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  • 5.1.21
Ya sé que el Evangelio de Mateo habla de estos personajes sin darnos sus nombres, sin afirmar que fuesen reyes, ni que fueran tres. Pero estoy convencido de que, dotados de todas esos rasgos con los que hoy los dibujamos, “existen en la realidad imaginaria” de la tradición, en las entrañas íntimas nuestra cultura, en la médula de las creencias populares y en el diccionario habitual del lenguaje popular.


Al menos tendríamos que reconocer que existe de la misma manera “efectiva” que, por ejemplo, Ulises, el primer gran héroe de la literatura, Don Quijote de la Mancha, personaje más universal de la Literatura española, o Hamlet el legendario personaje que, creado por Shakespeare, era un soñador y un contemplativo que estaba sumido permanentemente en sus dudas y en sus ilusiones.

Me atrevo a afirmar, incluso, que en la actualidad los Reyes Magos están vivos en nuestras mentes porque intervienen alentando nuestros sueños, nuestros deseos de ser sorprendidos con regalos y nuestras esperanzas de experimentar nuevas vivencias. 

Los Reyes Magos nos proporcionan la oportunidad de acceder a un mundo creado por la imaginación de ese niño que fuimos y que seguimos siendo porque, por muy racionales que nos creamos los adultos, los sueños siguen animándonos para que busquemos alicientes nuevos y experiencias inéditas, para que compensemos los temores generados por la dichosa pandemia.

Estas reflexiones se me han ocurrido tras conversar con un amigo que está hospedado en la Residencia de Ancianos de San Juan de Dios. Me confiesa que, a sus 96 años, sigue creyendo en los Reyes Magos y que, en muchas ocasiones durante su larga vida, los ha visto y ha hablado con ellos y les ha mostrado su agradecimiento por esos regalos que tanto le han servido para soportar algunos de los golpes que ha recibido.

Me ha explicado con detalles cómo, desde hace algún tiempo, cuando se acercan estas fechas, le invade una creciente inquietud cuando piensa en la velocidad con la que crecen las dificultades para que los Reyes cumplan con su complicado oficio.

Hace unos años –me dice– era suficiente con que repartieran pelotas, trenes o patines a los niños, y muñecas, cocinitas y costureros a las niñas. Por eso viajaban en aquellos parsimoniosos camellos. Fíjate cómo, en la actualidad, traen numerosos regalos a todos los miembros de la familia: a los hijos, a los padres, a los abuelos, a los nietos, a los tíos, a los sobrinos y hasta al perro y al gato.

Él lamenta, sin embargo, que, a pesar de esos excesos de regalos, cada vez es más difícil colmar las ilusiones porque –me dice textualmente– en los tiempos actuales, cada vez somos más los niños y los adultos a los que no nos falta de nada: hay que ver la desilusión que experimentan algunos cuando, tras recibir todos los regalos que habían pedido, siguen tan insatisfechos y tan vacíos como antes.

Son aquellos que viven en permanente desasosiego porque no disfrutan con lo que poseen y porque sufren con lo que tienen los demás. Son los que descubren que el caballo de cartón piedra, el balón de reglamento, la Barbie, la videoconsola, el televisor de plasma, el móvil, el ordenador e, incluso, el automóvil son globos multicolores que, cuando explotan en sus manos, solo contienen aire a presión. Os deseo –queridos amigos– que este año los Reyes acierten con vuestros deseos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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