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  • 12.6.21
Debería existir un Infierno de verdad, uno al que vaya la gente mala, los seres a los que les gusta hacer daño a los demás, que sienten placer haciéndolo. Recuerdo cómo un genetista me contaba que los seres humanos somos un conjunto de genes y que éstos quieren seguir en el planeta y, para ello, tenemos el instinto de la reproducción. Genes que han sobrevivido miles de años y han llegado hasta aquí. Y quieren seguir existiendo.


Por otro lado, los bebés y los niños están diseñados para despertar nuestra ternura, nuestro instinto de protección, el amor intangible que vive en nuestra mente. Por eso, no entiendo cómo una mala bestia puede matar a sus hijos, matar a su descendencia, a su oportunidad de seguir en la Tierra.

La maldad existe. Tanta filosofía humanista para, al final, descubrir que hay seres que no son humanos; seres malos capaces de cometer atrocidades. ¿Cómo pudo matar a esas niñas, a esos angelitos que empezaban a descubrir la vida? ¿Cómo, después de sentir sus abrazos, su calorcito y ese maravilloso olor a vida pudo planear sus asesinatos?

¿Cómo, después de un "papá, te quiero" mirándote a los ojos, pudiste matarlas, pedazo de cabrón? Creíste que eran de tu propiedad, un juguete que puedes tirar cuando quieras y solo para hacer daño a una madre. Por eso, espero que estés en el Infierno y que hayas tenido una muerte dolorosa.

¿Dónde está la ley? ¿Dónde están la Justicia y sus fiscales para proteger a los menores? Un mensaje de amenaza debe servir para distanciar al maltratador de su prole. Y no, señorías, uno que amenaza y quiere hacer daño no es un buen padre.

Mujeres del mundo, elegid bien a los padres de vuestras criaturas. Para echar un polvo, cualquiera vale; para casarse o tener una pareja, te puedes conformar; pero para seleccionar un padre para tus hijos, no. Igual que la leona elige al león más fuerte y de mejor pelaje, nosotras debemos buscar la bondad, la capacidad de amar y de proteger a las crías. Cualquier indicio de agresividad es suficiente para descartar a un posible padre.

Hubo una mujer a la que grité para que no tuviera hijos con un personaje que ya había demostrado ser cruel con ella. Pero los tuvo y ahora vive el infierno. Pobres niños. Menos físico y menos atracción loca y más usar nuestra parte racional, que para eso somos humanos.

Debemos procurar tener una maternidad responsable con un hombre que, si el día de mañana se rompe el amor, va a seguir queriendo y cuidando a sus hijos. Es verdad que algunos son perfectos actores, pero a otros se les ve venir desde el principio.

Nuestro hijos no se merecen a esa clase de padres. Nadie se lo merece. Hay miles de hombres buenos que conocer. Buscad, buscad antes de ataros a un ser malvado de por vida. Porque los hijos os van a tener atadas a esos padres para siempre.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 11.6.21
En mi opinión, los lectores y los escritores deberíamos profundizar en la estrecha relación que existe entre el cultivo de las letras, el trabajo con las sensaciones, emociones, pensamientos y palabras, y la agricultura, las labores con la tierra, con la lluvia y con las plantas en el campo. Cicerón, en sus cinco libros titulados Tusculnae Quaestiones, así llamados porque los escribió en Tusculum, afirma que la filosofía es la cultura del espíritu.


Con esta definición Cicerón explica que en las tareas culturales no es suficiente que sembremos buenas semillas sino que también es necesario que la tierra sea la adecuada y que, de vez en cuando, la removamos, la renovemos, la limpiemos de esas hierbas que crecen espontáneamente e impiden el cultivo de las plantas saludables y bellas.

La cultura también alimenta y salva –puede salvar– vidas, sanar las heridas y garantizar un futuro mejor. Los desequilibrios culturales, de manera análoga a los desórdenes alimenticios, generan deformidades e hipertrofias, y pueden producir unas consecuencias tan peligrosas como la desgana, la apatía, las repugnancias, las arcadas, la desnutrición o el raquitismo.

Si pretendemos alimentarnos culturalmente para que crezcan armónicamente las diferentes dimensiones que nos definen como seres humanos, hemos de ampliar el abanico de nuestros gustos y, sobre todo, hemos de cultivar nuestra sensibilidad para ser capaces de analizar y de disfrutar con las creaciones artísticas antiguas y modernas, las elaboradas y las populares. La gravedad de los desniveles culturales estriba -no lo perdamos de vista- en que perpetúan y acentúan las desigualdades económicas y sociales.

Cuando afirmamos que la cultura es "alimento" que sostiene, no elaboro una sugerente metáfora poética, sino que formulo una definición comprensiva y comprensible del ser humano, y declaro mi profunda convicción de que el hombre no puede vivir plenamente con un simple pedazo de pan, o, en otras palabras, manifiesto mi convicción de que, para sobrevivir –para "realizarnos", como se decía hace unos años– necesitamos cubrir también otras exigencias vitales y perentorias: la de una cultura que, arraigada en nuestra tierra, abra la posibilidad de intervenir en nuestra sociedad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 10.6.21
Es fácil criticar a los partidos conservadores, llamados ‘de derecha’ según los convencionalismos de la jerga político-social. Incluso en democracia, la derecha es autoritaria, centralista, tiende a la corrupción por exceso de autoridad y falta de medidas de vigilancia, es religiosa hasta la hipocresía y suele desear lo contrario de lo que requiere el común de la población.


Sin embargo, eso ya lo sabemos. No me faltan textos publicados en los tiempos de Rajoy en los que no critique estas taras. Meterse con la mal llamada ‘derecha’ es fácil. En especial, cuando tienes ideas progresistas. Mucho más valor, agudeza y sentido común requiere evaluar y criticar a aquellos que, en teoría, comparten trinchera contigo. En especial, cuando estás, o te hacen creer que estás en medio de un conflicto.

Aristóteles afirmó que aquellos que cometen injusticias lo hacen porque piensan que “han de quedar ocultos”, o bien, que no sufrirán proceso y que, si lo sufrieran, no tendrían pena o que podría ser mínima. Quizá por ello, el ‘Gobierno progresista’ esté cometiendo tantas.

El tándem Pedro Sánchez-Iván Redondo ha conmocionado a la izquierda española, si es que eso existe. Llamó y sigue llamando al progresismo español a una cruzada contra el supuesto fascismo, esgrimiendo argumentos cambiantes, según las necesidades de su voluntad de poder.

Los que se llaman progresistas ya no están solo obligados a serlo, sino que tienen que demostrarlo, mutando el progresismo de ideología o mentalidad a identidad. Ya no basta con ser progresista: tienes que ser antifascista. Y fascista es todo aquel que no se involucre en la cruzada. Los tibios son los peores.

Lo cierto es que los mal autodenominados ‘progresistas’ están teniendo que hacer la vista gorda ante demasiadas cosas. La defensa de la monarquía; la ausencia de regulación en el precio del alquiler; la falta de veracidad de los datos oficiales; la corrupción del PSOE andaluz; el autoritarismo dentro de los partidos ‘progresistas’; la gestión politizada de la pandemia; el ataque continuo a la libertad de información; el malgasto de dinero público; el debilitamiento del Estado del Bienestar; las mentiras descaradas y los “temazos”; el encarecimiento de los bienes de primera necesidad; el empobrecimiento del sistema educativo… Demasiados hechos que callar, que ignorar…

Es muy fácil atacar la corrupción de la derecha, el recorte de libertades que sufrimos en tiempos de Rajoy, el austericidio… Pero lo cierto es que Sánchez, con pandemia o sin ella, ha recortado más derechos y empeorado más la vida de la población que los gobiernos de Aznar y Rajoy juntos.

El equipo Sánchez-Redondo sigue llamando a la cruzada. La población demuestra lo progre que es compartiendo noticias y opiniones, no siempre verdaderas, para recordarnos a diario dos cosas: lo progresistas que son y lo malos que son los de enfrente. La crítica a las propias filas es una herejía imperdonable.

Y parte de la población, poco capacitada, se alía con el enemigo, los partidos de “extrema necesidad”, incluso sin estar de acuerdo con toda su ideología. Pero en la guerra hay que posicionarse. Y la cruzada es una guerra de identidades. Como diría Juan Soto Ivars, esto es la catalanización de España.

La subida de la tarifa de la luz es un crimen en tiempos de pandemia. Un escándalo. FACUA-Consumidores en Acción ha solicitado la intervención de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia y denuncia que el recibo mensual del usuario medio se ha disparado un 42 por ciento interanual en los siete primeros días de junio. Una barbaridad.

Sin embargo, este atentado contra la población no ha tenido ni una cuarta parte de la contestación social que tuvo proceso del rapero supremacista Pablo Hasél. De nuevo, el equipo Sánchez-Redondo ha utilizado la cortina de humo de los presos catalanes, un guante que tanto el Partido Popular como Vox y Ciudadanos han tomado con placer.

El mensaje progresista se ha pervertido hasta tal punto, que hasta los ministros del Gobierno se unen a manifestaciones dirigidas contra ellos mismos. Sin embargo, el llamamiento a la cruzada sigue teniendo sus efectos. Los pseudoprogresistas callan, disculpan o defienden las medidas del Gobierno que atentan contra sus propios principios, dando armas a una derecha que no debería tener ninguna.

Afirmaba Michel de Montaigne: “Si como la verdad, la mentira no tuviera más que una cara, estaríamos mejor dispuestos para conocer aquélla, pues tomaríamos por cierto lo opuesto a lo que dijera el embustero; mas el reverso de la verdad reviste cien mil figuras y se extiende por un campo indefinido”. La verdad a medias –o la mentira a medias– ha sido, durante años, la herramienta de manipulación de los dos extremos políticos y de los supremacistas vascos y catalanes.

El tándem Sánchez-Redondo ha convertido esas “cien mil figuras” en piedra angular de su estrategia comunicativa, para desesperación de aquellos que quieren ver progresar el país, que quieren estar en el lado correcto de la trinchera, pero que no pueden evitar discrepar ante tanta manipulación.

Y ante cualquier duda o quebranto, solo es necesario echarle la culpa a Franco o sacar el argumento del feminismo. Como si el feminismo fuera “una, grande y libre”, los popes –y sí, estoy usando el masculino–, hacen uso de ello cada vez que se encuentran en un apuro. Lo hace Sánchez a diario, así como lo hacía Iglesias hasta que se volvió contra él. Lo último, el “temazo” de Carmen Calvo. La división ideológica ya ha llegado al Gobierno por la cuestión de la transexualidad y es cuestión de tiempo que se visualice en más aspectos.

“¡Qué fácil nos resulta rechazar y desterrar cualquier idea que moleste o importune nuestra alma, para sentirnos tranquilos!”, meditó en su día Marco Aurelio. Es cierto. ¡Cuántas cosas tiene que ignorar el progresista español para no ser tachado de facha, machista… o hereje! El valor para denunciar y combatir la injusticia empieza en el discurso, que ya es acción. Y para ello, hay que acabar con la cruzada y la agitación propagandística continua en la que vivimos.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO ESCOBAR
  • 9.6.21
En el artículo anterior me había comprometido a tratar más detenidamente la función del artista visual en las culturas primitivas. Pero creo necesario hacer antes una aclaración previa: si dedico tanta atención a las formas de expresión visual “primitivas” es por algo que nos cuesta percibir por nuestra habitual perspectiva “eurocéntrica”.


Tenemos tendencia a valorar los fenómenos culturales por comparación con nuestra propia cultura, la denominada “cultura occidental” enraizada en la Grecia clásica y en el cristianismo. E, igualmente, tendemos a concebir nuestro presente como el momento culminante de un progreso cultural continuo.

Pero el progreso incesante no es sino un mito moderno. Las sociedades y las culturas se desarrollan, ascienden y, fatalmente, entran en decadencia y se extinguen. En lo que sí se diferencian unas de otras es en la duración, en la cantidad de tiempo que permanecen y se mantienen en equilibrio con su entorno.

Y, precisamente, la expresión visual de los aborígenes australianos es la más duradera con bastante diferencia: al menos 40.000 años. En comparación con estas cifras, el arte moderno occidental es una gota en el océano de las imágenes como forma de comunicación.

Si lo que nos interesa es saber cómo se representa el mundo por medio de imágenes y qué es lo que se representa, si lo que queremos es buscar en las representaciones visuales las huellas de cómo ven y conciben la realidad las personas que producen y usan las imágenes, está claro que nos interesarán principalmente aquellas imágenes que tienen o han tenido una mayor presencia en las diversas sociedades humanas.

En lo que no hay ninguna duda es en el carácter plenamente universal de la producción artística. Prácticamente todas las sociedades humanas han desarrollado alguna forma de arte, ya sea en forma de esculturas y pinturas, templos y palacios o, simplemente, objetos de uso cotidiano en madera, barro, textiles o cestería. Parece que los seres humanos tenemos una capacidad innata para apreciar lo bello y responder emocionalmente ante los logros estéticos.

Y, siempre, detrás de la ejecución de la obra hay una intención. Cada obra es un objeto con una función definida, o con varias. Y esto se ha dado a lo largo de la historia de la humanidad y en contextos sociales muy diferentes.

Y una función destacada, y constante, ha sido la de mediación con lo sobrenatural y la de hacer visible lo sobrenatural. De aquí el carácter elevadamente espiritual del trabajo del artista. Hegel nos dice que “el hombre se ha servido siempre del arte como un medio para tener conciencia de las ideas e intereses más sublimes de su espíritu. Los pueblos han depositado sus concepciones más elevadas en las producciones del arte, las han manifestado y han tomado conciencia de ellas por medio del arte”.

Considerando al arte como forma de comunicación –y a diferencia de otros medios más informativos–, en el arte siempre hay representación de algo y esa representación tiene un marcado carácter simbólico. Por lo que es imprescindible una formación ideológica en cuanto a los contenidos y a los símbolos apropiados. Esto va acompañado de un aprendizaje sobre los métodos figurativos y de expresión propios del grupo social, es decir, la asimilación de un estilo característico.

La complejidad de los procesos de iniciación artística explica que cada escultura o cada máscara puedan tener significados diferentes para los espectadores, en función de su grado de conocimiento de la simbología utilizada.

Un ejemplo lo encontramos en las pinturas de los aborígenes australianos. Su arte tradicional es considerado como el más potente medio de expresión de realidades culturales y espirituales. Se ha usado durante miles de generaciones para dar vida a creencias y valores y, especialmente, para impartirlas a los jóvenes.

Los temas y contenidos son transmitidos de generación en generación (normalmente, de padre a hijo). A través de su obra, el artista expresa su grado de iniciación y conocimiento. Aunque los no iniciados pueden ver las pinturas, el simbolismo y el conocimiento no pueden ser revelados.

PIE DE FOTOLos temas y las técnicas son heredados en función de la pertenencia a un determinado grupo de parentesco. El típico sombreado con rayas paralelas y cruzadas, por ejemplo, es diferente de un grupo a otro. También los colores utilizables están limitados por dicha pertenencia.

Otro ejemplo muy concreto y del que se ha escrito bastante es el pueblo dogon, dotado de una cultura particularmente creativa. Situado geográficamente en los actuales Malí y Burkina Faso, su mitología es la base de toda su producción artística. Es más, para ellos, cualquier obra humana constituye el reflejo de un mito.

Cuando vemos sus máscaras kanaga, la primera impresión que nos dan es la similitud con la cruz que enarbolaba Juana de Arco, la cruz de Lorena, pero para los Dogon –y según su grado de formación religiosa– puede representar un pájaro, un mítico cocodrilo, el gesto del dios supremo Amma al crear el mundo o el equilibrio entre el cielo y la tierra.

Otro interesante y más moderno ejemplo lo tenemos en la siguiente imagen difícil de reconocer para aquellos que no han sido instruidos en el mito de Jesús Malverde, aunque en Sinaloa (México) sea ampliamente venerado como santo y patrono de los narcos.

Se podrían citar muchísimos más ejemplos en los que podemos comprobar que los rasgos singulares debidos únicamente a la creatividad individualista no tienen cabida, en cuanto que podrían actuar como elemento distorsionador del contenido que se desea transmitir.


Además, para que la obra cumpla su función sagrada, es imprescindible una iniciación en el acervo espiritual común, tanto para autores como para espectadores, por lo que el arte visual es necesariamente colectivo tanto en su origen como en su recepción.

Ahora tocaría hablar sobre cómo hemos llegado al desenfrenado individualismo creativo en el arte moderno pero, para no cansar al lector, creo más conveniente dejarlo para una próxima entrega.

JES JIMÉNEZ
  • 8.6.21
Ahora que vemos la luz en esta travesía varada en mitad del mar me surgen varias dudas acerca de cómo va a sobrevivir la cultura y, en concreto, la música. Sin duda, ha sido uno de los sectores más perjudicados por las restricciones sanitarias. Ahora toca recuperar el espacio que ocupaba en cuanto al ocio y como expresión artística. Incluso debería ocupar entornos nuevos, como método de supervivencia. Debe volver para ser mejor. Pero también debe mejorar para poder volver.


¿Cómo va a sobrevivir el músico amateur?

Durante la pandemia todos hemos encontrado en las redes sociales un espacio de expresión, ya sea de opinión o artística. Esto tiene sus pros y sus contras. Dentro de los pros encontramos una democratización del mercado musical, igualando las posibilidades de expansión y proyección de cada uno de los artistas.

Pero, en relación a esto, encontramos también uno de los contras que más ha maltratado la industria: no hay demanda para tanta oferta. Dicho en otras palabras: no hay público para tanto músico. A pesar de tener las mismas posibilidades de visibilización, el músico amateur se enfrenta al poder de influencia de los músicos consagrados por lo que, ante tal avalancha de nuevos músicos y nuevos contenidos musicales, el público consume aquello que conoce y que sabe que le gusta. El público reduce el porcentaje de nuevas búsquedas y descubrimientos. Se acrecienta así la brecha entre el músico amateur y el músico de renombre.

¿Habrá más canciones propias?

La música ha sido desde que tenemos registros un elemento de expresión. Yo defino la música como "el lenguaje del alma". De este modo, vemos cómo las grandes obras y los grandes artistas han avanzado en la música a través de la expresión de sentimientos colectivos y, “normalmente”, cuando la necesidad ahonda, es cuando necesitamos expresar nuestros sentimientos más tristes y depresivos.

Por poner un ejemplo, encontramos las raíces del flamenco andaluz con la expulsión de los árabes de la Península. O a Elvis Presley y The Beatles, después de una gran depresión tras la Segunda Guerra Mundial. O el punk, como rechazo a las políticas de Margaret Thatcher.

Podemos reconocer que la calidad musical de estos hechos son de gran calibre, representando un antes y un después para la música, tal y como se entendía entonces. Mi hipótesis, no obstante, trata de dilucidar si la calidad musical y los puntos de inflexión están directamente relacionados con el estado del bienestar y con los momentos de crisis.

Esto no significa que, durante los años en los que estamos mas “cómodos”, no haya una calidad musical que merezca la pena transcender sino que, a nivel de masa social, no entendemos la buena música como la predominante –entendiendo como "buena música" aquella que sirva al objetivo primario de ésta (el lenguaje del alma) y no como un elemento comercial a merced de la economía–.

Hemos visto durante todos estos años el auge de estilos musicales y músicas en general de un gusto un tanto dudoso, como el reggeaton en su faceta más comercial y machista o un pop adolescente que derramaba pus de acné en cada acorde –y que conste que no considero estos estilos como algo inferior o peor: sólo me refiero a la utilización de estos estilos como herramienta de capitalización monetaria–.

Hemos tenido unos años de ausencia de referentes musicales a nivel social. ¿Estamos ante las puertas de un nuevo paradigma musical? ¿Estamos ante un nuevo ciclo musical realmente “referente” en la historia de la humanidad como propiciaron en su día Mozart o The Beatles?

¿Habrá una democratización de la música?

Ahora no necesitamos saber solfeo o tocar un instrumento para poder componer. Basta con tener nociones de informática para crear un hit del momento. Al tener acceso de forma igualitaria a los medios de producción musical, cualquier persona puede expresarse a través de la música. Y como ya he dicho varias veces, hay cosas que se pueden decir con palabras pero hay otras que tan solo se pueden decir a través del lenguaje musical.

Dado que hemos pasado una etapa –la del confinamiento– marcada por un exceso de emociones intensas, necesitamos expresarlas. Y, en este caso, la música es de las mejores formas para exteriorizar lo que día a día sentimos.

En definitiva, con las tres cuestiones que he planteado encontramos un escenario musical nuevo, nunca antes visto. Tenemos un acceso ilimitado a los medios de producción, tenemos las ventanas de proyección y una crisis social aún por resolver. ¿Qué música nos encontraremos en el futuro? ¿Será la música la que nos marque el camino? Para saber la respuesta, debemos mantener la mente abierta.

DANY RUZ
  • 7.6.21
Mi amigo Jes Jiménez me llamó el otro día para darme la primicia de un titular esclarecedor y que solo nosotros sabíamos que podía existir: El mundo necesita ocho millones de enfermeras. Lo había leído en The Guardian. Le dije que me mandara el enlace. A la tarde, volvió a llamarme para advertirme de que este diario había borrado la noticia en su edición digital.


Después me soltó una perorata sobre el aspecto volátil de esta vida virtual en la que andamos metidos. Le dije que sí, pero que, con toda seguridad, esa información la habrían publicado otros muchos medios. La comunicación corporativa ha invadido el periodismo, le dije. Los medios apenas publican información propia.

Lo vi, sin verlo, un tanto desorientado con mis aseveraciones. Pero acabó aceptando que el mundo ya no es el mismo que ayer. A todos nos cuesta aceptar tantos cambios en un plazo de tiempo tan reducido.

Jes sabe que ando publicando bromas literarias que son historias virídicas (el palabro aún no existe oficialmente y la RAE se muestra un tanto terca para incluirlo en su diccionario donde todo cabe: es cuestión de días o de meses) en tiempos de coronavirus protagonizadas por enfermeras.

Por eso no me extrañó que, en esos ocho millones de enfermeras que necesita el mundo en tiempos de pandemia, no cupiera ni un solo enfermero. Me voy a Google para ver si encuentro el titular de marras. Y lo que hallo es esta antología de despropósitos: Se necesitan más de seis millones de enfermeras en el mundo; La plantilla mundial de Enfermería perderá ocho millones de efectivos en 2030; Faltan más de seis millones de enfermeros en el mundo (en este caso, no tienen cabida las enfermeras); El coronavirus demuestra que hay que invertir más en enfermería, columna vertebral de todo sistema de salud.

En resumidas cuentas, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en un informe titulado “El estado mundial de la enfermería en 2020”, señala la necesidad urgente de fortalecer la fuerza laboral de la salud global, ya que el 50 por ciento de sus trabajadores son enfermeras, si bien la cifra actual de 28 millones deja un déficit de 5,9 millones de estas profesionales.

El director general de esta organización, Tedros Adhanon Chebreyesus, ha afirmado que las enfermeras son “la columna vertebral de cualquier sistema de salud”. También él habla en femenino. Y nos advierte por qué lo hace, con esta frase melancólica: “Las enfermeras están allí desde los primeros momentos de la vida hasta el último”. A veces, también, en mitad de estos dos momentos, claro.

Jes Jiménez me ofreció un tentador titular porque sabe, como yo, que las enfermeras no solo nos incorporan de nuevo al mundo con la salud reparada, sino que su trato de madres postizas o su sensibilidad de novias huidizas las ha llevado a las páginas de la literatura de manera inexorable. No son pocos los escritores que han escrito en sus relatos de ficción sobre las enfermeras de sus vidas, aunque en ocasiones extravían su perfil en los relatos de ficción.

En 1918, por ejemplo, Agnes von Kurowsky fue enfermera de Ernest Hemingway cuando el escritor estuvo herido y este, como no podía ser menos, se enamoró de ella. De no haber sido por Agnes, el escritor pudo haber perdido la pierna, pero ella lo cuidó hasta el final con medicamentos y medidas dosis de ternura intimidatoria. Se comprometieron, pero, como en las mejores historias de amor, nunca se casaron. La realidad siempre imitando a la ficción.

Cuando acabó la guerra, Hemingway regresó a Estados Unidos y allí esperó a la Kurowsky para casarse con ella. Sin embargo, ella le escribió una carta en 1919 para decirle que se olvidara de ella para siempre. La vida sí que es una guerra atroz, pensaría tal vez Hemingway, que nunca logró olvidarla. El destino es indescifrable para los escritores, por una razón muy simple: lo escriben otros.

La enfermera está presente en sus relatos de ficción, pero nadie supo que había sido parte de su vida hasta mucho después, cuando Leicester publicó en 1961 un libro sobre su hermano. Por él supimos que la Kurowsky fue la base sobre la que el escritor construyó el personaje de Catherine Barkley en Adiós a las armas.

Rodrigo García, en su libro Gabo y Mercedes: una despedida, donde narra los últimos días en la vida de su padre, Gabriel García Márquez, cuenta que, a la hora de cambio de turno de enfermería, las dos enfermeras y las dos auxiliares, así como una o ambas empleadas del servicio, se reunían en la habitación por unos minutos.

Gabo escucha el coro de voces femeninas. Abre los ojos y se le iluminan cuando ve a tantas mujeres que lo saludan con cariño y admiración. Todas ríen a carcajadas cuando el premio Nobel les suelta de sopetón: “No me las puedo tirar a todas”.

Una de las muchas veces que acompañé a mi padre en los últimos días de su vida al hospital de Montilla, estaba tendido en la camilla y a todas las enfermeras que lo atendían les decía: “Qué guapa eres. Dame un beso”. No sé qué guarda la vejez en sus entretelas que despierta el deseo más decidido en sus huéspedes.

No imagino a mi padre, siendo joven, provocando a las jovencitas que se cruzaron en su vida. En realidad, ni mi hermano ni yo sabemos nada de su vida amorosa que, presumo, fue muy fugaz por el momento histórico que a todos aquellos jóvenes les tocó en mala suerte vivir.

Sí sé que mi padre se tragó tres años de servicio militar obligatorio en Sevilla y que allí tuvo una novia. Lo contaba delante de mi madre, así que debió ser una atracción muy efímera. Contaba, eso sí, que una vez la invitó a subir a una barca de remos en la Plaza de España. Ellos no naufragaron, pero sí su breve relación.

Las bromas literarias que protagonizan las enfermeras de mis relatos están basadas en hechos reales que nunca sucedieron, pero que pudieron haber ocurrido si los astros se hubiesen alineado de manera trasversal a mi imaginación y no a mi biografía. De cualquier manera, nunca descarto a una Kurowsky que le toque en suerte hincarme la aguja cuando me llamen para recibir el segundo pinchazo de la vacuna contra el coronavirus.

Algunos amigos creyeron que el asunto tratado en el primer relato era pura verdad y no puta imaginación. Y les ennoblece seguir creyéndolo, al menos hasta que un día mi biógrafo, si es que encuentro alguno por ahí, descubra para mi desgracia que todo fue fruto de una imaginación que alimentaba al mismo compás que escribo mi vida.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 6.6.21
Desde principios de mayo estamos recibiendo noticias inquietantes de Colombia, ese país de habla hispana colindante con Venezuela del que, por otras razones, este segundo se había convertido en el foco de los incansables ataques de la derecha política, como si todos los males se concentraran en la tierra de Simón Bolívar.


Colombia, como país que tiene el doble se superficie que España y que posee una población que supera los 50 millones de personas, tiene su propia historia, alberga una enorme riqueza cultural y humana, apenas es conocido por nosotros, a pesar de los lazos que nos unen.

Así, las noticias puntuales que nos llegan son flases que apenas nos posibilitan entender el levantamiento popular que se ha producido contra la subida de impuestos que el Gobierno de Iván Duque aprobó y que suponía una sobrecarga a una población que soporta crisis que se van superponiendo unas a otras.

Puesto que recientemente escribí sobre Chile, me ha parecido oportuno hacerlo en esta ocasión con este otro país hermano. En este caso pensé que lo mejor sería hacerlo con la profesora María Isabel Mena, del grupo Culturales –al que pertenezco–, formado por profesores universitarios de México, Colombia, Chile, Argentina y España, y que quincenalmente se reúne telemáticamente para abrir debates de diversos temas de interés común.

Sobre María Isabel Mena, sucintamente, quisiera indicar que es licenciada en Historia por la Universidad del Valle y magíster en Investigación Social Interdisciplinaria. En la actualidad está realizando su tesis doctoral en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.

Coordinadora del movimiento pedagógico “África en la escuela”, en 2017 fue galardonada con el grado de Honoris Causa en Cultura de Paz por la fundación Amigos de la Unesco. Ex asesora externa del Ministerio de Cultura y del Ministerio de Educación. Imparte docencia en la cátedra sobre derechos humanos, raza, enseñanza de la historia, infancia de la negritud en universidades tanto nacionales como internacionales.

—Para comenzar, María, me gustaría que nos hablaras de tu país, ya que, a pesar de que los lazos históricos que unen a los españoles con el pueblo colombiano son muy fuertes, lo cierto es que las noticias que nos llegan de los países de lengua hispana suelen ser pocas y de tono impactante, como las manifestaciones y la represión que se están produciendo por estas fechas en Colombia.

—Te puedo asegurar, Aureliano, que Colombia es una nación de gente muy buena, trabajadora y pujante. Seguramente algunas personas habrán escuchado que, dado que estamos atravesados por tres cordilleras, esa bendición nos otorga una especie de paraíso, lo que permite tener frutos todo el año, variedad de animales, plantas y recursos minerales en abundancia. Por ejemplo, el nacimiento de las ballenas jorobadas en nuestro territorio es una prueba de esa maravilla territorial.

Paradójicamente, esa bendición también precipita que seamos uno de los países más desiguales de América Latina. Para dar una idea de ello, las personas más ricas en Colombia son cinco familias desde la época de la colonia, y el resto, casi cuarenta millones de ciudadanos, vive en la extrema pobreza, al punto que el rebusque es la única fuente de empleo para millares de hogares.

Vivir tanta gente en condiciones de marginalidad llevó a que los niños y jóvenes, entre otros grupos, sean presa fácil de la delincuencia común, como también de los actores ilegales que hoy nos convierten en el segundo país en víctimas de la guerra interna que desangra al país, día a día. Casi ocho millones de víctimas. Es un dato espeluznante. Y el 70 por ciento de ellas son de raza negra, lo que da una idea particular de la textura social de mi país.

—Con lo que nos dices, cuesta imaginar el abismo de desigualdad y violencia que nos comentas, más aún, teniendo en cuenta la diversidad racial que hay en tu país… Puesto que tú eres de raza negra, te invitaría a que nos explicaras el origen de la población negra en Colombia y nos contaras qué representa en el conjunto del país.

—Gracias por esta pregunta. Te comento que las élites colombianas sufren un exacerbado narcisismo, se sienten descendientes directos de los europeos, por lo que han mantenido una idea de pureza racial que contrasta con una mínima ojeada al territorio colombiano, donde el ojo se percata inmediatamente que somos un pueblo bastante colorido, producto del fenómeno histórico de la trata y la esclavitud africana.

Hoy somos alrededor de cinco millones de ciudadanos los que nos reconocemos como parte de la comunidad negra en Colombia. Este no es un dato menor, ya que el Estado nacional siempre ha querido negar esa presencia por la vía del subregistro de esta población y, con ello, bajarle la temperatura a las demandas por la dignidad que aparecen desde el mismo momento de la historia africana.

—Tú has sido una gran defensora de la negritud y, en concreto, de la negritud colombiana. Ya que eres profesora, ahora te pregunto: ¿cómo la viven los niños y niñas negros su identidad racial, ya que este es el tema de tu tesis doctoral?

—Es cierto. Parte de mi activismo se basa en la visibilidad de los niños negros que parecen no existir ni en la academia colombiana, ni en la política pública, ni curiosamente para el mismo movimiento de la negritud que moviliza una agenda bastante nutrida por la eliminación del racismo y la discriminación racial.

A pesar de ello, se documentan pocos casos de racismo con niños escolarizados y ese es el objetivo central de mi tesis doctoral: explorar cómo se expresan los niños pintando su negritud a sabiendas de la existencia de un color, conocido como ‘color piel’, que los obliga a colorear el cuerpo con esa única tonalidad. Esa situación hay que frenarla, porque les causa sufrimiento y les obliga a socializarse en cuerpo ajeno. En consecuencia, hay una identidad racial ambigua desde ese tipo de sujeto y, por mi parte, estoy encantada de contribuir a dar a conocer esta situación.

—Pasemos a otro tema. Durante años, Colombia vivía sumida en un largo conflicto armado en el que participaban las guerrillas de las FARC y el ELN, las que mayor tiempo de existencia han tenido en América Latina. Para resolverlo, se abrió un proceso de paz de las FARC con el Gobierno que culminó el 24 de noviembre de 2016. ¿Cómo se ha vivido ese proceso con la guerrilla más numerosa de tu país?

—El proceso de paz tiene muchas complejidades. Así, desde que se armó la guerrilla hasta hoy no se ha podido resolver porque hay fracciones de las hegemonías colombianas a las que les conviene la guerra, para venderle al ciudadano que es necesario la creación de ejércitos locales de quien pueda pagarles.

De este modo, el surgimiento del paramilitarismo está atado a esa idea de que el Estado no protege a la ciudadanía, ni ha sido eficiente en la eliminación de los carteles de la droga o las armas. Pero sí logra movilizar su artillería cuando se trata de la gente de a pie que grita y clama por los bienes más básicos de la sociedad: empleo, salud, educación. La ausencia total del Estado para responder por los derechos más elementales hizo que grandes grupos de guerrilleros no se desmovilizaron y, por ello, la masacre de líderes siguió contando víctimas en paralelo a ese proceso. Además, sectores de los paramilitares o autodefensas, no sintieron confianza en el mismo Estado para dejar su actividad delictiva, así que existe un proceso de paz en medio de la guerra.

—Si pasamos a la actualidad nos encontramos con un fuerte conflicto social. ¿Cómo se origina ese estallido social que por estas fechas sacude a Colombia? ¿Cuáles son los motivos de esa movilización tan grande? ¿Por qué esa represión tan brutal en la que participa el ejército?

—Las personas comprometidas en Colombia siempre participan en movilizaciones porque las trampas del Estado están al orden del día. La corrupción, el clientelismo y demás males de los gobiernos de turno, hacen que siempre estemos a la vanguardia de las querellas por un buen vivir; sin embargo, a pesar de las protestas por el incremento desmedido de impuestos que llegan directo al bolsillo de los políticos, este presidente presentó un texto desvergonzado que generó el estallido que hoy nos hace famosos en el mundo entero.

Vale decir que encima de todos los males sociales de este pobre país, se pretendía gravar más la base de la canasta familiar de productos, como los huevos, que se volvían inalcanzables para las familias colombianas. De ese tamaño fue la gota que derramó la copa. La gente se lanzó a la calle a pesar de las dramáticas muertes por covid, bajo el lema de que si el virus no te mata, el gobierno lo hace sin ningún sonrojo.

Este histórico paro derrumbó la reforma aprobada, también al ministro de Hacienda y algunas estatuas coloniales, al tiempo que generó unos bloqueos sin antecedentes en la historia reciente colombiana. Por supuesto que el costo en vidas humanas es la página más dolorosa de esta historia, y demostró que el modelo político se derrumba en mil pedazos. Para seguir pegando el país a su antojo, se requiere la fuerza desmedida del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) y la militarización de territorios enteros. Por ello han muerto todas esas personas, que no estaban haciendo otra cosa que protestar pacíficamente contra el estatus quo.

—En medio de esta situación tan convulsa de tu país, para finalizar, me gustaría que brevemente nos apuntaras cuáles son tus horizontes de esperanzas y hacia dónde crees que camina tu país.

—Mis estudios tienen que ver con la escuela y los sujetos negros que transitan por esa institución. No puede haber lugar a la desesperanza si, después del paro, nace un país garante de los derechos humanos. Entonces, creo, que todo este tiempo de sacrificio valió la pena. Es posible que siga el baño de sangre porque el gobierno no quiere entender que los jóvenes están especialmente decididos a cambiar la estructura en la que ellos no tienen futuro. Estudian con todo el esfuerzo de su parentela para que al salir de un pre o posgrado y resulta que no encuentran fuentes de empleo. Y si eres un joven negro peor será la situación.

Así que, Aureliano, quiero agradecerte esta entrevista que me haces porque ayuda a que muchas personas puedan entender lo que está pasando en Colombia y posibilite que nos sigan acompañando en una sociedad cuya única aspiración es vivir dignamente. Un abrazo también para los lectores de estas columnas.

AURELIANO SÁINZ
  • 5.6.21
Yo nunca conocí a Lola pero su muerte me ha hecho recordar los trágicos momentos que nos tocó vivir con la cariñosa y noble Jara en la parte almeriense del Parque Natural de Sierra Nevada. Las dos perras murieron envenenadas en lo que debía haber sido un apacible día de excursión.


Una muerte dolorosa, terrible, agónica para ellas y para sus dueños. Unas horas de incomprensión, de incapacidad, de desesperación, que se podían haber evitado, porque esos venenos que las mataron no eran naturales.

Acusar a un colectivo, generalizar, meter a todos en un mismo saco por lo que hacen unos pocos, quizás no sea lo más inteligente, pero como nadie ha dicho que yo lo sea, me meto conscientemente en este debate y señalo directamente a los cazadores como los responsables de estos deplorables, cobardes e inhumanos asesinatos.

Asesinar quizás para muchos no sea la palabra adecuada porque en su definición habla de quitarle la vida a una persona, pero la intención, la premeditación y la alevosía es la misma. Además, pregúntenle a sus dueños si no las sentían parte de la familia, hermana de la dulce Paola que estará destrozada porque crecieron juntas, compañera fiel de María Isabel que siguió a su lado cuando todo parecía derrumbarse a su alrededor, amiga de Emilio por la que hubiese dado su vida para salvarla y a la que le confiaba la seguridad de todo un campamento infantil.

Si alguien se ofende esta vez no me preocupa, porque no existe justificación ninguna para poner un trozo de carne envenenado en mitad del monte a expensas de que cualquier ser vivo lo pueda tocar o se lo pueda comer. Estoy seguro de que la gran mayoría de cazadores estará en contra de esta práctica deleznable que hasta 1983 fue legal, pero que desde entonces está castigada por la ley.

Actúan así para eliminar depredadores naturales de las especies cinegéticas, para tener conejos y perdices inmóviles criadas en granja a las que poder dispararle. Al ser un método nada selectivo, en los últimos años, además de perros domésticos, han muerto ,entre otras muchas especies, zorros, alimoches, águilas imperiales ibéricas, quebrantahuesos o incluso algún lince ibérico. Especies algunas en peligro critico de extinción en las que invertimos mucho dinero público para intentar recuperar las poblaciones.

Luego se llenan la boca y sacan pecho hablando de la gran labor que hacen para controlar determinadas especies y ayudar en la conservación de los ecosistemas. Amigos de los montes se hacen llamar porque le ponen bebederos para que no pasen sed, nunca por supuesto, para acostumbrarlos a su coto, que no se vayan a otras zonas y de esa manera poder colgar su cabeza en el salón de casa.

No lo llamen "deporte", ni "afición", ni "tradición", ni "cultura" y, mucho menos, "ciencia". No intenten explicarnos que lo aprendieron de sus padres, que cumplen con la normativa, que tienen todos los papeles de su arma en regla y que son un sector que crea empleo y que no necesita subvenciones que los mantengan. Lo más doloroso de ese último argumento es cuando comparan el matar a un ser vivo con la industria del cine o la cultura, o con salir a correr los domingos porque cada uno tiene el hobby que quiere.

Si tenemos algunos problemas con determinadas especies que no tienen depredadores ya buscaremos la manera científica para controlarlas, para intentar naturalizar unos montes que hemos desnaturalizado, e intentar devolver ese equilibrio perdido. Pero dejar esas decisiones en manos de gente que disfruta matando, que se emociona, sueña , vive y paga lo que tenga que pagar para que llegue ese momento, no es la manera adecuada, porque los mueve el placer, el olor a sangre.

Si tuvieses la mala fortuna de vivir una situación tan desagradable hay que denunciar el suceso, para intentar averiguar el sitio exacto y el tipo de veneno que pusieron. Si los cebos se encuentran en un coto concreto se les puede cerrar, sean o no los culpables (a veces hay rencillas entre cotos), más la correspondiente sanción.

En Andalucía disponemos de la Estrategia Andaluza contra el veneno que se encarga de investigar los casos ocurridos con perros especializados, y de sensibilizar, formar e informar a ganadero, cazadores y gestores de cotos. Gracias a su incansable labor las cifras se han reducido considerablemente en los últimos años, pero eso no le devolverá la vida a Lola, ni rebajará el dolor de sus dueños.

MOISÉS S. PALMERO ARANDA
  • 4.6.21
Estoy convencido de que respetar y ser respetado es el soporte necesario sobre el que hemos de edificar las virtudes y los valores personales que hacen posibles la convivencia pacífica familiar, social y política. La raíz íntima de esta consideración reside en el reconocimiento de la dignidad “civil/sagrada” de los seres humanos. Su aceptación ha de ser absoluta porque no depende de ninguna circunstancia ni de ninguna cualidad añadida.


La dignidad de las personas no la otorgamos nosotros ni está en nuestras manos retirarla o disminuirla. Por eso, merecen nuestro respeto los niños, los adultos y los ancianos; los varones, las hembras y los homosexuales; los cultos, los sabios y los ignorantes; los creyentes, los agnósticos y los ateos.

Nuestros comportamientos morales, familiares, sociales y políticos, en vez de privilegiar las cualidades como el sexo, la edad, la sabiduría, la riqueza y, sobre todo, el poder, deberían conceder la suprema valoración a la dignidad humana: éste debe ser el principio ético del que se derivan todos los demás.

Este valor civil/sagrado de la dignidad humana constituye la razón del respeto con el que hemos de relacionarnos con todas las personas. No se trata, por lo tanto, de un acuerdo al que, de manera explícita o implícita, ha llegado una sociedad sino de un deber que es independiente de nuestra voluntad individual o colectiva.

Por eso mismo, aún en el caso de que toda la sociedad decidiera por consenso dejar de respetar la dignidad humana, ésta seguiría siendo un derecho exigible por cada uno de los ciudadanos, incluso, de los que sean juzgados y condenados como delincuentes.

En nuestras sociedades civilizadas aceptamos este principio en la teoría y lo proclamamos con pomposas palabras y con tonos solemnes, pero los hechos cotidianos nos confirman, de manera mucho más elocuente, que no siempre lo tenemos en cuenta. Fíjense en los programas televisivos, en los debates parlamentarios, en las tertulias radiofónicas, en las gradas de los estadios, en las aulas escolares e, incluso, en los consultorios médicos.

En mi opinión estamos sufriendo un proceso acelerado de degradación de aquellos “buenos modales” que expresan el respeto que nos merecen nuestros interlocutores. Quizás estos cambios de hábitos respondan, en muchos casos, a una progresiva depreciación del valor más importante de nuestra sociedad: la persona humana. La falta de respeto no la justifica ni siquiera la defensa de la verdad, de la justicia o de la moralidad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
  • 3.6.21
La línea de trabajo que intento desmadejar alude a esa persona que cuida día tras día, sin abandonar la trinchera. Suele ser el caso de parejas ya mayores que están solas ante el peligro y uno de los dos entró en la jaula de la dependencia. Y, por lo general, sin hijos disponibles, si es que los hay. ¿Eso es posible? Lo es, aunque hay que bordear muchos muros y evitar socavones.


Me centraré en la persona que cuida y en algunos de los problemas que surgen a lo largo de dicha actividad y cuya labor abocará necesariamente a convertirse en el “cuidador”, figura que está recogida en el llamado “Síndrome del cuidador quemado”. El tema es amplio y da para mucho. Solo enhebraré unas líneas.

Cuidar personas dependientes está claro que no es un pasatiempo. Intentaré ofrecer los rasgos más sobresalientes de quien cuida y que, poco a poco, le transportan al referido síndrome. Entramos en el terreno de personas maniatadas física y psíquicamente como cuidadoras de un familiar.

¿Quién cuida? Por lo general –hasta ahora– quien cuidaba solía ser la mujer. Resalto que la mujer es mejor cuidadora pero ello no exime al hombre de dicha obligación. De entrada, el cuidador asea, viste, da de comer, sale a pasear –si ello es posible–, comparte lecho y se levanta cuando la persona cuidada necesita ir al baño.

Quien cuida pronto desfallece, no porque sea blando ni gandul sino porque cada paso que da, cada día que pasa, depende más de la persona dependiente. No estoy haciendo un juego de palabras: solo intento describir una realidad dura, agobiante, que por lo general no se ve desde fuera, según me dice Federico.

Daños o ampollas que van acumulando pus en el cuidador son el cansancio, la falta de sueño, el comer deprisa y corriendo, perder las relaciones sociales, soledad continuada, dejar de cuidarse a sí mismo. Esto último es una contradicción puesto que si el cuidador no está en condiciones sufrirán tanto él o ella como la persona dependiente.

El cuidador posiblemente sabe bien qué es lo que está haciendo, pero hay una serie de exigencias morales que impulsan hacia adelante, sobre todo cuando la relación con la persona que cuida es de primera línea. Es decir, cuando estamos frente a la esposa, el marido, un hijo…

El cuidador sabe que el sacrificio total carece de sentido pero el compromiso moral es más fuerte hasta el punto de que si se abandona dicho cometido y ocurre algo, el cuidador se sentirá culpable para el resto de su vida.

¿Salidas de dicha situación? Abandonar el tajo se hace imposible. ¿Pretende sentirse un héroe y que los demás le alaben? Creo que los tiros no van por ese derrotero. Es cierto que cuidar requiere cuidarse, pero el compromiso contraído con la persona afectada es tan fuerte que abandonar no entra en los principios de comportamiento personal libremente elegidos.

No es mi intención hacer una crítica negativa pero sí advierto que cuidar de otra persona es una proeza que a veces –con frecuencia– puede desbordar el río de la entrega y hasta ahogar la generosidad del cuidador. Llegará un determinado momento en que su labor le agobie, situación que se manifestará en un agotamiento que, a la larga, se hará crónico.

¿Quién cuida al cuidador? Esa es la pregunta del millón que trataré de abordar en otro momento. Dicha persona ¿necesita ser cuidada? No hay duda de que el cuidador se aísla y cambia su ritmo vital. Pierde interés por sus actividades, pierde apetito y cada día que pasa come menos, come mal y pierde peso.

La nueva rutina le aleja de actividades que le eran habituales, el agotamiento emocional o físico dan paso a la irritación que, a su vez, le enrabia y brota aun más una fuerte irritabilidad. Mal panorama presenta la situación pero no hay otra posible alternativa salvo el abandono, cuestión ésta que no acepta su fuero interno, es decir, el compromiso hecho consigo mismo.

El agotamiento va apareciendo conforme la rutina diaria empieza a ahogarle y si además está “solo ante el peligro” y no recibe la ayuda que necesita o si intenta hacer más de lo que puede, ya sea física o financieramente, entonces se incrementa aun más el malestar.

Al cuidador llegará un determinado momento en que su labor le agobie, situación que se manifestará en un agotamiento que, a la larga, se hará crónico. ¿Qué indicios avisan de que el cuidador está haciendo agua? “Hacer agua” viene a significar que alguien está fracasando en un determinado cometido (usar la expresión en plural indica orinar).

El pesimismo y la negatividad brotan a la menor contrariedad en la persona cuidada. Las lágrimas silenciosas se escurren por los vericuetos del rostro. Veinticuatro horas al pie del cañón día a día, mes a mes, año tras año, es un compromiso que deja huella física y psíquica en el cuidador.

El trabajo que realiza es digno de tener en cuenta pese a que se encuentra con muchos inconvenientes que poco a poco se convierten en serios obstáculos El cuidador de 24 horas pronto hace agua, tanto física como psíquicamente, por distintos frentes y los síntomas se manifiestan a buena velocidad.

Por lo general, la soledad y la frustración hacen que se hunda con rapidez. Digamos que el resto de la familia se despreocupa del tema, razón por la que el cuidador se sentirá aun más chafado. La frase crónica de familiares es siempre la misma: tú llama cuando nos necesites. El orgullo le tapará la boca.

La desgana brota poco a poco y llegará un momento en el que deseará que mañana no amanezca. Síntomas claros son el estrés y la depresión. El primero suele rellenar gran parte del día y la depresión va creciendo como mala hierba y a rachas.

Además hay que añadir otras señales más frecuentes como el agotamiento, tanto físico como emocional porque se encuentra indefenso, lo que dará paso a sentirse triste y con grandes dosis de malhumor. El motivo que perfila lo anteriormente citado es que no ve salida a la situación, cuestión que le puede provocar un imperioso deseo de poner fin a todo, tanto para él como para la persona cuidada. Quede claro que no lo verbalizará, aunque afloren algunas señales.

En definitiva, el cuidado del otro monopoliza a quien cuida y, sin que se dé cuenta, va perdiendo capacidades que le fuerzan más a no querer tirar la toalla. ¿Contradicción? Sí porque si pierde capacidad de cuidar y, además, no se cuida a sí mismo, mal podrá cuidar a la persona dependiente. Estamos ante “la pescadilla que se muerde la cola”.

¿Cómo ayudar a ese tipo de cuidador? Buena pregunta, pero cae en saco roto puesto que si el cuidador es alguien dispuesto a morir con las botas puestas, nada se puede hacer. Y si no hay fácil acceso a otro familiar poco cabe esperar para que cambie la situación. ¿Contratar a alguien? "Sería una solución, pero incluso pudiendo pagar a una persona externa, esta batalla es mía", aduce Federico.

Finalizo estas líneas de hoy con una frase solemne pero que viene a resumir toda la acción, todo el trabajo, todas las alegrías y frustraciones que puede sufrir la persona que cuida. La frase es lapidaria pero merece que la degustemos por el valor que encierra: “El mejor regalo que podemos hacer a alguien que amamos es nuestro tiempo; con él estaríamos dándole una parte de nuestra vida”.

PEPE CANTILLO
  • 2.6.21
Tú también te has preguntando qué sentido tiene la vida, ¿verdad? Creo que no soy la única cuando digo que hay días en los que me levanto de la cama sin saber qué leches hago aquí, con qué fin, para qué. Siento que todo es como una especie de videojuego en el que ganar es improvisar y tirar sobre la marcha: superar obstáculos, no rendirte, superarte a pesar de retroceder...


Sí, igual que en el Parchís, puedes avanzar al igual que retroceder casillas. Menuda putada, ¿no? Pero luego intento poner orden a todos mis pensamientos inquietos y, bueno, la verdad es que nunca he sido capaz de frenar esta cabecita loca. Y siendo sincera, tampoco quiero.

Me gusta cuestionarme absolutamente todo, ponerlo en duda y buscarle o intentar darle infinitas explicaciones. O ni eso: simplemente dejarlas estar, ahí, una tras otra, llenando todo mi ser de continuas preguntas sin respuestas y algunas de ellas con tantas que termino suturándome. A veces desearía tener un botón para resetearme por completo. Pero no, porque perdería mi esencia y no sería quien soy a día de hoy porque no tendría experiencias en la vida.

¿Somos nosotros quienes controlamos el tiempo o es el tiempo el que nos controla a nosotros? Porque claro, luego nos la damos de superlistillos diciendo que podemos controlarlo todo, con una agenda física o ya en las propias notas del móvil, poniéndonos esas veinte mil alarmas para llegar a la hora que nosotros queremos, claro. Pero la realidad ya sabes cuál es: cuánto más control quieres tener, más imprevistos te salen. Y es así: no hay remedio.

Con esto no quiero decir que seamos unos vividores de la vida y que todo salga sobre la marcha, pero tampoco me gustaría que nos obsesionemos con el control. Ningún extremo es sano.

Bueno, madre mía... Yo aquí contándote mis pensamientos y ni siquiera me he presentado. Soy Mercedes Obies, más "conocida" como merobies, aunque en mi casa me ponen el nombre de todos mis hermanos –que, por cierto, somos siete– menos el mío.

No sé por qué pero también me llaman "Bicho", supongo que por el refrán de "bicho malo nunca muere". Y es verdad: las he pasado perras y aquí sigo, con más ganas y, a veces, con más pereza que nunca. Qué remedio.

Bueno, estarás pensando que menuda loca, que a ver si me aclaro y te hablo de algo que tenga sentido y puedas leer con tranquilidad, como esos típicos libros en los que terminas encariñándote con la protagonista y deseando un final de cuento. Pues no, conmigo no vas a leer nada de eso. Es más, ni siquiera sé cómo he empezado a escribir todo esto. Y, mucho menos, sé cómo lo terminaré, si es que lo termino.

El caso es que me hago millones de preguntas y cuando voy caminando sola por la calle, me encanta ponerme música e imaginarme mil situaciones diferentes en un mismo lugar. Dime, por favor, que tú también has hecho lo mismo alguna vez. Y si no lo has probado aún, hazlo: es una paranoia impresionante.

¿Por qué debemos conformarnos con lo que vemos y no echamos el vuelo a la imaginación? Sé que cuando te diga lo que me imagino, pensarás "esta chica está escribiendo fumada, como mínimo". Pero, de verdad, ahora mismo voy en el tren después de un agotador día de clases y voy mirando por la ventana pensando que hay seres mágicos. Tal cual. Hadas, duendes, dragones... Todo lo que la imaginación sea capaz de crear ya existe en mi mundo paralelo.

Soy un poquito peculiar, un bicho raro. Y eso me encanta. La posibilidad de ser diferente y de tener ese "atrevimiento" de ir más allá de lo que existe.

MERCEDES OBIES
  • 1.6.21
Si reducimos los 4.500 millones de años de la vida de la Tierra en un solo año, los seres humanos llevaríamos sobre ella solo los últimos cuatro segundos del 31 de diciembre. Eso nos demuestra que el planeta no nos necesita para sobrevivir. Sin embargo, nosotros a él, sí.


En esos cuatro segundos, 250.000 años, nos hemos multiplicado exponencialmente, pasando del millón de habitantes que había en el 10.000 a.C., a los 7.800 millones que hay en la actualidad. El gran crecimiento poblacional coincidió con la Revolución Industrial y desde 1800 hemos multiplicado casi por ocho los mil millones de personas que había en ese momento (0,0048 segundos). Se calcula que en el año 2100 seremos 10.900 millones y que La Tierra no puede soportar más de 12.000 millones de seres humanos.

Para muchos, son cifras, predicciones catastrofistas sin base ninguna porque, según ellos, La Tierra puede generar alimento y recursos suficientes para todos: solo hay que aprender a distribuirlos de manera justa y equitativa.

No sé que da más miedo, si saber que no podremos alimentar a tanta gente o pedir a los ricos que repartan sus ganancias, algo que, ya nos advirtieron con aquella imagen del camello y el ojo de la aguja, no sería nada fácil. Si Jesús levantase la cabeza no tendría que reescribir nada de la Biblia: la de templos y obispos con los bolsillos llenos que se iba a quitar de en medio...

Esa sobrepoblación y nuestras necesidades de recursos para sobrevivir han conseguido que provoquemos la sexta gran extinción de especies (la próxima, dicen los expertos, será la de los mamíferos), que hayamos creado una nueva era geológica, el Antropoceno, y que estemos inmersos en una emergencia climática sin precedentes en la historia de la humanidad.

Cuatro segundos hemos tardado en alterar el equilibrio terrestre, cuatro segundos de consecuencias impredecibles, cuatro segundos nos han bastado para destrozar el paraíso del que nos echaron en su momento. Quizás ahí el Creador se equivocó al no reconocer su error y haber empezado de nuevo con otro pegote de arcilla.

No es nuevo lo que está pasando sobre el planeta, pero sí es la primera vez que todos esos cambios están provocados por una sola especie o, como decía Richard Dawkins, por el gen egoísta que es el que evoluciona para reproducirse. Para este autor, el individuo, la sociedad, la humanidad, están en manos de esa unidad mínima que, en su afán de sobrevivir, se adapta y evoluciona, sin importarle nada a su alrededor.

Entender por qué destruimos el planeta se me hace cada vez más difícil. Intentar comprender por qué a pesar de todo lo que conocemos, de las múltiples evidencias, aún seguimos pensándonos inmortales, intocables, todopoderosos, los elegidos, me produce desesperación.

Quizás lo complicamos todo con la teología, con la ciencia, con la biología, con la economía, con la psicología, con la sociología, con tantas creencias, dogmas y estudios científicos que desarrollamos para entendernos, para entender lo que pasa a nuestro alrededor.

Quizás estemos destinados, programados, para hacer lo que hacemos, y que nuestro castigo, como el de Sísifo, sea el de soportar una pesada carga que vuelve a martirizarnos continuamente. Quizás nos equivocamos y cometimos el error de no haber apelado solo a la belleza de la naturaleza para hablar de su conservación.

Hace unos días intentábamos explicarles a un grupo de ancianos la importancia de los cuatro bosques para nuestro pueblo, y les incidíamos que luchan contra la erosión, regulan las temperaturas, protegen la biodiversidad, nos ofrecen el agua que necesitamos.

Les hablábamos de los errores cometidos, de nuestra responsabilidad para las generaciones futuras, de la delicada situación en la que nos encontramos, de la urgencia de las medidas que hay que tomar. Una charla que terminamos con la frase “y por todas estas razones tenemos que conservar los bosques”, y a la que una de las asistentes añadió, con un hilo de voz casi imperceptible, como si fuese una reflexión personal que se le escapó sin querer, “y por la belleza”.

Así que, para celebrar este año el Día Mundial del Medio Ambiente, en honor a esta mujer que con sus palabras, sus imágenes, sus recuerdos, me hizo reflexionar, y de paso aprovecho para rendirle un humilde homenaje a Aute en el primer aniversario de su muerte, hago míos sus versos y “reivindico el espejismo, de intentar ser uno mismo, ese viaje hacia la nada, que consiste en la certeza, de encontrar en tu mirada, la belleza, la belleza, la belleza”. Disfrútala.

MOISÉS S. PALMERO ARANDA
  • 31.5.21
Me levanté temprano y, en ayunas, como es preceptivo en estos trances, me acerqué a la clínica para una extracción de sangre. Nada épico. Lo sé. Pero muchas historias extraordinarias encuentran en su desarrollo un arranque sin fuelle. Las extracciones de sangre, a una edad, comienzan a ser hábitos rutinarios.


Sus análisis nos descifran, a nuestro pesar, los excesos fallidos, las fiestas usurpadas, las cenas frugales. Una escritura encriptada que, una vez descifrada, nos dice cómo somos por dentro: qué no podemos beber y a quién no te debes acercar.

Tengo la suerte de que, en estos trances, siempre me atiende la misma enfermera. Alcanza una estatura correcta y un trato que confunde a cualquiera, formas perfectas que se difuminan en su uniforme sanitario. Es rubia con mechas, de ojos verde aceituna y sonrisa indeleble.

Siempre me pide el mismo brazo: el derecho. Aún no me ha pedido la mano (para quien se haya despistado, es una broma). Abre y cierra el puño, dice. La obedezco. Notarás un pinchazo, me dice. Apenas es un pinchazo, le digo. Ella sonríe. Me sonríe.

Le pregunto qué cómo está, si ha sentido miedo este año de coronavirus, aquí en primera fila, al lado de los enfermos. Dice que, para nada, que es su trabajo. Más hostias da la vida, le digo. Qué me vas a decir, dice ella. Y me lo cuenta con detalles. Tuvo pareja, nunca se casó, pero todo se fue al traste.

La miro. Tiene una mirada serena. También me gusta su mirada. Es más. No he dejado de mirarla desde que me senté a su lado para que me vaciara toda la sangre y me dejara sin sentido. No me succionó toda la sangre, pero sí me dejó sin sentido.

Le digo que me gusta. No se sorprende. Por cómo me miras, algo debes traer entre manos, sugiere. Le digo, bueno, que la invitaría a almorzar, si aceptas. Me dice que por qué no. Salgo a las dos y media, advierte, sé puntual. Solo acierto a decir: como un reloj. Estaré afuera, añado, para sellar el compromiso.

La esperé en la cafetería de la clínica con una cerveza en el mostrador. Salimos a la ciudad hablando de nosotros. Era un día de sol intenso y viento sinuoso.

Eso ocurrió hace dos semanas o más. No sé. Desde entonces no cuento el tiempo. Algunos amigos, de esos que viven en matrimonios intransitables, me preguntan día a día que cómo va lo nuestro. Yo respondo siempre que todo va perfecto, que la nave va, porque es así.

En ocasiones, bromean. Aprovecha, porque cualquier día todo se va al carajo, me dice alguno. No sé si pensando en sí mismo. Sobra el carajo, pienso, pero callo. Con lo bien que estabas solo, dice otro. Lo sabe él, que siempre vivió emparentado.

Yo no les digo nada de sus vidas. Creen que sus descosidos existenciales pasan inadvertidos a los demás. Además, no les gusta morder la realidad sin nada que beber. Se les atasca por dentro como un engrudo indigesto. Vaya pinchazo que te dio la enfermera ese día, dice otro. O el que tú le diste después. Así completa la simplicidad verborrágica y sin gracia del chiste.

Mientras, yo miro a la calle. Ahora la veo venir con sus vaqueros gastados y su sonrisa imperturbable. Ellos la miran con evidente envidia. Pago las copas de todos. Y antes de partir en su busca, el último bromea: También me dirás que lo vuestro fue un amor a primera vista. Lo dice por sus seductores andares y sus ojos chispeantes. Yo le digo que no sé. Pero después apuesto por completar el diagnóstico de mi felicidad:

—No creo. En realidad, fue un amor a primera sangre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 30.5.21
En el mismo día que escribo estas líneas (lunes, 24 de mayo de 2021) un genio de la música llamado Robert Allen Zimmerman nacía hace ochenta años en la pequeña ciudad de Duluth, que se encuentra en las orillas del lago Superior, en el Estado de Minnesota.


No sé si hubo algo premonitorio en la familia Zimmerman, pero lo cierto es que ese niño que posteriormente se metamorfoseaba con el nombre de Bob Dylan acabaría siendo una de las personas que mayor impronta ha dejado no solo dentro del mundo de la música, sino también en el campo de las letras que acompañaban a sus canciones, pues como ya sabemos se le concedió el Premio Nobel de Literatura en 2016.

Toda una extensa vida creativa que comienza en los inicios de la década de los sesenta del siglo pasado y que se alarga, como si fuera una senda serpenteante con sus vueltas y revueltas, hasta llegar a estos días del convulso siglo veintiuno.

Evidentemente, no tiene ningún sentido que yo haga ninguna semblanza de este genial personaje; en cambio, sí puedo declarar mi larga admiración por él manifestando que hace exactamente diez años, en este mismo medio, escribí un artículo titulado Que setenta años no son nada, aludiendo, con cierto tono de incredulidad, que ya había cumplido siete décadas y rememorando la primera actuación que llevó a cabo en la capital de nuestro país y a la que con enorme entusiasmo acudí con dos amigos.

Pero, como bien sabemos, el tiempo es implacable y no se detiene, camina impertérrito sin atender a nuestros deseos de que en algún momento se parase y, así, pudiéramos contemplar la existencia propia y ajena desde una atalaya tan alta que nos posibilitara visionar sin perder detalle de todo lo ocurrido en tantos años.

Entonces, ¿qué puedo yo contar ahora de este excepcional músico después de haber seguido sus pasos y haber escrito en diferentes ocasiones sobre algún aspecto de su larga y fructífera trayectoria?

Creo que, para no quedar en la mera anécdota, lo más razonable sería traer a colación el primero y el último de sus álbumes en esta breve reseña, para así mostrar que entre ambas grabaciones han transcurrido casi sesenta años. ¡Nada menos que seis décadas de creatividad ininterrumpida!


Comenzamos, pues, remontándonos al 19 de febrero de 1962, que es la fecha en la que apareció el primer álbum de un joven Bob Dylan que contaba con tan solo 20 años.

Como suelo comentar de modo habitual los diseños de las portadas, en este caso vemos al autor en una fotografía a color, en primer plano y ángulo contrapicado. Porta gorra negra y cazadora de piel con cuello vuelto hacia arriba, al tiempo que sostiene con las dos manos su guitarra con total confianza.

En la parte superior de la izquierda aparece el logotipo del sello Columbia en el que grabaría sus éxitos, mientras que, en el lado derecho y debajo de su nombre, se despliegan los títulos de las trece canciones que contiene el álbum.

Desde ese espacio cuadrado nos mira con gesto arrogante y clara autosuficiencia, como si estuviera totalmente seguro de sí mismo, al tiempo que parece decirnos: “Miradme bien despacio, porque, aunque no os lo creáis, os encontráis ante un genio que va a revolucionar el mundo de la música”.

Quizás exagero en esta apreciación; sin embargo, atendiendo a los comentarios de su productor, John Hammond, tengo que indicar que fue un auténtico suplicio grabarle las canciones, dado que no atendía a las instrucciones que se le daban desde la mesa de mezclas, ni siquiera el que acercara su boca al micro para que se le escuchara bien.

En aquellas fechas, Dylan, con su característica voz nasal, se acompañaba solamente de la guitarra acústica y de la armónica, sin que fuera consciente de que para un productor el disco que estaban grabando era un producto que saldría al mercado y que debería tener buena acogida con el fin de que fuera un álbum vendible.

Eran sus inicios, y el joven cantante de Duluth no atendía a los requerimientos comerciales. Así, de los trece temas grabados, solo dos estaban firmados por él mismo. Se trataba de Talkin’ New York y Song to Woody; el resto eran composiciones de otros autores, entre los que se encontraba, cómo no, su admirado Woody Guthrie, una auténtica leyenda de la canción popular estadounidense.

Como curiosidad, tengo que apuntar que en este primer álbum también aparecía la tradicional The House of the Rising Sun (La casa del sol naciente), que dos años después se hizo muy popular en la versión del grupo británico The Animals.


Antes de pasar al último de sus discos, tal como he apuntado, no me resisto traer la portada de su tercer álbum por el gran cambio que supuso en la imagen de Dylan (que, por cierto, fue el tema prioritario en el diseño de la mayoría de sus carátulas, hasta que bien avanzado en edad desapareció su imagen de las portadas para presentar los álbumes con otros temas visuales).

Me estoy refiriendo a The Times They Are a-Changin’, aparecido dos años después en 1964. En medio de ambos trabajos, había publicado The Freewheelin' Bob Dylan, un rotundo éxito al contener canciones como Blowin’ in the Wind, Masters of War o A Hard Rain´s a-Gonna Fall que se convirtieron en auténticos himnos de aquella generación.

Como podemos ver, en este tercer álbum se nos muestra a un Dylan fotografiado en blanco y negro, en un primer plano, con rostro serio y los ojos entornados, como si estuviera concentrado en sí mismo. Una imagen totalmente alejada de la primera, ya que ahora intencionadamente se pretende mostrar a un cantautor maduro, algo huraño y desmañado, cuando curiosamente solo tenía veintitrés años.

Disco, por otro lado, inolvidable, ya que contenía la que sería una de sus canciones más emblemáticas, que era la que daba el título al álbum y que acabó convirtiéndose en un verdadero himno a la esperanza, de modo que la expresión de “los tiempos están cambiando” sería la referencia de toda una generación que renegaba de gran parte de los valores de quienes la precedieron.


Con el último disco de Bob Dylan damos un enorme salto desde que comenzó sus grabaciones de estudio en 1962 hasta el 2020, año en el que vería la luz su más reciente álbum, aparecido en medio de la pandemia que marcará un antes y un después en nuestra historia. Se trata de Roug And Rowdy Ways, que hace el número treinta y nueve de los grabados en estudio.

Tal como he apuntado, en la mayoría de sus últimos trabajos se acudió a diseñar escenas en las que el rostro o la figura de Dylan no protagonizaban las portadas. En este caso se nos muestra una fotografía realizada por Josh, quien presenta una escena ‘retro’ de un posible bar de carretera en el que aparece una pareja bailando, al tiempo que otro personaje se encuentra mirando al jukebox para ver qué tema está sonando.

La escena nos remite a tiempos pasados, algo que, a fin de cuentas, es lo que pretende con este trabajo su autor: volver la mirada hacia algunas de las voces más populares del pueblo norteamericano. El propio título del disco es una referencia al cantante de country tradicional Jimmy Rodgers y de su canción My Roug And Rowdy Ways. También hay un homenaje a Frank Sinatra, a Jimmy Reed, uno de los bluesmen del Mississippi, a Billy ‘The Kid’ Emerson, etcétera.

Un magnífico recorrido que lleva a cabo el infatigable cantautor de Duluth, y, aunque solo fuera por su persistencia en no rendirse al paso del tiempo, merece toda nuestra admiración en estos tiempos de tantas ‘estrellas fugaces’ como pueblan el firmamento del espectáculo y de la música.

AURELIANO SÁINZ
  • 29.5.21
La Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía había declarado al poeta Pablo García Baena (Córdoba, 1923) Autor del año 2018. Por desgracia, no pudo asistir a los actos de homenaje que, como tal, se le tributarían en esta Comunidad Autónoma durante el mes de abril: el poeta cordobés, uno de los impulsores del grupo “Cántico” y de la revista del mismo nombre a finales de los años cuarenta del siglo XX, fallecía en su ciudad natal en enero de 2018.



Se nos va el poeta, sí, pero nos queda su obra, de la que el Centro Andaluz de las Letras nos ofrece la presente muestra antológica en edición impresa no venal, y también en formato digital, que puede descargarse en este enlace.

Esta antología, titulada Un navío cargado de palomas y especias, incluye cuarenta poemas de García Baena procedentes de nueve de sus libros –desde Rumor oculto (1946) a Los Campos Elíseos (2006)–. Doble valor la de esta edición puesto que, además de contener una amplia y acertada selección de sus versos, integra –a modo de iniciación a la lectura de la obra del poeta cordobés– un estudio introductorio a cargo del también poeta Guillermo Carnero, especialista en el grupo “ Cántico” y en la obra del autor que nos ocupa.

Suya es también la selección de poemas así como un buen número de notas al pie de muchas de las composiciones con las que pretende facilitar la lectura de las mismas.

Como indica Carnero, el grupo “Cántico” (constituido por Pablo García Baena, Ricardo Molina o Juan Bernier, entre otros poetas y pintores) rompe con las tendencias dominantes en la poesía de postguerra (garcilacismo, poesía social, tremendismo…) para centrarse en un peculiar cultivo de la palabra y en una singular defensa de la belleza, con lo que se convierte en un puente entre la Generación del 27 y los llamados “Novísimos”, grupo en el que precisamente se inscribe Guillermo Carnero en sus inicios como poeta.

Dentro de estos supuestos, podemos afirmar que García Baena es autor de una poesía densa y compleja, en la que es perceptible cierto barroquismo, aunque es también profundamente íntima y personal; emotiva y humana, caracterizada por una extraordinaria sensualidad (plena de elementos sonoros y pictóricos), nacida a menudo de la evocación y la reflexión.

Carnero concluye su introducción afirmando que “Pablo García Baena es un poeta de obligado estudio en cualquier panorama de la poesía española de posguerra; su maestría en el manejo del verso y de la palabra lo ponen a la altura de los más grandes poetas del siglo XX” (pág. 32). Esta Antología de su obra poética, además de homenajear al autor cordobés, nos ofrece la oportunidad de gozar de sus dotes creativas, de su peculiar cultivo de la belleza.

Ficha técnica
  • Título: Un navío cargado de palomas y especias (Antología).
  • Autor: Pablo García Baena (Presentación de Miguel A. Vázquez Bermúdez. Selección, notas y estudio preliminar de Guillermo Carnero).
  • Edita: Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, Centro Andaluz de las Letras.
  • Ciudad: Sevilla.
  • Año: 2018.
  • ISBN: 978-84-9959-288-6
  • Depósito Legal: SE 652-2018
  • Imprime: Tecnographic, S.L.

MARÍA DEL CARMEN GARCÍA TEJERA
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

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