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HG Manuel | La fotografía (III)

Carpeta bajo el brazo y ágil apostura de cobrador de recibos, me alejé del autobús: de su bramido y el ácido hedor de sus gases, subí una cuesta con maquinaria y ruido de obra, dejé atrás una plaza con quiosco de prensa y bullanga de niños que pateaban un balón de colores, molestando a quien cruzaba por ella, doblé junto a una hilada de contenedores donde un encapuchado escarbaba en la basura con una varilla de acero y avancé por una calle ni estrecha ni ancha, sin árboles, con aceras gastadas, limpieza dubitativa y escaso tráfico.

Salí a la calle y allí seguía: el sol, echado contra la fachada, indiferente y sin enterarse de nada

Me detuve ante una puerta metálica con cristales biselados, bastante nueva, y probé con una de las llaves de la cajita. Sí: allí era. Eché un vistazo en el buzón del correo: nada; dejé atrás el portal y subí a pie hasta un tercer piso. No me crucé con habitante alguno en la sombra húmeda de las escaleras, no percibí olor desagradable y no escuché ruido o sonido distinto al de mis pasos; todo vulgar, todo normal, todo corriente.

Por probar, a sabiendas, por qué no, toqué el timbre y paré el oído: nada, rien de rien. Entonces usé la otra llave: giré y empujé, pero me detuve. No, no iba entrar. Sin motivo, pero no iba entrar. De algún modo intuí que era imprescindible, tenía prioridad, conocer, averiguar, quién era la persona que, según me habían dicho, vivía allí.

Comencé por repicar en las viviendas que componían el edificio de seis plantas; por una u otra razón, sólo me atendieron en cuatro. Pude comprobar que el señor Castilla residía allí desde hacía, aproximadamente, diez años, y saber que la relación con sus vecinos venía a ser de hola y adiós, que no molestaba: nada de bulla ni extraños por la escalera, no se le conocían visitas y no asistía a las periódicas reuniones de propietarios porque él no lo era; y así, uno tras otro, fui recolectando noes. Aparte de esto, a quien lo vio por última vez no lo encontré: o no estaba o lo había olvidado, tampoco hubo muestra de mayor interés. Ilustra mi recorrido el clarinazo del vecino de enfrente:

–A ése lo mismo lo veo que no –y se retrajo a la tiniebla de su casa, como el caracol.

Mísero botín para tanto subibaja.

Salí a la calle y allí seguía: el sol, echado contra la fachada, indiferente y sin enterarse de nada, como siempre.

Me di una vuelta por la zona preguntando aquí y allá; solo obtuve un par de vagas respuestas, que no me sirvieron, repartidas entre una panadería y un bar.

A continuación caminé, pasito a pasito, entre dos extremos de la ciudad, desde el barrio de La Luna hasta el barrio de La Estrella: un largo garbeo espacial para ir al instituto donde «ése» impartía clase, porque sin más ni más se me antojó saber cuánto se tardaba.

No fue un paseo agradable. Gran parte del trayecto se componía de calles pendientes, anodinas, insignificantes; alguna, tras una rotonda con rodales de césped y desperdicios, se transformaba en carretera de mucha afluencia. Recorrer aquella destartalada avenida, bullente de tránsito y larguísima, resultó fatigoso: por la fealdad de su trazado, por el asedio del polvo y el constante zumbido de la máquina que poco a poco, bocado a bocado, iba transformando sus límites. Uno se puede equivocar; mas… quizá por ello, por el enervante desespero que te iba entrando mientras caminabas, descarté que Castilla –ni siquiera ocasionalmente– recorriera a diario tan desmesurado ida y vuelta.

Entré en la tendalera de calles de La Estrella: edificios agrupados en pabellones de estructura simple y repetida, levantados con materiales baratos sobre terrenos aledaños para gente de callo y trote, esa que augura en un céntimo el comienzo de la fortuna o se tropieza en la acera con las alas rotas de aquel ángel que de amanecida erró el vuelo y se vino a dar contra el canto de una esquina. La misma u otra semejante a la del bloque de viviendas, con churretones de humedad repartidos por las hinchazones y llagas en el revoque de la fachada, que yo doblé para encontrar el parquecillo miserable, circundado por tramos de seto con el ramaje torturado, que prolongaba el ensanche donde se alzaba el instituto.

Entre vulgar y terrible, el estilo de aquel adefesio: un enorme cajón de hormigón y ladrillo, aligerado por la hilada de ventanales con marcos de aluminio, pintarrajeado con grafías de aerosol, y protegido por un muro con verjas de malla, me suspendió un poco. Escaso presupuesto y diría que roído (no había más que verlo) por la sisa, el desprecio y la ignorancia: todos a una y por turno.

Recuperé el ánimo e inquirí al bedel: un treintañero grandote, de aspecto apacible, con jersey de cuello redondo, pantalones anchos y manos a la espalda, que oteaba distraído la errática circulación de alumnos posado como un pollo zancón en el último peldaño de la amplia escalera, a un lado de la entrada principal; su voz lenta y gruesa, empañada por vahos de bostezo, tras un pequeño intercambio de frases, una referida a una cita ficticia (tenía otras pero no hizo falta emplearlas), respondió a un par de preguntas que le hice sobre el profesor Castilla:

–Sí, un hombre apocado por no decir raro, que no es torpe, ¿eh?, despistado más bien, pero muy normal, bastante guay, le cae bien a los chavales. Hace tiempo, por lo menos un año o dos, que no lo veo. Sé que pidió el traslado, o es lo que se decía, si es que se dijo, pero si pregunta en secretaría no saben. De mí no se despidió, si tenía que despedirse, que tampoco había por qué, ¿comprende?, quién soy yo. ¿Amistades? Qué voy a decirle, eso ya… ¿comprende?, es cosa de cada cual. Me puedo equivocar, pero muchas veces, o unas pocas, nadie lo ve todo, o si lo ve no se fija, o si se fija no le importa, tomaba café con doña Elvira, la profesora de filosofía, allá enfrente –alzó la cara sin alterar su indolencia–. También, con otros, ¿comprende?, pero con ella más, o yo lo supongo…

Me encaminó hacia un despacho situado al final del pasillo, girando, «¿comprende?», a la izquierda. Debía esperar a que el señor director finalizara su clase, faltaban diez minutos; me señaló un banco a la entrada de ese mismo pasillo. Mejor, así reposaba después de la caminata: más de una hora, sin prisa; un buen ejercicio en caso de ser ameno, pero no, resultaba todo lo contrario, hasta diría que insano.

Sin embargo, preferí husmear por el vestíbulo: evoqué, así es el capricho, un espacio de mi infancia: mi antiguo instituto, aquellos bancos de madera situados en aquel amplio pasillo frontero de las aulas y tan lleno de silencio ante las puertas cerradas: a ellos acudíamos entre clase y clase los alumnos como pájaros en bandada, para piar enardecidos las múltiples sorpresas y diarias maravillas que venían formando nuestras mínimas historias.

Me sobresaltó la furia de portazos y timbres; una tempestad de voces, gritos, pasos y carreras tronó por todos los rincones del centro. «Hay cosas que no cambian», pensé. Al poco vi llegar a un hombre en mangas de camisa; se abría camino entre el bullicio con una brazada de cuadernos, y como el que no quiere la cosa me advirtió el bedel con una seña. Poco más de cuarenta años, larguirucho y desgarbado, nariz larga y suspirosa, cabalgada por unas lentes con montura dorada, cruzó el alboroto como lamido por las llamas de un incendio.

Un «Adelante» con acento de fastidio respondió a mi aporreo de la puerta.

La entrevista fue breve; el hombre, paliducho, brillo inteligente en lo ambarino del ojo, se mesaba y enredaba el pelo con dedo huesudo, mientras iba y venía de una carpeta a otra, de un papel a otro, preparando y consultando: agobios de tiempo, o vaya usted a saber qué.

Al inicio del curso anterior a su salida del centro –me explicaba–, las materias de varias asignaturas, incluida la del señor Castilla, se habían integrado para formar una disciplina nueva; en consecuencia, durante el primer trimestre y en tanto se formalizara el nuevo programa de estudios, impartiría Educación Física, única plaza libre por la baja médica del titular. El funcionario Castilla no alzó protesta pero de inmediato solicitó una excedencia voluntaria de dos años, que le fue concedida. En su opinión, la del director, un profesor de su experiencia, tan exigente, y a su edad… debió sentirse muy dolido, si no humillado; pero, naturalmente, tan sólo era su impresión. Sí, se suscitó un conato de protesta entre el profesorado; pero nada, todo venial. El caso es que «su paréntesis laboral» terminaba en unos pocos días:

–Lo habitual es que se reincorpore a primeros de junio –me informó.

Era probable que lo hubieran trasladado a otro centro, porque se perdía el derecho a la plaza, no así al servicio activo. Le pregunté si se conservaban pertenencias del profesor Castilla y «No, ninguna», fue su respuesta.

–¿Dificultades, problemas con los alumnos?

–Ninguno –repitió–. Es una persona tolerante, de buen carácter. Un profesor nada rutinario, muy preparado, de mucha experiencia… De lo mejor que tenemos aquí –este comentario, y sonó reticente, me parece que se le escapó.

Entonces le pedí hablar con sus compañeros, y aprovechó. Me deseó suerte y se deshizo de mí acompañándome hasta la esquina del pasillo para indicarme la ruta hasta la sala de profesores.

HG MANUEL
FOTOGRAFÍA: JES JIMÉNEZ

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