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  • 25.2.21
La semana pasada ha sido patética y vergonzosa a causa de los graves altercados que han tenido lugar en varias ciudades y que han provocado daños materiales y heridos entre los manifestantes y la Policía. Sucesos que han alterado el orden por la violencia de los enfrentamientos y han creado también un malestar ciudadano.


El título que sugiere la situación apunta a algo turbio, “confuso o poco claro” en cuanto a las causas. Y me refiero a “disturbio como “alteración, perturbación de la paz y la concordia” en las ciudades que, como he apuntado anteriormente, han sufrido y soportado los desmanes de una multitud de gente descolocada y dispuesta a quemar su propia sombra si se le pone delante.

Una multitud integrada por gente joven y no tan joven que, vociferando machaconamente sus lemas, se han enfrentado de forma provocativa contra las fuerzas del orden público. Lo de 
orden público suena, en este caso, a una broma pesada.

Una salvedad. No podemos negar que entre la variopinta multitud que intervino había gente de toda broza “que vive con libertad, sin tener oficio ni empleo conocido”, que es amiga de lo ajeno, pero también, no lo olvidemos, había personas pacíficas que defienden en este caso lo indefendible, mientras no haya cambios en las leyes. O eso se supone.

Estamos frente a una “multitud de gente considerada como un conjunto desordenado y variopinto”, pero no es cierto. La realidad es que se trata de un “ejército” bien pertrechado y dirigido, que es capaz de arrastrar a una multitud de jóvenes “pipiolos” con ansias de aventura y protagonismo. Hay jóvenes que proceden de colectivos y formaciones de ideología nacionalista, independentista, anarquista, antifascista y de un amplio espectro de la izquierda.

Seguramente, en el conjunto de manifestantes dominan los llamados “antisistema”, anarquistas o no, uno de cuyos objetivos es saquear y, de paso, apolillar el sistema. Una salvedad: si dicho sistema no me gusta y no coincido con su credo, el follón montado estará totalmente justificado. Montar follón alude a “alboroto, discusión tumultuosa”, en definitiva, a “desorden, enredo, complicación”.

Estas batallas campales no dejan de ser una “lucha violenta entre muchas personas, generalmente espontánea y desordenada”. Pero aceptando que hay violencia a tope y desorden por doquier, sin embargo hay que negar la “espontaneidad” de tales hechos, porque es simple y llanamente falsa.

Las manifestaciones con sobredosis de violencia están preparadas y cargadas de antemano con “munición”. Como ejemplo patente, valga el dato de la quema del mobiliario urbano. Una colilla de tabaco no tiene posibilidad de prender fuego ni al contenedor ni a otros muchos objetos.

Los actos vandálicos de la pasada semana no han asaltado el escenario de las distintas ciudades por generación espontánea y, al paso que vamos y el eco que está despertando, derramándose por la geografía ibérica, puede que tengamos bronca para mucho tiempo.

¿Se ponen en movimiento por casualidad? ¿Han sido manipulados e instigados por un ente escondido en la oscuridad? ¿Quiénes están detrás de las violentas protestas en apoyo al rapero Pablo Hasél? Podemos elucubrar cuanto queramos sobre el tema y no sacar nada en limpio.

Buscar una explicación convincente para montar una guerra a muerte. Y si es menester, con todo lo que se les ponga por delante a estos mozos guerrilleros, tanto si el objetivo es la Policía como los escenarios del enfrentamiento.

Por eso hay que aceptar, nos dicen por doquier, que las manifestaciones eran pacificas y pedían la libertad de expresión y la puesta en libertad del rapero. Así las han justificado también algunos políticos. Sin embargo, el rapero fue encarcelado por otros cargos.

Dicho personaje ya levantó una tormenta de arena roja traída del desierto cuando se encerró en el fuerte de la Universidad leridana que, dicho sea de paso, ha sido maltratada con bastante rabia por los simpatizantes del mozo.

Remarco que algo o alguien aparece como turbio, es decir, poco claro y sí muy confuso, cuando el trasfondo de la cuestión no aporta razones debidamente contrastadas y la actuación y causa de las manifestaciones no ha sido resuelta. Queda claro que el rapero era la excusa necesaria para montar un pitote de envergadura y, de paso, convertirlo en mártir santificado por una multitud que, inquieta y movida, pide justicia.

Una matización que deberíamos tener clara: la violencia en ningún caso es camino que pueda conducir a vivir en democracia. Si acaso, es el “estímulo” para generar más violencia entre manifestantes y fuerzas antidisturbios y el vecindario y comerciantes, que han visto peligrar sus propias casas.

La situación es funesta, es decir, “aciaga” porque es origen de pesares o de ruina” que termina pagando el sufrido contribuyente. Estamos ante un impasse triste y desgraciado que no conduce a ningún sitio.

Hagamos un breve repaso a lo acaecido en los diversos escenarios. Los daños ocasionados, tanto a las personas como al mobiliario urbano, son cuantiosos en cada una de las ciudades donde el odio ha prendido fuego destructor. 

El saldo de los enfrentamientos deja heridos entre manifestantes y policías, el mobiliario urbano quemado junto con algunos negocios que han sido destrozados, asaltados y saqueados, dando una triste estampa de lo ocurrido.

¿Acaso dichos establecimientos son de la Policía y, por tanto, hay que destrozarlos? Quizás piensan que solo pertenecen a ricos capitalistas y ello justifica el asalto y ulterior saqueo de los mismos. Los contenedores de basura y reciclaje sirven, en la mayoría de manifestaciones, sea por la razón que sea, de barrera de fuego para defenderse mejor.

Dichos recipientes son para depositar “residuos varios”. Idea que encaja perfectamente, dicho sea de paso, con la misión de un comportamiento ecológico por el bien de nuestro hogar universal que es el planeta.

Nuestros jóvenes, todos en general, son ecologistas declarados, eso dicen. Lo cual no quita que actúen en contra de esta idea. Prueba de ello es la contaminación que producen sus incendios, eso sí, guiados por una supuesta razón de ¿justicia? Podríamos seguir desgranando razones pero, como muestra, con un botón antisocial puede que tengamos bastante.

Se habla de “movimientos antirrepresivos” que actúan como y cuando les interesa. Las circunstancias restrictivas por el virus colaboran con ello y ofrecen un mecanismo de escape ante las prohibiciones, primero del encierro y a las que se suman ahora las restricciones de movilidad, de encuentros festivos.

Otras fuentes añaden que la juventud está muy aburrida. Como excusa, se alega la libertad de expresión para provocar altercados callejeros. Desde distintos frentes políticos, algún que otro alcalde incluido, se brama (solamente) contra la violencia policial y en defensa de los pobrecitos manifestantes.

Finalizo estas líneas con una cita de El Confidencial que muestra la “inocencia” de parte de los manifestantes. “La plataforma 'indepe' Desobediència Civil lleva desde el 4 de febrero repartiendo manuales de ´defensa civil´ entre los activistas”. Avisan: “¡Preparaos para una noche larga! Llevad agua, comida, ropa…”, y ¿líquidos inflamables para prender fuego? me pregunto yo. Parece que sí, dado que un contenedor (repito) no sale ardiendo porque le tiremos una colilla.

Para comprender mejor la preparación de parte de los manifestantes, en el periódico veamos el revelador cuadro titulado Tècniques dels manifestants que señala los puntos peligrosos que se deben tener en cuenta para salir ileso de cualquier enfrentamiento.

PEPE CANTILLO
  • 24.2.21
Vivo el momento, el aquí y ahora. “El más tarde” lo tengo muy lejos. Tanto, que casi ni lo siento. Creo que tengo suerte. Después de tanto caos he aprendido lo más guay de todo esto: de reírme a carcajadas, de bailar en mitad de la calle. Me da igual el qué dirán, cómo me miren y cómo piensen sobre mi forma de vivir esta vida. Mi vida.


Voy pisando sin saber si es suelo estable, pero no me detengo y sigo avanzando. Por mí y por todo lo que me queda. Porque sí, porque sé más que de sobra que no todos los pasos serán firmes y seguros. La mayoría de ellos me harán tambalearme e incluso caer. Puede que me haga daño, que lleguen esos días en los que me cuestione todo y no vea sentido a nada; y otros en los que sienta que me como el mundo de un solo bocado. Puede ser todo lo que te permites vivir.

Si me caigo, puedo recomponerme de nuevo y conocer todo lo que estaba tan dentro de mí. A veces necesitamos equivocarnos, rompernos, perdernos, para ver todo lo que podemos llegar a hacer, conseguir, aprender. Por eso, disfruta. Sé tu mejor versión, saca toda la plenitud de tu esencia. El tiempo vivido jamás volverá, la vida es ahora. ¿Disfrutamos?

MERCEDES OBIES
  • 22.2.21
Casi todos mis viajes a América Latina han estado motivados por razones académicas. El último me llevó a Perú y a Ecuador. Estuve una semana en Lima. Di algunas conferencias en las universidades de San Marcos y César Vallejo, bebí con los amigos, recorrí todo el centro colonial, el barrio de Miraflores y toda la costa hacia el sur en dirección al desierto de Chile, pero no alcanzamos a llegar. Ese mismo día, un terremoto de 7,8 en la escala de Richter, que duró casi 75 segundos, sacudió el norte de la costa ecuatoriana.


El epicentro del seísmo, ocurrido a las 18.58, hora local (01.58, hora peninsular española), de ese sábado 16 de abril de 2016, fue en el noroeste, entre las zonas de Cojimíes y Pedernales (Manabí) y se sintió en buena parte del país. En Quito, Guayaquil, Santo Domingo, Ibarra, Esmeraldas, entre otras ciudades. Los daños fueron graves en Portoviejo, Crucita, Pedernales, Tosagua, Manta, Muisne, y afectó en menor medida a Babahoyo, Quito y Guayaquil. El terremoto se saldó con 671 personas muertas y más 2.000 heridos.

Las réplicas no dieron tregua en los días siguientes: 3.229, de las que nueve superaron los seis grados. Al mes, una réplica de más de 40 segundos en Quito me hizo conocer en mi propia piel cómo se resquebrajaba la tierra en sus propias vísceras. Al día siguiente viajaba a Latacunga. A media mañana, una nueva réplica sacudió la ciudad. Me pilló en una panadería que se balanceaba como si fuera un velero. El dueño, señalándome con la mano, me pedía que sujetara a una anciana, pero ella parecía más diestra en estos menesteres que yo. Se ve que la experiencia enseña más de lo que pensamos. El domingo 17 de abril, al amanecer y encender el móvil, múltiples correos electrónicos de mis amigos preguntaban por mi salud. Me imaginaban en Ecuador y no en Perú. Les tranquilicé y bajé a degustar un pisco sour.

En Quito, desde la ventana del apartamento donde me hospedaba, observaba cada mañana la presencia imponente del Pichincha, el volcán más próximo a la ciudad. Me inquietaba su paz exterior y su corazón convulso. Tiene dos cimas principales. La más próxima, inactiva, el Rucu Pichincha (4.680 metros), es la menos elevada. La otra, el Guagua Pichincha (4.794 metros), la vigilan los vulcanólogos con una dedicación extrema. Quito, la segunda capital más elevada del mundo, está ubicada a una altura de 2.850 metros. El mal de altura provoca dolores de cabeza y mareos. Para minimizar estos malestares, conviene olvidar el tabaco y el alcohol. Un mate de coca alivia en estos trances.

En ese viaje a Latacunga, al día siguiente de la réplica que relato, subí para explorar más de cerca el Cotopaxi. Es uno de los volcanes más bellos de este planeta. Sus laderas heladas están pobladas de caballos salvajes, zorros, ciervos y osos de anteojos. Y alzando la vista se puede observar cómo cruzan el cielo el cóndor y el colibrí del Chimborazo.

A finales de mayo del año anterior, 2015, con motivo de otra estancia académica, visité por primera vez Latacunga para dar un taller de periodismo narrativo en la Universidad Técnica de Cotopaxi. Ese verano el coloso comenzó a dar muestras de que estaba vivo. 320.000 personas se vieron afectadas por la actividad fumarólica del Cotopaxi. Los campesinos observaron estupefactos los campos cubiertos de un manto gris de cenizas. Cenizas y flujos piroclásticos dañan las cosechas y asfixian a los animales.

A unos 14 kilómetros al norte de Zumbahua, y a 3.000 metros de altura, visité también el cráter de otro volcán: El Quilotoa, en cuyo seno una laguna de un azul traslúcido muestra un paisaje de ensueño. Los lugareños han creado su propia leyenda: dicen que no tiene fondo. Los geólogos, por el contrario, han hecho añicos la imaginación y han demostrado que su profundidad es de 250 metros.

Las primaveras de 2015 y 2016 las viví en Quito con salidas aéreas a Lima. En el Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina (CIESPAL), realicé dos estancias académicas. Dicté algunas conferencias, organicé un congreso sobre periodismo narrativo y transmedia, ofrecí varios talleres sobre nuevas narrativas y tecnologías emergentes y coordiné el libro titulado Periodismo narrativo en América Latina, que vio la luz en 2017 y que la editorial Comunicación Social volvió a publicar en 2018.

No todo fue trabajo, naturalmente. Cuando viajo, me gusta recorrer las calles de las ciudades, entrar en restaurantes y bares, otear paisajes, confundirme con sus habitantes. En aquellos meses recopilé material sobre el Cotopaxi, entrevisté a vulcanólogos, a políticos, a indígenas que viven en sus laderas. El mundo de los volcanes comenzó a obsesionarme. Pensé escribir un libro sobre el tema. Ahí sigue. Cualquier día le doy forma.

Brasil, adonde viajé en tres ocasiones, también me inspiró para escribir una breve novela: Escrito en Brasil, publicada en 2009. En el primero y tercer viajes me acompañó Francisco Sierra. En el primero, recalamos en Brasilia y Natal. Brasilia me abrazó y me abrasó. Era una ciudad de avenidas amplísimas. Declarada capital de Brasil en 1960, es una ciudad planificada que cuenta con emblemáticos edificios blancos de arquitectura moderna, concebidos principalmente por Oscar Niemeyer.

Está diseñada como un avión y podría decirse que su fuselaje lo conforma el Eje Monumental, que consta de dos avenidas que flanquean un enorme parque. La cabina la compondría la Plaza de los Tres Poderes, denominada así por las tres ramas del gobierno que la rodean. Delante de la cabina estaba ubicado nuestro hotel, donde la camarera, Roberta, la última noche, nos advirtió que habíamos acabado con toda la cachaça de aquel establecimiento. Sorprendente y un honor para nosotros ser los primeros en algo.

Un congreso nos llevó a otro. Esta vez a Natal. Allí conocimos el auténtico Brasil, el Brasil del mestizaje, del encuentro entre culturas y razas, la tierra donde la danza y la música viven en la epidermis de sus ciudadanos. Donde la alegría es tan fácil de identificar como la desigualdad social.

Ponta Negra es la playa de Natal, capital de Rio Grande do Norte. No solo es una playa, sino una zona turística que atraviesa de punta a punta toda la zona. Las guías turísticas cuentan que Natal es la ciudad del sol, porque al año tiene alrededor de 300 días de sol con una temperatura media de 28 grados.

Ponta Negra es además el segundo lugar del mundo con el aire más puro del planeta después de la Antártida. La zona es segura y por las noches puedes caminar por sus calles y beber caipirinha en locales abiertos al exterior con música ensordecedora donde las mujeres gritan y bailan las danzas locales con una destreza que no es de academia.

Dicen que Ponta Negra es la mejor playa de la zona, pero yo amo por razones personales Pipa, un lugar tranquilo donde los delfines son un reclamo turístico, o aquellas otras playas vírgenes como Genipabú o Maracajú a las que uno se acerca en buggy sorteando dunas, tierras también vírgenes y cruzando el río Potengi.

A Francisco Sierra le impactó aquel viaje insólito. Y eso que a él no le entusiasma el deporte de riesgo. Nos sentamos a una mesa en el lago Pitangui. Las mesas curiosamente estaban dentro del lago, en la orilla, y el agua nos cubría hasta las rodillas mientras multitud de peces pequeños revoloteaban en torno a nosotros desparasitándonos de la cultura occidental. Igual eran espías encubiertos. Es broma.

El tercer viaje a Brasil nos llevó a Bauru, ciudad universitaria, para impartir unos cursos de postgrado. El municipio tiene una gran actividad universitaria. Allí se encuentran: Campus de la Universidad de São Paulo, donde funcionan las Facultades de Odontología de Bauru (una de las mejores facultades de Odontología de Brasil y la tercera mejor del mundo); Facultades Integradas de Bauru (FIB); Instituição Toledo de Ensino (ITE); Universidad do Sagrado Coração – USC; Universidad Estatal Paulista – UNESP y Universidade Paulista (UNIP). Antes, nos purificamos en São Paulo durante unos días, antes de que el coche oficial nos recogiera para ejercer como docentes, que es a lo que íbamos.

São Paulo tiene la mayor flota de helicópteros del mundo, 30.000 taxis, 7.000 líneas de ómnibus urbanos, 38.000 bares y restaurantes, el plato oficial es la pizza y donde viven alrededor de 30.000 millonarios. Paseando por Avenida Paulista, me detengo en un mercadillo de cerámicas y maderas talladas, de joyas artesanas y libros raros. En uno de estos puestos ambulantes encuentro la primera edición de Residencia en la tierra, de Pablo Neruda. Solo cuesta 800 reales. Pero no tengo el dinero suficiente. Después me he arrepentido hasta la saciedad de no haberlo adquirido. Ya se sabe que uno solo es feliz con aquello que ama. Y la vida no siempre da una segunda oportunidad.

Varias veces fui a México. Al menos dos, acompañado por mi amigo Samuel González, último cónsul de aquel país en Andalucía. Con él y los amigos recorrí la ciudad de México, la ruta de los volcanes, la península de Yucatán. Tomé burritos y enchiladas, quesadillas, degusté, no sin reparos, los gusanos de maguey y los huevos de hormiga. "Si salta, corre o vuela, a la cazuela", dice un viejo proverbio gastronómico que se aplica a los escamoles, esos huevos de hormiga que se equiparan al caviar por su precio y exquisito sabor.

Pero la ciudad que más me impresionó de México fue Juárez, ciudad fronteriza con Estados Unidos, tierra de indios apaches, atravesada por el río Bravo, adonde fui para impartir un curso de Doctorado sobre Periodismo y Literatura. Cruzo la frontera hasta El Paso, ciudad legendaria de conquistas a grupa de caballo por el desértico Oeste americano.

Juárez es ciudad apacible y emprendedora, aunque buena parte de su economía está condicionada a las maquiladoras. Es, con toda seguridad también, la ciudad más fea del mundo. A sus vecinos les preocupaba su imagen de cadena incontenible de crímenes atroces. En los vertederos ubicados a las afueras de la ciudad no dejaban de aparecer cadáveres de mujeres. Veo cinco o seis cruces de color rosado donde aparecieron algunos cuerpos.

Mientras estoy en la ciudad leo la novela póstuma de Roberto Bolaño 2666 en la que narra los crímenes de estas mujeres salvajemente asesinadas. En realidad, el libro es un homenaje al periodista Sergio González, quien murió hace unos años y fue pionero en la investigación de estas muertes. Dejó testimonio de sus investigaciones en el libro Huesos en el desierto. González Rodríguez fue, sin duda, un periodista comprometido y excepcional. Excepcional en sus indagaciones y en su prosa perfectamente pulida.

En Ciudad Juárez bebo tequila, pero también sotol reposado. Sotol Mesteño, que es del lugar. El sotol es un tipo de mezcal extraído de una agavácea que solo crece en el desierto chihuahuense, al igual que el mesteño, caballo salvaje que nace y muere libre en las grandes llanuras del norte. Pero en Juárez se bebe también whisky elaborado en la ciudad desde 1909 por D. M. Distillery Co., S. A. En los años de la ley seca, esta destilería vendió miles de cajas de botellas de Juárez American Whiskey al país vecino. Dicen que por allí apareció alguna vez Al Capone. Se supone que para comprobar la calidad de la mercancía. La calidad, en cualquier caso, es superior. Sin duda es de los mejores whiskies que he degustado.

Si rememoro América, no puedo olvidar Chile, un país que inevitablemente une su nombre al de Pablo Neruda. Impartí allí un seminario sobre periodismo en Concepción. Después volví a Santiago, una ciudad tantas veces traicionada por militares gozosos del poder arrebatado al pueblo. La Casa de la Moneda, el estadio de fútbol me retrotraen a los años de la represión del general Pinochet. Visité la tumba de Salvador Allende, recordé el perfil comprometido y bueno de Víctor Jara. Me acerqué, con Claudia Mellado, inevitablemente a Isla Negra. Conocía sus rincones de haberlos leído, el océano bravo rompiendo sus olas contra las rocas, las tumbas de Pablo y de Matilde, su colección de conchas, su colección de botellas, sus mascarones, el cuerno de narval, su mundo propio representado en objetos recogidos por medio mundo. Una casa que nunca dejaba de crecer frente al océano Pacífico que le vio morir del dolor propio y ajeno.

Antes o después, estuvimos una semana en Isla de Pascua, donde la única carretera era el aeropuerto. Denominémoslo así. Toros y caballos salvajes y libres habitaban la isla. El océano manso del color de un carbón metálico. Isla de Pascua es el rincón habitado más alejado de cualquier parte del planeta. Allí ves el cielo y tocas la soledad.

Pero fue Cuba el país que primero visité de América Latina. La Habana es, sin duda, una de las ciudades más bellas del mundo. Andar La Habana Vieja, entrar en la bodeguita del Medio, tasca tradicional, con las paredes escritas y fotografías enmarcadas de famosos, donde se sirven mojitos. ¿Y del medio por qué? Porque todas las tabernas están ubicadas en las esquinas, al final de la calle. Menos esta.

Entrar en Floridita, más conocido como El Floridita, bar y restaurante desde 1817. Se hizo mundialmente famoso gracias al escritor y periodista Ernest Hemingway, quien acostumbraba visitarlo con regularidad. De hecho, ahí sigue en forma de estatura de bronce apoyado en la barra. Cuna del daiquiri, he pasado tardes enteras con el profesor Francisco Esteve y Claudia Mellado bebiendo al lado del inmortal Premio Nobel. En su nombre, siempre pedía un daiquiri Papá Hemingway. ¿Por qué se denominaba así? Porque contenía doble ración de ron. Visité su casa a las afueras de la ciudad. Escribía de pie. No lo entiendo. ¿Cuántas veces leí El viejo y el mar? Ya no recuerdo. Dejé a unos cuantos amigos allá.

¿Cuándo cruzaré de nuevo el océano Atlántico para ir a América Latina? En realidad, no sé si he regresado de aquel continente desde entonces. Si no fuera así, la próxima vez haré escala en las islas Azores. Tengo pendiente tomar allá el mejor gintónic del mundo a la salud de Antonio Tabucchi, uno de mis escritores de cabecera. Mientras espero, tomo otro gintónic y releo, una vez más, Dama de Porto Pim. Hay esperar que, aunque se prolonguen, valen la pena.

Publicado en enero en el número 10 de Trasatlantics Studies Network. Revista de Estudios Internacionales.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 21.2.21
“Tengo un cuaderno nuevo y no sé en qué gastarlo. Es invierno, ya ha oscurecido, hace mucho frío y afuera resuena el temporal. Yo me he arrimado a este cuaderno como el mendigo al calorcillo de la lumbre. Por el momento no sé qué escribir, es cierto, pero eso importa poco”.


Así comienza el nuevo relato de Luis Landero, que lleva por título el mismo que he utilizado para este artículo: El huerto de Emerson. Un relato que es más bien la incursión por una senda que no se ha planificado de antemano y cuyo suelo va emergiendo a medida que el escritor se adentra en los recuerdos que atesora en su lúcida memoria.

Han transcurrido casi treinta y dos años desde que viera la luz su primera novela, Juegos de la edad tardía, una inmensa obra que nos sorprendió a todos, tanto que recibió los mayores parabienes al ser aclamada en el año siguiente, 1990, con el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa.

En mi caso, dado que conozco a Luis desde que éramos pequeños, ya que habíamos nacido en Alburquerque, teníamos la misma edad y vivíamos muy cerca el uno del otro en la calle Calzada (la que se ve en la fotografía de la portada y que asciende hacia el castillo del pueblo, justo al lado del Llano del Pilar, territorio mágico de nuestros juegos infantiles), cuando tuve noticias de esta publicación inmediatamente fui a comprarla.

Estaba editada por la prestigiosa editorial Tusquets, lo que era garantía de la calidad del trabajo que comenzaría a leer. Decir que quedé de inmediato prendado es quedarme corto. Ante mí tenía unas páginas escritas con verdadera maestría.

Las leía muy despacio, como hay que hacerlo con todo lo que publica Luis Landero, pues la belleza que se desprendía de su prosa suponía sumergirme en una novela cuyos protagonistas, no sé por qué, me hacían recordar a los de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.

“Una mañana de octubre de 2016 fui a visitar la tumba de mis padres. Siempre habíamos ido juntos, mi madre y yo, y ella era la que se conocía el camino y me lo iba indicando con frases breves y precisas: “A la izquierda”, “Todo derecho”, “Métete por aquí”. Pero ahora mi madre había muerto y por primera vez fui solo, con la atolondrada convicción de que, recordando sus palabras, guiado por ella, por su voz aún reciente, encontraría finalmente el camino. Pero no”.

No es excesivamente prolífico el autor de este conjunto de capítulos, cada uno con su propia denominación: “Tiempo de vendimia”, “El viento en la vela”, “Un hombre sin oficio…”, que se articulan hasta completar un imaginario huerto, digno del filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson, al que hace referencia en el título del libro.

Sus libros, al igual que el artesano que elabora con mimo su pieza sin importarle el tiempo que le dedica, aparecen con cierta regularidad. De este modo, sus fieles seguidores siempre tendrán entre sus manos esas páginas tan deseadas que las irán desgranando lentamente, de modo que al final cerrarán el volumen con la esperanza de que no tardarán demasiado en citarse de nuevo con el autor al que admiran.

Bien es cierto que su anterior y aclamada novela, La lluvia fina, había sido publicada hacía poco, en 2019, es decir, algo más de un año para que viera la luz este relato íntimo y emotivo. Y digo relato, ya que en este caso no es una novela que tenga la intensidad de La lluvia fina, puesto que ahora el autor navega por sus recuerdos, teniendo en cuenta que no solo son los que lo retrotraen a las experiencias vividas, sino también a las lecturas y a los escritores que acuden libremente a la cita de sus evocaciones.


“Cuando yo era niño y llegué a Madrid, ¡qué tiempos aquellos!, había mucho que ver, y más para mí que venía de un pueblo donde no había más maravillas que las que venían de los cuentos que nos contaban a los niños. Aquella época fue irrepetible, como todas las épocas, y la gente y los sucesos de entonces no volverán ya nunca, y morirán cuando ya nadie los recuerde”.

Para alguien cuyos escritos se encuentran con frecuencia impregnados de los posos dejados por el tiempo, especialmente los imborrables de la infancia, necesita tener una fértil memoria o que alguien acuda en su ayuda para que le actualice relatos o vivencias que se escondieron en un rincón del camino transitado.

Sería el propio Luis el que me traería al presente, la primera vez que nos encontramos en Alburquerque al cabo de muchos años de no vernos, la imagen que guardaba de mí, paseando por la calle del pueblo con un camaleón al hombro.

Lo había olvidado totalmente. Y si no fuera por él, todo aquello habría quedado sepultado o muerto en el recuerdo, pues no tengo ninguna fotografía que me actualizara la pequeña aventura nacida de la estancia en un campamento de Chipiona, lugar en el que compré un camaleón para traérmelo a mi pueblo y pasearme todo contento con él (debo apuntar que por aquel tiempo no era la especie protegida que es hoy; aunque, pensándolo bien, en aquellos años del franquismo no creo que hubiera muchas especies protegidas).

“¿Y de mis autores más queridos, a los que vengo leyendo y leyendo desde hace tantos años? ¿Qué podría decir yo de Cervantes, de Kafka, de Shakespeare, de Dickens, de Faulkner, de Conrad, de Chéjov, de Borges, de Quevedo…? Apenas nada. Ni siquiera me he parado a pensar en ello. Alguna vez, por cierto, he contado que soy lector, escritor y profesor, por este orden cronológico, y que no siempre esas tres personas coinciden en sus criterios, gustos e intereses”.

Tengo que advertir que este relato, esta narración o estos quince capítulos engarzados como las cuentas de un collar, de modo que cada pieza tiene valor por sí misma, ha nacido de la imperiosa necesidad del autor de hablar, a su manera, de sí mismo, de sus recuerdos, de sus reflexiones, de sus dudas e incertidumbres.

Son esas dudas e incertidumbres que asoman y nos inquietan cuando las Parcas sobrevuelan a nuestro lado, o cuando lo han hecho de manera imprevista y despiadada, de forma que rompen el destino que habíamos imaginado para nosotros o para quienes queremos, quebrándonos por dentro y dejándonos lejos de la felicidad que nos regalaron en la infancia.

Y si En el balcón de invierno nos acercaba a sus recuerdos más preciados, en esta ocasión vuelve con su muy cuidada prosa a invitarnos a que le acompañemos en esta senda incierta en la que comenzó en esa noche fría de invierno.

“Pero, si aun así, tú hacías la última pregunta, o en sus tiempos Miguel o Félix Lope, ¿cuál es el mejor sitio para esconderse de la muerte?, ya no te contestaba nadie, ya todos habían vuelto a sus pensamientos insoldables, los ojos hipnotizados por el chisporroteo de la lumbre. Solo la vieja a la que nadie conoce y por la que nadie pregunta tiene en el rostro la sombra dorada de una sonrisa imperceptible. Así fue siempre, durante siglos, cuando en las casas la gente se reunía toda junta al fuego”.

Así se cierra, con estas interrogantes, el último trabajo de Luis Landero. A fin de cuentas, yo no desvelo ningún inquietante o inesperado final que hubiera que silenciar, dado que no nos encontramos en una novela al uso. En todo caso, es un relato en cuyo fondo bulle la inquietud que ahora asalta a su autor (la que a todos en algún momento nos asalta): “¿A dónde irán todos nuestros recuerdos, todas nuestras vivencias, todos nuestros ensueños, todas nuestras ilusiones, cuando las Parcas hayan decidido dejar de hilar y, cínicamente, nos avisen con sus risas burlonas de que el hilo de nuestras vidas se les ha acabado?”.

AURELIANO SÁINZ
  • 20.2.21
Regla, periodo, menstruación... Todos términos que hay que esconder, que provocan pudor, que no existen, que es una cosa de mujeres que no debe salir en ninguna conversación. Las abuelas decían que no te podías bañar porque se cortaba el flujo de sangre, que la leche se podía cortar si la tocaba una mujer en esos días en los que el endometrio sabe que no va a albergar una nueva vida y se desintegra.


Algunas tribus indias llevaban a las mujeres menstruantes a una choza aparte, como si aquello fuera algo sucio, algo que había que alejar de la comunidad; como si no fuera un proceso natural o un ciclo que, mes a mes, ocurre en el cuerpo de las mujeres.

Nuestro cuerpo es como la luna. No permanece estable: crece y mengua cada 28 días. Hay mujeres que han sido bendecidas por la madre naturaleza y no sufren dolores o cambios de humor, pero son pocas. La mayoría notamos los cambios: el cuerpo se expande para que, una vez finalizada la riada, vuelva de nuevo a su ser.

Tenemos días en los que la vida es más difícil porque millones de hormonas corren por nuestro organismo como locas adolescentes, haciéndonos pasar de la risa al llanto, de la necesidad de mimos a querer estar solas. Días de montaña rusa en los que es imposible bajarse de la atracción.

En mi caso, solo el chocolate y las pelis moñas pueden ayudarme. Cualquier cosa que haga una mujer lleva un esfuerzo extra. Cuando veo a las atletas o a las montañistas siempre pienso que el público no piensa en que son mujeres: las ven como hombres.

Ellas tienen que lidiar con sus hormonas, con el enfango que es tener que llevar todas esas "cosas" que necesitamos en los días en que la sangre fluye sin poder evitarlo. Hay que sentirse limpia, hay que cambiarse. Imagino a una gimnasta que tiene que hacer sus piruetas uno de esos días y me duele. Empatizo con ella y mi admiración es mayor.

La naturaleza es así: para el hombre los retos no tienen tantos frenos como para nosotras. Me consta que muchas mujeres recurren a pastillas para regular el ciclo, para que esos días negros no caigan en día de competición, pero no siempre es posible.

Es hora de que la gente deje de ver la menstruación como un tabú, como algo que hay que esconder. Y, sobre todo, que a ningún hombre se le ocurra utilizar lo que ocurre en nuestro cuerpo para atacarnos. Menos mal que ya quedan pocos cromañones. Mi chico, por ejemplo, se convierte esos días en un osito de peluche que me colma de mimos y de lindas palabras.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 19.2.21
Esta semana deseo referirme brevemente al significado del Miércoles de Ceniza, un rito que, entre muchos pueblos de la antigüedad, era una señal del propósito de cambiar la vida, de mejorar los comportamientos, de ser mejores personas.


No solo los judíos, sino también los griegos, los egipcios, los árabes y otros pueblos de Oriente, se cubrían la cabeza de ceniza en lugar de rociarse con perfumes para expresar el dolor, la pena o el luto. Otras veces se sentaban en el suelo entre ceniza para expresar sus disgustos y sus protestas por las calamidades públicas.

En estos tiempos, por escasa atención que hayamos prestado a los mensajes que nos lanzan los líderes políticos, sobre todo en las vísperas de las elecciones, hemos podido advertir que coinciden en la necesidad de cambiar las cosas. Todos nos prometen que realizarán cambios importantes.

Estoy de acuerdo en que es imprescindible cambiar las leyes para mejorar el bienestar y para alcanzar mayor justicia, mayor igualdad, mayor libertad y mayor solidaridad. Pero, en mi opinión, para que se produzcan esos cambios es imprescindible que cambien cada uno de ellos y cada uno de nosotros. ¿Cómo? Cultivando los valores humanos, esos que nos ayudan a vivir una vida más saludable, más grata y más humana.

La Cuaresma es el tiempo de preparación de la Semana Santa, una manifestación popular en la que participan activamente ciudadanos de diferentes edades, de distintos niveles culturales e, incluso, de diversas convicciones ideológicas.

Es posible que muchos coincidan, al menos en teoría, en la necesidad de cultivar algunos valores como, por ejemplo, la soledad, el silencio, la lectura y, sobre todo, el acompañamiento a los que están solos y la solidaridad con los que necesitan ayuda.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 18.2.21
Como buen democratacristiano, Pablo Casado es un hombre temeroso de Dios. Quizá, por eso, asediado por un pasado que, en el fondo, sabe presente, tiene muy en cuenta las palabras de San Pablo a los corintios: “Que cada cual se fije bien de qué manera construye [...] Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá la recompensa; si la obra es consumida, se perderá. Sin embargo, su autor se salvará, como quien se libra del fuego”.


Quizá sea esta la razón por la que este Pablo, Pablito, Pablete ha decidido que conviene abandonar aquella pecaminosa construcción de la calle Génova para buscar una nueva donde culminar su obra. Una, grande y limpia de las pezuñas de la corrupción. Y, en el fondo, puede que hasta se crea que, con eso, “el autor se salvará” del azote de Vox y de la abstención.

Pongo muy en duda que el personal olvide casi dos décadas de corrupción con un cambio de sede. Casi tanto como la pretensión de conseguirlo con un equipo que cuenta con las bendiciones del antiguo Sumo Pontífice, José María Aznar, y sus gerifaltes.

Quizá, Soraya Sáenz de Santamaría, más limpia y pura en cuanto a corrupción se refiere, podría haberlo conseguido. Fue la más apreciada por los simpatizantes en las primarias de su partido y, dicho sea de paso, por aquellos que querían lo mejor del marianismo sin lo peor de Rajoy. Ella fue la mujer que dio la cara por el Gobierno del tijeretazo, y los afiliados lo sabían.

Sin embargo, Sáenz de Santamaría no fue del gusto de los viejos gerifaltes, con los que pretendía romper para limpiar el partido. Y se fue de la política, en un gesto que demostró su superior inteligencia con respecto a sus rivales. Ella no fue una política profesional, y se fue con la cabeza alta –o tan alta como lo podía hacer un miembro de un Gobierno caído en Cortes por la corrupción de su partido–.

No me extiendo mucho más en esta cuestión, pues creo que poco queda ya por decir de un partido demasiado comprometido por su pasado. Para ser sinceros, no me gusta hablar del Partido Popular en exceso, porque poca novedad y poca denuncia se puede hacer ya de un partido que hace tiempo que olvidó lo que es la vergüenza. Ya no queda nada por decir que no se haya dicho ya.

Vamos ahora con un tocayo del buen Pablo. Y es que nuestro buen Pablo Iglesias no podía tener un nombre más religioso. Y, las cosas como son, tampoco desentonarían en su boca las palabras más duras de San Pablo a los filipenses: “¡Cuídense de los perros, de los malos obreros y de los falsos circuncisos!”.

Y es que este Pablo, Pablito, Pablete siempre ha tenido un punto de puritanismo difícil de digerir. Quizá, por eso, necesite hablar del Gobierno al que pertenece como algo ajeno, pecaminoso y detestable.

Es difícil conciliar la ortodoxia con el día a día, y la política no da facilidades a la moralidad. Él lo sabe bien, pues es fiel seguidor de la saga de Juego de Tronos. Ned Stark perdió la cabeza por seguir sus principios, y los mártires molan y se exaltan cuando su Documento Nacional de Identidad no se corresponde con el tuyo.

El líder de Unidas Podemos afirma que España vive un déficit democrático. Es cierto. La censura, la autocensura y la postcensura son realidades irrebatibles; la Justicia española está comprometida; la prensa tradicional y no tan tradicional ha perdido su credibilidad –lo que está justificando a su vez la censura–; todos los viejos partidos tienen conexiones con sus pasados corruptos –en mayor o menor medida–; el Código Penal está anticuado y otras muchas situaciones que requieren un enérgico ejercicio de limpieza.

La situación de la democracia española es peor que la que teníamos en 2011, cuando Pablo fue iluminado por el movimiento 15M, del que se acabaría adueñando. Si bien, ¿acaso no ha contribuido él mismo a empeorar esa calidad democrática con leyes de censura, persecuciones que ahora sufre en carne propia y ortodoxias que ahora le obligan a hablar de su Gobierno en tercera persona? ¿Acaso no ha denunciado, perseguido y expulsado él mismo a errejonistas, teresistas y a otros elementos díscolos de su partido, apuntando con el dedo a los “malos obreros”?

¡Ay! Perseguido se siente Pablo Hasél, un rapero que no conocían ni en su casa y que ahora ha ganado notoriedad internacional. Como ya he señalado, el Código Penal está anticuado, y las penas a este individuo son un buen ejemplo.

Nadie debería ser condenado por la vía penal por una letra, pues hay otros mecanismos de castigo menos lesivos. Ni por una letra que atente contra la Corona, ni por una letra neonazi; ni por una letra que defienda el terrorismo, ni por una que describa una violación; ni por una letra que defienda el supremacismo catalán, ni por una que defienda los beneficios de los coches bomba. 

Hay libertades que son casi sagradas en democracia. Tres de ellas están amenazadas a día de hoy: la libertad de información, la libertad de creación artística y la libertad de expresión. La corrección política nos acerca más a las antorchas que a la iluminación.

Pablo, Pablito, Pablete Hasél me parece un individuo cobarde y repugnante. Cobarde por esconderse en una universidad tras haber ladrado como el peor de los supremacistas catalanes, en la búsqueda de un relato épico cercano al martirio donde solo hay letrina. Repugnante por su enaltecimiento del terrorismo y su agresión a un profesional de la información –por el que fue condenado, con justicia, a seis meses de prisión–, entre otras bendiciones que ha ido repartiendo. Y dicho esto, insisto, nadie debería ser condenado por la vía penal por una letra.

Me he planteado si asociarle una cita bíblica, como en los dos casos anteriores, pero no deseo faltar el respeto a mis lectores más religiosos asociando a este personaje con San Pablo. La desproporcionalidad de su pena no lo hace menos despreciable.

Me preocupa seriamente que la extrema izquierda y algún confundido hayan asumido la causa de este criminal como suya. Del mismo modo, me preocupa que se equiparen la absurda pena por injurias a la Corona con el de enaltecimiento del terrorismo, o que las agresiones a periodistas sean obviadas con tanto descaro. Pero los extremistas necesitan mártires, y Pablo Hasél ha tenido el buen criterio de no irse de cerveceo a Bélgica. ¿Alcanzará la santidad?

Pablos, Pablitos, Pabletes que nos traen de cabeza. Quizá otro día hablemos de Pedro y Santiago. Uno se afana en conservar las llaves del paraíso como Gollum el anillo único, convencido de ser un personaje de House of Cards y un Kennedy con salero. El otro lidera a otros puritanos del mismo pelaje que los de Iglesias, pero con toques medievales, con la extraña costumbre de arengar a su líder al grito de “¡Santiago y cierra, España!”.

En paz descanse doña Inés, que de los muertos en política no es menester hablar. Prestemos atención, pues todavía se puede escuchar su voz entre los fríos mármoles del Congreso. Puede que el Senado sea una tumba de elefantes, pero el Congreso cuenta todavía con algún fantasma –y no, no estamos hablando de ese rufián de san Gabriel, anunciador de la buena nueva supremacista–.

¡Ay, España nuestra! Divina, humana y heroica. España diversa, empequeñecida y esclava de tus pasiones. ¿Alguna vez llegará a ti la sensatez de la república de todos? Mejor dicho, ¿algún día conocerás la sensatez?

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 17.2.21
En el primer artículo sobre este tema, me hacía una pregunta que tiene muy difícil –si no imposible– respuesta: ¿por qué se hicieron estas imágenes? Cuando en el profundo interior de algunas de estas cuevas nos encontramos con estas figuras que emergen poderosamente de las tinieblas, es difícil no conmovernos y sentir la necesidad de conocer, de sentir qué es lo que significan; o, mejor dicho, qué significaban para las mujeres y los hombres que compartían la cultura en la que emergieron.


Se han formulado unas cuantas hipótesis al respecto, pero solo voy a hablar de las que me parecen más sugerentes. A principios del siglo XX surge la teoría de la magia de caza y adquiere un gran predicamento. De hecho, hoy en día todavía es asumida como cierta en el imaginario popular a pesar de haber sido refutada por los especialistas en la materia.

Según está interpretación, las pinturas se realizaron en el contexto de una serie de ritos propiciatorios para facilitar la caza de los animales representados. Los animales peligrosos (que no se cazaban) se representaban también con cierta voluntad mágica de evitar sus ataques. Además, y según las conjeturas de Breuil, otro objetivo de las figuras era fomentar, mágicamente, la fertilidad de las especies que se iban a cazar.

Había bastantes indicios que apoyaban estas suposiciones de forma coherente, pero resultaban un tanto simplistas. El primer historiador que aportó una hipótesis más ajustada a la complejidad del tema, fue Max Raphaël en 1945.

Para Raphaël, las imágenes formaban conjuntos significativos en las que los animales se convierten es representaciones emblemáticas de carácter totémico, de clanes o de otras variables sociales. También observó la importancia de comparar entre la fauna consumida y la fauna representada.

Laming-Emperaire y Leroi-Gourhan hicieron una serie de estudios científicos que mostraron contundentemente las lagunas de la teoría de la magia de caza. En primer lugar, no había ni una sola imagen que, de forma indiscutible, representara una escena de caza en todas las imágenes estudiadas hasta ese momento. Si bien es cierto que aparecen animales heridos, no hay ni uno solo que aparezca muerto: todos aparecen vivos. Y lo que resultó más definitivo: no hay correspondencia entre los animales representados y las evidencias de animales comidos.

Por ejemplo, en la guipuzcoana cueva de Ekain aparecen representados caballos en un 60 por ciento y cabras en un 10 por ciento pero, sin embargo, el estudio de las presas cazadas señala un 65 por ciento de cabras, un 20 por ciento de ciervos y solamente un 0,5 por ciento de caballos. Parece claro que los caballos se pintan, pero no se comen y las cabras se comen mucho, pero se pintan poco.


Leroi-Gourhan, por su parte, se centra en la idea de la cueva en su conjunto concebida como santuario en la que existe un criterio significativo en la ordenación y disposición de las diversas pinturas. Hay una cierta sintaxis entre las imágenes que aparecen próximas. Otra cosa es saber qué es lo que significa esa organización de figuras.

Una aportación muy original es la de Lewis-Williams y su interpretación neuropsicológica, que retoma las interpretaciones chamanísticas de Mircea Eliade, entre otros. Según estos autores, los animales figurados serían la representación de seres sobrenaturales habitantes del inframundo y “buscados” a través de ritos chamánicos en estado de trance. Esta interpretación puede ser compatible con los hallazgos realizados en algunos yacimientos, pero no en todos, como reconocen sus seguidores. En todo caso, hay algunas cosas que sí se podrían destacar:

La gran maestría técnica de los artistas (mujeres u hombres) que las realizaron. Por lo tanto, probablemente son especialistas en este tipo de tareas, ya que, como escribió el pintor Vaquero Turcios, “los que entraban a pintar o a dibujar eran profesionales, en el sentido de que sabían perfectamente lo que hacían y lo habían hecho antes muchas veces”.

No estamos ante obras espontáneas sino cuidadosamente planificadas y ensayadas. Ha sido necesario previamente preparar cuidadosamente los pigmentos, elegir los instrumentos y el material de iluminación. A veces, incluso, ha sido necesaria la instalación de andamios.

Hay una cuidadosa elección de los emplazamientos de las imágenes y el tipo de técnicas que se utilizan. Parece clara la consideración del mundo subterráneo como un recinto sagrado.

Hay una relación inseparable entre las imágenes y su soporte material. El soporte de la imagen forma parte de la significación de la misma. No hay un marco que separe la imagen del resto de la superficie en la que se muestra: se ha buscado un “diálogo” entre la piedra y el significado de la imagen.

El propio material del soporte, la piedra, con sus texturas rugosas, con sus grietas que prefiguran líneas y formas, con sus colores plurales y matizados por el lento fluir del agua a lo largo de cientos de años, con sus relieves tridimensionales que sugieren contornos y volúmenes, es indudable que forma parte integrante del significado de la imagen.


Por ejemplo, en Altamira, los volúmenes naturales de la piedra se han aprovechado para sugerir la tridimensionalidad de los bisontes. Los volúmenes naturales se han subrayado con el dibujo en negro de los contornos y el relleno con pintura de las superficies interiores.

Se ha hecho de tal forma que es imprescindible el concurso de la luz y la observación desde determinados puntos de vista para apreciar las imágenes en toda su fuerza expresiva; incluso se puede apreciar la textura del pelaje y muchos otros detalles que suponen una gran capacidad de observación y de conocimiento de los mismos.

Estamos, por tanto, ante los testimonios de un universo simbólico que resultaba plenamente trascendente para las sociedades que lo compartían. Las profundidades de la caverna son un contexto en el que se puede establecer contacto con lo sobrenatural. Y, en ese contexto, la fuerza animal es el vehículo que alienta los ritos que permiten la comunicación con las fuerzas sagradas que animan y gobiernan la vida.

El proceso de génesis de las pinturas rupestres puede haber seguido este proceso: primeramente, las personas imbuidas de las capacidades adecuadas harían una búsqueda activa que les permitiera alguna forma de “comunicación” o acceso al universo sobrenatural. Frecuentemente utilizarían medios para alterar la conciencia ordinaria mediante el trance, o ingiriendo sustancias alucinógenas.

El resultado de estas experiencias religiosas son potentes imágenes mentales que es preciso materializar en algún soporte acorde con su importancia. Y las profundidades de las oscuras y silenciosas cavernas parecen bastante adecuadas.

Después, los iniciados explorarían las salas y galerías de las cavernas hasta encontrar el escenario idóneo para la teatralización de sus pinturas. Principalmente mediante el tacto, los artistas “dialogan” con las paredes, haciendo surgir de ellas a los poderosos espíritus animales. Se ayudan del grabado de las figuras, de los trazos que delimitan contornos y formas, de los colores que dan vida y que, por sí mismos, son instrumentos de poder.

JES JIMÉNEZ
  • 16.2.21
Ante la crisis que estamos atravesando en este momento, es inevitable poner el centro de atención en nuestros mayores, ya que se encuentran en un estado de vulnerabilidad constante. Pero pienso que cometeríamos un craso error si les atribuimos el papel de víctimas y no el de supervivientes. Si hay quienes pueden dar lecciones en estos momentos, son ellos sin duda alguna. Si hay alguien del que tenemos que aprender, es de ellos.


Antes, “la vejez” era la encargada de comunicar la experiencia y la sabiduría. Y ese concepto amplio estaba formado por personas llenas de veteranía que servían a la población como referentes, sobre todo a la población joven. 

En cambio, hoy por hoy se han cambiado las tornas y son los jóvenes infuencers los que sirven de ejemplo a los jóvenes. Recuerdo en mi adolescencia, incluso más atrás, en mi infancia, que mis referentes o ídolos sobrepasaban de largo la juventud: no eran personas cercanas a mi edad. Y los tomaba como referentes por su buen hacer en alguna de las disciplinas artísticas, por su ideología o por su experiencia. En definitiva, personas adultas que destacaban por la virtud construida por sus vivencias. 

En contraposición de ese “abuelo cebolleta”, abrazamos hoy al “joven inveterado”, que podríamos definir como un ser lleno de experiencia teórica que nos la comunica con la misma vehemencia que un señor mayor que ha sobrevivido a la guerra. 

Este joven influencer disfruta de una vitalidad intachable, una felicidad estoica impermeable y una experiencia en asuntos vitales que se podría considerar ardua y firme. Pero la realidad detrás de esos personajes no es más que una fragilidad sustentada en textos e imágenes. 

Estos influencers pocas veces se convierten en referencias reales de opinión, de crítica y de un camino que puedan seguir las jóvenes generaciones. Al menos, a largo plazo. Sustituyen a las personas mayores como fuentes de información y de sabiduría. Te dicen qué has de pensar pero no te ayudan a pensar. 

Los mayores, tras una larga vida, con traspiés y con la sabiduría que les da la experiencia, han pasado a un segundo plano, incluso a un tercero, al no ejercer con la misma sensación de vitalidad y entusiasmo. Los jóvenes, con la experiencia que les da la sabiduría, intentan aplicar de forma teórica soluciones no-prácticas a problemas antiquísimos de la humanidad. 

De esta forma, los jóvenes recogen el testigo de las personas mayores como fuentes de sabiduría y de experiencia Hay una distancia terrible entre la generación de los mayores y las nuevas, quedando los hijos de los primeros y los padres de los segundos en un lugar de enlace, no llegando a entender con exactitud qué necesitan unos ni otros, sin ser capaces de satisfacer sus propias necesidades por vivir para sus padres y para sus hijos. 

Podemos decir que se ha perdido una generación en el entramado social que, simplemente, ha servido de nexo de unión. Como ya he escrito varias veces, mi generación no ha sido criada para vivir una situación del calibre que estamos viviendo: hemos sido criados para trabajar para el Estado del Bienestar, sin cuestionarnos qué es el bienestar. 

Tengo claro que el concepto de bienestar no es lo que veníamos haciendo. Nuestra generación tiene un compromiso de responsabilidad y no es otro más que el de redefinir el Estado de Bienestar sin huir de nuestro sistema de valores primarios recogido por nuestros abuelos: La cultura del esfuerzo, del no despilfarro y de la conexión natural.

DANY RUZ
  • 15.2.21
Febrerillo el loco, desde luego, está para encerrarlo en el manicomio más selecto. Estos días traen a cualquiera fuera de sí. Afortunadamente, los días amanecen ya más temprano y los atardeceres se prolongan más allá del horario de los bares. Así que, en lontananza, veo cómo el sol se oculta tras las colinas sin un mal gintónic que echarme a la garganta.


Tienen estos días que anteceden a la primavera la sensación baldía de los amores enconados. Tal vez por esta razón, el 14 de febrero es día para celebrar con amor y con consumo, con regalos de obligado cumplimiento si no quieres que ella, o él, te miren sin otra intención que la demanda del mismo.

Estos días tienen una luz que no se agota y maridan a la perfección con una terraza, una o varias cervezas y esa mujer que advierte de vez en cuando que no andas –o no debes andar– solo por el mundo. Uno, con los años, mira la vida con perspectiva y no siempre con nostalgia. A la nostalgia le ocurre lo mismo que al colesterol: que la hay buena y la hay mala.

La primera te lleva a poder vivir una vez más los días de felicidad caducada que aún saboreas a grandes tragos. La segunda te atrapa en los bastiones oxidados del tiempo y te araña con dolor aquellas sensaciones perdidas que siempre quisiste conservar o revivir. Por descontado que ningún fármaco ayuda a disolver esa nostalgia espesa que alimenta los huesos muertos y las pesadillas que apagan otros sueños.

Hasta aquí llega el sol. Algo así decía George Harrison en una de las mejores canciones que cantó con The Beatles. A veces, cansado de días grises y de lluvias pertinaces, me gusta pasear por la ciudad sin mirar a ninguna parte, sin observar con detalle la urbe amazacotada, otras veces vacía, o hacerlo en la playa cuando el mar es una alfombra verde y azul.

Hay un calor modesto y acogedor que hincha las venas y una necesidad nuestra de buscar a la otra persona ahora que los días se abren como tomates de temporada. Hace años, cuando teníamos capacidad de decirle a los sentimientos que abrieran sus compuertas y nos dejaran noches de lujuria y alcohol, ella venía con un libro abierto, recitando los mismos versos de Pablo Neruda, abría una botella de vino y decía más tarde, convencida, que el mundo le sobraba todo entero entre aquellas paredes maestras y alquiladas de una juventud incandescente.

Ahora que el sol alumbra los últimos rescoldos de una pasión disuelta, nos gusta abstraernos en las mismas lecturas, andar los mismos caminos, vivir, aunque solo en el recuerdo, la belleza de un cuerpo perfecto, la noche con sus luces y sus sombras, los errores que siempre estuvimos condenados a acometer y a reincidir en ellos.

Hay en el azar una vocación inconsciente y pretenciosa por repetir la duda, el día único, el verso imborrable, una puesta de sol que nunca es diferente esté donde estés, la sensación última y primera de que cualquier momento feliz no se parece a ninguno otro ni en el caparazón in en sus entretelas.

Ahí llega el sol. Todo está bien. Cantaba Harrison. Después de un solitario, largo y frío invierno, las sonrisas están volando a los rostros, cantaba. He escuchado la canción cientos y cientos de veces. Miles. A los trece años, intoxicado de música, veía la foto del beatle incluida en el LP doble blanco y me veía igual. Lo decían mis amigos. Como si la música me hubiese mimetizado. Vivíamos en la música y por la música, como si la vida no tuviera sentido dentro de sus partituras. La vida era perfecta, simple, demasiado bella para ser real. Pero lo era.

Una amiga de entonces me confesó un día, después de muchos años sin vernos, que aquellos fueron los años más felices de su vida. Y en aquella otra vida ya muerta estaban las mismas melodías, el rostro de un hombre, las fiestas en desvanes, los cubalibres de ginebra. Siempre fueron de ginebra. Y ella vivía el presente con la consciencia de que el mundo de remontaba a treinta años antes. Te veo a ti, me decía, y lo veo a él.

Era una mujer hermosa, sencilla, radiante, de esas que se enamoran una sola vez en su vida. Ahora vivía casada, con hijos y con memoria. Quería a su marido, moriría por él. Pero no era igual. Ella ya estuvo enamorada. La vida es tan breve que en su mochila no se pueden almacenar demasiados sentimientos contradictorios, pero el cerebro es tan sabio que te permite existir de día y soñar de noche. Tal vez por esta razón los sueños, sueños son, citando al clásico. Una manera de soportar la existencia tal vez.

La verdad es que no vivimos una sola vida, sino retazos de varias o de muchas que soldamos al fuego como un hierro que nos sirve para marcar huellas de un tiempo y de otro, y después cada cual escribe el guion a su modo, intentando ensombrecer los días oscuros e iluminar los momentos mágicos.

Atrás queda siempre esa sensación que crece en los meses de lluvia, con los cielos nublados y un frío agotador que no es del sur. También hay que decirlo: estos tiempos se cotizan con un IVA añadido: el ronroneo del coronavirus.

No he vivido mayor ficción que esta pandemia. Nunca pensé, ni por asomo, que un simple virus pudiera arremeter contra una felicidad tan compacta como la que fabriqué durante años a prueba de terremotos y de otras sensaciones extraordinarias. Me veo ahora aquí con toda la logística imprescindible para convocar a los amigos y a ella a una celebración diferente y necesaria, excepcional.

Ella me escribe para decirme que no puede venir, que le gustaría, que la vida ha cambiado, que está cansada de soñar. Y yo le digo que no, que sueñe, que ahí los virus no tienen nada que hacer. Y le digo también que una amiga de mi juventud ha sobrevivido, enamorada de otro hombre, a un matrimonio, a dos hijos, sabiendo que la vida no repite otros momentos. Y le dije también, sin mucha convicción: también en esto hay mucha belleza.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 14.2.21
Todavía resuenan los ecos de la enorme nevada que se produjo en la mayor parte de nuestro país a principios del pasado mes de enero. Bien es cierto que los que vivimos en el sur de la península no llegamos a sufrir el intenso temporal de nieve y frío que otras ciudades y comunidades conocieron, generando grandes problemas en la gente y llegando a atrapar a conductores en muchas carreteras.


De forma global somos un país cálido, puesto que al encontrarnos en el extremo suroeste de Europa y cercano al continente africano nos libra de los fríos tan penetrantes que padecen algunos de los países del centro y del norte de nuestro continente.

Curiosamente, las nevadas pueden recibirse de dos maneras: como una pesadilla que hay que afrontar puesto que afecta al campo, al trabajo, a las salidas del hogar; o como una gran sorpresa de la que es posible disfrutar, como suele sucederles a los niños que ven una magnífica ocasión para jugar con la nieve.

Habría que apuntar una tercera opción, que es la que impregna a la mirada de los artistas: contemplar la belleza de los campos nevados, dado que es una de las manifestaciones más hermosas que nos ofrece cíclicamente la naturaleza.

Esta es la postura mayoritaria dentro de los pintores. No obstante, hay casos como el del cuadro La nevada, que nuestro insigne Francisco de Goya pintó en 1786 y en el que expresa los efectos de un temporal de nieve sobre un grupo de cinco caminantes que transportan un cerdo ya sacrificado a lomos de un mulo. Son ellos los verdaderos protagonistas de esta escena invernal.

Hemos de tener en cuenta que Goya fue un gran cronista de su época, dado que su pintura abordaba la vida tanto de los estratos más humildes de la sociedad a los personajes de la corte. No es de extrañar, pues, que los protagonistas de este cuadro sean trabajadores sufrientes que tienen que caminar en medio de un gran temporal de nieve para trasladar al animal porque forma parte de su trabajo. No era, pues, la contemplación estética del paisaje nevado lo que conduce al pintor de Fuendetodos a la realización de la obra, tal como acontecería años después con los impresionistas franceses.

El planteamiento de los artistas franceses del siglo XIX sería muy distinto al de nuestro gran pintor: ellos centran su mirada en la singular belleza de los espacios nevados. Así, para los impresionistas galos, no serán los personajes los protagonistas de las escenas que plasman con esa mirada fugaz que los caracteriza, sino los elementos de la naturaleza –caminos, calles, árboles, etc.- que aparecerán rociados con impolutos blancos, convirtiéndose en objetos de admiración por la belleza que muestran al ser contemplados.


Esto ya se aprecia en el lienzo de Alfred Sisley (1839-1899), titulado sencillamente Nevada. El blanco de la nieve que cubre el camino contrasta con los tonos ocres oscuros de los árboles, al tiempo que las figuras de los personajes apenas están insinuadas por el trazado rápido y la pincelada amplia característica de los impresionistas.

Pero sería Claude Monet (1840-1926) el pintor impresionista que registró con mayor frecuencia las intensas nevadas del norte francés. De este admirador incansable de la naturaleza he seleccionado tres cuadros suyos que paso a mostrar.


El más significativo de los que Monet realizó sobre esta temática es el que lleva el nombre de La urraca. Es un lienzo de una enorme belleza, dado que una pequeña ave se convierte nominalmente en la protagonista de la escena. Así, en la magnitud de la nevada que plasmó el pintor galo, el blanco se extiende por todo el cuadro, remitiéndonos al esplendor de un paisaje cubierto de nieve, al tiempo que, en medio de la fría soledad, es posible un soplo de vida plasmada en un pequeño pájaro.


Uno de los rasgos de los impresionistas era la captación de la fugacidad y lo instantáneo a la mirada del artista. Esto daba lugar a que en muchas ocasiones se vieran obligados a terminar sus cuadros en el estudio, donde se articulaban la experiencia directa vivida y la memoria visual para crear una nueva realidad. Es lo que sucede en este lienzo titulado Tren en la nieve que parece acercarse rápidamente al espectador. En la actualidad, la instantánea fotográfica podría recoger esta escena, algo que no era posible en el último tercio del siglo XIX.

En esta ocasión el blanco de la nieve se torna en tonos un tanto impuros por la presencia de la máquina que va desprendiendo humos sucios que impregna el ambiente por el que va pasando. En contraste con los otros lienzos, la naturaleza acaba siendo afectada por la mano del hombre que altera sus propios ritmos.


Monet, durante una época de su vida residió en Argenteuil, una ciudad francesa en la orilla del Sena y situada a 11 kilómetros al noroeste de París. En este lugar son frecuentes las nevadas invernales, por lo que el pintor aprovechó su estancia para plasmar en diversos lienzos la belleza de los espacios cubiertos de nieve. Este, de 1875, que acabamos de ver lleva por título Nevada en Argenteuil. En esta ocasión el blanco de la nieve se torna rosáceo, como si el artista quisiera manifestarnos que la luz del sol empieza a modificar los tonos blanquecinos que cubren el paisaje.

Quisiera cerrar este breve recorrido por la mirada del pintor cuando se enfrenta a situaciones singulares de la naturaleza reiterando que es posible contemplarlas con una visión diferenciada a las que llevan a cabo la mayoría de la gente que se centra en los aspectos más tristes o sombríos. Paradójicamente, en medio del desastre es posible encontrar un trozo de belleza.

AURELIANO SÁINZ
  • 13.2.21
No entiendo lo que está pasando. No sé si todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor es la verdadera vida o es un simulacro de ella. ¿Hemos vivido? ¿Estamos viviendo? Cada día me hago más preguntas y todas terminan en lo mismo. ¿Qué es la vida? ¿Realmente somos dueños de nuestro destino? ¿O nos hacen creer eso y simplemente estamos manipulados como sociedad? Me vienen tantas cosas a la cabeza que, sinceramente, no sé por dónde empezar.


Siempre me he preguntado qué es vivir y por qué en muchas ocasiones de mi vida no siento que estoy viviendo. ¿Vivir no era estar viva? Tú y yo estamos viviendo. Cada uno guía su camino, su vida como quiere. Pero, si te apartas un poco del camino y lo ves desde más lejos, te das cuenta de que el resto de personas va hacia la misma dirección. No todas toman el mismo trayecto, pero todas llegan al mismo final.

He intentado correr en dirección contraria y no por tener miedo de llegar al final, sino por el simple hecho de sentir que, a pesar de los incontables caminos que existen, todos se guían por lo mismo: los de arriba.

Aléjate un poco más y mira todo tu alrededor. Contémplalo y no tengas prisa. Piensa todas las veces que has encendido la televisión. Siempre son noticias negativas: asesinatos, despidos, pandemia, miedo, incertidumbre... Si existen cosas buenas, ¿por qué no nos hablan de ellas? Porque la vida digna no la ponen al alcance de todo el mundo. Cuando debería ser un derecho vital poder vivir de verdad. Pero no es así.

Estudia. Estudia mucho para conseguir un buen trabajo. Es una de las frases que más me han repetido desde pequeña. Estudia y asegúrate un futuro. Y cuánto más le escucho, más me pregunto: ¿qué es de todas esas personas que quieren enriquecerse y no pueden? ¿Por qué querer saber sale tan caro? Dinero por unos conocimientos básicos. Y si después de conseguirlo quieres seguir estudiando, pagas el doble. Tanto dinero para luego ¿qué? Llegar a la cola del paro. De echar currículos en cualquier esquina y cruzar los dedos para tener un pellizco de suerte.

Te dicen que estudies para que te prepares. Pero que alguien me diga quién nos prepara de verdad. Te estoy hablando de estudiar como podría estar preguntándote por qué siguen muriendo personas de hambre. Y es que, si siguiera preguntando, no acabaría jamás. Pero quiero que llegues a entender todo lo que me está quemando por dentro.

Quien tiene la información tiene el poder; y quien tiene el poder, lo tiene todo. Ya no hablo de dinero. Qué fácil es llevar a las personas al rebaño con mentiras, manipulaciones y no dándoles la visión completa de la puñetera realidad.

Nos hacen vivir con miedos. Con la incertidumbre de lo que nos pasará mañana. ¿Cuántas familias están siendo desahuciadas por no llegar a fin de mes? ¿Cuántas han movido cielo y tierra para intentar conseguir vivir? Pero no pueden. No pueden vivir porque tienen la soga puesta al cuello. 

Trabajan, pero sus sueldos son de vergüenza. Porque trabajan sin parar y, aun así, no les llega para lo esencial. ¿No os estáis dando cuenta? ¿Cuántas personas hay intentando sobrevivir? Dejándose la piel día a día. Luchando para cumplir los caprichos de otros.

Volvemos a lo de antes: ¿por qué dicen que estudies para conseguir un buen futuro si conozco a personas con varias carreras, másteres y doctorados y están en la puta calle? Porque primero entra el primo de no sé qué colega; luego, este que da bombo y esta que está buena. Así de duro y así de claro. Podría ponerlo con otras palabras más bonitas, pero bienvenidos a la realidad que nos toca soportar.

Y habrá quien me diga: pues yo he estudiado y trabajo en lo que me gusta. ¡Qué suerte tienes! Poder invertir tu bien más preciado, tu tiempo, en algo que te hace sentir bien y es recompensado. Que si se quiere, se puede. Me he dicho mil veces esta frase. Millones, para ser exacta. Y cada vez estoy más segura de que me la repito por no rendirme ante el egoísmo de otros.

“Si se quiere, se puede”. Desde pequeña he pensado que he nacido para hacer algo bueno en la vida. No tengo ni la más remota idea de cómo hacerlo. Pero lo que sí tengo claro es que por mucho que me manipulen y quieran marcarme el camino, no podrán. Aunque tenga que dejarme la piel en él para seguir, pienso dejar huellas por un cambio mejor.

Si yo estuviese leyendo esto, me gustaría saber cuáles serían los cambios. Pues bien, cuando hablo de “cambios hablo de igualdad. De ponernos a todos en la misma línea. Con las mismas posibilidades para elegir. Si trabajamos de algo, que el sueldo sea digno y nos haga llegar a casa sin la ansiedad por no llegar a fin de mes. Que podamos seguir creciendo y aprendido.

Que haya más ratos de vida y no de robotización. Más valores. Más humanidad. Más realidad y menos mentiras. Más querer y menos herir. Más progresar por algo mejor y no retroceder para caer en el mismo error de sociedad.

Quiero que nos sintamos plenos en el camino al único final: la muerte. Quiero que desaparezca ese tabú. Ese miedo que existe sobre la muerte. Me da más miedo la vida que la propia muerte porque vivir como estamos viviendo podría considerarse un infierno. La inmensa mayoría vive con el corazón acelerado, desmotivado, perdido y agobiado.

Quiero más bien y menos mal. Quiero un camino que nos enseñe y que, cuando lleguemos, nos sintamos orgullosos de cada paso dado. Bastante difícil es vivir como para permitir que otros nos compliquen la vida más de lo que ya nos la podemos complicar nosotros mismos.

Vivid y dejad vivir.

MERCEDES OBIES
  • 12.2.21
En primer lugar y para que no surjan dudas os confieso –queridas amigas y amigos– que me gusta el Carnaval pero también os digo que –como me ocurre con el fútbol, con la política y con el periodismo– lo vivo de una manera moderada, sin excesivo apasionamiento, sin idolatría y sin fanatismo. Por eso procuro mantener cierta distancia que me permita disfrutarlo y, además, analizarlo y criticarlo.

En mi opinión, las agrupaciones nos muestran unos espejos, cóncavos o convexos, en los que se reflejan, alargados o achatados, nuestros rostros y nuestros gestos, nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestras aspiraciones y nuestras frustraciones.

Este año, debido a la crisis sanitaria, se han suprimido todos los actos púbicos, no saldremos a las calles y a las plazas pero podremos disfrutar con el buen humor de las coplas desde nuestros hogares gracias a la televisión.

El buen humor, aunque no está relacionado necesariamente con el amor, sí tiene mucho que ver con la amabilidad. Por eso aplaudo el humor que humaniza las relaciones humanas, ese humor al que se refieren muchos de los amigos que nos visitan, cuando nos dicen que el rasgo que más les llama la atención es el fino e ingenioso humor de los habitantes. Se refieren al humor amable que ha de constituir para nosotros un reto, un desafío y una responsabilidad.

El humor es un lenguaje que la Estética lo considera como arte, la Poética como resorte literario y la Antropología como una manifestación cultural: es la consecuencia natural de la facultad humana del lenguaje que puede servir para construir la sociedad o, a veces, para destruirla. Por eso, justamente en estos momentos de preocupación por la dichosa pandemia, nos viene bien condimentar nuestra convivencia ciudadana con algunas pizcas de la sal y de la pimienta de nuestro buen humor.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR
  • 11.2.21
Para escribir estas líneas he consultado distintas fuentes que han informado sobre el personal que se ha colado para vacunarse antes de tiempo. La lista de osados la engrosan políticos de todos los colores, pero de segundo orden; consejeros de Salud; algunos “sindicalistos”; liberados sindicales; unos cuantos obispos; algún militar... Entre los cargos políticos abundan alcaldes que hasta les parece normal saltarse la cola.


La vacunación de la primera dosis está siendo controvertida y aun no ha terminado por razones mil, entre ellas, la falta de dosis disponibles. La primera vuelta al ruedo ha acumulado cantidad de reveses, confusiones varias y, cómo no, irregularidades por doquier. Entro en el tema partiendo de una referencia emitida en su momento por la Delegación Territorial de Salud y Familias de Huelva y la réplica de la oposición.

Cito: la Delegación Territorial de Salud y Familias de Huelva establece que, realizada la vacunación del personal considerado de primera línea (urgencias, UCI y hospitalizados de covid), se vacunará al resto de profesionales de hospitales y centros de salud, incluidos los equipos directivos.

El portavoz socialista en el Parlamento Andaluz ha exigido la “dimisión inmediata” del gerente del Hospital de Riotinto por saltarse el protocolo con el silencio cómplice de las autoridades, acto que es una “inmoralidad” por parte del servicio de Salud. En cualquier caso, está claro que unos acusan por el abuso y otros dicen que la información de dicho adelanto es un bulo.

Bulos sí, bulos no… La cuestión es que la lista de infiltrados es amplia y está repartida por todo el país. Sean del color político que sean, todos los que se cuelan lo hacen mal y se aprovechan de su cargo político incluso para colar a algún que otro familiar. En el paquete de infiltrados aparecen sujetos de todos los colores y edades.

Las muchas razones que se han podido dar para justificar vacunarse han sido variadas: unos para dar ejemplo y animar a los reacios; otros alegando que sobraban dosis, o que había que aprovechar los restos que quedaban. Lo que más molesta de este embrollo es la cara dura y la desfachatez que manifiestan algunos de los infractores.

Algunos obispos, alegando que son ya mayores, aprovechan la ocasión para visitar la residencia de curas jubilados donde serán vacunados también. Las casas sacerdotales son consideradas como residencias de mayores.

El obispo de Mallorca fue el primer caso que saltó a la prensa. Afirman que la propia residencia de sacerdotes incluyó al obispo “siguiendo criterios de Salud”. “Lamentan la confusión que haya podido crear esta situación y manifiestan que en ningún momento hubo intención de actuar en contra del protocolo establecido por la autoridad sanitaria”, concluye la nota del Obispado.

El obispo de Córdoba, que tiene 71 años, alega riesgo por la edad y que es residente de la casa sacerdotal San Juan de Ávila, razón que le da derecho a ser vacunado junto con el resto de curas que viven allí. El obispo de Alicante (74 años) se vacunó con dos directivos del complejo sacerdotal. Se justifica por la vinculación “sanitaria” con la residencia. El obispo de Tenerife también se salta el plan de vacunación.

A modo de "noticia de última hora" hay que añadir al obispo de Cartagena, que ha terminado pidiendo disculpas y reconociendo que no supo calcular las consecuencias. “Estoy dolido y lamento esta situación. Pido perdón… Lo hice para animar a la gente”, hemos podido leer en El País.

Todos ellos “lamentan la confusión y piden perdón por el malestar que haya podido provocar este hecho”, excusa que, dentro de lo que cabe, aun se podría soportar. Lo que no tiene perdón es que se nos digan: “Lo hice como un acto de bondad hacia los demás, para dar ejemplo”. 

El obispo mallorquín dice que actuó así por buena voluntad para animar a que se vacunasen los remisos. Buena voluntad que no falte o, mejor, “hay que predicar con el ejemplo”. Me van a disculpar pero tal explicación suena a puro descaro.

Por lo general, los obispos viven en la sede episcopal y algunos tienen “un apartamento en la residencia y mantengo contacto estrecho con los residentes”, dice el de Mallorca. Digamos que se han acogido “a sagrado” durmiendo en las casas sacerdotales, donde viven religiosos jubilados. También han alegado que “ya son muy mayores”.

¿Cuántas personas son mayores de edad y de momento aun no hay posibles fechas de aviso? Cuando toque seremos vacunados mayores, medianos y menores si es necesario. Se trata de esperar turno, amén de los altos cargos que queden por vacunarse.

Lo que sigue procede de un comentario hecho a un artículo. Me hace reír por no llorar. Dicen: “Sean del partido que sean, está mal vacunarse sin respetar el orden establecido, considero que el movimiento LGBT debería tener preferencia… Llevamos tiempo sin follar por culpa de la pandemia, con el riesgo de contagio que conlleva… Solicito al Gobierno, si de verdad es de progreso, nos den preferencia…Siempre hemos sido votantes leales de la izquierda y pedimos sentirnos recompensados”. ¿Vil chantaje? ¿Amiguismo? Piensen lo que quieran.

ABC recoge una propuesta que defiende un compromiso ético que comprometa a que ningún cargo se vacune antes de que le toque. Interesante pero parece que hay pros y contras a tal compromiso. Hay que decir que la corrupción no viene solamente por cuestión de dinero. Hay muchos y variados tipos de corrupción y el dichoso coladero para vacunarse es uno de tantos. Es más, creo que dadas las circunstancias sanitarias, es grave en la medida que pueda interferir con personal de alto riesgo.

Cinismo, cara dura, favoritismo, aprovechamiento del cargo que se esté ocupando, desprecio a los demás... Todos ellos podrían ser calificativos más que suficientes para protestar y, sobre todo, para que se puedan condenar, al menos moralmente. Claro que “si dicen, que dizan…”. Eso es lo único que pueden alegar.

Una cuestión debe quedar clara: ante todo hay que ser honesto con uno mismo y, por supuesto, con los demás. Frecuentemente pedimos honestidad a los demás mientras cada uno de nosotros se la salta a la torera. De juego sucio puede que estemos hasta el cogote en esta España que nos ha tocado vivir…

Muchas de las excusas que se están dando por parte de los que se saltaron el turno suenan bastante mal. El mayor de los errores que se puede apuntar es creerse las propias mentiras. Llevamos un largo periodo de tiempo sembrado de mentira tras mentira. Engañar a los demás es grave, pero engañarse a sí mismo rebasa toda justificación. Es la sensación que subyace en las excusas dadas hasta ahora por la mayoría de interfectos.

Hay que manifestar total honradez, tanto en lo que se hace como en lo que se dice. Por doquier se está reclamando un compromiso ético por parte de la autoridad competente en una situación tan dura y peligrosa como la que estamos viviendo. Los ciudadanos de a pie tenemos la impresión de que están jugando con todos nosotros. El premio es la salud, la vida... Desgraciadamente, los noticieros hablan de muertes.

Queda en el aire una gran interrogante: ¿Quién o quiénes y cuántos se han vacunado hasta la fecha, incluidos cargos políticos? Indudablemente, los rumores ciudadanos apuntan a distintos frentes. Al final queda reducido todo a “quien tiene cargo político, tiene influencia para ello”, con lo que el rumor se convierte en un comadreo continuo y generalizado que va ganando terreno .

En las altas esferas (amén de las personas ya citadas en prensa), ¿nadie ha incurrido en un adelanto de la vacuna? Silencio, por favor. Los adelantados parece que aumentan conforme pasa el tiempo; otro cantar es que se sepa o que se filtren. En este caso, el silencio es oro para salvaguardar la salud político-pública de los supuestos personajes.

Por cierto, hay toda una lista de empleados públicos y algún que otro grupo, incluidos algunos sindicalistas, entre alcaldes, algún diputado y algún concejal que ya ha recibido su dosis correspondiente con justificaciones tales como “no me gustan las vacunas. Lo hice por mis técnicos”. O “me vacunaba yo con ellos, o ellos tampoco se vacunaban”.

¿No estamos todavía hartos de corrupción? Estos hechos son ejemplos claros de dicha corrupción. Se saltan las normas en un momento en que la salud es un tema de urgencia para todo el país. El problema es de fondo: somos una sociedad en descomposición en la que el honor y la honradez han dejado de significar algo importante para la salud ciudadana y, por supuesto, política.

PEPE CANTILLO
  • 10.2.21
El caso catalán es ilustrativo, de un tiempo a esta parte, de la lógica mediática que nos gobierna y que se extiende, a día de hoy, a los comicios del 14F. Hablamos de un modo de concebir y hacer el periodismo que nada tiene que ver con el oficio y, mucho menos, con las exigencias deontológicas que, se supone, rigen en un sentido normativo la praxis de los profesionales de la información.


Así, cuando Julian Assange demostró que la injerencia en redes en el referéndum por la independencia no fue ni de Rusia ni de Venezuela, sino de la propia NSA, El País, sin pudor ni sustento alguno, dio crédito a declaraciones del Gobierno al respecto para afirmar, sin pruebas, exactamente lo contrario. Una dinámica que podría ser normal en la prensa basura, que todos tienen en mente, pero no en un diario de referencia.

Y por ello estamos como estamos, aun siendo conscientes de que el problema catalán difícilmente se resuelve con agitprop. El tratamiento sesgado, tendencioso, irreflexivo y, cuando menos, de baja altura de miras, es de hecho el principal obstáculo a todo diálogo y salida política al conflicto generado por el arte de la no intervención de M.R.

No sabemos si por el coeficiente intelectual de la derecha o por la impronta del pujolismo, el caso es que los medios, lejos de mediar, azuzan e incendian el paisaje político con pocas o nulas capacidades de recuperación. Salvo contadas excepciones, como la de Lluis Bassets, los opinadores y editorialistas del sistema informativo mainstream emulan el modo de actuación de los camisas pardas.

El caso del panfleto de Cebrián es, en este punto, hasta sangrante, como lo es el secesionismo y la construcción nacional por otros medios de la gran mentira. Por ello parece claro que el debido y necesario internacionalismo y la vía federal y solidaria de una República como proyecto de nueva forma Estado de futuro para la convivencia pasa, hoy más que nunca, por un nuevo sistema de comunicación que supere el déficit democrático en España, consciente de que hemos llegado hasta aquí por una narrativa falsa, por ficciones nacionalistas, de ambos lados, y por la deriva xenófoba que el austericidio promueve en forma de aporofobia y odio al distinto.

En otras palabras, las cuentas y los cuentos nacionalistas en Barcelona y Madrid tienen sus víctimas: la verdad es la primera de ellas. Imaginen qué otras más, considerando el pacto de las burguesías catalana y central, dictaduras mediante, que a lo largo de la historia han procurado encubrir la vergüenza del expolio. Por lo mismo resulta preocupante que la izquierda ampare semejante proyecto de esquilmación sistemática, más aún si pensamos desde Andalucía.

Claro que el panorama mediático no contribuye en nada a la meridiana claridad política cuando columnistas como Teodoro León Gross equipara a Pablo Iglesias con Trump, mientras se denuncia la ficción democrática del régimen del 78, resultado de una herencia monárquica corrupta y despótica, heredera del franquismo. Dicho esto, cabe esperar que el 14F los catalanes voten libremente, aún con covid, el futuro de la autonomía.

Nadie votó la forma Estado en la transición, sino la Constitución que las élites impusieron con la amenaza del ruido de sables por testigo. Nada nuevo bajo el sol. Relean los escritos de Vázquez Montalbán sobre ello. Son colaboraciones en Mundo Obrero del 77 y siguen estando vigentes hoy, que toca agitar el tablero mediático a golpe de tuit, mientras encarcelan a Pablo Hasel por decir verdades como puños.

El enjambre de las multitudes en la colmena digital está de momento exento de la lógica de captura que impone el sistema informativo. Pero es sabido que, en España al menos, se impone la inquina sorda y continua del escaparate catódico (no olvidemos que constituye la dieta básica de los españoles, como antaño el NODO) a la hora de denunciar la intromisión rusa –nunca la de Estados Unidos, claro está–, pese a que esté más que comprobada, como en el Brexit.

De ello fuimos testigos al invitar a Julian Assange a abrir el congreso Movenet como Compoliticas. En su intervención, los medios nacionales y la prensa local reprodujeron la crítica del fundador de Wikileaks al papel del Estado español en el control de las redes con motivo del referéndum. Pero la prensa se quedó con la versión mejor acomodada.

Los proyectos como East Stratcom Task Force de la UE, la constatación de más de tres millones de cuentas falsas en Twitter y de cuerpos de seguridad como la Guardia Civil en la red pareciera una anécdota frente al poder ruso y sus terminales informativas (Sputnik, Russia Today y los centros trolls de Moscú). Curioso razonamiento en la era de los memes, Hoaxy y los dispositivos de captura y control. Y curioso periodismo el del orden reinante en nuestra patria.

Se ríen de lo del Capitolio y Trump en Washington cuando emulan a diario lo que Saul Bellow define como moronic inferno, el modo cultural de un tiempo propicio, como advirtiera Eco, para la legión de imbéciles que proliferan cual patizambos en la red: entre la estulticia, el narcisismo selfie o la liturgia esclerotizante de la banalidad del mal.

Por fortuna, siempre nos queda la libertad de pensar, el recogimiento como acogimiento, la paz y la palabra, el derecho de reunión y manifestación, los muros de las calles y las calles y alamedas sin muros, el espacio público y la pública voluntad insumisa de habitar en común.

Por tener, tenemos incluso los bares y tabernas, bien es cierto que ahora provisionalmente restringidos, pero en esta tierra que nos reúne, ha sido la semilla de vientos de libertad: de 1812 hasta nuestros días. Volveremos a las plazas, en Cataluña y en el resto de España. Al final inevitablemente se impone el principio de necesidad.

FRANCISCO SIERRA CABALLERO

DEPORTES - MONTALBÁN DIGITAL

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