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  • 5.12.19
Las palabras “juego” y “jugar” proporcionan una amplia gama de definiciones según la actividad a la que hagan referencia. La RAE ofrece una veintena en cada uno de dichos conceptos. El término “juego” hace referencia desde “entretenimiento o diversión” a “habilidad o astucia para conseguir algo”. Por su parte, “jugar” alude a “tomar parte en uno de los juegos sometidos a reglas por diversión, por vicio o con el fin de ganar dinero” (sic).



En la antigua Grecia, la locución “juego” apuntaba a las acciones propias de los niños y expresaba lo que entre nosotros se denomina hoy “hacer chiquilladas”. Para los hebreos, la palabra “juego” aludía al concepto de “broma y risa”. Entre los romanos, “ludo” significaba “alegría”, “jolgorio”.

El juego suele ir, en la mayoría de casos, enredado con motivaciones y actitudes muy diversas. Los niños juegan por el placer de jugar, para divertirse; es lo que podríamos llamar “juego puro” puesto que carece de segundas intenciones; mientras que en los adultos entran en el lote diversas motivaciones a veces más importantes que el juego.

Una de estas motivaciones es la de ganar dinero. Ésta es la que nos conduce a una dependencia, a un caer prisionero de la propia actividad. Me refiero al juego como vicio, como enfermedad, como patología. Bien es verdad que, en ocasiones, el mero hecho de jugar para ganar se convierte en una dependencia en sí misma. Todos los juegos de azar llevan implícito el saber jugar y el placer de ganar.

Los tipos más frecuentes dentro de los llamados juegos de azar son: las cartas con baraja francesa o española que, en teoría, son repartidas al azar, aunque dicen que pueden ir marcadas, ayudando así a la suerte. Juego de dados que se lanzan y… ¡suerte!

En los juegos de casino entran las máquinas tragaperras cuya suerte depende de unos bombos que previamente hay que elegir y los rulos darán o no la suerte. En Cara o cruz, la fortuna depende de cómo caigan unas monedas lanzadas previamente al aire. En las apuestas deportivas se arriesga dinero por uno de los equipos que participan.

Hay otros juegos de azar como las carreras de caballos, el bingo, las quinielas que también entran en el paquete y la conocida lotería que, entre nosotros, se juega cada semana y cuyo desmadre acaece por Navidad. Digo “desmadre” porque somos muchos los que compramos uno o varios décimos y a esperar la suerte con el “Gordo” de Navidad o con la del “Niño”. Dentro de la lotería hay otras muchas modalidades.

Curiosidad. La lotería como juego no nació ayer. Se jugaba por entretenimiento en la Roma imperial o entre la nobleza de la Edad Media. En España aparece en el reinado de Carlos III y su finalidad era aumentar los ingresos de la Corona. Parece ser que fue una copia de la francesa, aunque para muchos la original procedía de Italia: era la llamada “Lotta” que significa “lucha entre el jugador y la suerte”. En España será definitivamente oficial en 1811 como Lotería Nacional.

Los juegos de apuestas implican arriesgar una determinada cantidad de dinero o bienes materiales con la esperanza de que algo, como un juego, un evento deportivo tendrá un resultado favorable para quien juega, cuestión que depende del puro azar. La cantidad apostada, en caso de acierto se rescata a expensas de las pérdidas de los demás.

La invasión de información sobre cuestiones alrededor de los juegos es irritante sobre todo cuando va sobrecargada de bulos. En el caso del juego con dinero de cargante ha pasado a ser agobiante para el jugador.

Para escribir estas líneas he consultado distintas fuentes y como la palabra mágica es “juego” ahora, cuando entro en cualquier página, los anuncios de juego brotan como setas después de una buena lluvia.

Otro ejemplo que debemos tener en cuenta: los periódicos digitales bombardean con infinidad de ofertas, regalo de dinero para quienes deseen jugar online o de “cuerpo presente”. Esto suena mal pero no solo se está muerto porque se acabó la vida, también se puede estar muerto por las dependencias. He hecho una transferencia verbal con toda la intención.

En referencia a la prensa digital señalo y remarco una serie de noticias relacionadas con el juego. Las ofrecen con apariencia de curiosidad pero están manchadas de miserable incitación. La prensa sabe despertar la curiosidad del lector para que lea tal informe.

Cito ejemplos sacados de algunos digitales. “Tarda 4 días en comprar lotería porque no le gustaba el número y gana 50.000 dólares”. “Se equivoca al rellenar la lotería y gana dos veces el primer premio, sin querer”. Pregunta tonta: si no quería, ¿por qué juega?

Sigo. “Una familia gana la lotería y se pasa la noche sin dormir porque no se lo creen”. “Gana 4,1 millones de euros en la lotería tras cambiar un número que le recordaba a su ex marido”. “Ganan un millón en la lotería gracias a su gato hambriento”. “Les toca la lotería (otra vez) 12 años después de ganar el premio gordo”.

“Ganó la lotería con 4 compañeros de trabajo y huyó del país para no darles su parte”. “Un acertante de segunda categoría en el Euromillones gana 572.000 euros y ya hay un bote de 47 millones”. ¿Curiosidad? No, es el punto de apoyo de la prensa para incitar a los lectores.

Cierro este rosario con el “European Póker Tour, la gran bacanal del póker en la que participan deportistas famosos”. Ídolos populares a los que es fácil imitar en diversas cuestiones (vestimenta, cortes de pelo,… y cómo no, en juegos de azar).

Una referencia a una noticia que no tiene desperdicio. Según información extraída de El Confidencial “La Liga de las apuestas: 19 de los 20 equipos se rinden al dinero del juego online”. “El único club de Primera División que se resiste a asociar su nombre con una casa de apuestas es la Real Sociedad”. Detalles. El anuncio que sale con la noticia es de un casino que “te regala 20 euros y juega ahora”. Eso sí, en la pegatina donde aparece la bandera estatal indican “18+” y se entiende que es para mayores de edad.

“LaLiga presume de estar en la vanguardia en la lucha contra ese fraude” y de paso se beneficia de dicho patrocinio. Según el citado texto,“en 2017 se jugaron 5.500 millones. Y en el primer trimestre de este año ya iban 1.600 millones”. Pregunta inocente ¿queda alguien que pueda presumir de honradez, o de no estar “untado”?

Estas noticias de prensa saben despertar la curiosidad del lector y de ésta se puede saltar a la acción que es jugar. Si los locales de juego han aumentado mucho, la curiosidad ha “picado” aun más. De entrada te regalan una pequeña cantidad para que juegues…

Parece ser que el juego en general y la dependencia de él en particular, están creciendo a pasos de gigante. El perfil de una persona adicta al juego, por norma general, “suele ser hombres entre 40 y 50 años de media”. Según otras fuentes “el tipo de jugador suele tener entre 18 y 43 años”. El dato cierto es que en los últimos años “ha habido un aumento notable entre los más jóvenes, incluidos los menores de edad”.

Estamos ante una dependencia que los expertos no acaban de catalogar. Enfermedad psicológica, trastorno del control de impulsos, problemas de falta de voluntad. Lo único claro es que esta dependencia se le llama “ludopatía”. Un buen número de investigaciones han concluido en que la ludopatía constituye un trastorno adictivo y que, por tanto, puede clasificarse como enfermedad mental.

PEPE CANTILLO
  • 3.12.19
Nadie ha hecho tanto por la República que los tertulianos de Jorge Javier Vázquez. Y no es una boutade. La llamada "prensa del corazón" abrió la veda y hoy discutimos a diario la ausencia de transparencia de La casa real, los amores y escarceos de Juan Carlos I, las aventuras de Leticia, cual novia a la fuga, en su palpitar plebeyo, y la deriva patética de la prole sucesora que recuerda comedias de situación como los de Isabel II, salvo que no hemos de esperar la crónica en los diarios o los rumores sobre la Corte que circulaban antaño en Madrid.



Hoy la monarquía no se salva gracias a la televisión que no solo une a la familia, sino que ayuda a separarla. Si el pueblo no fue salvado, y la banca sí, a algún chivo expiatorio habría que sacrificar. Donde manda capital, no manda monarquía.

El lenguaje honesto, hipócritamente moderado, virtuosamente lleno de lugares comunes de Felipe VI no pasa el polígrafo, les aseguro. Su más profundo sentido en labios del autócrata lo revela la Bolsa de Madrid. De ahí que no convenza ni sirva como lenguaje provenzal.

Se impone, poco a poco, el sentido común de la gente. Falta ahora dar forma a la alternativa democrática, transversal y antagonista: una suerte de PGB, el Partido de la Gente del Bar. Doy ideas por si algún errejonista descarriado le da por seguir jugando aunque, si se trata de jugar, mejor que acudan a la rueda de la fortuna que no estamos para pendejadas de saldo, liquidado como anda el país, en llamas (no las de París y los chalecos amarillos) sino quemados, en medio del desierto y el pastizal amenazando el apocalipsis con algunos lobos solitarios como Aznar anunciando el fin de la historia y de España. Mientras se impone, como avanzara Barthes, el mito de la fortuna.

Como en Francia, en el siglo XIX, la televisión nos hace un calvo: el sentimentalismo de la Lotería, una promesa de ganancia destinada, en su origen a embarcar a vagabundos de París para California. De una parte se quería que los sueños dorados desplazasen los sueños socialistas del proletariado parisino, y que la tentadora perspectiva del premio gordo desplazase el derecho doctrinario al trabajo.

Naturalmente, los obreros de París no reconocieron en el brillo de los lingotes de oro de California los opacos francos que les habían sacado del bolsillo con engaños. Pero, en lo fundamental, se trataba de una estafa directa, como a diario hace el IBEX35 en nuestros días con la promesa, siempre aplazada, de recuperación y bienestar.

En fin, no sé qué les iba a contar. Veo que se me ha ido el santo al cielo, o el razonamiento al chiribís de la tertulia. El caso es que necesitamos Sálvame, tanto como los bares, donde la esperanza aguarda embozada en cada esquina.

FRANCISCO SIERRA CABALLERO
  • 2.12.19
Periódicamente surge la polémica sobre los colegios concertados, la mayoría de ellos de titularidad católica, y el supuesto derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos y el centro donde escolarizarlos. La última diatriba la generó unas manifestaciones de la ministra de Educación en funciones, Isabel Celaá, en las que aclaraba que la Constitución española no consagra, específicamente, el derecho a elegir centro.



Estas afirmaciones de la también portavoz del Gobierno han soliviantado a la patronal de la enseñanza concertada, a los portavoces de los partidos de la derecha y a los obispos de la Iglesia católica. Con tantas voces en algarabía, más parece que asistimos a un conflicto de intereses o ideológico que educativo.

La escolarización en España es obligatoria y el Estado garantiza que cada alumno tenga acceso al nivel de enseñanza que corresponda por edad. Para ello, la Administración crea y dispone de colegios públicos que imparten desde la Educación Primaria hasta la Secundaria Obligatoria (de 6 a 16 años). También dispone de centros reglados de ciclos de Bachillerato y Formación Profesional para aquellos alumnos que finalizan la etapa básica obligatoria y aspiran continuar estudiando (16 a 18 años).

Una vez cursados los niveles de Bachillerato o los grados superiores de Formación Profesional se puede acceder a la Universidad, lo que se facilita mediante becas de estudio en función del rendimiento académico y la capacidad económica familiar.

En otras palabras, desde que se sale de la guardería y se llega a las puertas de la Universidad, todo español tiene garantizado su derecho a la educación y dispone de colegios públicos en los que recibir la formación correspondiente. Esta red estatal de centros de enseñanza es, como no podía ser de otro modo, pública y laica, y adecuada al tipo de enseñanza y modelo educativo que el Estado determina mediante la preceptiva Ley Orgánica que ordena y regula el sistema educativo de España.

Pero, además, y de forma complementaria, existen centros de titularidad privada con los que la Administración suscribe acuerdos para escolarizar aquellos alumnos que, bien no disponen de un centro público en la zona, o bien son elegidos por sus padres, fundamentalmente, por dos razones: la orientación religiosa (católica, por supuesto) o el nivel socioeconómico del alumnado.

La concertación se estableció en 1985, mediante la Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE), para universalizar la enseñanza básica, obligatoria y gratuita, y porque no existían centros públicos suficientes para cubrir tal objetivo. Con esta opción, el Estado financia determinados centros privados que se integran en el sistema, obligándolos a adoptar los mismos requisitos de admisión y funcionamientos que los públicos; al menos, en teoría.

Este sistema, que en principio era “provisional” hasta tanto la red pública satisficiera toda la demanda, se complicó cuando se transfirieron las competencias educativas a las comunidades autónomas, ya que éstas podían incrementar las unidades concertadas de colegios privados. Y, de hecho, las gobernadas por partidos conservadores, concretamente el Partido Popular, aumentaron la “ratio” de concertados en la enseñanza obligatoria, conforme a su ideario favorable a la iniciativa privada y, por tanto, a la educación y centros de carácter privados.

Ello ha ayudado a cronificar –en vez de erradicar: objetivo de la educación– las desigualdades por barrios, ciudades y regiones, provocando una especie de gentrificación de la educación. Tal “elitización” del alumnado se consigue, aunque en puridad no tengan permitido seleccionarlo, al imponer cuotas “voluntarias” que no todas las familias pueden abonar, con las que “filtran” el acceso de alumnos pertenecientes a los estratos sociales más pudientes. De ahí que la implantación de los centros concertados se concentre en zonas de mayor renta y en territorios gobernados tradicionalmente por la derecha.

Es lo que explica, por ejemplo, que la mayor concentración de centros concertados radique en el País Vasco, Madrid, Navarra, Islas Baleares, La Rioja, Cataluña y Castilla y León, y que la escuela pública acoja al 80 por ciento de los alumnos inmigrantes, pese a escolarizar el 70 por ciento de la población total, y la concertada un escaso 14 por ciento de inmigrantes, con cerca del 30 por ciento del total de alumnos.

Sea como fuere, la realidad es que casi el 30 por ciento de la enseñanza obligatoria es concertada y que seis de cada diez centros pertenecen a la Iglesia católica o fundaciones de su órbita, lo que acarrea un gasto de más de 6.000 millones de euros en subvenciones cada año a las arcas del Estado. Se habla, por tanto, de dinero e intereses materiales, no de educación, cuando nos referimos a un supuesto derecho de las familias a elegir colegio para sus hijos. ¿Existe tal derecho reconocido en la Constitución? Ni por asomo.

El texto constitucional recoge (artículo 27) que “todos tienen el derecho a la educación”. Y en su apartado 3, que “los poderes públicos garantizarán el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”.

Esa formación religiosa, como demandan los padres para sus hijos, no supone que tengan que recibirla necesariamente en un centro religioso. Para cumplir el mandato constitucional, basta con disponer de profesores de religión –o ética– en la enseñanza pública, como está previsto.

La Constitución no reconoce, pues, el derecho a elegir centro, sino a recibir enseñanza religiosa de acuerdo con las convicciones de los padres. Y es por ello que no se conciertan centros privados para impartir clases de religión, sino para dotar al sistema público de la capacidad suficiente de instalaciones de enseñanza que permita cumplir el mandato constitucional del “derecho a la educación”.

Pero de ahí hasta la elección de centro va un trecho, y es el que la polémica le gusta transitar periódicamente, empedrándolo de manipulaciones interesadas y malintencionadas, cuando percibe que sus privilegios mercantiles (centros privados) e ideológicos (la Iglesia y la derecha) se ven cuestionados y podrían dejar de depender del dinero de todos.

Tener clara esta cuestión es pertinente. Por eso, lo que dijo la ministra no fue una provocación ni un “lapsus”, sino una oportuna precisión ante la exigencia por parte de determinados sectores sociales que persiguen imponer sus intereses al resto de la sociedad, implorando supuestos derechos que, en realidad, no existen. Sectores con intenciones evidentes, porque no plantean discusiones sobre la calidad de la enseñanza ni planes educativos o pedagógicos que aparten esta materia de Estado de la diatriba política.

Solo sacan las uñas cuando ven peligrar su trozo de la tarta presupuestaria que creen poder exigir, enarbolando un supuesto derecho de los padres a elegir centro, para su particular beneficio (insisto: económico e ideológico).

Ya es hora de que el Estado asuma íntegramente el deber de satisfacer a los ciudadanos “el derecho a la educación”, sin necesidad de recurrir a “conciertos” complementarios. Solo así se podrá separar definitivamente la educación del adoctrinamiento, puesto que los que deseen “asignaturas” adicionales –como Religión, Ufología o Nigromancia, por poner algunos ejemplos– tendrán que costearlas de forma particular, y fuera del ámbito y horario escolar. Como cualquier actividad extraescolar. La educación, como derecho de todos, es otra cosa.

DANIEL GUERRERO
  • 1.12.19
Vivimos en un mundo enormemente acelerado. El ritmo vertiginoso en el que nos encontramos parece que acaba enterrando no solo los hábitos que teníamos un tiempo atrás, sino que se lleva para siempre costumbres que habían formado parte de las vidas de muchas generaciones. Así, en las dos últimas décadas, Internet y los móviles han irrumpido de una manera tan fuerte que parece que hubieran estado siempre presentes con nosotros. Forman ya parte de nuestras vidas, sin los cuales nos sería muy difícil imaginarlas.

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Como no soy nada ‘apocalíptico’, es decir, no estoy en contra de los avances que la ciencia y la tecnología nos proporcionan, reconozco los beneficios que han generado en distintos ámbitos: el trabajo, la información, la comunicación interpersonal, el ocio, etc. Sin embargo, hemos de reconocer que también han producido problemas, caso de la adicción al uso permanente de los móviles, que, como nuevos daños colaterales, no conocíamos con anterioridad.

Estas reflexiones las he realizado a partir de la observación de la obra Juegos de niños de Pieter Bruegel, uno de grandes los pintores del Renacimiento en los Países Bajos, debido a que en este singular cuadro se nos muestra una amplia gama de juegos colectivos y al aire libre que muchos de los lectores y lectoras conocemos puesto que formaron parte de nuestra infancia.

Cierto que para recordarlos nos tenemos que remontar varias décadas atrás, puesto que en la mayoría de los casos han desaparecido para siempre. De todos modos, quienes disfrutamos de esos juegos al aire libre, fuera en las calles, las plazas, el campo, etc., nos son totalmente inolvidables, ya que no necesitábamos nada de dinero, puesto que por aquellos años teníamos los bolsillos vacíos o con escasas monedas, para pasarnos horas y horas jugando a placer.

Y, ciertamente, es una lástima, dado que esos entretenimientos han convivido con la infancia y la adolescencia durante siglos. Como buen ejemplo de lo que indico es la escena que aparece en ese cuadro de Bruegel del año 1560, hace nada menos que casi quinientos años, siendo indicio de que niños y niñas de aquella época se divertían con multitud de pasatiempos que se transmitían de generación en generación y que llegaron hasta nosotros.

Pero antes de describir algunas de las diversiones infantiles que aparecen el cuadro, quisiera apuntar que a Pieter Bruegel (1526-1569) también se le conoce como Pieter Brueghel el Viejo, siendo en Flandes (por entonces perteneciente a los Países Bajos) el gran continuador de la obra de su compatriota El Bosco.

Sobre este pintor, tengo que apuntar que cuando visito el Museo del Prado acudo casi siempre a ver su magnífica obra El triunfo de la muerte, que más adelante retomaré para comentar la visión que por entonces se tenía del fin de la vida humana. De igual modo, otro de sus trabajos que siempre me ha apasionado es La construcción de la Torre de Babel, que se encuentra expuesto en el Museo de Historia del Arte de Viena.

Volviendo al cuadro Juegos de niños, quisiera apuntar que lo más sorprendente de este trabajo es que Bruegel plasma nada menos que ¡86 juegos distintos! Es decir, todo un estudio del mundo lúdico de los niños del siglo XVI en los Países Bajos.



Quién esté leyendo esto, y su infancia se remonte bastantes décadas atrás, es posible que haya jugado formando parte de un grupo que saltaba sobre otros compañeros que, agachados y formando una fila espaciada, se mantenían en esa posición hasta que hubieren pasado todos, por lo que ahora les tocaba a su vez saltar sobre los que inicialmente habían pasado y tenían que inclinarse a su vez.

Que yo recuerde, el primero que saltaba sobre el agachado decía: “A la una salta la mula…”, siguiendo con el siguiente: “A las dos salta el reloj…” y de este modo se continuaba.

De todos modos, me imagino que los nombres que este juego tan conocido recibiría diversas denominaciones, según los lugares en los que se hicieran. Así, tengo recogido que en España recibía el nombre de “Pídola” o “El salto del cordero”, esta última como traducción francesa de “Saut mouton”, que se empleaba en el país galo.



¿Quién de los mayores (y quizás también algunos jóvenes) no ha jugado con los aros metálicos conduciéndolos con toda la habilidad posible con un pequeño hierro curvado para guiarlo por donde se le quería llevar a modo de vehículo rodante de una sola rueda?

Somos muchos los que podemos recordar que había quien tenía un aro de hierro perfecto, con la curvatura bien modulada y el perfil bien pulido, por lo que acababa siendo la admiración de quienes no teníamos uno propio.

Siglos y siglos con los niños y niñas disfrutando con las ruedas, tanto que estoy por afirmar que este ha sido uno de los juegos ancestrales infantiles, puesto que una rueda se podía construir de diferentes materiales.

De todos modos, no me resisto a extraer un par de párrafos de Rose-Marie y Rainer Hagen, autores del libro biográfico dedicado a Pieter Bruegel y de quienes he obtenido los datos para que comprendamos el significado de la infancia por aquellos años.

“Hasta ese momento, la infancia no había sido tema de particular relieve en la historia de la pintura occidental, ni tampoco en la historia del pensamiento. La infancia no se consideraba una fase de la vida con necesidades propias, sino tan solo como estado previo a la edad adulta”.

“Se trataba a los niños como adultos pequeños, por lo que su vestimenta en el cuadro de Bruegel es indicio de ello: los vestidos, mandiles y cofias de las niñas se asemejan a los de sus madres; los pantalones, jubones y túnicas de los niños lucían idéntico aspecto a los de sus padres”.



Observando detenidamente el cuadro, podemos comprobar que había juegos de la calle en los que tanto los niños como las niñas participaban colectivamente sin que hubiera ningún problema. Uno de ellos es el que muestro como plano detalle: se trata de ‘la gallinita ciega’, juego tan popular que ha traspasado países, épocas y edades, puesto que también ha sido un pasatiempo de adultos, tal como nos lo muestra Goya en su conocida obra que lleva precisamente el mismo título de La gallinita ciega.

En este lienzo del inmortal pintor aragonés aparecen cuatro parejas de personajes masculinos y femeninos que cogidos de la mano forman un círculo, al tiempo que otro participante, ubicado en el centro del corro, y cuyos ojos están tapados, intenta tocar con una cuchara larga de palo a algunos de los que le rodean, al tiempo estos lo evitan agachándose.

Y es que los juguetes como instrumentos específicos de diversión no tienen una historia excesivamente lejana. Esto lo confirman los dos historiadores del arte que he citado cuando nos dicen que: “Por entonces casi no existían juguetes. La mayoría de los niños jugaban sin juguetes, utilizando vejigas de cerdo, huesecillos, hilachas, cinchos de barril, o sea, cosas que de cualquier manera estaban disponibles (…) Hemos de tener en cuenta que los juguetes, creados únicamente con este fin, no eran muy comunes en el siglo XVI”.



Como detalle indicaré que en el cuadro de Pieter Bruegel aparecen pintados nada menos que 250 niños que juegan entre ellos. No es de extrañar que, tal como he indicado, este cuadro realizado en óleo sobre madera sea un verdadero tratado de los juegos infantiles del siglo XVI, desde los más inocentes hasta los que comportaban cierto nivel de riesgo o de broma pesada.

Es, por ejemplo, el que muestro en este detalle seleccionado del cuadro, el mismo que en la obra de Rose-Marie y Rainer Hagen llaman “masculillo” (‘tape-cul’ en francés), que a fin de cuentas era cogerle a uno por los brazos y las piernas y culearlo contra una esquina o contra un alargado madero, tal como aparece en el cuadro del pintor flamenco.

En nuestros días, este tipo de juego se asemeja a las novatadas que aún se practica en algunos centros de enseñanza cuando se reciben a los estudiantes de primer curso. Pero las novatadas están ahora claramente rechazadas porque, a fin de cuentas, es una diversión que se realiza ridiculizando y humillando a quienes las sufren; aunque, décadas o siglos atrás, no se tenía una clara consideración sobre el significado de este tipo de entretenimientos.

AURELIANO SÁINZ
  • 30.11.19
Viendo fotos antiguas de viajes me doy cuenta de cómo ha cambiado. Antes veía tres días juntos y ya estaba buscando una escapada fuera de España con un billete de bajo coste. Todo mi afán era conocer nuevos sitios, moverme, visitar. No me daba pereza nada: daba igual estar todo el día caminando y volver a casa a última hora, aunque al día siguiente tuviera que regresar.



Ahora necesito otras cosas, bueno mejor dicho, una sola: descansar. Entre mis horas de estudio para las oposiciones, que ya están cerca, y mi trabajillos para sobrevivir, cuando me puedo tomar algo de tiempo libre, me gusta dormir, leer en la cama, escuchar jazz... En definitiva, no salir ni a la puerta de mi casa.

Hoy es uno de esos días. Mi compañera de piso se ha ido de fin de semana con su novia y yo he decidido tener un día para mí, para parar y coger fuerzas para la carrera final antes del examen. Lo necesitaba. El atropello que a veces es mi vida no me deja respirar, ni pensar, ni verme. Me maquillo en el espejo casi siempre sin verme y hay días que el rubor de mis mejillas se convierte en dos círculos rosas y no soy consciente de ello hasta que alguien me dice que parezco una Heidi.

Estoy aquí en la camita, me acabo de tomar la leche con galletas y me dispongo a retomar mi libro de Almudena Grandes. Lo he leído miles de veces y aún me sigue emocionando, enseñando y maravillando por la gran historia que esa periodista creó sin dejar ningún hilo suelto. Todo se entrelaza, cobra sentido, y miles de cabos forman una telaraña perfecta.

La primera vez que leí El corazón helado, además de quedarme horas sin dormir porque me había atrapado, me obligó a leerlo una segunda vez de corrido porque no quería salir de su mundo, porque quería buscar otras posibilidades dentro de la guerra civil.

Esta mañana solo pienso hojearlo, buscar al protagonista hasta quedarme de nuevo dormida. Uno de los grandes placeres de la vida para mí es desayunar y volver a dormirme, disolverme, ser sal en el mar o azucarillo en una café caliente.

Hace frío en la calle, mi habitación se ilumina de vez en cuando, cuando el sol consigue asomarse entre las nubes grises que hoy cubren la ciudad. Mi edredón calentito me protege y prepara mi cuerpo para el segundo sueño, lo va llenando de un calor adormecedor. No quiero estar en otro sitio, no quiero salir, mi habitación es mi reino, la isla de la que habla Miguel Bosé que se llama Libertad.

Mis ojos empiezan a desfallecer y te tengo que dejar, querido diario. Este momento es mágico y la magia dura poco. Tengo que sumergirme en este estado de paz y tranquilidad tan difícil a veces de alcanzar...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 29.11.19
No sé si Santiago Abascal, líder del partido ultraderechista Vox, sonríe con los vídeos de gatitos. Asumo que sí. Es un ser humano, al fin y al cabo. Lo que sí sé con seguridad es qué le hace sonreír en política. Y os aseguro que las muestras de estupidez de ciertos ‘progres’ inconscientes las celebra como goles.



El pasado viernes 22 de noviembre se inauguraba el Congreso Internacional “Bioderecho, Administración y Dignidad Humana” en la Universidad de Sevilla. La primera ponencia iba a llevarse a cabo a las 10.00 de la mañana, de la mano de Jaime Mayor Oreja. La siguiente quedaba en manos de Francisco José Contreras Peláez, diputado de Vox, sí, pero también catedrático de Filosofía del Derecho, que iba a tratar sobre la gestación subrogada.

No vamos a descubrir ahora quién es Mayor Oreja, que lo fue casi todo en el Partido Popular, ni quién le acompañaba en la mesa. Sí era más desconocida la fundación que presidía, Valores y Sociedad, vinculada con movimientos europeístas, sí, pero también ultraconservadores. Y, desde luego, lo que no conocía nadie era el Congreso, de interés solo para los entendidos del ámbito.

De hecho, el salón estaba lejos de alcanzar el lleno, como correspondería a la presencia de un personaje, guste más o menos, de la trayectoria política de Mayor Oreja. Y casi vacío hubiera estado, si no hubiera sido por una pandilla de radicales sin seso que intentaron boicotear el acto.

Es más, en las imágenes del acto se puede comprobar que muchos de los asistentes eran los propios radicales gritando “¡fuera fascistas de la Universidad!” y "¡fuera rosarios de nuestros ovarios!". Dicho de otra manera: gracias a estos radicales descerebrados, un acto desconocido y minoritario ha salido en la prensa y, lo que es peor, ha beneficiado a Vox.

La estrategia comunicativa de Vox prioriza la defensa, por mucho que dedique al ataque. Como buen partido extremista, se escuda en un discurso victimista. En este caso, la cruzada contra la ‘dictadura progre’. Una dictadura que identifica con las políticas de género, la supuesta flexibilidad de las políticas migratorias o el cachondeo territorial.

Cada acto de represión impuesta por la corrección política es usado como argumento por la extrema derecha. Máxime cuando se produce en ‘suelo sagrado’, como es un acto de carácter académico en la Universidad. Sin embargo, quizá lo peor de todo es que este acto, que no es el primero que se da en las universidades españolas, se realiza desde la más profunda inconsciencia.

Como señala Juan Soto Ivars en su interesante reflexión sobre la poscensura Arden las redes, su mayor éxito es la inconsciencia de su ejercicio. Estoy convencido de que los radicales que quisieron reventar el acto no entendían que estaban censurando un acto académico.

Si les preguntamos en qué estaban pensando, estoy seguro de que nos dirán que estaban luchando por sus derechos y por los de todos, impidiendo un acto político de extrema derecha en la Universidad. La censura la ejerce el Estado, represor por naturaleza, no unos ciudadanos comprometidos con la ‘lucha pacífica’. Porque la cruzada contra el fascismo justifica todos los medios. Y si eso implica boicotear cuentas en redes sociales, actos políticos o actos académicos, se hace.

Tampoco nos equivoquemos. La derecha ‘sin complejos’ tiene la misma actitud, pero con una diferencia notable. Que un ultracatólico antiabortista de extrema derecha pueda ser autoritario es terrible, pero entra dentro de la lógica. En cambio, que un defensor de las libertades públicas, del librepensamiento y de la democracia nos trate como a niños y decida por su cuenta qué cabe y qué no en el espacio público, es una incoherencia difícil de justificar.

No sé a vosotros, pero no me gusta que elijan por mí. Hay a quien le gusta ejercer el masoquismo político, pero no es mi caso y es tema para otro día. La cuestión es que si me apetece leerme el Mein kampf o un discurso de José Antonio Primo de Rivera de los que están en abierto en la Biblioteca Nacional de España, pues me los leo. Porque tenemos el derecho de crearnos nuestro propio criterio. Y nadie tiene derecho a escoger por nosotros a qué discursos podemos tener acceso.

Cada vez que un ‘progre’ decide por nosotros, Abascal sonríe. Cada vez que un inconsciente hace un escrache o boicotea en redes sociales o actos públicos, Abascal sonríe. Cada vez que hay un ataque desproporcionado e irreflexivo contra lo que alguien decide que es fascista, Abascal sonríe. Y eso no me hace ninguna gracia.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 25.11.19
La Audiencia de Sevilla dictó el pasado martes su esperada sentencia sobre el caso de los Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) por la que condena a dos expresidentes y otros altos cargos de la Junta de Andalucía, de la etapa anterior de gobiernos socialistas, a penas contundentes de prisión e inhabilitación, según los casos y la gravedad de los delitos cometidos y, después del fallo del tribunal, comprobados judicialmente.



Es, por tanto, una noticia triste y bochornosa para el socialismo andaluz, que ve cómo la dirigencia que pilotó toda una etapa de gobiernos del PSOE en Andalucía durante decenios acaba en entredicho en los tribunales y condenada por prevaricación y malversación de fondos públicos.

Lo investigado por la juez Mercedes Alaya, primera instructora del caso, y dilucidado en la sentencia, avergüenza a todos pero, especialmente, a los seguidores de esa ideología y al votante de unas siglas históricas. Porque, aunque no se haya enjuiciado al socialismo ni al partido que lo representa, sí se ha condenado a la antigua cúpula que lo dirigió y con la que se cometieron los graves hechos investigados.

Será difícil mantener, en medio de la vergüenza ajena y el señalamiento hipócrita de otros, la confianza en un ideario y una formación que supusieron, antes y ahora, esfuerzos, sacrificios y logros por el progreso de este país, el bienestar del conjunto de la población y la protección pública de los más desfavorecidos.

Y será difícil porque quienes debían protagonizar la conquista de tales objetivos confundieron los fines con los medios y permitieron un descontrol del que se aprovecharon los más indignos de los avariciosos: los que roban a los pobres.

Hay que recordar que el caso de los ERE consistió en destinar una partida presupuestaria, dotada con más de 600 millones de euros en el curso de una década (2000-2009), para ayudar de manera rápida a empresas en crisis y prejubilar a los trabajadores despedidos.

Dado un paro endémico que generaba brotes de conflictividad laboral, los gobiernos socialistas buscaron la fórmula de conceder ayudas sociolaborales que contribuyeran a la “paz social”. Y para agilizar los trámites, resolvieron convertir las subvenciones excepcionales en transferencias de financiación, que prescindían de los controles de fiscalización por parte de la Intervención General de la Junta de Andalucía.

Desde la Consejería de Empleo se tramitaban los expedientes y se aprobaban unas ayudas que eran abonadas por la Agencia pública IFA-IDEA. Abierto el grifo del dinero, fue tentador el uso arbitrario de estos recursos por parte de la Dirección General de Trabajo, que empezó a conceder ayudas a amigos o conocidos y negociaba ERE en empresas recomendadas y sin la debida supervisión.

Así durante años, hasta poderse constatar la existencia de 103 intrusos prejubilados, sin que pertenecieran a ninguna empresa socorrida, entre los más de 6.000 trabajadores correctamente prejubilados, el abono de sobrecomisiones a agencias de seguros intermediarias y la concesión de subvenciones a amigos y familiares del director de Empleo, como su chófer.

Para la jueza que instruyó el caso y, ahora, también para el tribunal que lo ha sentenciado, el sistema estaba conscientemente diseñado para eludir los controles legales establecidos, lo que facilitaba destinar recursos a fines ajenos al interés público. Es por ello que, según la sentencia, se incluían esas partidas de forma fraudulenta. Es decir, eran ilegales y todo el Gobierno lo sabía y lo consintió. De ahí las condenas.

Las responsabilidades políticas de los condenados ya fueron asumidas por todos ellos, de manera más o menos voluntaria, dimitiendo de sus cargos y dándose de baja de la militancia del partido, pero las penales son las que quedan ahora establecidas con el fallo, aunque probablemente serán recurridas ante el Tribunal Supremo y, por parte de algunos de los condenados, ante el Constitucional.

No todos se consideran culpables ni creen haber actuado en contra de la ley. Elaborar leyes presupuestarias, ratificarlas en el Consejo de Gobierno y aprobarlas en el Parlamento no constituye un mecanismo ilícito, sino conforme al procedimiento. Que, a partir de tales “hechos probados”, se deduzca intencionalidad penal resulta cuestionable si no se demuestra fehacientemente, como señala Javier Pérez Royo, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla. Puede admitirse como mera interpretación subjetiva, pero no como verdad judicial.

Sin embargo, a la hora de valorar la implicación de los expresidentes, la sentencia concluye que “es imposible que la inclusión de la partida presupuestaria de los ERE no se hiciera de forma fraudulenta”, pero no lo demuestra y, a pesar de ello, los condena. De ahí la probabilidad de recurso.

Sea como fuere el resultado final de estos recursos, causa bochorno la falta de celo de un Gobierno en controlar con el máximo rigor la concesión de unas ayudas públicas cuya utilidad y necesidad nadie pone en cuestión, y menos el Parlamento andaluz, que ha venido aprobándolas anualmente en la partida presupuestaria correspondiente.

Y, aunque la intención era loable como parte de los Pactos de Concertación Social, que firman patronal, sindicatos y Gobierno andaluz, la arbitrariedad y los abusos cometidos en su reparto han hecho un daño enorme en el prestigio de las instituciones y en la honradez y honestidad de sus responsables. Máxime cuando tales desbarajustes permitieron el desvío de fondos públicos a fines o personas para los que no estaban destinados.

Causa estupor tanta desidia y falta de vigilancia en el cumplimiento de unas normas que, por ello, resultaron discriminatorias e injustas para los que, en las mismas circunstancias, no pudieron conocerlas ni hacer uso de ellas para recibir unas ayudas a las que eran merecedores. Y aunque tal abuso de los recursos no sirvió para el enriquecimiento personal de los condenados, no deja de ser un ejercicio de corrupción que la Justicia, con esta sentencia, pone freno de forma contundente.

Pero, al mismo tiempo, causa asombro la desfachatez con la que, autoaupados a una tribuna ética que les queda demasiado alta, saltan a la palestra algunos personajes y adversarios políticos que enseguida se ponen a dar lecciones de moralidad y exigir responsabilidades que rayan la ofensa, partiendo de quienes pretenden parecer indignados.

Me refiero al actual presidente de la Junta de Andalucía, quien no aguardó ni un minuto, tras conocerse la sentencia, en proclamar en la sede del Gobierno su vergüenza por lo sucedido y poner a su Ejecutivo como modelo de “ruptura con los tiempos de la corrupción, la malversación, el despilfarro y el clientelismo”, en un intento partidista que busca réditos electorales.

Asombra esa desfachatez en alguien que representa a un partido condenado por corrupción, que mantiene numerosas causas abiertas por el caso Gürtel y que cuenta con diversos presidentes autonómicos que, bien están condenados, o bien imputados por innumerables escándalos de corrupción. No se trata de defender a unos con el “y tú más” de otros, sino denunciar la hipocresía interesada de quienes aprovechan cualquier circunstancia en beneficio partidista, sin mantener el debido decoro, imparcialidad y honestidad.

Es cierto que en la diatriba política se hace uso de todas las oportunidades y medios para derrotar al adversario y conseguir el triunfo –que consiste en llegar al poder– de la formación a la que se pertenece. Pero no todo vale. Y menos cuando se está manchado con la misma adherencia que se denuncia en el contrario. No solo es cuestión de ética, sino también de coherencia.

De ser consecuente con las exigencias en casos similares que nos afectan. Y tal actitud no es habitual en la política española, tanto en el PP, que ha salido en desbandada a exigir dimisiones y responsabilidades a quienes ni siquiera tienen que ver con este caso, como en el PSOE, que también hace lo propio cuando tiene ocasión.

Las más de 1.800 páginas de la sentencia del caso ERE constituyen el relato de la vergüenza que provoca un comportamiento que todos condenan. Causan bochorno en las personas honradas que confiaron en unos líderes y los mantuvieron durante décadas administrando los bienes de todos y los sueños de un futuro mejor. Son merecedores, por tanto, del castigo que, con todas las garantías procesales, la justicia les cause.

Políticamente, el PSOE está pagando por ello, al ver a la excúpula de la Junta condenada en los tribunales y al perder el Gobierno de Andalucía. Pero, al mismo tiempo, asquea la desfachatez de quienes no dudan en hacer leña el árbol caído, dando muestras de una hipocresía moral y política que los descalifica. Tal vez sea esa una de las virtudes de esta sentencia: desenmascara a unos y otros de la falsedad con la que se exhiben. Una vergüenza.

DANIEL GUERRERO

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