡Castilla tenía alma de artista!

–¡Y buen ojo! –completó don Hugo–. Resolvía a ojímetro aquellos problemillas de dibujo técnico. Trazaba las rectas y circunferencias sin regla ni compás, ¡con el pulso que tenía! ¿No os acordáis?

–¿Y tú no te acuerdas? –le reprochaba don Fernán, con la boca llena de salpicón–. Glaucoma. O de niño tuvo un accidente. Le saltó una esquirla de vidrio en un ojo.

–¡Ya, ya! De quien me acuerdo es de don Ricardo: Ya sabe, señor Castilla, que tiene usted un cero –ahuecó la voz don Hugo–, y se reía.

HG MANUEL

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  • 23.7.22

Se desparramó el silencio, teñido por la anécdota de don Fernán, en el viento suave que nos refrescaba con tanta amabilidad en la terraza. Lo rompió el graznido de una gaviota; la vimos volar y desaparecer con su acre chirrido tapada por el cobijo del toldo. Y el graznido me asoció a una evidencia: en aquella tertulia la cortesía era vapuleada a base de bien y sin consecuencia por la camaradería; algo, por otra parte, que la verdadera amistad soporta y consiente (pero yo, para juzgar, solo tuve con ellos un rato de conversación). A todos les pregunté si el señor Castilla era una persona depresiva, si padecía algún tipo de impaciencia o le había surgido un problema frente al que carecía de solución. La ronda fue rápida: todos contestaron, ninguno con claridad: vaguedades, discrepancias… y coincidieron en el no.

–De él, lo que es de él, en los últimos tiempos hablaba poco: falta de contenido –el arquitecto fue el que más le rio el comentario al farmacéutico–. Todo lo demás, en los últimos tiempos, le ponía de mal humor o le traía sin cuidado.

–¡Un cargante! –remató el militar–. Pero tenía su amenidad.

–¡Mucha, mucha! También fantaseaba con los posibles: si posible esto, si posible lo otro… ¡Ah, qué brisa tan buena! –se repantigó don Fernán en su silla. Dio un traguito y quedó en suspenso, el semblante triste, contemplando el mar. Se alzó la manga y miró el reloj–. Gerardo ya no tardará en avisar –anunció.

Y el silencio, por un momento aburrido, comenzaba a extenderse de nuevo. Volvió con la humorada, benevolente y filomeno, el farmacéutico.

–El banquete es descanso de las tareas, alimento del ingenio, muestra de amor, condimento del genio… y… demostración de buena voluntad; también, levadura de la amistad y… Palabras de Ficino para que usted comprenda lo que aquí nos trae –se dirigía a mí–, yo no sabría expresarlo mejor. Así que, supuesto el interés que nos reúne, le quiero decir, si el apuesto capitán de yate, aquí, y el laureado Belisario, allá, no han tenido la cortesía de hacerlo…

–¡Juanín, Juanin…! –todavía en el humo de lo que había contado, le regañó don Fernán.

–…que le invitamos a compartir nuestras humildes viandas, aventurados a esta linda mar de Margarita. Si no le espantan el zarandeo de las olas ni, lo que es peor, la atorrante compañía de unos carcamales.

–¡Qué redicho el jodido éste! –se enfurruñó el militar, y alivió su copa de un trago.

Tras declinar respetuosamente, indagaba yo en el recuerdo de don Fernán; añadía un nuevo color, algo difuso, a la estampa que me venía formando del desaparecido. Traté de observar al farmacéutico sin molestarlo. Mediana estatura, reflejos de tinte castaños y pañuelo abullonado al cuello que realzaba el aire deportivo y castigador de su barbilla partida, su carácter apuntaba a risueño y dicharachero; era sin lugar a dudas el animador del grupo. Al parecer, ofrecida la invitación de un modo tan peculiar, le había llegado el turno evocativo. Era este un modo, supongo, de ceder a la incomodidad –o accidente leve– de admitir en su círculo a un extraño con oficio de entrometido. Entonces recordé el comentario del señor Flores.

–¿Es indiscreto el señor Castilla?

Los cogí de sorpresa con mi pedrada al agua; de pronto, el admitido chiquilicuatre que compartía su vino, su tolerancia y simpatía, se mostraba grosero.

–¿A qué se refiere?

–Sí, ¿de qué puñetas habla? –enderezó el corpachón, cascarrabias, el militar.

–Lo siento. Es una pregunta básica, obligatoria –justificaba la insinuación, sin referencia alguna, con manifiesta torpeza–. Se parte de ella para…

–Esto me recuerda… fue gracioso… –intervino don Fernán–. No le voy a chivar de quién hablo porque no atañe a lo suyo –lo mío, mi investigación–. Un día Castilla se tropezó con uno de nosotros –giró el dedo en un circulito que incluía a todos ellos: los presentes y los ausentes– en un supermercado, y con la urgencia del momento, ¡qué oportuno!, lo previno de que su amante merodeaba por allí. No se dio cuenta de que a la esposa, ¡menuda es!, la tenía justo detrás. ¡La que se armó!

Rieron, sin soltar la carcajada. Nítido: la víctima del indiscreto Castilla aquí no estaba; de modo que fuera venganzas, de ninguno de ellos. «¿Estás de broma?», me reproché.

–Esto pasó hace muchos años –se dirigía a mí don Fernán, como si adivinara–. Y le hizo un favor –todos coincidieron.

Bebimos; paladeamos; contemplamos el mar, las velas…

–Con Castilla compartí la ilusión de la primera novia –comenzó a referir el señor Alatorre, siguiendo la distendida estela que la anécdota de don Fernán había creado–; entre todos vosotros, fue el primero en saberlo: la afinidad, él también andaba enamoriscado, pero en lo suyo me parece que no hubo arreglo. De todos modos, él persiguió siempre un rayo de luna ‒dejó, en pausa cómico-dramática, que las palabras se disolvieran en las succiones y chasquidos que suscitaba el agua–. Ay, este sol, este azul, estas aguas… El corazón me estalla de alegría juvenil.

Sonrieron los otros a la calma del día. Menos el militar:

–Repites la náusea, Alatorre –gruñó.

–¡No me digas, so Mariano! Te doy la razón. Tanto han volado y rozado cristales aquellas golondrinas… ¡Nunca volverán nuestros sueños juveniles!

–Pues déjalos en paz.

–¡Requiescat in pace!

–¡No me seas cenizo, coño! –le reprochó campechano don Fernán, recuperado de la súbita melancolía–. Anoche dormí mal y no sé por qué.

–Siempre se sabe, pero no se quiere. Y eso nunca, pero nunca, te lo arreglará una pastilla –rio con sorna el señor Alatorre.

–No necesito pastillas, me sobra con mi barco. No te olvides, hoy te toca ser el espléndido.

–¿Otra vez yo? –se escandalizó, dedo en el pecho–. Pero, bueno, siempre lo soy.

–De apetito –matizó el arquitecto, el más callado y pensativo: alguna preocupación.

–También –admitió–. Estoy con Bossuet: el apetito es amor.

–¡Joder, con los amores! Que salga Gerardo y eche un trago con nosotros –ordenó en vano el militar.

HG MANUEL

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  • 16.7.22

–Ramas y vergas, ¡cuánta leña vieja! –Don Mariano se limpiaba con un pañuelo los ojos; le sonreía el faroleo al amigo, aireada en flojo vapor su protesta.

Detenidos por un semáforo, la riada de coches se llevaba en su rugido la dilatada broma de réplicas y contrarréplicas. Cruzamos hacia la dura explanada de cemento con sus hiladas de ficus sombrosos; negreaban las grasientas manchas de sus frutos aplastados en el suelo de cemento y sardineles. Pasamos frente a los galpones e instalaciones deportivas, entre un simulacro de jardín con una escueta carabela de mármol agrisado varada en un rectángulo de césped, y accedimos a las exclusivas instalaciones del Club Náutico, un edificio blanco paloma compuesto por dos paralelepípedos superpuestos, con abundantes huecos y saledizos. Diligentemente guiados por un sonriente camarero: camisa crema y pajarita granate, dejamos atrás un salón con vistas marineras, en el que abundaba la madera, el algodón a rayas blancas y azules, y por doquier el adorno alegre y colorido de banderines y gallardetes, amenizado por la charla de algunos socios –alguien se levantó para estrechar con mano efusiva la del biólogo–. Por fin nos instalamos en una despejada terraza, frente al incesante cabeceo de yates y veleros dócilmente amarrados en los pantalanes.

–En seguida le tenemos todo preparado, don Fernán –anunció obsecuente el camarero.

–Lo sé, hijo, lo sé –respondía confiado el biólogo.

–¿Pongo lo de siempre, don Fernán?

–Claro, Nené, lo de siempre.

–¿Y aquí, el señor? –se refería a mí.

–Para todos, hijo, para todos. A él le gustará –convino, y arrugó la cara: me sonreía.

Y se retiró el camarero sin que yo abriera la boca.

El sol brillaba con gran hermosura picante, tentadora, debidamente sofrenada por un oportuno toldo a rallas; una brisilla marinera recorría ágilmente el recinto, iba y volvía, sacudía las puntas del mantel, llegaba a la nariz con toques salinos y escapaba nuevamente hacia el mar; tintineaba el cordaje contra los mástiles de aluminio. Andaba yo en estas sutilezas, con un trago de espumoso burbujeándome en la boca, cuando llegaron los dos que faltaban, cada uno a lomos de su importancia. Hubo saludos, alguna chanza que se traía de pasados encuentros; me observaron curiosos: un farmacéutico y un arquitecto, cuando les fui presentado. Tomamos asiento. De inmediato, el farmacéutico posó en mí sus ojos rientes:

–¿Algún avance? –inquirió.

Fui a responder, pero…

‒Es pronto, lo sé. No se preocupe, ya nos dirá –se adelantó él.

–¿Estaba invitado el señor Castilla? –pregunté a quien quisiera contestar.

–Siempre, como Hernández…–me informaba el farmacéutico.

–Ese chalado –intervino el militar.

–…pero viene poco; Hernández, casi nunca.

–Sin el casi. Nunca –zanjó don Mariano.

–Me duele que Hernández… Es una pena –se amargó el farmacéutico.

–¡Bah! –concluyó el militar.

–¿Ha hablado usted con el señor Castilla últimamente? –seguí con el farmacéutico.

–Pues… me lo tropecé en el bar Puga; pero hace mucho, no sé decirle si medio año. Estaba bien, y solo, lo de estar solo es un capricho que él se da, y con el ánimo de siempre. Quedamos en vernos, sin fecha, cuándo la casualidad disponga –encogió resignado un extremo de la boca: no podía interferir en los caprichos del acaso.

Tomó su copa, bebió lento y chasqueó la lengua con deleite. Lo imitó el arquitecto: cataba con gesto escocido aquel vino delicioso.

–Yo, la última vez, fue aquí, en la comida de… ¿finales de año?… –apuntó el arquitecto, que ahora observaba indeciso el hilo de burbujas.

–Suspendimos la de marzo, demasiado frío según tú y tú –señaló don Fernán al arquitecto y al militar–. Y la de abril, temporal de levante. Nosotros… ¿no fue por abril? –consultó a don Mariano.

–En febrero, ¡mala cabeza! El mismo día pero un mes después de la Pascua Militar. Sí, en La Esquinita. El bar en el que hemos estado antes –me informó.

–¿Y a ninguno de ustedes les dijo o les comentó algo que…?

–No recuerdo de qué hablamos –respondía don Mariano–. Quiero decir que hablamos del tiempo, de los achaques, del cómo te va, de la situación política, de la noticia curiosa del día…

–Sí, sí. Y de algo más. Fue curioso –intervino don Fernán–. En un momento de la conversación, y sin venir a cuento, me preguntó por mi prima, acuérdate, mi única prima –enfatizó–. Me chocó, no la ve desde nuestro último… no, penúltimo curso de instituto, imaginaros. Me desorienté. Pero nada, un segundo, enseguida me vino el flash. Aquel remoto día, de camino a casa, Castilla y yo comentábamos la clase de filosofía: el psicoanálisis, lo recuerdo perfectamente. Alguna explicación tendrá, ¿no os parece? –quiso bromear.

–¡El complejo de la prima! –soltó al farmacéutico.

–Eres la gracia personificada –le afeó–. Sigo. Esto… por primera vez en nuestras vidas, ¡éramos tan jóvenes!…

–¡Bonita canción! –interfería el farmacéutico.

–…los actos propios nos afrontaban para preguntar: ¿por qué?

–Sí, yo a mí: ¿por qué, por qué? –continuaba de burla el farmacéutico.

–¡No callarás! El tema resultaba tan cargado de misterio para unos jovenzuelos educados con el realismo de Aristóteles y a la metafísica de Kant. No parábamos de discutir la novedosa teoría del inconsciente, maravillados por ese pozo repleto de secretos. Bien. Casualmente nos acompañaba mi prima, habíamos coincidido con ella a la puerta de las Jesuitinas, su colegio. De vuelta del instituto siempre pasábamos por allí, era nuestra ruta, os acordareis.

–Yo no –intervino el arquitecto–. Nos traía y llevaba a Beltrán y a mí el chofer de su padre.

–¡Es verdad! –exclamó don Mariano –. ¿Qué habrá sido de él?

–Ingresó en la Escuela Diplomática. Será embajador, tradición familiar. Le perdí la pista.

–Pues yo me lo encontré hace unos años en Stone Town, una de nuestras filiales está en Paje. Beltrán, sí, allí, cónsul general instalando el consulado, poca gestión y muchas obras, manquito él.

–La manquera persiste de niño a hombre, ¡mentecato! –replicó al comentario (tal vez se sintió aludido) don Mariano.

–¡Mala baba…! –sumaba, dolido, el arquitecto.

–¿Y qué tal? –se interesó el farmacéutico.

–Menciono la manquera para acreditar, so berzas. Estaba bien. Cabildeando para salir de allí cuanto antes. Le di un abrazo y él me devolvió medio, no hubo más. Pero vengo al tema. A ver… Hablábamos Castilla y yo muy enteraditos, y ella, mi prima, una monicaca de apenas catorce años, metió baza en la conversación: no solo exponía con total desparpajo las teorías de Freud, las discrepancias de Adler, o la controversia de Jung y no sé qué más, incluso entraba a desmenuzar el análisis que este hizo del Ulises de Joyce. Claro, esto sorprendió tanto a Castilla que se quedó entre simplote y descolocado; a mí, menos, porque ya conocía cómo se las gastaba la sabiondilla. Se picaron, exhibieron sus lecturas, presumieron de nuevos conocimientos, creo que alguno inventado, yo me abstuve. Ella le argumentó y le replicó con esa suficiencia infantil, tan irritante, que Castilla recogió velas, cerró la boca, dimitió. Y ahora, in illo témpore, viene él y me sale con que no ha olvidado aquella lección que le propinó una mocosa. Al pronto me pareció más, mucho más que sorprendente: algo hervía mal en ese cerebro; resultó incómodo, fuera de lugar. Reconozco que me molestó su interés. Pensé en algo impropio, de tiempo estancado, de necrosis sentimental, muy desagradable. Le respondí, un poco de mala forma, que estaba casada y que tenía dos hijos. Entonces, al ver que retraía la mirada, caí en mi error: él sentía un interés genuino por el desarrollo de una mente privilegiada. Solo quería saber cuán lejos había llegado aquella chiquilla tan precoz. Noté que captó mi confusión; pero no le importó, ni se molestó en aclarar el malentendido. Castilla es así: su propia justificación le vale, no necesita la de otros. En fin, rarezas de solitario –concluyó–. Castilla es un solitario –me dedicaba la información, que, por otra parte, ya sabía.

HG MANUEL

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  • 9.7.22

Por hacer tiempo –El tiempo sin empleo carece de valor–, me asaltó fugaz aquella reminiscencia. ¡Menuda sandez!, casi grité. Aunque en mi caso el de empleo rentaba poco; del otro mejor ni acordarse. ¡Buff! Tres cambios en los últimos cinco años, y el nuevo indefectiblemente me alejaba un poco más del centro; el edificio nunca mejoraba: pasillos hoscos y fríos, ascensor achacoso; la oficina siempre era más pequeña y peor amueblada, con toilette costrosa y dos estrechas ventanas asomadas a un patio trasero con halitosis. No obstante… asiduo, paciente, muy cortés y aburrido, persistente como el polvo, allí me aguardaba, sin fallo, sin falta: el silencio. Tuve una idea: quizá podría sacar un buen dinero si realquilaba mi oficina como sala de reposo. La ocurrencia me hizo sonreír. Cualquier día, en cualquier momento, todo puede cambiar. ¿Por qué no? La fe mueve montañas…–. Digo que, por hacer tiempo, merodeé por el barrio y aproveché para ir a la peluquería. Me hicieron hueco, de algo vale ser cliente, y a la repetida pregunta, «¿Cómo lo quiere?», cambié la consabida respuesta. Porque (agudezas aparte), iba yo barajando el lote de anécdotas con que me había obsequiado Cardenal cuando pasé por delante de una agencia de viajes; me llamó la atención un cartel con una serie de frases a cual más ingeniosa que semejaban libertad al hecho de corretear por ahí sin reloj ni teléfono: «¡A tu aire!». Yo, cautivado por la ocurrencia, la repetí a lo bobo: una liberación de mentirijillas. Por supuesto, Faustino admitió la broma en plan meloso; castañeteó las tijeras para animar a los fieles, «Vale, cortito», y las empleó veloz, con la pericia habitual; él es así, también conocía de antemano la propina.

Se acercaba el mediodía. Cielos despejados y sol rumboso, capaz de prometer así como así, de balde, los mejores deseos. Quizá por eso, recién pelado y loción fresquita en la nuca, me sentía amparado por el optimismo. Aunque todavía me zumbaran en los oídos las anécdotas del periodista. «Y las que te quedan por oír», me advertí sabiondo para, dados los antecedentes, reservar paciencia.

Me habían citado cerca del puerto deportivo, en una tabernita situada en el encuentro de una corta avenida con amplia acera, entorpecida por algunos bancos de piedra y por el muro ciego del pabellón de acceso al aparcamiento subterráneo donde esperaba mi coche, y una calle amenizada por la llamativa alegría de macetas en los balcones. El local, muy aireado por sus dos puertas esquineras, era minúsculo y aquellos dos tíos, grandotes ellos, apenas si le dejaban sitio al taburete recién liberado de un feligrés que se despidió del dueño por su nombre y con los ojos como candiles, al ocupado por un meditabundo que de vez en cuando nos ojeaba atarugado desde el extremo de la barra, y al exiguo espacio donde podía moverme. Cuando llegué compartían vino y lo acompañaban con un bocado de caballa en aceite. Me recibieron bien, con amplio apretón de manos y la inmediata invitación, sin derecho a réplica; y allí estuvimos, consumiendo a brazo partido con el tabernero, amigo de ellos. Cuando el vino caldeó la confianza, se admiraron de mi trabajo: «¡Detective privado, humm…!»; después, les entró la curiosidad y me hicieron preguntas, requirieron anécdotas (yo les solté alguna, más o menos verídica, la cosa iba de broma), me compararon con algunos héroes de novela, muy manidos, pero el tema rodó poco, se agotó rápido el interés, y siguieron en lo suyo, el buen humor que se traían con el tabernero. Uno de ellos eran biólogo; el otro, militar. Comprobaron la hora, pagaron lo consumido y se despidieron del amigo, que los vio ir con ojo melancólico.

Alto, galano, la blanca guedeja con suave ondulado tapándole la oreja, sahariana de color cáñamo y náuticos marrones, caminaba el biólogo sonriente y despejado. El militar, cazadora azul marino, pantalón gris, esmerado corte de pelo con remate de flequillo canoso, rostro severo y bigote recortado a la precisa anchura del labio, los zapatos al brillo, de suelas blancas y moñas exactas con herretes, no le restaba elegancia a su estatura la rigidez de una pierna. Yo, entremedias, un tanto desplazado asistía al diálogo.

–En cierta ocasión desgraciada, un joven y bobo capitán se acercó a una bomba cuando iba en misión de rescate –se rechiflaba el biólogo–. Tuvo suerte y lo rescataron a él.

Y miraba de refilón, sonriente, para expresarme que satisfacía así mi (inexistente) curiosidad por el intríngulis de la cojera; aunque la broma era particular, terreno vedado, yo quedaba en mero oyente.

Y oí al militar:

–Desde que comes la porquería de algas que empaqueta tu empresa, te has vuelto un resalao –le replicaba, de buen talante–. Escucha, inepto aprendiz de iconoclasta –se plantó y alzó una mano, hálito vinoso y dedo índice al cielo–: Hombre, solo un hombre es el soldado, dispuesto siempre a la misión…

–…De entregar su sangre con honor –interfería el biólogo.

–…de entregar su sangre con honor. Honor que es y será siempre su vestido –impertérrito, muy cantarín en los acentos, proseguía la soflama el militar–. Con otras palabras mejores, ¡sublimes!, las cantan los reclutas en los cuarteles…

–¡Ta, ta, ta…! –porfiaba el biólogo.

–…lo dice el gran Calderón, poeta y soldado. Y ahora con orgullo las cantaría yo. Pero no te lo mereces, ¡so merluzo! –casi gritó, en el ruido de la avenida, y se ahuyentaron, distraídos, unos turistas que llegaban.

–Cerebro mojado… –aguijaba el biólogo.

–Nos tienen apartados y desconocidos de la población –se lanzaba el soldado con brío corajudo sospechosamente alcohólico–. Según corran los tiempos, a los militares nos glorifican o nos desprecian, ya lo glosó de Vigny. Hoy somos unos pintamonas. Y nos suman, en la misma postergada montonera, a los grandes de la ciencia y de las letras. Los unos cuidan la salud del cuerpo. Los otros, la del alma. Nosotros, que cuidamos la salud de la pa… –un bronco acceso de tos le cortó la palabra–. Valen más, muchísimo más… en los tiempos que no tocan, la vocinglera cohorte… –nuevas toses y carraspeos.

–Mucha cerveza fría –diagnosticó el biólogo.

–…pedigüeña de politiquillos chusqueros y oportunistas, meritorios sobrevivientes del cainismo de partido… ¡jum!, ¡ejem! –se esforzaba.

–No te inflames, Marianín –lo frenaba el biólogo–. Tú eres un gran soldado. Un laureado por la Patria y por la Humanidad.

–Prefiero tu burla al piropo… ¡jum!, cofrade fiel de los imbéciles… ¡ejem! –se le encasquillaba el insulto en la garganta a don Mariano–. La miel destruye al soldado…

Lagrimoso, con el puño tapándose la boca, se destosía el militar.

–¡Ay, quién gustara ciertas mieles! –tergiversó con burla el biólogo–. Aún me verdean las ramas, la verga de mi velero enhiesta aguanta y les acude en busca de amparo alguna avecica que otra –me guiñó cómplice–. Es así –reafirmaba inocente lo inevitable, y se encogía de hombros.

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  • 2.7.22

–¡Buf!… Sí, bueno, ninguna de sus preguntas conduce a sitio concreto, y alguna ni merece ser tenida en cuenta. A veces, fijarse en lo simple, en lo cercano, en lo más obvio, da resultado; pero comprendo que no lo tenga fácil, ¿eh?, al menos con lo que yo pueda aportarle. En fin, empezaré por la última. Esto… Castilla y yo nos vimos por última vez hará cosa de… espere… ¿diez años?… no, algo más, y fue en los juzgados. Acudía yo a declarar ante el juez por la denuncia de un mafioso local que me acusaba de haber publicado unas conversaciones, obtenidas de modo ilícito, según él, y así se lo comió el juez, un acojonado, porque el miedo es también otra forma de corrupción, ¡si hubiera visto cómo le temblaban las manos al desgraciado cuando el asesino lo miraba! Castilla se presentó allí, como otros amigos, para mostrarme su apoyo y hacer piña; detalle ingenuo, muy sincero, que tienes que agradecer; aunque, vamos, ¡je, je!, completamente inútil, porque el trago te lo bebes tú solito. Así que, tuvimos ocasión de charlar en el pasillo durante la espera; y si me pregunta de qué, ni idea, ya no me acuerdo. Desde entonces ni he vuelto a verlo ni a saber de él. Tuve mis problemas: estaba amenazado, tenía que andar protegido y alguna que otra temporada, entre aviso y aviso de la policía, debía desaparecer. Añada que también denuncié, por cierto, con la ayuda de un colega suyo, los negocietes y aleluyas de algunos políticos locales, sobre todos el interventor del Ayuntamiento en aquel entonces, ¡menudo pajarraco!, protegidos por sus partidos, los mismos que presionaban para aferrarse al timón del periódico. Ya se puede imaginar el clima; así que, debido a ese ambiente de indiferencia: la impunidad que otorga el borreguismo generalizado, empezaron a fallar las cuentas y mi periódico tuvo un recorrido de mucha dificultad. Estas semillas, por mucho que te la juegues, caen en baldío, se las lleva el viento; sin raíz no hay memoria, y si tú no te fajas, si no espabilas y te reinventas, está níquel: te quedas en la cuneta. Bien, no sé qué más puedo decir que de algún modo le sea útil. No es bebedor, y lo sigo creyendo a pesar de lo que usted afirma que le han dicho, que no lo dudo, ¿eh? No es mujeriego, huye de la bronca, nunca lo vi apostar…. Siempre fue amigo de sus amigos; esto es como afirmar que el agua moja, ¿entiende?, aunque no creo que tenga muchos, su carácter retraído lo impide… –un breve silencio–. Y no le conocí amenazas ni deudas, y tampoco a nadie que lo quiera mal. El único defecto, digamos reseñable, que yo le encontraba, no resulta tan fácil achacarle defectos a alguien tan plano, es el orgullo. Castilla es un tímido orgulloso, y eso perjudica a quien lo padece, porque sumarle orgullo a la timidez es una desgracia. Y sé de lo que hablo, he sido testigo. ¡No me fastidies! –se gritó o le gritó a alguien.

La nueva interrupción me sugirió un zumo de naranjas; fue corta y me quedé en la intención.

–Mire –volvió a la carga–, ese defecto, amén de que es cero ambicioso, le ha quitado muchas oportunidades, y aquí ponga lo que quiera. Por un malentendido sobre que yo lo había menospreciado… Mire, le cuento, así me entiende. Se inauguraba una galería de arte y tenía que entrevistar al dueño, el distinguido hijo de Luca Ursino, el muy distinguido marchante de arte renacentista. Como la materia artística nunca ha sido lo mío, recurrí a Castilla, él sí muy puesto en ella; por entonces, yo había abandonado el piso, nos veíamos poco. Casualmente, él pasaba una mala racha; su padre había caído gravemente enfermo y el enorme gasto médico mermaba la mediocre economía familiar, el sacrificado ahorro de la madre no daba para enviarle dinero suficiente… En ese día, por lo que fuera, no había comido y aprovechó la circunstancia, se quitó el hambre asaltando las bandejas de canapés que paseaban por la sala, y yo lo animé, la verdad. El galerista se dio cuenta y soltó una gracia ante el grupo de invitados: gente guapa, farándulos, algún político, los hay a granel, y algún cuñado, que tampoco faltan… Yo, por quitarle importancia, creo, reí el comentario, más despectivo que gracioso, encantado de seguirle la onda a una rubia, je, je, que se mondaba a mi lado. Pero, fíjese… paradójicamente, un momento de bohemia auténtica lo avergonzó. ¡Sí, que sí…! ¡Me vale, sí! –se interrumpió de nuevo para gritarle a alguien.

Oí murmullos, el consabido tecleteo, un rechinido y a él alejarse.

Suspiré; me masajeé la nariz, me froté el cogote. Le oí volver.

–Ya le digo –prosiguió–, no soportó el bochorno y escapó de allí como alma en pena. La vergüenza, el ridículo son sentimientos que el bohemio desprecia porque carece de orgullo. Pero los tímidos como Castilla se protegen, precisamente, con el orgullo. A cuenta de aquello se interrumpió nuestra amistad. Y quedó latente hasta que un día apareció por el periódico para elogiarme un artículo. No es rencoroso, le sanan las heridas, ¿sabe?, ni mencionó lo sucedido, y yo lo acepté. Por otro lado, los tímidos dan en ingenuos, le pongo otro ejemplo, venial, ¿eh?, hoy tengo el día. Este sucedió mucho después; yo dirigía un periódico y él ya era profesor… Verá, yo destapé un asunto delicado: comisiones, sobornos… con un hilo muy largo, y mantenía la exclusiva. Pero un importante medio nacional quiso pastelear el asunto según un determinado interés político. Así que, so pretexto del halago: quisieron distinguirme con esos colgajos de periodista sagaz, independiente, etcétera, enviaron a uno de sus redactores para entrevistarme. Se dio la casualidad de que hablaba con Castilla en mi despacho; yo le comentaba someramente el asunto. Así que, aprovechándome de su visita, lo presenté al periodista haciéndole creer que Castilla era buen conocedor del asunto. Y allí los dejé, a solas, je, je. La estratagema duró cinco minutos, lo que el enviado, un tío experto, necesitó para asumir la pamema. Castilla necesitó el frío del tiempo para olvidar la broma. Orgullo, nada más; eso sí, distinto al rencor. Por otro lado le sumo el asunto con una filipina, o no era filipina y la tía trabajaba en una ONG filipina, no recuerdo bien, del que salió trasquilado: le costó sufragar algún viaje y otros gastos… inconcretos, dejémoslo ahí. Yo le advertí pero fue inútil, él no atiende a otra razón ni criterio que los suyos. En fin, no entro en más detalles porque a usted no le sirven ni le interesan; solo sirven para que se haga una idea del ingenuo intransigente que es. Un impulsivo; se cree lo que le dicen y no averigua lo que debe antes de echarse al agua, sobre todo si enredan por medio los sentimientos.

–Hombre obstinado… –insinué.

–Evidente, sí.

–Y parece que bastante crédulo.

–¡Je, je! Sí, un pardillo, no se corte, acabo de decirlo. Y añada testarudo, un cabezón de tomo y lomo. Y lo dejo, el tiempo se ha terminado. Ya le llamaré, tengo su teléfono, y me dirá cómo le ha ido, si no le importa –contenía la voz del periodista un tono liviano, saltarín, cercano a la indiferencia, que no supe calibrar.

–Puede que se haya decidido a desaparecer durante una temporada.

–Mire, eso le cuadra, sí. En fin, ha removido usted recuerdos que tenía olvidados. Y, mire, lo agradezco la llamada. Es agradable. Un soplo del ayer, je, je, en el ahogo de esta crisis que nos devora sin pausa, no me refiero a la economía. En el vendaval mediático, tan cambiante, el periodista que no venga de fábrica con el cuello de los pavos: largo, muy largo, cuanto más mejor, para que le vaya pasando y no lo ahogue la bola de incertidumbre, descontrol, degradación de la palabra, de la gramática, que nos ordena el pensamiento y, por lo tanto, el mundo, de los clásicos y obsoletos valores periodísticos… ¡Joder, me voy! –y se fue. Cortó su letanía y la línea quedó muda.

Yo me quedé abstraído; cotejé esto y aquello, removí la ensalada, le di unas cuantas vueltas al bolo y obtuve una conclusión: nada, o casi nada; era como ir dibujando, de oídas, con descripciones contrarias, un muñecote disparejo, desproporcionado. No entré en los amargos augurios del periodista: negro esbozo que yo achacaba a su situación (la desconocía, nunca había leído su periódico, pero su acre pesimismo me hicieron barruntarla). Mi problema exigía rapidez; el valor de mi tiempo lo pagaban otros. «Bueno, como el de cualquier atosigado», me consolé. Y, ¡plin!, me vino a las mientes la frase de Perals.

De camino hacia mi oficina, respondí la llamada perdida del comisario Borrego. Era una tontería ir al anatómico forense; en el servicio de identificación, tanto de la policía como del ayuntamiento, no aparecía registrada ninguna huella de Castilla; por tanto, «su cuerpo no ocupa ningún frigorífico». Aunque si quería regodearme un poquito, Gándara, un inspector de su confianza, me facilitaría el trámite.

Ahora fui yo el que lo mandó a hacer puñetas.

HG MANUEL

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