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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

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  • 6.12.22
La custodia del territorio es una herramienta que tiene como objetivo la conservación de la biodiversidad, de la naturaleza, a través de acuerdos voluntarios entre propietarios de terrenos y entidades de custodia, sin ánimo de lucro. No es algo novedoso: ya lleva funcionando algunas décadas en Europa y en España. Pero es ahora cuando se quiere potenciar, a través de cursos de formación y facilidades para los agentes implicados.


No existe un acuerdo estándar, ya que las circunstancias de cada caso son diferentes. Es una herramienta flexible, moldeable, adaptable a las necesidades, intereses y objetivos de cada uno de los participantes. Les planteo tres ejemplos para que comprueben sus oportunidades, su versatilidad, y cómo las Administraciones, a veces, aparecen como propietarias y, otras, como entidades de custodia.

En el precioso pueblo de Aínsa, en el Pirineo aragonés, su Ayuntamiento firmó un acuerdo con la Fundación para la Conservación del Quebrantahuesos, que gestionará las actividades y equipamientos para que esta especie, una de las más amenazadas de Europa, se recupere.

En Málaga, la Asociación Almijara, ha firmado varios acuerdos con ayuntamientos de menos de 20.000 habitantes para la recuperación y puesta en valor de terrenos públicos baldíos, a través de reforestaciones y otras actuaciones. En Terrasa, el Ayuntamiento ha llegado a un acuerdo con diferentes propietarios privados para crear un corredor verde alrededor del municipio.

Puede llevar a confusión, pero es más sencillo de lo que parece. Quizás si eres propietario de una finca, tengas recelos a perder derechos en tu propiedad, pero nada más lejos de la realidad, porque los acuerdos se firmans para dejar claros todos esos detalles y adaptarlos a cada caso concreto.

Con esta herramienta sobre la mesa, yo imagino, sueño, planteo, un proyecto al que he llamado Conservando el bosque de Murgi. Como saben, Murgi, era un municipio romano que se extendía, de oeste a este, desde Abdera (la actual Adra) hasta Urci (Benhadux) y que tenía su centro urbano en lo que ahora es el municipio de El Ejido.

Al norte estaba flanqueado por la Sierra de Gádor, que le ofrecía recursos minerales, y al sur por el Mediterráneo, por el que exportaban sus recursos mineros, agrícolas y pesqueros, aceite, cereales, y el más solicitado: el garum, una salsa de pescado preparada con vísceras fermentadas de pescado muy extendida en la gastronomía romana.

Recientemente, el Ayuntamiento ejidense ha presentado el nuevo centro de interpretación de las excavaciones de Ciavieja, que será el epicentro para demostrarle al mundo que sí que tiene una gran Historia que contar. Paralelo a este proyecto, también se ha presentado el futuro Parque de las Familias, un espacio lúdico y de esparcimiento, de unas siete hectáreas, en la parte norte de un parque más extenso, de 74 hectáreas, el de la Cañada de Ugíjar, que llevaba varios años esperando su apertura definitiva.

En ese espacio, en la parte sur, aún se conservan, en muy buen estado, algunos ejemplares de artos y azufaifos, especies en peligro de extinción que conformaban el paisaje romano, uno de los cuatro bosques de su territorio y de los que obtenían recursos para su subsistencia.

La idea del proyecto es recuperar y conservar ese bosque originario, adaptado a las condiciones climáticas, que nos puede ayudar a mitigar los estragos del cambio climático, y a cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) marcados para el 2030.

Lo haríamos a través de un proyecto colaborativo, participativo, comunitario, entre las asociaciones culturales, sociales y ambientales del municipio, los centros educativos –que lo plantarían y harían el seguimiento–, las empresas locales y las diferentes concejalías del Ayuntamiento, desde Cultura hasta Medio Ambiente, pasando por Urbanismo, Asuntos Sociales y Turismo.

Además de reforestar el bosque, estaríamos creando una herramienta educativa, de sensibilización, que aunase el patrimonio cultural y ambiental, porque además convertiríamos una de las balsas abandonadas, pintando sus muros con un mural sobre la historia del agua en el municipio y construyendo un mosaico en el fondo, en el punto central del proyecto.

Imagino un museo al aire libre, donde se mezclen réplicas de restos arqueológicos romanos, con la belleza y majestuosidad de las especies autóctonas que nos han protegido durante siglos. Esta humilde Ágora romana podría ser, además, el centro neurálgico de la Red de Senderos de Murgi que nos gustaría crear, con el objetivo de atraer visitantes pero, sobre todo, para que nuestros niños, y no tan niños, crezcan conociendo su esplendoroso pasado, el medio natural donde viven, y la importancia de conservar la naturaleza para desarrollar nuestra economía, nuestro estilo de vida, nuestra cultura, y garantizar la prosperidad de las generaciones futuras.

MOI PALMERO
  • 5.12.22
Me gustan sus ojos color uva, su forma de avellana, su mirada con la sensación de sentirse extraviada siempre. Me gustan sus manos sarmentosas, sus abrazos de enredadera, su sombra de parra estremecedora en septiembre. Me gusta cogerla por la cintura como si fuera una botella, desprenderle la etiqueta, el DNI, el ADN, cambiarle el color al trasluz como si fuera un vino nuevo.


Me gusta retrepar por su espalda buscando sospechas inventadas y después tenderla en la pasera y contarle al sol los grados de soledad que desamortizo a su lado, con solo mirarla del revés o con solo imaginar su estatura cuando no está.

Pero ahora no puedo, porque bebiendo con ella la veo tal como es, repetida en los sorbos de vino, absorbida sin esfuerzo, como quien bebe para olvidar, pero mientras más lo hago más presente está, como si fuera un sueño real del que no puedo huir. Para olvidarla bebo, pero más presentes se me hacen sus labios de vulvas silvestres, de sabores desconocidos.

Me gusta estar ebrio a su lado para inventarla a cada instante, para modelar su mirada y sus pasos, pero cuando camina pierdo sus pies entre las viñas que no hay, y la imagino perdida en las bodegas de mi niñez, saboteando las botas de roble, oliendo las maderas como quien busca el néctar aún no inventado.

Y allí la encuentro sin buscarla siempre, con la sed apagada del vino que nunca la embriaga y huyendo de la sobriedad que detesta en los demás. Es bella como un racimo todavía colgado de la cepa de la que no se quiere desprender, con la piel suave de los frutos perecederos.

Y ella lo sabe, por eso juega a quemar las maderas recientes y a vivir los minutos al por mayor, a huir de las subastas amañadas y a prolongar las vendimias que se vacían en otoño de esa felicidad fortuita que impone toda fiesta efímera.

Siempre se va sin decir adiós, pero yo sé dónde encontrarla. Sé que lucha constantemente contra las olas advenedizas del porvenir y que busca en el mar el color marchito que la juventud le ha desbaratado.

Cuando mira el mar lo ve del color del vino, como ya escribió Leonardo Sciascia, pero siempre nos espera con su calma de traición y su color de naufragio, aún en las mañanas claras de julio cuando ella se desnuda sin pudor frente al mar abierto donde solo hay pinos mediterráneos y eucaliptos centenarios y más allá también algún turista empeñado en rompernos el momento único, pero ella inventa la vida como el tiempo y la madera dotan al vino de aromas y olores y sabores, y yo en ella busco el elixir de la perpetua embriaguez que nunca me abandona.

No hay licor comparable a su cuerpo ni embriaguez más deslumbradora que sus manos dibujando mis ojos cuando el vino no me deja ver los sueños reales que ella me ofrece no como una excepción sino como una costumbre diaria a la que me someto sin restricciones.

La imagino, y entonces la veo salir del mar color del vino, sucia de ese color cárdeno de los vinos nocturnos que conocemos, y otras la veo con un fondo amarillo de oro viejo, como si el mar estuviera bañado de amontillado, y ahora ella recita, por asimilación, palabras de Edgar Allan Poe, al que lee en libro miniatura que sujeta con una mano mientras con la otra da pequeños sorbos al amontillado frío que degusta moviendo la lengua para increparme a compartir el mismo sabor de todas las noches.

Ahora el mar es azul, como si de repente la sobriedad la hubiera vestido de sensatez, una sensatez que no la embellece en absoluto, muy al contrario desdibuja el brillo de sus labios gruesos como un fin de semana o como una noche con luna llena, o sencillamente con luna, como ésta en que se me acerca insinuante como una gata en celo, borracha como una cuba, bañada de vino por todas partes, por dentro y por fuera, perfumada de vino reciente, y mientras me abraza oigo el ruido de las olas estrellarse contra la puerta del apartamento, pero no es el murmullo del mar, sino los vecinos que protestan porque les molesta el arrullo de esta mujer en celo que canta sin importarle la hora y dice palabras malsonantes a cualquiera que no conoce y se desnuda en mitad de estas paredes para asustar a estas personas de buena fe que solo quieren dormir.

Pero ella es así, sobre todo cuando está ebria como una cuba, como un mar color de vino que diría Sciascia, a quien lee antes de beber, antes de perder el conocimiento en mis brazos. Ahora su respiración es acelerada y profunda, y mientras duerme y deja dormir, yo alargo el vaso de vino y a través del vidrio empañado acierto a ver el mar de mis desvaríos y el mundo de un color ámbar que me recuerda la luz de una bodega a media tarde cuando está lejos y en calma, como esta mujer que duerme a mi lado en mitad de la noche y que nunca ha visto el mar.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 30 de mayo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 4.12.22
Hay un conocido dicho popular que dice “La cara es el espejo del alma”. Con ello esta frase nos viene a manifestar que a través del rostro no solo expresamos nuestras emociones, que pueden ser entendibles por los gestos, sino también la personalidad de cada uno de nosotros.


Hemos de comprender, sin embargo, que estas formas de sabiduría popular no pueden entrar en matizaciones, por lo que acudo a Castilla del Pino para indicar que la cara es la parte del cuerpo especializada en la expresión, convirtiéndose en un medio privilegiado de comunicación extraverbal; aunque este autor, de manera acertada, explica la diferencia que, según él, se da entre cara y rostro.

Así, en su obra Conductas y actitudes, nos indica que la cara “se define por los rasgos que posee: redonda, labios gruesos, cejas espesas, nariz ancha, etcétera, y esos rasgos se mantienen con pocas variantes a lo largo de tiempo. [No obstante] sobre esa cara con sus rasgos de relativa permanencia aparece el rostro”. A lo que añade: “El rostro, en cambio, se hace para cada situación, para cada interacción con algún otro, por lo que se dice coloquialmente que para cada situación ponemos una cara distinta. En realidad, la cara es la misma, pero hemos hecho y ofrecido rostros distintos”.

Las líneas anteriores se podrían sintetizar en la idea de que la cara se define por sus rasgos físicos, visibles, y su estabilidad; en cambio, el rostro lo definimos por los gestos que habitualmente manifestamos en nuestras interacciones con los demás. Estas ideas iniciales vienen bien para dar continuidad al estudio iniciado sobre el dibujo de las emociones, al tiempo que explicar el significado del que he seleccionado para la portada.

En este caso, el alumno quiso manifestar que la propia cara sirve para crear gestos que acaben engañando al otro que nos mira. Así, con la cara se puede ofrecer un rostro amable y sonriente que, en el fondo, oculta lo que interiormente siente el sujeto. Para ello ha acudido a dibujar la parte que faltaba con un color azul intenso y agresivo, que para nada corresponde con la sonrisa que muestra en la foto que se realizó y que fotocopió en blanco y negro para realizar el trabajo en la clase.


Como bien sabemos, el mundo de los sentimientos o pasiones es verdaderamente complejo. Y si ahora entramos en las emociones negativas, por fuerza, tenemos que citar una de ellas que forma parte de la estructura emocional de todos nosotros, al igual que de todas las especies animales. Me estoy refiriendo al miedo, emoción en la que deseo detenerme esta vez, ya que, aparte de sus aspectos individuales, tiene unas dimensiones colectivas o sociales, tal como estamos comprobando desde unos años para acá.

Quizás, este sea uno de los sentimientos negativos más estudiados en el campo de la psicología de las emociones. Así, sobre los miedos innatos, el psicólogo Arthur T. Jersild nos indica que, entre los temores primigenios que se manifiestan en la infancia, se encuentran el miedo a la oscuridad, a los extraños, a la soledad, a los ruidos y a la falta de apoyo físico, o miedo a caer. A medida que se crece irán apareciendo otros miedos como los relacionados con ciertos animales, a las criaturas imaginarias, al daño físico y a la muerte, cuando se comienza a saber que la vida tiene un límite que no podemos negar.

A estos miedos básicos, se sumarán otros de tipo psicológico: miedo al fracaso, al ridículo o a ser diferentes (física, social o intelectualmente). Y si ya nos ubicamos en la adultez, no podemos dejar fuera miedos sociales como son, por ejemplo, el relacionado con las enfermedades contagiosas (como hemos vivido con el covid) o a la pérdida del trabajo (o no ser capaces de encontrarlo), ya que esto último se ha convertido en uno de los problemas endémicos más extendidos en la actualidad.

Con lo expuesto, podemos comprender que las expresiones faciales del miedo son muy diversas: desde la controlada emocionalmente, manifestada por la seriedad del gesto, pasando por aquella en la que aparecen la contracción y la rigidez de las facciones del rostro, con mirada encogida, los labios muy pegados, y mirando hacia aquello que lo provoca, tal como intentó hacerlo la alumna autora de uno de los dibujos anteriores.

En ocasiones, al miedo se une el gesto de sorpresa, especialmente cuando percibimos un acontecimiento inesperado que lo entendemos como una amenaza física a nuestra integridad. Esta unión de emoción, asombro y temor queda reflejada en el dibujo del alumno que acudió a los rotuladores para completar la mitad de su rostro.


Otro de los autores al que podemos acudir para comprender la estructura emocional del miedo es el profesor y escritor José Antonio Marina, quien, en su excelente obra Anatomía del miedo, nos dice lo siguiente: “Un sujeto experimenta miedo cuando la presencia de un peligro le provoca un sentimiento desagradable, aversivo, inquieto, con activación del sistema nervioso autónomo, sensibilidad molesta en el sistema digestivo, respiratorio o cardiovascular, sentimiento de falta de control y puesta en práctica de alguno de los cuatro programas de afrontamiento: huida, lucha, inmovilidad, sumisión”.

Me parece de interés esta explicación, puesto que apunta a cuatro respuestas que podemos dar y que las compartimos con las demás especies animales. Así, por ejemplo, un animal como la gacela echa a correr ante el aviso de un peligro; el toro, por el contrario, embiste; otros, como el avestruz, se inmovilizan escondiendo la cabeza creyendo ahuyentar el peligro; finalmente, los lobos realizan gestos de sumisión ante el macho dominante.

Estas distintas respuestas -huida, lucha, inmovilidad o sumisión- aparecen en las distintas especies animales cuando atisban el peligro. En el ser humano, que posee una psicología mucho más compleja que la animal, los miedos acaban en reacciones de tipo psicológico, traduciéndose en ansiedad, agobios, sentimientos de culpa, disminución de la autoestima, depresiones…, ya que, a fin de cuentas, somos seres sociales.

Tendría gran interés (aunque desbordaría la extensión de este artículo) el análisis del uso que en la actualidad se hace del miedo en un mundo globalizado y virtual como una de las grandes herramientas que se utiliza para lograr la sumisión de sectores de la población para que acepten determinadas condiciones sociales o para que apoyen determinadas posiciones políticas o ideológicas.

Como es necesario ir cerrando, no me extendiendo más en este espacio que, lógicamente, debe ser breve. Solo quisiera apuntar que el miedo tiene grados, que va de lo que llamamos temor, que suele ser algo muy próximo y cotidiano, a los estados de pánico, más excepcionales, que los sufren aquellos sujetos que por sus caracteres o por los acontecimientos se sienten desbordados. A fin de cuentas, es lo que desearon manifestar las alumnas de los dos trabajos precedentes, que se dibujaron con gestos aterrados para dejar plasmados en sus rostros el miedo como terror amenazante.

AURELIANO SÁINZ
  • 3.12.22
Estoy escribiendo esta columna sentado cómodamente en el tren Avant que conecta Granada con Málaga en poco más de una hora. Para mí, viajar sin coche es sinónimo de productividad y descanso y, además, me permite disfrutar del paisaje mientras voy de camino a uno de los principales foros de empresas y de directivos ferroviarios europeos, que este año se celebra en tierras andaluzas.


Y es en estas situaciones cuando me pregunto por qué en España no hay trenes regionales de calidad. El tren no es algo nostálgico: es el transporte más eficiente que existe; consume cuatro veces menos energía por viajero o tonelada de carga y ofrece un nivel de confort y de seguridad que ningún otro vehículo terrestre. Está más que demostrado que solo el tren saca a la gente del coche. Y el autobús es perfecto para alimentarlo en las cortas distancias.

En España se ha priorizado el ferrocarril de alta velocidad para conectar ciudades distantes. En eso, España es líder mundial. A ciudades como Córdoba o Sevilla les ha cambiado la vida. Pero este desarrollo, por supuesto muy positivo, ha tenido un coste imperdonable: el abandono del tren regional que vertebra el territorio. Pueblos importantes como Montilla, Aguilar de la Frontera, Casariche, La Roda, Huétor Tajar o Pinos Puente “han perdido el tren”, literalmente, arrollados por el AVE.

El tren regional es a la Comunidad Autónoma lo que el AVE al país, pero actualmente parece que no tiene dueño. Renfe ha abandonado estas líneas; el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana no las ha incluido en las Obligaciones de Servicio Público; la Junta de Andalucía no se decide a asumir la gestión y la financiación de nuevos servicios ferroviarios más allá de unas pocas privilegiadas áreas metropolitanas.

Existe, por tanto, una “discriminación por lugar de residencia” que, incluso, podría ser considerada anticonstitucional, ya que solo se subvenciona el transporte público suburbano, pero no donde más falta hace, es decir, en el mundo no metropolitano.

Por eso me parece oportuno destacar una iniciativa que han tenido los alcaldes granadinos de Loja, Huétor Tajar, Salar, Íllora, Montefrío, Pinos Puentes y Atarfe para reivindicar el restablecimiento del servicio del Cercanías del Poniente Granadino, donde residen unos 90.000 habitantes.

Montilla y Aguilar de la Frontera serían otras dos buenas candidatas para recuperar un Cercanías regional de calidad para conectarlo con Córdoba y con el Campus Universitario de Rabanales. Hay, de hecho, muchos ejemplos en Europa donde la recuperación de conexiones ferroviarias perdidas ha cambiado la vida de la ciudadanía para mejor, fijando población al territorio y atrayendo inversión empresarial.

En España todavía se cierran líneas, se gestionan mal los servicios actuales (¿quién va a usar el transporte ferroviario de Granada a Almería si el primer tren del día no sale hasta las 14.58 horas?) y hasta se comete la barbaridad de desmontar los raíles, impidiendo su recuperación futura, como parece que se ha decidido para la antigua vía de tren de Madrid a Valencia por Cuenca.

El tren regional necesita que la ciudadanía descubra su valor y lo reivindique, además de unos alcaldes que defiendan “su tren”, unas asociaciones y empresas que propongan nuevas formas de operarlo eficientes, competitivas con el coche y más atractivas que en el pasado. Y se requieren, claro, unas Administraciones autonómicas y estatales que pongan sus políticas ferroviarias al día para dejar de ignorar las necesidades de las zonas no metropolitanas.

RAINER UPHOFF
  • 3.12.22

Pronto, la mañana del día siguiente, que comenzaba fresca: un airecillo norteño paseaba la ciudad, la dediqué a comprobar que en el informe, a falta de conclusión, recogía debidamente todos mis movimientos, averiguaciones y consideraciones, amén de los detalles, siempre tan importantes. Hasta que recibí la visita de un colega; trabajaba en una agencia «de referencia en el sector» que abarcaba «todas las ramas del Derecho», etcétera. Habíamos colaborado en más de una ocasión y perduraba entre nosotros una buena amistad. Lo convidé a un aguardiente en la pequeña bodega de Cuco, un semisótano con olor a madera podrida, regaliz y mistela, situado en la cresta de una callejuela con ondulación de cuesta. En la tenuidad del local Cuco y su esposa servían vinos y licores de barrica, y allí gustamos el chisme del día –solo accesible a nuestro mundillo de enterados–. Dos senadoras que ignoraban compartir amante, un antiguo y laureado atleta que rodaba por la vida alegre, habían sufrido el despiste de ser citadas por el fenómeno (en plena juerga de «humo y alcohol» con los “colegas”) en un exclusivo restaurante, lugar donde: fatídico momento, el marido de una de ellas (afamado empresario) agasajaba al más estimado entre sus socios.

–¡Y en el centro del comedor se admiraron los cuatro! –las carcajadas de mi colega, y el coro de las mías, soliviantaron la seriedad de la pareja Cuco, a los que salieron y a los que entraban. Luego nos despedimos.

A las doce del mediodía alarmó el timbre de la puerta. Puntualidad exquisita.

–¡Aléjese! –me ordenó doña Elvira–. Soy peligrosa: contagio –y la acometió un ¡achís! por triplicado seguido de tos aguda–. Qué día ha elegido para sacarme a la calle –se lamentó.

Bufanda multicolor plagada de mariposas enrollada en el cuello, entró embozada en la vivienda de Castilla como Carter en la tumba de Tutankamon; con los ojos redonditos muy abiertos y un bordado pañuelito apuñado contra la enrojecida nariz, haldeó frente a la intimidad gris del espejo seguida por mis disculpas, abandonó la bolsa de croché sobre una de las sillas del salón y, entre tos y tos, fue de aquí para allá remirando esto y aquello.

–¿Dónde están esas cajas de las que me habló? –me requería, brazos en jarras, sin más ni más.

La conduje al cuarto, fui abriendo cada una y le entregaba el libro correspondiente. Comenzó a hojearlos, hasta que la llamé al orden y le impuse la lectura de los folios.

Regresamos al salón, me devolvió la brazada de libros –«Los quiero», ordenó o pidió o me informó– y se fue acomodando ante el escritorio para aplicarse con mucho interés; leía despacio y repasaba las líneas, los párrafos, entre tos y tos sofocada por el embozo y el pañuelín; solo le faltó subrayar y tomar notas, cosa que no dudo hizo mentalmente. Volteó el último de los folios y los emparejó, cuidadosa, perfilando unos sobre otros con las palmas de las manos. Se echó hacia atrás, giró el sillón y observó la ventana, el contorno de la habitación y luego a mí; tenía los ojos vidriosos.

–¿Se ha fijado en la fecha que finaliza el escrito? –le pregunté, mientras apilaba mi carga en la silla libre.

–Sí, quince de abril – y me interrogaba con el frunce de las cejas.

–Ustedes hablaron ese día –le recordé.

–¡Ah, sí, qué tonta! –cayó en la cuenta–. ¡Fue la última vez! –volvió la vista hacia la delgada rima de folios y posó la mano sobre ellos con delicadeza.

Repasaba morosa los renglones con los dedos y me acerqué para proponerle que utilizara la cámara de su teléfono con la fotografía que tenía al lado y que previamente le había rogado que ignorara.

–Esta fotografía es…

–Sí, la misma.

Estiró el brazo para mantenerme alejado y se levantó; fue hasta la silla, hurgó en su bolsa y al fin sacó una cajita.

–¡Estoy de propóleos…! –rezongó.

Regresó al escritorio chupando una pastilla y se aplicó con mucha curiosidad. A continuación, le alcancé mi teléfono para que comparara su fotografía con la que había tomado yo.

–¿Ve alguna diferencia? –le pregunté.

–Parecen idénticas –respondió, muy interesada en conocer mi propósito.

Le recogí mi teléfono, seleccioné la foto que me había enviado el profesor Segura y se la mostré.

–Ahora compare la fotografía que usted ha hecho con esta otra.

Ella, con suspirosa paciencia, obedeció.

–Es igual que la suya y la mía, pero mejor encuadrada. ¡Achís! –concluyó.

–Estoy de acuerdo –repuse–. Ahora le voy a explicar lo que estamos haciendo.

–Pues empiece.

–Usted ha tomado una fotografía, la ha comparado con otra que antes he sacado yo y resultan idénticas.

–Así es –me observaba como a un prestidigitador de pega.

–Después, ha comparado su fotografía con la otra que también tengo en mi teléfono. ¿Y…?

–Es la misma, sí. ¿Por qué se repite?

–No, no es la misma. Es la original y me la ha enviado el profesor Segura. También lo he citado aquí.

Me miró sin comprender.

–El amigo del señor Castilla, ya sabe. El autor de las fotos, usted me habló de él.

–¡Ah sí! No sabía que se llamara Segura.

–Creo que nos ayudará. Ahora fíjese bien. Para concluir, compare la fotografía que usted ha hecho con su modelo, la que tiene delante.

Se puso a ello, intrigada, con mucha atención. Giraba la cabeza desde el teléfono a la foto, aguzaba la vista, repetía, y en su rostro perplejo la sorpresa mudaba en incredulidad.

–¡Dios mío! –exclamó–. Pero, si son todas iguales. ¿Cómo es posible…? ¿El profesor previamente no…?

Sonó, largo y repetido, un timbrazo que ya me era familiar.

–Disculpe, es él –informé a la profesora.

No tardo en abrirse la puerta del ascensor y enmarcó a un hombre alto, de pelo espeso y gris, bien cortado, y cuidada barba rizosa, que pisó el rellano y quedó plantado ante mí.

–Señor Segura, soy el detective inoportuno –le tendí la mano.

–Celebro conocerle –respondió al saludo con franqueza–. Y no diga eso, por favor. Usted busca a mi amigo.

Estirado, como si olisqueara un tufillo desagradable, vestía una chaqueta de espiga en tonos paja y verdoso, camisa asalmonada y pantalones de color hierba con abombamiento por las rodillas; calzaba mocasines de color coñac y calcetines amarillos. Le hice pasar, nuestras siluetas se deslizaron por el iris neutro del espejo, y le presenté a doña Elvira.

–Disculpe si no me acerco –le avisó–. Estoy acatarrada.

El paso de avance lo convirtió el profesor en zancada lateral.

–¡Ah!, ya veo. Pues entonces me mantendré alejado, soy muy propenso a las infecciones de las vías respiratorias.

–Mejor me aparto yo. Me quedaré ahí, en ese rincón, castigada –y se llevó consigo un par de toses.

HG MANUEL

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  • 2.12.22
Parto del supuesto de que la meditación no es una práctica reservada a los religiosos, a los intelectuales, a los artistas o a los poetas sino una actividad simple que, practicada desde hace miles de años, es importante y, a veces, imprescindible para vivir humanamente.


Es una terapia que beneficia a la mente y al organismo porque alivia el exceso de ocupaciones y de preocupaciones que acumulamos en la actualidad durante todo el día. Es un ejercicio que nos sirve para encontrarnos con nosotros mismos, para identificar, en el fondo de nuestras consciencias, esas vivencias que nos identifican, que definen nuestras peculiares maneras de pensar, de sentir y, por lo tanto, que configura nuestra personal forma de ser.

Aventuro mi conjetura de que la lectura de El silencio es algo vivo. El arte de la meditación (Barcelona, Ariel, 2022), obra de Chanda Livia Candiani, es especialmente oportuna en unos momentos en los que tropezamos con serias dificultades para cultivarlo, para aprovecharlo como fuente de vitalidad, de fantasía y de creatividad, para respirar hondo y para oxigenar nuestro espíritu: para reflexionar sobre nuestros cambios, para meditar pausadamente en el imparable correr de nuestros días y para contemplar, asombrarnos, el espectáculo de la naturaleza; para descifrar los mensajes imponentes del mar, del cielo o de la montaña, o para, simplemente, percibir la voz discreta de un rosa o el imperceptible crecimiento de una brizna de hierba.

La lectura de esta obra –breve, sencilla, clara y, sobre todo, bella– nos descubre cómo la meditación es un ejercicio indispensable para penetrar en nuestro interior con el fin de descubrir los significados de los objetos y los sentidos de nuestros comportamientos.

Estos análisis parten del supuesto de que el silencio es una senda obligada para orientar nuestros pasos en el enmarañado entramado de senderos, a veces tortuosos, de nuestras vidas. Con un lenguaje transparente, Chandra Livia Candiani, poeta y traductora de textos budistas, nos explica cómo la meditación y la poesía nos iluminan para que tomemos conciencia, para que descubramos cómo crecemos escuchando nuestro cuerpo y sintiendo nuestro espíritu.

Estas son las razones de mi valoración positiva de este libro que nos orienta y nos estimula para que callemos y para que nos escuchemos a nosotros mismos, para que llenemos nuestras vidas de vida. La poesía, efectivamente, “es una práctica de vida, no de supervivencia”, es una senda que nos orienta y nos estimula para que habitemos en espacios cada vez más vastos de nosotros mismos y del mundo, y la meditación nos descubre que “el cuerpo es nuestra carne habitada, sentida, percibida con atención, precisión y con profundísima intimidad”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 1.12.22
Uno de los consejos que nos da el doctor Mario Alonso Puig para centrar la atención es leer un libro, algo que parece fácil pero que, en la actualidad, se ha vuelto casi imposible. Mi atención gira bastante en torno a esos teléfonos llamados "inteligentes", a esas pantallas en las que la mayoría de las veces solo vemos tonterías.


Paso de una red social a otra como si estuviera atrapada en un laberinto y, al final de la semana, el móvil me dice que lo he usado de media tres horas al día. Menos mal que lo utilizo mucho para escuchar música, ese aire sin el que no puedo vivir. Pero el resto del tiempo, ¿qué hago torciéndome el cuello mirando estupideces que solo me producen hastío mientras me pierdo la vida real?

Ayer iba por la calle mirando a la gente y un niño de unos dos años miraba con asombro una paloma mientras se posaba en el suelo y emprendía ese caminar tan característico que tienen, con un movimiento de cabeza que parece que tienen un resorte que las lleva hacia delante y hacia atrás. ¡Qué maravilla ver los ojos de ese pequeño contemplando algo que para los adultos ya es invisible, como son los animales con los que convivimos! Y que aquella paloma terminara alzando el vuelo fue como un truco de magia para él.

Tengo pocos momentos como este porque la mayoría de las veces ando por la calle ensimismada en listas interminables de cosas que hacer que no aportan nada a mi espíritu. Fui una devoradora de libros: me fascinaban aquellos que me enganchaban toda la noche porque me era imposible salir del mundo creado por el escritor o la escritora. Y aquí uso el lenguaje inclusivo porque he leído a muchísimas mujeres.

También recuerdo con cariño aquellas historias que, una vez terminadas, necesitaba empezar a vivirlas de nuevo porque quería quedarme en ellas para siempre. Este verano he vuelto a sumergirme entre las páginas de varios libros. Se nota que mi tierna juventud ya pasó porque ahora me cuesta mucho recordar los títulos y, sobre todo, el nombre de los protagonistas.

Pero aún recuerdo ese aroma a rancio y cerrado de esa Barcelona de la posguerra que recrea Carmen Laforet en Nada o esa desesperación del protagonista de El árbol de la ciencia, de Pío Baroja. Una desesperación en la que yo a veces caigo ante una realidad social que, desgraciadamente, no ha cambiado mucho en esta España nuestra.

Descubrí que yo también he querido ser alguna vez El guardián entre el centeno del que habla J.D. Salinger y entendí por qué El señor de las moscas de William Golding es un libro de obligada lectura en cualquier país democrático si no queremos volver atrás y encontrarnos con los totalitarismos de nuevo.

Y ahora estoy entrando en la cabeza de Rosa Montero, con su libro El peligro de estar cuerda, camino interesante que me está ayudando a entenderme más y a saber por qué para mí es tan importante escribir, vomitar en un papel todo aquello que bulle en mi cerebro. Me siento tan identificada con ella...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 30.11.22
El 25 de noviembre, el Centro de Estudios Andaluces, dependiente de la Consejería de la Presidencia, Interior, Diálogo Social y Simplificación Administrativa, envió un correo informando de las actividades con motivo del Día de la Bandera Andaluza que se celebra por primera vez el 4 de diciembre de 2022, efeméride establecida por la Junta de Andalucía el pasado 8 de noviembre.


Repasé la información sobre las previsiones y no encontré ninguna referencia al asesinato en Málaga el 4 de diciembre de 1977 de Manuel García Caparrós, el joven de 18 años muerto por el disparo de un policía, identificado por los historiadores, pero que nunca fue investigado ni encausado.

Pensé, ingenuo de mí, que en la pestaña para ampliar información que traía el correo encontraría alguna referencia. Nada más lejos de la realidad: la página web del Museo de la Autonomía, que informa más extensamente del programa de actos, ignora absolutamente la represión con un fallecido y varios heridos que hubo en la manifestación de Málaga ese día cruel y aciago de 1977.

El presidente de la Junta, Juan Manuel Moreno Bonilla, se comprometió el 19 de octubre último, en la presentación del libro Por un poder andaluz, de José Luis Villar, a recoger la propuesta lanzada por Alejandro Rojas-Marcos en ese mismo acto para declarar el 4 de diciembre Día de la Bandera Andaluza.

El nacionalismo andaluz reivindicó siempre esta fecha como la idónea para el Día de Andalucía pero, finalmente, se optó por el 28 de Febrero. Ahora, cuando el Partido Popular se ha embarcado en su particular recuperación del andalucismo, asistimos a una corrección de la historia mediante la supresión de todos los hitos polémicos y molestos para el revisionismo que practica la derecha española sobre nuestra memoria democrática.

Ignorar la muerte de Manuel García Caparrós en su cincuenta aniversario es coherente con lo que hizo la Mesa del Congreso de los Diputados –con mayoría del PP– al vetar la difusión de las actas de la comisión parlamentaria que investigó en 2017 la actuación policial que acabó con la vida del joven malagueño. Menos mal que, hace unos días, el Parlamento andaluz ha acordado solicitar la desclasificación de este expediente, así como declarar Lugar de Memoria el sitio donde Caparrós recibió la bala.

Esperemos que la reciente entrada en vigor de la Ley de Memoria Democrática y la futura ley de Secretos Oficiales permitan el libre acceso a las actas de la comisión de investigación de 2017 y a todos los expedientes relacionados con el asesinato de García Caparrós.

Falta que el 4 de Diciembre sea también el día que se le recuerde, junto al homenaje a la bandera. Su familia y Andalucía entera anhelan que se salde esa deuda de verdad y transparencia. Un poco de Historia, por favor.

ÁNGEL FERNÁNDEZ MILLÁN
  • 29.11.22
Título inquietante, sin duda, el de esta novela, en cuanto nos retrotrae a épocas pasadas, de prohibiciones, purgas y censuras. Pero no nos dejemos llevar por esta primera y alarmante impresión. Un suceso tan dramático (incluso morboso) es el desencadenante de esta obra cuyo narrador autobiográfico comienza así: “Te incineraron con una novela mía entre las manos. Por eso escribo este libro”. Fin de una historia real que propicia el comienzo de una ficción.


Podríamos resumir esta novela diciendo que narra la relación de una pareja durante más de cuarenta años –incluso aparecen fechas concretas en su desarrollo–, en el Madrid de la década de los ochenta y los noventa, marcada por una serie de altibajos (amor y complicidad, posterior distanciamiento, separación y muerte de ella…).

Pero esa visión tan simplista mutilaría sin duda la complejidad de la obra y obviaría el polifacetismo de su autor, Fernando Marías (Bilbao, 1958 - Madrid, 2022): novelista, guionista de cine y autor de cortometrajes, adaptador de obras literarias –algunas suyas– al cine y al teatro… Importa subrayar todas estas facetas en cuanto que adquieren especial relevancia en la obra que nos ocupa, con innumerables referencias musicales, cinematográficas y literarias.

Arde este libroSe trata de una novela en la que la narración y la reflexión aparecen íntimamente ligadas. Narración de la trayectoria de esta pareja durante todo este tiempo entreverada de numerosas consideraciones sobre aspectos muy diferentes: la metaficción literaria, el papel de la memoria como creadora (recreadora) de la realidad, la duda, el peso de la culpa…

Y, como desencadenante de esa fallida relación de pareja, las consideraciones sobre el alcoholismo y los problemas que origina cuando uno de sus miembros ha caído en él mientras que el otro ha superado ya su adicción a la bebida.

Reconozco –y advierto– que no es una novela cómoda de leer; tampoco predispone a la evasión. Sin embargo, considero que posee un gran interés, sobre todo para sacarnos de esa burbuja de confort en que a todos nos gusta vivir instalados.

La introspección que la define –las dudas que plantea sobre las relaciones de pareja, sobre las diferencias entre la realidad y la memoria como recuperación del pasado vivido, sobre lo que se hizo o se debió hacer…– es trasladable a nuestras propias reflexiones personales: como es sabido, ficción y realidad a veces están increíblemente próximas.

Vuelvo al título de la novela y a su primera frase. No, no ha habido un proceso inquisitorial. La muerte –la incineración– de la mujer que, tiempo atrás, fue parte importante de la existencia del narrador autobiográfico, junto con el primer libro que publicó, hacen renacer en él una revisión –una visión más amable, y quizás más auténtica– de la amada, tras años de desencuentros. “Yo rememorando y tú muerta. Jamás podríamos habernos figurado el día del primer abrazo que desembocaríamos tanto después en este diálogo.”

La escritura de esta novela supone la resurrección –la recuperación– de una vida que se creía perdida gracias al poder vivificador de la memoria: “Un día yo mismo arderé como una novela arrojada al fuego. Pero mientras soy memoria, ante todo memoria y casi nada más que memoria, y sabido es que los muertos no mueren del todo hasta que quienes los recordamos también hayamos muerto”.

Ficha técnica

Título: Arde este libro.
Autor: Alrevés.
Edita: Alrevés.
Ciudad: Barcelona.
Año: 2021.
ISBN: 978-84-1858404-6.

MARÍA DEL CARMEN GARCÍA TEJERA
  • 29.11.22
Esto de vivir en un país polarizado, donde solo se admite el blanco y el negro, el sí y el no, la tortilla de patatas con cebolla o sin cebolla, es agotador. Tener que posicionarse a cada segundo me tiene las neuronas estresadas, pasando de un lóbulo a otro a velocidad de vértigo, sin poder descansar ni en la fase REM del sueño.


¿Verás el Mundial? ¿Te parece acertado Lucho como streamer? ¿Pablo Motos se merece el escarnio público? ¿Se ha pasado el Ministerio de Igualdad con el video publicitario? ¿Irene Montero debe dimitir? ¿Volverá el Emérito a casa por Navidad?

Vivimos en un perpetuo examen tipo test, en el que las respuestas parecen estar dirigidas y determinadas hacia una verdad única y absoluta. Se acabó eso de razonar tu respuesta, de los encabezados con el "pienso", "creo" o "desde mi punto de vista".

Debe ser porque ya no tenemos tiempo para alargar las sobremesas; porque nuestro cerebro se ha acostumbrado a minimizar los caracteres; porque la ciencia nos ha demostrado que buscarle tres pies al gato es perder el tiempo; o porque Google es el oráculo moderno que guía nuestros pasos.

Envuelto en esa vorágine, como buen hombre de mi tiempo, he ido contestando a todos estos sustanciales dilemas que me ha planteado la vida, o no, porque ya para entrenarme, preparo las respuestas que tarde o temprano se aparecerán como piedras en mi camino.

Sin embargo, esta semana ha habido una cuestión en la que no soy capaz de posicionarme, que me ha dejado parado sobre la línea roja, con un pie en cada una de las opciones: ¿Sabina o Varona? Hasta ahora, montaba tanto, tanto montaba, Joaquín como Pancho, pero eso se acabó, y hay que elegir entre papá o mamá.

Una cuestión que no es fácil responder porque nunca habrías imaginado que se presentaría, que remueve todo tu cuerpo y activa todos los órganos con los que tomamos las decisiones. Debería no decantarme, hacer como los niños y decir los dos –la respuesta más inteligente para vivir en paz, sin la espalda cargada de etiquetas, ni puñales, con la seguridad de que haces tu propio camino, sin seguir el sendero marcado vete a saber por quién–.

Con la edad he aprendido que nunca tenemos la suficiente información, que casi siempre decidimos con una venda o con los ojos casi cerrados, o con uno abierto y el otro con una mota de polvo, o mirando al infinito. En esta ocasión, cuando una de las partes no se ha pronunciado: solo tenemos una visión sesgada, interesada, planificada, victimista, cargada de rabia y de dolor, suavizada por el cariño, los recuerdos y la esperanza.

Cuando saltó la noticia, mi primera respuesta me la dieron mis entrañas, y salió cubierta de bilis y de rabia. Supongo que como a Varona, aunque él ya se lo veía venir por los conflictos y separación con los miembros de la banda con la que interpretaba el repertorio de Sabina –que, al fin y al cabo, es el suyo propio–. Incomprensión, dolor, vergüenza, una puñalada que sangrará mucho, pero que terminará por cerrarse, aunque su joven representante, a la que muchos culpan de la separación, quiera impedirlo metiendo el dedo en la llaga.

Luego fue mi cerebro el que intentó entender la decisión del empresario Sabina, el dueño de la marca registrada que es su nombre, el que debe recomponer su economía tras los pufos con Hacienda, que para evitar conflictos en la que se presupone su última gira –esperemos que no–, se quita de en medio al entrenador por no echar al resto de la plantilla, o al jugador veterano que siente que sus galones y experiencia lo encumbran por encima de los demás. O quizás, solo sea una cuestión artística y busca recuperar, con Leyva, la jovialidad, la juventud y la frescura perdida, sacrificando la experiencia, la rutina y los besos gastados de Varona.

Y ante la confusión, busqué la tercera opinión en mi corazón, y sentí la herida que Pancho puede tener. Esta quizás no sangrará mucho, pero duele más que ninguna, porque la traición, el abandono, la soledad, la incredulidad en la que te sume no se olvida jamás, porque es de las que te va pudriendo por dentro, la que aunque parece curada, florece en los momentos más inesperados mostrando sus pétalos, sus lágrimas, negras en esta ocasión.

No soy capaz de decantarme, los entiendo a los dos, porque aún suena mucho, mucho ruido. Tanto que ha dejado una epidemia de tristeza en mi ciudad, un nido de manzanas que se acabarán por pudrir, números rojos en la cuenta del olvido.

Qué pena, Joaquín, Pancho, con lo bien que ha sabido Pablo Milanés terminar su vida, marcharse y dejarnos solo sus canciones, de silencioso, sereno, poeta y trovador. Pero las vidas, como las muertes, no son comparables: cada uno vive como quiere, como puede o como le dejan. ¿Quién soy yo para juzgaros? Gracias por tanto.

MOI PALMERO

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